Dos leguas desta ciudad á la parte del Poniente demora (hablemos como

marineros) el puerto desta ciudad, llamado el Callao, poblado de muchos

españoles y otras naciones, con su jurisdicción. Ha crecido mucho y

crecerá más, por ser templo más fresco y más sano que la ciudad de Los

Reyes, á causa de ser fundado á la orilla ó costa de la mar; solamente

le falta agua y tierra para los edificios, porque lo uno y lo otro se

trae más de media legua, porque el suelo todo es cascajo, y si alguna

tierra hay es salitrosa, y de leña no tiene sino mucha falta. Tiene su

iglesia mayor, sustenta cuatro conventos; Santo Domingo, llamado por

otro nombre Nuestra Señora de Buena Guía, el cual fundó, con autoridad

de la Orden, el venerable fray Melchior de Villagomez; despues se ha

augmentado de suerte que es priorato. San Francisco, San Agustín, los

padres de la Compañía, la Merced: todos se sustentan razonablemente,

aunque con pocos religiosos; los más son los nuestros, que son de seis

para arriba, y fué necesario fundarlos porque los religiosos que se

embarcan y desembarcan se vayan á sus conventos, y no á casa de

seglares, que es inconveniente.

Tambien es castigado de temblores de tierra, y de tarde en tarde en

inundaciones de la mar, porque cuanto ha que le conosco, que son más de

50 años á esta parte, sola una ha subcedido, que fué gobernando el conde

del Villar, de la cual cuando dél tractaremos diremos lo que le

subcedió. Sólo una cosa quiero decir, por ser cosa tocante á nuestro

convento. Antes de la inundacion, ó juntamente con ella, vino un temblor

de tierra muy grande, que derribó y arruinó muchos edificios; en el

altar mayor de nuestro convento está la caja del Santísimo Sacramento,

y encima desta caja, en un tabernáculo, una imágen de Nuestra Señora de

bulto grande; con el temblor cayó la imágen saliendo de su lugar, y fué

la Majestad de Dios servido que, habiendo de caer la imágen la cabeza

las gradas abajo, y los pies en las gradas altas, que son tres ó cuatro,

la hallaron los religiosos, pasado el temblor, acudiendo luego á la

iglesia, la cabeza y rostro en la última grada del altar mayor, y los

pies en la última grada junto al suelo, como postrada, pidiendo á su

hijo benedictísimo misericordia por aquel pueblo, sin que se le hallase

ninguna lesion; solamente el pico de la nariz tanto cuanto como

desollado; en el encaje de la caja del Sanctísimo Sacramento ni en la

caja no se halló cosa alguna más que si no hobiera pasado temblor

alguno, ni la caja se movió de su lugar.

Todos los hombres de la mar tienen singular devocion á esta imágen y

convento; los navios que salen llevan sus alcancías señaladas para pedir

limosna para Nuestra Señora, y cuando vuelven acuden con la recogida,

con mucho amor. Tiene el puerto abundancia de pescado al verano, que es

de Noviembre hasta fin de Abril; luego entran las garúas y hace un poco

de frio, y entonces hácense los peces á la mar á buscar abrigo.

