Poco después los blancos, finísimos dedos de Teodora se acercaban
temblando a la herida y tocaban sus bordes doloridos. El semblante de
la religiosa era todo compasión, y el del aventurero gratitud.
—Esto debe lavarse —dijo ella.
Sin detenerse echó agua en una jofaina de plata, añadiéndole gotas de
una esencia aromática que perfumó la celda. Después de lavar la herida
aplicó sobre ella el vino que había batido con aceite, y la vendó al
fin cuidadosamente.
Clavando sus negros ojos en el herido, señaló la puerta y le dijo:
—Ahora...
—Ahora, sí —repuso él de mala gana sin moverse de su silla—. Si yo me
atreviera a decir a la señora una cosa...
Hablaba en el tono más humilde.
—¿Qué cosa? —preguntó sor Teodora con severidad.
—Que me muero de hambre, señora.
Al decir esto parecía que sus fuerzas se extinguían y que iba a perder
el conocimiento. La monja miró al suelo, luego al intruso, después a la
rica alacena de talla que guardaba tantos tesoros.
—Las inmensas fatigas del día de hoy —añadió Servet con profunda
lástima de sí mismo— no me han permitido llevar un pedazo de pan a la
boca. El hambre y el cansancio me agobian de tal modo, señora, que si
usted me arroja de aquí en este triste estado, no podré dar un paso.
La venerable madre volvió a fruncir el ceño. Parecía vacilar. Después
dirigiose a la alacena y sacó de ella un objeto que despedía olores
gratísimos al olfato: era una gallina asada. Su dorada pechuga, sus
gordos muslos medio achicharrados por el fuego, decían «comedme». El
hambriento se reanimó solo con la vista de tan hermosa pieza, honra de
las cocinas de San Salomó.
Sin decir una palabra, la monja tendió sobre la mesa un mantelito,
blanco y limpio como el cuello de un cisne; puso en él la fuente con la
gallina, un pan entero y una botella de vino blanco, que en el subido
color de oro y delicadísimo aroma indicaba sus muchos años. Hecho esto,
sin olvidar el cubierto y un vaso de plata, se apartó de la mesa, y
tomando una silla sentose en ella, volviendo la espalda al intruso,
que había caído ya sobre la cena. Sor Teodora no acompañó con una sola
palabra su acción, ni tampoco con una sola mirada. Tomando su libro de
oraciones, se puso a leer.
—Si mil años viviera —dijo el hambriento, después de los primeros
bocados—, no tendría tiempo bastante para agradecer a usted lo que ha
hecho por mí esta noche, venerable madre.
Hubo una pausa, durante la cual nada se oía más que el ruido del
comer. La de Aransis miró de reojo: viendo que el intruso, después de
despachar media pechuga y un ala, se detenía, levantose y de la alacena
sacó unas lonjas de jamón adornadas con esa filigrana de cocina que
llaman huevo hilado y es tan agradable al paladar como a la vista.
—Gracias, señora —murmuró don Jaime—. Mi hambre ha sido satisfecha, y
me basta.
La monja sacó también un plato de confituras y se lo puso delante.
Sin mirarle ni cambiar con él palabra alguna, volvió a su asiento y
tomó su libro. ¡Qué ganas de rezar le habían entrado! Sin duda quería
desagraviar a Dios del grandísimo desacato y profanación que la entrada
de aquel hombre en su celda representaba. Pero el aventurero se cansó
del largo silencio, y deseoso de romperlo, habló de este modo:
—Bien sé, reverenda madre, que el hombre que ha entrado aquí como un
ladrón amenazando y aterrando, no merece ser tratado con miramiento ni
consideración. Lo más que se puede hacer por él es darle una limosna;
pero nada más, nada más.
Sor Teodora no pronunció sílaba ni movió pestaña. Parecía una de esas
estatuas en que el arte ha representado a un grave personaje histórico
leyendo sobre su sepulcro.
—Bien sé que este hombre no merece consideración —añadió el caballero—.
