leguas andadas llegamos al rio Grande, que corre por un valle
desaprovechadísimo, si no es para víboras, tigres y osos; caluroso y
sombrio respeto de la mucha montaña de una parte y otra, y los árboles
infructíferos, silvestres, los más espinosos. Aquí no habitan sino las
creaturas dichas, y no pocos mosquitos. Al tiempo de las aguas, es el
rio muy grande; no se puede vadear, y al de la seca es necesario saber
bien el vado. Por el riesgo de los que se ahogaban y por ser camino muy
pasajero, el marqués de Cañete, de buena memoria, el viejo, mandó se
hiciese una puente, y para ello se cortó mucha madera, juntóse mucha
piedra, hízose gran cantidad de cahices de cal, sogas, maromas, acequia
para desaguar el rio; todo se perdió, por respecto de un religioso, no
de mi Orden, y así se quedó y se quedará por muchos años. La puente no
puede ser más que de un ojo, y éste, segun lo afirmaba el artífice,
habia de ser de más de sesenta pasos. Luego se siguen otros valles
angostos, empero fértiles de maíz en las laderas, y en los altos de
trigo, donde jamás entraron indios ni en ellos poblaron; era montaña
cerrada, llena de los animales que habemos dicho. Los españoles,
acabadas las guerras civiles, como no tenian en qué ocuparse, se
metieron, desmontaron, araron y cavaron, hicieron sus chácaras, donde de
Potosí les vienen á comprar las comidas; siémbrase aquí el maíz con
ceniza; en haciendo el hoyo para echar los granos y echándose en él,
luego otro indio anda con una taleguilla de ceniza derramándola á la
redonda y dentro, por que las hormigas no coman el grano; llegando á la
ceniza no pasan adelante, y nacido el maíz no llegan á la hoja. Así en
este valle como en otros tres que hay de aquí á la ciudad de La Plata,
las aguas son muy gruesas y salobres, y en todas hay las plagas
referidas, con pedriscos á su tiempo; danse tambien en estos valles
algunas viñas y fructas de las nuestras. A una parte dellos viven
algunos indios llamados Moyos, barbarísimos en extremo, y holgazanes,
más bárbaros que los de la laguna de Chucuito; éstos comen cuantas
sabandijas hay; culebras, sapos, perros, aunque estén hediendo, y si
pueden haber á las manos los potranquillos, no los perdonan, y como
tengan un sapo para comer aquel dia, luego se tienden de barriga en el
suelo. No creo se ha descubierto, ni hay en este Perú, gente más
bárbara. Críanse en estos valles cedros altísimos, gruesísimos.
CAPITULO XCVI
DE LA CIUDAD DE LA PLATA
La ciudad de La Plata fué uno de los ricos pueblos del Perú, y los
vecinos della fueron de los más aventajados de todo este reino; aquí
fué vecino el general Hinojosa, el general Diego Centeno, el general
Lorenzo de Aldana, D. Pedro de Portugal, Gómez de Solís, el general
Pablo de Meneses, licenciado Polo y otros muchos capitanes y valerosos
varones, de todos los cuales ya no hay memoria, si no es de cual ó cual;
fueron todos á una mano riquísimos por las minas que tomaron en Potosí,
las cuales entonces acudian á muchos marcos por quintal; su poblacion es
_en_ unas lomas llanas no mucho, pero como las requiere la tierra donde
llueve. Es cabeza de obispado y muy rico. Agora cuatro años que estuve
en ella, estaban los diezmos solamente del districto de la ciudad y
algunos pueblos recien poblados de españoles hácia las montañas de los
Chiriguanas, en 76.000 pesos ensayados, y el año pasado en 82.000 sin
los diezmos de la ciudad de La Paz y provincia de Chucuito; los cuales
todos juntos pasan de 100.000 pesos; tiene el señor Obispo, de su cuarta
de la mesa episcopal, 25.000 pesos, sin lo que le viene de la cuarta
funeral, que yo seguro no le falta mucho para 40.000 pesos, que no es
mal bocado para un pobre clérigo ó fraile. Agora 28 años no llegaba la
renta del obispo á 7.000 pesos, siéndolo nuestro religioso el Rmo. fray
Domingo de Sancto Tomás, porque nunca tal cuarta pidió, ni las cosas se
habian subido tanto; despues vinieron clérigos á ser obispos, deseados
por los clérigos del obispado, los cuales, cuando vino la nueva y
poderes para tomar la posesion por el Rmo. don Fernando Santillán,
haciendo grandes regocijos de noche á caballo y con hachas y repiques
de campanas, decian: capillas fuera, capillas fuera; empero, sucedióles
como á las ranas; entablaron estos señores obispos la cuarta episcopal,
y agora lloran las capillas pasadas y reniegan de sus deseos, y más
viéndolos cumplidos.
