De los Reyes de la Edad Media heredaron los modernos la fea costumbre de

vivir rodeados de bufones a quienes toleraban las libertades que no

consentían a políticos ilustres ni generales vencedores: sin que fuese

esta vileza propia de monarcas genuinamente españoles, sino, a lo que

parece, importada por los venidos de fuera. En torno de los Austrias

abundó la triste ralea de gibosos, enanos, patizambos, bobos y casi

locos, a quienes se llamaba vulgarmente _las sabandijas de Palacio_.

Acaso el buscar aquella ridícula compañía fuese consecuencia de la

melancolía hereditaria que hizo al hijo de doña Juana la Loca retirarse

a Yuste, encerrarse a Felipe II en una celda de El Escorial y morir

aterrado a Felipe III. La costumbre se inició en tiempo de Carlos I,

generalizándose tanto, que no sólo había bufones en las moradas reales,

sino también en las casas de los nobles. El gran Antonio Moro retrató

magistralmente a uno llamado _Perejón_, que tenían los Condes de

Benavente, y en el Museo del Prado le vemos de cuerpo entero y tamaño

natural, ataviado con lujo y unos naipes franceses en la mano[80].

Del reinado de Felipe IV se conservan papeles donde se citan muchos de

aquellos fenómenos mantenidos con holgura y regalo que ya hubieran

querido para sí hombres insignes que padecieron hambre y desprecio.

En consulta al Rey hecha en 1637 sobre los _vestidos de merced_ que se

daban a ciertos servidores de palacio, después de proponer que se fijara

el coste de los trajes del destilador, del tío que guardaba los

lebreles, de los músicos, de los barberos y ¡de Diego Velázquez! se

nombra a varios bufones u hombres de placer: allí figuran, además de un

Pablo de Valladolid a quien luego se ha llamado _Pablillos_ y que no

tiene aspecto de bufón, otros que seguramente lo eran: _Calabacillas_,

_Soplillo_, _don Juan de Austria_, _Cristóbal el ciego_, _el enano

inglés don Antonio_, a quien se pagaba un ayo, y Nicolás Panela y

Bautista el del ajedrez que debían de ser muy destrozones y perdidos,

pues al proponer que se les diera vestido se indica la conveniencia de

obligarles a que se lo pongan para que no anden _como ahora_, lo cual da

a entender que eran unos grandísimos puercos. Se comprende que

Velázquez, por broma o por estudio, retratase a un par de ellos, como

había hecho en Fraga con _el Primo_, que también figura en la citada

relación: pero cuando pintó tantos no es ningún disparate suponer que lo

haría de orden del Rey. Por lo menos a éste le gustaban mucho y los

mandaba colocar en un pasillo del salón de Reinos del palacio del

Retiro, cerca de la puerta por donde salía a tomar los coches.

No todos estos cuadros son de la misma época: _el bobo de Coria_, _el

niño de Vallecas_, _don Sebastián de Morra_ y _el Primo_ pertenecen al

segando estilo: _el enano don Antonio el inglés_ y _don Juan de Austria_

al último.

Difícilmente se hallara en la historia tan elocuente prueba de que el

arte dignifica lo que toca, y hasta con la fealdad rayana en lo

repugnante, causa impresiones gratas, como esta serie de mamarrachos

despreciables eternizados por el genio de un hombre.

_El Primo_, con su gran chambergo y su traje de rizo negro, hojeando un

infolio: _Morra_, más que sentado, caído en el suelo de golpe, mostrando

sus calzas verdes y su tabardo rojo; el _bobo de Coria_, con su severo

traje negro como persona grave; el _niño de Vallecas_, casi todo de

verde y con una media desgarrada; _don Antonio el inglés_, con coleto de

brocado y sombrero de plumas, y _don Juan de Austria_, con arreos

militares, forman una compañía abigarrada y extraña, a la cual se pasa

revista bromeando y riendo, como ellos vivían, pero que deja en el

pensamiento una impresión más honda que muchos espectáculos serios.

En las cabezas de aquellos desdichados es donde mejor se puede estudiar

hasta dónde llegó Velázquez en el estudio de la expresión: _el Primo_ es

grave y reflexivo, casi elegante; _Morra_ tiene cara de malo; el _bobo

de Coria_ es tipo de idiota triste; el _niño de Vallecas_ estúpidamente

alegre; _don Antonio el inglés_, apoyado en aquel admirable mastín más

simpático que él, parece una caricatura del orgullo; _don Juan de

Austria_, antes que de bufón palaciego, tiene traza de pícaro escapado

de los capítulos del _Guzmán de Alfarache_ o de las jácaras de Quevedo.