Si se le conociera bien, quizás la tendría; pero no se le conoce, no
es más que como un saltador de tapias. ¡Ah!, si se conocieran sus
inmensas desgracias, los móviles que le han traído aquí, quizás,
quizás no tendría el sentimiento de ver apartados de sí los ojos de su
bienhechora. Permítame usted —añadió dirigiéndose a ella— que me duela
de este desvío. No estoy acostumbrado a él. He tenido la suerte de
encontrar hasta hoy simpatías, afecto, amistad en todas partes. Bien
sé que pedir esto en el caso presente sería mucho pedir... He recibido
mucho más de lo que podía esperar, y mi gratitud será eterna.
Inclinose profundamente con el mayor respeto.
—Demasiado favor es —dijo sor Teodora sin mirarle— auxiliar a un hombre
desconocido que ha entrado aquí como entran los ladrones sacrílegos.
Entonces le miró, y con súbito enojo le dijo:
—¿Pero no se marcha todavía?...
—Espero las órdenes de mi dueño —replicó el intruso inclinando su
cabeza.
—Váyase usted.
—¿A dónde, señora?
—Al infierno... ¿Qué sé yo?
—No puedo salir de San Salomó mientras estén en Solsona las guerrillas
de Navarra. Me es imposible, señora. Si salgo, mi muerte es segura,
entre mis cazadores hay uno que jamás perdona.
—¿Y qué me importa eso? —dijo la monja alzando bruscamente los hombros
y cerrando el libro.
—Yo he puesto mi vida en manos de usted, señora; en esas manos que han
nacido para ser generosas y que lo serán, aunque usted misma no quiera.
He entregado a usted mis armas. Estoy indefenso. Si usted no quiere
completar su acción caritativa ocultándome en el convento por esta
noche, abra esa puerta, llame a las buenas madres que duermen, alborote
la casa, toque la campana de alarma, llame a las autoridades de la
ciudad, y entrégueme a ellas. Si usted lo hace, lo acepto; recibiré mi
perdición y mi muerte como si vinieran de Dios.
—¿De modo que insiste usted en quedarse aquí? —dijo la de Aransis
confusa y asombrada.
—Por mi voluntad sí, señora, porque nadie va voluntariamente a su
ruina. Si usted en conciencia cree que debo ser arrojado de este asilo
que me deparó la Providencia, arrójeme en buen hora.
—¿Hase visto un descaro igual?... ¡Un hombre en mi celda!... ¡Jesús y
María Santísima de mi alma!
La madre se llevó las manos a su preciosa cabeza cubierta con las
blancas tocas.
—No pretendo que usted me oculte aquí, sino en cualquier otro sitio
donde esté seguro. Lo pido como se piden los favores, no con amenazas
ni con armas; usted hará lo que su conciencia le dicte, señora: o
entregarme a mis enemigos, o salvarme.
—¿Cómo he de salvar a quien no conozco, cómo? No es virtud, sino pecado
ocultar al criminal y ponerle a cubierto de la justicia.
—Yo no soy criminal, ni nunca, nunca lo he sido, señora —declaró el
intruso con acento patético y conmovido.
Su acento tenía la admirable entonación del honor verdadero, que no
puede confundirse con ninguna otra. Los histriones más hábiles apenas
pueden fingirla. Sor Teodora, que tenía su alma fácilmente abierta a
la convicción, principió a experimentar hacia Servet las agradables
sensaciones que producen los movimientos de benevolencia en el corazón
humano.
—Por el que está en esa cruz —dijo el herido extendiendo su mano hacia
el crucifijo—, juro que no soy criminal, que no lo he sido nunca, que
esta cacería que ahora sufro no es movida por ningún hecho deshonroso.
—¿El cazador de usted quién es?
El caballero vaciló un instante. Comprendiendo que la verdad le
salvaría, dijo:
—Es un celoso.
—¡Un celoso! —repitió sor Teodora sintiendo su cerebro cargado de ideas
que repentinamente entraron en él.