CAPITULO LVII

DE LOS VALLES QUE SE SIGUEN

Siguiendo la costa adelante al Sur, llegamos luego al valle nombrado

Pachacámac, no muy ancho, aunque en partes tiene dos leguas y más de

fértil suelo; hay en él muy pocos naturales; las borracheras los han

consumido el dia de hoy. A la entrada del valle vemos aquel famoso

adoratorio ó guaca, que es un edificio poco menor que el de la guaca de

Trujillo, dedicado por los indios al demonio, que les hacia creer era el

criador de la tierra, y así llamaron Pachacámac, que quiere decir

criador de la tierra. Es fama en esta guaca haber gran suma de tesoro

aquí enterrado y ofrecido al demonio. Han algunos cavado en ella, empero

no han dado en él, sino sacado plata de la bolsa; es necesaria mucha

suma de plata y muchos años para atravesarla. Hoy la vemos casi cubierta

de arena que los aires sobre ella han amontonado. A este valle, cinco

leguas adelante, se sigue el valle de Chilca, que son unas hoyas

naturalmente cercadas de arena, en las cuales se da mucho maíz y demás

mantenimientos de la tierra; de nuestras fructas, uvas, higos, granadas,

membrillos y melones, los mejores del mundo, y las demás fructas muy

sabrosas, porque la tierra pica en salitre. Este valle ni hoyas tienen

agua con que se rieguen, ni del cielo ni de la tierra, pero tiene

bastante humedad con el agua que por debajo de la tierra se trasmina,

la cual es poderosa para que las comidas crezcan, se multipliquen y

lleguen á sazon; hállanse en estas hoyas jagüeyes, que son unos pozos

poco fondos, con la mano alcanzamos á ellos, de agua salobre; otros, y

éstos pocos, de agua un poco mejor que se puede beber y con ella se

sustentan los indios y los españoles que por aquí caminan. Para sembrar

el maíz usan los indios una cosa extraña: el grano de maíz lo meten en

una cabeza de sardina, y así lo ponen debajo de la tierra; es mucha la

que da en la costa (donde muy cerca están estas hoyas) huyendo de los

peces mayores, si no dan en la costa, tienen cuidado de pescarlas. La

costa es abundantísima de pescado, lizas, corbinas, lenguados, tollos y

otros. Los indios usan sus balsas de junco como los demás desta costa y

valles; puerto ninguno tiene. Los naturales se van consumiendo por la

razon en el otro capítulo dicha.

Luego á cuatro leguas se sigue el valle llamado Mara, á quien

corrompiendo la r en l llamamos Mala; de mucha y muy buena tierra, con

un rio de la mejor agua destos llanos; es rio de oro, de aquí se sacaba

cinco ú seis leguas más arriba para el Inga. Dos leguas el rio arriba de

la costa está un pueblo pequeño de cien indios casados, poco menos,

nombrado Calango, que lo doctrina nuestra Orden. Doctrinándolo un

religioso nuestro, llegó á él un indio con una piedra de metal, que la

mayor parte era plata, y díjole que él le enseñaría _la mina_; sábenlo

los caciques; este fué indio que hasta hoy no ha parecido, mas

entiéndese lo mataron por que no descubriese aquel cerro, y así se ha

quedado. El valle es fertilísimo de maíz, trigo y demás mantenimientos,

todo acequiado; cultívase poco, respecto de haberse consumido los indios

por las borracheras dichas.

Dos leguas adelante, poco más, se sigue el de Acia, ó por mejor decir el

de Coaillo; tiene pocos indios, consumidos por lo dicho, y malas aguas.

El rio se sume más de seis leguas antes de la mar, y junto á ella

revienta en poca agua en una laguna pequeña que se hace cerca del tambo

llamado Acia.

Tiene buenas tierras, aunque es angosto de riego. Fueron los indios

deste valle ricos de oro, y ellos entre los naturales destos Llanos, los

más nobles de condicion; fué muy poblado; ya son pocos.

CAPITULO LVIII

DEL VALLE DE CAÑETE

Prosiguiendo la costa adelante, á siete leguas andadas entramos en el

valle ancho y fertilísimo, llamado Guarco, de los indios, y de nosotros

Cañete, por un pueblo que en él se fundó llamado Cañete, de españoles,

respecto del marqués de Cañete el viejo, de laudable memoria, que fué

quien le mandó poblar; tiene puerto, aunque no muy seguro. Las tierras

deste valle son muy apropiadas á trigo, maíz, y es cosa no acreedera lo

que acude por hanega. Son bonísimos para viñas, olivares y para los

demás árboles frutales y mantenimientos, así de la tierra como nuestros;

