Quien lo edificase no hay memoria, ni los indios tal oyeron decir á sus

antepasados. Para edificarlo es imposible, sino que se pasaron muchos

años y labraban en él suma de indios. Si no se ve no se puede creer.

Siempre se entendió era enterramiento, y aun enterramientos ó sepultura

de muchos señores, cuales fueron los de aquel valle de Trujillo, que se

entiende fueron mucho antes que los Ingas, y poderosísimos así en

riquezas como en ánimos para subjetar mucha parte deste reino, porque á

cuatro leguas de la ciudad de Guamanga se ha hallado otro edificio,

aunque diferente, pero figuras de indios como las de los deste valle de

Trujillo, de donde se colige hasta allí haber llegado el señorío destos

señores, y aun pasado hasta el Collao. Porque en un pueblo deste Collao,

Tiaguanuco, se ve otro edificio de canteria, y piedras muy grandes, muy

bien labradas, semejantes á este cerca de Guamanga, que los que allí

hacen noche lo iban á ver á maravilla; la primera vez que por allí pasé,

habrá 29 años, con otros dos religiosos, lo vimos y nos admiramos,

porque no _habiendo_ tenido estos indios picos ni escodas, ni escuadras,

para labrar aquellas piedras, verlas labradas como si canteros muy finos

las hobieran labrado, causaba admiracion; habia puertas de tres piedras

y grandes: las dos que servian á los lados, la otra de umbral alto.

Vimos allí una figura de sola una piedra que parecia de gigante, segun

era grande, corona en la cabeza y talabarte como los anchos nuestros,

con su hebilla.

Preguntar qué noticia se tiene desta gente no hay quien la dé, y porque

este edificio es semejante al de junto á Guamanga, se cree haberlo hecho

un mismo señor, y que este era señor de Trujillo, que para memoria suya

donde le parecia lo mandaba edificar. Cosa cierta no hay.

Los señores principales deste valle de Trujillo se llamaban, como propio

nombre, Chimo, y de uno hasta el dia de hoy hay memoria deste nombre,

añidiéndole otro como por sobrenombre, Capac, que, junto se nombraba

Chimocapac, que quiere decir chimo riquísimo. Lo que se colige es que

destos Chimos era la guaca de Trujillo enterramiento. Los vecinos de

Trujillo, viendo aquel famoso edificio y teniendo noticia haber allí

gran tesoro enterrado, sin que hobiese rastro ni memoria quien allí lo

puso, ni á qué herederos les hobiese de venir, juntárose algunos vecinos

de indios y no vecinos, y hecha compañía determinaron de cavar á la

ventura como dicen; dieron en algunos aposentos debajo de tierra, y

finalmente, dieron en mucho tesoro, y no en el principal como se tiene

por cierto. Cúpoles á más de 160.000 pesos, pagados quintos, pero no sé

qué se tenia aquella plata, que ninguno la gozó; fuéseles como en humo.

Verdad sea que gastaban á su albedrio y sin órden alguna; otros cavarian

en otras partes, sacaron alguna plata, no tanta como los desta compañia.

Comenzando á sacar plata desta guaca, todos los valles de los Llanos se

hundian cavando guacas, y registrando sacaron plata de la bolsa pagando

jornaleros cavadores y mucha tierra; nunca, empero, hallaron lo que

deseaban. Hobo en este tiempo en el valle de Lima un famoso hereje, creo

inglés, que junto al pueblo de Surco él solo cavaba una guaca, que

llaman de Surco, y por lo que despues, cuando preso y descubierto ser

hereje se entendió, aguardaba otros de su herejia que habian de venir;

allí se estaba de dia y de noche cavando y sacando la tierra él propio,

mal vestido; venia á la ciudad, que dista de la guaca una legua, pedia

por amor de Dios y llevaba poco que comer, hasta que se descubrió ser

hereje, preso por el Santo Oficio justísimamente. Le quemaron en el

primer aucto que los señores inquisidores hicieron.

