Por la parte del lado de la Epístola, la primera capilla es de San

Hierónimo; dotóla el capitan Hierónimo do Aliaga con dos misas rezadas

cada semana, vísperas y misa el dia de San Hierónimo y sus aniversarios;

dejó bastante limosna, pero como al tiempo de la rebelion de Francisco

Hernandez fuese á España por procurador destos reinos, y no volviese más

á ellos, muchos años la vimos muy mal parada, que no decíamos misa en

ella, por no tener ornato, hasta que habrá seis años que una nieta suya,

doña Juana de Aliaga, hizo un retablo al ólio, grande á proporcion de la

capilla, con una imágen de la Concepción arriba, que le costó más de

tres mil pesos, añadiendo paños de seda para las paredes y ornamentos

para el altar; empero Nuestro Señor la llevó para sí á pagarle lo que en

su servicio habia hecho, la cual si más vida le fuera concedida hiciera

más.

A esta capilla se sigue la del Rosario, con un retablo hecho en España,

bueno, y una imágen de bulto de Nuestra Señora en el cóncavo del

retablo, de las buenas piezas que hay en todo España, porque en Indias

ninguna llega. A la redonda de la imágen los quince misterios del

Rosario, de bulto, cuanto la proporcion del retablo lo sufre. En el

pedestal la muerte de los niños inocentes, que parece cosa viva, con la

adoracion de los Reyes al niño Jesús en el pisebre; fuera desto tiene en

cuatro encasamentos cuatro santos de la Orden, de bulto, de muy galana

proporcion y figura.

Lo alto de la capilla es dorado con unas piñas de yeso pendientes,

grandes, todas escarchadas de oro. Adórnase la capilla en las fiestas

del Rosario con paños de damasco y terciopelo carmesí unas veces, otras

con paños de damasco verde y terciopelo verde. Tiene tres lámparas de

plata grandes, que por lo menos la una arde perpétuamente.

Todo esto ha hecho la cofradia del Rosario con la industria de los

devotos y mayordomos. Los primeros domingos de cada mes se hace una

procesion por el claustro, que para los que en ella se hallaren

confrades (creo confesados) se les concede indulgencia plenaria. Sácase

una imágen de bulto de Nuestra Señora, muy devota, que llevan diáconos.

Sírvese de mucha cera de cirios que llevan los veinticuatro sin la demás

para los demás confrades religiosos. Concurre mucha gente por la

devocion grande que se tiene particularmente á la imágen puesta en el

altar. El segundo domingo se hace procesion con el niño Jesús por la

confadria de los Juramentos, fundada en nuestra casa, ni puede fundarse

en otra parte, por concesion de los sumos pontífices, ó con licencia del

provincial donde no hobiere convento de la Orden, de la imágen de

Nuestra Señora puesta en el altar. Si no fuéramos descuidados hobiera

muchos milagros escriptos que ha hecho.

Siendo yo prior deste convento pretendí, dándome los señores

inquisidores licencia para ello, sacarlos á luz, haciendo las

diligencias necesarias; empero, el provincial que á la sazon era, no sé

por qué respeto lo impidió.

CAPITULO XXVI

DE LA CAPILLA DE LAS RELIQUIAS

Luego más abajo se sigue la capilla de las Reliquias; llámase así porque

tiene un retablo con sus vidrieras tan grande como un guadamecí, lleno

dellas, traidas de Roma. Trújolo el reverendísimo fray Francisco de

Victoria, primer obispo de Tucumán, hijo de esta casa, varon docto;

fuimos novicios juntos y condiscípulos en las Artes y Filosofía.

Esta capilla de las Reliquias es celebrada por la multitud que dellas

hay, mayores y menores en cantidad, de famosísimos sanctos; hay

entrellas un poquito del verdadero lignum crucis, donde Cristo murió, y

un cabello de Nuestra Señora. El provincial que quiso mudar ó quitar la

capilla de San Juan de Letran dió esta capilla á los ministros del Santo

Oficio, con una carga pesadísima, que fuese el convento por sus cuerpos

y sacerdotes los trujesen en hombros, como si fueran sacerdotes, cosa

bien excusada, si se diera á los señores inquisidores y en ella se

enterraran, pasara, pero darla á oficiales no se puede tolerar, y sin

ninguna limosna. Y aunque entre ellos hay personas nobles, hay

familiares que tienen oficios bajos, y á éstos enterrarlos, como vi á

uno, como si fuera inquisidor, es igualar lo alto con lo bajo y la

nobleza con los que no la tienen, y con todo esto, alguno destos

familiares se entierran en otras partes y la capilla está sin marido,

como las demás lo tienen, dotadas con muchas ventajas.

