Sí, aquel tenaz guerrillero don Carlos Garrote, cuya cólera hirviente,
cuyas palabras amenazantes encerraban un gran fondo de rectitud, porque
anunciaban su odio a las intrigas y a las transacciones indecorosas,
tuvo que abandonar parte de sus armas en Regina Cœli. Habría sido
petulancia sostener un combate. Él no se sometía; pero se retiraba
de la lucha. No disparaba un tiro en contra de la causa apostólica;
pero tampoco en pro del rey, cuya doblez conocía como nadie. Deferente
y cortés con don Pedro Guimaraens, a quien por sus altas cualidades
apreciaba, no solo le entregó algunas armas, sino también un valioso
prisionero, y después de recomendarlo al señor coronel con la mayor
eficacia, siguió adelante, para buscar por la Conca de Tremp el camino
de Aragón.
No estaba a cien varas de Regina Cœli, cuando su pequeño ejército
inerme fue detenido por otro armado y relativamente grande. Era la
brigada que esperaba Guimaraens, y que había sido mandada por el conde
de España para ocupar a Regina Cœli. Guimaraens, a quien España dio el
día anterior pequeñas comisiones, fue encargado de ocupar previamente a
Regina Cœli, en la previsión de que alguna pequeña partida se apoderase
de punto tan conveniente, y de esperar allí a la brigada. El aviso de
la campana fue cosa convenida entre el jefe de esta y Guimaraens.
Garrote sabía que probablemente encontraría aquella tropa; sabía
también quién la mandaba, y así, con la esperanza de refrescar
cordiales y antiguas amistades, luego que las avanzadas le detuvieron,
preguntó:
—¿En dónde está el jefe? ¿En dónde está mi amigo queridísimo el señor
don Francisco Chaperón?
Fuele respondido que no lejos venía, y poco después el valiente soldado
navarro y el antiguo Presidente de la Comisión militar ejecutiva se
daban estrechísimo abrazo en mitad del camino, alargando cada cual el
cuerpo sobre el caballo, de modo que por un instante parecieron un solo
hombre sobre dos brutos.
—Por vida del Santísimo Sacramento —dijo el brigadier—,[3] que no
creí tener sorpresa tan agradable. Sabía que andaba usted por estos
barrios... ¿Y a dónde se va? Supongo que en retirada.
[3] Véase el retrato de este personaje en _El terror de 1824_.
—Me voy a mis montañas; me voy sin armas, sin ilusiones, sin esperanza
por ahora... Han querido meterme en intrigas y enlodarme con estos
inmundos arreglos, y... me voy, me voy. ¡Esto es una farsa, señor don
Francisco; pero qué farsa!
—Hombre, ¡qué diantres!, ya sabemos que en el mundo todo es farsa...
Pero ¿a qué conducía esta guerra? Francamente, hablemos como hombres
formales...; más adelante, no digo que no; pero ahora... ¡Vaya con las
diabluras catalanas! Es preciso sofocar esto, echarle tierra a todo
trance, antes que tome vuelo, porque si no se aprovecharán de ello
los liberales. Es lo que yo digo: divídase el partido del orden, y
tendremos a los masones tirándonos de la nariz...
—Los liberales tienen poco que ver en este negocio.
—¡Qué error! Por donde quiera que vamos recibimos la noticia de tramas
horribles. Ellos son los que con halagos y promesas inclinan a los
guerrilleros a no someterse. Yo le digo al conde de España: «Señor
conde, mientras quede uno de esos, no tendremos paz en el reino», y
el conde es de mi opinión. A veces me dice: «Chaperoncillo, aquí hay
que amenazar a un lado y dar a otro», y yo soy también de esa opinión.
Estoy contento de haber enviudado de aquella endiablada Comisión que me
dio tantos disgustos, y de haberme casado con esta guerra. Me gustan
los campamentos más que las oficinas, y nuestro jefe me agrada mucho.
Es riguroso, y hace cumplir la ordenanza con crueldad; pero eso es
bueno, eso es bueno. También sabe premiar a los que sirven con celo
y a los que ejecutan sus órdenes con prontitud y sin vacilaciones...
Conque, amigo mío... Por vida del Santísimo Sacramento, estoy por
decirle a usted que vuelva grupas y me acompañe a Regina Cœli, que ya
debe de estar cerca..., allí echaremos una copa y fumaremos un cigarro.
—No puedo, señor don Francisco... Regina Cœli está a dos pasos: allí
descansará usted. Por cierto que le he dejado a usted allí un buen
regalo.
—¿Algo de cena? —dijo don Francisco, haciendo con su mano en las
inmediaciones de la fiera boca el gesto vulgarísimo que denota buen
apetito.
—Nada de eso.
—¿Pues qué?
—Un liberal.
—¿Y para qué quiero yo un liberal, como no sea para fusilarle?
—Precisamente para eso.
—¿Sí? ¡Por vida del...! ¿Y quién es?
—Un gran delincuente. Anoche le cogimos _in fraganti_. Había pegado
fuego al convento de San Salomó en Solsona.
