El periódico de Buenos Aires _Caras y Caretas_, en circular dirigida
á personas significadas, solicita un pensamiento con motivo del
centenario de la Independencia argentina. La circular viene en francés.
Ya sabemos que por ser el idioma usual en relaciones diplomáticas
universales, puede serlo también en las literarias. Pero en este caso,
y tratándose de una República en que nuestro idioma es y será por mucho
tiempo el oficial, el literario y el vulgar, ¿no hubiera estado mejor
en castellano la circular dirigida á España? Yo, por mí, sé decir que
nunca entendí peor un idioma extranjero, y no sabré contestar á lo que
se me pregunta.
No ya consolarnos, enorgullecernos debemos de la independencia de todas
las Repúblicas americanas que fueron colonias españolas, mientras en
ellas impere nuestra lengua, y con ella mucho de nuestro espíritu.
Comunicarnos en lenguaje extraño, más que independencia nos dice
desvío. Nuestras relaciones deben ser más que diplomáticas; y esa
circular en francés tiene toda la frialdad de una nota de Estado. ¿Le
agradaría al simpático semanario porteño que saludáramos en francés la
conmemoración de la Independencia argentina?
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Los sucesos culminantes de estos días entran en la clasificación de
podencos, tan respetados por el escarmentado loco de que nos habla
Cervantes. ¡Guarda, que es podenco! No entremos ni salgamos en pláticas
de familia, aunque la familia nos sea muy allegada, que siempre
llevaremos la de perder, mientras no caigamos en la cuenta de que,
civiles ó militares, todos llevamos el mismo uniforme: el de ciudadanos
españoles, y á todos nos interesa por igual el respectivo prestigio de
unos y otros. Malo es dividirse en castas. Todos hemos de ser paisanos,
en el amplio sentido de compatriotas; todos hemos de ser soldados,
en paz y en guerra, cada uno en su puesto, para responder siempre al
¿quién vive? de todo ¡alerta!: ¡España!
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¡Oh, admirable público nuestro! Se acostumbra á lo malo; tolera
indefinidamente lo mediano, y sólo ante lo bueno se cansa su admiración
y hasta se irrita si alguien se obstina en pretender sostenerla. Este
es el caso de Titta Ruffo en la actual temporada. Nada en la voz ni
en el arte del gran barítono justifica un cambio de actitud en el
público. El artista es el mismo, y eso es lo que parece sentir el
público, obligado á seguir admirándole todavía. ¡Oh, niño caprichoso, á
quien hay que retirarle las golosinas antes del enfado y los juguetes
antes del destrozo! ¡Pocos poseen, como el Guerra, el difícil arte de
retirarse á tiempo, único recurso del artista que no quiera sentir tus
rigores!
En ningún público, como en el nuestro, se advierte esa actitud
defensiva contra la admiración; esos gestos malhumorados al
soportarla. En cualquier espectáculo parece como si el público fuera
violentado, por fuerza mayor y no por gusto, á distraerse un rato.
El autor es como un enemigo personal; el artista, como un acreedor
molesto. En ninguna parte puede hablarse con tanta razón de «batallas»
al tratarse de arte.
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Por mucho que moralistas y sociólogos prediquen contra el suicidio,
mientras el ridículo no se atreva con él, por respetos que siempre
impone la muerte, seguirá siendo poético final de muchas historias
vulgares. El solo basta para dar grandeza trágica en un momento al más
chocarrero sainete. ¿Cuántos no habrán reído al ver pasar en vida el
idilio amoroso del viejo cojo y la niña lozana? Y aquella unión, que
en vida acaso sólo en el interés tenía explicación para las gentes,
con la muerte es algo inexplicable, con todos los prestigios del amor
y de la muerte; deidades poderosas á inmortalizar á sus elegidos,
como los dioses paganos á sus amadas mortales. Los vulgares amantes,
que en vida tal vez dieron que reir á las gentes, hoy van en la divina
poética teoría inmortal de Hero y Leandro, Píramo y Tisbe, Romeo y
Julieta, Francesca y Paolo, Isabel y Marsilla; sin olvidar á aquellos
otros amantes madrileños que inmortalizaron la frase suprema: ¡Que los
entierren juntos! ¡Hallen todos un Ovidio, un Dante, un Shakespeare! Y
á no poder ser otra cosa, un buen romance de plazuela. Hay que poetizar
la muerte por amor todo lo posible. Es el mejor medio de evitar muchos
matrimonios desgraciados.
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Los empresarios de _music-halls_ están consternados. Ante la amenaza de
la subida de la carne, algunas artistas han pedido aumento de sueldo.
Lo que dirían ellas, si conocieran la célebre canción de _La camisa_,
de Hood--pero ¿cómo han de conocerla, si las pobres hasta habrán
olvidado que hay camisas?:--¡Que la carne de vaca sea tan cara y la
carne humana tan barata!
Por fortuna para los empresarios y traficantes en carne humana, la
carestía de la primera trae por la mano la baratura de la segunda.
A poca costa podríamos traer buena carne de América cuando aquí nos
faltara. Preferimos enviar allá carne humana. Dentro de poco sólo
quedarán aquí los que puedan pagar el solomillo. ¡Qué agradable será
no ver más que gente bien alimentada por esas calles! ¡Cómo van á
dulcificarse las relaciones sociales, y sobre todo las políticas!