no tiene rio que por medio del corra; riégase con dos acequias sacadas

desde el tiempo de los Ingas, grandes, del rio de Lunaguaná, y el agua

es buena; es abundante de ganados nuestros y de crias de mulas muy

buenas; aquí no hay uno ni algun indio natural; tiene una fortaleza que

guarda el puerto fácilmente. El pan de aquí es de lo bueno del orbe, por

lo cual ya es proverbio: _en Cañete toma pan y vete_, porque como no hay

servicio de indios en el meson y muy poco recado para los caminantes, no

se puede parar mucho en el pueblo. Parte términos con este valle otro

(yo lo he atravesado) de más de tres leguas de ancho y siete de largo,

todo acequiado, de fertilísimo suelo, si lo hay en el mundo: el cual no

se labra por se haber perdido una acequia con que todo se regaba, que

hizo sacar el Inga á los naturales, del rio de Lunaguaná. Derrumbóse un

pedazo de una sierra sobre ella y cojó la toma, y nunca más se ha

abierto, que si se abriese, sólo aqueste valle era poderoso á sustentar

la ciudad de Los Reyes de trigo é maíz; y aunque algunos Virreyes han

pretendido desmontar la toma, no se atreven por ser necesarios más de

50.000 pesos. Yo conozco quien daba órden cómo se sacase el acequia,

limpiase y desmontase, sin que á Su Majestad, ni á indio, ni á español

le costase blanca, aunque se gastaran 100.000 pesos, y era ésta que el

Virrey, la renta de los indios que vacasen y se habian de encomendar en

beneméritos, como su Majestad lo manda, que encomendase los indios, pero

que la renta de un año ó dos la aplicase para esta obra, y desta suerte

juntara la cantidad de plata necesaria, y al encomendero no se le

hiciera muy pesado, porque como habia estado años sin encomienda,

teniéndola ya cierta, y la posesion, de muy buena gana la tomara, y dos

años en breve se pasan, y cuando esto se quisiese moderar, para que el

encomendero tuviese con qué comer, le diesen el tercio ó cuarto de la

renta; lo demás, se aplicase para la dicha acequia.

Tratóse este medio con el ilustrísimo señor arzobispo destos reinos, y

parecióle bien; tratólo con don Martín Enriquez, á la sazon Visorrey, y

aunque no le pareció mal, respondió que las mercedes que habia de hacer

en nombre de Su Majestad no las queria aguar con aquella carga, y fué

respuesta de ánimo generoso, y correspondiente á la magnanimidad de

nuestro católico rey, y así se quedó hasta hoy, y se quedará si este

medio no se toma, porque no hay hombre á quien, aunque le den todo el

valle por suyo, se atreva á gastar tanta plata, y desta suerte se

desmontaba y abria la acequia, y sacada, cuando su Majestad quisiera

vender aquellas tierras, sacara mucha más plata, lo cual es necesario

hacerse, porque la gente se va multiplicando, y todos nos habemos de

ocupar en cavar y arar, y que á los que se les hiciese merced, con esta

carga la tomarian. Es cierto yo conocí un pretensor y benemérito en este

reino que vacando un repartimiento lo pidió con esta condicion: que por

cinco años los tributos se cobrasen para Su Majestad, y pasados fuesen

suyos; dióselo el conde de Nieva, pasáronse los cinco años y él vivió

gozando su renta más de otros quince, y á muchos pareció disparate; pues

con esta condicion pidió estos indios, mejor los aceptara el que se los

dieran por un año ó dos con esta carga, y es así que desde este tiempo

acá, digo desde que se trató deste medio, han vacado muchos y muy buenos

repartimientos, con que se hobiera sacado la acequia aunque se gastaran

en ella ducientos mil pesos; á dicho de los oficiales no son necesarios

60.000.

