Poco duró el síncope a la ilustre dama, y al reponerse, su primer
cuidado fue correr a observar qué camino tomaba el dragón. Pero ni
por la puerta de la celda, ni por la reja abierta al sur sobre el
emparrado y frente al palomar, divisó forma humana. Teodora, al dar
por terminadas inútilmente sus observaciones, supuso que Tilín había
entrado por la sacristía.
—Ese bribón —pensó— se ha quedado esta tarde dentro de la iglesia, o en
algún rincón de la sacristía. Al avanzar la noche salió de su agujero,
como los ratones que van a hacer sus correrías, y ahora se ha metido
en él otra vez... Pero yo he de descubrir el escondite y he de armar
una ratonera para enseñar a ese desalmado a jugar con el honor de
respetables mujeres consagradas a Dios.
Como la puerta no tenía cerrojo, puso tras ella todos los muebles que
pudo cargar; mas ni aun con tal barricada quedó la señora tranquila,
y rebeldes sus ojos al sueño, no podían apartar de sí la imagen fiera
del voluntario realista. Acostose rendida, y no logrando hallar sosiego
ni calmar la fiebre que el insomnio le producía, levantose y se puso a
leer. Pronto advirtió que su atención se distraía del piadoso asunto
del libro, corriendo hacia otros pensamientos, y atormentándose con
un descarriado giro alrededor de las pasiones humanas. Para esto
conocía sor Teodora un remedio preciosísimo que guardaba en la gaveta
más alta del armario. Al punto abrió la gaveta para sacar su precioso
específico. Era un manojo de cuerdas con nudos.
Largo rato duraron los azotes, cuyo término fue cuando la viveza de los
dolores anunció a la buena religiosa que un golpe más haría traspasar
los límites de la penitencia para entrar en los de la barbarie.
Sin embargo, como testigos presenciales, podemos asegurar que los
instrumentos de mortificación usados por la madre Teodora de Aransis no
eran de los más destructores, y que cualquiera podría hacerse santo con
ellos sin riesgo de perder la vida temporal.
Abandonadas las disciplinas, pensó la dama que, pues las oraciones no
tranquilizaban su ánimo, ni tampoco el cruento vapuleo, lo mejor sería
ponerse al trabajo, y al punto tomó una obra de bordar que empezado
había dos semanas antes.
Dábale a la aguja arriba y abajo, y cada vez que sentía algún ruido
exterior o bullicio de las hojas de los árboles, se estremecía y
sobresaltaba. Así pasó la noche hasta la hora en que la campana del
convento la llamó a maitines. No solía madrugar para asistir al coro,
contribuyendo con su pereza, fundada casi siempre en dolores de cabeza
o en cualquier desazón ilusoria, a la relajación de la disciplina; pero
aquel día fue diligente y asistió al coro.
En el coro, la madre Monserrat le dijo:
—Ya sé que ha estado usted enferma anoche.
—Yo..., yo no, señora —repuso con turbación la de Aransis.
—Ha estado usted en vela toda la noche —afirmó la vieja moviendo su
apergaminada cabeza como un martillo—. Me pareció que vi luz.
—Entonces, también usted ha estado en vela —dijo Teodora.
—También... Pero yo estuve rezando —replicó con malicia la madre
Monserrat.
Trazó una grandísima cruz desde su frente a su cintura y de hombro a
hombro, y volviendo la vista al altar tomó parte en el rezo general.
Sor Teodora no tenía criada, no ciertamente por alarde de pobreza, sino
porque en su sentir, las criadas dentro de los conventos no compensan
con sus servicios las molestias que ocasionan, ni los enredos que
se traen chismorreando de celda en celda y produciendo enemistades
y sinsabores. Ella misma, pues, se hizo su chocolate, y se preparó
su comida privada; porque en San Salomó, como en muchos conventos
modernos, aunque había refectorio y yantar común, cada celda tenía sus
festinillos a que asistían dos, tres, cuatro monjas, o más generalmente
una sola. Sor Teodora disponía de una pequeña cocina en la tercera de
las piezas que componían la Isla, y allí, ayudada de una fámula de las
que servían indistintamente a todas las monjas, se aderezaba alguna vez
platos de su gusto. Aquel día, quizás con motivo del largo insomnio,
sintió la buena madre inusitado apetito y antojos de comer golosinas.
