VI

Mariano de Cávia me propone un Teatro para los viejos, que vendría á

ser, no contraposición, sino complemento del Teatro para los niños. Los

extremos se tocan, y acaso viniera á suceder, por el humano y natural

prurito de aniñarse en los ancianos y de hombrear en los infantes, que

el Teatro dedicado á los primeros fuera el favorito de los segundos,

y viceversa. Pero ¡ay! ¿es tan necesario el teatro para los viejos?

¿Llenaríamos con él algún vacío, ni siquiera el del teatro mismo? Si el

teatro pretendía ser educativo, ya en el más amplio sentido moral ó en

el puramente artístico, ¿qué provechosa enmienda podría esperarse en

nuestros venerables? Ninguna. Ya dice la vulgar sabiduría que el árbol

ha de enderezarse desde pequeñito, y ¿quién es capaz de enderezar, en

todo ó en parte, á los que ya se rinden al peso de los años? Ni _La

corte de Faraón_ ni el «Royal Kursaal», con esas admirables artistas,

cuyo mejor anuncio es el de la pérdida de su equipaje, podrían realizar

el milagro.

¿Teatro de puro entretenimiento? Basta asistir á los antes citados

y á otros del mismo género para comprender que nuestros viejos no

necesitan de un teatro especial en donde solazarse. No de los viejos,

de los decrépitos, pudieran llamarse esos teatros en que reverdece el

chiste de Instituto y de café estudiantil, para regocijo de viejos

más verdes que los chistes. Y no os engañen algunas caras juveniles

de los espectadores; no está en la cara la edad, sino en el espíritu,

y por esos teatros, como por los meetings clericales de estos días,

no busquéis jóvenes de espíritu; el de aspecto más infantil lleva por

dentro la vetustez de diez siglos.

Grave error es clasificar por edades en jóvenes y viejos. Niños seremos

tú y yo, querido Mariano, aunque muchos niños viejos ya nos echen del

corro; porque siempre será para nosotros la vida un buen campo de

recreo en que saltar, brincar y jugar á todo, por pura expansión de

nuestro espíritu, sin ninguna utilidad práctica. Jugando y saltando no

se llega á parte alguna; si bien puede servirnos de consuelo que hay

partes á las que más conviene no llegar nunca. Para llegar á muchas

de ellas, suprema ambición de todo hombre serio, ya sabemos que,

en España, no hay medio mejor que ser viejo ó aparentar serlo. Con

nuestros doctores Faustos, aquí, Mefistófeles obraría la transformación

contraria. Hay quien le vendería el alma por transformarse en viejo,

no en joven. Y en vez de cantar: ¡A mí la juventud, á mí los delirios

del primer amor!, cantaría: ¡A mí las prebendas y á mí los cargos

oficiales; á mí las Academias y la respetabilidad, y... llévese el

demonio mi alma y mi alegría!

Dejemos, pues, á los viejos, que para nada necesitan teatros, cuando

todo el mundo es teatro, de moda y lucimiento para ellos. Pensemos en

los niños, en los verdaderos niños, hijos de padres verdaderos jóvenes,

que sólo de ellos puede esperarse la nueva vida por la nueva escuela.

¿Religiosa? ¿Laica? Allá unos y otros. El Arte es religión neutral.

¿No es en el Vaticano donde se guardan las más bellas reliquias del

Paganismo? ¡Quién sabe si no será en un templo pagano de Arte donde se

guardará lo más bello del Arte cristiano! Nunca fueron las ideas viejas

tan respetuosas con las nuevas, como las nuevas lo serán siempre de las

viejas. Y ¡vive Dios! que hay entre nosotros vejestorios, en todos los

órdenes de la vida, que no son dignos de ningún respeto.

* * * * *

Fué Balbina Valverde una actriz de la más pura cepa española, y si la

vanidad regional no temiera empequeñecer su castizo arte, diríamos

mejor de la más pura cepa madrileña. A la falsa luz de las candilejas,

en el falseado ambiente de muchas comedias mediocres, nadie supo dar

tan artística realidad, tan humano aire al tipo de la mujer española

de nuestra clase media, que viene á ser el tipo medio de la mujer

española, con su sentido práctico, sanchopancesco, sus vanidades, sus

ambiciones, su vulgar sentimentalismo... Llegó á tanto la verdad en

su arte, que llegamos á verlo copiado en la vida. ¡Cuántas veces no

habremos dicho: Esta señora es una Balbina Valverde! Para los yernos,

este nombre era como una amenaza joco-seria.

Su dicción era del más puro castellano; inimitable su arte de subrayar;

única en producir efecto cómico con la sola enunciación de una palabra

insignificante, que en su boca adquiría el valor de un chiste. ¿Quién

no recuerda cualquier ¡Mi yerno!, pronunciado por ella? Era el presagio

de una tormenta familiar.

Fué con todo esto de un amor por su arte, de un celo en el cumplimiento

de sus deberes artísticos, que ha de recordársela siempre, no sólo como

ejemplo para las de su profesión, sino como gloria del sexo femenino,

al que muchos suponen incapacitado para toda profesión seria. ¡Si en

otras esferas de actividad hubieran cumplido muchos hombres con sus

deberes como Balbina Valverde cumplió siempre los de su profesión!

Gravemente enferma, durante una temporada en Bilbao, se hizo llevar una

cama al teatro, y en el cuarto del teatro vivía, levantándose de la

cama para salir á representar las comedias.

Casi á la fuerza tuvo que obligarla la empresa á regresar á Madrid.

¡Descanse en paz la inolvidable artista! Madrid pierde con ella una de

las más sanas y castizas notas de su risa.

A este público, que tanto la quiso y al que ella amaba tanto, le ha

hecho llorar por vez primera. ¿No es esto una envidiable gloria?

De Sobremesa; crónicas, Tercera Parte (de 5) · 第 13 / 52 题