Arribó de noche a Solsona y se apeó en casa de mosén Crispí. Al
día siguiente los pocos hombres de armas que guarnecían la ciudad
le recibieron con simpatía, mostrándose dispuestos a obedecer al
sedicioso, por cierta inclinación instintiva que tenían todos ellos a
la anarquía.
—¿Qué órdenes hay? —les dijo.
—Nada más que vigilar a los pocos presos que están en el Ayuntamiento y
alojar a las facciones de Aragón y Navarra, que llegarán dentro de dos
días.
—Pues es preciso hacer todo lo contrario —afirmó Pepet, gozando
extremadamente en la rebeldía—: es preciso soltar a los presos y no
preparar alojamiento alguno a esa nueva canalla que ha de venir.
En la mañana del 30 de septiembre fueron puestos en libertad los
presos, siendo los primeros que vieron la luz del día don Pedro
Guimaraens y don Jaime Servet. En cuanto al borracho de Mañas, que
tenía en Solsona una sombra de autoridad, harto beneficio le hacían con
no ahorcarle. El vino acabaría con él.
Llenos de alarma y susto estaban los solsoneses al ver que nadie
mandaba en la ciudad, porque Tilín no se dejaba ver en sitios públicos,
ni cuidaba de nada, ni impedía que unos cuantos desalmados cometiesen
desafueros y maldades. También las monjas se asustaron, y cuando Tilín
fue a visitar a la madre abadesa en el locutorio, esta le echó un
sermón por su mala conducta. El antiguo sacristán estuvo luego tres
días sin repetir su visita, y rara vez se le veía en las calles de la
ciudad.
Inútil es decir que sor Teodora de Aransis, que había sentido vivísimo
contento por la ausencia del dragón, se asustó mucho cuando tuvo
conocimiento de su llegada.
Puesto que esta ilustre señora nos ha de ocupar bastante en el curso
de la historia presente, convendrá que como complemento de las amplias
noticias que se han de dar, de su vida y de su carácter, mencionemos
también lo que la rodeaba. De los objetos materiales que acompañan
a la persona, sirviéndole como de marco, el que siempre ofrece más
interés es la vivienda; y la vivienda de sor Teodora es digna de
preferente atención.
Desde aquel infausto día de septiembre de 1810, cuyo recuerdo, a pesar
del lento paso de los años, no se había borrado aún de la memoria de la
madre Monserrat, la casa de San Salomó, horriblemente profanada por los
franceses, había recibido varias reparaciones; pero el ala occidental
del claustro continuaba en el suelo. En la parte alta de dicha ala,
formada por una fila de doce celdas, había una solución de continuidad,
debida a la desaparición de cuatro celdas, de modo que quedaban cinco
unidas al cuerpo central del edificio y tres aisladas en el extremo
de la crujía. En la solución de continuidad subsistía parte de las
paredes; el techo no; las puertas estaban tapiadas; el piso, reparado
con solidez, era perfectamente practicable. Disputas y cuestiones entre
las monjas sobre los fondos del convento habían impedido reedificar la
parte demolida, y tan solo se habían hecho las obras de albañilería
necesarias para que la destrucción no fuese a mayores. A las tres
celdas que habían quedado solas al extremo del ala, dieron las madres
un nombre muy propio: las llamaban _la Isla_, y en ellas moraban dos
religiosas. La tercera celda, muy pequeña y casi inhabitable, servía de
despensa a entrambas señoras. Una de las monjas que habitaban la Isla
era sor Teodora de Aransis. En la época de nuestra historia era la
única, porque su compañera había muerto.
El monasterio constaba de un cuerpo de edificio pegado a la iglesia, y
de dos alas paralelas, que partían en ángulo recto y en dirección de
sur a norte. Separábalas el rectángulo del claustro. El centro y el ala
de oriente hallábanse intactos. El ala de occidente era la que tenía la
solución de continuidad y la Isla. El claustro que resultaba de estas
tres construcciones, estaba cerrado al norte por el piso inferior, que
contenía el refectorio nuevo; en el superior hallábase abierto, y un
gran tejado servía de punto de unión impracticable a los extremos de
las alas.
Diferentes veces dijo la madre abadesa a sor Teodora de Aransis que
mudase de habitación, para que no viviera sola en aquel apartado
sitio; pero ella, sin rechazar la idea, hizo propósito de permanecer
allí durante el estío, por razón de la frescura que en aquella parte
del convento se disfrutaba. La celda tenía su puerta hacia la galería
del claustro, una pequeña reja al poniente y otra grande al norte,
sobre la huerta, cuya frondosidad embelesaba el sentido en noches de
verano. Desde aquellas rejas, que distaban poco de la gran tapia del
convento, se veían las murallas de la ciudad, solo separadas de este
por la tortuosa calle de los Codos, la puerta del Travesat y parte de
la campiña y de las montañas.
