Hierónimo; dotóla el capitan Hierónimo do Aliaga con dos misas rezadas
cada semana, vísperas y misa el dia de San Hierónimo y sus aniversarios;
dejó bastante limosna, pero como al tiempo de la rebelion de Francisco
Hernandez fuese á España por procurador destos reinos, y no volviese más
á ellos, muchos años la vimos muy mal parada, que no decíamos misa en
ella, por no tener ornato, hasta que habrá seis años que una nieta suya,
doña Juana de Aliaga, hizo un retablo al ólio, grande á proporcion de la
capilla, con una imágen de la Concepción arriba, que le costó más de
tres mil pesos, añadiendo paños de seda para las paredes y ornamentos
para el altar; empero Nuestro Señor la llevó para sí á pagarle lo que en
su servicio habia hecho, la cual si más vida le fuera concedida hiciera
más.
A esta capilla se sigue la del Rosario, con un retablo hecho en España,
bueno, y una imágen de bulto de Nuestra Señora en el cóncavo del
retablo, de las buenas piezas que hay en todo España, porque en Indias
ninguna llega. A la redonda de la imágen los quince misterios del
Rosario, de bulto, cuanto la proporcion del retablo lo sufre. En el
pedestal la muerte de los niños inocentes, que parece cosa viva, con la
adoracion de los Reyes al niño Jesús en el pisebre; fuera desto tiene en
cuatro encasamentos cuatro santos de la Orden, de bulto, de muy galana
proporcion y figura.
Lo alto de la capilla es dorado con unas piñas de yeso pendientes,
grandes, todas escarchadas de oro. Adórnase la capilla en las fiestas
del Rosario con paños de damasco y terciopelo carmesí unas veces, otras
con paños de damasco verde y terciopelo verde. Tiene tres lámparas de
plata grandes, que por lo menos la una arde perpétuamente.
Todo esto ha hecho la cofradia del Rosario con la industria de los
devotos y mayordomos. Los primeros domingos de cada mes se hace una
procesion por el claustro, que para los que en ella se hallaren
confrades (creo confesados) se les concede indulgencia plenaria. Sácase
una imágen de bulto de Nuestra Señora, muy devota, que llevan diáconos.
Sírvese de mucha cera de cirios que llevan los veinticuatro sin la demás
para los demás confrades religiosos. Concurre mucha gente por la
devocion grande que se tiene particularmente á la imágen puesta en el
altar. El segundo domingo se hace procesion con el niño Jesús por la
confadria de los Juramentos, fundada en nuestra casa, ni puede fundarse
en otra parte, por concesion de los sumos pontífices, ó con licencia del
provincial donde no hobiere convento de la Orden, de la imágen de
Nuestra Señora puesta en el altar. Si no fuéramos descuidados hobiera
muchos milagros escriptos que ha hecho.
Siendo yo prior deste convento pretendí, dándome los señores
inquisidores licencia para ello, sacarlos á luz, haciendo las
diligencias necesarias; empero, el provincial que á la sazon era, no sé
por qué respeto lo impidió.
CAPITULO XXVI
DE LA CAPILLA DE LAS RELIQUIAS
Luego más abajo se sigue la capilla de las Reliquias; llámase así porque
tiene un retablo con sus vidrieras tan grande como un guadamecí, lleno
dellas, traidas de Roma. Trújolo el reverendísimo fray Francisco de
Victoria, primer obispo de Tucumán, hijo de esta casa, varon docto;
fuimos novicios juntos y condiscípulos en las Artes y Filosofía.
Esta capilla de las Reliquias es celebrada por la multitud que dellas
hay, mayores y menores en cantidad, de famosísimos sanctos; hay
entrellas un poquito del verdadero lignum crucis, donde Cristo murió, y
un cabello de Nuestra Señora. El provincial que quiso mudar ó quitar la
capilla de San Juan de Letran dió esta capilla á los ministros del Santo
Oficio, con una carga pesadísima, que fuese el convento por sus cuerpos
y sacerdotes los trujesen en hombros, como si fueran sacerdotes, cosa
bien excusada, si se diera á los señores inquisidores y en ella se
enterraran, pasara, pero darla á oficiales no se puede tolerar, y sin
ninguna limosna. Y aunque entre ellos hay personas nobles, hay
familiares que tienen oficios bajos, y á éstos enterrarlos, como vi á
uno, como si fuera inquisidor, es igualar lo alto con lo bajo y la
nobleza con los que no la tienen, y con todo esto, alguno destos
familiares se entierran en otras partes y la capilla está sin marido,
como las demás lo tienen, dotadas con muchas ventajas.