CAPITULO XIX

DEL VALLE DE SANCTA

Desde esta ciudad de Trujillo, 18 leguas más adelante, la costa en la

mano, llegamos al valle y puerto llamado Sancta, abundante mucho de todo

género de mantenimientos, donde se comienzan á hacer trapiches de azúcar

y muy bueno; muy cerca del puerto se ha poblado un pueblo de españoles,

el cual si tuviera indios de servicio fuera en mucho crescimiento; tiene

pocos indios naturales; bajan los de la sierra de la provincia que

llamamos Guailas; es en notable daño de los indios; son serranos y

corren gran riesgo sus vidas, como en todas partes é todas las veces que

á los Llanos bajan. Tiene muchas y muy buenas tierras, todas de riego,

con acequias de un rio de bonísima agua, y muy grande, que pocas veces

se deja vadear; pásase en balsas de calabazos, y es lo más seguro. Estas

balsas las hacen los indios mayores ó menores, como es la gente ó hato

que se ha de pasar. Los calabazos son muy grandes y redondos; ponen en

una red á la larga ocho ó diez, otros tantos en otra, y así la ensanchan

conforme son los que han de balsear; hácenla de seis, siete y ocho

hileras de calabazos. Las redes atan unas con otras; atadas, encima

echan leña y rama porque no se mojen las personas y el hato. Luego dos

indios, grandes nadadores como lo son todos los de los Llanos, atan

unas sogas á la balsa, y ciñiéndosela por el hombro toma cada uno su

calabazo grande, y echándose sobre él nadan, y desta suerte llevan y

pasan la balsa de la otra parte del rio, por poco precio que se les da.

Este rio desemboca viniendo de Trujillo, un poco más abajo del puerto,

por cuya boca no se puede entrar ni tomar agua; empero, de la acequia

principal que pasa por cima del pueblo, sale una pequeña que cae en la

playa del puerto.

CAPITULO XX

DE LOS DEMÁS VALLES, Á LOS REYES.

Desde este valle al de Chancay ponen cincuenta leguas, en las cuales á

trechos pasamos por seis valles, todos abundantísimos, si los naturales

no hobieran faltado, que los labraban, para todo género de

mantenimiento, con agua bastante de riego; sus acequias sacadas, pero ya

perdidas.

El primero es Cazmala baja y Cazmala alta, donde han quedado pocos

indios, que apenas pueden sustentar un sacerdote; de aquí vamos á

Guarme, mejor valle y de más indios, con puerto no muy seguro por la mar

de tumbo que _hay_ al desembarcar; tiene mucho pescado, mucha arboleda,

algarrobas que se llevan á los Reyes para las carretas, é yo vi desde

este valle llevarse navios cargados á Los Reyes de carbon, que no era

poco provecho á la ciudad y al señor del navio, llamado el Carbonero.

Ocho leguas siguiendo la costa por do se caminaba es el de Parmunguilla,

valle estrecho, de bonísima agua el rio, y que en su nacimiento se halla

oro; abundante de trigo é maíz; ya no se camina por la costa, porque

haberse consumido los indios fué causa de cerrarse con mucho cañaveral

bravo; rodéanse más de cuatro leguas metiéndonos la tierra adentro, el

cual pasado, parte términos con el de la Barranca, que le es muy

cercano; las pocas tierras que tiene son muy buenas.

Luego entramos en el de la Barranca, fertilísimo de trigo é maíz, y de

tierras muchas y muy gruesas; de aquí se lleva la mayor parte del trigo

que en Los Reyes se gasta; hay en él dos ingenios de azúcar bonísimo; el

rio no es tan grande como raudo y pedregoso, por lo cual en todo tiempo

es dificultoso de pasar; tiene puente tres leguas arriba, á la cual por

no ir, algunos se han ahogado.

