El aventurero emprendió de noche su camino. Iba solo, bien montado,
algo molesto a causa de sus heridas, pero contento, apercibido de
armas y pasaporte, con el mismo traje de paisano que usara Tilín en
su postrera noche. No apartaba su pensamiento de las peripecias de su
insensato viaje por el campo de aquella extraña guerra, tan parecida a
los sangrientos desórdenes y rebeldías de la Edad Media. Él tenía del
historiógrafo el discernimiento que clasifica y juzga los hechos, y del
poeta la fantasía que los agranda y embellece; también poseía la vista
larga y penetrante del profeta. Claramente vio que aquella guerra no
era más que el prólogo, o hablando musicalmente, la sinfonía de otra
guerra mayor.
Pero la mayor parte de sus pensamientos la absorbían los chistosos
o trágicos lances de su correría por Cataluña, y principalmente la
milagrosa sustitución que le había salvado de la muerte. Quiso penetrar
aquel misterio, y no pudo. El mismo Guimaraens no lo sabía más que a
medias. Tilín declarándose culpable, y muriendo con heroica paciencia,
sereno, grave, con más aire de convicción que de sufrimiento;
Guimaraens sacándole de la prisión, después de hacerle cambiar de
vestido, y, por último, la hermosa monja que en dos momentos críticos
le había salvado la vida, confundían su mente, llevándole a forjar
mil explicaciones quiméricas y a revestir de formas exageradamente
dramáticas los hechos más sencillos.
Iba al extranjero, y en su triple calidad de historiógrafo, de poeta y
de profeta, aportaría, sin duda, alguna idea, alguna forma nueva a las
regiones donde ya se estaba elaborando el romanticismo.