Al anochecer del día que siguió a la catástrofe de San Salomó, un
cochecillo de dos ruedas corría por el detestable camino que desde
Solsona se dirige a la Conca de Tremp. Era uno de esos vehículos
puramente españoles que parecen hechos para realizar el ideal de
la incomodidad, y cuyo nombre respondería perfectamente a su cruel
instituto si en vez de _tartana_ fuera _quebranta-huesos_. Era
cerrado, formando una especie de cajón alto con portezuela en la
parte posterior, y en la delantera un ventanucho pequeño, sin vidrio,
destinado a dar aire a la víctima, para que no la asfixiara el calor
antes de tener los huesos bien rotos y las carnes bien molidas. Tiraba
de él un brioso caballo que parecía más hecho al noble oficio de la
silla que al del arrastre, a juzgar por el desorden de su marcha y
los brincos con que amenazaba volcar el vehículo. Guiábalo un joven
sentado en media cuarta de tabla adherida a la limonera de la derecha.
Parecía tener el cochero un delirante anhelo de llegar pronto a su
destino, según aporreaba al animal con la vara. El interior lo ocupaba
sin duda persona a quien el de fuera estimaba en mucho, porque entre
golpe y golpe descargado sobre la bestia, volvía su rostro, y mirando
al interior del quebranta-huesos por la ventanilla delantera, decía
algunas palabras enderezadas a dulcificar la molestia de transporte
tan inquisitorial. El camino, que más era de herradura que de ruedas,
estaba alfombrado de guijarros, que en algunos sitios eran verdaderos
peñones, ofreciendo en otros hoyos profundos. Caballo y camino
jugaban con el coche como un titiritero con las bolas, haciéndole dar
graciosas piruetas. Viendo aquello, tendría corazón de bronce quien no
compadeciera a la persona que dentro iba. Si tal persona, además de ir
allí, iba contra su voluntad, era tan digna de lástima como quien va al
patíbulo en la fatal carreta.
La noche era oscura y serena; pero el horizonte se inflamaba a ratos
con vivos relámpagos, indicio de tormenta próxima, y algunas ráfagas de
aire fresco venían del lado de la montaña, levantando polvo y haciendo
murmurar el ramaje de los árboles.
Ni un alma se hallaba en tal hora por aquel camino solitario y agreste,
y las pocas casas que se veían al paso estaban cerradas y silenciosas.
Creeríase que la superstición había alejado a todos los habitantes de
aquella tierra, y que solo quedaban los duendes para obligar a huir
también a los que después viniesen.
Pero el quebranta-huesos pasó al fin a regular distancia de una
casa, en cuya ventana brillaba una luz. Entonces, del lóbrego cajón
inquisitorial salió una voz angustiosa que dijo:
—¡Socorro!
El que guiaba castigó fieramente a la cabalgadura para que acelerase
el paso, y cuando quedó a distancia mayor la casa iluminada, el hombre
volviose hacia dentro y dijo:
—No..., no vale pedir socorro, señora. Nadie oye, nadie ve.
—¡Socorro! ¡Socorro! —repitió la voz interior, ya enronquecida y
furiosa.
Después varió de tono, y acompañada, al parecer, de lágrimas, dijo
suplicante y dolorida:
—Por la salvación de tu alma, Pepet, por la memoria de tu madre;
déjame, suéltame, déjame en medio del camino y vete solo con tu
endiablado coche... Te lo agradeceré, te lo agradeceré con toda
mi alma... no te guardaré rencor, Tilín... no te tendré miedo; me
acordaré de ti en mis oraciones; pediré a Dios por ti... Sé bueno
conmigo, ten piedad de mí..., suéltame, déjame, y así podrás librarte
del castigo que te espera por tu maldad... Piensa un instante siquiera
en Dios.
El hombre no pensaba en Dios. Pálido y hosco, cejijunto, balbuciente
como el asesino en el momento de clavar el puñal en la víctima dormida,
marchaba derecho a su bárbaro objeto; no reparaba en consideración
alguna, no se acordaba de Dios, no era cristiano; era incapaz de toda
idea piadosa; no veía tampoco obstáculos; no veía más que la fiebre
ardiente que le devoraba, y aquel objeto criminal que le atraía,
fascinando su alma irritada.
