Conviene apartar los ojos por ahora de los sustos y congojas de aquella
noble mujer, sometida por el pícaro Enemigo Malo a duras pruebas, para
fijarlos en los pasos, cada vez más torpes, del infelicísimo voluntario
realista, el cual parecía, no ya sometido a pruebas o escrúpulos,
sino arrastrado al mismo infierno por Satanás, atizador infame de
las humanas pasiones, perturbador de aquellas almas que encuentra
organizadas con alientos grandes, mas sin el sostén de un sentido moral
muy puro.
Por noticias de fiel origen sabemos que Tilín, luego que salió de la
celda de sor Teodora de Aransis, dejando a esta sin habla ni sentido,
montó a horcajadas sobre el barandal de madera, y sin esfuerzo alguno,
inclinándose de un lado, puso el pie en los palos horizontales del
emparrado. No era preciso ser gran equilibrista para andar por allí,
a causa de la robustez de los maderos. Andando a gatas y cuidando
de evitar los barros ocultos por el follaje, se podía recorrer aquel
camino aéreo, especie de puente echado desde la galería hasta el
palomar, que estaba en el mismo borde de la tapia, punto donde acababa
el convento y empezaba el mundo. El palomar tenía un reborde por el
cual se podía andar fácilmente agarrándose a los ladrillos de las
paredes que lo formaban; pero al llegar a la tapia, que en aquel sitio
formaba un ángulo entrante casi recto, cesaba todo camino y era preciso
volar para salir del convento. La pared era en lo exterior lisa,
perfectamente vertical, y su altura de doce varas hacía ilusoria toda
tentativa de escalamiento para entrar o de salto para salir. Tilín miró
hacia abajo y vio que todo era tinieblas en el callejón oscuro formado
por las tapias de San Salomó y las murallas de la ciudad. Parecía
aquello un abismo sin fondo, propio para que un desesperado arrojase en
él la enojosísima carga de la vida.
Pero no era esta la intención del joven realista. Ya sabía él por dónde
andaba. En lo alto de la tapia, y asegurado entre los ladrillos del
ángulo que esta formaba con la pared del palomar, había un fortísimo
clavo, del cual pendía hacia fuera una soga. La hábil colocación de
esta y la firmeza del hierro que la sostenía, indicaban no ser aquel
un trabajo del momento, improvisado por la pasión o el capricho, sino
más bien obra de premeditación hecha con estudio y en sazón oportuna.
El lector, si tiene memoria, comprenderá cuándo fue hecha esta obra.
Tilín confió su cuerpo a la cuerda y echose fuera, descendiendo
lentamente con los puños, y al llegar a distancia como de tres varas
del suelo, buscó con el pie un objeto en la superficie de la pared.
Hallado al fin aquel objeto, que era un segundo clavo tan sólido como
el de arriba, y apoyando en él su pie, dejó la cuerda, agarrose con
los acerados dedos a los huequecitos de los ladrillos, y desde allí se
arrojó al suelo.
En el momento de caer, una voz sonó a su lado, y manos nada blancas le
tocaron los hombros. La voz dijo riendo:
—Date preso, seductor de monjas.
—¡Quién va! —gritó Tilín desasiéndose de aquellas manos y arremetiendo
a su descubridor con amenazadores puños.
—Alto, alto, señor Tilín —dijo este agarrotando las muñecas del
sacristán con mano vigorosa—. Soy amigo. No tema usted nada de un pobre
prisionero. Jamás he sido protector de monjas, y si lo fuera, callaría
este caso, porque tampoco soy delator...
—¿Quién es usted?
—¿Tan desfigurado estoy que no me conoce? —dijo acercando su rostro al
de Pepet.
—¡Ah! es el señor Servet, si no me engaño.
—El mismo; y si por carácter no fuera discreto, seríalo ahora por
tratarse de un hombre a quien eternamente debo gratitud por la libertad
que me ha dado.
—El demonio cargue con usted y con su gratitud —replicó Tilín, cuyo
enojo no podía aplacarse con las corteses manifestaciones del que en
tan mala ocasión le había sorprendido.