—Hombre, ¡qué alhaja! Para encontrar estos primores no hay otro como
usted.
—Vino a España enviado por los de Londres para tejer una de tantas
conspiraciones. Es pájaro de cuenta: le conozco hace tiempo. Es de los
que figuraron cuando las Cabezas... Después anduvo en masonerías y
comunismo.
—¡Preciosísimo!
—Es paisano mío. Se llama Salvador Monsalud.
—Yo he oído ese nombre.
—Le han oído todos los que en Madrid asistieron a los infames
escándalos de los tres años.
—¿Y está allí, en Regina Cœli?
—La verdad, no quise dejarle en Solsona porque no tengo confianza en
la gentuza que queda allá. Es probable que le dejaran escapar. Después
tuve intención de fusilarle en el camino; pero, señor don Francisco, yo
soy buen católico y no me atrevo a matar a un hombre cuando no puedo
darle los auxilios religiosos... Mis creencias no me permiten quitar
a un hombre, por malvado que sea, la probabilidad de redención; y
aunque este sea de los que merecen morir como perros, yo... no quiero
cuestiones con mi conciencia... ¿He hecho bien?
—Perfectamente. Si es usted al mismo tiempo un bravo soldado y un
doctor de la Iglesia. Para casos como este tengo yo mis capellanes, que
despabilan un par de reos en diez minutos.
—Hay dos curas en Regina Cœli.
—El negocio corre de mi cuenta —dijo don Francisco demostrando gran
impaciencia.
—¿Confío en que usted castigará a ese empedernido criminal?...
—¡Hombre, qué idea! Pues si así no lo hiciera... Además de que me gusta
arrancar la mala hierba que encuentro en mi camino, soy hombre que no
está dispuesto a recibir reprensiones del general en jefe, y le juro a
usted que si el conde supiera que yo, después de tener en mi mano un
pájaro del plumaje de ese caballero masón, le había de dejar escapar...
Vamos, no quiero pensarlo. Yo creo que me mandaría dar palos como a un
recluta. Usted no conoce bien a ese insigne defensor de la monarquía.
¡La ordenanza, el exterminio de la gente negra! Estos son los polos
sobre que gira el grande espíritu del conde de España... Dicen que Su
Excelencia está loco. Yo no le tengo por tal, sino por muy cuerdo, y
con media docena como él bastaba para arreglar el mundo.
—Es hombre que no perdona una falta ni a Cristo Sacramentado.
—Ni a la Santísima Trinidad. Hombre más inexorable no se ha visto ni
se verá. Cuando su hijo no se levanta temprano, el conde manda una
banda de tambores a la alcoba... entran despacito, se colocan junto a
la cama, y de repente..., ¡purrum!, rompen generala, y así el muchacho
se despabila y salta hasta el techo. Pues, digo, cuando don Carlos
encarga a su hija algún trabajo de aguja, ya puede andar lista y
acabarlo pronto, porque si no, me la pone de centinela en el balcón con
la escoba al hombro dos, tres, cuatro horas, según el caso. No tiene
consideración ni con su señora la condesa... Ya podía descuidarse un
día en ponerle tal o cual plato que le gusta. La manda arrestada, y la
tiene cinco o seis días sin salir del cuarto, con un oficial de guardia
a la puerta.
—Eso me parece extravagante.
—Pues yo no opino lo mismo: es preciso que el hombre del día sea
muy enérgico. Los lazos del poder se van aflojando mucho, y llegará
día en que no haya disciplina ni autoridad, y héteme aquí a la
sociedad desquiciada por completo. En España hace falta hombres así,
desengáñese usted, Carlos... ¡Si no, a dónde vamos a parar! Dicen que
el conde está loco. Ya quisieran más de cuatro tener su juicio. ¡Por
vida del Santísimo!... Lo que tiene es muchas agallas. Es el único
hombre a quien veo con capacidad bastante para acabar con el bando
liberal. Marchando despacito con su ejército va barriendo el país, lo
va barriendo, sí, a fusilazos. Como nos dejen, no quedará uno para
muestra... Figúrese usted que él llega a un pueblo, sale a pasear
por las calles, y a todo el que se encuentra le detiene y le dice:
«enséñame el rosario». Como no se lo enseñe, va derecho a la cárcel.
¡Ay de los que sean conocidos por sus opiniones! Esos no van a la
cárcel; van a otra parte de donde no se vuelve... Yo no soy de los
que opinan que España es un hombre cruel y sanguinario... no; todo es
relativo. Hay que ver cómo está nuestro país, podrido de malas ideas.
Es preciso que esta guerra corte y ampute, despedace y descuartice. ¿No
cree usted lo mismo?
—Lo mismo.
—¡Cruel y sanguinario! Pues yo sostengo que es un hombre de bonísimos
sentimientos, muy pío y temeroso de Dios. Me consta que confiesa y
comulga todas las semanas. ¡Con qué miramientos trata a los señores
clérigos y frailes! Yo le he visto en la iglesia dándose golpes de
pecho como el mayor pecador del mundo. Me han dicho que tiene éxtasis
y que usa cilicio... Pero le estoy deteniendo a usted demasiado con mi
charla... Es tarde.