Y no se puede afirmar cuales están mejor pintados, porque si los del

último período son un prodigio para quien conoce la técnica, los

anteriores asombran por la vida que hay en sus cuerpos, prontos a

moverse, y en sus rostros donde tras gestos o muecas de un cómico

insuperable, parece que bulle la tristeza sin nombre que debe de dejar

en el alma el convencimiento de la propia ignominia.

Cada español aficionado a la pintura, tiene sus trozos favoritos en el

conjunto de las obras de Velázquez: yo, reconociendo la mayor

importancia de las grandes composiciones como _las Hilanderas_ y _las

Meninas_, confieso que siento particular afición a esa cuadrilla de

payasos tristes, que no me parecen retratos independientes, sino figuras

de un mismo cuadro, actores de un mismo drama que por su voluntad se han

separado para pensar a solas, pero que pueden reunirse cuando quieran.

Siempre interpretó Velázquez maravillosamente el mundo de lo real, hasta

en lo más intangible y sutil, pues que dio la ilusión del aire que

respiramos, pero donde acertó a pintar la vida con mayor potencia de

expresión, fue en las cabezas de aquel rebaño de hombres frustrados, no

hechos seguramente a semejanza de Dios, que dan ganas de llorar después

de haber hecho reír. El Rey, que alardeaba de literato, no le mandó

retratar a los poetas que dieron gloria a su reinado, ni a Montalbán, ni

a Salas Barbadillo, ni a Vélez de Guevara, ni a Rojas, ni a Moreto, ni a

Tirso, ni a Calderón, ni a Lope, sino a sus bufones: y no hace falta

fantasear para creer que los pintó con cierta dulce simpatía: eran sus

compañeros, juntos figuraban en las nóminas de Palacio.

Los antiguos inventarios del Alcázar y los biógrafos de Velázquez hablan

de otros retratos de bufones cuyo paradero se ignora: citan el de

_Calabacillas_, que acaso sea el designado hoy como el _bobo de Coria_,

pues se recordara que tiene ante sí en el suelo dos calabazas; el de

_Cárdenas, el toreador_, y el de _Velasquillo_: finalmente, Ponz, al

enumerar las pinturas que en su tiempo existían en el palacio del

Retiro, menciona «un bufón divertido con un molinillo de papel y alguno

más, que son del gusto de Velázquez»[81]. Finalmente, Stirling, dice,

que el capitán Widdrington, autor de _La España y los españoles en

1843_, asegura en esta obra haber visto el retrato de una enana desnuda

representada en forma de bacante.

X

CUADROS MITOLÓGICOS: «MERCURIO Y ARGOS». «MARTE». LA «VENUS» DE LA

COLECCIÓN MORRITT. «MENIPO». «ESOPO». «LAS HILANDERAS». «LAS MENINAS».

«LA CORONACIÓN DE LA VIRGEN». «VISITA DE SAN ANTONIO ABAD A SAN

PABLO».--VIAJE DE VELÁZQUEZ A LA FRONTERA DE FRANCIA. SU ENFERMEDAD Y

MUERTE.

Nunca debió Velázquez de tomar muy en serio la mitología: cuando

muchacho, en casa de Pacheco, donde habían de leerse y comentarse

composiciones poéticas apropiadas al gusto de la época, con amores y

aventuras de héroes y dioses, él pintó animales y pescaderías; cuando

fue a Italia y respiró aquella atmósfera, esencialmente pagana, trajo

_La fragua de Vulcano_; cuando en los últimos años de su vida le ordena

el Rey decorar una estancia de Palacio, hace cuadros en que representa a

los personajes de la fábula como simples mortales. Para el salón de los

espejos del Alcázar pintó _Venus y Adonis_, _Psiquis y Cupido_, _Apolo

desollando a un sátiro_ y _Mercurio y Argos_, de los cuales sólo el

último se salvó del incendio de 1734.