Luego se sigue la del glorioso San Jacinto, con retablo dorado y figura
del sancto muy buena; la capilla bien adornada; hízose una solenísima
fiesta el dia que en esta ciudad se celebró la canonizacion del santo,
con admirable adorno de la iglesia y más del claustro, con un coloquio
famosísimo de la vida de este santísimo hermano nuestro, con tanta
riqueza que parecia incomparable, y con ser tanta, no se perdió ni un
alfiler.
Aquí se ha juntado la imágen de San Raimundo, agora nuevamente
canonizado por el mismo Clemente octavo, que canonizó á Jacinto, en cuya
fiesta fué mucho más el ornato admirable del claustro y iglesia que en
tres dias no se pudo impedir al pueblo que no viniese á verlo, y no se
hartaban; tampoco faltó cosa de momento.
Debajo del coro al uno y otro lado hay dos capillas; al de la Epístola,
una de los indios, con imágen de nuestra Señora, de bulto, y otra de los
negros, asimismo con imágen de bulto, de la misma Señora, que, conforme
á su posible, no están mal aderezadas.
Los mulatos toman otra, que es por donde se sale al claustro; ésta es la
menos adornada; será nuestro Señor servido se adorne á su servicio y de
su santísima madre.
CAPITULO XXVII
DE LOS PROVINCIALES [QUE] HAN AUGMENTADO EL CONVENTO
Dijimos arriba que el principal fundador deste convento fué el religioso
y no menos valeroso padre fray Tomás de San Martín, primer provincial,
el cual, despues de haber comenzado la obra de la iglesia fué el que
buscó y atrajo á todos aquellos capitanes y otras personas á que tomasen
las capillas y las dotasen; buscó y atrajo al convento mucha renta de
otras partes, como fué que á su persuasion el capitan Gabriel de Rojas
hizo limosna á este convento de 6.000 pesos ensayados, con no más
obligacion de que le encomendasen á nuestro Señor en los capítulos, lo
cual perpétuamente so hace y en las misas, como á principal bienhechor
nuestro; ganó chácaras y tierras de pan y solares para casas, con no
poco trabajo de su persona, á quien subcedió en provincial fray Domingo
de Santo Tomás, maestro en sancta Teología, varon realmente apostólico,
castísimo, libre de toda cobdicia y ambicion, gran predicador, así para
los españoles como para los indios, y más dado á la predicacion y
conversión de los indios que á la de los españoles; fué el primero que
imprimió y redujo á arte la lengua general deste reino. Varon de grande
entendimiento y prudencia cristiana, ferventísimo en el celo del bien y
aumento de los naturales deste reino, por lo cual era de algunos
aborrecido; empero decia lo que San Pablo: si agradase á los apetitos
dañados de los hombres, no seria siervo de Dios. En el convento no sé
qué haya aumentado, porque siendo provincial le fué forzoso ir á España
y dende allí pasar en Italia al capítulo general que se celebraba de
provinciales, y por esta razon no pudo augmentar como quisiera la casa,
aunque, por no dar nota de aplicar más para su casa que para otras
partes, hizo una cosa donde mostró el poco amor que á los bienes
temporales tenia, ni para su convento, que para sí, ninguno.
Esto la ciudad toda lo vió y los religiosos, porque estábamos en el
convento. Habia en la ciudad un mercader llamado Nicolaso Corso, hermano
de Juan Antonio Corso, el rico; estando para se ir á España con 80.000
pesos y más, ensayados, dióle el mal de la muerte; envia á llamar al
padre nuestro fray Domingo de Santo Tomás, que habia pocos dias llegado
de España; dice le confiese y que allí tiene 80.000 pesos y más,
ensayados; que como le fia el ánima, le fia y entrega la hacienda para
que haga della lo que quisiere, en bien y descargo de su conciencia,
porque no tiene heredero forzoso.