Es cosa de admiracion ver lo presto que los prebendados hinchen las
cajas de plata. La iglesia catedral es de bóveda y de una nave bien
labrada; es rica de ornamentos, y bien servida en lo que toca á los
oficios divinos, con mucha música. Sustenta seis monasterios: uno
nuestro, otro de San Francisco, otro de San Augustin, otro de la Merced,
otro de Teatinos y uno de monjas subjectas á los padres Augustinos;
ninguno hay acabado; el nuestro estuviera en muy buen puesto si se
hiciera en él una iglesia moderada, mas quisieron hacerla de tres naves,
mayor que la nuestra de Los Reyes, y en hacer y deshacer han gastado
priores poco discretos muchos millares de plata.
El monasterio de San Francisco es el que tiene más edificado; la iglesia
es cómoda, de una nave, cubierta toda á dos aguas con madera de cedro.
En entrando en ella huele muy bien. Los padres augustinos van edificando
el convento; la iglesia dejan para la postre. Los materiales para cal
son bonísimos, y la piedra para de mampuesto muy cerca del pueblo.
Reside aquí Audiencia Real, necesarísima para los pleitos de Potosí, y
más para la quietud de la tierra. No tiene rio; tiene un manantial á la
parte del Sur, de donde se trujo una fuente á la plaza, bien labrada, y
para algunas casas se les repartió agua. El temple es bueno, porque en
todo el año no hace tanto frio que sea necesario llegarse al brasero,
de donde se vino á decir que esta ciudad excedia á las demás deste reino
en templo, temple, fuente y puente, y cascos, etc. La puente se hizo en
un rio, legua y media de la ciudad, camino de Potosí, muy bien labraba,
de un solo ojo. Está en altura de veinte grados; corren aquí casi todos
los vientos; el más cuotidiano es el Oriente; cuando alcanza el Sur en
junio y julio, á quien llamamos Tomahavi, se cubre la tierra de una
niebla, pero dura pocos dias, cuando llega á ocho es lo sumo, y entonces
es desabrido.
Temblores de tierra, por maravilla alcanzan en esta ciudad; viviendo yo
en nuestro convento, en ella, pasó uno que en nuestra casa, y dende
arriba, no se sintió, y el convento de San Francisco, tres cuadras más
abajo, se sintió mucho; era hora de misa mayor, y habia gente en la
iglesia, y toda salió huyendo unos en otros tropezando. El año pasado de
602[36] sucedió otro que hizo daño en toda la ciudad, particularmente en
el convento de San Francisco derribó el campanario, abrióse el coro y en
la iglesia mayor hizo mucho más daño. En la nuestra muy poco, y así en
las casas que están de la plaza para arriba, los temblores han hecho
poco; de la plaza para abajo se ha recebido mayor. He dicho esta
particularidad porque muy de tarde en tarde suele suceder temblor
alguno.
Empero, es toda esta provincia tan combatida, á la entrada de las aguas,
y salida, de truenos, rayos y pedriscos, que parece temblar los cielos.