Luego se sigue la del glorioso San Jacinto, con retablo dorado y figura

del sancto muy buena; la capilla bien adornada; hízose una solenísima

fiesta el dia que en esta ciudad se celebró la canonizacion del santo,

con admirable adorno de la iglesia y más del claustro, con un coloquio

famosísimo de la vida de este santísimo hermano nuestro, con tanta

riqueza que parecia incomparable, y con ser tanta, no se perdió ni un

alfiler.

Aquí se ha juntado la imágen de San Raimundo, agora nuevamente

canonizado por el mismo Clemente octavo, que canonizó á Jacinto, en cuya

fiesta fué mucho más el ornato admirable del claustro y iglesia que en

tres dias no se pudo impedir al pueblo que no viniese á verlo, y no se

hartaban; tampoco faltó cosa de momento.

Debajo del coro al uno y otro lado hay dos capillas; al de la Epístola,

una de los indios, con imágen de nuestra Señora, de bulto, y otra de los

negros, asimismo con imágen de bulto, de la misma Señora, que, conforme

á su posible, no están mal aderezadas.

Los mulatos toman otra, que es por donde se sale al claustro; ésta es la

menos adornada; será nuestro Señor servido se adorne á su servicio y de

su santísima madre.

CAPITULO XXVII

DE LOS PROVINCIALES [QUE] HAN AUGMENTADO EL CONVENTO

Dijimos arriba que el principal fundador deste convento fué el religioso

y no menos valeroso padre fray Tomás de San Martín, primer provincial,

el cual, despues de haber comenzado la obra de la iglesia fué el que

buscó y atrajo á todos aquellos capitanes y otras personas á que tomasen

las capillas y las dotasen; buscó y atrajo al convento mucha renta de

otras partes, como fué que á su persuasion el capitan Gabriel de Rojas

hizo limosna á este convento de 6.000 pesos ensayados, con no más

obligacion de que le encomendasen á nuestro Señor en los capítulos, lo

cual perpétuamente so hace y en las misas, como á principal bienhechor

nuestro; ganó chácaras y tierras de pan y solares para casas, con no

poco trabajo de su persona, á quien subcedió en provincial fray Domingo

de Santo Tomás, maestro en sancta Teología, varon realmente apostólico,

castísimo, libre de toda cobdicia y ambicion, gran predicador, así para

los españoles como para los indios, y más dado á la predicacion y

conversión de los indios que á la de los españoles; fué el primero que

imprimió y redujo á arte la lengua general deste reino. Varon de grande

entendimiento y prudencia cristiana, ferventísimo en el celo del bien y

aumento de los naturales deste reino, por lo cual era de algunos

aborrecido; empero decia lo que San Pablo: si agradase á los apetitos

dañados de los hombres, no seria siervo de Dios. En el convento no sé

qué haya aumentado, porque siendo provincial le fué forzoso ir á España

y dende allí pasar en Italia al capítulo general que se celebraba de

provinciales, y por esta razon no pudo augmentar como quisiera la casa,

aunque, por no dar nota de aplicar más para su casa que para otras

partes, hizo una cosa donde mostró el poco amor que á los bienes

temporales tenia, ni para su convento, que para sí, ninguno.

Esto la ciudad toda lo vió y los religiosos, porque estábamos en el

convento. Habia en la ciudad un mercader llamado Nicolaso Corso, hermano

de Juan Antonio Corso, el rico; estando para se ir á España con 80.000

pesos y más, ensayados, dióle el mal de la muerte; envia á llamar al

padre nuestro fray Domingo de Santo Tomás, que habia pocos dias llegado

de España; dice le confiese y que allí tiene 80.000 pesos y más,

ensayados; que como le fia el ánima, le fia y entrega la hacienda para

que haga della lo que quisiere, en bien y descargo de su conciencia,

porque no tiene heredero forzoso.

