—¡Oh, señora! —exclamó—, no juegue usted con mi corazón. ¿Y cómo ha de
poder ser que usted me ame?
—Mereciéndolo.
—¿Cómo?
—¿De qué nace el amor sino de la admiración y de la gratitud? Cuando no
nace de esto, es fútil capricho que se va tan pronto como viene.
—¡Admiración! —dijo Tilín meditabundo—. ¡Oh!, sí, es verdad. Por eso
yo soñaba con ser un héroe, con realizar hazañas grandes y extender mi
fama por todo el mundo, para que admirándome, usted me amase.
—Pero más que de la admiración, nace el amor de la gratitud —dijo la
monja, firme ya en su papel—. Nace de la dicha placentera que nos
produce la contemplación de las virtudes y de los sacrificios de otra
persona. Un acto de abnegación sublime, uno de esos actos que ponen
de manifiesto la superioridad de un alma, basta a encender el amor en
el corazón más frío. El mío no puede ser conquistado de otra manera,
Tilín; pero conquistado así, su posesión será eterna por los siglos de
los siglos.
El bárbaro guerrero contemplaba embebecido y trastornado el rostro de
la dama, que tenía en aquel momento una expresión sobrehumana. De sus
ojos veía Tilín que emanaba y caía sobre él una luz divina.
—¡Ay! —exclamó—, si eso fuera verdad, si el mundo no fuera un centro
de vulgaridad, si existiera la posibilidad de esos actos sublimes...
¿Qué no haría yo por merecer esa vida que anhelo?... Pero no, lo que me
puede acercar a usted no existe.
—Sí puede existir —dijo con entereza la monja.
Después cambió de tono repentinamente. Dijo algunas palabras con
desfallecido acento, y algunas lágrimas brotaron de sus bellos ojos. La
luz se amortiguó, dejando en sombra la sala.
—¿Llora usted?
—Sí lloro... ¿No comprendes que hay en mí algo extraordinario?... ¿No
me ves cambiada, no me ves muy otra de lo que fui hasta hace algunas
horas?
—Sí, y nada comprendo —dijo Tilín acercando su rostro para ver mejor el
de ella.
—¡Qué has de comprender!... Mi angustia no puede comprenderse si yo no
la explico... En pocas horas mi situación ha cambiado bruscamente...
tengo que ocuparme de lo que antes no me inquietaba, y he tenido que
olvidar mis desgracias porque he caído en desgracias mayores.
Lloraba amargamente. Armengol estaba perplejo.
—Escúchame —dijo la monja secando sus lágrimas— y tendrás lástima,
mucha lástima de mí. Si entraste en Regina Cœli poco después que yo,
verías que los guerrilleros dejaron aquí a un pobre preso a quien
acusan de jacobino y de incendiario de San Salomó.
—Falsedad, porque el incendiario del convento soy yo.
—Verdad; pero en lo de jacobino tienen razón, no puedo menos de
confesarlo.
—¿Don Jaime Servet? Le conozco.
—Pero no sabes que han decidido fusilarle, y que mañana, es decir, hoy
al romper el día, se cumplirá esa horrible sentencia.
—Me lo figuraba.
—Pues bien —dijo la monja con brío—. Tilín, ese hombre, ese a quien tú
llamas don Jaime Servet, es mi hermano.
Al decir esto, la monja sintió que por sus labios pasaban ascuas...
Aquella fue la primera mentira grave que sor Teodora de Aransis había
dicho en su vida.
—¡Oh, señora! ¡Qué horrible caso! —exclamó Tilín ocultando su cabeza
entre las manos.
—Mi hermano, sí, mi infeliz hermano —añadió la monja volviendo a
llorar—, mi pobre hermano, a quien amo entrañablemente, a pesar de
sus ideas jacobinas, y que tuvo la loca idea de dejar su emigración
y venir a España con nombre supuesto a no sé qué, Tilín, a locuras y
despropósitos...
—¡Su hermano! —murmuró Tilín—. Puede usted creerme que esta idea pasó
por mi cabeza cuando sorprendí a ese hombre en Cardona y vi la carta
que llevaba para la abadesa de San Salomó.
