No sin fundamento llama Palomino a la casa de Francisco Pacheco _cárcel

dorada del arte_, pues fueron sus amigos y en distintas épocas debieron

de leer o presentar allí sus obras muchos hombres ilustres. Fernando de

Herrera, Pablo de Céspedes, el licenciado Roelas, Martínez Montañez,

Juan de Malara, Baltasar del Alcázar, los Carducho, Góngora, Jauregui,

Alonso Cano, Quevedo, Rodrigo Caro, autor de la soberbia elegía _a las

ruinas de Itálica_, y tal vez Miguel de Cervantes.

La atmósfera intelectual creada por tales artistas y poetas, de los

cuales unos eran ya muertos y otros aún vivían, fue el ambiente que

comenzó a respirar Diego Velázquez, quien casi niño salió de poder de

Herrera, adusto y regañón, original e intransigente, que dibujaba con

cañas quemadas y pintaba con enormes brochas, y fue a parar a la

escuela de un hombre bondadoso, apacible, imitador de los italianos,

cuya morada debía de ser academia donde prevalecía el gusto clásico,

fruto de la más pulcra ilustración, pero al fin clasicismo de reflejo.

Aquí comienza a despuntar el genio de Velázquez, porque aun viviendo

rodeado de gentes que por su educación y tendencia, sobre todo por las

corrientes del tiempo, eran entusiastas de todo espiritualismo, aunque

allí dominaban en la doctrina y practica del arte, la devoción a la

antigua española y el renacimiento a la italiana, él lejos de doblegarse

fácilmente a la opinión ajena empezó a trabajar, inspirándose únicamente

de lo que la Naturaleza ponía ante sus ojos, obstinándose en dominar la

forma, comprendiendo que las cosas en apariencia más bajas, viles y

groseras están preñadas de belleza para quien sabe estudiarlas. Mientras

su maestro escribía que la pintura es loable porque puede servir a la

gloria de la religión y al fomento de la piedad, cuanto los pintores más

insignes competían en la representación de apariciones milagrosas y

prodigios inspirados en la fe; él hacía _estudios de animales, aves,

pescaderías y bodegones con perfecta imitación del natural_. Pacheco lo

refiere diciendo, que cuando era muchacho, «tenía cohechado un

aldeanillo, aprendiz que le servía de modelo en diversas acciones y

posturas, ya llorando, ya riendo sin dificultad alguna. E hizo por él

muchas cabezas de carbón y realce en papel azul, y de otros muchos

naturales, con que granjeó la certeza en el retratar»[14].

Por cierto que, a poderse hacer, sería curioso el estudio de investigar

cómo Pacheco dadas sus ideas, de que Velázquez indudablemente no

participaba, llegó a admirarle tanto. Pero si en éste fue grande la

independencia de observación y criterio, no debieron de ser menores la

perspicacia y tolerancia de Pacheco. Las maravillosas aptitudes del

discípulo sedujeron al maestro, que le casó con su hija.

Difícil es poner en claro si ésta y Velázquez aceptaron el propósito de

Pacheco sólo por obediencia, o si se unieron por amor, mas no es

disparatada la suposición de que doña Juana se prendara de don Diego,

cuya gallarda figura al tiempo de la boda, debía de ser muy semejante al

retrato que él mismo se hizo en el cuadro famoso de _Las lanzas_.

Además, así permite creerlo la dramática circunstancia de haber ella

muerto, andando los años, ocho días después de perder a su marido: ¿por

qué achacar a la casualidad aquello en que pudo tener parte la ternura?

Fuera como fuese, Pacheco se ufana diciendo al elogiar a Velázquez:

«Después de cinco años de educación y enseñanza (es decir, cuando su

discípulo tenía diecinueve) le casé con mi hija, movido de su virtud,

limpieza y buenas partes, y de las esperanzas de su natural y grande

ingenio. Y porque es mayor la honra de maestro que la de suegro, ha sido

justo estorbar el atrevimiento de alguno que se quiera atribuir esta

gloria, quitándome la corona de mis postreros años. No tengo por mengua

aventajase el discípulo al maestro (habiendo dicho la verdad que no es

mayor), ni perdió Leonardo de Vinci en tener a Rafael por discípulo, ni

Jorge de Castelfranco a Ticiano, ni Platón a Aristóteles, pues no le

quitó nombre de Divino»: nobles palabras que aun tocadas de disculpable

orgullo revelan su bondad de alma.

