Para los espíritus abatidos, propensos al decaimiento, como nuestro
espíritu nacional, no importa tanto saber si hay causa para tanta
alegría como saber que el efecto fué el de una alegría verdadera.
Cuando hay tales tristezas sin motivo, ¿por qué no entregarnos sin
discusión á una alegría, que, desde hace mucho tiempo, con ningún
pretexto hubiéramos podido justificar? En otros tiempos, tan ricos
éramos en glorias, que, acaso éstas de ahora nos hubieran parecido
mezquinas. Hoy... bien venidas sean, y mejor si sabemos apreciarlas
con serenidad y más que de envanecimiento nos sirven de estímulo para
glorias mayores. De tremenda crisis triunfó el espíritu nacional
en los principios de la campaña. Por el mundo no faltó quien se
apresurara á cantar nuestros funerales. El Ejército español ha sabido
extendernos nueva fe de vida ante el mundo. Tal vez pocas veces fué
tan depositario del honor y la vida de España como en esta ocasión. No
quede todo en aclamaciones de entusiasmo. No olvidemos nuestro deber
en la paz, si queremos tener el derecho de exigirle todo su deber en
la guerra. Es triste cosa resignarse á tener mártires cuando se puede
tener héroes. Hoy sustituyamos el grito de ¡Viva España!, que puede
parecer un deseo, con este otro más afirmativo: ¡Vive España!
* * * * *
Por dichosa casualidad, al mismo tiempo que nuestras armas victoriosas,
llega de la República Argentina, en la persona de Belisario Roldán,
mucho de nuestro espíritu triunfante á decirnos cuánto queda en América
todavía de nuestro Verbo glorioso. Siempre leal amigo de España, no
puede considerarse ni ser considerado en ella como extranjero. La
fogosa elocuencia de nuestros grandes oradores, la que fué admiración
de todo el mundo español, alienta vigorosa en el joven orador
argentino.
En los oradores de casa, tal vez nos pareciera demasiado vehemente.
¡Hemos bajado tanto el diapasón para todo! El grito, el rugido, el
apóstrofe nos asustan. Amamos la discreción sobre todas las cosas en
política, en arte, en el trato social, ¡La discreción! Triste cosa es
un pueblo que no tiene mayores glorias que las de sus locuras.
* * * * *
Amable lectora, la que en discretísima carta me consulta sobre el
mejor sistema de educar á los hijos; sin duda sabe que nadie los
educa mejor que los que nunca los hemos tenido. ¿Severidad? ¿Dulzura?
¿Proporcionarles toda la alegría posible ó prepararles con privaciones
á soportar las tristezas futuras? Hoy... son los padres; pero los
padres no viven siempre. Mañana... son los extraños sin cariño, ó con
otro cariño que nada se parece al de los padres... Pero, ¿no será, por
lo mismo, crueldad en los padres anticipar tristeza á la tristeza?
¿Y si el hijo muriera antes? Mañana es la vida, pero también es la
muerte. Los juguetes comprados serán entonces recuerdo triste; pero
los juguetes que el niño deseó y que le negamos serán un remordimiento
constante... ¡Oh, sí; dulzura, dulzura para vuestros hijos, que la
vida es madrastra terrible, como las de los cuentos de hadas; esas
madrastras que encierran en torres á las princesas delicadas ó las
envían al bosque á guardar gansos. Peor la vida, que suele traerlas,
no á guardarlos, sino á casarse con alguno de ellos. Pero, ¿y si
acostumbrados al mucho mimo no hay fuerza en ellos después para
conllevar las contrariedades?
La vida es la mejor educadora, y ella sola se basta para enmendar
errores de educación en los padres... Todos, menos la falta de besos,
de caricias, de juguetes en los primeros años... La vida puede ser
madrastra, puede ser maestra, pero no es madre...
En los primeros años del mundo, cuando Adán y Eva, arrojados del
Paraíso, luchaban contra los rigores de la naturaleza primitiva, Eva
lloraba por sus hijos, al verlos muchas veces heridos por las fieras,
desgarradas sus carnes por las asperezas de los troncos y de las
piedras... ¡Mis hijos! ¡Qué horrible vida! Para ellos no ha habido un
Paraíso terrenal, como para nosotros... Ellos no sabrán nunca de sus
delicias... ¡Nosotros hemos sido más felices!
--Sí--dijo el primer hombre.--Ellos no han tenido, como yo, un Paraíso;
pero, ¡yo no he tenido una madre, como ellos! Y al verlos acariciados
por la madre, en su amor paternal había algo de envidia. ¡Y era el
hombre que había sido formado por Dios mismo!
V
El mes de Enero suele ser fecundo en calamidades. Para que sepamos á
qué atenernos durante todo el año. Es un modo de anunciarse. Queda
la duda, en estas primeras calamidades del año, de si pertenecen al
año entrante ó serán saldo del anterior, que no quiso marcharse sin
soltarlas. Lo cierto es que la Naturaleza, como una gata cualquiera,
anda fuera de sí y desatinada en este primer mes del año. Tempestades,
inundaciones, lluvias torrenciales de gracias, condecoraciones y
entorchados, y el cometa apocalíptico, y _Chantecler_ en puerta. ¡Vaya
un añito!