No sé si hay en el mundo provincia más combatida destas cosas. Diré un
dicho discreto del gobernador Castro; visitando el Audiencia una noche
(y en las noches son las tempestades mayores) sucedió una tormenta tal;
el huésped de la casa donde posaba, á la mañana vínole á ver, y díjole:
Poco habrá vuestra señoria dormido esta noche, por los muchos truenos;
respondió: ¿Truenos? Uno he oído. El huésped dice: Bien ha dormido
vuestra señoria, pues sólo uno oyó; respondió el presidente: No quiero
decir eso, sino que toda esta noche ha sido un trueno; y dijo
discretísimamente, porque comienza uno, y al tercio otro, y luego otro,
y así alcanzándose los unos á los otros no parece sino todo un trueno.
Los rayos son muy frecuentes que hacen daño, y si no fuera por salir de
mi intento dijera cosas raras que han sucedido en el tiempo que viví en
ella. Llueve poco en toda esta provincia. Es grande y poco poblada de
indios. Comienzan las aguas á mediado diciembre, y por abril han cesado.
Si el cielo fuera más lluvioso se pudiera comparar con todas las
provincias fértiles del mundo. En toda ella no hay casi cosa de riego,
si no es en cual ó cual valle á la redonda de la ciudad; juncto á las
casas se siembra trigo, cebada, maíz.
La comarca de la ciudad es buena y abundante por los valles que tiene en
contorno, donde se da el maíz, y en los altos el trigo. Las chácaras son
de mucha tierra, y por ella se han enriquecido no pocos. Conocí en esta
ciudad, agora cuatro años, un vecino que vendió una chácara suya con
tres ó cuatro piedras de molino en 52.000 reales de á ocho; para ser un
chacarero rico no es necesario más que el año sea un poco estéril, y que
en su chácara haya llovido. Pocas veces el agua es general; son
aguaceros con tanto ímpetu de vientos, truenos, rayos y relámpagos, que
es cosa temerosísima; á los que suben de los llanos háceseles muy
pesado; veráse ahora, más en particular de noche, el cielo sereno y muy
claro y en un instante cubierto de una escuridad que pone grima. Toda
esta provincia de los indios Charcas es abundantísima de miel de abejas;
no crian en colmenas como en España, porque no las han recogido en
ellas, ni de eso se tiene cuidado; crian unas en la tierra, debajo
della, y por un agujero entran y salen á su labor; ésta suele ser agria;
otras crian en troncos y huecos de árboles: ésta es mucho mejor; otras
hacen sus panales (acá llamámosles chiguanas) colgándolos de una rama de
un árbol, sobre la cual los fraguan redondos y algunos tan grandes como
botijas peruleras: ésta es la mejor, más blanca y para muchas cosas
buena.
A cuatro leguas de la ciudad, al Oriente, entramos en el valle llamado
Moxotoro, que quiere decir barrio nuevo, angosto, mas tiene algunas
anconadas todas de riego con las acequias que del rio sacan; á su tiempo
es muy caluroso, y á su tiempo frío. Aquí hay muy buenas chácaras y
huertas con todos los frutales nuestros, y muy buenas viñas, adonde de
Potosí, que son 22 leguas, vienen los indios con los reales á comprar la
fruta, desde las cebollas y ajos hasta las camuesas y peras. Una legua
más adelante, en un valle llamado Chuquichuqui, hay un ingenio bonísimo
de azúcar y demás cosas, pero es una caldera de fuego de Babilonia.
Todos estos valles desta provincia son abundantes de las plagas arriba
dichas: víboras, hitas, chinches y otros animales ponzoñosos; pero
proveyó Dios de muchas yerbas medicinales y árboles, más que en ninguna
otra parte destos reinos.
