—¡Una monja! —exclamó con asombro el que estaba en la puerta, que
era un viejecillo tembloroso y caduco, empaquetado dentro de una
sotana; ni aun parecía tener fuerzas para sostener la linterna con
que se alumbraba, y cuyos rayos caían principalmente sobre la pechera
encarnada de un segundo personaje vestido con uniforme militar.
—¡Una monja! —repitió este antes que la de Aransis tuviera tiempo de
exponer el objeto de su peregrina visita.
—Sí, una monja —dijo ella—, una pobre monja de San Salomó, que se ve
obligada a pedir auxilio a los religiosos, caballeros, militares o
quienes quiera que sean los habitantes de esta casa... Pero si no me
engaño, estoy hablando con el señor don Pedro Guimaraens.
—El mismo, señora —repuso el bravo coronel, quitándose galantemente el
sombrero y dirigiendo hacia el semblante de la religiosa los pálidos
rayos de la linterna—. Me parece que estoy viendo a sor Teodora de
Aransis.
—Esa soy yo... Usted no comprenderá mi presencia aquí —dijo muy turbada
la dama, como quien aún no ha inventado bien la mentira que va a
decir—. Ya sabe usted que anoche nos quemaron el convento... Yo iba a
casa de mis tíos, a Balaguer, porque me encuentro muy enferma... ¡Cosa
tremenda! El coche se ha roto... Roto el eje... Me vi sola en medio del
camino... Sola no..., con el criado de mis tíos.
—No se necesitan más explicaciones para dar alojamiento a la buena
madre —declaró Guimaraens, menos atento a las cuitas de sor Teodora que
al ruido de caballos que cerca se sentía—. Yo estoy aquí cumpliendo
un deber militar por encargo del conde de España... ¿Sabe usted?...
Este sitio es el mejor para cortar la comunicación de los valles
del Cardoner con la Conca de Tremp... Estoy aquí con un pequeño
destacamento esperando las fuerzas que han de llegar a la madrugada...
Y volviéndose al frailecillo, añadió:
—Nuestro bendito padre Martín de la Concepción se ha cansado de tocar
la campanilla, y es preciso que no cese de tañer un momento para que
la brigada pueda dirigirse aquí sin equivocarse, porque esos niños
de Madrid no conocen estas tierras... Que toque, que siga tocando...
Pues, sí, señora mía, aquí podrá usted reposar hasta mañana. No hay
comodidades de ninguna especie, ¿verdad, padre Juanico?
—No importa —dijo la dominica entrando en el atrio—. Me basta con
hallarme en lugar seguro.
—Y dispénseme la reverendísima madre —indicó don Pedro haciéndole otra
cortesía sombrero en mano —que no la acompañe en este momento, porque
siento ruido de caballerías, y si al principio me parecía tropel de
arrieros que iban al mercado de Castellnou, ahora me parece una partida
fugitiva que pasa.
—Vaya Su Excelencia —dijo el frailecillo—. Yo acompañaré a la
reverendísima madre a la única habitación que tenemos para cuando se
nos presenta algún forastero... ¿No ha traído la señora la servidumbre?
¿No ha venido con la señora alguna otra madre, o un par de madres, o
media docena de madres?
Incapaz de responder a estas preguntas, la monja calló, dejándose guiar
por el padre Juanico. En el ruinoso patio sintió rumor de soldados que
jugaban o cantaban coplas tendidos en el suelo. Tan aturdida estaba
la buena madre, que no había formado aún juicio alguno sobre su nueva
situación, si bien se veía segura y salva por el respeto que entonces
infundía a la gente armada el hábito religioso. Érale, sí, forzoso
desplegar un poco de ingenio para explicar su presencia en Regina Cœli
sin ocasionar interpretaciones malignas, y para hacerse trasladar a
Solsona sin peligro de caer de nuevo en los terribles brazos del dragón
que la perseguía.
Don Pedro salió a toda prisa acompañado de algunos soldados, mientras
el padre Juanico guiaba a sor Teodora por un claustro medio derruido;
era preciso mucho cuidado para no tropezar en las piedras que obstruían
el paso.