Aquí hay unos pocos de indios poblados; pasado el rio, luego se sigue el

de Gaura, que tiene las mismas calidades que éste, con otros pocos de

indios, y de donde se lleva mucho maíz y trigo á Los Reyes por mar;

tiene puerto no muy seguro.

Prosiguiendo por la costa adelante (si no nos queremos meter cuatro ó

cinco leguas la tierra adentro) llegamos, once leguas andadas, al valle

de Chancay, donde hay un pueblo de españoles llamado Arnedo. Este valle

es muy ancho y de bonísimas tierras para todos mantenimientos, vino y

olivares; de aquí se provee la ciudad de Los Reyes del mucho maíz y

otras cosas, y aun melones de los buenos del mundo. Hácese buen vino, y

fuera mejor si el vidueño fuera del que llamamos torrontés.

Tiene puerto, donde los vecinos de Arnedo embarcan sus harinas para

Tierra Firme, y trigo é maíz para Los Reyes.

El rio es no de tan buena agua como los precedentes. De aquí á la ciudad

de Los Reyes ponen once leguas, en cuyo camino se atraviesa la sierra de

la arena áspera, y larga, por ser arena muerta; en tiempo de verano no

se puede caminar sino de noche, con riesgo de negros cimarrones.

Ocho leguas andadas entramos en el valle de Carvaillo, donde hay muy

buenas estancias ó chácaras de maíz é trigo, con un rio de buena agua

con que las tierras se riegan; este valle dista de la ciudad de Los

Reyes tres leguas, desde donde aun podemos decir comienza aún el valle

desta ciudad, que tiene dos ríos, porque en medio de un valle y otro no

hay arenales que los dividan, sino todo este trecho son tierras de pan,

maíz, viñas, aunque pocas, pobladas con sus casas de los señores de las

heredades. Hay en este valle de Carvaillo un poblezuelo de indios el rio

arriba, donde se sustenta un sacerdote con las chácaras anejas.

CAPITULO XXI

DE LA CIUDAD DE LOS REYES

El valle donde se fundó la ciudad de Los Reyes, llamado Rimac en lengua

de los indios, sin hacer agravio á otro, es uno de los buenos, y si

dijere, uno de los mejores del mundo, muy ancho, abundante, de muchas y

muy buenas tierras, todas de riego, pobladas de chácaras, como las

llamamos en estas partes, que son heredades donde se da trigo, maíz,

cebada, viñas, olivares (á las aceitunas llamamos criollas, son las

mejores del mundo), camuesas, manzanas, ciruelas, peras, plátanos y

otros árboles frutales de la tierra, membrillos y granadas, tantos é tan

buenos como los de Zahara; las legumbres, así de nuestra España como las

de acá, en mucha abundancia en todo el año.

El agua del rio no es tan buena como la de los demás valles destos

llanos, respeto de juntarse con el rio principal otro no de tan buena

que la daña. Pero proveyóle Dios de una fuente á tres cuartos de legua

de la ciudad, de una agua tan buena que los médicos no sé si quisieran

fuera tal. Oí decir á uno dellos, y el más antiguo que hoy vive, que la

fuente desta agua le habria quitado más de tres mil pesos de renta cada

año, porque despues que el pueblo bebe della, las enfermedades no son

tantas, particularmente las cámaras de sangre, que se llevaban á muchos.

Esta agua se trujo á la ciudad, y en medio de la plaza hay una fuente

muy grande, bastante para dar la agua necesaria; pero porque es grande y

más sin costa se aprovechase della, en los barrios hay sus fuentes, como

en la placeta de la Inquisicion, en la esquina de las casas del

licenciado Rengifo, en el barrio de San Sebastian y en todos los

monasterios y en casas de hombres principales, y en las cárceles y en el

palacio hay dos, porque como las calles sean en cuadro, y el agua vaya

encañada por medio de las calles, es fácil de la calle ponerla en casa.