—¿Comprendes ahora mi desesperación, mi agonía? ¡Ver a mi hermano,
el único consuelo y amparo de mi anciana madre; verlo como lo
estoy viendo, con las manos atadas a la espalda!... ¡Oh!, esto es
espantoso... Dios dé fuerzas a mi espíritu... Yo moriré, moriré sin
remedio... ¡Y estoy bajo el mismo techo que él! Si me parece que oigo
los latidos de su corazón... Pepet, Pepet, ten compasión de mí.
Diciendo esto, dejó caer su afligida cabeza sobre el hombro del
guerrillero.
—Los ruegos y las lágrimas de una religiosa —dijo Pepet—, ¿no
ablandarán al coronel?
—¡Ah! ¿No sabes tú que ha entrado en Regina Cœli un hombre terrible,
un tigre, el célebre don Francisco Chaperón, que jamás ha perdonado?
Ese infame hombre hará fusilar dos veces a mi pobre hermano si hay
quien implore misericordia por él. Guimaraens me ha dicho que no hay
remedio, que no puede haberlo. Chaperón ha fijado la hora del amanecer
para el suplicio; ha dado a Guimaraens órdenes que no tienen réplica,
determinando que el acto se verifique en su presencia. El feroz verdugo
se asomará al balcón de su alojamiento que mira a ese patio.
—¿No hay remedio?... ¿Y es seguro que no habrá remedio? —preguntó Tilín
haciendo ademán de horadarse la frente con el puño.
Después de una pausa, la monja suspiró y dijo:
—Sí hay remedio, sí lo hay. Chaperón no conoce a mi hermano, no le ha
visto nunca.
Hubo una pausa larga y lúgubre, durante la cual no se oía voz ni
suspiro. Al fin Tilín alzó la cara y dijo:
—Para salvarle bastará que otro muera en su lugar. Don Pedro Guimaraens
no tendrá inconveniente en la sustitución, si el sustituto...
Se detuvo para tomar aliento. Parecía que se ahogaba.
—Si el sustituto —dijo acabando la frase— soy yo, que le ofendí y le
llevé con los codos atados a Solsona.
Una segunda pausa siguió a estas palabras.
—Pero los soldados conocerán el engaño —murmuró Tilín.
—Los de Chaperón no, porque no conocen a mi hermano —dijo sor Teodora—.
Los de Guimaraens tampoco... Mi pobre hermano ha entrado de noche. Don
Pedro me responde de que se atreverá a engañar de este modo a Chaperón.
Hablemos de esto. Yo pensaba en ti, que eres el verdadero criminal...
La sustitución, además de ser justa, es fácil.
—¡Oh!, morir así, morir a sangre fría —exclamó con fiereza Tilín,
sintiendo que el instinto se sublevaba en él con impetuosa voz—. ¡Y
todo en cambio de un amor, de un premio que recibiré... en la eternidad!
La monja se levantó bruscamente. Tilín la miró con estupor, porque
parecía una encarnación divina, un ángel de castigo que fulminaba
rayos, una personificación extraordinariamente bella y terrible, tal
como él la soñaba en sus horas de delirio amoroso y de ardor guerrero.
Su actitud majestuosa, su ademán colérico, su voz grave, dejaron
suspenso y sobrecogido al sacristán-soldado. La monja le dijo:
—¡Y vacilas, hombre miserable y pequeño! ¡Y tiemblas, cobarde! ¡No eres
capaz de ningún acto sublime y generoso, gusano despreciable, y te has
atrevido a poner los ojos en mí! ¡No eres capaz del sacrificio, y has
osado mirarme con amor, como si yo, mujer noble, hermosa y consagrada
a Dios, pudiera acogerte sin merecimientos grandes, tan grandes como
la inmensa escala que he de recorrer descendiendo desde mi altura a
tu pequeñez!... Quítate de mi presencia, reptil despreciable; juzgué
posible no aborrecerte, juzgué posible amarte; pero esto no puede ser,
no. No puede alterarse la ley que prohibió a los sapos brillar como
las estrellas del cielo. Quítate de mi presencia... ¿En dónde está
ese corazón tuyo que llamas grande y es incapaz de un sentimiento de
sublime piedad y abnegación? No tienes más que los estúpidos ardores de
la bestia, y a eso llamas amor, miserable. Llamas amor a ese instinto
de manchar, que es propio de los más bajos seres... y te has atrevido
a mirarme, a mirarme a mí, que vivo de lo ideal, de los sentimientos
puros, de las ideas castas y nobles... ¡Ves morir con ignominia a un
inocente, acusado de un crimen cometido por ti, y no sientes piedad!...