El valle de Lunaguaná, por donde pasa este rio, dista un poco más la

tierra adentro cuatro leguas deste valle; es angosto pero abundante de

mucho y muy buen vino, y frutas nuestras y de la tierra; aquí se han

conservado los indios un poco más que en los otros valles; con todo eso

se van apocando.

CAPITULO LIX

DEL VALLE DE CHINCHA

Síguesele á este valle de Lunaguaná el de Chincha á pocas leguas, muy

ancho y espacioso, sino que le falta agua. Cuando los españoles entraron

en este reino habia en él 30.000 indios tributarios; agora no hay

seiscientos, y porque no tiene agua suficiente para que todos pudiesen

labrar la tierra, el Inga señor destos los tenia repartidos desta

suerte: los 10.000 eran labradores, los diez mil pescadores, los 10.000

mercaderes. Los pescadores no habian de labrar un palmo de tierra: con

el pescado compraban todo lo que les era necesario para sustentar la

vida. Los labradores no habian de entrar á pescar: con los

mantenimientos compraban el pescado, y entre estos labradores habia

algunos oficiales buenos plateros, y el dia de hoy han quedado algunos.

Los mercaderes tenian licencia de discurrir por este reino con sus

mercadurias, que las principales eran mates para beber, muy pintados y

tenidos en mucho, hasta la provincia de Chucuito, que en el Collao no se

habia de entremeter el uno en el oficio del otro, no debajo de menor

pena que de la vida. Con este concierto se sustentaban en el valle tanta

cantidad de indios varones con sus casas, que por lo menos, chicos é

grandes, habian de ser más de 100.000; el dia de hoy no se hallan en él

600 indios casados, lo cual causa mucha compasion; la disminucion han

traido las borracheras; son dados mucho á ellas, las cuales les abrasan

las entrañas; particularmente hacen la chicha de maíz entallecido, que

es puro fuego, y no se contentan con ella, sino águanla con vino nuevo;

añaden fuego á fuego, y borrachos caen en el suelo; pasa el fervor del

sol por ellos, calor en el cuerpo, exterior; fuego en las entrañas,

interior, háceselas ceniza; mueren los más súpitamente, y desta suerte

se han acabado y consumido y los pocos que quedan se consumirán.

Acuérdome que tratando con un Oidor de Su Majestad que se pusiese algun

remedio y castigo en esto, respondió que no habia leyes de emperadores,

ni de los Virreyes de España, que á los borrachos diesen castigo, ni se

señalase. Fundados los que gobiernan en esto, no se ha puesto remedio en

cosa que tanto convenia, y es de tal manera el menoscabo de los indios

en todos los valles de los Llanos, que de aquí á pocos años no habrá

algunos, ni se caminará por ellos.