No creo otro que este apostólico varon hiciera lo quel hizo. Toda la
hacienda repartió entre pobres, y particularmente al Hospital de los
naturales desta ciudad dejó la mayor cantidad, donde hizo una capilla y
la dotó; _no_ á su convento, con poderle dejar toda, instituyendo un
colegio para bien de todo el reino, con renta, al modo de los de San
Gregorio, de Valladolid, y no fuera esta obra menos acepta á nuestro
Señor que dejarlo al Hospital de Santa-Ana. Porque no se dijese aplicaba
para su casa, huyendo esta nota, lo dejó al Hospital de los naturales, y
no dejó á su convento más que á los otros, que fueron 100 pesos
corrientes de limosna para cien misas, ni en el acompañamiento del
difunto que de aquella enfermedad murió, pidió más religiosos de un
convento que de otro. Bastante argumento es del poco amor que á la plata
tenia. Luego dende á poco le hizo merced Su Majestad de la silla
episcopal de la ciudad de La Plata; lo que allí hizo y su muerte, cuando
tractaremos de los señores obispos destos reinos lo diremos.
CAPITULO XXVIII
DE LOS PROVINCIALES DE NUESTRA ORDEN
A este excelentísimo varon sucedió el gran fray Gaspar de Carvajal,
religioso de mucho pecho y no menos virtud carretera y llana, el cual á
todos los conventos que llegaba, cuando los iba á visitar, en lo
espiritual y temporal, favoreciéndolo el Señor, dejaba augmentados.
Varon abstinentísimo, de gran ejemplo, de una simplicidad extraña. En su
tiempo, en parte dél fué prior desta casa el muy religioso fray Tomás de
Argomedo, varon docto, de mucho ejemplo, buen predicador y acepto, el
cual, el año de 60 me dió el hábito: á quienes, si no era cual ó cual,
nos quitaba los nombres y nos daba otros, diciendo que á la nueva vida,
nuevos nombres se requerian. Yo me llamaba Baltasar; mandóme llamar
Reginaldo, y con él me quedé hasta hoy.
Este religiosísimo varon y padre fué el primero que en nuestro convento
comenzó á poner órden en el coro; hasta entonces no la habia, por no
haber religiosos que lo sustentasen; en pocos meses tomamos el hábito
más de treinta, con los cuales y los demás sacerdotes del convento se
comenzó de dia y de noche, como en el más religioso de España, á guardar
la observancia de la religion, y lo mismo se comenzó en los demás desta
ciudad, porque hasta este año de sesenta muy pocos religiosos habia en
los conventos, los cuales faltando, no puede haber tanto concierto en el
coro, ni en lo demás; de suerte que podemos decir, y justísimamente, que
desde este año de 60, ó cuando mucho del 58, comenzaron los conventos á
se aumentar; para que se vea cuán en breve tiempo la mano del Señor ha
venido favorabilísima sobre todos ellos. Dióme la profesion el padre
provincial fray Gaspar de Carvajal, cumplido mi año de noviciado, que
ojalá y en la simplicidad que entonces tenia hobiera perseverado.
CAPITULO XXIX
DE LOS DEMÁS PROVINCIALES DE NUESTRA ORDEN
A este bonísimo varon sucedió el padre fray Francisco de San Miguel,
venerable por sus canas y vida ejemplar, gran predicador, conforme á lo
que entonces se usaba, que era (creo lo mejor) no tantas flores como
agora, ni vocablos galanos; no se daba tanto pasto al entendimiento como
agora se da, pero dábase más á la voluntad y más la aficionaban á la
virtud; dióle nuestro Señor este don: tenia en su mano el auditorio para
le alegrar y para le compungir y hacer derramar lágrimas; era de su
natural grave, mas acompañaba á su natural gravedad mucha humildad y no
menos sufrimiento; ninguna cosa aumentó en el convento, por no haber
cómodo para ello.
Despues del cual fué provincial el padre fray Alonso de la Cerda, hijo
de este convento, varon recto, de unas entrañas humanísimas y muy
llanas, gran religioso y de muy buen ejemplo, libre de toda cobdicia y
muy observante; siendo prior compró el retablo para el altar mayor, de
madera talla de bonísimas figuras, que costó 3.500 pesos puesto en el
altar; fué el primero que comenzó á edificar el convento, haciendo una
enfermeria muy buena, con muy alegres celdas altas y bajas, como se
requieren para el regalo de los enfermos. Ayudó mucho á esto una
legítima que dejó, siendo novicio, para edificarla, el padre fray Tomás
de Heredia, que al presente vive, maestro en sacta Teología y Lector que
ha sido della, hombre religioso y de muy buen ejemplo, nacido en
Guánuco, de nobles padres. La ligítima mandó se echase en renta, y así
se echó y permanece, y no se puede gastar en otra cosa que en el regalo
de los enfermos.