[imagen: MUSEO DEL PRADO

PABLILLOS DE VALLADOLID

Fotog. M. Moreno]

La primera educación de Velázquez, la que pudieron darle libros y

maestros, debió de estar por entonces si no concluida muy adelantada.

Según Palomino estudió anatomía en Durero y Vesalio, expresión en Juan

Bautista Porta, perspectiva en Daniel Barbaro, aritmética en el

bachiller Juan Pérez de Moya, geometría en Euclides, rudimentos de

arquitectura que aprendían todos los pintores de su tiempo, en Vitrubio

y Viñola, y finalmente elegancia, poesía y buen gusto, en la culta

sociedad de aquellos ilustres varones que frecuentaban la casa de su

suegro.

Palomino, que escribió medio siglo después de muerto Velázquez, pero que

declara deber a Juan de Alfaro, discípulo de éste, lo principal que supo

de él, habla de varias pinturas de su juventud que corresponden a esta

época anterior a su salida de Sevilla.

«Otra pintura hizo de dos pobres comiendo en una humilde mesilla en que

hay diferentes vasos de barro, naranjas, pan y otras cosas, todo

observado con diligencia extraña. Semejante a ésta es otra de un

muchacho mal vestido, con una monterilla en la cabeza, contando dineros

sobre una mesa, y con la siniestra mano haciendo la cuenta con los dedos

con particular cuidado; y con él esta un perro detrás, atisbando unos

dentones, y otros pescados, como sardinas, que están sobre la mesa;

también hay en ella una lechuga romana, que en Madrid llaman cogollos, y

un caldero boca abajo; al lado izquierdo esta un vasar con dos tablas;

en la primera están unos arencones y una hogaza de pan de Sevilla sobre

un paño blanco; en la segunda están dos platos de barro blanco, y una

alcucilla de barro con vidriado verde, y en esta pintura puso su nombre,

aunque ya esta muy consumido y borrado por el tiempo. Igual a ésta es

otra, donde se ve un tablero, que sirve de mesa, con un anafe, y encima

una olla hirviendo; y tapada con una escudilla, que se ve la lumbre, las

llamas y centellas vivamente, un perolillo estañado, una alcarraza, unos

platos y escudillas, un jarro vidriado, un almirez con su mano y una

cabeza de ajos junto a él; y en el muro se divisa colgada de una

escarpia una esportilla con un trapo, y otras baratijas, y por guarda de

esto un muchacho con una jarra en la mano, y en la cabeza una escofieta,

con que representa con su villanísimo traje un sujeto muy ridículo y

gracioso»[15].

En vano aconsejaron a Velázquez los que le rodeaban que pintase _asuntos

de más seriedad en que pudiese imitar a Rafael de Urbino_: él respondía

que _más quería ser primero en aquella grosería que segundo en la

delicadeza_.

Prescindiendo de otros que no pueden considerarse auténticos, a esta

época pertenecen varios cuadros de costumbres cuyas figuras representan

gentes de humilde condición y vulgares ocupaciones: _Una vieja friendo

huevos_[16]; _El aguador de Sevilla_[17]; _Un vendimiador_[18], y _Un

retrato de hombre desconocido_[19].

La primera de estas obras descritas todas cuidadosamente por Aureliano

de Beruete[20], representa una vieja puesta de perfil y cubierta en

parte la cabeza por una cofia blanca, que es la nota más clara del

cuadro; tiene en la mano derecha una cuchara de palo, en la izquierda un

huevo: ante ella se ve una mesa con utensilios de cocina, y a su derecha

un muchacho que se le acerca trayendo en la izquierda una botella y

sujetando con la derecha contra el cuerpo un melón enorme. Completan el

conjunto un hornillo colocado en primer término, donde esta puesta la

sartén, bajo la cual brillan las brasas, un perol, una jarra, un almirez

y al fondo, colgado de la pared, un saquillo con trapos; todo ello,

especialmente la cabeza del chico, ejecutado con verdad pasmosa.

_El vendimiador_ es un muchacho visto de frente andando, sonriente,

trayendo un racimo de uvas en la mano derecha y en la izquierda un

cuchillo: tiene junto a sí un cesto lleno de uvas y la figura, de tamaño

algo menor que el natural y cortada por bajo de la cintura, destaca

sobre un trozo de paisaje sombrío.

