En los museos y colecciones particulares del extranjero, hay muchos

retratos suyos que se supone hechos por él mismo. Bürger, en el catalogo

que añadió a la obra de Stirling, cita siete: Lefort, habla de nueve: si

se hiciera caso de las listas de ventas célebres verificadas en lo que

va de siglo, sería forzoso admitir que don Diego pasó una gran parte de

su vida retratándose. En realidad, sin contar el que «para admiración de

los bien entendidos y honra del arte» se ufanaba de poseer Pacheco[90],

pintado en Italia durante el primer viaje y que se cree perdido, hay

cuatro de autenticidad indudable, ya por el estilo, ya por las

composiciones en que figuran: el de _Las lanzas_; el del Museo de

Valencia, hecho pocos años después, que según cuantos lo han estudiado y

copiado, ha padecido mucho entre injurias del tiempo y repintes o

restauraciones inhábiles; el del Museo del Vaticano,[91] notabilísimo

por su ejecución, teniendo ya cerca de cuarenta años; y finalmente el de

_Las Meninas_. En éste, a pesar de haberse modestamente colocado en el

segundo término de la composición y casi en sombra, se le percibe muy

bien. Era moreno de rostro, viva la mirada, tan abundoso el pelo, que

acaso sea peluca, de gentil talle, galán y airoso, con esa hermosura

masculina, que consiste antes en la simpática expresión de la fisonomía

y natural elegancia de la persona que en la corrección de las líneas:

tipo muy de su tierra que pudiera aceptarse como la personificación del

caballero español de su tiempo. Es de observar en este retrato, que

nacido don Diego en 1599, y pintado el cuadro en 1656, no representa los

cincuenta y siete años que tenía.

En opinión de muchos, que acaso pequen de ligeros, Velázquez _no sintió_

los asuntos religiosos. Según ellos, su tendencia a la mera imitación de

lo que podía ver y observar era opuesta a la exaltación de espíritu

necesaria, para concebir y representar personas divinas, misterios y

milagros. En mi humilde juicio se ha exagerado mucho en este sentido. No

fue ciertamente un místico: media un abismo entre la amorosa admiración

a la Naturaleza que revelan sus cuadros y el desprecio del cuerpo, _la

envoltura carnal_ el _vaso dañado_, como le llaman las obras de los

teólogos de aquel tiempo, y de cuya doctrina se hicieron intérpretes

casi todos los pintores. Velázquez experimentaba esa adoración a la

forma, por sí misma, que es el rasgo propio de los grandes artistas: tal

vez veía en la belleza la principal manifestación de la suprema bondad,

y no gustaba de mermarle sus encantos. Cuando trató fealdades, como en

los bufones, envolvió aquellas injurias a la Naturaleza en ese

resplandor moral que se desprende de lo verdadero: pero jamás para

expresar ideas determinadas privó a la forma humana de sus excelencias y

primores. No hizo, no podía hacer Cristos feos de puro demacrados,

Vírgenes sin gracia en fuerza de querer representar pureza, mártires

chorreando sangre, anacoretas cadavéricos, rostros consumidos ni

miembros donde estuviera maltratada y desconocida esa dignidad de la

forma, que es también una alabanza para el Hacedor: debía de amar antes

al Dios que crea, conserva y embellece, que al que destruye, aniquila y

afea; era creyente y no fanático.

Sus cuadros lo atestiguan. El de la _Adoración de los Reyes_ es, ni más

ni menos, lo que hacían los demás artistas de entonces; Zurbarán por

ejemplo: pero el _Cristo flagelado_, de Londres, aún después del

suplicio conserva la belleza del vigor y el _Cristo crucificado_, de

Madrid, en el momento de morir resplandece por la pureza de sus líneas:

en ambos casos dio a la figura divina la hermosura por atributo.

Veamos las otras dos composiciones que pintó de asunto cristiano, y nos

persuadiremos de que sin dejarse absorber por el ascetismo lúgubre que

dominó a sus contemporáneos, sabía expresar poética y severamente lo

religioso.