La composición de _Mercurio y Argos_[82] es originalísima, adecuada

para el sitio que había de ocupar sobre una puerta emparejado con el

_Apolo desollando a un sátiro_: el dibujo de una precisión insuperable:

en la ejecución es la muestra de todo lo que supo hacer. Las tintas, muy

diluidas, apenas manchan la superficie que cubren; las pinceladas, ya se

marcan creando al mismo tiempo forma y color, ya se desvanecen

estableciendo términos, sombras y distancias; por más que se mira aquel

lienzo, no hay manera de darse cuenta exacta de cómo esta pintado, y,

sin embargo, los ojos no pueden desear más verdad. De que Mercurio y

Argos tengan el carácter heroico y grandioso que su naturaleza

sobrehumana y poética debiera infundirles, no se ha cuidado el artista

en lo más mínimo: antes al contrario, parece que ha puesto empeño en

rebajarles, no sólo a la condición de simples mortales, sino de hombres

bajos y ordinarios; el guardián del vellocino de oro, tiene trazas y se

ha dormido en postura propia del más zafio lugareño; el mensajero de los

dioses viene a robarle sin gallardía, como un rateruelo vulgar. Es un

modo propio, personal, único, de entender e interpretar la mitología,

donde hay algo análogo al sarcasmo y la burla, que pudiera ocurrírsele a

un pintor pagano para expresar ridiculizándolo un episodio sagrado al

cristianismo.

Tanto por la disposición del asunto cuanto por su interpretación y su

técnica, es un cuadro que nunca podrá satisfacer a la mayoría del

público: el día que todo el mundo lo entienda, no habrá vulgo; en cambio

los pintores lo consideraran siempre como el resultado más completo que

se puede obtener en la practica de su arte.

No trató Velázquez con más miramiento ni respeto al furibundo

_Marte_[83], a quien representó sentado, en cueros, apoyando el codo

izquierdo sobre el muslo y la barba sobre la palma de la mano, mientras

deja el brazo contrario caer naturalmente. Son sus ropas un manto rojo

vinoso que, sin cubrirle, le sirve de fondo por la parte inferior, y un

trapo azul liado a la cintura y sujeto por entre las piernas. Lleva en

la cabeza morrión, y se ven a sus pies una rodela y una espada. Es un

soldadote de aquellos que, cuando les faltaba la paga, se hacían

capeadores en las ciudades o bandidos en el campo. El rostro es vulgar,

aviesa la mirada, la musculatura recia, pero no hay en toda su persona

rasgo ni línea que revele carácter sobrehumano, ni siquiera heroico.

Creen unos biógrafos de Velázquez, que la _Venus del espejo_, es el

mismo cuadro de _Psiquis y Cupido_, que se sabe hizo para el _Salón de

los espejos_: otros dicen que es una obra distinta. En lo que nadie

discrepa, es en lo que se refiere a la autenticidad, en la segura

convicción de que esta soberbia pintura es de mano de Velázquez. Se

ignora si estuvo en el Alcázar caso de no ser la misma _Psiquis y

Cupido_. El siglo pasado, era propiedad de la casa ducal de Alba, donde

la vio Ponz,[84] perteneció después a Godoy cuyos herederos la vendieron

y es ahora la joya mejor de la célebre Colección Morritt. Con decir que

no se conserva otro desnudo de mujer pintado por Velázquez, siendo éste

el único que se conoce esta dada idea de su importancia.

Desgraciadamente no volverá a España, pues como dice con razón un

escritor francés, «todo objeto de arte importado a aquellas islas, no

sale nunca de allí; esta condenado a reclusión perpetua; no vuelve a la

circulación y hasta se llega a ignorar que existe.» En la gran

_Exposición de tesoros artísticos del Reino Unido_ celebrada en

Manchester, los pudibundos ingleses, colocaron el cuadro a tal altura,

que casi no era posible examinarlo.

La figura es de tamaño natural. _Venus_ esta enteramente desnuda tendida

de espaldas en una cama, reclinada la cabeza sobre el brazo derecho,

cuya mano tiene oculta entre el cabello: no se le ve la cara: el cuello,

los hombros, la masa dorsal, las caderas, las rodillas y las piernas,

forman una línea ondulante de esbeltez incomparable. El bulto entero del

cuerpo, carnoso y blando, destaca por claro sobre paños grises que

establecen separación entre el lienzo blanco del lecho y la carne

pintada a toda luz. En segundo término y a la izquierda destacando sobre

un cortinaje rojo, un amorcillo sostiene un espejo con marco de ébano,

donde se refleja el semblante de la diosa. Bürger, dice, que «no tiene

la cintura deformada por ningún invento de la civilización», pero basta

ver una fotografía, para observar que el talle conserva huellas de la

presión de la durísima y emballenada cotilla que usaban las mujeres de

aquella época. La ejecución y la impresión general de color revelan que

el lienzo fue pintado hacia los mismos años que el _Marte_ y el

_Mercurio y Argos_. Aunque colocada y movida con suprema elegancia esta

_Venus_, no es una diosa, sino una bellísima mortal. Emilio Michel dice

de ella que «no tiene nada común con la divinidad clásica a que nos han

acostumbrado las obras de los maestros italianos»[85].