_El aguador de Sevilla_, es el mismo de que habla Palomino, aunque su

descripción adolece de poca fidelidad: según sus palabras «es un viejo

muy mal vestido y con un sayo vil y roto que se le descubría el pecho y

vientre, con las costras y callos duros y fuertes, y junto a sí tiene un

muchacho a quien da de beber». Adornó primero uno de los salones del

palacio de Madrid, se lo llevaron los franceses, fue recuperado del

equipaje del rey intruso en 1814 después de la batalla de Vitoria; y

Fernando VII se lo regaló al duque de Wellington que lo había rescatado.

De este mismo tiempo, son varias composiciones religiosas que Velázquez

hizo, sin duda, unas como estudios de empeño y otras acaso ya como

resultado de algún encargo. En este grupo deben citarse _Cristo en casa

de Marta_[21], _Cristo y los peregrinos de Emaus_[22], un _San

Pedro_[23], la _Virgen rodeada de ángeles entregando una casulla a San

Ildefonso_[24] y la _Adoración de los reyes_, del Museo del Prado, que

es en este género y de este tiempo la obra de más importancia.

Han pretendido algunos críticos, en particular extranjeros, que durante

el período juvenil a que pertenecen las obras citadas, Velázquez imitó a

Ribera, a Zurbarán y a Luis Tristán. Para darse cuenta de lo erróneo de

la apreciación, basta examinar con cuidado la _Adoración de los reyes_

del Museo del Prado. La pintura de Velázquez es allí la peculiar de los

españoles de entonces, que arrastrados por el instinto realista de la

raza, procuraban la mayor verdad: es el mismo modo de ver y reflejar lo

natural que sin haber podido ponerse de acuerdo tuvieron Ribera, a la

sazón ausente de España, y Zurbarán condiscípulo de Velázquez: pintura

caliente en el color por el abuso de ciertas tierras, sólida hasta pecar

de dura; afanosa de modelar con vigoroso relieve, tanto que

principalmente las cabezas, extremos y ropajes de las figuras, por el

modo de estar hechos, parecen copiados de tallas en madera; pero no se

puede afirmar con fundamento que esta primer manera de Velázquez,

tuviera por base la deliberada imitación de nadie. Las contradictorias

opiniones de sus biógrafos extranjeros Justi, Stirling y otros, puestas

en claro por Beruete, demuestran que cuando pintó en 1619 la _Adoración

de los reyes_, y menos antes, no podían influir en él los cuadros de

Ribera desconocidos en Sevilla hasta 1631; y que no teniendo Zurbarán

sino unos cuantos meses más que Velázquez, éste vería en él un compañero

y no un maestro. En lo que se refiere a Luis Tristán, si pudo ver algún

trabajo suyo en Sevilla, claro esta que le admiraría como admiró más

tarde al _Greco_ de quien aquél era discípulo, pero no le tomó por guía.

Fuese por instinto, fuese por convicción, no siguió dócilmente ningún

estilo personal. Es lógico admitir que Ribera, Zurbarán y Luis Tristán,

le gustasen más que Vargas, tan respetado en Sevilla, y que Lanfranco y

el Guido, cuyas amaneradas obras se traían de Italia; más precisamente,

en contra de tales suposiciones y conjeturas, lo que caracteriza a

Velázquez desde que mancha los primeros bodegones de que habla Pacheco

hasta sus últimas obras, es aquel profundo y respetuoso amor a la

Naturaleza, que le hizo ver en ella su único y verdadero maestro en el

más alto sentido de la palabra.

IV

VIAJES DE VELÁZQUEZ A MADRID.--ENTRA AL SERVICIO DE FELIPE IV.

Por grande que fuese en aquel tiempo la cultura de Sevilla, era natural

que Madrid, donde habitaban los reyes y las más opulentas familias,

atrajera a los artistas provincianos. _Sólo Madrid es corte_, se decía

vanidosamente entonces, y a la corte quiso venir Velázquez ávido de

estudiar las maravillas con que adornaban sus palacios, casas y

conventos, Felipe IV, los grandes señores y las comunidades religiosas.

Además, aún vivía el _Greco_ en Toledo[25], y en la _sacra estupenda

mole_ de El Escorial, según el pomposo lenguaje de la época, había

cuadros de Tintoretto y del Ticiano; estímulos sobrados, y superiores al

afán de medro, para que el artista quisiera emprender el viaje.