¡Dices que me amas, y no eres capaz de morir por mí! ¿Qué amor es ese
que se atreve a llamarse tal sin conocer el sacrificio?... Me causas
horror; vete, mátate cien veces; te aborrezco; no tendrás de mí ni
aun la compasión que inspira el pobre insecto en el momento en que lo
aplastamos con el pie; vete; te digo que te vayas, ¡maldito!
Dio algunos pasos, inclinose, recogió del suelo el puñal que poco antes
soltara Tilín, y arrojándoselo a los pies, le dijo:
—Toma tu cuchillo, puedes matarte de despecho por no haber poseído
el tesoro que robaste, ladrón. Necio, estúpido, ¿cómo pudiste creer
que Dios permitiría a la paloma casta y hermosa caer en el nido del
murciélago asqueroso?... Puedes matarte delante de mí, aplacando con
tu sangre el ardor de tus sentidos; no tendré compasión, y miraré tu
agonía con asco, no con lástima... y bajarás volando al infierno,
donde arderás más y más, y estarás viéndome eternamente, y deseándome
eternamente, y padeciendo los más horribles tormentos, siempre, sin
poder alcanzarme nunca, sin poder llegar a tocar mi hermosura con
tus dedos inmundos... y con una eternidad de suplicios expiarás la
inmensidad de tu sacrilegio.
Dicho esto, en cuyo efecto creía, dejose caer sin aliento sobre las
piedras sepulcrales. Su pecho palpitaba como no había palpitado nunca.
Tilín parecía idiota. No hallaba palabras para dar salida al volcán de
su pecho. Por fin soltó atropelladamente estas:
—¡Que yo no soy grande! ¡Que yo no soy capaz de un acto heroico de
abnegación y generosidad! ¡Que yo no soy capaz de elevarme de un salto
hasta los últimos cielos!... ¡Que soy un insecto!... ¡Que no sé amar
sino como las bestias!... ¡Que no tengo sentimientos nobles ni idea
de la justicia!... ¡Oh!, señora, no me conoce quien tal dice. Todo lo
que es humanamente posible lo haré yo. Tan hombre soy como cualquier
santo... ¡Sacrificio! No hay quien sepa calcular la extensión de lo
que yo puedo hacer, si en una hora de angustia y de sacudimiento como
esta me lleno de esa luz que a veces me relampaguea dentro. ¡Ah!, me he
oído llamar maldito sin protestar; maldito, cuando mi corazón aceptaba
quizás el sacrificio que se le imponía... ¿Sabe usted quién soy yo? ¿Lo
sabe?
Al decir esto se acercó a la monja, y con su brutal mano le tocó la
barba para levantarle el rostro, que ella inclinaba mirando al suelo.
—¿Sabe usted quién soy yo? —añadió—. Pues soy el hombre de corazón más
grande que ha nacido de madre. La paloma no lo cree... ¡Ah!, ella,
con su nobleza, con su hermosura, con su castidad, con sus virtudes,
con su santidad, no es capaz de hacer... esa cosa extraordinariamente
rara y grandiosa que haré yo. Ella, tan justamente orgullosa, no será
nunca capaz de elevarse como se elevará ahora el reptil, el gusano,
el miserable, el maldito. ¡Abnegación, sacrificio, justicia! ¿Y si
yo dijera que todo eso me es familiar en un momento dado, que es mi
centro, mi elemento, como lo es al pájaro la altura? ¿Qué diría a
esto la dama ilustre que se siente manchada solo con una mirada de mis
pobres ojos? ¿Qué diría a esto?