—Un celoso y además un fanático. Si yo le contara a usted esa
historia, usted, que es buena y noble, dejaría de ver en mí un criminal
atrevido; y si en el curso de ella aparecían faltas graves, seguro
estoy de que me las perdonaría.
—Tal vez no —replicó ella, que había empezado a sentir abrasadora
curiosidad sin poder precisar de qué ni por qué.
—Y pongo por testigo a Dios de que la protección que usted se digne
concederme esta noche no será mal empleada ni recaerá en persona
indigna de ella. No es vanidad, señora, lo que voy a decir: si usted,
faltando a todas las leyes de la caridad, diera la voz de alarma y me
entregase a mis enemigos, cometería un crimen abominable, porque crimen
es entregar al verdugo un inocente.
Sor Teodora replicó frunciendo el ceño:
—Eso podrá ser verdad y podrá no serlo.
—Sí, podrá ser verdad y podrá no serlo. Pero esto no lo ha de decidir
el discernimiento frío de un juez, sino el corazón noble y generoso de
una dama, de una religiosa, de una santa. Elija usted, señora.
Sor Teodora dio un gran suspiro, indicio cierto del grave compromiso en
que estaba su alma, fluctuando entre el rigor de los deberes monásticos
y la bondad de su corazón. No siempre va este en perfecto acuerdo con
las tocas.
—No me será muy difícil creer —dijo después de una larga pausa— que
no estoy delante de un ladrón, bandolero o asesino. Bien veo por su
lenguaje que no pertenece usted a esa pobre clase plebeya, de la cual
salen todos los malvados. Hasta llegaré a creer que pertenece usted a
la clase más alta de nuestra sociedad. Ciertos modales y lenguaje no se
adquieren sino habiendo nacido a larga distancia del populacho... Pero
hay muchas especies de criminales desde que la política ha trastornado
la sociedad, y quizás usted, sin ser precisamente reo de esos feos
delitos, propios de la baja plebe, haya cometido otros que me vedarían
en absoluto ampararle.
—Señora, no comprendo a usted.
—Desde que me entregó sus armas, desde que usted me habló de esa
terrible persecución que sufre, formé un juicio que creo ha de
resultar cierto. A ver si me engaño: el afán con que usted huye de los
guerrilleros de Navarra, es porque sin duda algún celoso defensor del
altar y el trono ha visto en usted a un enemigo de esta causa sagrada.
Usted es espía de Calomarde y de las tropas del Rey, que ya están sobre
Cervera. ¡Oh!, señor mío, no creo en la farsa de esa cacería por celos,
no; tanta inquina en ellos, tanto recelo en usted, me prueban que anda
por medio la pasión de las pasiones..., la política. ¿Y siendo usted
amigo de esos hombres corrompidos que vienen a sofocar esta santa
insurrección por la fe, se atreve a buscar asilo dentro de los muros
sagrados de San Salomó?... ¡Qué audacia!
—¡Oh, señora! —exclamó el caballero cruzando las manos—. Nada podré
ocultar a usted. Dios ha dispuesto que me revele a mi bienhechora tal
como soy... Me he fiado a su generosidad, y su generosidad no puede
faltarme. Hallo en usted un carácter que despierta en mí grandísima
afición y simpatía, y no puedo dejar de corresponder a ese carácter
mostrando la parte principal del mío, que es el amor a la verdad. El
corazón me dice que de tan noble y hermosa dama, que de tan ejemplar
religiosa no he de recibir más que beneficios. Señora, me presentaré a
usted con mi verdadera forma, y así me haré más acreedor a su amparo...
Yo no soy espía de Calomarde.
—Entonces.
—Los defensores de la llamada causa apostólica y los realistas de
Madrid son igualmente extraños a mis ideas y a mis acciones. Habiéndome
impuesto ahora el deber de decir a usted la verdad pura, creyendo que
así ha de tomar más interés por mí, le diré... Salga lo que saliere,
señora, digo a usted que soy liberal.
Sor Teodora sofocó un grito y se puso pálida.