Felizmente no carecía de elementos. Además de los riquísimos fiambres
que se aderezaban en la gran cocina del monasterio, la hermosa dama
recibía de su familia jamones y carnes mechadas que habrían tentado a
un cenobita. En la alacena de talla que ocupaba lugar muy principal en
su celda, había manjares diversos, que con un poco de lumbre serían de
exquisito gusto.
Bastante tiempo empleó la señora en disponer algunas chucherías para su
propio regalo; pero cuando llegó la hora de comer apenas probó un poco
de cada cosa. Su apetito, que la incitó a trabajar con tanto celo en
la cocina, había desaparecido. Guardó todo para dedicarse a su labor
de aguja. Mientras trabajaba sintió deseos vivísimos de pasearse por
la huerta, y bajó; pero el aburrimiento obligola a subir de nuevo, y
después de pasearse en su celda discurriendo lo que podría hacer para
matar el tiempo, consideró que lo mejor sería escribir a su familia.
Casualmente no había contestado a la última carta de su hermano.
Después de escribir por espacio de un cuarto de hora, tomó de nuevo el
trabajo para bordar un ala de mariposa. Dedicose luego a deshacer un
ramo de flores naturales que en un búcaro tenía y a formarlo de nuevo,
operación en que tardó media hora. Corría lentamente la tarde, pesada,
calurosa y larga, y sor Teodora pensó que era conveniente para su alma
rezar un poco. Bajó al coro, estuvo rezando largo rato, subió después a
la cocina, descendió a la huerta cuando ya había aflojado el calor, y
se paseó bajo el emparrado mirando alternativamente al suelo y al cielo.
Para que el lector comprenda bien a sor Teodora de Aransis, le diremos
que aquel desasosiego, aquel constante mudar de ocupación, aquella
caprichosa inconstancia en los empleos que había de dar a su fantasía y
a sus manos, eran fenómenos que se repetían invariablemente todos los
días desde algún tiempo.
No nos es difícil inquirir la causa de este desasosiego, ni nos
importa nada decirla, porque no es depresiva para la noble señora.
Ya hemos dicho a su tiempo que Teodora de Aransis consideró como un
pecado digno de los más acerbos castigos poner toda su atención, sus
pensamientos y sus afectos todos en las cosas de la guerra y de la
intriga apostólica. Así, desde que consideró pecaminoso aquel desvarío
bélico y político, la buena madre hubo de intentar arrojarlo de sí
y limpiar su espíritu de tan infame maleza. En efecto: no volvió a
informarse de ninguna particularidad relativa a la guerra, ni leyó
las cartas de doña Josefina Comerford; y siempre que venían a su
pensamiento ideas de batallas ganadas o por ganar, de reyes caídos, de
príncipes elevados o de trapisondas por la fe, echaba prontamente sobre
ello otras ideas e imaginaciones, como se echa tierra sobre el cadáver
recién enterrado en el hoyo. En efecto: de este sistema fue, como es
fácil suponer, un estado de atolondramiento y vaguedad constante en el
espíritu de la ilustre religiosa, el cual, al hallarse apartado de su
ocupación predilecta, pugnaba por tornar a ella, rechazando todas las
distracciones que se le ofrecían. En suma, sor Teodora de Aransis se
aburría lindamente en San Salomó, aunque ella misma no lo conocía y
daba otro nombre a aquel su estado de constante zozobra diciendo: «¡Ay,
Dios mío, qué maniática me he vuelto!».
Ya sabemos de ella que su religiosidad no era extraordinaria. La más
preciada joya de su corona de monja era su conformidad con aquella
vida y con la irremediable reclusión en que estaba sin saber fijamente
por qué. Y no es fuera de propósito decir algo acerca de las causas
del monjío de sor Teodora de Aransis. Sus padres, ricos y nobles,
murieron tempranamente, dejándola en la orfandad con otras dos
hermanas de menos edad que ella, y un hermano mayor. Por indolencias
de su madre, criáronla unos tíos, que la fiaron a las ursulinas de
Lérida para su educación, la cual fue desempeñada tan cumplidamente
en el orden religioso, que a los dieciocho años de su edad, Teodora,
catequizada por las madres y por un capellán anciano que era un águila
para el confesonario, no pensó más que en ser monja. Ninguna persona
de su familia trató de contrariar esta vocación juvenil, que por lo
precoz debió haber sido sujeta a observación; antes bien, los nobles
tíos de Teodora y su madre, que en Francia residía, encendieron
más y más en su alma el celo religioso, y avivaron la llama de su
devoción, convenciéndola de que era una felicidad para ella abandonar
el mundo y sus picardías. ¡Y qué bien le alabaron de palabra y por
cartas su afición, y qué mal le pintaron las vanidades del mundo y la
dificultad de salvarse fuera de los claustros!... La pobre niña, cuya
acalorada imaginación necesitaba poco para tomar vuelo, abrazó la vida
mística con deleite y entusiasmo, mientras allá en el perverso mundo
sus hermanas menores se casaban con sus primos, y su hermano mayor
derrochaba la fortuna paterna y metía ruido y escandalizaba y se hacía
jacobino.