«Deseoso, pues, de ver El Escorial[26]--declara Pacheco--partió de

Sevilla a Madrid, por el mes de Abril del año de 1622. Fue muy

agasajado de los dos hermanos D. Luis y D. Melchor del Alcázar, y en

particular de D. Juan de Fonseca, sumiller de cortina de S. M.

(aficionado a su pintura). Hizo, a instancia mía, un retrato de D. Luis

de Góngora, que fue muy celebrado en Madrid, y por entonces no hubo

lugar de retratar a los Reyes, aunque se procuró». Don Antonio

Palomino--quien como ya he indicado escribió más de cincuenta años

después de muerto Velázquez--dice que partió de Sevilla acompañado sólo

de un criado: posteriormente otros biógrafos, Lefort entre ellos, han

supuesto que este servidor fuese su esclavo, Juan de Pareja, más de

cierto no se sabe. Que retrató a Góngora es seguro, pues Pacheco lo

atestigua. No esta tan fuera de duda que este retrato sea el que se

conserva en el Museo del Prado con el núm. 1.085. El poeta, residente

entonces en Madrid, tenía sesenta años; hay imágenes suyas semejantes a

ésta, y Velázquez traía encargo de retratarle, circunstancias propicias

a que admitamos la autenticidad. En cambio, dados la importancia del

personaje y el interés demostrado por el suegro, no es creíble que el

yerno se limitase a pintar sólo una cabeza: lo natural era que, por

respeto a la personalidad de uno y al cariño de otro, hiciese obra de

mayor empeño, donde el autor del _Polifemo_ y las _Soledades_, tan

admirado en su tiempo, estuviera de cuerpo entero, o a lo menos en media

figura; un retrato, por ejemplo, parecido al que más tarde hizo del

escultor Martínez Montañés y por muchos años se ha supuesto de Alonso

Cano. Finalmente, la pintura de esta cabeza de Góngora es más seca, dura

y cansada que muchas de las que hizo antes de venir a Madrid el

soberano artista a quien se atribuye.

Ya porque algún asunto grave requiriese allí su presencia, ya porque

desesperara de conseguir sus deseos, Velázquez regresó aquel mismo año a

Sevilla: mas al siguiente de 1623 don Juan de Fonseca le llamó por orden

del Conde-Duque de Olivares, librándole una ayuda de costa de cincuenta

escudos para el viaje que, según parece, hizo acompañado de Pacheco.

Hospedose en casa de Fonseca, y, ya como muestra de habilidad, prueba de

gratitud o acaso ardid entre ambos convenido para que se le conociera

pronto, le hizo Velázquez un retrato. «Llevolo a Palacio aquella

noche--dice Pacheco[27]--un hijo del Conde de Peñaranda, camarero del

Infante Cardenal[28], y en una hora lo vieron todos los de Palacio, los

Infantes y el Rey, que fue la mayor calificación que tuvo. Ordenose que

retratase al Infante, pero pareció más conveniente hacer el de S. M.

primero, aunque no pudo ser tan presto por grandes ocupaciones; en

efecto, se hizo en 30 de Agosto de 1623, a gusto de S. M., de los

Infantes y del Conde-Duque, que afirmó no haber retratado al Rey ninguno

hasta entonces. Hizo también un bosquejo del Príncipe de Gales[29], que

le dio cien escudos.

»Hablole la primera vez su excelencia el Conde-Duque alentándole a la

honra de la patria, y prometiéndole que él solo había de retratar a S.

M., y los demás retratos se mandarían recoger. Mandole llevar su casa a

Madrid y despachó su título el último día de Octubre de 1623 con veinte

ducados de salario al mes, y sus obras pagadas, y con esto, médico y

botica: otra vez, por mandado de S. M., y estando enfermo, envió el

Conde-Duque el mismo médico del Rey para que lo visitase. Después de

esto, habiendo acabado el retrato de S. M. a caballo, imitado todo del

natural hasta el país, con su licencia y gusto se puso en la calle Mayor

enfrente de San Felipe, con admiración de toda la corte y envidia de los

del arte, de que soy testigo».