—Esta casa, señora —dijo el caduco fraile—, está así desde la acometida
de los franceses el año 10. Regina Cœli era una casa de clérigos
regulares. ¡Ah!, entonces éramos treinta y cinco; ya no somos más
que dos: el padre Martín de la Concepción y un servidor de vuestra
maternidad reverendísima... Creo que ha sido horrible eso de San Salomó.
Deteníase a cada seis pasos para contemplar el rostro de la señora; y
alzando, no sin esfuerzo, su cabecilla flaca y colgante, obsequiaba a
la monja con una sonrisa senil harto grotesca.
—Solo dos, señora —añadió alumbrando el piso lleno de piedra—.
Vivimos de limosna... Vivimos tranquilos, esperando la muerte que
ha de asemejarnos a estos escombros, a estas piedras, a este cadáver
descompuesto de Regina Cœli. Lo poco que aún vive de Regina Cœli será
polvo también... Pues, como decía a la señora, los dos hermanos vivimos
aquí tranquilamente, es decir, vivíamos tranquilamente hasta esta
noche a las diez, hora menguada en que se nos metió por las puertas
el señor don Pedro Guimaraens con sesenta soldados de Su Majestad...
¡Linda noche nos ha dado!... Al pobre Martín de la Concepción lo tiene
desde hace dos horas tocando la esquila..., y no quiere que se canse
el buen hombre, sino que toque y toque... Estos demonches de militares
son muy déspotas, señora... Cuidado no tropiece usted en la losa de
ese sepulcro... Por aquí, señora, por aquí..., y aún falta lo mejor.
Esos toques de la esquila son para avisar a una brigada entera, a
una brigada de demonios uniformados que viene a tomar posesión del
convento... Estamos lucidos... ¡Venir a turbar a dos pobres religiosos
moribundos que esperamos por instantes la última hora!... En fin,
paciencia nos dé Dios. Aceptemos este cáliz, no tan amargo como el que
supo apurar Su Divina Majestad en la noche de su pasión... El pobre
hermano Martín se ha cansado otra vez de tocar... En fin, señora,
esta es la única habitación que podemos ofrecer a vuestra maternidad
reverendísima para que pase la noche... Iré a ver si han llegado los de
la servidumbre de vuestra maternidad reverendísima.
—¡Esta es la habitación!... —exclamó llena de asombro la madre Teodora
de Aransis contemplando las desnudas paredes de una sala inmensa,
helada, vacía, con el techo agujereado y el piso hecho de escombros.
—No tenemos otra. En cuanto a lecho para dormir, no espere vuestra
maternidad que se lo ofrezcamos, porque no lo tenemos. Martín de la
Concepción y yo dormimos en el suelo.
La madre volvió a mirar, no menos espantada que la vez primera, el
antro en que se hallaba. Un pedazo de altar y un rimero de tablas
carcomidas eran los únicos asientos. Algunas piedras sepulcrales llenas
de escudos o inscripciones formaban apiladas como una especie de mesa.
Aterrada en el primer momento, sor Teodora se serenó pronto
comprendiendo que no estaba en el caso de pedir gollerías.
—Está bien, reverendo hermano —dijo—. Deme usted una luz y ayúdeme a
cerrar estas ventanas.
—Estas dos ventanas no se pueden cerrar —dijo el frailecillo con
burlona sonrisa—. Tampoco se cierra la puerta; en una palabra, madre
reverendísima, aquí no se cierra nada. En Regina Cœli no hay llaves, ni
cerrojos, ni trancas, ni candados. Puede vuestra maternidad entornar
las puertas y afianzarlas con un palo. Como no hay viento, no se
abrirán... Traeré la luz al instante.