En la _Coronación de la Virgen_,[92] que hizo para el oratorio de la

segunda mujer de Felipe IV, exceptuadas las cabezas de Cristo y del

Padre Eterno, que realmente son vulgares y carecen de majestad, todo lo

demás es propio de un fervoroso creyente. Si se prescinde en el arte

español de las _Concepciones_ de Murillo, y en las escuelas flamencas de

las antiguas Vírgenes, representadas con sin igual ingenuidad y pureza,

¿qué semblante hay más noble y divinamente humano que el de la Virgen de

este lienzo? Y la gloria anegada en luz, y las cabecitas de los

serafines, envueltos en clarísimos resplandores, ¿qué tienen que

envidiar a los cielos y los ángeles del gran Murillo?

Sin embargo, quizás sea este el cuadro más discutido de Velázquez, hasta

en lo que se refiere al color: pues al paso que unos críticos y pintores

lo consideran como afeado por agrios contrastes y desentonos entre los

rojos amarantados casi vinosos, y los azules intensos, otros creen que

es la obra donde logró ser más colorista, mostrando su predilección por

los maestros venecianos y su afición a la manera del _Greco_. Esta

opinión es en mi juicio la que acierta: pues aunque las túnicas

carminosas y moradas del Padre Eterno, de Jesús y de la Virgen,

consideradas aisladamente, pudieran parecer ingratas a la vista, no lo

son merced a la habilidad y buen gusto, superiores a todo encomio, con

que están sus tonos hermanados por una serie de gradaciones intermedias

en que dominan los grises, ya pálidos, ya intensos, luminosos y

plateados, viniendo a formar una armonía encantadora, y acaso la más

brillante impresión de color que ideó Velázquez. Por último, la

tonalidad general de este cuadro, que puede causar en un museo efecto

poco favorable, estaría de fijo calculada conforme a la decoración y

ornato del oratorio donde había de figurar.

En _San Antonio Abad visitando a San Pablo, ermitaño_[93], no falta

tampoco espíritu religioso, sino, por el contrario, tiene la escena todo

el austero carácter que requiere su índole. No podía Velázquez,

adelantándose a las exigencias de fidelidad y color local que pide la

crítica moderna, dar a los personajes y al sitio el aspecto propio de

Oriente que debieran tener. San Pablo, huyendo de la persecución

organizada en tiempo de Décio, se pasó de la Thebaida inferior al

desierto, y aquellos lugares, no eran fáciles de estudiar para un

artista a mediados del siglo XVII, suponiendo que se le ocurriese; pero

él, con superior instinto, buscó un paraje solitario de imponente

grandeza, acaso de lo más abrupto del Guadarrama, y allí, entre ingentes

peñascos, a la entrada de una espelunca, colocó a los anacoretas en

graves posturas, poseídos de unción y llenos de dignidad. Hasta la bien

calculada desproporción que existe entre sus figuras y el grandor

descomunal de las rocas da al conjunto aspecto solemne por el contraste

que forma la grandiosidad de la Naturaleza con la pequeñez humana. El

cuervo viene por el aire dejándose ya caer con las alas plegadas,

trayendo el pan en el pico y destacando su negro plumaje sobre el tono

grisaseo de las rocas: San Antonio contempla admirado al ave

prodigiosa, y San Pablo, con las manos juntas y levantadas, mira al

cielo en acción de gracias. Un árbol de pobre ramaje hace más triste

aquel apartado rincón del mundo, y a lo lejos un río tranquilo se

desliza por la llanura del valle, donde, al modo de las antiguas tablas

de devoción, se representan en pequeñas composiciones aisladas episodios

de la vida del primer ermitaño; el demonio, que viene a tentarle, su

muerte, y los leones que mansamente le cavan la fosa con sus garras. La

luz es intensa, el ambiente puro: si la tierra parece triste, el cielo

es alegre y luminoso como la gloria prometida a la virtud de aquellos

santos.

Hizo Velázquez este cuadro para la ermita de San Antonio, en el Retiro,

y fue su última obra. En ella, cual si lo presintiera, dio la medida de

su saber: si a primera vista no seduce, examinada despacio causa

impresión muy honda: esta ejecutada con voluntaria desigualdad que

acrecienta el efecto que causa: el campo, tierra, peñascos, cielo y

fondo hechos con rápida maestría; las figuras, y en particular las

cabezas, minuciosamente construidas, sin que su pequeñez perjudique ni

mengüe la impresión que producen, porque a poco que se miren, como si

crecieran, parecen de tamaño natural.