Las anteriores líneas permiten hasta cierto punto colegir cuales fueron

los primeros retratos que a Felipe IV hizo Velázquez. Debió de pintar

primero el que hoy se conserva en el Museo del Prado con el número

1.070, donde esta el monarca de unos dieciocho años, de cuerpo entero y

tamaño natural, en traje negro de corte. Después, a fin de hacerse la

mano para el retrato _a caballo_, de que habla Pacheco, haría el que

lleva el núm. 1.071 del mismo Museo, lienzo en el cual el monarca tiene

la misma edad, y donde se le representa con armadura de acero en busto

prolongado. Por último, haría el ecuestre que se expuso frente al

Mentidero de San Felipe, y que debió de quemarse en el incendio de 1734.

La fortuna de Velázquez estaba asegurada, entendiendo por tal la

seguridad de seguir sirviendo al Rey; y a cambio de aquella _envidia de

los del arte_, llovieron sobre el artista sevillano los aplausos y las

poesías; su propio suegro le dedicó un soneto que ni aun por curiosidad

merece copiarse, y don Juan Vélez de Guevara le compuso otro que aun

siendo mejor que aquél tampoco es bueno. El Rey le hizo merced de casa

de aposento que representaba doscientos ducados cada año, le dio otros

trescientos de regalo y le otorgó una pensión de otros tantos, que debía

de ser eclesiástica cuando se sabe que para disfrutarla hubo necesidad,

de dispensa. Y aquí conviene fijarse en que, a juzgar por las frases de

Pacheco arriba citadas, Velázquez entró al servicio real cobrando

_salario_; palabra que basta para dar idea de las relaciones que por

toda su vida habían de unirle con el monarca.

Difícil, si no imposible, e impropio de un libro de vulgarización, sería

pretender fijar cuadro por cuadro y año por año, toda la labor del

artista. Puede asegurarse, sin embargo, en parte por datos fidedignos, y

sobre todo porque claramente lo dicen la ejecución y el color, que a

este período de su vida pertenecen el retrato (núm. 1.086 del Catalogo

del Museo del Prado) que con poco fundamento pasa por ser de doña Juana

Pacheco, mujer del autor; otro de hombre joven que hay en la Pinacoteca

de Munich, y otro llamado _el geógrafo_ que figura en el Museo de Rouen.

Después, hacia 1626 haría el del Infante don Carlos[30] (núm. 1.073 del

Museo del Prado), de cuerpo entero y tamaño natural en pie, vestido con

traje negro y capa, que los artistas llaman _el del guante_, porque en

la mano derecha tiene uno cogido por un dedo y colgando. No fuera

prudente sostener que en este admirable retrato, aunque todavía a

trechos algo duro y seco, acabe la primer manera del pintor; porque ni

en lo general las formas artísticas, ni en lo particular los estilos

personales empiezan ni terminan bruscamente sino por gradación; pero sí

se puede afirmar la superioridad indiscutible del cuadro con relación a

cuanto hasta entonces había pintado Velázquez, a lo menos de lo que se

conserva. Esta dibujado, como todo lo suyo, con aquel maravilloso

sentimiento de la línea que tuvo desde sus comienzos, pero en lo que

toca al modo de hacer, ya empieza a vislumbrarse en este lienzo mayor

soltura, menos esfuerzo para conseguir el modelado, y en lo referente al

color, la tendencia a buscar la dulce y elegante armonía entre tonos

grises y negros a que se aficionó tanto y manejó como nadie.

Pintó luego una obra que se ha perdido: la _Expulsión de los moriscos_.

La intolerancia popular, la adulación de los cronistas y la propia

superstición, harían creer a Felipe IV que aquel acto impolítico y cruel

era lo que más honraba la memoria de su padre, y quiso eternizarlo.

Miradas las cosas con imparcialidad, es disculpable que el Rey pensase

así. Hartas culpas pesan sobre la memoria de aquella vergonzosa

monarquía, para que se le cargue con esta que fue iniquidad de la nación

entera. Lope de Vega, Vélez de Guevara y otros hombres ilustres la

elogiaron; hasta Cervantes por boca de un personaje del _Quijote_, dice

que _fue inspiración divina la que movió a Su Majestad a poner en efecto

tan gallarda resolución_.