En los primeros años, ¡Ave María Purísima!, la religiosidad y unción de
Teodora fueron el asombro de San Salomó. Parecía que eclipsaba con su
celo y piedad a las Teresas, Claras, Ritas y Rosas. No había culto que
ella no practicase, ni mortificación que no se impusiese, ni sutileza
mística que no discurriera para más elevar su alma. El amor divino
la puso delicada y enferma. Juntamente con las increíbles penitencias
que se imponía en castigo de pecados que nunca cometió, y para aplacar
tentaciones que nunca tuvo. Pero así como se desvanece poco a poco
la ilusión de un amor primero, tanto menos sólido cuanto mayor es su
aparente vehemencia, así se fue disipando la seráfica exaltación de
Teodora de Aransis, a la manera que van apagándose las memorias y
oscureciéndose la imagen del novio ausente. Así como las evoluciones de
la vida física parece que sustituye un ser con otro al verificarse el
paso más importante de la edad, así el alma de la señorita de Aransis
mudó de aficiones y de ideas. Su vocación había sido, dicho sea sin
irreverencia, como esos amoríos juveniles tan parecidos a los fuegos
artificiales, que se desvanecen después de haber sonreído y estallado
en la oscuridad, y no dejan tras sí más que ceniza, humo, sombras.
Creeríase que sor Teodora había estado hasta poco antes en la edad de
los juguetes, y que entraba en la edad de las personas, en aquella edad
en que los muñecos son arrinconados y entran a desempeñar su papel los
hombres. A la seriedad afectada que tan mal le sentaba, sucedió una
seriedad verdadera. Adquirió entonces un desarrollo físico que la hacía
parecer más linda, y su interesante hermosura mostrose con todo el
esplendor de una risueña primavera. En el recinto triste y sombrío de
San Salomó, aquella belleza de un carácter gracioso, seductor, mundano
y ligeramente maligno, parecía, según la expresión de mosén Crispí de
Tortellá, la imagen del sol de mediodía reflejada en el fondo de un
pozo.
Sor Teodora debió conocer que era hermosa, extraordinariamente hermosa,
porque el convento, a pesar de la disciplina y de todas las reglas,
estaba lleno de pícaros espejos. Ignoramos lo que pensó la ilustre
dama acerca de su impremeditado casorio con Jesucristo; pero la idea
del honor y del deber estaba muy profundamente arraigada en su alma,
y tenía por sí tanta fuerza que sustituyó a la vocación. No pudo ser
esto sin tormento interior; pues no hay, no puede haber sacrificio
placentero, y al considerarse sepultada en vida y al conformarse a
ello, Teodora ponía sobre sus sienes una corona quizás de más precio
que aquella de imaginarias espinas con que soñaba en la época de
místico delirio.
La devoción externa amenguó tanto en ella, que hubo de causar algo de
escándalo. Esto la obligó a hacer esfuerzos para no parecer menos monja
que sus compañeras. Pero al mismo tiempo la hermosa dama necesitaba
apacentar con algo su espíritu, y diose a la lectura. Por algún tiempo
leyó obras diversas, tanto sagradas como profanas, aunque estas últimas
eran autorizadas por la Iglesia. Más tarde se dedicó a criar pájaros.
Después abandonó los pájaros, regalándolos, juntamente con los libros,
al padre capellán, y su alto espíritu y esclarecida inteligencia se
apacentaron, se cebaron, mejor dicho, en aquel negocio delirante
de las guerras. Nada más hay que decir sino que al desechar de sí
toda aquella maleza pecaminosa, se quedó tal cual tuvimos el honor
de pintarla al comienzo de este capítulo, inquieta, desasosegada,
caprichosa. Era una niña de treinta y dos años que no podía estarse
quieta.
Y como en un convento, por más que se discurra, no se pueden inventar
ocupaciones variadas y que interesen profundamente; como el continuo
rezar no podía satisfacer aquellas constantes ansias de actividad,
sor Teodora había caído en el más grande tedio. Nada de lo que hacía
era en ella más que una fórmula. Rezaba por fórmula, y se azotaba
por hacer algo. Cocinaba por capricho, y trabajaba por mecanismo.