—Y con el mal humor de usted —añadió el llamado Servet—. En ninguna
parte está mejor un secreto que en el pecho de un hombre agradecido.
Si en vez de ser yo quien pasaba por aquí hubiera sido otro, el señor
Tilín habría tenido un disgusto. Mañana sabría toda la ciudad que las
monjas de San Salomó...
—¡Por las patas y el rabo de Satanás! —gritó Tilín con ira—, que si
usted habla mal de las señoras o las ultraja, aquí mismo le arranco el
corazón. Tengo ganas de matar a alguien.
—Hombre, ¡qué capricho!... Pues a mí me pasa lo mismo —dijo Servet
flemáticamente—. Aquí tengo dos pistolas y un cuchillo de monte que me
ha dado el señor de Guimaraens.
—Pues vamos —gritó Tilín como un insensato, dando algunos pasos hacia
la puerta del Travesat.
—¿A dónde?
—A matarnos.
Si la noche hubiera estado clara, se habría visto en los ojos de Pepet
Armengol el brillo siniestro de la locura.
—Eso debe meditarse antes —dijo el caballero don Jaime con gravedad no
exenta de burla—. Mi vida actual no es precisamente de las que merecen
el nombre de deliciosas; pero ¡qué demonio!, es preciso llevarla a
cuestas, y la llevaremos; no faltará un cabecilla que nos alivie de ese
peso.
—¡Déjeme usted... déjeme usted solo! —exclamó Tilín apoyando su cuerpo
en la muralla de la ciudad y hundiendo la barba en el pecho.
—Pues adiós, adiós. Nunca me ha gustado ser importuno.
El caballero dio algunos pasos para alejarse. Con violento ademán
se abalanzó Tilín hacia él, y deteniéndole por un brazo acercó el
martilludo puño a su rostro y le dijo:
—Si usted deja escapar una palabra, una palabra sola que ofenda la
honra, la fama y la santidad de las señoras de San Salomó, encomiéndese
usted a Dios. ¿Está entendido?
—Entendido. Yo no he visto nada. Puede volver a subir si gusta.
—No subiré más, no. No subiré más —bramó el voluntario moviendo la
cabeza con desesperación—. Y si subo o no subo, a usted poco le
importa. Las madres de San Salomó son honradas. No hay ninguna que no
lo sea. Yo soy el criminal, ellas no.
Servet encogió los hombros y volvió a retirarse.
—No, no se vaya usted —dijo Tilín deteniéndole primero y siguiéndole
después.
—Pronto cambiamos de parecer, amigo.
—Yo no tengo amigos. ¡Ay!, si tuviera alguno le pediría un consejo.
—Pues cuente usted que yo soy ese amigo y ábrame su corazón.
—No, no, no. Mi corazón no se abre, no puede abrirse; está ya soldado
con plomo derretido.
—¡Qué exaltación, señor Tilín! Vámonos de aquí. Entraremos en la
taberna de Mogarull o de Guasp, y beberemos un poco para que al buen
guerrillero se le despeje la cabeza.
Tilín se dejó llevar como un idiota.
—Yo siento haber sorprendido un secreto tan delicado como el que
acaba de descubrirme la casualidad —añadió el caballero mientras se
internaban en la ciudad—. Pero no es culpa mía, sino de la Providencia.
Yo entré por la puerta del Travesat. Venía de casa del señor de
Guimaraens, que, entre paréntesis, si debe a usted la libertad, no
puede olvidar que le debe también la prisión, y aguarda una coyuntura
para desollarle vivo. Mi señor don Pedro, luego que salimos de la
cárcel, me llevó a su casa, diome de comer y de vestir, obsequiándome
con tanta finura que no sé cómo pagarle. Todo cuanto he necesitado lo
ha puesto a mi disposición menos una cosa que me hace suma falta: un
caballo, un caballo, señor Tilín, que me lleve a la frontera antes que
estos benditos apostólicos vuelvan a prenderme.
—¡Un caballo! —repitió Tilín sin atender a la narración de Servet.