Oyó que su víctima lloraba dentro del coche. Volviose adentro y dijo:
—Es verdad que soy un malvado, que me condenaré, que arderé en el
infierno..., ¿pero de quién es la culpa?
—Tuya, infame ladrón, incendiario; tuya, monstruo emparentado con todos
los demonios del infierno —exclamó la voz del coche, volviendo a ser
colérica—. Mucho más humano serías conmigo si me mataras... ¡Ay!, te lo
agradecería con toda mi alma. Viva o muerta, infame bandido, no arderé
como tú en los infiernos..., estarás solo, y padecerás eternamente,
siempre, quemándote en tus sacrílegas pasiones, sin satisfacer en toda
la eternidad la sed rabiosa de tu alma.
Tilín hizo crujir sus dientes, tan fuertemente los apretaba, y hablando
consigo mismo, dijo:
—¡El infierno!..., pues poco que me gusta a mí el infierno... Ya sé
que he de ir a él..., ya lo sé... Si de todos modos he de ir a él, que
sea...
Y azotaba al caballo, porque aunque este corría mucho, a él siempre le
parecía que andaba poco; tan anheloso estaba de ganar terreno. Habría
deseado las alas negras que había visto pintadas en el ángel de las
tinieblas, para cruzar con ellas el cielo tempestuoso hasta llegar
con su presa a los abismos donde se traman en juntas diabólicas las
tentaciones que luego se esparcen por la tierra. Era firme creyente,
y creía en las potestades del báratro tal como las pinta la doctrina
cristiana. Hacía el mal conociendo lo que hacía y las consecuencias
de él. No era malo por carencia de sentido moral, como los adocenados
criminales que pueblan diariamente los presidios y dan trabajo al
verdugo, sino por un extravío que arrancaba de la exacerbación de sus
violentas pasiones. Precipitado en aquel rumbo perverso, su corazón
podía torcerse de improviso tomando otro camino. Esto lo conocía sor
Teodora de Aransis. Dando a ratos tregua a su violenta ira, no creía
fácil conseguir nada por la violencia, y trataba de someter a su
terrible enemigo tocándole hábilmente al corazón. Por eso intentaba dar
suavidad a su voz y mágico encanto a sus palabras. Sofocando su cólera,
dejaba que hablase la conmovedora piedad. Diríase de ella que intentaba
enternecer y cristianizar al demonio con las súplicas que se dirigen a
los santos. Sus manos aparecieron cruzadas en el ventanillo.
—Tilín, Tilín —le dijo—. Yo te juro por Dios, que es mi Padre, y por
nuestro glorioso patriarca Santo Domingo, que si me dejas y te vas, no
te guardaré rencor, no tendré de ti malos recuerdos..., al contrario,
los tendré buenos, muy buenos... A nadie diré que pegaste fuego a San
Salomó; a nadie diré que en la confusión del primer momento, y cuando
bajé huyendo de las llamas, me cogiste, me amordazaste y me sacaste
por la puerta del locutorio, cuando el fuego y el humo permitían aún
pasar por allí. A nadie diré que me ocultaste después en una casucha
que hay fuera de la puerta del Travesat, donde tú y otros bandidos
como tú, digo mal, bandidos no, sino alucinados, me tenían preparado
el suplicio de este coche. A nadie diré que luego me has traído a este
viaje horrible, que no sé dónde terminará; no diré nada..., tendré
buenos recuerdos de ti, me acordaré de tu amistad, de tus buenos
servicios. Todos los días, todos, cuando me arrodille delante del Señor
Sacramentado para pedirle por los pecadores, pediré a Dios que te quite
esos malos pensamientos y te dé otros buenos y cristianos que lleven tu
alma al cielo, donde me volverás a ver..., sí, me volverás a ver.
Esta idea debió parecer eficaz a la dominica, porque la repitió después
de una pausa, añadiendo:
—Me volverás a ver, me estarás viendo por toda una eternidad.
Tilín no dijo nada. De pronto detuvo el coche. El corazón de sor
Teodora, al sentir aquella pausa en su tormento físico, palpitó de
emoción y esperanza.
Pero Tilín se había detenido para prestar atención a un rumor lejano
que a su espalda había creído sentir, y quiso cerciorarse de él.
«Sí —pensó después de un minuto de atención—. Viene gente a caballo, y
no debe de ser poca, según el ruido que hace».