—Y repito ahora lo que antes dije —manifestó el intruso arrodillándose
ante la monja en la actitud más respetuosa—. Reverenda madre, disponga
usted de mi suerte. Entrégueme usted a mis enemigos o salve esta pobre
vida, según lo que su conciencia le dicte.
—¡Jacobino! —murmuró sor Teodora santiguándose.
—Así nos llaman —dijo festivamente, permaneciendo de hinojos y alzando
los ojos para contemplar la soberana hermosura de la monja—. Así nos
llaman... De modo que tiene usted de rodillas a sus pies al mismo
demonio.
—Levántese usted —dijo la de Aransis bruscamente.
—No me levanto hasta no oír mi sentencia de esos labios —repuso
galantemente el caballero—. ¿Será posible que mi franqueza no despierte
en usted la piedad? A un hombre que muestra así el más grave de sus
secretos, ¿se le puede negar amparo?
Sor Teodora había llegado al más alto grado de confusión. Bien lo
comprendía Servet, el cual, conocedor del corazón humano, había
visto en la ilustre dama uno de esos caracteres que se conquistan
más fácilmente con la verdad y la franqueza que con la violencia y
la amenaza. La de Aransis era, en efecto, como él la creía. Para
conquistar su benevolencia era preciso confiársele resueltamente,
someterse a ella sin rodeos. El desconfiado, el artificioso, el astuto,
no serían sus amigos; pero el franco, el leal y el verdadero sí.
—Lo que usted me ha dicho —indicó mirando tan fijamente al caballero
que parecía querer penetrar sus pensamientos más íntimos— me mueve a
tratarle como el mayor enemigo de esta casa. Yo no puedo dar asilo a un
jacobino, enemigo de los reyes de la fe.
Servet inclinó su cabeza en señal de resignación.
—Por consiguiente —añadió ella alzando la mano y estirando el dedo
índice como un predicador—, voy a dar aviso a la comunidad para que
llame a las autoridades de Solsona.
El caballero se inclinó otra vez. Las miradas y el tono de sor Teodora
no parecían indicar sentimientos tan crueles como los que sus palabras
expresaban.
—Sin embargo —añadió—, prometo ocultarle y favorecerle, si me revela
el objeto de su venida a Solsona y las conspiraciones de jacobinos
que entre manos trae... porque usted ha venido sin duda con algún fin
contrario a esta porfía apostólica que hay ahora.
—Si yo comprara a ese precio el favor de usted —dijo el caballero con
entereza—, sería un miserable. Yo creí que usted no me tendría por
un miserable. ¡Revelar lo que se nos ha confiado como un secreto!
No, señora. En lo que usted me pide, acaba la franqueza y empieza el
deshonor. La reverenda madre no sabrá nada de mis labios. Yo no soy
traidor a mis amigos y favorecedores. ¿Esperaba usted mi contestación
para dar la voz de alarma a la comunidad?, pues ya la tiene... He dicho
antes que me sometía en cuerpo y alma a mi bienhechora. Desarmado
estoy..., puede perderme si gusta; salga usted..., no tema que lo
impida violentamente.
Corriendo a la puerta puso su mano en el picaporte.
—Quieto —dijo vivísimamente Teodora corriendo a impedir aquel
movimiento.
—Es que no puedo acceder a la traición que me exige.
—No importa..., yo no quiero que nadie sea desleal —replicó la monja,
acompañando su voz de un ademán tranquilizador—. Me he acordado de mi
pobre hermano, que tiene también la desgracia de ser jacobino. ¡Pobre
hermano mío! A su recuerdo debe usted mi piedad.
—¿Entonces me favorece usted, se decide a ampararme?
—Sí —repuso ella sonriendo ligeramente.
Pareciole a Servet, al ver aquella sonrisa, que veía, como vulgarmente
decimos, el cielo abierto.
—¡Oh, gracias, gracias, señora! —exclamó acercándose a ella con
intención evidente de besarle las manos.
—Por Dios, hable usted más bajo, más bajo —dijo sor Teodora retirándose
y poniéndose el dedo en la boca.