Largo rato estuvo sola y a oscuras la buena monja, embebida en hondas
reflexiones sobre su situación, y ya se impacientaba de la oscuridad
cuando volvió el padre Juanico tan apresurado como sus piernas medio
muertas se lo permitían. Puso una lámpara de cobre sobre el montón de
piedras sepulcrales que hacían las veces de mesa, y dejándose caer
sobre un madero, dijo suspirando:
—Déjeme vuestra maternidad que descanse un ratito... no puedo
tenerme... Este renegado de Guimaraens va a quitarnos la poca vida que
nos queda... ¿Oye usted? Todavía repica el desventuradísimo Martín de
la Concepción... ¡Ay!, cómo me canso, señora, con estas idas y venidas.
A estas horas estaríamos el hermano y yo roncando riquísimamente sobre
nuestras tablas, si estos barrabases no se nos hubieran metido aquí...
Y lo que falta, pues, y lo que falta.
—Paciencia, hermano —dijo la dominica, sentándose también.
—Pues, como iba contando —prosiguió el fraile, con menos cansancio de
lengua que de piernas—, esos hombres a caballo que iban por el camino
eran los de la partida de Garrote, que hace días pasó para Solsona
y ahora se vuelve a su país. El señor de Guimaraens les ha quitado
algunas armas y les ha dejado seguir. Llevaban consigo un prisionero,
un hombre malvado, de esa infame ralea de jacobinos. Es, según dicen,
el que pegó fuego a San Salomó.
Sor Teodora suspendió tan bruscamente sus reflexiones, que se la habría
creído picada por el aguijón de una víbora. Clavó los negros ojos en el
rostro excesivamente maduro y pasado del padre Juanico, que alentado
por la atención que a sus palabras se prestaba, añadió:
—Garrote, que va en retirada y sin armas, ha dejado aquí al prisionero
para que el señor de Guimaraens haga un poco de justicia. ¡Hace tanta
falta en estos tiempos!... Le van a fusilar.
Sor Teodora se levantó. Un lúgubre rumor que en el patio se oía, llamó
vivamente su atención. Miró por la ventana que al patio daba.
—Ahí le llevan —dijo el fraile, señalando al patio, donde se
distinguían grupos moviéndose con algazara—. Le van a meter en la
cueva, en lo que era panteón y ahora nos sirve de leñera.
Sor Teodora no vio más que sombras; pero comprendió lo que pasaba. El
corazón se le salía del pecho, latiendo con desusada violencia.
—Adiós, señora, que pase vuestra maternidad reverendísima buena noche
—dijo el Padre Juanico tomando su linterna—. ¡Ah!, me olvidaba de
advertir a vuestra maternidad que el señor de Guimaraens pasará a
verla. Me lo ha dicho. Sin embargo, estará muy ocupado en toda la
noche. Parece que ya llega la brigada que esperaban... ¡Gracias a Dios
que descansa el pobre Martín!... Buenas noches... He visto entrar a
varios paisanos... la servidumbre de vuestra maternidad reverendísima.
—Yo no tengo servidumbre —dijo sor Teodora bruscamente.
—¿Ha venido vuestra maternidad sola? —preguntó el padre Juanico
desplegando toda la piel de los ojos.
—Sola, sí, sola —afirmó la dama con energía sin pensar en su reputación.
El padre Juanico iba a persignarse; pero no se persignó. Creyó que
debía irse..., y se fue.
La de Aransis dio algunos pasos hacia la puerta, después retrocedió...
Llevose las manos a la cabeza, cruzolas después. Puede afirmarse que
en los treinta y dos años de su existencia no había conocido su alma
un afán tan grande. Tan grande era, que la última aventura de Tilín
le parecía cosa lejana, indigna de fijar su atención, y en verdad
aquel drama terrible, puramente externo y que en nada afectaba a sus
sentimientos, le parecía muy menguada cosa en comparación de la íntima
sacudida que ora sentía en su alma.
Tan absorta estaba, tan atenta a sí misma, que no observó que era
espiada. Fuera de la ventana abierta a un segundo patio lleno de
ruinas, un espantajo negro la vigilaba. La monja no veía el brillo
verdoso de los ojos del búho acechando su presa.