Llamaron los fundadores, que fueron el marqués don Francisco Pizarro y

sus pocos compañeros, á este pueblo, la ciudad de Los Reyes, porque en

este dia la fundaron; diéronle, aunque acaso, auspicatísimo nombre,

porque si muchos Reyes la hobieran ennoblecido, en tan breve tiempo como

diremos, no hobiera crecido más, ni aun tanto; mas como el favor del

cielo sea mayor que el de los hombres, Nuestro Señor, por intercesion de

los Santos Reyes, la ha multiplicado; es la silla metropolitana de todo

este reino de Quito á Chile; aquí reside el Virrey con el Audiencia, la

Santa Inquisicion, y aquí se fundó la Universidad.

De todo diremos adelante más en particular lo que á esto toca, cuando

tractaremos de los Virreyes y perlados eclesiásticos.

El rio desta ciudad, en tiempo de aguas en la Sierra, que llueve como en

nuestra España, es muy grande y extendido; no tiene madre, como no la

tienen los demás destos llanos; corre por cima de mucha piedra rolliza;

antes que tuviese puente, muchas personas se ahogaban en él queriéndole

vadear, porque aunque tenia un puente de madera hecho de horcones

hincados en el suelo, estaba tan mal parada, que no se atrevian á pasar

por ella, y no podian pasar sino uno solo, y con sus pies. Lo cual visto

por el marqués de Cañete, don Andrés Hurtado de Mendoza, de buena

memoria, llamado el limosnero, gran amigo de pobres, dió órden cómo se

hiciese puente toda de ladrillo y cal, de siete ó ocho ojos, que

comenzase desde la barranca del rio á donde casi llegaban las casas

Reales, y desde los molinos del capitan Jerónimo de Aliaga, secretario

que fué de la Audiencia, que hacen casi calle con las casas Reales; al

cual diciendo los oficiales maestros de la obra que mejor se fundaría

más abajo, donde estaba la puente de madera que acabamos de decir,

aunque habia de ser más larga, porque haciéndola allí el rio se iba su

camino, sin echarlo á la ciudad, lo cual forzosamente se habia de hacer

haciéndola donde el Virrey mandaba, y que la barranca era señal evidente

ya el rio habia llegado una vez allí y habia de llegar otra, por el

comun refran, al cabo de los años mil vuelve el rio á su carril,

respondió la mandaba hacer en aquel sitio porque los pasajeros que

viniesen de abajo, y pliegos de Su Majestad de España, por tierra,

entrasen á una cuadra de las casas Reales donde el Virrey viviese, y por

la calle derecha á la plaza una cuadra della, y cuanto á echar el rio á

la ciudad, que no habian de ser los Virreyes tan flojos quel rio la

hiciese daño; palabras realmente de gran republicano, como lo era.

Con todo eso, como diremos, ha hecho daño el rio si los Virreyes no

tienen ánimo para remediarlo.

CAPITULO XXII

DE LA CIUDAD DE LOS REYES

No creo ha habido en el mundo ciudad que en tan breve tiempo haya

crecido en número de monasterios, ni iguale á los religiosos que en

ellos sirven á Dios, alabándole de dia y de noche, y ejercitándose en

letras para el bien de las ánimas, como esta de Los Reyes, habiendo

ayudado muy poco ó nada los príncipes y gobernadores destos reinos al

edificio dellos.

El más principal y el primero della es el nuestro, llamado Nuestra

Señora del Rosario; no ha 68 años que se fundó; el primer fundador fué

el padre fray Juan de Olias; su sitio es una cuadra de la plaza y muy

cercado al rio. Oí decir á los viejos lo que aquí refiriré de su

fundación.