Interiormente era la celda un lugar sosegado y delicioso, por el dulce
silencio que en él reinaba a causa de su alejamiento del centro
del edificio. Perfecto orden reinaba allí, así como la pulcritud
más refinada, no siendo la austeridad tan excesiva que convidase al
ascetismo, ni tanta la pobreza que inspirase un vivo anhelo de ser
santo. Por el contrario, sor Teodora tenía en su morada varios objetos
primorosos que había traído de su casa, entre los cuales descollaban
algunos vasos y jarros de plata, una alacena de talla que habría
honrado a cualquier museo, y un tapiz, obra de sus hábiles manos, que
hubiera caído maravillosamente en el gabinete de una dama del siglo.
Dos o tres pinturas del mejor gusto, algunas imágenes de madera de
inferior mérito, tres docenas de libros, muchísimas flores contrahechas
que casi competían con las naturales, completaban el ajuar.
Como la regla mandaba que las monjas no tuvieran cama, sino un solo
colchón puesto sobre el suelo, el lecho de sor Teodora, como el de
todas las monjas de San Salomó y el de muchas monjas que hoy existen
en Madrid y provincias, era un inmenso colchón de tres pies de alto.
Véase aquí cómo interpretando la regla por la manera más ingeniosa,
y burlándola en realidad, convertían las monjas la mortificación en
comodidad, y la pobreza en el refinamiento del bienestar.
Ciertamente, convidaba a una vida regalada y tranquila, tal como
pueden desearla los egoístas más empedernidos, aquel dulce retiro, que
tenía las ventajas del aislamiento, del silencio, de la calma, unidas
a las comodidades de una dorada medianía. Pocos habrá que no tengan
la abnegación de ser pobres, austeros y recogidos en una cueva de tal
naturaleza, donde no puede llamarse virtud el apartamiento del mundo.
Había allí cierta elegancia unida al aseo más grato; había delicado
olor de flores, que no sabemos si es parecido al que los beatos llaman
olor de santidad.
Recogiose sor Teodora en su apacible nido después de cerrar la puerta,
no con llave ni cerrojo, porque las celdas de los conventos no tenían
entonces aquellas seguridades, reputadas inútiles, sino simplemente
con un picaporte que lo mismo podía abrirse por fuera que por dentro.
Encendió su lámpara, tomó un libro y se puso a leer.
Después de leer tranquilamente por espacio de media hora, se puso de
rodillas, y rezó con fervor y recogimiento. Ya se llevaba las manos
a la cabeza para quitarse las tocas, primera de las operaciones
precursoras del acostarse, cuando sintió ruido en la puerta. Volviose
sobresaltada por no ser costumbre que ninguna monja la visitara de
noche, y vio con espanto..., ¡Jesús Sacramentado!..., parecía un sueño
increíble, pero era realidad innegable..., vio a Tilín en persona, con
su cuerpo uniformado, su cara morena, sus gruesos labios, sus ojos de
fuego, su frente de bronce, sus cabellos duros. El sacristán guerrero
mantúvose en la puerta con una especie de timidez feroz, como si ni aun
su colosal osadía tuviese la fuerza suficiente para traspasar aquel
umbral sagrado. Había atropellado la ley de Dios, abolido su propia
conciencia, y no obstante, se detenía tembloroso ante el pudor y la
hermosura, cuyo imponente prestigio llenaba de confusión al miserable.
Sor Teodora no pudo gritar: cayó desfallecida en una silla, cerró los
ojos, y sus brazos se estiraron trémulos como para apartar un objeto
terrible.
—Señora —balbució Tilín dando un paso y cerrando la puerta tras sí—,
no hay que temer nada de este miserable... No vengo más que a pedir
perdón, señora... Este miserable...
Procurando dominarse, la monja se levantó para salir y pedir socorro.
Tilín la detuvo con mano de hierro, y precipitadamente le dijo:
—Si usted llama, vendrán y seré descubierto, y habrá escándalo;
mientras que si se calma y me oye un instante, nada más que un
instante, me marcharé pronto, la dejaré tranquila para siempre, señora,
para siempre.
—No quiero —dijo sor Teodora, intentando desasirse—. Voy a llamar.
—Por Dios y la Virgen María que a mí me han desamparado, señora, óigame
usted. Si usted grita me marcho, y si me voy no sabrá una cosa que le
interesa mucho.
—Nada tuyo puede interesarme —exclamó ella ardiendo en ira—. Malvado,
te aborrezco.
—Eso al menos es algo —murmuró Tilín, con sarcástico gozo—. Yo no vengo
sino a pedir perdón y a ver por última vez, por última vez, a quien me
aborrece.
Se dejó caer de rodillas y besó el suelo.
—Antes de privarme para siempre de ver la luz de mi vida —exclamó con
voz ahogada—, he querido besar estos ladrillos. Era un deseo ardiente;
no quiero morirme sin satisfacerlo. ¡Besar estos ladrillos! Es lo único
que puedo alcanzar. Con poco se contenta el malvado aborrecido.