Felipe IV no encomendó sólo a Velázquez la ejecución de su pensamiento,

sino que llamando varios artistas a modo de concurso, ofreció una

recompensa a quien mejor lo interpretara. Pacheco, que no describe el

cuadro, dice que su yerno hizo «un lienzo grande con el retrato del Rey

Felipe III y la no esperada expulsión de los moriscos, en oposición de

tres pintores del Rey, y habiéndose aventajado a todos, por parecer de

las personas que nombró Su Majestad (que fueron el Marqués Juan Bautista

Crecencio, del hábito de Santiago, y Fray Juan Bautista Maino, del

hábito de Santo Domingo, ambos de gran conocimiento en la pintura), le

hizo merced de un oficio muy honroso en Palacio; de ugier de Cámara con

sus gajes; y no satisfecho de esto le añadió la ración que se da a los

de la cámara, que son doce reales todos los días para su plato, y otras

muchas ayudas de costa», con lo cual vemos al gran pintor ascendido un

grado en el escalafón de los criados de Palacio.

Los pintores vencidos en aquel certamen fueron Caxés, Nardi y Vicencio

Carducho, quien debió de quedar amargado para mucho tiempo, pues seis

años más tarde al publicar su libro aún atacaba encubiertamente a

Velázquez. Éste juró su nuevo cargo en manos del Duque de Arcos a 7 de

Marzo de 1627 y la obra con marco dorado y negro fue colocada en la

pieza del Alcázar que más adelante se llamó _Salón de los espejos_.

Palomino, que alcanzó a verlo, lo describe con estas palabras: «En el

medio de este cuadro esta el Señor Rey Felipe III armado, y con el

bastón en la mano, señalando a una tropa de hombres, mujeres y niños que

llorosos van conducidos por algunos soldados, y a lo lejos unos carros,

y un pedazo de marina, con algunas embarcaciones para trasportarlos...

A la mano derecha del rey esta España, representada en una majestuosa

matrona, sentada al pie de un edificio; en la diestra mano tiene un

escudo, y unos dardos, y en la siniestra unas espigas; armada a lo

romano, y a sus pies una inscripción en el zócalo».

Esta breve reseña y el lugar donde la obra fue colocada permiten

sospechar con fundamento el carácter de la composición. En el diálogo

octavo cita Carducho[31] al hablar de las pinturas que había en palacio,

un cuadro de _la Fe que se pasa a la bárbara idolatría de la India con

las armas de España_, y menciona otro _del Rey Felipe II en pie,

ofreciendo al príncipe don Fernando, que le nació el año 1571, que fue

de la grande vitoria naval que se tuvo del gran Selin y Ochiali en

Lepanto; a cuyo fin se pintó este geroglífico_... Por último, pocas

líneas más abajo añade que en el mismo salón hay cuadros de Rubens, de

Caxés, de Ribera y de Velázquez. De estas observaciones se desprende que

para aquel salón, donde se colocaban cuadros alegóricos, alusivos a las

grandezas de la monarquía, debió de ser encargado el de la _Expulsión de

los moriscos_ y que existiendo allí ya el citado de Ticiano, que aún se

conserva en el Museo del Prado[32] al gusto del gran veneciano, se

amoldaría Velázquez. Las llamas del incendio de 1735 lo consumieron

privando a las gentes venideras de saber cómo interpretó el gran artista

aquel crimen político donde fue sacrificado a la unidad religiosa hasta

lo único que hay acaso en el hombre de origen divino: la caridad.

Al Rey debió de agradarle mucho la obra y alguna más que pintara por

entonces Velázquez; pero como la Tesorería de la Intendencia de Palacio,

que se llamaba el _Bureo_, no era ni mucho menos un modelo de exactitud

en los pagos, el artista tuvo que hacer una reclamación, atendida la

cual quedó aclarado que aquella famosa ración de doce reales, concedida

por todo lo que pintase y que tanto enorgulleció a Pacheco, se refería a

los retratos del Rey y no a los demás cuadros; dándose Velázquez por

contento. Y también lo quedó _Filipo, El Grande_, pues a su modo

recompensó al pintor dictando la siguiente orden:

«A Diego Velázquez, mi pintor de Cámara, he hecho merced de que se dé

por la despensa de mi casa una ración cada día en especie como la que

tienen los barberos de mi Cámara, en consideración de que se ha dado por

satisfecho de todo lo que se le debe hasta hoy de las obras de su

oficio; y de todas las que adelante mandare haréis que se note así en

los libros de la casa. (Hay una rúbrica del Rey). En Madrid a 18 de

Setiembre de 1628[33]. Al Conde de los Arcos, en Bureo».

Vida y obras de don Diego Velázquez · 第 2 / 12 段