Llegado el marqués Pizarro con los demás conquistadores á este valle,

despues de haber preso en Cajamarca á Atabalipa y habiéndole muerto,

vinieron con él dos religiosos, uno nuestro, el sobredicho, y otro de la

órden del glorioso padre San Francisco; eligieron para fundar su ciudad

el sitio que agora tiene, que es el mejor del valle junto al rio, á la

parte casi del Oriente; á la del Sur por la parte de arriba, una acequia

de agua ancha que atraviesa todo el valle de Oriente á Poniente. Por la

parte del Poniente, el puerto llamado el Callao, dos leguas de la ciudad

de Los Reyes; carreteras, por la parte del Norte el camino real para

Trujillo, y dende abajo, señalaron sus cuadras y sitios para casas, y á

los dos religiosos dijéronles: vosotros no sois más que dos, vivid agora

juntos en este sitio que os señalamos, que es el que tiene agora nuestro

convento; llana la tierra, y conquistados los indios del valle (que á la

sazon eran muchos), el que se quisiese quedar con ese sitio se quedará

con él; al otro le daremos el que más cómodo le pareciere. Sucedió así,

aceptando los dos religiosos el partido, que un dia vinieron todos los

indios del valle, y otros llamados, sobre los nuestros, los cuales

dijeron á los religiosos: Padres, vosotros no habeis de pelear; tomad en

esas botas vino y biscochos, y á los que estuvieren cansados y flacos

dadles de comer y beber, y á los heridos recogedles y lavadles las

heridas con vino. Los indios llegaron donde los nuestros les esperaban,

con gran vocerío, así pelean; el padre de San Francisco, pareciéndole no

le convenia esperar el fin de la batalla, ni hacer lo encomendado, que

en aquel trance le era muy lícito, puso faldas en cinta, tomó la via del

puerto, llega cansado, lleno de polvo, sudando, y á los pocos de los

nuestros que allí habia dejado el Marqués con dos navios y no muchos

soldados con dos caballos, dales nueva quel Marqués y los demás eran

muertos, y sólo él se habia escapado. El capitan de los navios (creo era

el capitan Juan Fernandez, de quien abajo haremos mencion), con los

demás, hicieron el sentimiento justo, tuvieron por perdido el mejor

reino del mundo, y perplejos no sabian qué se hacer, si por ventura

desamparaban el puerto y se volverian á Panamá ó á Trujillo, ó

aguardarían otra nueva; el buen padre instaba en ser verdad lo por él

afirmado; finalmente, resolviéronse en que dos soldados, los más

valientes, con sus armas tomasen los caballos, y caminando para la

ciudad fuesen á ver si era así, y cuando lo fuese, no era posible todos

quedasen muertos, algunos se escaparian y encontrarian en el camino, ó

fuera dél, y á éstos recogiesen y volviesen al punto, y entonces

deliberarían lo que más conviniese. Salen nuestros dos valientes

soldados en sus caballos, armados, llenos de tristeza é no con menos

temor; en el camino, que muy poblado era de arboleda, á lo menos la

legua y media, cada hoja que se meneaba les parecia ejércitos de

enemigos; pero prosiguiendo su camino, sin encontrar hombre viviente

llegan á la ciudad y hallan á los nuestros, alcanzada la vitoria,

curando á los heridos, y los sanos descansando del trabajo de la

batalla.