El sacristán-diablo pareció un momento turbado; pero al punto halló
en su grande ánimo la iniciativa y la prontitud de ejecución que le
distinguía en los lances de apuro.
—Tilín —añadió la señora—, ¿no oyes lo que te he dicho? Ten compasión
de mí, acuérdate de aquellos días en que asistiéndote en tu enfermedad,
te salvé esa vida que ahora vuelves contra mí. Tú eras entonces un
niño, yo una joven. Ahora soy una vieja. ¿Qué quieres de mí? Por Dios y
por tu madre, hijo mío, ¿a dónde me llevas? ¿Qué horrible viajo es este?
—En la Cerdaña —dijo Tilín con nerviosa agitación—, en lo más alto,
en lo más enriscado, en lo más solitario, allí donde están libres los
osos, y donde nacen los torrentes, tengo yo una casa...
—¡Y allá me quieres llevar, bandido! —exclamó la dama con
desesperación, no pudiendo reprimir la cólera—. No, yo gritaré y
alguien me oirá... Esto no puede seguir. ¿No hay almas caritativas
aquí? ¿Se ha acabado el mundo? ¿Es posible que no me favorezca Dios?
¡Dios, Dios mío!... ¿Tantos son mis pecados que merezca este horrible
infierno en vida?
Tilín, muy temeroso por aquel ruido de tropa que había sentido, volvió
a azotar al caballo, y desviándose del camino por una colina pelada que
a la derecha había, dijo para sí:
—Me ocultaré en el monte hasta que pase esa tropa. Por aquí está, si no
me engaño, el convento arruinado de Regina Cœli, donde solo viven dos
clérigos pobres que piden limosna. No sería malo intentar congraciarme
con ellos... Necesito un sitio seguro donde pasar el día de mañana.
¿Qué hora es?, próximamente las doce. Este maldito coche es el estorbo
de los estorbos. Si pudiera llevarla a caballo... Necesito cuatro
jornadas, que es preciso hacer de noche, y tres descansos por el día:
uno aquí o en Vilaplana, otro en Nargo, otro en Querforadat, para
de allí subir a mi casa. ¡Maldito coche!... Alas, alas es lo que yo
quisiera. Solo mi fuerza de voluntad, que jamás se acobarda, es capaz
de intentar este viaje con tales obstáculos... Si triunfo, Lucifer
tendrá que darme tratamiento de excelentísimo señor.
El coche avanzaba lentamente, porque el camino era casi impracticable
en la oscuridad de la noche. De pronto oyose un estallido metálico,
seco, y el coche se hundió cayendo sobre un costado. Sor Teodora dio
un grito, y Tilín lanzó un apóstrofe que habría hecho estremecer de
espanto a cielo y tierra, si la tierra y el cielo se afectaran por las
vanas palabras del hombre. El eje del coche se había roto.
—¿Lo ves, lo ves? —dijo sor Teodora esforzándose en reprimir su
alegría—. ¿Qué quiere decir esto, Tilín? ¿No ves claros y patentes los
designios de Dios? ¿No ves la mano que te ataja en tu infame camino?
Tú tienes buen corazón, tienes conciencia, aunque ahora está muy
perturbada. Considera, hijo; reflexiona...
Al mismo tiempo que esto decía dulcificando su voz, temblaba
interiormente de miedo, pensando que aquella contrariedad exasperaría
al malvado, inspirándole quizás alguna violencia horrible. También ella
oyó entonces el ruido de hombres a caballo y puso atención, invocando
mentalmente a Dios para que en tan apretada ocasión la amparase. Tilín,
que oía también con toda su alma, rugió así:
—¡Por las uñas y rabo del Otro! Es la partida de Garrote, que salió
esta tarde de Solsona.
Después miró su coche, que yacía en tierra como un buque recién
naufragado. Abriendo la portezuela, ayudó a salir a sor Teodora, cuyos
molidos huesos apenas le permitían moverse. La dama dio algunos pasos
para probar si funcionaban, después del atroz suplicio del coche, los
tendones y músculos de sus piernas. Tilín dijo sombríamente:
—Esto puede remediarse. A una legua escasa de aquí está el herrero
Gasparó Cort, que tiene ejes de coche. Si tiene ejes, iré, traeré uno
antes del día, y seguiremos nuestro camino.
