Por la parte exterior de la celda ocurría poco antes algo que merece
ser referido. La soledad y apartamiento de la Isla no eran tan grandes
que estuviese a salvo de la curiosidad monjil aquella interesante parte
del convento; y así como no hay bien que no tenga su sombra de mal, así
la independencia que gozaba la de Aransis tenía por enemigo el afán
inquisitorial de una madre que habitaba en el ala opuesta del convento,
frente a frente, claustro por medio, de la celda de sor Teodora.
Grandísima era la inclinación de la madre Monserrat a saber lo que
hacían o dejaban de hacer las otras monjas, y ya corrompiendo con mimos
y regalitos la discreción de las criadas, ya valiéndose de sus propios
ojos, había logrado ser un archivo lleno de cuantos datos pudiera
apetecer el autor que tuviese el capricho de escribir la historia
íntima de aquella antigua casa. Hacía con tal disimulo sus pesquisas, y
observaba con tal delicadeza y finura, que la mayor parte de las madres
apenas notaban la presencia de aquel diligente alguacil aposentado en
el extremo norte del ala de oriente.
Pero a ninguna de sus compañeras vigilaba con tanta gana y celo
tan vivo como a sor Teodora, la cual, por su hermosura, por su
orgullo y por antiguas rivalidades, tenía cierto derecho divino a
la fiscalización de la madre Mouserrat, según opinión de esta misma.
Bien puede afirmarse que los pasos de la de Aransis, sus entradas en
la celda y en la cocina, sus paseos por la huerta, sus visitas al
coro, ocupaban las tres cuartas partes del tiempo y del espíritu del
alguacil de enfrente. Ponía este especial atención en la hora a que
apagaba su luz la monja de la Isla; y cuando a las altas horas de la
noche estaba encendida la lámpara, la Monserrat salía paso a paso de su
celda, recorría la galería del ala de oriente, pasaba después por el
gran pasillo del cuerpo central, y recorriendo la galería del ala de
poniente acercábase con pasos ligerísimos a la celda de su enemiga, y
por un agujero, que allí habían hecho los ángeles sin duda, introducía
su alma toda en una mirada. Miraba como quien clava una aguja.
Algunas veces, al retirarse después de esta inspección, decía:
—Lo que yo me figuraba... Está leyendo novelas.
Otra noche, al retirarse, se santiguó tres o cuatro veces, y poniendo
cara de espanto, exclamó para si:
—¡Nuestra Señora de Monserrat nos valga!... Está con las tocas quitadas
poniéndose flores en la cabeza y mirándose al espejo.
La atisbadora iba a su celda por el mismo camino. Sus pasos no se
sentían: calzaba sus venerandos pies con alpargatas que parecían de
plumas.
Aquella noche (nos referimos a la noche del caballero hambriento, que
fue noche muy célebre en San Salomó) la de Monserrat hizo su viaje
de inspección, porque ya era la una y la celda de su víctima estaba
iluminada. Había que tomar acta de este peregrino caso.
La monja aplicó su oreja a la puerta, y... ¡por los sagrados clavos y
las divinas llagas de Jesucristo!... Se quedó helada de espanto. No
daba crédito a aquel su sentido acústico tan bien ejercitado y tan
experto. El agujerillo de vigilancia parecía que se había agrandado.
Adaptó la monja su ojo vidrioso... Miró, estuvo mirando un largo rato.
¡Cómo miraba! Creyó al principio que era alucinación; pero no: era
realidad, realidad.
Echó a correr tambaleándose; sus caducas piernas vacilaban, cual si no
pudieran sostener el formidable peso de su indignación. Se santiguó
repetidas veces, elevó las flacas manos al cielo; movió la cabeza, tan
semejante a una calavera, y murmuró:
—Ya me lo esperaba yo... En esto habían de parar las locuras de esa
mujer. ¡Piedad, Señor!
Dicen que la reverendísima estuvo a punto de dar en tierra con su
esqueleto, tal era el pavor que sentía; pero sacó de su demacración
senil las fuerzas que necesitaba para poder llegar hasta la madre
abadesa y referirle un caso tan horroroso. Los minutos que tardó en
llegar a la celda de la superiora le parecieron siglos de infamia, de
vilipendio, para la Orden de Santo Domingo.