Los indios deste valle les ha cabido en suerte por la mayor parte

religiosos nuestros varones muy esenciales que les doctrinasen, y entre

ellos dos grandes siervos de nuestro Señor, y aun tres: el primero el

maestro fray Diego de Santo Tomás, de quien habemos comenzado á tratar,

que en este valle doctrinándolos gastó lo mejor de su vida con admirable

ejemplo y obras y despues fué primer obispo de los Charcas. El segundo

fray Melchior de Los Reyes, varon, cierto, apostólico, gran siervo de

Dios, libre de todo vicio, que es contrario á la predicacion del

Evangelio; paupérrimo, castísimo, abstinentísimo, varon de grandes

partes. El tercero, el venerable fray Cristóbal de Castro, el cual,

aunque no era tan docto como los dos referidos, no le hacian ventaja en

religion y caridad para con los indios; todos tres grandes lenguas. A

este padre fray Cristóbal, cuotidianamente, y aun hasta que murió el

ilustrísimo fray Hierónimo de Loaysa, porque conocia la entereza de su

vida, le ocupaba en visitar todo su arzobispado, por lo cual los indios

le llamaban el hermano del señor arzobispo; todos tres acabaron

loablemente. Otros religiosos han tenido los indios deste valle, pero no

de tanto nombre. Pero paréceme se puede arguir diciendo: si estos indios

tuvieron religiosos tan esenciales, ¿cómo se hizo tan poco fruto en

ellos? á esto responderé dos cosas: la primera, que estos indios y todos

los demás reciben muy mal las cosas de la fe, y esto por sus pecados y

por los nuestros, y como es gente que se ha de gobernar con mucho

castigo, faltándoles el gobierno del Inga, que por muy leves cosas

mataba á los delincuentes é inocentes, gobernándolos como á hombres de

razon y políticos, no viendo el castigo, no acudian sino cual ó cual

cosa de virtud; y para confirmar esto diré lo que pasó al padre maestro

fray Domingo de Santo Tomás en la ciudad de Los Reyes. Este padre

maestro, siendo provincial fué á España á un capítulo nuestro general,

donde todos los provinciales se habian de hallar; volvió; llegado á

nuestro convento de Los Reyes viniéronle á ver muchos indios de los de

Chincha, de los principales. A uno dellos preguntóle la doctrina; no la

supo, ó no quiso responder; díjole el padre maestro: Pues cómo, ¿no te

enseñé yo la doctrina cristiana, y la sabias muy bien? respondió el

indio: Padre, enseñándosela á mi hijo se me ha olvidado. He dicho esto

para que se vea la calidad desta gente.

Lo otro es lo que acabé de decir, que como les faltó el rigor y castigo

del Inga, facilísimamente se vuelven á sus malas costumbres y

inclinaciones, y borracheras, y no hay otro Dios sino su vientre, y

mientras no se les castigare con mucho rigor, no se espere enmienda,

sino su total disminucion y destruicion, y lo mismo, aunque no tanto, en

los indios de la Sierra.

Los indios, particularmente los señores, eran riquísimos de oro, y los

que agora son señores, creo lo son: tiénenlo enterrado, y hay en este

valle muchas guacas en algunas de las cuales españoles han cavado, mas

han sacado dellos tierra y plata de la bolsa. Cuando andaba la grita

dellas, como arriba dijimos, un curaca, el principal deste valle de

Chincha, dijo al padre fray Cristóbal de Castro (teníanle en gran

veneracion por su cristiandad y ejemplo), que si queria, le daria tanto

oro y plata que cargase un navio; el buen religioso díjole: un hábito

roto me basta, sácalo para ti y para tus hijos, que eso es vuestro, é yo

no lo truje de Castilla, ni me es necesario; y por importunacion del

curaca no quiso recibir más de un cáliz de oro para la iglesia, el cual

tiene hoy, y es el primero que vi en este reino, bastante argumento de

su ninguna cobdicia; si lo sacaron ó no, no lo sé; lo más cierto es

hasta hoy estar enterrado y oculto.

A cinco ó seis leguas llegamos al valle de Yumay, de las mismas

calidades del de Chincha, no tan espacioso; no fué tan poblado, y en él

hay muy pocos naturales; pasa por él un rio caudaloso, que pocas veces

se vadea.

CAPITULO LX

DEL VALLE DE PISCO

Seis leguas adelante llegamos al valle de Pisco, ancho y espacioso, con

puerto y agua bastante, sacada en acequias del rio de Yumay; fué poblado

de muchos indios; hanse consumido como los demás de los Llanos y por las

mismas razones. Es abundante de todo mantenimiento y de muchas

heredades, donde ya casi está fundado un pueblo de españoles; abunda

tambien en pescado; entre este valle y el de Ica puso Dios aquellas

hoyas que llamamos de Villacori, muy mayores que las que dijimos haber

en Chilca, donde se da mucho vino, granada, membrillo, higos, melones y

demás fruta, sin riego alguno, ni del cielo ni de la tierra; hay en

estas hoyas algunos jagüeyes de agua razonable, porque por la mayor

parte es salobre; vemos aquí hoyas donde se plantan 4.000 cepas, y es

cosa de admiracion que en medio de unos médanos de arena muerta pusiese

Dios estas hoyas tan fértiles. En estos arenales de Villacuri desbarató

el tirano Francisco Hernandez Giron al capitan Lope Martín, y es fama

algunas noches oirse pífanos y atambores y grita de batalla, tropel de

caballos con cascabeles, que pone no poca grima.