Quien así representaba a los dioses inmortales no había de tratar con

mayor consideración a los filósofos que dudaban de ellos.

Como si hubiera leído al autor de los _Dialogos de las cortesanas_, que

describe a _Menipo_, viejo, calvo, sucio, desarrapado y haciendo burla

de toda sabiduría, Velázquez lo pintó calado el chapeo mugriento y

envuelto en una capa raída, bajo la cual, asoman las piernas, que cubren

medias asquerosas de paño burdo y zapatos para los que fuera un insulto

la limpieza. Los libros y pergaminos que hay a sus pies, son emblema del

desprecio que le inspira el prójimo, y aún lo denota mejor la sonrisa

entre socarrona y descreída con que se le fruncen los labios[86].

_Esopo_[87] es más viejo y va no menos andrajoso: forma toda su

vestimenta, un sayo pardo raído y polvoriento: lleva una mano metida en

el pecho, y en la otra arrimada a la cadera, sostiene un voluminoso

pergamino. Lo mismo tienen estos dos de griegos y filósofos, que Marte,

Mercurio y Argos, de deidades olímpicas: es decir, nada. Pero si en el

modo de designarlos hay algo de bautizo caprichoso y arbitrario, todo lo

restante es en ellos asombrosa verdad: no pueden imaginarse tipos más

perfectos de esa suciedad y desorden con que el cuerpo y las ropas, el

continente y el semblante, acusan la perturbación del pensamiento: de

su orgullosa filosofía a la pérdida de la razón no hay más que un paso.