—¡Y yo, insigne mentecato —gritó sor Teodora viendo que su situación
mejoraba extraordinariamente—, te esperaré aquí tan tranquila como si
estuviera en la celda de mi convento! A fe que eres simple. Esto ha
concluido. Déjame en paz.
Tilín comprendió lo descabellado de su plan en lo relativo a buscar
un nuevo eje, como no lo forjara con un hueso de su cuerpo en la
fragua de su corazón. No había más remedio que dar por concluido el
viaje, pensando cristianamente en la intervención de la Providencia
para salvar a la digna señora del riesgo en que estaba. Pero Tilín,
enérgicamente apasionado y delirante, antes que en Dios pensaba en
los demonios que guiaban sus pasos y le ponían delante de los ojos
fantasmas y espectáculos de gran atractivo para él.
—No, no, señora —exclamó de súbito, asiendo la mano de su víctima con
extraño vigor—. Esto no ha concluido. Un hombre como yo no se deja
vencer por un eje roto.
Sor Teodora, al sentir la mano de hierro que la sujetaba como las
tenazas de Satanás sujetarían al precito sobre la caldera hirviente,
encomendó su alma al Señor. La oscuridad y silencio del bosque cercano
diéronle grandísimo pavor; pero evocando las fuerzas todas de su alma,
decidió hacer frente a los mayores peligros, desplegando los recursos
de su voluntad, de su astucia y aun de su vigor físico, que no era
despreciable a pesar de ser mujer y monja.
—Tilín —dijo con grave acento—. Por malvado y pervertido que seas, no
podrás desconocer que la voz de Dios acaba de hablarte, que su mano te
ha detenido en tu criminal carrera.
El criminal no decía nada; pero apretaba más la mano preciosa, como el
avaro oprime su tesoro temiendo que se le escape. Fijaba sus ojos en el
suelo con terrible expresión de duda.
—¡Tilín, Tilín! —añadió la monja, que había empezado a comprender la
posibilidad de ablandar aquel bronce—. ¿No me oyes? ¿Píensas en Dios,
en tu crimen; estás mirando a tu horrible conciencia?... Por Dios y su
Santa Madre, déjame y sálvate; sálvate, hijo mío, de la condenación
eterna.
Cuando esto decía oyose el tañido de un esquilón que sonaba muy cerca,
en el bosque.
—¿Qué campana es esta?
—La de Regina Cœli, la de Regina Cœli —gritó Tilín hiriendo el suelo
furiosamente con el pie.
—¡Es un convento, un asilo! —dijo ella—. ¡Dios mío, has venido en mi
ayuda!
Y la monja empezó a rezar. Pero Tilín le apretaba aún la mano.
Oyose entonces a muy poca distancia el ruido de gente a caballo que
poco antes obligara a Pepet apartarse del camino.
—¡Gente de armas! —balbució sor Teodora de Aransis, inundada en gozo—.
¡Me he salvado!
—El demonio, sí, el demonio es quien me ha jugado esta mala partida.
—Suéltame, perverso —dijo la dominica recobrando su entereza y dueña ya
de la situación—, suéltame.
Sacudió la mano, gritando:
—¡Socorro!
—Basta, basta —gruñó Pepet soltando la mano.
La monja dio algunos pasos hacia donde sonaba el esquilón, y Tilín
corrió hacia ella.
—Es usted libre —le dijo—. Pida usted hospitalidad a los frailes de
Regina Cœli... Me confieso vencido. El demonio se ha reído de mí.
—No me sigas, malvado, no me sigas.
—¿Qué pensarán de una religiosa que se presenta sola, a estas horas,
pidiendo asilo en un convento de frailes?
La monja se detuvo.
—¿Qué importa? —dijo—. Todo antes que estar en tu poder, monstruo. No
me sigas.
—Yo también quiero pedir hospedaje en Regina Cœli, yo también; estoy
cansado.
Pero Teodora se había adelantado y no le oía. Corriendo entre los
árboles, perdiose por un momento; pero al fin pudo salir a donde se
veía la oscura mole de Regina Cœli. El esquilón seguía tocando. La dama
vio una puerta y en la puerta luz, y esta luz iluminaba una figura, un
hombre, un fraile, cualquier cosa... Sin vacilar corrió hacia él.