Su alegria fué muy grande cuando vieron cuán al contrario era lo que el

padre de San Francisco dijo, de lo que por sus ojos vieron; llegan donde

estaba el Marqués, dan cuenta de lo dicho, y la razon por que vinieron,

el cual con los demás estaban cuidadosos qué hobiese sido de aquel

padre, no imaginando que se hubiese huido, sino que por ventura los

indios se lo hubiesen llevado. Empero, sabida la verdad del hecho, el

Marqués mandó embarcarlo, y en el primer navio que despachó á Panamá lo

llevaron, con juramento que hizo que mientras viviese no le habia de

entrar fraile de San Francisco en su gobernacion, y así se cumplió, no

siendo bien hecho ni lícitamente jurado. Aquel no fué defeto sino de un

fraile particular, pusilánime, y por este defecto no se habia de perder

ni carecer del bien grande que la religion del seráfico padre San

Francisco donde quiera que vive hace. Si los del puerto le desamparan,

creyendo lo dicho por este religioso, en gran riesgo ponian al Marqués y

á los demás de perderse, porque como el reino sea muy grande y muchos

los indios, si les faltaran navios con que enviar á pedir socorro á

Tierra Firme, totalmente se perderia. Nuestro religioso puso tambien sus

faldas en cinta, arrebató su bota, biscocho y queso; no tenian

conservas, ni regalos, y á los cansados dábales de beber y un bocado, á

los heridos curaba como mejor podia, y así andaba en medio de los que

peleaban. Desta suerte quedamos con el sitio que agora tenemos, el cual,

aunque entonces pareció el más cómodo, agora no lo es, por no poderse

extender tanto cuanto es necesario, y por el rio, que es mal vecino en

todas partes.

Despues muchos años poblaron los padres de San Francisco y tienen el

mejor sitio del pueblo, y más que todos los conventos juntos, aunque del

rio corren un poco de riesgo, como nosotros, y se correrá más si no se

remedia.

CAPITULO XXIII

DE NUESTRO CONVENTO

Quedando, pues, con este sitio, que es de cuadra y media de largo; de

ancho no tiene cuadra entera (porque la barranca del rio no da lugar á

ello, por correr al sesgo), se comenzó á edificar el convento; empero,

quien con más ánimo, fué el valeroso, y no menos religioso, gran

predicador, gran servidor de Su Majestad, fray Tomás de San Martín, á

quien por otro nombre llamaban el Regente, por haberlo sido en la

Española ó isla de Santo Domingo.

Este religiosísimo padre, siendo provincial en esta provincia, y el

primero, á quien dió por nombre San Juan Baptista, comenzó el edificio

de la iglesia de bóveda, de tres naves, y hizo la mitad de la iglesia,

dejando los cimientos de lo restante sacados.

Oí decir al padre fray Antonio de Figueroa, un religioso nuestro muy

esencial, gran siervo de Dios, verdadero hijo de Santo Domingo, que fué

mi maestro de novicios, que le acaecia á este ínclito religioso, siendo

como era provincial, salir de casa por la mañana con un bordon á pie, é

ir una legua, poco más ó menos, á la Caleta, y estar allí todo el dia en

peso hasta la noche, en que se venia al convento, sin comer, y lo que

hallaba en el convento era un poco de capado fiambre, porque entonces no

se habia multiplicado el ganado nuestro mayor ni menor, que hobiese

carnero, ni se comia en la ciudad, y con tanta alegria pasaba este

trabajo como si tuviera todo el regalo del mundo. Parecia adevinaba el

augmento que nuestro Señor habia de hacer en breve tiempo, de religion,

cristiandad y letras, en aquella casa. Despues fué este varon heróico

primero obispo de la ciudad de La Plata, aunque no llegó á sentarse en

su silla, llevándole la majestad del muy alto primero á gozar de su

gloria.

El dia de hoy ya se ha acabado la iglesia con la buena diligencia del

maestro fray Salvador de Ribera, hijo deste convento, aplicando

justísimamente todo cuanto puede de los religiosos que se ocupan en

doctrinar á los indios, y tan bien acabada, que en Indias ninguna _hay_

mejor: sola una falta se le pone, y sin invidia, que la capilla mayor es

pequeña, la cual tiene un retablo muy aventajado.

CAPITULO XXIV

DE LAS CAPILLAS

Las capillas colaterales por la parte del Evangelio. La primera se llama

del Crucifijo; ésta es del capitan Diego de Agüero, varon famoso entre

los conquistadores deste reino, el segundo despues del marqués Pizarro;

dotóla bastantemente; dícensele dos misas cada semana, rezadas, sin

vísperas, y misa mayor el dia de Santiago, en el cual dia tiene un

jubileo plenísimo, y sin los aniversarios. Dejó demás desto la renta de

unas casas, para reparos de la capilla, que hoy rentan más de quinientos

pesos cada año. Su hijo el capitan Diego de Agüero la ha ennoblecido

mucho; puso en ella un retablo grande á proporcion de la capilla, con un

crucifijo de muy buena y devota figura, y en el retablo muchas reliquias

de santos en sus medallas que le dió el convento.