La abadesa no estaba en su celda. Aquella buena señora, la más rezona
de las habitantes de la casa, acostumbraba dejar por las noches su
angosto lecho y bajar al coro, donde estaba en oración largas horas, de
rodillas sobre el mármol duro y frío, apoyando sus brazos en una silla
que le servía de reclinatorio y sumido el espíritu en las honduras
mareantes de la mística. Algunas monjas la imitaban en esta santa
costumbre.
Entró la vieja en el coro, y a la luz incierta de la lámpara que
alumbraba al Cristo, vio a la madre abadesa de rodillas. Acercose y le
tocó en el hombro.
—¿Quién es? —dijo la abadesa con voz soñolienta.
La de Monserrat se arrodilló a su lado y se persignó con precipitación.
—Soy yo —repuso—, que vengo a poner en conocimiento de...
—Ya... ya me lo figuro —dijo la madre abadesa incorporándose—. Yo
también empiezo a inquietarme.
—¿Sabe usted lo que voy a decirle?...
—Sí... que se siente olor a madera quemada.
—No, no es eso.
—Hace un rato que sentí ese olor —afirmó la madre abadesa husmeando el
aire—. ¿No siente usted?
—Fuego hay en el convento; pero es un fuego que no se ve.
—¿Qué me dice usted, señora?
—Dentro del convento ha entrado esta noche un hombre.
—Usted sueña, hermana... Pues no me queda duda... ¿No huele usted a
quemado?
—Será que en las murallas han encendido alguna hoguera... Cuando pasan
cosas graves, cuando el convento está profanado, deshonrado por la
infamia y el sacrilegio, no conviene pensar en fruslerías.
La abadesa se levantó.
—¡Un hombre! Eso no puede ser —dijo con espanto.
Y al punto se puso a temblar.
—Un hombre, sí. ¿No sé yo lo que es un hombre?
—¿En dónde?
—En la celda de una religiosa.
La abadesa cesó de temblar y empezó a reír. El caso le parecía tan
absurdo, tan inverosímil; estaba además tan acostumbrada a los
ridículos terrores de sor María Monserrat, que no pudo permanecer seria.
—Si a la abadesa de esta comunidad —dijo la delatora— le falta valor
para llamar a la puerta de la celda donde se está consumando el
horrendo sacrilegio, yo lo haré. No temo nada: no me importa que un
asesino...
La monja no pudo continuar, acometida de una tos muy fuerte.
—¡Oh!... sí, parece que hay humo aquí —dijo en tono de alarma.
Las dos monjas se acercaron a la reja que daba al altar mayor.
—¡Humo, humo!
A un tiempo brotó esta exclamación de una y otra garganta. A la
indecisa luz de la lámpara veíase una como niebla espesa que envolvía
los oropeles del altar churrigueresco.
Las dos monjas corrieron de aquella reja a otra que al claustro daba.
—¡Jesús de mi alma! —gritó la madre Monserrat llevándose las manos a la
cabeza—. ¿Qué es esto?... Un hombre..., dos hombres, tres hombres...,
les he visto correr por el claustro hacia la sacristía...
La abadesa se quedó tan aterrada que no pudo ni hablar ni moverse.
Volvieron a asomarse a la reja de la iglesia. Una claridad tenue y
rojiza llenaba el recinto sagrado, permitiendo ver las imágenes, las
colgaduras, los altares: era un aspecto siniestro y horripilante.
Las dos monjas corrieron hacia el claustro. Oyéronse las pasos
precipitados de tres religiosas que bajaban. En el patio había
también algo de humo. Corrieron todas a la puerta de la sacristía; la
empujaron: estaba abierta. Cuando la puerta cedió, las cinco madres
lanzaron espantoso grito y retrocedieron de un salto. Por la puerta
salió una bocanada, un chorro, una manga formidable de humo negro,
espeso, resinoso, y en el fondo del centro oscuro vieron las llamas que
brillaban y extendían sus rojas lenguas por las paredes.
Todo San Salomó no tuvo más que una voz para gritar: «¡Fuego!».