Mariano de Cávia me propone un Teatro para los viejos, que vendría á
ser, no contraposición, sino complemento del Teatro para los niños. Los
extremos se tocan, y acaso viniera á suceder, por el humano y natural
prurito de aniñarse en los ancianos y de hombrear en los infantes, que
el Teatro dedicado á los primeros fuera el favorito de los segundos,
y viceversa. Pero ¡ay! ¿es tan necesario el teatro para los viejos?
¿Llenaríamos con él algún vacío, ni siquiera el del teatro mismo? Si el
teatro pretendía ser educativo, ya en el más amplio sentido moral ó en
el puramente artístico, ¿qué provechosa enmienda podría esperarse en
nuestros venerables? Ninguna. Ya dice la vulgar sabiduría que el árbol
ha de enderezarse desde pequeñito, y ¿quién es capaz de enderezar, en
todo ó en parte, á los que ya se rinden al peso de los años? Ni _La
corte de Faraón_ ni el «Royal Kursaal», con esas admirables artistas,
cuyo mejor anuncio es el de la pérdida de su equipaje, podrían realizar
el milagro.
¿Teatro de puro entretenimiento? Basta asistir á los antes citados
y á otros del mismo género para comprender que nuestros viejos no
necesitan de un teatro especial en donde solazarse. No de los viejos,
de los decrépitos, pudieran llamarse esos teatros en que reverdece el
chiste de Instituto y de café estudiantil, para regocijo de viejos
más verdes que los chistes. Y no os engañen algunas caras juveniles
de los espectadores; no está en la cara la edad, sino en el espíritu,
y por esos teatros, como por los meetings clericales de estos días,
no busquéis jóvenes de espíritu; el de aspecto más infantil lleva por
dentro la vetustez de diez siglos.
Grave error es clasificar por edades en jóvenes y viejos. Niños seremos
tú y yo, querido Mariano, aunque muchos niños viejos ya nos echen del
corro; porque siempre será para nosotros la vida un buen campo de
recreo en que saltar, brincar y jugar á todo, por pura expansión de
nuestro espíritu, sin ninguna utilidad práctica. Jugando y saltando no
se llega á parte alguna; si bien puede servirnos de consuelo que hay
partes á las que más conviene no llegar nunca. Para llegar á muchas
de ellas, suprema ambición de todo hombre serio, ya sabemos que,
en España, no hay medio mejor que ser viejo ó aparentar serlo. Con
nuestros doctores Faustos, aquí, Mefistófeles obraría la transformación
contraria. Hay quien le vendería el alma por transformarse en viejo,
no en joven. Y en vez de cantar: ¡A mí la juventud, á mí los delirios
del primer amor!, cantaría: ¡A mí las prebendas y á mí los cargos
oficiales; á mí las Academias y la respetabilidad, y... llévese el
demonio mi alma y mi alegría!
Dejemos, pues, á los viejos, que para nada necesitan teatros, cuando
todo el mundo es teatro, de moda y lucimiento para ellos. Pensemos en
los niños, en los verdaderos niños, hijos de padres verdaderos jóvenes,
que sólo de ellos puede esperarse la nueva vida por la nueva escuela.
¿Religiosa? ¿Laica? Allá unos y otros. El Arte es religión neutral.
¿No es en el Vaticano donde se guardan las más bellas reliquias del
Paganismo? ¡Quién sabe si no será en un templo pagano de Arte donde se
guardará lo más bello del Arte cristiano! Nunca fueron las ideas viejas
tan respetuosas con las nuevas, como las nuevas lo serán siempre de las
viejas. Y ¡vive Dios! que hay entre nosotros vejestorios, en todos los
órdenes de la vida, que no son dignos de ningún respeto.
* * * * *
Fué Balbina Valverde una actriz de la más pura cepa española, y si la
vanidad regional no temiera empequeñecer su castizo arte, diríamos
mejor de la más pura cepa madrileña. A la falsa luz de las candilejas,
en el falseado ambiente de muchas comedias mediocres, nadie supo dar
tan artística realidad, tan humano aire al tipo de la mujer española
de nuestra clase media, que viene á ser el tipo medio de la mujer
española, con su sentido práctico, sanchopancesco, sus vanidades, sus
ambiciones, su vulgar sentimentalismo... Llegó á tanto la verdad en
su arte, que llegamos á verlo copiado en la vida. ¡Cuántas veces no
habremos dicho: Esta señora es una Balbina Valverde! Para los yernos,
este nombre era como una amenaza joco-seria.
Su dicción era del más puro castellano; inimitable su arte de subrayar;
única en producir efecto cómico con la sola enunciación de una palabra
insignificante, que en su boca adquiría el valor de un chiste. ¿Quién
no recuerda cualquier ¡Mi yerno!, pronunciado por ella? Era el presagio
de una tormenta familiar.
Fué con todo esto de un amor por su arte, de un celo en el cumplimiento
de sus deberes artísticos, que ha de recordársela siempre, no sólo como
ejemplo para las de su profesión, sino como gloria del sexo femenino,
al que muchos suponen incapacitado para toda profesión seria. ¡Si en
otras esferas de actividad hubieran cumplido muchos hombres con sus
deberes como Balbina Valverde cumplió siempre los de su profesión!
Gravemente enferma, durante una temporada en Bilbao, se hizo llevar una
cama al teatro, y en el cuarto del teatro vivía, levantándose de la
cama para salir á representar las comedias.
Casi á la fuerza tuvo que obligarla la empresa á regresar á Madrid.
¡Descanse en paz la inolvidable artista! Madrid pierde con ella una de
las más sanas y castizas notas de su risa.
A este público, que tanto la quiso y al que ella amaba tanto, le ha
hecho llorar por vez primera. ¿No es esto una envidiable gloria?