No creo otro que este apostólico varon hiciera lo quel hizo. Toda la

hacienda repartió entre pobres, y particularmente al Hospital de los

naturales desta ciudad dejó la mayor cantidad, donde hizo una capilla y

la dotó; _no_ á su convento, con poderle dejar toda, instituyendo un

colegio para bien de todo el reino, con renta, al modo de los de San

Gregorio, de Valladolid, y no fuera esta obra menos acepta á nuestro

Señor que dejarlo al Hospital de Santa-Ana. Porque no se dijese aplicaba

para su casa, huyendo esta nota, lo dejó al Hospital de los naturales, y

no dejó á su convento más que á los otros, que fueron 100 pesos

corrientes de limosna para cien misas, ni en el acompañamiento del

difunto que de aquella enfermedad murió, pidió más religiosos de un

convento que de otro. Bastante argumento es del poco amor que á la plata

tenia. Luego dende á poco le hizo merced Su Majestad de la silla

episcopal de la ciudad de La Plata; lo que allí hizo y su muerte, cuando

tractaremos de los señores obispos destos reinos lo diremos.

CAPITULO XXVIII

DE LOS PROVINCIALES DE NUESTRA ORDEN

A este excelentísimo varon sucedió el gran fray Gaspar de Carvajal,

religioso de mucho pecho y no menos virtud carretera y llana, el cual á

todos los conventos que llegaba, cuando los iba á visitar, en lo

espiritual y temporal, favoreciéndolo el Señor, dejaba augmentados.

Varon abstinentísimo, de gran ejemplo, de una simplicidad extraña. En su

tiempo, en parte dél fué prior desta casa el muy religioso fray Tomás de

Argomedo, varon docto, de mucho ejemplo, buen predicador y acepto, el

cual, el año de 60 me dió el hábito: á quienes, si no era cual ó cual,

nos quitaba los nombres y nos daba otros, diciendo que á la nueva vida,

nuevos nombres se requerian. Yo me llamaba Baltasar; mandóme llamar

Reginaldo, y con él me quedé hasta hoy.

Este religiosísimo varon y padre fué el primero que en nuestro convento

comenzó á poner órden en el coro; hasta entonces no la habia, por no

haber religiosos que lo sustentasen; en pocos meses tomamos el hábito

más de treinta, con los cuales y los demás sacerdotes del convento se

comenzó de dia y de noche, como en el más religioso de España, á guardar

la observancia de la religion, y lo mismo se comenzó en los demás desta

ciudad, porque hasta este año de sesenta muy pocos religiosos habia en

los conventos, los cuales faltando, no puede haber tanto concierto en el

coro, ni en lo demás; de suerte que podemos decir, y justísimamente, que

desde este año de 60, ó cuando mucho del 58, comenzaron los conventos á

se aumentar; para que se vea cuán en breve tiempo la mano del Señor ha

venido favorabilísima sobre todos ellos. Dióme la profesion el padre

provincial fray Gaspar de Carvajal, cumplido mi año de noviciado, que

ojalá y en la simplicidad que entonces tenia hobiera perseverado.

CAPITULO XXIX

DE LOS DEMÁS PROVINCIALES DE NUESTRA ORDEN

A este bonísimo varon sucedió el padre fray Francisco de San Miguel,

venerable por sus canas y vida ejemplar, gran predicador, conforme á lo

que entonces se usaba, que era (creo lo mejor) no tantas flores como

agora, ni vocablos galanos; no se daba tanto pasto al entendimiento como

agora se da, pero dábase más á la voluntad y más la aficionaban á la

virtud; dióle nuestro Señor este don: tenia en su mano el auditorio para

le alegrar y para le compungir y hacer derramar lágrimas; era de su

natural grave, mas acompañaba á su natural gravedad mucha humildad y no

menos sufrimiento; ninguna cosa aumentó en el convento, por no haber

cómodo para ello.

Despues del cual fué provincial el padre fray Alonso de la Cerda, hijo

de este convento, varon recto, de unas entrañas humanísimas y muy

llanas, gran religioso y de muy buen ejemplo, libre de toda cobdicia y

muy observante; siendo prior compró el retablo para el altar mayor, de

madera talla de bonísimas figuras, que costó 3.500 pesos puesto en el

altar; fué el primero que comenzó á edificar el convento, haciendo una

enfermeria muy buena, con muy alegres celdas altas y bajas, como se

requieren para el regalo de los enfermos. Ayudó mucho á esto una

legítima que dejó, siendo novicio, para edificarla, el padre fray Tomás

de Heredia, que al presente vive, maestro en sacta Teología y Lector que

ha sido della, hombre religioso y de muy buen ejemplo, nacido en

Guánuco, de nobles padres. La ligítima mandó se echase en renta, y así

se echó y permanece, y no se puede gastar en otra cosa que en el regalo

de los enfermos.