Por estos arenales no se puede caminar sin guia yendo[24] ó viniendo á

Ica y de noche, por los muchos calores, y los indios de guia, oyendo

estas gritas y voces animan á los españoles, diciéndoles que el demonio

por espantarlos causa aquellos temores.

[24] En el ms., _indo_.

CAPITULO LXI

DEL VALLE DE ICA

Otras seis leguas dista el valle anchísimo y largo de Ica, doce leguas

de la costa de la mar, pobladísimo de muchos algarrobos muy gruesos, con

un rio no muy grande, con muy buena agua, y fuera mucho mayor si no se

trasminara por todo el valle; por lo cual las heredades que hay en este

valle, muchas y muy buenas, de viñas y demás mantenimientos, no tienen

necesidad de mucho riego. El vino, que aquí se hace alguno, es muy

bueno, de donde, porque en el meson del pueblo no hay tanto recaudo para

los caminantes, ya es comun sentencia: En Ica, hinche la bota y pica.

Fundóse aquí un pueblo de españoles; algunos dellos son ricos de viñas y

chácaras, sus casas llenas de todo mantenimiento. Era valle de muchos

indios; agora no hay sino dos ó tres pueblos dellos; vanse consumiendo

como los demás destos Llanos y por las mismas razones.

Todos los Llanos y la tierra que se habita desde las vertientes de la

sierra y cordillera nevada, hasta lo último del reino de Chile, es

grandemente combatida de temblores de tierra, y este valle lo es mucho;

ya dos veces lo ha derribado un temblor de tierra, y la iglesia del

convento de San Francisco, que era buena, dos veces ha dado con ella en

el suelo, lo cual desanima mucho para que aquel pueblo no pase muy

adelante.

CAPITULO LXII

DEL VALLE DE GUAYURI

De aquí al vallecillo de Guayuri se ponen quince leguas de despoblado y

sin agua; á las cinco leguas, á la salida del valle de Ica, solia haber

un jagüey y una ventilla; cególo un temblor y despoblóse la venta.

Guayuri es muy angosto, de poca agua, pero buena; plantáronse en él

solas dos viñas; no hay espacio para más; la una de 500 cepas y la otra

de 1.500; cargan tanta uva y dellas se saca tanto vino, que si no se ve

no se puede creer; de las 500 se cogen 1.500 botijas de vino, y de las

otras, 4.000; fuera desto, danse muy bien nuestros árboles fructales,

grandes membrillos, higos y melones y otras legumbres. El vino es el

mejor de todo el reino.

CAPITULO LXIII

DEL VALLE DE LA NASCA

Saliendo deste vallecillo, á nueve leguas adelante, entramos en el gran

valle de la Nasca, muy ancho y largo; fué muy poblado de indios; agora

le faltan, por las causas arriba dichas; es fértil, como los demás

destos Llanos, de vino y demás cosas. El cacique dél fué siempre tenido

en mucho de los indios y de los españoles.