Absorta y petrificada, la de Aransis permaneció en medio de la celda
con los ojos fijos en Pepet y las manos cruzadas. Los elegantes
pliegues de su hábito blanco daban a aquella imponente figura belleza y
majestad.
—Aquí está el hombre más infeliz del mundo —dijo Tilín, tocando los
ladrillos con su frente—; aquí está el polvo más vil que Dios tiene en
el mundo, con forma de hombre. Vilipendiado, aborrecido de todos, sin
gloria, sin honra, sin porvenir, sin ilusión alguna, este miserable no
ve ya más que tinieblas y ruinas delante de sí... ruinas y tinieblas.
Miró después a la señora y le pareció más aplacada en su enojo.
—¿Y ni siquiera ha de merecer un ligero consuelo en su corazón? ¡Esto
es horrible, señora! Los perros son más felices que yo. Soy criminal;
pero ya que no puedo verme amado, quiero tener el único placer que me
es lícito: el de verme perdonado.
—Sal de aquí al instante —dijo la madre con brío— y te perdono.
—Saldré, señora, saldré —replicó Tilín sin levantarse del suelo—. Mi
vida es el infierno. Para comprender mi estado, no imagine usted las
llamas y las calderas hirvientes de que hablan los predicadores; eso
no basta, eso es frío y descolorido: imagine usted la falta absoluta
de esperanza y de ilusiones, la ruina completa de todo lo que edifica
el espíritu... Ese es el infierno en que vivo yo. Mi único alivio será
que usted me mire un rato sin ira, que me permita estar aquí, y hable
conmigo... y me diga, me diga: «Tilín...».
—¡Ni un instante! Malvado sacrílego... Demasiadas pruebas te doy de mi
bondad, pues que te escucho.
—Un momentito, señora; muy poco, muy poco tiempo...
—Nada.
—¡Estoy condenado!
—Condénate cien veces.
—¡Condenado por usted! ¡Por usted! ¡Por usted!
Y levantando la faz lívida hacia ella, añadió con voz ronca:
—Condenado por ti, monja, que pareces hechicera.
Y se cogió su propia cabeza por los cabellos, como cogería el verdugo
la del recién degollado para mostrarla al pueblo.
—¡Condenado por ti! ¡Por ti! —repitió ella—. Por tu execrable maldad y
sacrilegio.
—Pues bien, señora: perdón, perdón; yo pido a usted perdón. Pero démelo
sin ira, sin enfado, sin repugnancia, con aquella voz dulce y angelical
con que me hablaba en mi niñez, con aquel mirar tiernísimo y aquel
trato seductor que era mi encanto en tiempos mejores.
—Te perdono, márchate, y no vuelvas más aquí... Huye de mí, demonio del
infierno. La religiosa se cubrió el rostro con muestras de horror, y
estremecimientos nerviosos sacudieron su cuerpo.
—¡Ni un momento siquiera! —murmuró Tilín apretándose el corazón.
Miró a la monja, y la monja le miró a él. Grande fue la sorpresa de sor
Teodora al ver lágrimas en las atezadas mejillas de aquel hombre que
tanto se parecía a un volcán por tener el centro de fuego y el exterior
de piedra.
—Te perdono —dijo la madre con lástima, pero siempre con el mismo
terror—. Vete, vete; te digo que te vayas. Infame bandido, que has
escalado los muros de la santa casa, huye de aquí: ¿no temes la
maldición de Dios?
—¡Dios!... ¡Dios!... ¿Para qué hablar tanto de Él? Mi Dios es otro.
Si usted me permite estar un poco más, y contemplarla y referirle mis
penas... mis penas, que son grandes, atroces...
—No permito nada.
Tilín dio un suspiro y se levantó. Su semblante, desconcertado y
contraído, parecía el semblante de un reo de muerte momentos antes de
subir al patíbulo.
—¡Mal rayo! —exclamó con desesperación—. ¡Que el mundo sea así y no
de otro modo! ¡Que existan estas paredes y estos votos, y estas rejas
horribles!
Con fiereza revolvió los ojos por la estancia.
—Adiós, señora —dijo en tono y con ademanes de loco.
Sor Teodora le señaló la puerta.
Acercose Tilín a la monja, retrocedió ella. Acercándose él más y
bajando la voz, le dijo:
—Antes de llegar los dos al otro mundo, nos veremos. Adiós.
Cuando él salió de la celda, sor Teodora dio algunos pasos para
observar por dónde iba; pero faltáronle las fuerzas, consumidas en
aquel cuarto de hora de angustias infinitas, y sintiéndose acometida
de un desmayo, se dejó caer de hinojos, apoyó la frente en la silla, y
perdió por un instante el conocimiento y el uso de sus claros sentidos.