Si en arte son sinónimos, idealismo y poesía, nadie ante este lienzo

pondrá en duda que Velázquez, el enamorado de lo real, el que nunca

debió de pintar lo que no vio, era uno de esos genios que en el amor a

la Naturaleza confunden y con él aureolan toda la belleza que conciben.

Año de 1659, se ajustó la llamada _Paz de los Pirineos_, entre Francia y

España, renunciando ésta definitivamente a su soberanía en el Rosellón,

la Cerdaña y el Artois. Fue garantía del tratado el matrimonio de la

hija de Felipe IV, doña María Teresa, con su primo Luis XIV de Francia,

y habiéndose concertado que se verificase la entrega de la Infanta en la

isla de los Faisanes allá fue Velázquez precediendo a los Reyes para

preparar su alojamiento y alhajar la casa que se llamó de la

Conferencia.

Por libros y relaciones de la época[94] se sabe que en aquella

entrevista la Corte de España desplegó pompa y aparato impropios de

ocasión tan desastrosa; pero si este error fue hijo de la vanidad real o

la adulación cortesana, Velázquez cumplió su obligación adornando las

estancias con magníficos tapices de palacio, algunos de los cuales se

conservan y prueban el gusto con que nuestro gran pintor los escogió.

Cuantos historiadores han descrito el acto de la entrega de la Infanta

hacen mención del contraste que ambas Cortes formaron: las damas

francesas se presentaron ataviadas con exquisita elegancia; las nuestras

afeadas por sus ridículos guardainfantes y tontillos; en cambio los

caballeros de Luis XIV iban sobrecargados de lazos, cintas y moños

mientras los españoles vestían el airoso traje de seda y terciopelo

negros, esmaltado el pecho por alguna venera verde o roja de las Órdenes

Militares.

«No fue don Diego Velázquez--dice Palomino--el que en este día mostró

menos su afecto en el adorno, bizarría y gala de su persona; pues

acompañada su gentileza y arte, que eran cortesanas, sin poner cuidado

en el natural garbo, y compostura, le ilustraron muchos diamantes, y

piedras preciosas; en el color de la tela no es de admirar se aventajara

a muchos, pues era superior en el conocimiento de ellas, en que siempre

mostró muy gran gusto; todo el vestido estaba guarnecido con ricas

puntas de plata de Milán, según el estilo de aquel tiempo, que era de

golilla, aunque de color, hasta en las jornadas, en la capa la roxa

insignia, un espadin hermosísimo, con la guarnición y contera de plata,

con exquisitas labores de relieve, labrado en Italia; una gruesa cadena

de oro al cuello, pendiente la venera guarnecida de muchos diamantes en

que estaba esmaltado el hábito de Santiago, siendo los demás cabos

correspondientes a tan precioso aliño».

Las fatigas de aquel empleo de aposentador que _había menester un hombre

entero_, acrecentadas con el viaje a los Pirineos, minaron la salud de

Velázquez. Todos sus biógrafos han tomado de Palomino lo que se refiere

a su muerte extractándolo más o menos; aquí se copia íntegro, porque

cuanto más cercana es la pluma del suceso que narra más color de

realidad le presta:

«Cuando entró Velázquez en su casa, fue recibido de su familia, y de sus

amigos con más asombro que alegría, por haberse divulgado en la Corte

su muerte, que casi no daban crédito a la vista; parece fue presagio de

lo poco que vivió después.

»Sábado día de San Ignacio de Loyola, y último del mes de Julio,

habiendo estado Velázquez toda la mañana asistiendo a su Magestad, se

sintió fatigado con algún ardor, de suerte que le obligó a irse por el

pasadizo a su casa. Comenzó a sentir grandes angustias y fatigas en el

estómago y en el corazón; visitole el Doctor Vicencio Moles, Médico de

la Familia, y su Magestad cuidadoso de su salud, mandó al Doctor Miguel

de Alva, y al Doctor Pedro de Chavarri, Médicos de Cámara de su

Magestad, que le viesen, y conociendo el peligro dixeron era principio

de terciana sincopal minuta sutil, afecto peligrosísimo por la gran

resolución de espíritus, y la sed que continuamente tenía, indicio

grande del manifiesto peligro de esta enfermedad mortal. Visitole por

orden de su Magestad don Alfonso Pérez de Guzmán el Bueno, Arzobispo de

Tiro, Patriarca de las Indias; hízole una larga platica para su consuelo

espiritual; y el Viernes 6 de Agosto, año del Nacimiento del Salvador

1660 día de la Transfiguración del Señor, habiendo recibido los Santos

Sacramentos, y otorgado poder para testar a su íntimo amigo Don Gaspar

de Fuensalida, Grefier de su Magestad, a las dos de la tarde, y a los

sesenta y seis años de su edad dio su alma a quien para tanta admiración

del mundo le había criado, dexando singular sentimiento a todos, y no

menos a su Magestad, que en los extremos de su enfermedad había dado a

entender lo mucho que le quería y estimaba.

