Había decidido poner fin a aquel estado de destierro y vergonzosa
inacción en que le tenía el envidioso Abres, y correr a compartir las
fatigas y las glorias del ejército apostólico junto a los muros de
Manresa. ¿Qué le importaba la desaprobación de su jefe inmediato? El
hallaría modo de congraciarse con Jep dels Estanys, y si no lo lograba
obraría por cuenta propia organizando un somatén libre que levantara
una bandera enfrente de todas las banderas habidas y por haber; y si no
conseguía esto, tampoco se sometería al fallo de la Junta Suprema para
que le fusilase, le quemase, le descuartizase o hiciera con él todo lo
que una Junta Suprema puede hacer con un oficial rebelde.
Su osadía no reparaba en consideración alguna, y tanto desprecio le
inspiraba la disciplina como el peligro.
Concertose aquella misma tarde con dos docenas de amigos, gente que
nada tenía que perder, de esa que lo mismo sirve para lances heroicos
que para las empresas más desalmadas, y al cerrar la noche salieron
todos de Solsona, sin dar cuenta a nadie, resueltos a no parar hasta
Manresa.
Deseaba Tilín acometer con los suyos una empresa grande y terriblemente
difícil, cosa en verdad más posible en pensamiento que en realidad, por
no ser aquellos tiempos propios para ninguna especie de grandezas, como
no fueran las grandezas de la vulgaridad. Hallándose su alma empapada,
digámoslo así, en tan sublime idea, forzó la marcha para llegar pronto;
y después de andar sin descanso por espacio de una noche y un día,
apartándose de los caminos más frecuentados, llegó a San Mateo de
Bagés, donde supo que las tropas y somatenes de la causa apostólica
estaban sobre Manresa aguardando el momento de la entrada, el cual no
iba a depender de sangrientas peleas ni de empeñados asaltos, sino del
soborno de la guarnición de la plaza. Decir cuánto enfrió esta noticia
el ánimo de Tilín fuera inútil, conociéndose sus bríos indomables y su
natural violento y despótico, para quien el empleo de la fuerza era una
necesidad, una delicia y la única razón y lógica posibles.
Resolvió ante todo presentarse al general en jefe, a quien había
escrito una carta muy expresiva la madre abadesa, y manifestarle que
no podía servir a las órdenes de Pixola, porque Pixola era un hombre
rastrero, vil, envidioso. Después pensaba pedirle el puesto de más
peligro en los próximos combates, para borrar con un comportamiento
heroico sus faltas de disciplina.
En San Fructuoso de Bagés halló Tilín al comandante general de los
sublevados, el hombre de confianza de la Junta, el brazo de aquella
inmensa intriga de canónigos inquietos, de inquisidores cesantes y
de seglares sin empleo que tenía su centro en Madrid, no se sabe si
en la Sociedad del _Ángel Exterminador_ (cuya existencia no está
históricamente demostrada) o en el misterioso cuarto del infante don
Carlos.
Don José Bussons, llamado vulgarmente _Jep dels Estanys_, era un
guerrillero anciano, seco, pequeño, pero fuerte y ágil todavía, de
carácter violento y agrio. Hablaba poco, reía menos, y era el hombre
más blasfemo de Cataluña, y aun puede decirse de toda la cristiandad;
mas esto no era obstáculo para que los píos autores de la rebelión
hicieran de él el Josué de la guerra apostólica, por aquello de
_operibus credite non verbis_. Y las obras de Jep eran las más propias
para despertar entusiasmo entre la gente oscura y envidiosa que rumiaba
su descontento en claustros, sacristías y camarillas episcopales,
porque poseía el instinto de la organización bélica y había establecido
la práctica de que las gavillas de la fe rezasen el rosario entre
batalla y batalla. De la conciencia privada, digámoslo así, de Jep dels
Estanys puede juzgarse por el hecho inaudito de recibir a bofetadas a
los sacerdotes que quisieron prestarle los auxilios espirituales cuando
fue condenado a muerte en el sangriento epílogo de aquella campaña.
Según declaró en su último instante, había estado dieciocho veces en la
cárcel por diferentes crímenes, aunque los principales, dicho sea en
disculpa suya, eran delitos de contrabando. Su educación guerrera la
hizo en las gloriosas peleas contra el fisco, y sus primeros laureles
los ganó pasando géneros prohibidos. De esta escuela pasó a la de la
guerra de la Independencia, saltando de contrabandista a coronel.
Peleó más tarde contra los constitucionales, ganando una pensión
vitalicia de veinte mil reales con que el rey quiso premiar méritos tan
sobresalientes. Detestaba la vida pacífica y normal de las ciudades y
el noble trabajo de la industria. Su más grata mansión era el campo,
su descanso el cansancio, su cama las duras peñas; tan bien vivía bajo
un sol abrasador como sobre nieves y hielos, con tal que no le faltase
un pedazo de pan y un tomate crudo para desayunarse. Cuando no había
guerra era preciso, según él, inventarla, conformándose en esto con el
pensamiento de Voltaire respecto a Dios.
