IV

Para los espíritus abatidos, propensos al decaimiento, como nuestro

espíritu nacional, no importa tanto saber si hay causa para tanta

alegría como saber que el efecto fué el de una alegría verdadera.

Cuando hay tales tristezas sin motivo, ¿por qué no entregarnos sin

discusión á una alegría, que, desde hace mucho tiempo, con ningún

pretexto hubiéramos podido justificar? En otros tiempos, tan ricos

éramos en glorias, que, acaso éstas de ahora nos hubieran parecido

mezquinas. Hoy... bien venidas sean, y mejor si sabemos apreciarlas

con serenidad y más que de envanecimiento nos sirven de estímulo para

glorias mayores. De tremenda crisis triunfó el espíritu nacional

en los principios de la campaña. Por el mundo no faltó quien se

apresurara á cantar nuestros funerales. El Ejército español ha sabido

extendernos nueva fe de vida ante el mundo. Tal vez pocas veces fué

tan depositario del honor y la vida de España como en esta ocasión. No

quede todo en aclamaciones de entusiasmo. No olvidemos nuestro deber

en la paz, si queremos tener el derecho de exigirle todo su deber en

la guerra. Es triste cosa resignarse á tener mártires cuando se puede

tener héroes. Hoy sustituyamos el grito de ¡Viva España!, que puede

parecer un deseo, con este otro más afirmativo: ¡Vive España!

* * * * *

Por dichosa casualidad, al mismo tiempo que nuestras armas victoriosas,

llega de la República Argentina, en la persona de Belisario Roldán,

mucho de nuestro espíritu triunfante á decirnos cuánto queda en América

todavía de nuestro Verbo glorioso. Siempre leal amigo de España, no

puede considerarse ni ser considerado en ella como extranjero. La

fogosa elocuencia de nuestros grandes oradores, la que fué admiración

de todo el mundo español, alienta vigorosa en el joven orador

argentino.

En los oradores de casa, tal vez nos pareciera demasiado vehemente.

¡Hemos bajado tanto el diapasón para todo! El grito, el rugido, el

apóstrofe nos asustan. Amamos la discreción sobre todas las cosas en

política, en arte, en el trato social, ¡La discreción! Triste cosa es

un pueblo que no tiene mayores glorias que las de sus locuras.

* * * * *

Amable lectora, la que en discretísima carta me consulta sobre el

mejor sistema de educar á los hijos; sin duda sabe que nadie los

educa mejor que los que nunca los hemos tenido. ¿Severidad? ¿Dulzura?

¿Proporcionarles toda la alegría posible ó prepararles con privaciones

á soportar las tristezas futuras? Hoy... son los padres; pero los

padres no viven siempre. Mañana... son los extraños sin cariño, ó con

otro cariño que nada se parece al de los padres... Pero, ¿no será, por

lo mismo, crueldad en los padres anticipar tristeza á la tristeza?

¿Y si el hijo muriera antes? Mañana es la vida, pero también es la

muerte. Los juguetes comprados serán entonces recuerdo triste; pero

los juguetes que el niño deseó y que le negamos serán un remordimiento

constante... ¡Oh, sí; dulzura, dulzura para vuestros hijos, que la

vida es madrastra terrible, como las de los cuentos de hadas; esas

madrastras que encierran en torres á las princesas delicadas ó las

envían al bosque á guardar gansos. Peor la vida, que suele traerlas,

no á guardarlos, sino á casarse con alguno de ellos. Pero, ¿y si

acostumbrados al mucho mimo no hay fuerza en ellos después para

conllevar las contrariedades?

La vida es la mejor educadora, y ella sola se basta para enmendar

errores de educación en los padres... Todos, menos la falta de besos,

de caricias, de juguetes en los primeros años... La vida puede ser

madrastra, puede ser maestra, pero no es madre...

En los primeros años del mundo, cuando Adán y Eva, arrojados del

Paraíso, luchaban contra los rigores de la naturaleza primitiva, Eva

lloraba por sus hijos, al verlos muchas veces heridos por las fieras,

desgarradas sus carnes por las asperezas de los troncos y de las

piedras... ¡Mis hijos! ¡Qué horrible vida! Para ellos no ha habido un

Paraíso terrenal, como para nosotros... Ellos no sabrán nunca de sus

delicias... ¡Nosotros hemos sido más felices!

--Sí--dijo el primer hombre.--Ellos no han tenido, como yo, un Paraíso;

pero, ¡yo no he tenido una madre, como ellos! Y al verlos acariciados

por la madre, en su amor paternal había algo de envidia. ¡Y era el

hombre que había sido formado por Dios mismo!

V

El mes de Enero suele ser fecundo en calamidades. Para que sepamos á

qué atenernos durante todo el año. Es un modo de anunciarse. Queda

la duda, en estas primeras calamidades del año, de si pertenecen al

año entrante ó serán saldo del anterior, que no quiso marcharse sin

soltarlas. Lo cierto es que la Naturaleza, como una gata cualquiera,

anda fuera de sí y desatinada en este primer mes del año. Tempestades,

inundaciones, lluvias torrenciales de gracias, condecoraciones y

entorchados, y el cometa apocalíptico, y _Chantecler_ en puerta. ¡Vaya

un añito!