»Pusieron al cuerpo el interior humilde atavío de difunto, y después le

vistieron como si estuviera vivo, como se acostumbra a hacer con los

Caballeros de Órdenes Militares: puesto el manto capitular con la roxa

insignia en el pecho, el sombrero, espada, botas y espuelas; y de esta

forma estuvo aquella noche puesto encima de su misma cama en una sala

enlutada; y a los lados algunos blandones con hachas, y otras luces en

el altar donde estaba un Santo Cristo, hasta el sabado, que mudaron el

cuerpo a un ataúd, aforrado en terciopelo liso negro, tachonado y

guarnecido con pasamanos de oro, y encima una Cruz de la misma

guarnición, la clavazon, y cantoneras doradas y con dos llaves: hasta

que llegando la noche, y dando a todos luto sus tinieblas, le conduxeron

a su último descanso, en la Parroquia de San Juan Bautista, donde le

recibieron los Caballeros Ayudas de Cámara de su Magestad, y le llevaron

hasta el túmulo que estaba prevenido en medio de la capilla mayor;

encima de la tumba fue colocado el cuerpo: a los dos lados había doce

blandones de plata con hachas, y mucho número de luces. Hízose todo el

oficio de su entierro con gran solemnidad, con excelente música de la

Capilla Real, con la dulzura, y compás, y el número de instrumentos y

voces que en tales actos, y de tanta gravedad se acostumbra. Asistieron

muchos Títulos, y Caballeros de la Cámara, y criados de su Magestad:

luego baxaron la caxa y la entregaron a don Joseph de Salinas, de la

Orden de Calatrava, y Ayuda de Cámara de su Magestad, y otros Caballeros

de la Cámara que allí se hallaron, y en hombros le llevaron hasta la

bóveda, y entierro de don Gaspar de Fuensalida, que en muestra de su

amor le concedió este lugar para su depósito».

En torno del lecho de muerte se reunirían su mujer doña Juana Pacheco,

su hija Ignacia, su yerno y mejor discípulo Juan Bautista del Mazo, don

Gaspar de Fuensalida, Juan de Alfaro, que le compuso en latín un largo

epitafio, y de seguro su fiel Juan de Pareja.

Acaso consista en que cuando se admira a un grande hombre de éstos, cuya

gloria no ha costado una gota de sangre, experimenta el alma deseo de

poder también estimarle; pero es lo cierto, que hay en la vida de

Velázquez indicios por los cuales se colige que era bueno. Uno de sus

biógrafos dice que «supo ser amigo de Rubens, el más generoso de los

artistas, y de Ribera, el más celoso de todos». Observemos además, que

si derrota a Ángelo Nardi cuando el certamen de _La Expulsión de los

Moriscos_, conserva amistad con él y su antiguo rival le favorece

declarando en las informaciones del hábito de Santiago: hace que sean

llamados a Madrid sus condiscípulos Alonso Cano y Zurbarán; va a

Zaragoza con la Corte, y por su mediación es nombrado Jusepe Martínez,

pintor de Cámara. Juan de Pareja esclavo, como se ha dicho, de

Velázquez, tuvo desde mozo afición a la pintura y la trabajó en secreto.

Un día, sabiendo que el Rey había de ir al estudio de su amo, colocó

vuelto contra la pared un cuadro que a escondidas había pintado,

esperanzado con que el monarca sentiría curiosidad de examinarlo.

Sucedieron las cosas como pensaba. Llegó Felipe IV, descubrió el cuadro

y al preguntar cuyo era. Pareja se arrojó a sus pies: entonces el

monarca dijo a Velázquez. «Advertid que quien tiene esta habilidad no

puede ser esclavo». Su dueño le hizo libre en el acto: mas Pareja toda

la vida continuó sirviéndole, y muerto él a su hija y su yerno. En

verdad que dice mucho en favor del amo esta segunda y voluntaria

sujeción del siervo. El Conde-Duque protege a Velázquez desde 1623 y al

cabo de veinte años de perder la privanza el pintor es de los pocos que

le permanecen fieles. ¿Dónde mayores pruebas de bondad que favorecer a

los compañeros, conquistar la voluntaria sumisión del que fue esclavo y

persistir por gratitud en la peligrosa amistad del caído?

