Los intrigantes que dentro de Manresa trataban de ganar a la tropa
de línea no pudieron convencer a ciertos oficiales de la ventaja que
obtendrían en su carrera, pasándose a la insurrección. Estos oficiales
eran hombres de honor que no se vendían por dinero, ni tampoco por las
promesas de salvación eterna. Pero los conspiradores lograron sobornar
a algunos y a casi todos los sargentos del regimiento de la Reina,
empleando entre otros argumentos el de que la Junta de Cataluña tenía
poderes secretos del rey para sublevarse contra el rey mismo. Al leer
esta pestilente página de nuestra historia, se siente viva lástima de
un soberano contra quien se sublevaba una parte del reino, tomando su
nombre. Pero la doblez ya proverbial del hijo de Carlos IV autorizaba
este procedimiento.
Manresa tiene buena situación para una defensa. Rodéala en gran parte
de su circuito el río Cardoner, y su planta es enriscada, agria y
tortuosa, y pendientes sus calles. Una guarnición pundonorosa la habría
defendido contra todas las bandas y somatenes que pueden eruptar
las cavernas del Bruch, los bosques del Ampurdán y las grietas de
la Cerdaña. Pero la guarnición, salvo la oficialidad y un puñado de
soldados, sucumbió a las intrigas, no al plomo ni al fuego, y se dejó
vencer por la astuta labia del padre Vinader, religioso mínimo, y del
reverendo doctor don José Quinquer, domero mayor de la Colegiata.
En la noche del 27 al 28 de agosto penetraron de improviso las hordas
apostólicas capitaneadas por Jep dels Estanys, Caragol y Pixola.
Al grito de ¡_Viva la religión_! ¡_Mueran los negros_!, grito que
servía entonces para la consumación de todas las hazañas populares,
fueron asaltadas muchas casas y ultrajadas multitud de personas
que no eran todas liberales: la mayor parte habían incurrido en el
desagrado apostólico por la tolerancia de su realismo y la suavidad
de su celo religioso. La ciudad fue al punto dominada por los payeses
y voluntarios realistas, que unían sus berridos a los de la plebe,
ya sobornada para dar a aquel acto de civilización todo el esplendor
posible.
Los pocos soldados y los veinticinco oficiales leales se resistieron en
el Ayuntamiento, dando ocasión a una refriega en la cual ambas partes
se batieron con bravura. Los leales hacían fuego desde los balcones,
y los insurrectos intentaron varias veces el asalto. Dios sabe a qué
extremo de encarnizamiento habrían llegado aquellos hombres, si el
comandante de la plaza no hubiera mandado a los suyos que se rindieran.
Todo iba bien para los frailes, admirablemente; y con pocos heridos y
menos muertos poseían una situación estratégica de grandísimo precio
para dominar la montaña y tener en jaque a Barcelona.
Tilín y su gente sostuvieron el fuego en el Ayuntamiento al lado de
la guardia negra de Jep dels Estanys, que mandaba la acción desde un
callejón cercano. En lo más recio de ella, Tilín vio a Pixola que se
metía entre el tumulto.
—¿Cómo estás aquí, sacristanillo? —preguntó el carnicero con asombro.
—Ladrón, estoy porque he venido —replicó el joven, indicándole con un
gesto que se apartara.
—¿Por qué saliste de Solsona?
—Porque me dio la gana, borracho.
El furor bélico de Tilín daba a sus palabras extraordinario brío.
Si Pixola en aquel instante se le pusiera delante en ademán hostil,
de seguro le partiera en dos, como hacían los caballeros andantes
con los endriagos y monstruos fabulosos. Pepet habría deseado que el
Ayuntamiento de Manresa fuera altísimo castillo con formidables torres
y baluartes, para acometerlo y asaltarlo, despreciando el ardor de los
defensores, y hacer allí uno de esos admirables desatinos que son pasmo
de los siglos; pero cuando más sublimado estaba su espíritu con esta
idea, y cuando sentía en su grado más alto el delirio de la matanza y
el espeluznamiento de la embriaguez marcial, viose que los sitiados
no se defendían: un pañuelo blanco se agitó en la ventana, acudieron
parlamentarios, entró y salió un fraile llevando recados, y todo acabó.