Todos los que en esta enfermeria mueren ganan indulgencia plenaria,

como yo he visto las letras apostólicas que están guardadas en el

archivo del convento. Siendo provincial el padre fray Alonso de la

Cerda, fué prior el padre fray Antonio de Ervias, doctísimo varon y

maestro mio en la Teología y no menos religioso; hizo el refectorio, que

es muy buena pieza; despues fué obispo de Cartagena en el reino de

Tierra Firme, como despues diremos.

Esta enfermeria se edificó en aquella parte del convento que cae sobre

el rio, la cual con una avenida que el rio trujo se llegó tanto á la

barranca, que rompiendo por ella se llevó un poco, y desde este tiempo

no se puede pasar por detrás de nuestra casa entre la barranca del rio y

nuestras paredes, por donde muy descansadamente podian ir dos carretas á

la par. Otra vez, siendo yo prior en este convento, me vi en gran riesgo

de que el rio rompiera por nuestra porteria que llamamos del rio. Fuí á

pedir favor de indios para remediar mi casa y buena parte de la ciudad,

al Virrey, que era el conde del Villar, y no le pedia sino indios para

amontonar piedras y reparar el daño que se esperaba; la paga de los

jornales yo la daba, y respondióme con mucha flema: ¡ah, este rio! ¡ah,

este rio! Empero, viendo el poco remedio que se me daba, todas las

noches destas avenidas, que son las mayores en Cuaresma, hice que

despues de maitines á media noche se rezase la letania de Nuestra

Señora, mediante el favor de la cual una noche que creí el rio habia de

romper por el convento, por ser la avenida muy crecida y el ruido de las

piedras que traía notable, fué Nuestro Señor servido, por intercesion

de su santísima madre, que nos amontonó mucha piedra frontero de nuestra

porteria, y recodando hacia el Rastro, derribó parte dél y nuestra casa

hasta hoy, gracias á Dios, quedó libre; ya aquel año no hobo más

avenida; luego con ayuda de la ciudad, que nos dió mil y quinientos

pesos de limosna, la cual ayudé á pedir, y con otros tantos que el

convento gastó, hicimos un reparo de cal y canto, con que al convento y

á la ciudad habemos librado del rio, el cual, si hasta entonces el

marqués de Cañete, de buena memoria, viviera, no nos pusiera en tanto

estrecho; pero no le mereció el reino y llevóselo Nuestro Señor para sí.

Volviendo á nuestro provincial fray Alonso de la Cerda, en los cargos

que en la Orden tuvo fué muy bien quisto de los religiosos por su

llanísima condicion y bondad. Fué despues obispo de Puerto de Caballos,

y luego de Los Charcas, como escribiremos en su lugar.

Sucedióle en el provincialato el padre fray Andrés Velez, hombre docto y

buen predicador, de agudo ingenio; fuese á España, y por eso no tenemos

nada que tratar dél en el augmento deste convento.

A quien sucedió el padre fray Gaspar de Toledo, varon, cierto,

religioso, de bueno y galano entendimiento, pero no amplió cosa en el

convento, como se pensó, y en su eleccion lo prometió el virrey don

Francisco de Toledo, deudo muy cercano suyo; á cabo su cuadrienio, fué

electo el padre fray Domingo de la Parra, tambien varon religioso y muy

observante, aunque nimio en algunas cosas muy menudas en que los

provinciales no se han de entremeter, sino avisar se guarden; donde no,

castigar á los prelados. El tiempo que fué provincial hizo guardar en

este convento nuestra constitucion que no se coma perpétuamente carne en

el refectorio, y él la guardaba infaliblemente. Si no la guardábamos era

por dispensacion que para ello tenemos en estos reinos, respecto de ser

la tierra de los llanos enferma y la de la sierra falta de pescado, y en

este convento haber cuotidianamente muchos enfermos, y la costa ser

mucho mayor; y con decirle los médicos el riesgo de la salud de los

religiosos, respondia un poco secamente: mueren en lo que profesaron.