La inundación de París retrasa una vez más el acontecimiento que sólo
pudiera consolarnos: el estreno de _Chantecler_, antes retrasado por la
discusión que pudiéramos llamar del huevo de Mme. Simone. Se comprende
en una actriz recién divorciada y recién vuelta á casarse el escrúpulo
en poner un huevo, sobre cuya pertenencia pudiera haber dudas.
Por fortuna, el poeta no peleó por el huevo ni por el fuero, y la
postura se supondrá entre bastidores, lugar más conveniente para
posturas difíciles, en la vida como en el teatro.
* * * * *
Luego diremos que aquí no hay libertades y que el clericalismo nos
domina. En Inglaterra, la nación traída siempre á cuento, cuando de
libertades se trata, no pudo representarse, hasta ahora, la ópera de
Saint-Saens _Sansón y Dalila_ porque su asunto bíblico escandalizaba
los sentimientos religiosos. Sobre la _Salomé_, de Strauss y de Wilde,
creo que todavía pesa la prohibición. Los ingleses sólo han consentido
en ver la danza de _Salomé_ separada del texto y de la partitura.
¡Parecen tontos! ¿Verdad?
Aquí, donde nos quejamos á todas horas de la presión clerical, triunfa
_La corte de Faraón_, opereta del todo bíblica, sin protestas de
nadie. Yo he visto en primera fila á muchos graves señores de los que
suelen ser ornato de cofradías y procesiones. En Inglaterra se enseña
ahora á los niños la Historia por medio de representaciones teatrales.
¿Por qué no ha de enseñarse la Biblia por el mismo sistema? No hay en
_La corte de Faraón_ mayores atrevimientos que en el Sagrado libro.
Los autores han estado muy hábiles en quitar crudezas. A las artistas
nadie les agradecería que ocultaran las suyas. ¡Admiremos al Señor en
sus obras! No será tan difícil hallar un sentido místico á la canción
babilónica, que pronto oiremos en labios de muchos senadores; como al
_Cantar de los cantares_ y á otros pasajes no menos escabrosos.
Lo malo es que la Iglesia católica haya perdido aquel buen humor y
aquel sentido artístico que fueron todo el espíritu del Renacimiento.
¡Ah, el bribón de Lutero, que la obligó á volver á tomar en serio su
divino papel, que ya empezaba á ser humano!
Ahora llueven imprecaciones y anatemas sobre el Arte y sobre los
artistas. Los tiempos son difíciles. La competencia comercial es muy
dura. No hay bastante público para todos. ¡Y el Teatro y la Iglesia son
espectáculos tan caros! Por fuerza tienen que perjudicarse mutuamente.
* * * * *
Pérez Galdós, el maestro glorioso, consagrado por el monumento inmortal
de toda su obra, y Ricardo León, escritor joven, con razón estimado
entre los buenos, coinciden, no en lo exterior, sí en lo interno, en
sus dos últimas novelas: _El caballero encantado_ y _Alcalá de los
Zegríes_. Novelas de símbolo, de alegorías, que nos hablan de España,
de sus glorias pasadas y de su futura gloria posible. Quizás ¡señales
de los tiempos! con mayor fe en la del viejo maestro que en la del
poeta joven.
Son los dos libros precioso documento para el estudio de nuestra
psicología nacional.
Limítome al acuse de recibo y á mi particular aplauso, sin invadir
la sección «Revista literaria», en la que escritor de toda mi
consideración y respeto sabe, con admirable acierto y con respeto á
las personas, que cada vez va siendo más raro, distribuir elogios y
censuras.
* * * * *
De la excelente acogida al Teatro para los niños y del interés con que
un público, si no tan numeroso como fuera de desear, todo lo selecto
que puede pedirse, sigue sus representaciones, nada me satisface tanto
como el buen éxito obtenido por las lecturas de poesías. ¡Versos,
poesía! Eran una especie de coco para las empresas teatrales. Hoy
ya empieza á creerse en ellos, y todo hace presumir un glorioso
renacimiento de la poesía en el teatro.
¿Por qué en el teatro Español, en el de la Princesa, que cuentan con
admirables intérpretes de los poetas, no inaugurar una serie de veladas
poéticas, que seguramente tendrían su público?
Oímos muchas veces quejarse á unos y á otros de que el público no está
educado; esto sirve de pretexto para rechazar muchas obras de indudable
mérito. Corriente, el público no está educado; pero ¡si nadie se toma
el trabajo de educarle! Es mucho más cómodo y provechoso llevarle el
humor y no luchar con él. Pero los que pueden permitirse ese lujo con
menos riesgo están más obligado á ello. A todos nos toca un pedacito
del mundo en que podemos hacer algo útil y provechoso, y no es desde un
escenario donde menos puede hacerse por la cultura y la educación, que
es hacer por la Patria.