—En la otra celda de la Isla... en el cuarto de la leña... en la
sacristía... No, mejor será en la iglesia... No, en la iglesia no...
En la covacha del hortelano..., no, en la torre... ¿Por qué no en la
iglesia?..., dentro de uno de los altares...
Estas palabras, dichas por sor Teodora de Aransis con la voz apagada,
los ojos fijos en el suelo y un dedo sobre el labio inferior,
demostraban la gran vacilación de su alma. Iba nombrando los distintos
lugares donde el caballero podía esconderse; pero tan pronto como los
nombraba los desechaba, por no ofrecer la seguridad absoluta que el
caso requería. El problema era dificilísimo; pero la dama se aplicaba
a él con la constancia y el ardor de un buen matemático. Después de
indicar varios sitios, apuntando en seguida sus inconvenientes, miró al
caballero y le dijo:
—Verdaderamente, no hay en la casa paraje alguno donde no pueda usted
ser descubierto. Si no se tratara más que de la noche, fácil sería...
pero usted quiere estar oculto toda la noche y todo el día de mañana...
—Hasta que se vayan esos salvajes.
La venerable madre, demostrando un interés que contrastaba un tanto con
su anterior desvío, volvió a enumerar los distintos rincones de San
Salomó.
—Hay aquí al lado una celda que no tiene uso —dijo—. Nadie entra en
ella... pero la madre priora guarda la llave... ¡y si se le antoja
entrar!... Tiene el don de hacer las cosas cuando menos falta hacen...
Suele venir a mi cocina, que está entre las dos celdas, y si siente
ruido... o si se le antoja... porque tiene unos antojos muy ridículos...
—Y recibo la visita de esa respetable señora... En tal caso procuraré
que no tenga quejas de mi cortesía.
—Quite usted allá, hombre de Dios —exclamó la dama, mostrando por
segunda vez al caballero su linda dentadura—. De todos modos, es
preciso que usted me deje sola lo más pronto posible... Bien podría
suceder que cualquier hermana pasase por aquí y viese un hombre en mi
celda... En tal caso resultaría muy mal recompensada mi generosidad.
—No pasará eso, señora. Las buenas madres duermen. Dios vela su sueño,
y los ángeles de la guarda impedirán que este acto caritativo sea
descubierto y mal interpretado por la malicia.
—Mucho confío en el amparo de los ángeles de la guarda y en la bondad
de Dios —dijo la señora—; pero lo mejor es que salga usted de aquí.
Estaban sentados los dos el uno frente al otro, junto a la mesa central
de la celda, y la luz de la lámpara iluminaba de lleno ambos rostros.
—Nadie que esto viera —añadió la monja contemplando a su huésped con
curiosa fijeza— podría interpretarlo como lo que es realmente, como un
acto caritativo... ¡Cuántos juicios equivocados se forman en el mundo!
¡Cuántas personas inocentes son víctimas de la maledicencia!...
—Pero hay un Juez que todo lo sabe, y que nunca se equivoca en sus
sentencias. A eso hay que apelar, despreciando los vanos juicios de los
hombres, inspirados siempre en el odio o la envidia... Pero no quiero
mortificar por más tiempo a mi bienhechora, permaneciendo aquí.
Se levantó.
—Estaba pensando —dijo la madre— que pudiendo trepar por una ventanilla
que está sobre la puerta de la sacristía, podría usted ocultarse
fácilmente en el camarín. Hay allí mil objetos... Pero no: el
sacristán ha dado ahora en la manía de arreglar aquello, y todo el
día está revolviendo trastos... ¿Dónde, Jesús Sacramentado, dónde?...
Déjeme usted pensar.
Apoyó la frente en la palma de la mano. El caballero se sentó de nuevo,
esperando las decisiones de su ángel bienhechor. Después de largo rato,
el caballero no oyó más que un suspiro.
—¿No halla usted mi salvación, reverenda madre? —dijo al fin Servet.
—¡Qué! —exclamó bruscamente ella como si fuera arrancada de una
meditación profunda.
—Lo mejor será que no se mortifique usted más por este desgraciado. Si
Dios ha decidido ampararme esta noche, nadie lo podrá impedir.
El caballero volvió a levantarse.
—Yo creo —dijo Teodora en tono de lástima y melancolía— que Dios no le
abandonará a usted si son ciertas, como creo, esas cristianas ideas que
ha manifestado. El que confía en Dios nuestro Señor y amantísimo Padre,
será salvo.
—Tantas, tantísimas veces me ha librado de inmensos peligros, que he
llegado a creerme invulnerable, y siento un valor muy grande para
acometer los trances difíciles. Mi secreta confianza en Dios me ha
sostenido durante mi juventud, la más borrascosa que puede imaginarse,
por las pasiones, los trabajos, las sorpresas, los compromisos, las
penalidades, los triunfos y las caídas que en ella hubo; y es tal mi
vida, reverenda madre, que yo mismo me recreo echando una ojeada hacia
atrás y mirando esas turbulentas páginas ya pasadas.
La idea de una vida agitada, fatigosa, llena de pasiones y sobresaltos,
de dolores y alegrías, contrastaba de tal modo con la idea que sor
Teodora tenía de su propia juventud, la más monótona, la más solitaria,
la más desabrida de todas las juventudes posibles, que la dama ilustre
sintió vivo interés ante aquella existencia que se le presentaba como
un drama vivo. Tanta era su discreción, que pudo disimular aquel
interés y curiosidad ansiosa, diciendo:
—La juventud del día vive en locos afanes. No dudo que la de usted
habrá sido y será de las más desasosegadas.
El huésped se sentó.
—La mayor desgracia de mi vida —dijo— ha sido siempre no poseer lo que
amo y amar todo lo que no puedo poseer, corriendo siempre detrás de
cosas imposibles.
—Ese mal parece muy común.
El caballero dio su opinión sobre esto, y sor Teodora se admiró de
observar en sí cierta cosa inexplicable, así como un deseo de saber
toda la vida del intruso hasta en sus más escondidos repliegues.
Despertaba en ella interés semejante al de una novela de la cual se
han leído algunas páginas que anuncian escenas conmovedoras. Después
de doce años de convento había sentido la reverenda madre un brusco
llamamiento de la vida exterior y mundana, de toda aquella vida que
había puesto, juntamente con sus magníficos cabellos, a los pies del
Esposo. Ella se asombraba de no estar todo lo horrorizada que debía en
presencia de un extraño, y se admiraba de oír con agrado, más que con
agrado con simpatía, la conversación del caballero desconocido.
Pero lo escandaloso de su situación revelósele después de un momento
de tristeza meditabunda en que se creyó libre, sin tocas, en el siglo,
rodeada de afectos nobles, en consorcio honrado y cariñoso con toda
clase de personas. Fue una visión breve y risueña, y tras la visión
vino un sobresalto y un grito de la conciencia semejante al alarido del
centinela que da el «quién vive».
Levantándose bruscamente, dijo:
—Esto no puede seguir. Salga usted y escóndase donde pueda... ¡No
parece sino que estoy tonta!
El caballero se dispuso a obedecer. El reloj de la ciudad dio la una.
Sor Teodora abrió cautelosamente la puerta y examinó la galería
y el claustro para ver si reinaba soledad absoluta. Sus sentidos
experimentaron impresión extraña. Tuvo miedo, lanzó una ligera
exclamación. Servet acercose a ella y vio que aspiraba el aire
fuertemente, cual si no bastándole sus ojos y oídos, quisiera explorar
con el olfato.