Fué á España y no volvió más; en acabando fué electo en el Cuzco el

padre fray Domingo de Valderrama, maestro en sancta Teología, buen

predicador, el cual comenzó la casa de novicios, de las buenas que hay

en la Orden y fuera della; tiene casi 50 celdas altas y bajas, frescas y

alegres, porque así lo pide la tierra. Hizo este edificio, digo la mayor

parte dél, porque en su tiempo no se pudo acabar, con lo que aplicaba de

los salarios que se dan á los religiosos que se ocupan en la doctrina de

los naturales.

CAPITULO XXX

DE LOS RESTANTES PROVINCIALES DE NUESTRA ORDEN

Acabado el cuadrienio del mismo padre fray Domingo fué electo en

provincial el padre fray Agustin Montes, Presentado en sancta Teología,

hijo deste convento, donde tomó el hábito de quince años, varon

religioso y amigo de ampliar con edificios su casa, el cual acabó la

casa de novicios, lo tocante á las celdas, de todo puncto.

Hizo el claustro bajo, adornándolo con unos lienzos al ólio de figuras é

imágenes de sanctos, muy perfectas y muy devotas; augmentó la sacristia

con ornamentos y mucho servicio de plata, y un cáliz todo de oro.

Aumentó tambien el retablo del altar mayor: á lo menos dejó con un

entablador concertado el augmento de imágenes de media talla, y pagada

parte de la hechura; hizo un cofre grande de plata, en que en el retablo

se collocase el Sanctísimo Sacramento, porque hasta entonces no estaba

sino en una cajita de madera. Trabajó lo que pudo con mucho y buen

ejemplo. Puso mucha órden en las lectiones y estudio. Ordenó que hobiese

cierto número de religiosos collegiales, y para ser recibidos pasasen

por exámen muy riguroso, lo cual hasta hoy se guarda como conviene,

porque desta suerte los no muy hábiles se animan, y los hábiles trabajan

más, sin que en el coro se pierda punto. A quien sucedió el padre

maestro fray Salvador de Ribera, hijo deste convento, en el cual tomó el

hábito de 17 ó diez é ocho años, buen predicador; es hijo de padres

nobles de todos cuatro costados; su padre se llamó Niculás de Ribera el

viejo, respecto de otro vecino desta ciudad llamado del mismo nombre,

pero el mozo. Su padre fué uno de los de la Fama de la isla del Gallo,

varon liberal; su casa era hospital de todos los de su patria y

enfermeria deste nuestro convento, porque todo lo necesario para los

enfermos con toda liberalidad y caridad se hacia, y con sus propios

hijos se inviaba de dia y de noche, y desto soy testigo de vista. La

Madre se llamaba doña Elvira de Avalos, de cuya virtud en breve no se

puede tratar. En su tiempo se acabó á gloria de Nuestro Señor

dichosamente todo el cuerpo de la iglesia con tanta perfection que puede

competir con las buenas iglesias de mucha parte de España. Adornó la

capilla mayor de tal manera que se encubre la falta (que dijimos) ser

pequeña. Acabó el aumento del retablo; hiciéronse paños de terciopelo

carmesí bordados para la capilla mayor, con oro, que la cubren de alto á

bajo, tan buenos que en nuestra España se hallan pocos iguales. Acabó el

claustro y la porteria tan buena como las muy buenas de Castilla, sin

otras cosas tocantes á la sacristia. Todo lo cual hasta aquí augmentado

en este nuestro convento han hecho los provinciales con lo que han

aplicado de los salarios de las doctrinas donde viven los religiosos. Al

sobredicho padre sucedió el Presentado fray Diego de Ayala, hijo tambien

deste convento, el cual por vivir poco é irse á España, y pasando en

Italia murió en Roma, hay poco que decir dél. Sucedióle el padre maestro

fray Juan de Lorenzana, el más docto destos reinos, hijo, creo, de

Salamanca, buen religioso, de claro y galan ingenio, el cual, despues de

haber leído muchos años Teología en este convento, fué electo en

Provincial; gobierna á la hora que esto escribo; lo que haya augmentado

no lo sé.

