Al quedarse sola, estuvo un momento la dominica sin poder pensar ni
sentir nada. Algo le pasaba semejante a una congelación, digámoslo
así, de sus claras facultades, o una como catalepsia moral. De repente
vio un espectro que la llenó de mortal espanto. No es justo decir
que lo vio, sino que lo sintió dentro de sí levantándose y saliendo
majestuosamente de su corazón como de una tumba, para mostrársele
por entero en su imponente grandor, pues abrazaba toda la extensión
sensible: era su conciencia.
Causole tanto miedo, que corrió velozmente de un lugar a otro de la
estancia, huyendo de sí misma. Pero ¿cómo separarse de aquella sombra
interior, proyectada por la íntima luz del alma? La sombra la seguía,
diciéndole:
—¡Impostora!...
La monja se dejó caer de rodillas y llamó en su auxilio con fuertes
voces del alma... ¿A quién? A su razón, para que le diera argumentos,
sutilezas, armas cortantes y punzantes contra aquel fantasma. Pero la
razón no le dio más que un alfiler.
—No, no —dijo sor Teodora esgrimiendo contra la sombra el arma pueril—;
no soy tan culpable como parece. Lo que me ha impulsado a presentar
esta farsa horrible no ha sido una liviandad, un capricho del corazón
propenso a repentinas simpatías: ha sido lástima, caridad, compasión,
amor al prójimo.
—¡Mentira, mentira! —gritó la sombra proyectada por la luz íntima del
alma, y que cada vez parecía crecer más.
El alfiler de la razón se torció en las manos de la dominica. Ella
quería una espada cortante y bien templada: la razón le ofreció un
pedazo de alambre.
—Pues si no ha sido la compasión mi móvil, ha sido otro más grande: la
justicia. Ese hombre es inocente de la destrucción de San Salomó. Pues
si es inocente y Pepet culpable, ¿qué cosa más santa que inducir al
culpable a la muerte para salvar al inocente?
—¡Impostora! A ti no te toca enmendar las injusticias de los hombres.
No te entrometas en la obra incógnita de Dios. ¡Justicia! ¿Qué
entiendes tú de eso, mujer caprichosa? Has obedecido a un afecto nacido
bruscamente en tu pecho.
—No, no —gritó ella con desesperación.
—Voy a decirte la verdad —declaró la sombra—; voy a decírtela, palabra
por palabra, letra por letra, clara como el pensamiento divino que
mueve mi lengua. Voy a decírtela.
—No, no —exclamó angustiada la dominica, pidiendo otra vez a la razón
con furibundo anhelo espadas, flechas, catapultas, arietes y los más
tremendos ingenios de guerra.
—Yo no puedo callar. El divino aliento sopla dentro de mí, y sin
quererlo yo, habla. Soy la voz de Dios, que no puede mentir. Voy a
decirte la verdad.
—Y yo no quiero oírla, no quiero —dijo horrorizada la de Aransis.
—Ese hombre te agrada, te agrada mundanamente —murmuró la sombra,
teniendo la consideración de hablar bajo para que cosa tan grave no
escandalizara demasiado a la buena madre.
—No, no puede ser. Te parecerá así y no será cierto. Es una
alucinación, un error, una perversa ficción producida por el demonio.
—Ese hombre te agrada, te ha inspirado una ilusión cariñosa —repitió
la sombra alzando la voz al ver pasado el temor del primer momento—,
y tu repentino afecto a un hombre desconocido debe espantarte, y de
seguro espantaría al mismo que es objeto de él. Ninguna mujer que vive
en el siglo, en comercio constante con los demás seres humanos, podría
concebir esa inclinación inesperada y vehemente hacia un desconocido,
que se entra como los ladrones en su habitación y con el cual apenas
habla media hora. No hay hombre alguno, aunque sea el más hermoso, el
más gallardo, el más discreto y el más valiente de todos, que pueda
jactarse de un triunfo semejante con tal rapidez alcanzado. Esto, que
es absurdo en el mundo libre y activo, deja de serlo en la solitaria
estrechura y en el aislamiento holgazán de una celda, de aquel nido
donde por espacio de doce años han dormido tus afectos y tus pasiones,
tu vanidad de hermosa, tu presunción, tu exuberante pujanza moral, tu
ternura de doncella enamorada y tus presentimientos de esposa y de
madre. Ese absurdo del siglo es natural y humano en ti, monja indigna,
que has vivido doce años en ese sepulcro, ocupándote en profanidades
y alimentando sin cesar con tu imaginación las ansias de tu pecho,
honradas y nobles fuera de aquella casa.