—El señor de Guimaraens, que salió anteayer para Cervera a ponerse a
las órdenes del conde de España..., ¿no sabe usted que tenemos encima
las tropas reales?..., se despidió de mí con grandísima pena y me dijo:
«Querido Servet, siento no poder darte un caballo; pero te ofrezco mi
tartana, que es la mejor pieza que rueda en Cataluña». ¡Donoso regalo!
Heme aquí, Tilín amigo, dueño de un coche que de nada me sirve y que
daría por la pezuña de un caballo.
—¿Un coche? —dijo Tilín vivamente, con muestras de gran interés.
—Sí, esa preciosa alhaja la tengo en una cabaña que está a cien
varas de la puerta del Travesat. Esta tarde he traído mi vehículo
gallardamente tirado por un asno, sobre cuyos lomos he roto medio
fresno sin conseguir hacerle salir de un pasillo morigerado y tímido
que me quemaba la sangre. Mi ánimo es buscar un caballo en Solsona,
empresa difícil, porque carezco de amistades en esta generosa ciudad
de mis entrañas. Pero confío en Dios, que ya me ha dado pruebas de su
protección deparándome un amigo al dar mi primer paso dentro de estos
benditos muros... ¿Benditos dije?... ¡Si yo os viera hechos polvo
juntamente con toda la caterva apostólica!... En suma, señor Tilín
amigo, yo considero harto feliz nuestro encuentro, acaecido del modo
más extraño. Entraba yo por la calle de los Codos, pensando en el coche
que tengo y en el caballo que no tengo, cuando pareciome sentir ruido
en lo alto de la tapia de San Salomó. Miré y no vi nada. Detúveme...
—No quiero que nombre usted a San Salomó.
—Detúveme, y al fin vi un bulto que descendía por una cuerda.
—Basta.
—Era un hábil trabajo de volatinero que merecía verse, mayormente
cuando se veía gratis. El bulto se desprendió arrojándose al suelo. Hay
un clavo a la altura de la mano, señor Tilín. La idea es ingeniosa.
—Digo que basta.
—No se hable más del asunto. Lo principal es que realmente yo soy aquí
el que cuelga, el que pende, no digo de una soga, sino de un cabello,
y bajo mis pies miro, no la deleitosa calle de los Codos, sino el
insondable abismo de mi perdición.
—¿Necesita usted un caballo?
—Sí, un caballo a quien confiar mi pobre persona para que la ponga en
la frontera sana y salva. Si estoy aquí un día más, señor guerrillero,
me expongo a perder otra vez mi libertad. En el caso de que los señores
apostólicos que hay en la ciudad y los que pronto vendrán fueran
misericordiosos conmigo, ¿cuál sería mi suerte el día en que entrase
en Solsona el conde de España, vencedor y vengativo? Y ese día no está
lejos, amigo Tilín; ya se han visto tropas del rey a dos leguas de
aquí. Guimaraens recibió anteayer órdenes fechadas en Cervera.
—¿Y teme usted al conde de España? ¿Pues no es usted espía de Calomarde?
—¡Espía yo!
—Entonces no hay duda de que es usted sectario y jacobino. Tenía razón
Pixola.
—Tampoco soy jacobino.
—A mí no me importa que sea usted el mismo Lucifer, capitán del
infierno —dijo Tilín—. Nada me asusta. No tengo ya afición a ninguna
causa política; todas me son indiferentes, mejor dicho, todas me
interesan con tal que destruyan.
—¡Destruir!
—Sí, destruir. Dígame usted, ¿no está la corte minada por los masones?
¿Es cierto, como aquí nos han dicho, que si los masones triunfan,
destruirán todo, y no dejarán en pie nada de lo que hoy existe?
—Los masones no triunfarán.
—¿Qué bando hará tabla rasa de todo?
—El de ustedes si triunfara; pero tampoco triunfará.
—¿Y Calomarde pegará fuego a toda Cataluña?
—No lo creo; pero fusilará todos los cabecillas que coja.
—Pregunto si pegará fuego a toda Cataluña.
—No lo sé.
—¿Y no demolerá las ciudades?
—Mucho es eso.
—Entonces ¿quién volverá el mundo del revés?
—Tampoco lo sé; pero de seguro habrá alguien que lo haga.
—¿Y quién lo hará?
—Uno que puede mucho.