Todos los que en esta enfermeria mueren ganan indulgencia plenaria,
como yo he visto las letras apostólicas que están guardadas en el
archivo del convento. Siendo provincial el padre fray Alonso de la
Cerda, fué prior el padre fray Antonio de Ervias, doctísimo varon y
maestro mio en la Teología y no menos religioso; hizo el refectorio, que
es muy buena pieza; despues fué obispo de Cartagena en el reino de
Tierra Firme, como despues diremos.
Esta enfermeria se edificó en aquella parte del convento que cae sobre
el rio, la cual con una avenida que el rio trujo se llegó tanto á la
barranca, que rompiendo por ella se llevó un poco, y desde este tiempo
no se puede pasar por detrás de nuestra casa entre la barranca del rio y
nuestras paredes, por donde muy descansadamente podian ir dos carretas á
la par. Otra vez, siendo yo prior en este convento, me vi en gran riesgo
de que el rio rompiera por nuestra porteria que llamamos del rio. Fuí á
pedir favor de indios para remediar mi casa y buena parte de la ciudad,
al Virrey, que era el conde del Villar, y no le pedia sino indios para
amontonar piedras y reparar el daño que se esperaba; la paga de los
jornales yo la daba, y respondióme con mucha flema: ¡ah, este rio! ¡ah,
este rio! Empero, viendo el poco remedio que se me daba, todas las
noches destas avenidas, que son las mayores en Cuaresma, hice que
despues de maitines á media noche se rezase la letania de Nuestra
Señora, mediante el favor de la cual una noche que creí el rio habia de
romper por el convento, por ser la avenida muy crecida y el ruido de las
piedras que traía notable, fué Nuestro Señor servido, por intercesion
de su santísima madre, que nos amontonó mucha piedra frontero de nuestra
porteria, y recodando hacia el Rastro, derribó parte dél y nuestra casa
hasta hoy, gracias á Dios, quedó libre; ya aquel año no hobo más
avenida; luego con ayuda de la ciudad, que nos dió mil y quinientos
pesos de limosna, la cual ayudé á pedir, y con otros tantos que el
convento gastó, hicimos un reparo de cal y canto, con que al convento y
á la ciudad habemos librado del rio, el cual, si hasta entonces el
marqués de Cañete, de buena memoria, viviera, no nos pusiera en tanto
estrecho; pero no le mereció el reino y llevóselo Nuestro Señor para sí.
Volviendo á nuestro provincial fray Alonso de la Cerda, en los cargos
que en la Orden tuvo fué muy bien quisto de los religiosos por su
llanísima condicion y bondad. Fué despues obispo de Puerto de Caballos,
y luego de Los Charcas, como escribiremos en su lugar.
Sucedióle en el provincialato el padre fray Andrés Velez, hombre docto y
buen predicador, de agudo ingenio; fuese á España, y por eso no tenemos
nada que tratar dél en el augmento deste convento.
A quien sucedió el padre fray Gaspar de Toledo, varon, cierto,
religioso, de bueno y galano entendimiento, pero no amplió cosa en el
convento, como se pensó, y en su eleccion lo prometió el virrey don
Francisco de Toledo, deudo muy cercano suyo; á cabo su cuadrienio, fué
electo el padre fray Domingo de la Parra, tambien varon religioso y muy
observante, aunque nimio en algunas cosas muy menudas en que los
provinciales no se han de entremeter, sino avisar se guarden; donde no,
castigar á los prelados. El tiempo que fué provincial hizo guardar en
este convento nuestra constitucion que no se coma perpétuamente carne en
el refectorio, y él la guardaba infaliblemente. Si no la guardábamos era
por dispensacion que para ello tenemos en estos reinos, respecto de ser
la tierra de los llanos enferma y la de la sierra falta de pescado, y en
este convento haber cuotidianamente muchos enfermos, y la costa ser
mucho mayor; y con decirle los médicos el riesgo de la salud de los
religiosos, respondia un poco secamente: mueren en lo que profesaron.