—No, eso es mentira, conciencia —pensó la atribulada dominica,
sintiéndose abandonada por la razón—. Yo me avergonzaría de mí misma
si me viera encendida de amores por un hombre que entró en mi celda
como un ladrón, y me pidió pan y asilo... No, eso no puede ser, eso es
vergonzoso.
—Eso es verdad, monja alucinada. No le amaste cuando le viste; desde
hace doce años estás alimentando la idea de él en tu fantasía exaltada
por la soledad, por el bienestar material y la holgazanería; hace
doce años que le amas, y es el mismo, el mismo. Poco importa que en
algún rasgo discreparan sus facciones de las que tú veías con los
ojos cerrados; pero es el mismo. Confiesa una cosa, confiésala, mala
monja. Cuando aquel hombre se presentó en tu celda; cuando pasado el
primer momento de terror, le ofreciste de comer y conversaste con él,
te asombrabas interiormente de ver en forma humana al mismo compañero
imaginario de las soporíferas soledades de San Salomó. En tu alma se
elevaba un estupor angustioso viendo aquella figura real; era él mismo,
era el tuyo, aquel que en tu fantasía y en tu corazón no tuvo más rival
que el detestable interés por las guerras. Era él, era el mismo cuyas
facciones, cuyas miradas y palabras ha estado tejiendo y destejiendo
tu aburrida cavilación día tras día, año tras año... En el trabajo de
esta tela invisible transcurren lentas y tristes muchas vidas bajo una
máscara de mortecina santidad. ¡Ay, pobre de ti! En el siglo hubieras
sido una doncella honesta, una esposa amante, una madre ejemplar;
enclaustrada sin vocación, has podido perder tu alma en un instante.
Sor Teodora se sintió más abatida. No sabía qué contestar. Con gran
espanto vio que al lado de aquella sombra habladora se alzaba otra: era
su razón, que después de combatir un instante con ella se había pasado
al enemigo. Viéndose tan sola, volviose a la fe, a Dios, y pidió armas
a la oración; pero si la razón no le había dado más que alfileres y
alambres, aquella no le dio más que unos pedacitos de caña que para
nada servían.
Las dos sombras le dijeron:
—No, Dios no te puede perdonar. Has querido engañarle, disfrazando de
piedad y de justicia tus criminales afectos de monja soñadora.
—¡Misericordia, Dios mío! —exclamó Teodora, bañado el rostro en frío
sudor.
—No la hay para ti, porque has sido impostora.
—He sido impostora por lástima, por piedad...
—Mentira. Has abusado de tu influjo sobre Pepet y del loco amor que te
tenía para hacerle morir por otro.
—¡Ha sido justicia! —exclamó Teodora con cierta locura.
—Mentira.
—He sacrificado al culpable, para salvar al inocente.
—Mientes, monja embustera —gritó la sombra proyectada por la luz íntima
del alma—. Sacrificaste al feo por salvar al hermoso.
—¡Misericordia, Dios mío! ¡Misericordia!
Sacáronla de aquel estado de congoja los ruidos de humanas voces y de
tambores que llegaron hasta ella. Había amanecido: la sala se llenaba
de claridad.
Olvidada al punto de aquel coloquio y de la reciente disputa que había
encrespado las potencias de su alma, corrió a la ventana, diciendo para
sí:
—¡Si me habrá engañado Pepet; si me habrá engañado Guimaraens!
Grandísima pena sintió al ver la tropa dispuesta para el fúnebre
acto; al ver al espantoso brigadier asomado en el balcón con toda su
comitiva; al ver al reo que, con la cabeza descubierta y las manos
atadas, hacia Chaperón se volvía, y decía en voz alta su nombre y
proclamaba la justicia de su muerte.
Sor Teodora se apartó horrorizada, y al refugiarse en el opuesto
extremo de la sala oyó el estrépito de un trueno.
Entonces la sombra volvió a levantarse delante de ella y le dijo:
—¡Impostora!... ¡Homicida!
—¡Ha sido justicia, justicia! —exclamó ella con agonía de
moribunda...—. El uno criminal, el otro inocente... ¡Misericordia,
Señor!
—¡Caprichosa!... ¡Embustera!
Más tarde, ella no sabía a qué hora, entró el Padre Juanico a traerle
un poco de alimento.