—Sí, señor don Francisco, y quiero llegar mañana a la Conca. Mucho me
place la compañía, pero es preciso que nos separemos.
—Hombre —dijo Chaperón con acento campechano—. Yo creo que algún día
nos hemos de ver peleando juntos por una misma causa.
—También lo creo.
—Venga un abrazo.
Los dos hombres se acercaron el uno al otro, y dos corazones de tigre
latieron juntos unidos por un abrazo. Al separarse, Chaperón le dijo:
—Gracias por el regalo.
—Me olvidaba de una advertencia —indicó Garrote deteniendo un instante
su caballo—. Ese señor don Pedro Guimaraens que está en Regina Cœli me
parece un poco débil y amigo de contemplaciones.
—¿Sí?... Ya le arreglaré yo.
—Puede que le hable a usted de perdonar al reo. Es hombre de mimos y
blanduras.
—¿Sí? A buena parte viene. Ya le leeremos la doctrina a ese señor.
Los caballos se encabritaron, emprendiose la marcha, y Garrote gritó
desde lejos:
—Hay que ser inexorable.
Chaperón se echó a reír, y su carcajada confundíase con el piafar de
los caballos. Más lejos ya, el furibundo cabecilla repitió:
—Inexorable.
Después se oyó el tumulto de las voces de mando, y la tierra trepidaba
con el violento pisar de hombres y brutos. El murmullo del ejército en
marcha se oía a larga distancia, como el zumbido de un gran enjambre
invasor que iba conquistando lentamente el espacio oscuro. El tañido de
una esquila les guiaba llamándoles, hasta que dieron en el portalón de
Regina Cœli.
Fue recibido el señor brigadier por don Pedro Guimaraens, que le
condujo adentro, mientras los subalternos daban órdenes para alojar y
racionar a las tropas. Mostrose muy seco y disciplinario Chaperón, el
cual, cuando se vio en su dormitorio, dijo al coronel que él no había
venido a Cataluña a hacer niñerías; que él pensaba en todo y por todo
inspirarse en las ideas del general en jefe, don Carlos España, y que
prohibía absolutamente al don Pedro hablar de clemencia y enternecerse
como una cómica que representa el drama sentimental. Dicho esto, se
paseó por la desmantelada sala, y dijo que no habiendo camas, dormiría
en una silla, pues hombres como él no necesitaban finuras. Mandó que
le trajesen un jarro de vino, un pan y la carne fiambre que traía en
su valija, y puesto el mantel sobre un arca vieja, invitó a Guimaraens
a que le acompañase con otros dos coroneles en su frugal cena. Hízolo
don Pedro, aunque no tenía gana, y Chaperón, engullendo y bebiendo
con apetito, no daba paz a la lengua. Era preciso convencerse de que
él era inexorable, absolutamente inexorable; de que estaba decidido a
corresponder a los deseos del conde de España, su jefe y amigo. A los
apostólicos que se sometieran, les perdonaría: eran alucinados y no
criminales; a los jacobinos y masones les aplastaría sin piedad. Ya
sabía él que en Regina Cœli había un gran criminal que debía terminar
sus días en la mañana próxima, y como él era absolutamente inexorable
contra los enemigos de la sociedad, prohibía al señor Guimaraens que
le hablase de compasión, porque hombres como él no se ablandaban con
suspirillos. Aunque don Pedro respondía a todo afirmativamente, aún no
parecía satisfecho el ogro, y ponía por testigo al Santísimo Sacramento
de su decidido entusiasmo por lo absolutamente inexorable.
Asomose después al balcón que daba al gran patio o explanada de
ruinas, y al retirarse dijo:
—¡Qué negro está todo! Señor coronel Guimaraens...
Don Pedro se puso a sus órdenes.
—Mañana a las seis en punto, forma usted el cuadro en ese patio y me
fusila usted al jacobino. A las seis en punto. Yo quiero verlo desde
este balcón; sí, quiero verlo con mis propios ojos.
Diciendo esto acercaba dos de sus dedos a los ojos y se estiraba
los párpados inferiores, mostrando redondas y saltonas las córneas,
bordadas de un cerco sanguinolento; después se sentó en una silla,
estiró las piernas, apoyando el brazo derecho en el respaldo y la
cabeza en la palma de la mano.
—Voy a dormir un rato. Son las tres. Que me llamen a las seis menos
cuarto.
Retiráronse todos, y el ogro quedó roncando. Guimaraens fue a dar
órdenes, y después de pasar largo rato en las cuadras bajas hablando
con los oficiales que estaban a sus órdenes, recordó que sor Teodora
de Aransis le había mandado llamar poco antes. Gozoso de ser útil a
tan insigne señora, corrió a la caverna donde se refugiaba, y por
espacio de media hora larga conferenció con ella. Lo que hablaron no lo
sabemos; pero quizás lo adivine el que siga leyendo.