—¿Es fuerte?
—Más fuerte que todos los tronos, que todos los partidos, que todos los
hombres.
—¿Quién es?
—El tiempo.
—¡El tiempo! ¿Dónde está ese tiempo que no viene?
—Ya vendrá.
—¡Oh!, tarda.
—Es propio del tiempo tardar.
Tilín calló después profundamente. Seguían andando; de pronto detúvose
el guerrillero, y mirando al cielo con espantados ojos y haciendo un
gesto convulsivo como si al mismo cielo amenazara, exclamó:
—¡Me aborrece!
—¿Quién?
—¡Necia pregunta! —dijo Tilín apretando fuertemente el brazo del
caballero—. No tengo amigos: yo no confiaré a nadie lo que me pasa...
Señor Servet...
—¿Qué?
—Míreme usted.
—Ya miro.
Los dos hombres se contemplaron lúgubremente en la oscuridad de la
noche.
—Señor Servet —prosiguió Tilín, acercando más su rostro al de su
improvisado amigo—. ¿Es cierto que yo soy horrible?
—No, ciertamente. Un corazón generoso, una figura tosca, aunque
enérgica y simpática, no pueden ser horribles.
—¿Entonces, no es cierto que yo sea un monstruo?
—¿Un monstruo?
—Sí lo seré; pero de maldad, de... no sé de qué.
Después meditó largo rato, apoyado en un poste de las arquerías de la
plaza de San Juan.
Delante de él, Servet contemplaba su faz sombría, alumbrada a ratos
por la mirada, y su fuerte y áspera cabellera, que parecía tormentosa
nube pesando sobre un horizonte inflamado en ciertos momentos por la
sulfúrea luz del relámpago. El caballero cortó el silencio diciendo:
—Usted se ha malquistado con sus jefes. Es indudable que si le cogen
los cabecillas apostólicos le fusilarán, y si cae en las manos del
conde de España, le fusilará también. La común desgracia nos hará
amigos y compañeros. Ayudémonos mutuamente, y huyamos juntos.
—¡Huir! —murmuró Tilín con sordo gemido—. Yo también huiré.
—Iremos juntos.
—No, yo tengo que hacer algo en Solsona.
Miró al cielo hacia la parte donde estaba San Salomó.
—Lo que más importa es no perder tiempo, porque mañana, quizás dentro
de algunas horas, no habrá remedio para nosotros. Ya sabe usted que las
facciones da Aragón y Navarra, en la imposibilidad de hacer cosas de
provecho en aquellas provincias, vienen a reforzar las de Cataluña.
—Yo no sé nada.
—Se dice que pronto llegarán a Solsona. Yo temo volver a visitar los
aposentos subterráneos del Ayuntamiento, y usted no debe vivir muy
tranquilo puesto que ya está declarado rebelde, y no tardarán en
declararle vendido a Calomarde. Sé lo que son revoluciones, y sé cómo
se trata en ellas a los que después de haberlas servido las abandonan.
Tilín no atendía a las razones harto discretas del forastero. Abstraído
en otros pensamientos, dijo de súbito:
—Yo tengo una casa en Cadí... allá en los bosques de la Cerdaña, donde
apenas hay raza humana... ¡Qué soledad, qué soledad tan grande!
—¡Ah! —dijo Servet—. ¡Un buen guerrillero, cansado del mundo y herido
en el corazón por los desengaños, se retira a hacer vida de anacoreta
en su casa solar! Muy bien. Me gusta esa idea, que responde a dos
necesidades urgentes: la de descansar de las fatigas de la guerra, o
de los sobresaltos amorosos, y la de ponerse a veinte leguas del conde
de España, cuya compañía debe evitar quien estime en algo la vida. Y
el conde de España está en Cataluña..., lo que equivale a decir que
nuestras cabezas y las cabezas de todos los guerrilleros apostólicos
están sobre el tajo. En mal hora vendrán esos valientes navarros y
aragoneses, como no vengan, según se ha dicho, a someterse.
—El locutorio —dijo Pepet de súbito— está al lado del camarín, donde
guardábamos el altar viejo y las piezas del monumento.