—Es lo único que han dejado esos pillos —le dijo—. Afortunadamente se
van dentro de media hora.
Más tarde (tampoco supo ella a qué hora) sintió bullicio de tropas.
Era Chaperón, que salía para seguir desempeñando su papel de misionero
realista en la extirpación de liberales.
Después reinó profundo silencio.
Mucho más tarde (a ella le pareció que sería al anochecer), dos hombres
entraron en la sala. Sintió al verles turbación tan honda que estuvo
a punto de desmayarse. Eran Guimaraens y Servet. Hablaron los tres un
momento, y después el coronel realista salió.
—Sin comprender la causa —dijo Servet— de la sustitución milagrosa
a que debo la vida, sé que he tenido un ángel tutelar. Hay aquí un
misterio; yo no trato de penetrarlo, porque no se penetra lo divino. Mi
ángel ha sido usted, reverenda madre.
—¡Yo! —dijo ella tratando de fingir sorpresa, sin conseguir otra cosa
que revelar más su confusión.
—Sí, usted, ilustre y santa mujer. A usted debo la vida. Permítaseme
arrodillarme delante de esa noble figura, cuya belleza proclama su
santidad, y besar esas manos que tan bien saben arrancar víctimas a la
muerte.
Se arrodilló delante de ella, como si fuera una imagen santa. Sor
Teodora, que había vuelto el rostro, le miró, y, mal que le pesara a
la sombra, hubo de confesarse a sí misma que veía hecho carne delante
de sí el ideal de la belleza varonil, de la gallardía, de la discreción
y de la caballerosidad.
—Ofendería a usted —añadió el llamado Servet— si hablase el lenguaje
vulgar de los afectos humanos. No; si yo hablara de amistad, de amor,
rebajaría la grandiosa personificación de la caridad cristiana que veo
delante de mí. Una memoria sagrada como la de mi madre, una veneración
pura como la que nos inspirase el Dios que a todos nos hizo y la Virgen
que a todos nos ampara, vivirán eternamente en mi corazón.
Se levantó. Sor Teodora invocó a Dios, y haciendo un esfuerzo
desesperado, pudo poner en su rostro algo de expresión seráfica y en su
boca estas palabras:
—Yo no sé nada de lo que usted habla... ¡Qué error! Ni yo me interesé
en salvarle, ni podía hacerlo por quien no conozco, por quien solo he
visto una sola vez... ¿Quién es usted? Un aventurero, un desconocido.
¿Qué tiene de común usted conmigo? El amparo que le di anoche antes
de aquella horrenda catástrofe... A fe que los sucesos que vinieron
después han sido tales, que debían hacerme olvidar su entrada en el
convento... Santo Domingo, mi patrón, me ampare... Yo no sé quién es
usted..., yo no le conozco..., déjeme usted.
—Compañera de la caridad es la modestia —dijo Servet disponiéndose
a retirarse—. No quiero importunar con mi agradecimiento a un alma
superior, que a las pocas horas de haber hecho un inmenso bien, ya
no se acuerda de él. Usted es una santa, yo un pecador. La enorme
diferencia que hay entre los dos, usted, madre reverendísima, la
agrandará con su vida de constante sacrificio, de oración, de paz
espiritual y de comunicación con Dios. A mí me esperan las luchas del
mundo, las turbulentas pasiones, las penas incesantes, las dolorosas
victorias o tristes caídas; a usted la paz del convento, la devoción
sublime, los puros éxtasis del alma, aspirando siempre a volver a su
origen, y el noble privilegio de alcanzar de Dios, con oraciones y
penitencias, el perdón de los malos. ¡Cuán distinto destino el nuestro,
y qué abismo tan grande nos separa!... Adiós, señora: una memoria en
sus oraciones es lo que pide este miserable, y el permiso para besar la
cruz del rosario que pende de la cintura de una santa.
Servet besó la cruz, y haciendo una gran reverencia se retiró para
unirse a don Pedro Guimaraens, que había preparado el negocio de su
marcha.
Sor Teodora sintió, no ya una voz, sino mil voces en su alma, y un
horroroso sacudimiento y estallido como si parte muy principal de ella
fuese arrancada por violenta mano. Viose caída en un negro abismo;
pero en medio de su congoja y espanto, pudo alzar la voz a su padre
espiritual y gritar:
—¡Confesión!... ¡Un confesor!
Pero ni el padre Martín de la Concepción ni el padre Juanico pudieron
acudir a ella, porque estaban abriendo un hoyo en el patio.