—¡Cuando yo digo —murmuró Tilín hiriendo el suelo con furibundo pie—
que ni aquí hay guerra, ni plan, ni soldados, ni idea ninguna, ni
decencia, ni valor, sino una comedia indecente...!
Los oficiales y soldados del rey fueron al punto desarmados, y Jep,
tomando posesión de la Casa municipal, procedió a la formación de la
indispensable Junta. Mientras se nombraba, los frailes y canónigos se
confundían en las salas del edificio con los guerrilleros y jefes de
somatén. Parecía aquello un mercado de infames ambiciones en que la
vanidad cotizaba los servicios de cada sujeto en las campañas de la
intriga. Un lenguaje soez, compuesto de los vocablos más populares,
sobresalía entre aquel tumulto como el espumarajo que corona las olas
agitadas del mar. Sobre aquel espumarajo de dicterios, de voces de
venganza, de insultos y de blasfemias, se destacaron al fin los nombres
de los elegidos para componer la Junta: el padre Vinader, de la Orden
de mínimos; el canónigo Quinquer, el guerrillero Caragol, el médico don
Magín Pallás y el regidor San Martín.
Durante la elección, unos cuantos desalmados de la horda de Pixola
invadieron la casa del gobernador; arrastraron, sacándola del lecho
donde estaba enferma, a su esposa; y ya les tenían a ambos en medio de
la plaza con los ojos vendados para fusilarles, cuando don José Saperes
(Caragol), que era el más humano de los junteros, acudió y pudo impedir
un horrible crimen. Los demás atropellos no fueron de consideración.
Pero gran parte del vecindario abandonó la ciudad en la mañana
siguiente, buscando refugio en Barcelona.
Inútil es decir que el primer cuidado de la paternal Junta fue
publicar una proclama y dar las consabidas órdenes para que todos los
oficiales se presentasen, sin que se olvidara la cobranza de un año de
contribución y el reclutamiento de los quintos del último reemplazo.
La tradición revolucionaria fue escrupulosamente cumplida, probándose
que no en vano habíamos tenido en nuestra historia cursos completos de
motines. _La santa causa del Trono y del Altar_, como decía la proclama
de Manresa, que poco después fue quemada por la mano del verdugo, como
lo fuera años antes la Constitución del 12, plagiaba ramplonamente a
los demagogos de las Cabezas de San Juan.
El día después de la toma de la ciudad, Jep dels Estanys trató a Tilín
con desvío, no demostrando admiración de sus dotes militares, y después
de preguntarle si tenía buena letra lo puso a escribir oficios. Mucho
disgustó a nuestro héroe verse en la triste condición de escribiente;
pero no quiso manifestar su cólera. El mismo Jep debió conocer cuánto
le mortificaba la inacción.
—Mira, Tilín —le dijo al día siguiente—: me ha hecho notar el señor
Pallás, individuo de la Junta y médico de la ciudad, que las calles
están llenas de inmundicias y que esto puede ser causa de enfermedades.
No es natural que nuestros bravos chicos se ocupen en limpiar las
calles, ¿verdad?
—Tiene razón vuecencia —repuso Tilín, decidido a dejarse fusilar antes
que envilecer su persona con el oficio de barrendero.
—Pues, mira, Tilín: vas a hacer lo siguiente. Ya sabes que la cárcel
está llena de presos. Son los liberales y toda la gentuza negra de
Manresa... conozco a algunos. Esos son los que van a poner a nuestra
ciudad como el mismo oro. Llévate un par de docenas de hombres armados,
entra en la primer tienda donde encuentres escobas y cubos, y toma
tantos como sean los presos... me parece que estos pasarán de veinte.
Luego vas a la cárcel, sacas a los negros, y a cada uno le pones en la
mano su escoba y su cubo. Ellos limpiarán y tus soldados les vigilarán.
Al primero que se niegue al trabajo, o murmure de nosotros, o pronuncie
algún vocablo contra el altar y el trono, me le dejas en el sitio. No
te digo más.
Ni él necesitaba más. Aquella tarde se hizo todo como lo había mandado
el jefe, y las calles quedaron limpias de inmundicias. No así el
corazón de los apostólicos, que cada vez se enfangaba más.
El héroe de San Salomó había de tener otros empleos y ocupaciones
durante su residencia de cerca de dos meses al lado de la Excelentísima
Junta Superior. Un fraile que acompañaba a Jep en calidad de jefe de
división, y que tenía la audacia de escribir furibundos libelos con la
horrible firma de _El padre Puñal_, quiso tomar a Tilín por ayudante.