La dama no dijo nada.
Haciendo con el brazo derecho un movimiento semejante al de un hombre
que arroja la vida con tanto desprecio como se arrojaría la cáscara de
una fruta que se va a comer, Tilín dijo:
—Señora, si Guimaraens sabe arreglar esto, su hermano de usted está
salvo.
Teodora le miró. Estaba pálida, y una turbación piadosa había borrado
de su rostro la expresión colérica. La dominica se acercó al bárbaro
y le puso ambas manos sobre los hombros. Si antes le había abrumado
con su ira, con su orgullo, con su violencia recriminadora, ahora le
embelesaba con su piedad, con su gratitud, con lágrimas que a él le
parecieron resbalar por el mismo trono de Dios para caer sobre su
corazón.
La caprichosa monja jugaba con los sentimientos del pobre Tilín como
juega el diestro con la fiereza pujante, pero ciega, del toro.
—No es solo sacrificio —le dijo—. Es también justicia. Mi hermano es
inocente.
—Y yo culpable, lo sé; el orden natural me lleva a perecer en lugar
suyo. Acepto. Pero lo que me arrastra a este sacrificio, antes es amor
que justicia. Así lo confesaré ante Dios.
—Pues bien —le dijo ella con dulcísimo tono—: todo eso que has deseado,
todo eso que has soñado...
—¿Qué?
—Ya lo mereces.
Tilín sintió su alma llena de congoja y desfallecimiento. Dejose caer
en el asiento, y escondiendo su rostro entre los brazos, exclamó
gimiendo:
—¡Pero cuándo..., pero cuándo!
Teodora se acercó a él, puso la mano sobre su cabeza, y le dijo:
—Ciego, ¿es la tierra el centro de las almas? ¿Nuestra vida no ha de
tener complemento glorioso más allá de la muerte? ¿Qué vale este paso
doloroso por la tierra al lado de la eterna dicha, donde los afectos
duran eternamente, sin hastío, y donde los corazones alimentan con
el eterno fuego sus ansias, que aquí no son jamás satisfechas?...
Perdóname si te ofendí creyéndote incapaz de un acto generoso. ¡Oh,
Pepet, con una palabra has establecido entre tu alma y la mía esa
relación, esa cadena de oro que enlaza pensamiento, corazón, voluntad,
y de dos seres no hace más que uno solo! Te has transfigurado a mis
ojos; ya no eres Tilín: eres un ser adornado de esa belleza sublime
que emana de las grandes acciones. Una idea sola, un sentimiento,
diferencian al monstruo del ángel. ¡Cuán admirables giros hace la
obra predilecta de Dios, que es el alma! Has cautivado de improviso
mi corazón por la virtud de tu sacrificio. No hablan a mi alma los
sentidos: le habla la idea superior. Yo la escucho, y te acojo con
afecto y orgullo.
La monja le estrechó en sus brazos. Al hacerlo y al decirle lo último
que le dijo, sintió que por sus labios pasaban aquellas mismas ascuas
que pasaran antes, y sintió también como una trepidación honda, un
sacudimiento, cual si se desquiciaran las esferas celestiales. Tuvo
miedo de sí misma, porque en sí misma estaba el origen de aquel
desquiciamiento.
—¡La eternidad! —murmuró Tilín besando con delirante ardor las manos de
la virgen del Señor—. ¡Qué lejos está eso! ¡Dios mío, qué lejos!
—Toda la existencia terrenal es un soplo —repuso la monja con expresión
mística—. El tiempo todo es un segundo. Considera cuán distinta es tu
muerte de lo que habría sido dándotela tú mismo con desesperación.
Ahora morirás cristianamente, y tu abnegación por salvar a otro
hombre, tu generoso y sublime rasgo de caridad, tu espíritu de
justicia, te llevarán derecho al cielo... al cielo, donde gozarás de
Dios eternamente, y donde las amorosas ansias que en vida han sido tu
tormento, serán para ti manantial perdurable de delicias.