El servilismo cortesano y el estilo pomposo propios de los tiempos en

que escribían, hicieron a Pacheco y Palomino referir los favores

concedidos por Felipe IV a Velázquez con tales colores que sus relatos

sirvieron de base a una tradición, según la cual, el monarca aparecía

como verdadero y entusiasta protector del artista. En nuestros días, los

documentos descubiertos por diligentes investigadores en los archivos de

Palacio y de Simancas, han demostrado con el seco lenguaje de los

papeles oficinescos que los que otorgaron al Rey el papel de mecenas,

incurrieron en gran exageración. Felipe IV gustaba de ver pintar a

Velázquez, tenía llave para entrar cuando quería en su estudio, hasta se

cuenta que permaneció en cierta ocasión sentado tres horas para que le

retratase: pero en su carrera de criado de palacio le dejó ascender paso

a paso, toleró que se le pagara casi siempre con retrasos, resolvió en

contra suya cuando tuvo desavenencias con algún alto dignatario de la

servidumbre, como en 1645 con el Marqués de Malpica[95], y sobre todo le

mantuvo en empleos que, obligándole a servir en bajos menesteres,

hurtaban tiempo a su arte que fue como mermar su gloria. En fin, toleró

que a los cuatro días de muerto el nuevo aposentador, nombrado

inmediatamente para sucederle, se incautase de cuanto había en las

habitaciones de Velázquez so pretexto de que las cuentas de la

aposentaduría arrojaban en su contra un alcance de varios miles de

maravedises. Hasta después de muerto Felipe IV no se puso en claro que

la administración de Palacio debía 74.769 reales, y Velázquez a ella

19.945, quedando según probó Cruzada Villamil publicando la

documentación, plenamente demostrados el desorden de las oficinas reales

y la honradez del artista. No protector suyo sino amparado por él ante

la posteridad juzga a Felipe IV un escritor tan apegado a lo tradicional

y monárquico como el docto don Pedro de Madrazo. Y tiene razón, pues si

no fuera por los retratos donde le inmortalizó ¿qué interés inspiraría

hoy la figura de aquel Rey?

[imagen: MUSEO DEL PRADO

LAS MENINAS

_Fotog. M. Moreno_]

XI

EL ESTILO DE VELÁZQUEZ.--INFLUENCIA EJERCIDA EN ÉL POR LAS OBRAS DE «EL

GRECO».--LO QUE VELÁZQUEZ REPRESENTA EN LA HISTORIA GENERAL DEL ARTE Y

EN LA PINTURA NACIONAL.

Para apreciar debidamente la importancia y significación de Velázquez en

la historia de la pintura española basta fijarse en lo que ésta era

antes de que él produjese sus maravillosas obras. Nuestros pintores del

último tercio del siglo XVI, emancipados en gran parte de las enseñanzas

extranjeras en que se formaron, empiezan a adquirir carácter nacional;

pero la influencia italiana, así en lo especulativo como en lo practico,

es todavía grandísima. De Italia vienen a establecerse en nuestra

Península muchos maestros, y allí van a perfeccionarse los aquí nacidos.