Fué á España y no volvió más; en acabando fué electo en el Cuzco el
padre fray Domingo de Valderrama, maestro en sancta Teología, buen
predicador, el cual comenzó la casa de novicios, de las buenas que hay
en la Orden y fuera della; tiene casi 50 celdas altas y bajas, frescas y
alegres, porque así lo pide la tierra. Hizo este edificio, digo la mayor
parte dél, porque en su tiempo no se pudo acabar, con lo que aplicaba de
los salarios que se dan á los religiosos que se ocupan en la doctrina de
los naturales.
CAPITULO XXX
DE LOS RESTANTES PROVINCIALES DE NUESTRA ORDEN
Acabado el cuadrienio del mismo padre fray Domingo fué electo en
provincial el padre fray Agustin Montes, Presentado en sancta Teología,
hijo deste convento, donde tomó el hábito de quince años, varon
religioso y amigo de ampliar con edificios su casa, el cual acabó la
casa de novicios, lo tocante á las celdas, de todo puncto.
Hizo el claustro bajo, adornándolo con unos lienzos al ólio de figuras é
imágenes de sanctos, muy perfectas y muy devotas; augmentó la sacristia
con ornamentos y mucho servicio de plata, y un cáliz todo de oro.
Aumentó tambien el retablo del altar mayor: á lo menos dejó con un
entablador concertado el augmento de imágenes de media talla, y pagada
parte de la hechura; hizo un cofre grande de plata, en que en el retablo
se collocase el Sanctísimo Sacramento, porque hasta entonces no estaba
sino en una cajita de madera. Trabajó lo que pudo con mucho y buen
ejemplo. Puso mucha órden en las lectiones y estudio. Ordenó que hobiese
cierto número de religiosos collegiales, y para ser recibidos pasasen
por exámen muy riguroso, lo cual hasta hoy se guarda como conviene,
porque desta suerte los no muy hábiles se animan, y los hábiles trabajan
más, sin que en el coro se pierda punto. A quien sucedió el padre
maestro fray Salvador de Ribera, hijo deste convento, en el cual tomó el
hábito de 17 ó diez é ocho años, buen predicador; es hijo de padres
nobles de todos cuatro costados; su padre se llamó Niculás de Ribera el
viejo, respecto de otro vecino desta ciudad llamado del mismo nombre,
pero el mozo. Su padre fué uno de los de la Fama de la isla del Gallo,
varon liberal; su casa era hospital de todos los de su patria y
enfermeria deste nuestro convento, porque todo lo necesario para los
enfermos con toda liberalidad y caridad se hacia, y con sus propios
hijos se inviaba de dia y de noche, y desto soy testigo de vista. La
Madre se llamaba doña Elvira de Avalos, de cuya virtud en breve no se
puede tratar. En su tiempo se acabó á gloria de Nuestro Señor
dichosamente todo el cuerpo de la iglesia con tanta perfection que puede
competir con las buenas iglesias de mucha parte de España. Adornó la
capilla mayor de tal manera que se encubre la falta (que dijimos) ser
pequeña. Acabó el aumento del retablo; hiciéronse paños de terciopelo
carmesí bordados para la capilla mayor, con oro, que la cubren de alto á
bajo, tan buenos que en nuestra España se hallan pocos iguales. Acabó el
claustro y la porteria tan buena como las muy buenas de Castilla, sin
otras cosas tocantes á la sacristia. Todo lo cual hasta aquí augmentado
en este nuestro convento han hecho los provinciales con lo que han
aplicado de los salarios de las doctrinas donde viven los religiosos. Al
sobredicho padre sucedió el Presentado fray Diego de Ayala, hijo tambien
deste convento, el cual por vivir poco é irse á España, y pasando en
Italia murió en Roma, hay poco que decir dél. Sucedióle el padre maestro
fray Juan de Lorenzana, el más docto destos reinos, hijo, creo, de
Salamanca, buen religioso, de claro y galan ingenio, el cual, despues de
haber leído muchos años Teología en este convento, fué electo en
Provincial; gobierna á la hora que esto escribo; lo que haya augmentado
no lo sé.