—Pero solo...
—Solo no. Pronto verás pasar junto a ti una sombra bella y cariñosa...
Seré yo, yo, a quien dejas aquí inundada de gratitud y de admiración.
En el cielo hay dulce compañía, y el grato, el inefable arrimo de todas
las personas que hemos amado en el mundo. Los lazos tiernos, castos,
nobles, que las almas establecieron en el mundo, permanecerán por los
siglos de los siglos. Ningún ser que haya amado puede comprender la
gloria de otro modo.
—¡Ah!, sí, sí —exclamó Tilín, que, creyente firmísimo en el dogma del
cielo y del infierno, aceptaba aquella idea con júbilo y con entusiasmo.
—Desde el instante de tu tránsito —añadió sor Teodora haciendo un
esfuerzo— serás feliz; me tendrás por los siglos de los siglos.
Como para anticipar aquella posesión de siglos de siglos, Tilín asía
con fuerte mano los brazos de la monja.
—Sí, sí —balbució—: seré feliz contigo.
Sentíase ya ebrio, enloquecido, y su alma se cernía entre el amor y
el misticismo. A su turbado entendimiento se presentaba la morada de
los justos, como un lugar que, sin dejar de ser divino, tenía algo de
humano por albergar parejas felices y tiernos desposorios.
El tiempo volaba. Sor Teodora se apartó de él, y le dijo:
—¿Sostienes lo que has ofrecido?
—Yo no digo las cosas más que una vez.
—¿Insistes en un sacrificio que te hará grande a los ojos de Dios y a
los míos?
—Sí —contestó Tilín inundado de amor, que tomaba un tinte de devoción
abrasadora.
—Pues yo te bendigo.
La monja extendió sus manos sobre él.
—En vez de decirme «yo te bendigo», dime «yo te amo» —declaró Tilín con
el cerebro enteramente trastornado.
—¡Pobre espíritu vacilante! —dijo ella—. ¿No serás capaz de
desprenderte de las miserias humanas y elevar tu corazón a aquellas
esferas de luz donde reside el amor puro, el amor ideal, aquel amor
que no se envilece con los sentidos? Hombre pequeño, que aspiras a
ser grande y a ceñir la corona de los mártires, reconoce tu error, no
me pidas un amor impropio de mi estado religioso, de mi nobleza, de
mi dignidad: pídeme, sí, el que a uno y otro corresponde, aquel dulce
fuego del corazón, más vivo cuanto más casto, porque es el verdadero
amor de...
A sor Teodora se le atravesó algo en la garganta.
—El verdadero amor de los ángeles —dijo concluyendo la frase.
—¡El amor de los ángeles! —exclamó Tilín cruzando las manos y dejándose
caer en una especie de éxtasis.
¡Infeliz alucinado! Como el toro arremete ciego al lienzo rojo, así
se abalanzó su espíritu hacia la idea de los celestiales desposorios
prometidos.
Sor Teodora miró al cielo.
—Pronto amanecerá.
—Ya llega mi hora —dijo estremeciéndose.
—Para mí viene la aurora de un día triste como todos los días; para ti
amanece ya el día infinito, Tilín.
Y haciendo un esfuerzo, el último, el más grande, exclamó con
exaltación:
—Hombre generoso, espíritu elevado, estoy llena de admiración por
ti. Ya no eres el incendiario de San Salomó: eres el redentor de la
inocencia, porque salvas a mi hermano de la pena impuesta por un delito
que no ha cometido; eres el realizador de la justicia, porque la haces
recaer sobre el verdadero autor de aquel delito, que eres tú, y así
quedas lavado, puro, sin mancha.
—¿Es su hermano, su hermano?... —murmuró Tilín cayendo en súbito
abatimiento.
Parecía que un relámpago de duda y desconfianza surcaba por su cerebro.
—¿Dudas, amigo, dudas de mí? —dijo Teodora haciendo un esfuerzo mayor
aún.