Pocas leguas desta ciudad se coge la contrayerba, que dijimos ser una
raíz negra que huele á higuera. Otras raíces hay aprobadísimas para
cámaras de sangre. Lleva esta tierra mechoacán tan bueno como el que se
trae de México. Entre los árboles hay tres muy conocidos y salubérrimos:
el uno llamado Tareo, que entre mil de los demás es muy señalado; antes
que eche las hojas produce una flor como campanillas, morada, de la cual
se hace una conserva probada contra el mal francés. El otro se llama
Quinaquina; destila una goma muy olorosa, remedio principal, sahumándose
con ella, contra toda tose, catarro y apretamiento de pecho. He conocido
personas, á lo menos un religioso nuestro, que cortaba una rama y en la
punta colgaba un calabacillo, de suerte que la rama estuviese enarcada;
destilaba el bálsamo. Este árbol llora unas pepitas grandes como habas y
más largas, llenas de goma, de las cuales se aprovechan para mil
enfermedades; tuve la memoria dellas, no sé qué se me hizo; sahúmanse
con ello contra la tose, y para la jaqueca no hay remedio más eficaz;
tarda en destilar tiempo.
Lo que en más abundancia se cría son molles, aprobadísimos para muchas
enfermedades frias; todos estos árboles son como grandes encinas. Los
molles, dándole una cuchillada en la corteza, y sin que se les dé, pero
dada destilan una goma blanca con un poquito de cárdeno, al gusto poco
mordaz; usan della para purgar flegmas; yo la he tomado; pónenla en un
paño limpio, mójanla en agua y exprímenla como cuando se hace una
almendrada, y cuanto una escudilla, échanle un poco de azúcar, y puesta
al sereno, á la mañana se bebe, sin mas preparacion; hace su efecto
admirablemente; lleva unas uvillas coloradas que son como las majuelas
de España, sino que son todas redondas, sin la coronilla que tienen las
majuelas; destas uvillas se hace miel y chicha muy dulce y calidísima.
Con la corteza curten suelas y muy buenas. Hay entre estos árboles macho
y hembra: el macho es más coposo y más grato á la vista; la hembra crece
más y las ramas más extendidas. La fructa del macho jamás madura;
quédase como la uva, en cierne; la hembra la llega á sazonar. Pero de lo
que más es abundante esta provincia de toda suerte de minerales, á cuya
causa son las tempestades tan recias, y si Potosí faltase, no faltarian
otros cerros llenos de plata.
[36] En el ms., 62.
CAPITULO XCVII
DE OTRO CAMINO PARA LA CIUDAD DE LA PLATA
Volviendo á Caracollo, de donde proseguimos el camino para la ciudad de
La Plata por los valles, y tomándolo por el más seguido, de aquí una
jornada llegamos á la venta de las Sepulturas; llámase asi porque se
pobló en un llano donde hay cantidad dellas, y en todo el camino,
particularmente desde Siquisica; son sepulturas de indios, donde en su
infidelidad se enterraban en estos lugares frios; la causa debia ser por
que no se corrompiesen los cuerpos; son altas de más de estado y medio,
todas, en general, angostas como una vara, de cuatro paredes; unas
portezuelas que todas miran al Oriente junto al suelo; aquí se
enterraban los indios y sus mujeres; para los hijos hacian otras
pequeñas juncto á éstas. Ha sucedido ir caminando por esta tierra llana
el español y alcanzarle un aguacero de los buenos, y meterse dentro de
una destas sepulturas, sin tener grima de los cuerpos muertos; no la dan
como los nuestros.
Algunos indios sacan los cuerpos dellas y abrazaditos marido é mujer los
ponen en los caminos, sola la osamenta, entera, sin despegarse de las
coyunturas, porque en estas sepulturas no come la tierra los cuerpos,
sino consúmese la carne; lo demás queda entero; tampoco se crian
gusanos; la frialdad y sequedad de la tierra no da lugar á ello.