CAPITULO XXXI
DE LOS RELIGIOSOS QUE SUSTENTA
Y porque dije que en muy breve tiempo se ha multiplicado esta casa,
favoreciéndolo la Majestad del muy Alto, el dia de hoy sustenta 130
religiosos y dende arriba, lo cual causa admiracion, porque no hay en
toda la cristiandad conventos, de cuatrocientos años á esta parte
fundados, si no son cual ó cual, que sustenten otros tantos. Celébranse
en esta casa los oficios divinos, de dia y de noche, con tanto concierto
como en el más religioso de la Orden.
Los estudios con todo el rigor pusible, y las demás ceremonias muy al
justo. El coro tiene sillas altas y bajas, de madera de cedro, labrados
los respaldares, altos, de madera de talla, de admirables figuras de
sanctos, que si fueran doradas no habia más que desear; costaron 18.500
pesos de á nueve reales, y el oficial perdió mucha plata.
CAPITULO XXXII
DE LOS OBISPOS
En este breve tiempo, como acabamos de decir, han salido deste convento
siete obispos, y tres casi á un tiempo juntamente, en lo cual excede á
todos los conventos, no sólo de nuestra Orden, pero de las demás en
España y fuera de España, porque á conventos de muchos años fundados no
ha sucedido otro tanto. El primero fué el reverendísimo fray Tomás de
San Martín, de quien tractaremos arriba y trataremos algo más cuando
escribiéremos los obispos que en este reino he conocido; primer obispo
de la ciudad de La Plata, el cual obispado concluia en sí, entonces,
todo el reino de Tucumán y la provincia de Santa Cruz de la Sierra.
El segundo, el reverendísimo fray Domingo de Santo Tomás, de la misma
ciudad; el tercero, el reverendísimo fray Alonso de la Cerda, primer
obispo de Puerto de Caballos[23]. El cuarto, el reverendísimo fray Alonso
Guerra, primer obispo del Rio de la Plata, y despues de Mechoacán, ó
Yucatán; el quinto, el reverendísimo fray Francisco de Victoria, primer
obispo de Tucumán. Estos tres señores obispos son hijos deste convento,
y todos tres se vieron obispos junctos en su casa, y su madre, que es
esta casa, los vió todos juntos en ella. El sexto, el reverendísimo fray
Antonio de Ervias, obispo de Cartagena, en el reino de Tierra Firme.
En un mismo tiempo sacó Su Majestad para obispos, estando todos tres
presentes, al reverendísimo fray Alonso de la Cerda, fray Alonso Guerra,
fray Antonio de Ervias, en lo cual, aunque hizo mucha merced á la Orden,
sirviéndose della, á nosotros, llamo á nosotros los que acá estábamos y
tomamos el hábito, la hizo, pero dejónos sin canas que nos gobernasen,
lo cual hasta hoy sentimos; no me acuerdo haber leído que de un convento
tres personas tales á un mismo tiempo se hayan sacado para iglesias,
como deste nuestro de Los Reyes. El séptimo y menor y más indigno de
todos soy yo, á quien la Majestad de Dios levantó á obispo de la
Imperial, reino de Chile, y espero en Nuestro Señor se han de sacar más.
Demás destos señores obispos, ha hecho nuestro Señor merced á nuestra
sagrada religion en nuestros tiempos, dándole en estas partes varones
apostólicos que con mucho celo del servicio de nuestro Señor y de las
ánimas han predicado á los naturales la ley evangélica, con claro
ejemplo de costumbres y vida. Uno dellos fué el padre fray Melchior de
Los Reyes, que por muchos años se ejercitó en este ministerio y murió en
este convento de Los Reyes y se enterró en el capítulo, donde es
costumbre enterrarse los religiosos nuestros, y abriéndose su sepultura
á cabo de siete años y más, se halló su cuerpo entero y los hábitos y
capa de anascote, sin lision alguna, y esto el señor arzobispo de
México, Bonilla, visitador de la Audiencia Real, lo vió, é yo tambien, y
todo el convento, queriendo echar en aquella sepultura otro religioso
difunto.
En esta misma sala de Capítulo se halló otra sepultura con otro cuerpo,
del padre fray Domingo de Narvaez, hijo desta nuestra provincia, buen
religioso, entero, con todos sus hábitos y capa de anascote, sin lision
alguna. Este religioso se habia ocupado en doctrinar los naturales
deste reino con gran llaneza y sinceridad.