—No —replicó él alzando la cabeza y sacudiéndola como para echar de
ella una mala idea—. No he dudado jamás.
La dominica comprendió que era preciso reanimar aquel entusiasmo que
parecía enfriarse, y echar leña a la hoguera que oscilaba.
—Pepet —exclamó dando a su voz un tono arrebatador—, te aborrecí
sacrílego; pero verdugo de ti mismo por la salvación de mi infeliz
hermano, te admiro y te amo.
—Y yo —dijo Pepet con acento de hombre de viva fe—, yo que he sido
perverso, que he sido arrastrado al crimen por mi despecho y mis
bárbaras pasiones, consiento gozoso en realizar un sacrificio por
salvar a otro hombre, y agradar a la persona por quien he vivido
y por quien he deseado morir. Ese sacrificio cuadra a mi alma, le
viene bien y a medida, como un traje bien cortado. Donde hubo aquella
fiebre intensa y aquel sacrilegio, y las ideas de destruir una obra de
siglos para sacar de ella lo que reputaba mío; donde aquellos delirios
hubo, señora, aquí, en mi alma, no puede haber ya sino esta solución
terrible, única que por la grandeza del suplicio corresponde a la
fealdad de mis pecados. Y yo puedo decir: «Le devuelvo a su hermano;
le doy, después de una gran amargura, la mayor alegría que puede
recibirse. Conquisto con un solo hecho la benevolencia de su corazón,
y muriendo, gano el inefable bien de vivir en su recuerdo. Conquisto
lo que vale más que una posesión pasajera: conquisto su memoria en la
tierra, y en el cielo su compañía». Nada más hay que decir, señora. La
hora se acerca.
—Aguarda —dijo la de Aransis—. No te muevas de aquí.
Salió precipitadamente sin añadir nada más. Pepet la vio salir y
dirigirse por el patio adelante hasta desaparecer por una puerta que
en el extremo opuesto había. Esperó un rato entregado a meditaciones,
o mejor dicho, a los delirios calenturientos de un idealismo
desenfrenado. Su mente arrebatada navegó entre mil ideas, como nave a
quien las olas llevan de peñasco en peñasco, y aquí se estrella, allí
se hunde, más allá se levanta, y nunca acaba de naufragar ni acaba de
salvarse. No supo él cuánto tiempo duró este tormento; pero al fin
abriose la puerta dando paso a la dominica.
Sin decirle nada se acercó a él, y poniéndole la mano izquierda en
el pecho, elevó al cielo la derecha. Estaba pálida, profundamente
desconcertada; temblaban sus labios; sus ojos intranquilos parecían
recibir la impresión de imágenes aterradoras. Miró a Pepet, y aunque
sus ojos no hablaban más lenguaje que el de un desasosiego difícil
de comprender, el infeliz reo vio en aquella mirada discursos más
elocuentes y conmovedores que cuantos pronuncian los ángeles en la
conciencia del justo cuando acaba de hacer un gran bien; vio y leyó en
aquella mirada todo cuanto la religión y el amor pueden idear de más
cariñoso y de más sublime. El pobre Pepet perdió en tal instante lo que
aún quedaba en su alma de terrenal y de egoísta: era todo espíritu,
todo idea, y se perdía en las esferas nebulosas por donde ha corrido
sin freno el pensamiento de los soñadores místicos y de los enamorados
caballerescos, que vienen a ser una misma casta de personas.
Algo quiso decir; pero había llegado a una situación en que la lengua
no sabía nada y los signos vocales no podían ser más que ruidos
desapacibles. Se arrodilló, tomó las manos de Teodora para derramar
sobre ella besos y lágrimas, hasta que se entreabrió la puerta para dar
paso a la voz y a la cara de don Pedro Guimaraens, el cual dijo:
—Es tarde.
Pepet salió mirando hasta el último instante la figura majestuosa,
sublime, soberana de sor Teodora de Aransis, que con una mano puesta
sobre su corazón y la otra alzada para señalar el cielo, le despedía en
el centro de la sala.