No era ambicioso de riquezas; inquietábale un afán insaciable, que
según unos era el afán de hacer daño. Despreciaba las penalidades,
sabía cómo se conciliaba el sueño en los calabozos, lugares de
comodidad y regalo para quien había aprendido a dormir a caballo o en
la rama de un árbol. Tenía la audacia y la presteza del cernícalo, así
como su crueldad. Su cara era seca, áspera y arrugada como un pedazo de
leña vieja.
Cuando se ofrece a la contemplación de nuestros lectores, vestía
uniforme de voluntario realista sin cruces ni insignias, no llevando el
ingente chacó con que se decoraban los individuos de aquel cuerpo, sino
la barretina catalana doblada hacia adelante, como la usaban la mayor
parte de las tropas. A estas las trataba caprichosamente, siendo unas
veces severo con las faltas, y otras muy tolerante, según estaba de
humor. La buena estrella de Tilín quiso que este fuese bueno aquel día.
Después de observarle de pies a cabeza, le dijo el general con cierta
sorna:
—¡Ah! ¿Eres tú el que se ha criado en las faldas de las monjas?...
Bien, bien. Ya sé que eres valiente. A mí me gustan los hombres
valientes sobre todo. A mí también me criaron monjas. Mi madre era
criada de las madres del Monte Olivete en Tortosa... pero esto no hace
al caso.
—Lo que pido a vuecencia —dijo Tilín con entereza— es que me conceda el
puesto de mayor peligro en la toma de Manresa. De este modo lavaré mi
falta.
—¿Qué falta? —preguntó Jep con asombro.
—La de no haber obedecido a Pixola. Yo quería tomar parte en la guerra
y no estar mano sobre mano en Solsona.
—¡Ah!... Ya sé que Pixola es un bruto. ¿Quién hace caso de Pixola? Has
hecho perfectamente en venir aquí... ¿Y qué grado tienes?... ¿Nada
menos que comandante?... Cuando esto se acabe rectificaremos todos
los grados, y el rey, cualquiera que sea, dará los premios que cada
cual merezca... Mira, chico: ya que estás aquí, puedes prestarme un
servicio. Estos brutos no sirven para nada. Todavía están mis botas
sin limpiar... Hace dos horas que están arreglando los arneses de los
caballos... Mira, Tilín: límpiame esas botas, que están llenas de barro.
El comandante general, calzado con alpargatas y sentado junto a una
mesa sobre la cual garrapateaba un oficio, señaló sus botas, arrojadas
en un rincón de la sala junto a un montón de ropa sucia. Viéndolas,
parecía que se veían los pies de un borracho. De un morral sacó Jep un
cepillo y lo tiró al otro extremo de la sala.
—Ya tienes lo necesario —dijo tomando la pluma con no poca dificultad—.
¿Conque tú quieres un puesto de peligro? Lo mismo fui yo en mi mocedad.
¡Un puesto de peligro! Eso es: o ser soldado o no serlo. Lo demás se
deja para las damas. El inconveniente, chiquillo, es que ahora no
habrá puestos de peligro. Como nosotros guerreamos por órdenes que
vienen de muy alto; como a nosotros nos apoya parte de la corte, si no
toda ella, y hay un manejo secreto que hace inútiles las bayonetas, la
guarnición de Manresa se rendirá. Allá dentro hay unos nenes de sotana
que harán más que todos los generales... Sin embargo, puede que tengas
dónde lucirte. Has subido mucho, monago; veo que aquí cada uno se da a
sí mismo los grados que le acomodan.
Echose mano al bolsillo, y sacando los trebejos de fumar, dijo:
—Mira, Tilín: toma dos cuartos y vete a comprármelos de yesca. Doblas
la esquina de esta casa, y enfrente ves la lonja de Alfarrás. Tráemela
pronto, que quiero fumar... pronto digo: me gusta la gente de piernas
ligeras.
El soñador Tilín, cuyo cerebro hervía con el movimiento y bullicio
de gloriosas batallas, sintió su corazón atravesado por una aguja de
hielo; luego una sensación de caída semejante a la que nos finge el
sueño, despeñándonos de una alta cima sobre abismos sin fondo. Arrojó
el cepillo con desdén, y tomados los dos cuartos, salió diciendo para
sí:
—¡El demonio me lleve! Ni esto es guerra, ni estos son soldados, ni
esto es causa apostólica, ni esto es decencia, ni esto es valor, sino
una farsa inmunda.