El primer cuidado de la dama, aquella noche, después que se retiró
a su celda, fue rezar, implorando la misericordia de Dios, no en
pro de ella misma, que en aquel caso no la necesitaba, sino en pro
del miserable extraviado que con sus livianos pensamientos y deseos
faltaba horriblemente a la ley divina y profanaba el santo asilo de las
castas esposas de Jesucristo. Aun se puede tener por seguro que sor
Teodora de Aransis se dio una buena tanda de azotes y se puso cilicio,
mortificaciones ambas que habrían caído mejor en el cuerpo del bárbaro
criminal que en el de la mujer inocente. La causa de esta severidad con
sus propias carnes era que se creía culpable por otro concepto, y, como
culpable, digna de castigo. Veamos la opinión que formó de sí misma.
Dos o tres horas llevaba de oración y recogimiento después del tremendo
suceso, cuando ocurriole de súbito una idea que le pareció sorprendente
por lo juiciosa y atinada. En efecto, aquella idea encerraba una lógica
profunda. Según esta, lo que había pasado a sor Teodora, las infernales
palabras que oyó, aquel brutal hombre que delante de sí había visto,
horrorizándola con su delirio, no eran otra cosa que un castigo
providencial por su detestable afición a las guerras religiosas. La
noble conciencia de la dama iluminose con esta idea, y comprendió que
era contrario a la religión, a la severidad monástica y a las leyes más
elementales del amor de Dios su afán por las luchas de los hombres, y
aquel su deseo de ver triunfar al son de trompetas, cajas, cañonazos y
gemidos de moribundos, la mansa fe católica.
Sí, castigo era por haber olvidado la ley de Dios y la santidad de
la Orden, contribuyendo a inflamar las pasiones de los hombres. ¿Qué
era Tilín sino la personificación monstruosa de aquella misma guerra
salvaje, de aquel bando osado, violento, sedicioso, rebelde a toda ley?
Sí, ella había consagrado a la infame hidra la vehemencia, el interés,
las simpatías y aun el amor que a su Esposo debía, y en castigo de esta
infidelidad, el ofendido consorte había permitido que la infame hidra
se volviese contra ella y la hiriera con una de sus más ponzoñosas
garras. Bien, muy bien: la lógica de este razonamiento irradiaba en la
conciencia de la noble mujer como un reflejo de verdad divina.
Consecuencia inmediata de tal lógica fueron los azotes que la religiosa
se administró, maltratando tan sin piedad sus hermosos hombros y
espaldas, que si alguien la viera se habría apresurado a impedir tal
desafuero contra una de las más bellas obras del autor de todas las
cosas y carnes. Parte de la noche estuvo en vela la madre, orando con
fervor, y al día siguiente púsolo todo en conocimiento de su confesor,
de quien recibió absolución completa y los más saludables consuelos.
Más tranquila después del acto religioso, sor Teodora rogó a la madre
abadesa que la impusiera una tarea cualquiera, aunque fuese de las
más penosas. La madre abadesa mandole que barriese todo el claustro,
y apenas cogiera sor Teodora la escoba para dar principio a su obra,
vio aparecer a Tilín, que de la sacristía salió con una espuerta de
herramientas y algunos pedazos de madera. Pareciole tan horrible y
repugnante, que bien pudo conocer Pepet el espanto que causaba en el
ánimo de la señora. Quiso esta retirarse; pero él le dijo:
—Una palabra, señora, pues va en ello la salvación de mi alma.
¡La salvación de su alma! Esto era motivo bastante para no huir. A
veces una palabra basta a llenar de gracia un corazón y salvar un alma.
Si ella podía decir esa palabra, ¿por qué no decirla? La de Aransis no
era gazmoña.
—La madre abadesa me ha mandado que clave estas tablas en la puerta
—dijo Tilín—. Dios me depara por un instante la compañía de la persona
que más amo en el mundo. Señora, si usted no me oye y se va...
Al decir esto, Tilín fijó sus ojos de fuego en el semblante de la
asustada monja, y al mismo tiempo mostró un cuchillo enorme que con las
otras herramientas tenía.
—¿Qué?... —murmuró ella.
—Si usted se va y no me oye, ahora mismo me parto el corazón con este
cuchillo y acabo para siempre.
Diciéndolo mostraba el filo del arma.
Sor Teodora tembló de espanto y no se atrevió a moverse. Veía a Tilín
en las agonías de la muerte; veía el convento manchado por la sangre de
un suicida, y el horrible escándalo que había de seguir a este hecho.
Más muerta que viva tomó su escoba y se puso a barrer a pocos pasos del
dragón.
—Señora —dijo este tomando un martillo—. Yo haré por vencerme; pero es
precisa condición que usted no huya de mí.
—Malvado —exclamó la monja, recobrando de pronto su energía—, si no
temiera ofender a Dios, aquí mismo te rompía la cabeza con este palo.
¿Quién te inspiró tan infames ideas? ¿De ese modo pagas los beneficios
que has recibido en esta casa? Sin duda estás dominado por Satanás.
Arderás en los infiernos si no te detienes a tiempo.
Y diciendo esto barría.
—Arderé con gusto si ardemos juntos —replicó Tilín, que lanzado por los
despeñaderos del sacrilegio, no podía detenerse—. Yo no soy como ningún
otro, señora. Veneno y fuego corren ya por mis venas.
—Maldito, para todos hay misericordia; pídela y se te dará.