Luego se sigue la capilla nombrada de San Juan de Letran, donde tiene un

enterramiento junto al altar al lado del Evangelio el capitan Juan

Hernandez, quien dijimos era el capitan de los navios que estaban en el

puerto cuando el padre de San Francisco se huyó de la batalla que tuvo

el marqués Pizarro con los indios en la plaza.

Dotóla su dueño muy aventajadamente con limosna para dos misas rezadas

cada semana: en las octavas de Todos Sanctos, vigilia y misa cantada, y

el dia de San Juan Baptista, vísperas é misa con sermon, con bastante

limosna, y dejó para reparos de la capilla y ornamentos buena renta que

la cobra el convento y la gasta en el uso dicho.

El arcediano de la sancta iglesia desta ciudad viene cada año, por

nombramiento del señor de la capilla, á tomar cuenta en qué se

distribuye la renta para el ornato de la capilla, y se le da un tanto

señalado por el capitan Juan Fernandez por este cuidado y trabajo. Helas

visto tomar á un provincial nuestro, Fr. Salvador de Ribera, susodicho,

con poco acuerdo y aun con no poca nota; quiso quitar esta capilla y la

advocacion della y darla á no sé qué otras personas; súpolo el heredero,

salió á la contradiction, y viendo el provincial el agravio, á lo menos

avisado lo hacia por el señor arzobispo de México, Bonilla, la volvió á

sus herederos. Y no sé cómo tal cosa, no quiero decir injusticia,

pretendió hacer, ni cómo los padres de consejo en ello vinieron. Porque

esto oí decir muchas veces al padre fray Antonio de Figueroa, que fué mi

maestro de novicios, y si no fué el primero, á lo menos el segundo hijo

deste convento, varon verdaderamente hijo de Santo Domingo, que el

capitan Juan Fernandez trujo en sus navios la tierra desta capilla

desde[22] Panamá, porque en ella todos los que se quieren enterrar se les

da sepultura de gracia, y para que los cuerpos se comiesen presto trujo

esta tierra; vi un año de un catarro pestilencial que la capilla, con

ser espacio de dos los que en ella se enterraban, que fueron muchos, al

tercero dia los cuerpos estar consumidos, y queria un provincial quitar

esta capilla á su dueño y darla á otros. Pero Dios volvió por la verdad

y la justicia.

Todos los que aquí se entierran ganan indulgencia plenaria, y las

gracias que los que se entierran en San Juan de Letran en Roma, y para

el dia de San Juan Baptista hay jubileo plenísimo. Muchos años vi que el

día deste gloriosísimo sancto, Virrey, Audiencia y toda la ciudad venian

á nuestra casa á celebrar en este dia la fiesta de San Juan; ya por

descuido de los padres prelados se ha caído, digo el venir los virreyes.

El oficio se celebra este dia en esta capilla.

Luego se sigue la capilla de Santa Caterina de Sena, muy bien aderezada

con retablo y imágen desta gloriosa sancta; los tintoreros desta ciudad

la tomaron para su enterramiento y la tienen muy bien adornada;

celébrase en ella la fiesta de la gloriosa virgen Caterina con mucha

solenidad y con un jubileo plenísimo, que los fundadores trujeron para

los cofrades, todo el pueblo con sus cofrades, y si no me engaño los

tintoreros instituyeron la cofradia de los nazarenos que el Miércoles

sancto de noche sale de nuestra casa con túnicas de buriel y cruces á

los hombros, grandes, y muchos llevan consigo sus hijos niños con sus

cruces. Gástase mucha cera.

[22] Tachado: España.

CAPITULO XXV

DE LAS CAPILLAS DEL LADO DE LA EPÍSTOLA

Descripción colonial, libro primero (1/2) · 第 4 / 19 段