La inundación de París retrasa una vez más el acontecimiento que sólo

pudiera consolarnos: el estreno de _Chantecler_, antes retrasado por la

discusión que pudiéramos llamar del huevo de Mme. Simone. Se comprende

en una actriz recién divorciada y recién vuelta á casarse el escrúpulo

en poner un huevo, sobre cuya pertenencia pudiera haber dudas.

Por fortuna, el poeta no peleó por el huevo ni por el fuero, y la

postura se supondrá entre bastidores, lugar más conveniente para

posturas difíciles, en la vida como en el teatro.

* * * * *

Luego diremos que aquí no hay libertades y que el clericalismo nos

domina. En Inglaterra, la nación traída siempre á cuento, cuando de

libertades se trata, no pudo representarse, hasta ahora, la ópera de

Saint-Saens _Sansón y Dalila_ porque su asunto bíblico escandalizaba

los sentimientos religiosos. Sobre la _Salomé_, de Strauss y de Wilde,

creo que todavía pesa la prohibición. Los ingleses sólo han consentido

en ver la danza de _Salomé_ separada del texto y de la partitura.

¡Parecen tontos! ¿Verdad?

Aquí, donde nos quejamos á todas horas de la presión clerical, triunfa

_La corte de Faraón_, opereta del todo bíblica, sin protestas de

nadie. Yo he visto en primera fila á muchos graves señores de los que

suelen ser ornato de cofradías y procesiones. En Inglaterra se enseña

ahora á los niños la Historia por medio de representaciones teatrales.

¿Por qué no ha de enseñarse la Biblia por el mismo sistema? No hay en

_La corte de Faraón_ mayores atrevimientos que en el Sagrado libro.

Los autores han estado muy hábiles en quitar crudezas. A las artistas

nadie les agradecería que ocultaran las suyas. ¡Admiremos al Señor en

sus obras! No será tan difícil hallar un sentido místico á la canción

babilónica, que pronto oiremos en labios de muchos senadores; como al

_Cantar de los cantares_ y á otros pasajes no menos escabrosos.

Lo malo es que la Iglesia católica haya perdido aquel buen humor y

aquel sentido artístico que fueron todo el espíritu del Renacimiento.

¡Ah, el bribón de Lutero, que la obligó á volver á tomar en serio su

divino papel, que ya empezaba á ser humano!

Ahora llueven imprecaciones y anatemas sobre el Arte y sobre los

artistas. Los tiempos son difíciles. La competencia comercial es muy

dura. No hay bastante público para todos. ¡Y el Teatro y la Iglesia son

espectáculos tan caros! Por fuerza tienen que perjudicarse mutuamente.

* * * * *

Pérez Galdós, el maestro glorioso, consagrado por el monumento inmortal

de toda su obra, y Ricardo León, escritor joven, con razón estimado

entre los buenos, coinciden, no en lo exterior, sí en lo interno, en

sus dos últimas novelas: _El caballero encantado_ y _Alcalá de los

Zegríes_. Novelas de símbolo, de alegorías, que nos hablan de España,

de sus glorias pasadas y de su futura gloria posible. Quizás ¡señales

de los tiempos! con mayor fe en la del viejo maestro que en la del

poeta joven.

Son los dos libros precioso documento para el estudio de nuestra

psicología nacional.

Limítome al acuse de recibo y á mi particular aplauso, sin invadir

la sección «Revista literaria», en la que escritor de toda mi

consideración y respeto sabe, con admirable acierto y con respeto á

las personas, que cada vez va siendo más raro, distribuir elogios y

censuras.

* * * * *

De la excelente acogida al Teatro para los niños y del interés con que

un público, si no tan numeroso como fuera de desear, todo lo selecto

que puede pedirse, sigue sus representaciones, nada me satisface tanto

como el buen éxito obtenido por las lecturas de poesías. ¡Versos,

poesía! Eran una especie de coco para las empresas teatrales. Hoy

ya empieza á creerse en ellos, y todo hace presumir un glorioso

renacimiento de la poesía en el teatro.

¿Por qué en el teatro Español, en el de la Princesa, que cuentan con

admirables intérpretes de los poetas, no inaugurar una serie de veladas

poéticas, que seguramente tendrían su público?

Oímos muchas veces quejarse á unos y á otros de que el público no está

educado; esto sirve de pretexto para rechazar muchas obras de indudable

mérito. Corriente, el público no está educado; pero ¡si nadie se toma

el trabajo de educarle! Es mucho más cómodo y provechoso llevarle el

humor y no luchar con él. Pero los que pueden permitirse ese lujo con

menos riesgo están más obligado á ello. A todos nos toca un pedacito

del mundo en que podemos hacer algo útil y provechoso, y no es desde un

escenario donde menos puede hacerse por la cultura y la educación, que

es hacer por la Patria.

De Sobremesa; crónicas, Tercera Parte (de 5) · 第 12 / 52 题