_Las Hilanderas_[88] es obra tan popularizada por toda clase de

reproducciones que no ha menester descripción: además, la palabra es

impotente para dar idea de sus principales encantos que son la atmósfera

y el color. Hay manera de decir dónde y cómo están colocadas las

figuras, sus tipos, posturas, ademanes y ropas: lo inexplicable es la

vida que hay en ellas, el ambiente que les rodea y las distancias que

separan los cuerpos y diferencian las cosas, creando un conjunto tan

animado y movible como la misma realidad. El lugar de la escena es un

taller de la antigua fabrica de tapices de Santa Isabel: los personajes

principales son cinco obreras entregadas a la labor. Una, ya vieja, esta

hilando en rueca de torno: con la mano izquierda da vueltas a la rueda,

cuyos radios parecen hacer vibrar el aire: en la diestra sostiene el

huso, mientras vuelve naturalmente la cabeza para hablar con una

compañera que al tiempo de alejarse sujeta un pesado cortinón. Otra, al

lado opuesto de la composición y sentada de espaldas al espectador,

desenreda con la mano izquierda la madeja enmarañada en una devanadera

sosteniendo en la derecha el ovillo, en tanto que parece oír lo que le

dice una jovencilla que se le acerca trayendo un cesto. En el centro,

medio arrodillada, esta la quinta ordenando o recogiendo paquetes de

lana desparramados por el suelo, y al fondo, en otra segunda estancia de

piso realzado, en una atmósfera más clara que la de la acción

principal, envuelta en los rayos del sol que penetran por la izquierda,

hay dos damas de gentil talante entretenidas en examinar un tapiz

colgado del muro y otra que mira de frente como atraída por la hermosura

de la trabajadora del primer término que desenreda la madeja de la

devanadera. Esta moza, que muestra desnuda la espalda, ambos pies, el

brazo y parte de la pierna izquierda, es quizás la más gallarda figura

de mujer que pintó Velázquez. En ella parecen haberse refugiado toda la

lozanía, gracia y vigor que se echa de menos en los cuerpos enclenques y

los rostros paliduchos de las infantas y las reinas. Las partes y

miembros que en ella cubren las ropas aparecen acusados por los pliegues

de los paños; bajo la camisa y el refajo se adivinan formas llenas y

gallardas, duras y redondas, creadoras de un tipo que pudiera ser modelo

de una estatua erigida a la juventud o la hermosura. No se puede

expresar por qué; pero sus proporciones, su actitud, la forma de su

cabeza, el movimiento que hace, el modo de extender el brazo, la

delicadeza con que arquea los dedos, le dan en totalidad un aspecto

clásico en el más alto sentido de la palabra: y se le ocurre a uno

pensar que si se descubrieran obras de pintores griegos se hallaría algo

parecido a esa mujer gentil y airosa, bella y fuerte, que habiendo

nacido en Lavapiés o Maravillas es digna de haber pisado las plazas de

Atenas y Corinto.

Con otra escena tan natural y sencilla como la representada en las

_Hilanderas_ creó Velázquez una maravilla mayor: _Las Meninas_[89].

El origen y momento, si así puede decirse, del cuadro es fácil de

reconstruir. Velázquez estaba retratando a los Reyes cuando entretenida

en sus juegos vino a colocarse cerca de él la Infanta Margarita con sus

meninas y enanos; el grupo que formaban seduciría a los regios padres de

la niña tanto como al artista y se acordaría que éste pusiese manos a la

obra.

A la izquierda de la composición, con paleta, tiento y pinceles, esta

Velázquez en pie ante un gran lienzo que se ve por el revés, en actitud

de mirar a los Reyes, cuyas figuras se reflejan en un espejo de marco

negro colocado en la pared del fondo. En el centro esta la Infanta

Margarita, que representa cuatro o cinco años, ricamente vestida, en

actitud de tomar un búcaro de agua que le presenta en actitud

respetuosa, viniendo de la izquierda, la graciosa doña María Agustina

Sarmiento. En la misma línea a la derecha otra menina no menos

agraciada, doña Isabel de Velasco, y la enana Maribárbola de feo

semblante y descomunal cabeza miran de frente hacia donde están los

Reyes sentados; ante esta horrenda criatura hay en el suelo echado y

dormitando un mastín que parece pronto a levantarse y huir mansamente

para que no siga hostigándole con el pie Nicolasito Pertusato, enanillo

alegre, esbelto y bien vestido como juguete vivo, cuya postura y

movimiento no hubiera sorprendido mejor una instantánea fotográfica.

[imagen: MUSEO DEL PRADO

LAS HILANDERAS

Fotog. M. Moreno]

Tras este grupo de la Velasco, los enanos y el perro están en pie

hablando entre sí dos personas de la servidumbre; un guardadamas

severamente vestido de negro y doña Marcela de Ulloa, _señora de honor_,

con tocas que parecen monjiles. Ocupan la pared de la derecha ventanas

y espacios intermedios entre ellas: en la del fondo hay en la parte

superior dos grandes cuadros; bajo ellos el espejo donde se ven

reflejados los bustos de doña Mariana y Felipe IV: y en último término

se abre una puerta de cuarterones fuertemente iluminada por la luz de

otra estancia, destacando sobre el intenso claror del hueco, la figura

del aposentador de la Reina, con la mano puesta sobre una cortina. Los

personajes principales que ocupan la primera línea de la composición,

Infanta, damitas, perro y enanos, están iluminados de frente y de alto a

bajo: Velázquez queda algo en sombra: junto al traje obscuro del

guardadamas, resaltan el busto gentil y la faz simpática de la dama de

las tocas y en el fondo contrastan y se diferencian por su distinta

intensidad la luz reflejada en la superficie del espejo y la directa e

intensa que penetra por la puerta. Sorprende a primera vista la altura

de techo de aquella estancia pero pronto explica la observación que

sirve para darnos idea exacta de las proporciones de los cuerpos, y

además para contribuir a la ilusión de las distancias, efectos

conseguidos en esta obra inmortal, mas que con líneas y colores, con la

combinación y contraste de luces que, aislando objetos y personas, les

hace parecer circundados de aire respirable.

Razonar las bellezas de _Las Meninas_, explicando en qué consisten y

porque causan impresión tan honda, equivaldría a escribir un curso de

óptica, aplicada a la pintura.