Unos y otros, amoldándose al medio social, cuando trabajan en España,

donde las costumbres eran menos suntuosas y el espíritu religioso más

austero, comienzan a imprimir al arte patrio sello propio: el

Renacimiento pierde en sus manos toda profanidad, se despoja de

sensualismo pagano, de sentido literario, y gana en severidad y vigor lo

que pierde en gracia, poesía y elegancia: nuestro arte, como nuestra

vida, adquiere un tinte de grandiosa tristeza: sobre ambos impera la

melancolía que destilan los libros místicos. En Italia la pintura

despliega esplendidez extraordinaria, aun en los templos es alegre y

eminentemente decorativa, y además de verse empleada y protegida por la

Iglesia lo es tanto o más por las familias ilustres, los grandes señores

y los Gobiernos de las pequeñas Repúblicas. En España, por el contrario,

acaba de crecer y desarrollarse fomentada sólo por la devoción de los

prelados, cabildos, comunidades y parroquias: hasta lo que manda pintar

la piedad individual esta dedicado al claustro y la capilla. La

manifestación religiosa del espíritu nacional queda admirablemente

interpretada y servida. En cambio carecemos por completo de pintura

histórica, familiar y de costumbres. En lo que se refiere a lo externo

del arte, medios de expresión, procedimiento, condiciones personales,

nuestros tratadistas y pintores siguen influidos por el saber de los

extranjeros: unos, como Luis de Vargas, imitan a Rafael; otros, como

Pantoja, siguen a Antonio Moro: el _Greco_, aunque permaneció aquí

tantos años, no renegó de su culto a Venecia.

Velázquez, por impulso de sus facultades ingénitas y por las condiciones

en que se desarrolló su vida, es una personalidad independiente aislada

en el arte nacional. Mas influencia ejerce en la pintura de nuestros

días que tuvo en la de su tiempo. ¿Puede llamársele iniciador o

revolucionario? Si no lo fue en la intención, llegó a serlo de hecho; no

porque le siguieran muchos, sino porque, apartándose de lo pasado,

señaló el camino para lo porvenir. Su estética, puramente instintiva,

consistió en no enmendar la plana a la Naturaleza con pretexto de buscar

dignidad, corrección o gracia. Le bastó la verdad claramente expresada:

si la pintura es tanto más excelente cuanto parece más real, es el

primer pintor del mundo.

Componen la obra pictórica elementos diversos; dibujo, composición,

color, ejecución, tan ligados entre sí, que no hay medio de

considerarlos aisladamente, pero que es preciso diferenciar para

entenderse. Pues bien; esta, a modo de separación, es dificilísima de

establecer tratándose de Velázquez, porque en su trabajo, como en la

realidad, se funden y compenetran. Dibuja con sencillez asombrosa, crea

la forma, da vida al tipo, le imprime carácter; pero busca la mirada los

trazos engendradores de cada cosa, y no los halla, porque su dibujo no

esta hecho sólo con líneas, sino también con el color, con la distancia,

con el aire. No alcanza por completo este resultado en sus comienzos,

mas la pureza de su dibujo es tal que precisamente es lo que más ayuda

para distinguir sus originales de las copias o imitaciones que se le

atribuyen.

Con frecuencia se ha dicho que era un colorista excepcional, pero

conviene explicar en qué sentido es esto cierto.

De dos maneras cautiva el color a la vista: ya porque con su aspecto

seduce, ya porque con su verdad persuade: lo primero fácilmente se logra

con un trozo o parte de la composición a expensas de lo restante: lo

segundo no se consigue sino entonando, armonizando el conjunto de modo

que cada cosa tenga no sólo el color que le es propio sino este mismo

según el lugar que ocupa y modificado por lo que le rodea. De suerte

que lo esencial es la relación de valores que crea la totalidad:

descuidándola, se ostentan cualidades parciales: así Rubens desplegó en

el color más pompa, Ticiano más riqueza, el Veronés más variedad: en la

verosimilitud de la impresión total, ninguno igualó a Velázquez.

Los críticos y biógrafos dividen lo que produjo durante su vida en tres

épocas, queriendo ver en cada una un estilo o manera diferente.

El primero comprende lo que hizo antes de su venida a Madrid y en los

comienzos de su estancia en la corte: entonces es seco y duro por buscar

con tenaz empeño el modelado: su preocupación es conseguir la

corporeidad: la _Adoración de los Reyes_ y algunos retratos, como el de

personaje desconocido número 1.103 del Museo del Prado, representan esta

fase del desarrollo de sus facultades.

En el segundo, más suelto, más fácil, comienza a dar al claro-obscuro

una importancia excepcional: el cuadro de _Los borrachos_ representa una

observación de la totalidad sin precedentes, pero aún no ha perdido en

él aquella primitiva dureza. Las obras que dan más completa idea de este

período, son las que pintó en su primer viaje a Italia, _La fragua de

Vulcano_ y _La túnica de José_.

En el tercero, que abarca desde que vuelve del segundo viaje hasta que

muere, llegan sus facultades y su saber combinados, al límite de lo que

puede realizar el arte: lo que pinta se confunde con la realidad.

Vida y obras de don Diego Velázquez · 第 9 / 12 段