El trabajo material no podía satisfacer sino parcialmente a su
entendimiento superior. ¡Oh! Si no hubiera tenido el contrapeso de un
gran sentimiento del deber, aquel espíritu preclaro, de cuya exaltación
fanática hemos visto alguna muestra en las expresiones y discursos de
marras, habría hecho perder a Nuestro Señor una de sus esposas más
guapas, aunque no es la hermosura la cualidad que más estima Él.
Aquel día (y entiéndase que después de esta explicación retrospectiva
volvemos a tal día, es decir, al que siguió a la nocturna diabólica
aparición de Tilín) sor Teodora tenía en qué pensar. Su terror era tan
fuerte y de tal modo le repugnaban la pasión, y más que la pasión la
persona del desgraciado Armengol, que no cesaba de discurrir medios
para impedir que volviese a poner los pies en el convento.
Pensó referir todo a la madre abadesa; pero luego desistió de este
pensamiento por no dar motivo de escándalo en la comunidad y de
grandísimo regocijo a la madre Monserrat, su terrible alguacil y
enemiga. ¡Ah, infame vieja! Ella fue la que por primera vez dijo
que sor Teodora de Aransis, ¡horrible calumnia!, se acicalaba a
escondidas en su celda, adobándose el rostro, perfumándose el cabello,
y refinando su hermosura con afeites y profanidades del mundo. Ella la
que constantemente le clavaba las aceradas uñas de su aleve ironía;
ella la que desde su celda, situada en el extremo del ala oriental del
convento, atisbaba noche y día la de sor Teodora, situada en la _Isla_,
observando con vigilante saña a qué horas de la noche apagaba la luz, a
qué horas del día bajaba a la huerta.
No, no; lo mejor era callar aquel horrible secreto, tomando
precauciones para que no se repitiera el suceso en las noches
siguientes. En caso de reincidencia, revelaría todo, aunque el convento
se hundiese, y con él la reputación intachable de casa tan noble, tan
santa y venerable.
Firme en su idea de que Tilín se había ocultado en la sacristía,
examinó aquella tarde la puerta de esta y viola clavada, como estaba
desde que el voluntario realista saliera para Manresa. Grande fue
entonces la confusión de la dama, y sin dar cuenta a nadie de su
sobresalto, observó la reja del locutorio y la puerta interior de este;
mas nada pudo hallar que indicase fractura reciente. Al anochecer
retirose a su celda, muy descontenta de sus observaciones, y estuvo
más de una hora pasando mental revista a todos los escondrijos y
agujeros de San Salomó, representándose en su imaginación la informe
y heterogénea masa del edificio con sus muros hendidos, sus techos
abollados, sus altas tapias, absolutamente inaccesibles desde fuera.
No tenía sueño ni esperaba tenerlo en toda la noche. La temperatura
era buena, aunque ya avanzaba octubre. Sor Teodora salió a la galería,
y apoyando sus brazos en el barandal, estuvo largo rato aspirando
la frescura de la huerta y recreándose con un ligero vientecillo
que a ratos venía del norte y que le besaba el rostro. La noche era
oscurísima, y en el cielo brillaban algunas estrellas con tan vivo
fulgor, que parecían haber descendido, según la observación de sor
Teodora, a contemplar desde cerca la tierra. Cansada de fresco y de
astronomía, entró en su celda y entornó las maderas de la ventana
enrejada. Después encendió luz. El reloj de la catedral dio las diez.
La idea del desamparo en que estaba y de la escasa seguridad de su
celda volvió a mortificarla. Una barricada de muebles podía no ser
obstáculo bastante para el monstruo. ¡Oh, cuánto sintió en aquella hora
no haber referido el inaudito caso a la madre abadesa!... ¿Qué debía
hacer? Lo mejor era quedarse en vela toda la noche, sin perjuicio de
arrastrar los muebles hacinándolos junto a la puerta. Sobrecogida y
espantada miró a la puerta, creyendo sentir ruido.
Sor Teodora dio algunos pasos para reforzar el picaporte con algún
objeto que le sujetara, y antes de llegar quedose yerta y muda de
terror. Su corazón dio un vuelco terrible cual si se rompiera en
pedazos. Helose su sangre. En la puerta, que ligeramente se abría,
apareció un bulto, un hombre..., ¡el dragón!