—No la quiero sin usted... ¿Por qué soy maldito? Porque amo. ¿Quién
ha hecho los corazones sino Dios? Si usted estuviera fuera de esta
casa, ¿qué mal habría en que correspondiera a mi cariño?... Mi cariño
es ahora salvaje y loco... pero sería dulce y tranquilo si no hallara
tantas espinas cuando se acerca a su objeto. Todo el mal consiste en
que es usted monja, en que viste un hábito, en que hizo votos... ¡Ay,
señora! Hace doce años, cuando le cortaron a usted el cabello... yo era
niño y usted era ya una mujer que podía haberse casado con cualquier
hombre... Pues digo que cuando le cortaron a usted el cabello sentí
que una espada fría me atravesaba el corazón. Desde aquel instante la
quiero a usted y la adoro más que si estuviera en los altares.
Sor Teodora iba a contestar; pero no pudo y siguió barriendo.
—Eso de ser monja —añadió Tilín, clavando un clavo— es lo que me
atormenta. Yo digo que a veces es Satanás quien hace los conventos.
Este por lo menos, obra suya es... No me hable usted de Dios, ni
me llame irreligioso ni sacrílego... todo eso será verdad, será
verdad; pero no quiero oírlo... Demasiado me atruena la tempestad
que zumba en mis oídos... Hay un medio de cortar este mal, señora
—añadió suspendiendo su obra y mirando a la monja con fijeza y una
especie de éxtasis deleitoso, que le hacía poner los ojos en blanco—,
hay un medio. Usted que es tan santa, usted que conseguirá de Dios
cuanto le pida, pídale que le arranque esa soberana hermosura; que
le apague la luz de esos ojos divinos; que le quite esa gracia y ese
encanto hechicero prestado por los ángeles del cielo; que le prive de
ese noble continente y de ese modo de mirar, el cual parece que va
repartiendo dones donde quiera que vuelve los ojos; pídale usted esto,
y entonces... no, entonces tampoco dejaré de quererla, tampoco entonces.
Sor Teodora volvió el rostro. Creía sentirse estrangulada por una
serpiente que se enroscaba en su cuello.
«Este miserable no tiene salvación —pensó—. Abandonémosle».
Y dio algunos pasos para alejarse.
—Señora —gritó Tilín lleno de despecho—, nos veremos, nos veremos
cuando usted menos lo piense.
Esta audaz despedida, que era una amenaza, despertó tal cólera en el
ánimo de la de Aransis, que se volvió y dijo:
—¿Pues qué, menguado y vil hombrecillo, todavía esperas que he de
tolerar una vez más tus groserías? Yo te juro que es hoy el último día
que pondrás los pies en esta casa.
—Eso dicen, señora. Ya me ha mandado la madre abadesa que no vuelva
más, porque el capellán se ha quejado de mis entradas aquí.
—¿Lo ves, lo ves, execrable víbora?
—Sí, ya me han prohibido la entrada, y en cuanto clave esta puerta,
adiós para siempre San Salomó, mi querido San Salomó, donde está mi
vida toda... Pero volveré, señora, yo juro a usted que me verá cuando y
donde menos lo piense. Esto no se puede dejar.
La monja sintió que su terror se aumentaba. La imagen detestable de
Tilín se le presentó lo mismo que el terrible individuo que está a los
pies de San Miguel.
—Volveré —repitió Tilín levantándose y recogiendo las herramientas—.
Hasta luego, señora... No se digna mirar al pobre condenado. Señora.
La monja se alejaba rápidamente. Huía como se huye del monstruo más
horrendo.
—Sí..., me condenaré... —murmuró Tilín—. Ya estoy condenado... Sí, ya
lo estoy; sí, ya no puedo salvarme.
El sacristán-guerrero, absorto en sus pensamientos, no vio a la madre
abadesa que hacia él venía.
—Tilinillo —le dijo la señora—, antes que te vayas, arregla el
emparrado de la huerta. Ya ves que con el peso de los racimos y lo
mucho que ha crecido la vid amenaza caerse uno de los palos y rompernos
la crisma el día menos pensado. Ponle un par de clavos y nada más.
—Ya había pensado en ello, señora. Voy a traer la escalera grande que
hay en la iglesia. Compondré el emparrado, y también daré una mano de
cal a las tejas del palomar que se están cayendo.
—Bien, hombre, bien: todo se te ocurre —dijo la madre entusiasmada con
la previsión del sacristán-soldado—. Yo no tendría inconveniente en que
siguieras entrando aquí. ¿Qué importa? Tú eres bueno; te hemos criado
desde niño... sabes respetarnos y nos quieres mucho... pero el señor
capellán me ha dicho hoy que esto no puede consentirse... y hoy te
despedirás de nosotras. Pero vendrás a vernos por el locutorio, ¿no es
verdad?
—Sí, señora: volveré por el locutorio.
—Espero que otra vez tomarás parte en la campaña. ¡Qué injusto ha sido
contigo ese bribón de Pixola! Ya le he escrito a Jep... Por las espinas
de Cristo, que es un dolor ver oscurecido a militar tan valiente. Es
lástima que no hayas ido a Manresa.
—Aún es tiempo: iré.
—¿Con la gente de aquí?
—Con la gente de aquí o conmigo solo.
Y sin más razones fue a buscar la escalera. Viósele después sobre el
emparrado, sobre el palomar y andando por el filo de la gran tapia.
Parecía el gato de San Salomó recorriendo sus dominios. Después se
encerró largo rato en la leñera, sala baja que antes de la embestida
de los franceses fue refectorio, y convertida en trastera hallábase
completamente atestada de leña y retama para los hornos de bollos. Allí
estuvo Pepet revolviendo todo en busca de no sabemos qué materiales
para la obra magna que pensaba hacer en el palomar. Grande fue su
tarea; pero al anochecer dio todo por concluido, y puesto el uniforme y
despidiéndose de las monjas, salió del convento.