Negose este, y un día se trabaron de palabras. Cada cual sacó a relucir
su jerarquía militar. De las palabras vinieron a las acciones, y Tilín
tuvo la suerte de poder pasearse sobre las costillas de su enemigo, a
quien no dejó hueso sano. El escándalo fue grande, y Pepet pasó a un
calabozo, de donde le sacó días después otro fraile que le tenía grande
afición. Viose luego maltratado por Jep dels Estanys y favorecido por
Caragol; pero fue víctima de las hablillas, y una mañana Caragol le
llamó simple.
Su carácter impetuoso, su afán por sobresalir y su indómita soberbia,
diéronle fama de díscolo y revoltoso, y nadie hacía buenas migas con
él. Sus mejores amigos le abandonaban, y si hubiera intentado echarse
al campo con un somatén de su propia pertenencia, no habría encontrado
quince hombres que le siguieran. Aquella esfera de vulgaridad y de
bajeza era muy impropia para el desarrollo de su carácter despótico y
soberbio, que necesitaba acción incesante y vasto campo para ejercer su
dominio. Aquella guerra no era guerra: era una campaña de rencillas,
de insultos, de miserias, de contiendas mezquinas, semejantes a las
disputas de las verduleras. Una revolución grande y atrevida, una de
esas revoluciones descarnadas que atacan lo más firme en nombre de
cualquier idea fija y van derechas a su objeto hasta que vencen o se
estrellan, hubiérale sobrepuesto a la multitud, personificando en su
ruda figura todas las violencias disfrazadas de justicia, la firmeza
heroica y quizás todas las maldades y excesos de la pasión humana;
pero en aquella sentina de maquinaciones frailescas tenía que hundirse
necesaria y fatalmente. Era inepto para toda intriga. Capaz de los más
febriles arrebatos del valor y de la audacia, en la ociosidad de la
plaza ganada no era más que un pobre monaguillo.
El fraile que ya a fines de septiembre le había sacado de la cárcel, le
demostraba siempre mucho cariño. Regalábale frutas y dulces de monjas;
pero con confites no se conquistaba el corazón inmenso del voluntario
realista. Un día el padre Bernardino de Chirlot le dijo:
—Querido Armengol, si hubiera muchos hombres como tú, fácil sería dar
al traste con ese fantasmón orgulloso que tiene forma humana y se llama
Caragol. Yo sé que muchos religiosos verían con gusto a la actual
Junta disuelta a puntapiés y nombrada en su lugar otra de verdaderos
católicos... A todas partes llega el francmasonismo.
—Padre Chirlot —dijo Tilín, ebrio de cólera—, tan canalla sería una
Junta como otra, y tan bestia es Caragol como todos los demás. ¿Quiere
usted sobornarme para una sedición?
—Todo sería que te dieran medios para ello —replicó el fraile,
acariciándose la luenga barba roja, semejante a la cola de un caballo.
—¿Me darían dinero?
—Tal vez —dijo el capuchino con malicia.
—¿Y hombres?
—Tú los buscarías. Con dinero convertirás las piedras en hombres.
—¿Y el objeto?..., ¿el fin?... ¡Ah, padre Chirlot de todos los
demonios, para farsa asquerosa basta ya! Váyase usted con Barrabás.
Y se retiró, dejando al fraile medianamente corrido.
Al llegar al alojamiento del general en jefe, vio a este en la puerta
con las manos metidas en la faja, paseando de largo a largo.
—¡Monago! —gritó Jep dels Estanys.
Este nombre causaba a Tilín enojo violentísimo, que no se atrevía a
manifestar por temor de hacerse más ridículo.
—¿Qué manda vuecencia? —dijo.
—¿Por qué estás tan pálido?... ¿Te pasa algo? El demonio cargue
contigo... Mira, monago: lleva mi caballo al río y dale un baño.
Pepet Armengol tomó el caballo, lo sacó de la ciudad, y al llegar al
camino montó en él en pelo, y oprimiéndole los ijares con sus talones
sin espuelas, lo lanzó a la carrera por el camino de Solsona. Su
alma sentía inefables delicias en aquella carrera, semejante al loco
desbordamiento de su fantasía. Estaba solo, corría, era libre.