CAPITULO XXXI

DE LOS RELIGIOSOS QUE SUSTENTA

Y porque dije que en muy breve tiempo se ha multiplicado esta casa,

favoreciéndolo la Majestad del muy Alto, el dia de hoy sustenta 130

religiosos y dende arriba, lo cual causa admiracion, porque no hay en

toda la cristiandad conventos, de cuatrocientos años á esta parte

fundados, si no son cual ó cual, que sustenten otros tantos. Celébranse

en esta casa los oficios divinos, de dia y de noche, con tanto concierto

como en el más religioso de la Orden.

Los estudios con todo el rigor pusible, y las demás ceremonias muy al

justo. El coro tiene sillas altas y bajas, de madera de cedro, labrados

los respaldares, altos, de madera de talla, de admirables figuras de

sanctos, que si fueran doradas no habia más que desear; costaron 18.500

pesos de á nueve reales, y el oficial perdió mucha plata.

CAPITULO XXXII

DE LOS OBISPOS

En este breve tiempo, como acabamos de decir, han salido deste convento

siete obispos, y tres casi á un tiempo juntamente, en lo cual excede á

todos los conventos, no sólo de nuestra Orden, pero de las demás en

España y fuera de España, porque á conventos de muchos años fundados no

ha sucedido otro tanto. El primero fué el reverendísimo fray Tomás de

San Martín, de quien tractaremos arriba y trataremos algo más cuando

escribiéremos los obispos que en este reino he conocido; primer obispo

de la ciudad de La Plata, el cual obispado concluia en sí, entonces,

todo el reino de Tucumán y la provincia de Santa Cruz de la Sierra.

El segundo, el reverendísimo fray Domingo de Santo Tomás, de la misma

ciudad; el tercero, el reverendísimo fray Alonso de la Cerda, primer

obispo de Puerto de Caballos[23]. El cuarto, el reverendísimo fray Alonso

Guerra, primer obispo del Rio de la Plata, y despues de Mechoacán, ó

Yucatán; el quinto, el reverendísimo fray Francisco de Victoria, primer

obispo de Tucumán. Estos tres señores obispos son hijos deste convento,

y todos tres se vieron obispos junctos en su casa, y su madre, que es

esta casa, los vió todos juntos en ella. El sexto, el reverendísimo fray

Antonio de Ervias, obispo de Cartagena, en el reino de Tierra Firme.

En un mismo tiempo sacó Su Majestad para obispos, estando todos tres

presentes, al reverendísimo fray Alonso de la Cerda, fray Alonso Guerra,

fray Antonio de Ervias, en lo cual, aunque hizo mucha merced á la Orden,

sirviéndose della, á nosotros, llamo á nosotros los que acá estábamos y

tomamos el hábito, la hizo, pero dejónos sin canas que nos gobernasen,

lo cual hasta hoy sentimos; no me acuerdo haber leído que de un convento

tres personas tales á un mismo tiempo se hayan sacado para iglesias,

como deste nuestro de Los Reyes. El séptimo y menor y más indigno de

todos soy yo, á quien la Majestad de Dios levantó á obispo de la

Imperial, reino de Chile, y espero en Nuestro Señor se han de sacar más.

Demás destos señores obispos, ha hecho nuestro Señor merced á nuestra

sagrada religion en nuestros tiempos, dándole en estas partes varones

apostólicos que con mucho celo del servicio de nuestro Señor y de las

ánimas han predicado á los naturales la ley evangélica, con claro

ejemplo de costumbres y vida. Uno dellos fué el padre fray Melchior de

Los Reyes, que por muchos años se ejercitó en este ministerio y murió en

este convento de Los Reyes y se enterró en el capítulo, donde es

costumbre enterrarse los religiosos nuestros, y abriéndose su sepultura

á cabo de siete años y más, se halló su cuerpo entero y los hábitos y

capa de anascote, sin lision alguna, y esto el señor arzobispo de

México, Bonilla, visitador de la Audiencia Real, lo vió, é yo tambien, y

todo el convento, queriendo echar en aquella sepultura otro religioso

difunto.

En esta misma sala de Capítulo se halló otra sepultura con otro cuerpo,

del padre fray Domingo de Narvaez, hijo desta nuestra provincia, buen

religioso, entero, con todos sus hábitos y capa de anascote, sin lision

alguna. Este religioso se habia ocupado en doctrinar los naturales

deste reino con gran llaneza y sinceridad.

Descripción colonial, libro primero (1/2) · 第 5 / 19 段