Algunas sepulturas vemos más altas y labradas, digo pintadas; éstas por
ventura eran de los curacas. Por estar puesta esta venta en un lugar
donde habia muchas, se quedó con el nombre de la venta de las
Sepulturas. Hácese aquí mucha y muy buena pólvora, y aquí vive un
oficial della que con licencia de los Virreyes la hace. Siete leguas
adelante es la venta de En Medio, así llamada por ser fundada en parte
donde se toma á mano izquierda el camino para la ciudad de La Plata y
sobre mano derecha para Potosí; dase en ella buen recaudo á los
pasajeros; los caballos á la sabana.
Prosiguiendo para Potosí[37], porque no volvamos más á ella, son cinco
jornadas; todas son de ventas, sin que en el camino haya cosa que sea
digna de memoria, más de que antes de llegar á Potosí, como legua y
media, no se ha de dar más priesa á la cabalgadura de la que ella
quisiere; fáltales el aliento, y si se la dan se quedan muertas en el
camino.
Tomando, pues, el camino sobre mano izquierda, nueve leguas, si no son
diez, dista de aquí el pueblo llamado Chayanta, poblado en una llanada
bien fría, antes de llegar al cual, _hay_ en medio del camino un arroyo
abajo, de mala agua, con muchos manantiales de aguas calientes, pero una
fuente hay en una peña viva que cae sobre este arroyo; la piedra terná
en contorno como braza y media; vase arrugando como un pan de azúcar, y
por la corona della sale un caño de agua como la muñeca, y para caer en
el arroyo hace su charco muy formado; no pasa hombre por allí que no se
detenga un poco á mirarla y considerar la fuerza del agua que rompiese
aquella peña viva; estas aguas calientes, si son de piedra azufre, dan
salud á los enfermos de la ijada y orina, como ya dijimos; las del
alumbre les hacen más daño.
De aquí son dos jornadas al pueblo llamado Macha, en distrito del cual
hay una mina de plata, que hasta agora no se ha descubierto, ni se
espera se descubrirá. Un religioso nuestro, á quien yo conocí en este
reino siendo seglar, agora cuarenta años, acaso dió con ella, y
conociendo el metal echó alguno en unas alforjas; llevólo á Potosí,
fundiólo; acudió mucha plata; luego conoció ser la mina que tanta fama
tiene, empero no lo dijo sino á uno ó dos amigos, para ir á ella y
registrarla; sucedióle en este tiempo, antes que la fuese á descubrir,
hacer un viaje forzoso á Arequipa, donde se metió fraile nuestro, y así
se quedó; ya profeso y viviendo en nuestro convento en Huánuco, y
estando á la sazon allí nuestro provincial el padre fray Francisco de
San Miguel, á quien se lo oí decir muchas veces, llegaron dos hombres
que venian de Potosí en busca del religioso para que les descubriese la
mina y cerro; encuentran con el provincial, dícenle por qué razon
tomaron tanto trabajo, viaje largo, y que si el religioso les descubre
el cerro y mina se obligarán á hacer un convento entero en la ciudad que
el provincial señalase. Al provincial no le pareció mal el partido;
tractólo con el religioso, y con ser un hombre tosco y no de mucho
entendimiento, respondió al provincial era verdadero sabia el cerro y
mina, pero que no convenia descubrirlo porque los indios de Macha, en
cuyo distrito estaba, y cuya era, la labraban (por lo que él vió) para
pagar sus tributos y para sus necesidades; la cual si se descubria la
habian de quitar á los indios y quedarian privados de su hacienda. La
respuesta del religioso pareció bien al provincial, y respondió á los
dos compañeros que no la descubriria aunque le hiciesen tres conventos,
y así se quedó hasta hoy. Desde este pueblo son tres jornadas á la
ciudad de La Plata, de muy mal camino, como lo es todo el desta
provincia.
[37] En el ms., _Potisi_.