Después de describir Palomino esta obra sin igual, cuenta que: «fue de

su Magestad muy estimada, y en tanto que se hacía asistió frequentemente

a verla pintar, y asimismo la Reyna nuestra Señora Doña María-Ana de

Austria baxaba muchas veces, y las Señoras Infantas y Damas, estimándolo

por agradable deleyte y entretenimiento. Colocose en el quarto baxo de

su Magestad, en la pieza del despacho entre otras excelentes; y habiendo

venido en estos tiempos Lucas Jordán, llegando a verla, preguntole el

Señor Carlos Segundo viéndole como atónito: _¿Qué os parece?_ Y dixo:

_Señor esta es la Teología de la Pintura_: queriendo dar a entender, que

así como la Teología es la superior de las Sciencias, así aquel quadro

era lo superior de la Pintura».

La frase de Lucas Jordán, es conceptuosa y rebuscada; pero, poco más o

menos, lo mismo han venido a decir luego algunos escritores modernos.

Teófilo Gautier al ver _las Meninas_, por primera vez, como si

confundiese lo real con lo pintado, preguntó: «_pero, ¿dónde esta el

cuadro?_» Pablo de Saint-Victor contó en él hasta tres atmósferas

distintas: Lefort dice: que es la última palabra de la pintura realista

y textual: Stirling afirma que allí Velázquez «parece haberse anticipado

al descubrimiento de Daguerre y tomando un grupo reunido en una cámara,

lo ha como por magia impreso para siempre en el lienzo»: Stevenson dice

que esta obra «es cosa única y absoluta en la historia del arte».

Nadie cree ya aquella tradición según la cual Felipe IV pintó en el

pecho de la figura de Velázquez la cruz de Santiago. Primero don Pedro

de Madrazo y Cruzada Villamil con documentos de Palacio, y después

Beruete de un modo definitivo con datos del archivo de las órdenes

militares, han puesto en claro cuando se concedió a Velázquez el hábito

de Santiago. Según las noticias que el último ha reunido y ordenado, la

cédula de otorgamiento esta firmada por el Rey en 12 de Junio de 1658.

En 15 de Julio presentó Velázquez de su puño y letra la propia

genealogía al Consejo de las Órdenes, que formó el expediente necesario

a las pruebas: aquel mismo día decidió el Consejo que se abriese

información en Monterrey y Tuy para lo que se refería a los ascendientes

de la línea paterna, y en Sevilla a los de la madre. Don Gaspar de

Fuensalida prestó la fianza de 300 ducados: la prueba duró algunos

meses, y en ella declararon Carreño, Zurbarán, Ángelo Nardi, el Marqués

de Malpica, el portugués Marqués de Montebello y Alonso Cano, el cual

afirma que «jamás oyó decir que Velázquez practicase el oficio de pintor

ni hubiera vendido cuadros, sino que los hacía por gusto en obediencia

del Rey para ornato de Palacio, donde desempeñaba cargos honrosos».

Esto, después de aquel famoso fallo del Real Consejo de Hacienda

eximiendo del pago de la alcabala a la pintura y reconociéndola como

arte liberal, cuando en las cuentas del Bureo continuamente se hablaba

de pagos y atrasos cobrados por Velázquez como pintor del Rey, es de lo

más tristemente cómico que puede imaginarse y de lo que mejor pinta la

necia vanidad de entonces.

Concluidas las pruebas, el Consejo de las Órdenes aprobó la edad,

limpieza de sangre y descendencia por línea recta, mas no consideró

noble a Velázquez por parte de padre ni de madre, y aunque el pintor

atestiguó que sus ascendientes no habían pagado nunca el tributo

llamado _la blanca de la carne_ de que estaban exentos los nobles, el

dictamen fue negativo, y Felipe IV, tuvo que pedir al Papa dispensa por

falta de nobleza. Llegó el breve firmado por el Pontífice en Albano a 7

de Octubre de 1659, y aún fue preciso que el Rey hiciese hidalgo al

pintor para que pudiera cruzarse: por fin en 27 de Noviembre de aquel

mismo año, se extendió la orden que le confería merced tan deseada.

Cuenta Palomino, que al día siguiente, cumpleaños del Príncipe Felipe

Próspero, se celebró la ceremonia de la toma de hábito, y al volver

Velázquez a Palacio, fue de S. M. muy bien recibido. Y en distinto lugar

de su obra refiere, que después de muerto, mandó el Rey que en su figura

del cuadro de _Las Meninas_, se le pintase sobre el pecho la cruz de

Santiago.

Esto nos da ocasión para hablar de cuantas veces se retrató Velázquez.

Vida y obras de don Diego Velázquez · 第 8 / 12 段