Pasmado se quedó el forastero al oír razones tan incoherentes y que
tan mal respondían al asunto de que se trataba. Continuó hablando de
la necesidad de huir, de la absoluta perdición de la causa apostólica;
y cuando pidió a Pepet su parecer sobre tan importante opinión,
respondiole el irritado voluntario:
—De aquí a mi casa de la Cerdaña... cuatro jornadas y cuatro descansos:
uno en Regina Cœli, otro en Vilaplana, otro en Nargo, otro en
Querforadat.
Oyendo razones tan desconcertadas, Servet pensó que aquel hombre había
perdido el juicio.
—¿Cree usted —dijo Tilín echándose las manos a la espalda y dando
algunos pasos en contrario sentido—, cree usted, señor Servet, que el
viento sur me será favorable?
—Si piensa usted ir en buque...
—No es eso: digo que será favorable... ¡Oh! No, mejor será el viento
nordeste.
Y miró al cielo para ver la dirección que llevaban las nubes.
—Norte fijo —afirmó Servet mirando también y riendo de los
despropósitos de su nuevo amigo—. Cataluña necesita un poco de fresco
para limpiar su atmósfera de lo que viene del sur. También tenemos al
rey don Fernando en camino de esta tierra, y según todas las noticias,
ya debe de estar cerca de Tarragona. Ese solícito y paternal monarca ha
querido venir por sí mismo a aplacar la insurrección... ¿Sabe usted,
señor Tilín, que más me huele a cáñamo que a pólvora?
El voluntario no contestó sino después de pasado un rato.
—Todo podrá quedar hecho en una hora —dijo mirando con extravío a don
Jaime—, y se hará, se hará.
Al decir esto, oyose lejano y ronco el ruido de los tambores de guerra,
y algunos hombres pasaron presurosos por la plaza, disputando. Reuniose
bastante gente, y entre el rumor de las hablillas oyose:
—Las facciones de Aragón... ahí están.
—Ahí tenemos ya a la canalla que faltaba —dijo Servet—. Ya vengan a
pelear, ya vengan a someterse, conviene evitar su compañía. Buenas
noches, señor Tilín.
El voluntario le estrechó la mano, diciéndole:
—Tendrá usted el caballo que desea; pero es preciso que me dé su coche.
—Con la mejor voluntad del mundo —replicó el otro lleno de gozo—. Es un
mueble que no me parece mío sino por lo que me estorba.
—Pues yo lo necesito: es para mí de grandísima utilidad.
—Como el caballo para mí. Bendito sea el momento en que entrando por la
calle de los Codos, vi descolgarse de la tapia...
—Basta. Usted no ha visto nada.
—Es verdad, amigo y protector mío: nada he visto.
Estipularon en seguida de un modo formal y definitivo el cambio que
habían indicado. Servet daría su tartana a Tilín a trueque de un
caballo. Mas como el guerrillero no tenía por el momento más que el
suyo, o sea el de Jep dels Estanys, hizo solemne promesa de buscar el
que Servet necesitaba y de ponerlo a su disposición en todo el día
siguiente.
No pudo fijar Tilín punto determinado para verse ambos amigos en
el curso de las veinticuatro horas siguientes, «porque —decía— mis
quehaceres serán muchos mañana, y no se me podrá ver por ninguna parte».
Al fin quedó concertado que Servet entregaría al día siguiente su
coche y fuera al caer de la tarde a la posada de José Guasp, donde
hallaría a un amigo de Tilín y con este el deseado caballo. Dándose
afectuosos apretones de manos, despidiéronse cuando ya entraban en la
plaza los grupos de guerrilleros aragoneses y navarros que acababan de
llegar.
—¿Podremos hacer el viaje juntos? —dijo Servet al voluntario.
—De ningún modo —repuso este—. ¿Sale usted mañana?
—Contando con el caballo, mañana.
Tilín clavó sus ojos en el cielo. Ceñudo y fosco, parecía leer en la
tierra misteriosos anuncios del destino.
—Entonces...
Y dijo una frase que uno y otro, ¡ay!, habrían de recordar más tarde.
Aquella frase era:
—Quizás nos encontremos en el camino.