CAPITULO XCVIII
DE LOS PUEBLOS DE ESPAÑOLES EN VALLES CERCA DE LOS CHIRIGUANAS
Saliendo de la ciudad de La Plata, entre el Oriente y el Sur, puso Dios
muchos valles muy buenos y fértiles, donde los indios nunca habitaron,
ni entraron, llenos de montañas calientes, fértiles de trigo y maíz,
árboles nuestros y otros mantenimientos, donde en chácaras viven
españoles; en los altos pastan sus ganados mayores y menores; allí á sus
casas les vienen de Potosí á comprar los mantenimientos, con los
costales llenos de reales. De pocos años á esta parte, en dos valles
destos se han fundado dos pueblos, recogiéndose los chacareros á ellos:
uno en el valle llamado Tomina, otro en el valle de la Lagunilla,
fronteras de Chiriguanas, con lo cual se les ha puesto freno para que no
hagan el daño que solian hacer antes que se redujesen á pueblos, y aun
agora tambien; las casas de las chácaras todas eran fuertes, y de noche
los amos y los indios dormian debajo de una puerta y llave, y algunas
veces se velaban, por miedo desta mala gente, que por la mayor parte sus
saltos son de noche, y por que se sepa qué gente es ésta, en breve diré
sus calidades.
CAPITULO XCIX
DE LOS CHIRIGUANAS Y SUS CALIDADES
Los indios Chiriguanas viven muy cerca destos valles, en unas montañas
calurosas y ásperas por donde apenas pueden andar caballos. No son
naturales, sino advenedizos; vinieron allí del rio de la Plata; la
lengua es la misma, sin se diferenciar en cosa alguna. Son bien
dispuestos, fornidos, los pechos levantados, espaldudos y bien hechos,
morenazos; pélanse las cejas y pestañas; los ojos tienen pequeños y
vivos. No guardan un punto de ley natural; son viciosos, tocados del
vicio nefando, y no perdonan á sus hermanas; es gente superbísima; todas
las naciones dicen ser sus esclavos. Comen carne humana sin ningun asco;
andan desnudos; cuando mucho, cual ó cual tiene una camisetilla hasta el
ombligo; usan pañetes; son grandes flecheros; sus armas son arco y
flecha; el arco tan grande como el mismo que lo tira, y porque la cuerda
no lastime la mano izquierda, en la muñeca encajan un trocillo de
madera, y allí da la cuerda. Pelean muy á su salvo, porque si les parece
el enemigo les tiene ventaja, no acometen. Pocas veces con nosotros
pelean en campo raso, si no es á más no poder, y si les parece han de
perder un chiriguano, no acometerán; son grandes hombres de forjar una
mentira, tardan mucho tiempo en ella, y enséñanla á todos, de suerte que
los niños la saben, y si se les pregunta no difieren de los mayores,
particularmente para engañarnos, como adelante diremos. Si han de ir á
la guerra es por órden de las viejas, que les traen á la memoria los
agravios recibidos, y los afrentan con palabras llamándolos cobades,
borrachos, ociosos y flojos. Entre estas viejas hay grandes hechiceras,
y hállanse en ellas las pitonisas que dice la Escritura, en cuyo ombligo
habla el demonio. El mayor de los pueblos es de cinco casas; lo comun es
de tres; mas son muy largas, de más de 150 pasos, á dos aguas, con
estantes en el medio sobre que se arma la cumbrera, y de estante á
estante vive una parentela. Con los indios que más enemiga han tenido
son con una provincia que cae á las espaldas destas montañas, tierra
llanísima, falta de agua, que se llama los Llanos de Manso, ó la
provincia de los Chaneses; destos, que es gente desarmada, aunque bien
dispuesta, de mejores rostros y más bien inclinados que los Chiriguanas,
se han comido más de 60.000, y no creo digo muchos, porque aquellos
llanos eran muy poblados; agora no hay indios sino muy pocos, y como no
tienen quien los defienda, es la carneceria desta bestialísima gente.