Por este valle y el de Chincha, así por la multitud de los indios como

por la fertilidad, cuando alguno de los antiguos pretensores, por sus

servicios, queria encarecerlos, decia: Chincha ó Nasca ó nada, lo cual

ha quedado como en proverbio. Es falto de agua al invierno, que es el

tiempo que en la Sierra no llueve, y acá el de las garúas; pero al

verano, que es el tiempo de las aguas en la Sierra, es rio grande y aun

peligroso. Hame sucedido llegar á este valle en tiempo que en la madre

del rio no se hallaba una gota de agua, y un solo dia que allí holgué,

á otro pasé el rio por tres brazos; aprovéchanse los indios, para el

tiempo de la seca, de pozas hechas á mano, á trechos, y en lugares

altos, como estanques grandes de agua, de las cuales sacan acequias para

comenzar á sembrar y sustentarse dellas hasta que viene el rio; dista de

la mar más de catorce leguas, todas arenales y sin aguas. Con todo eso

en carretas llevan el vino al puerto, que es seguro.

CAPITULO LXIV

DE OTROS VALLES SIGUIENTES

Quince leguas se ponen desde este valle á Acari, de despoblado, grandes

arenales y sin agua, si no es en una pequeña quebradilla, muy angosta, á

las siete leguas, de muy poca agua, gruesa y cenagosa. Es Acari buen

valle y de las calidades de los demás; habia en él muchos indios; hanse

consumido, como los de los otros valles y por las mismas causas.

Desde donde á Ariquipa (que dijimos ser casi sierra) hay catorce leguas

de despoblado, sin agua y arenoso; luego se sigue el valle de Atico,

estrecho y no tan abundante como los demás. Luego el de Ocaña, angosto,

pero de buenas fructas y viñas y abundante de maíz. Los indios son pocos

y se van disminuyendo.

CAPITULO LXV

DEL VALLE [DE] CAMANÁ

Síguese á éste, ocho leguas adelante, el valle de Camaná, de las mismas

calidades de los pasados, donde se fundó un pueblo de españoles; su

trato es vino, pasa, higo, de lo bueno deste reino; es abundante de

pescado; el puerto es playa; pasa por él un rio grande que pocas veces

se deja vadear. El año de 604, víspera de Santa Catalina mártir, lo

destruyó casi todo un temblor de tierra. Desde aquí á Arica y aun hasta

Chile, ya fenecieron los valles grandes y fértiles y se siguen

vallecillos angostos y no de las calidades de los pasados; por eso

haremos dellos poca memoria. Desde aquí nos comenzamos á meter la tierra

adentro, caminando para la ciudad de Arequipa, distante dél veintidós

leguas y más, en las cuales hay dos valles, uno llamado Ciguas, de muy

buena agua y mejor vino; ya casi sin indios, por se haber consumido,

como habemos de los demás referido. Cinco leguas adelante entramos en el

valle llamado Víctor; éste es más ancho y donde los más de los vecinos

de Arequipa tienen sus heredades; cogen mucho vino y muy bueno, que se

lleva al Cuzco, 65 leguas, y á Potosí, más de 140, y se provee todo el

Collao.

Esta ciudad fué los años pasados de mucha contractacion, hasta que don

Francisco de Toledo, visorrey destos reinos, le quitó el puerto y lo

pasó á Arica; digo mandó que todas las mercaderias que se desembarcaban

en el puerto de Arequipa para Potosí se desembarcasen en el puerto de

Arica, por lo cual la contractacion ha cesado, porque no llega allí

navio, sino el que forzosamente va fletado para el puerto de aquella

ciudad, con mercaderias para ella misma ó con algun balumen, hierro,

jabon, aceite y otras cosas así llamadas, para el Cusco, de donde se

lleva por tierra con carneros. Los navios surgen más de una legua en el

mar, lejos de la Caleta, donde se embarcan y desembarcan, que dista de

la ciudad diez y ocho leguas no de muy buen camino y faltísimo de agua,

y es cosa de admiracion que con surgir tan en la mar, en aquel paraje

nunca hay tormenta ni los navios han garrado, y aunque es así que en el

tiempo del ivierno, que es en el de las garúas, anda la mar tan brava,

que no se puede entrar ni salir de la Caleta, la mar donde el navio

tiene echadas sus anclas no se alborota.

Descripción colonial, libro primero (1/2) · 第 8 / 19 段