Son tan subjectos á los Chiriguanas, que en viéndolos no hay más que
sentarse, sin resistencia alguna, para que el chiriguana haga dél lo que
quisiere; tráenlos como ovejas en manadas; comen los que se les antojan,
de los demás se aprovechan para el servicio de sus casas y sementeras.
Cuando se quieren comer alguno no hay más que decirle se vaya á lavar al
rio, lo cual hace sin replicar; viene desnudo; mandan á sus hijos tomen
los arcos y flechas, y el pobre chanés en una plaza huyendo de aquí
para allí de las flechas, sin se atrever á salir della, de los muchachos
es flechado y muerto con gran alegria de los que le miran; le hacen
pedazos y se lo comen, ó asado, ó cocido con maíz y mucho ají. De los
que ven valientes y de buenos cuerpos, aprovéchanse para la guerra;
hácenlos á sus bárbaras costumbres y cuando han de pelear pónenlos en la
delantera, y si no pelean bien, fléchanlos por las espaldas. Es gente
traidora y que no guarda palabra, porque como dijimos, no tiene un
puncto de ley natural, ni cosa de policia; es poca gente; no llegan á
4.000 indios de guerra; la aspereza de la tierra en que habitan les ha
sustentado tanto tiempo contra los españoles; en ella hay rios grandes,
poco temidos destos, por ser grandes nadadores. Los rios llevan sábalos,
armados, bagres y otros peces los cuales pescan desta suerte: al verano
echan un pedazo del rio por otra parte; quedan los peces en el brazo del
rio desaguado; en agua hasta la cinta, entran en ella con sus arcos y
flechas, allí los flechan, y el que se escapa de la flecha, las mujeres
van detrás con unas redes en que caen. Son tambien astutísimos en cazar
ó enlazar las víboras, las de cascabel; éstas comen, y cuando un
chiriguana halla una dellas y la mata se la echa en el hombro y se viene
muy contento á su casa; cómenlas desta suerte: córtanles la cabeza, con
dos ó tres dedos más, y otro tanto de la cola; luego la desuellan y
hecha trozos ponen encima de las brasas, y así asada con ají la
engullen; oí decir á dos personas fidedignas que las habian visto asar,
y que olía la carne como si la hobieran lardado con muchos olores,
porque al olor de una que asaban sus yanaconas en su chácara, salieron
de casa á ver lo que era y hallaron los indios chiriguanas en una gran
candelada asando una para se la comer. Toda la tierra que habitan es
fértil de muchas víboras de cascabel y de las pequeñas que habemos
dicho; hay otras culebras grandes de más de tres varas; éstas no pican,
pero en viendo al hombre abalánzasele, cíñele por el cuerpo y luego con
una espina acutísima que tienen en la cola es cierta al sieso por donde
la meten, y desta suerte le mata, y luego se lo come. Hállanse lagartos
de sequera, el cuerpo de una vara y más, sin la cola, que es poco menos;
éstos acometen á un muchacho y se lo comen. En Tucumán vi uno destos,
como diremos cuando tractaremos de aquella tierra. Entre los árboles
tienen muchos cedros, pero hay otros que llevan tanta garrapata, que
arrimándose un hombre á él caen á mia sobre tuya sobre el pobre, que le
cubren como si una saca dellas le hobieran derramado por encima. Contra
éstos más que bárbaros hombres entró don Francisco de Toledo, Visorrey
del Perú; lo que le sucedió diremos cuando trataremos de lo que le
sucedió en el tiempo que gobernó estos reinos.
Con ser esta gente de la calidad referida y la tierra asperísima, el
capitan Andrés Manso, natural de la Rioja, con sólo sesenta hombres los
subjectó é repartió; sirviéronle y á sus encomenderos como sirven los
indios destos reinos, y no trabajó mucho en la conquista dellos, y menos
en la de los Chaneses. Agora 29 años, cuando subí la primera vez á la
provincia de Los Charcas, ya era muerto; no creo habria siete años.