Lo más interesante para nosotros es que junto a estos nombre

[imagen: MUSEO DEL VATICANO

VELÁZQUEZ POR ÉL MISMO

_Fotog. Braun, Clement y Cª_]

VIDA Y OBRAS

DE

DON DIEGO VELÁZQUEZ

POR

JACINTO OCTAVIO PICON

[imagen]

MADRID

LIBRERÍA DE FERNANDO FÉ

Carrera de San Jerónimo, núm. 2

1899

ES PROPIEDAD DEL AUTOR.

QUEDA HECHO EL DEPÓSITO QUE MANDA LA LEY.

Est. tip. de Ricardo Fé, calle del Olmo, 4. Teléfono 1.114

ÍNDICE

AL LECTOR

I

Antigua cultura y decadencia española

II

Rápida recordación de nuestra pintura hasta fines del siglo XVI

III

Juventud de Velázquez

IV

Viajes de Velázquez a Madrid.--Entra al servicio de Felipe IV

V

Rubens en España.--«Los Borrachos».--Primer viaje de Velázquez

a Italia.--«La Túnica de José».--«La Fragua de Vulcano»

VI

Retratos: del Rey, del Príncipe Baltasar Carlos, del Infante

Don Fernando, del Conde-Duque, de Martínez Montañés.--Otros

que se han perdido

VII

El «Cristo atado a la columna», de la Galería Nacional de

Londres.--El «Cristo crucificado».--«La Rendición de

Breda».--Cuadros de cacerías.--Marcha Velázquez con el

Rey a las jornadas de Aragón y Cataluña

VIII

Velázquez criado del Rey.--Segundo viaje a Italia.--Retratos

de Juan de Pareja y de Inocencio X.--Obras de arte

que compra para Felipe IV.--Es nombrado Aposentador

de Palacio.--Memoria y dudas que ofrece su autenticidad.

IX

Últimos retratos del Rey.--De la Reina Doña Mariana.--De

la Infanta Doña Margarita.--Del Príncipe Felipe Próspero.--Retratos

de enanos y bufones

X

Cuadros mitológicos: «Mercurio y Argos».--«Marte».--La

«Venus» de la colección Morritt.--«Menipo».--«Esopo».--«Las

Hilanderas».--«Las Meninas».--Cuadros religiosos:

«La Coronación de la Virgen».--«Visita de San Antonio a

San Pablo».--Viaje de Velázquez a la frontera de Francia.--Su

enfermedad y muerte

XI

El estilo de Velázquez.--Influencia ejercida en él por las

obras de _el Greco_.--Lo que Velázquez representa en la

Historia general del arte y en la pintura nacional

NOTAS

APÉNDICES

DOCUMENTOS

Fe de bautismo de Velázquez

Entra Velázquez al servicio del Rey

Orden aclaratoria de otra anterior mandando dar ración a Velázquez

Pago de _Los borrachos_ y otras obras

Velázquez pide el pago de sus gajes

Propuesta al Rey sobre reforma en la concesión de los vestidos de merced

Manda el Rey que se paguen a Velázquez atrasos de sus haberes

Decreto del Rey accediendo a la liquidación de cuentas solicitada

por Velázquez antes de emprender su segundo viaje a Italia

El Embajador de España en Venecia al Rey

Declaración de Alonso Cano en la información hecha por el

Consejo de las Órdenes sobre concesión a Velázquez del hábito de Santiago

Declaración de Juan Carreño de Miranda en la misma información

Declaración de D. Gaspar de Fuensalida en la misma información

Instancia del Contador de Palacio sobre reclamaciones de Velázquez

Carta escrita por Velázquez en Valladolid al volver de la

jornada a la frontera de Francia

Partidas de defunción de Velázquez y de Doña Juana de Pacheco, su mujer

Memoria de lo que se encontró en el cuarto del Príncipe por muerte de

Velázquez

Catalogo de las obras auténticas que se conservan de Velázquez

con expresión de donde se hallan y quién las posee

Cuadros perdidos

Bocetos, dibujos y grabados

Bibliografía

FOTOGRABADOS

Velázquez, por él mismo.

Los Borrachos

Cristo atado a la columna

Pablillos de Valladolid

El Conde-Duque de Olivares

Cristo crucificado

Rendición de Breda

Martínez Montañés

Inocencio X

Felipe IV

La Venus del espejo

La Infanta Margarita

Las Hilanderas

Las Meninas

La Infanta María Teresa

El Príncipe Felipe Próspero

AL LECTOR

De dos maneras son las vidas que se escriben de

los grandes hombres: una reservada a los historiadores

o críticos de alto vuelo, para quienes no tiene

secretos la investigación ni obscuridad el discurso;

otra a la cual basta el modesto propósito de que el

vulgo pueda admirar lo que apenas conoce. Quien suponga

que me he atrevido a lo primero, será injusto:

a quien reconozca que he procurado lo segundo, quedaré

agradecido.

Cuanto se sabe de la vida artística y condición social

de Velázquez, procede primero de lo que en sus

libros dejaron Pacheco y Palomino: después, de los

documentos debidos a la diligencia de don Ramón

Zarco del Valle y de los trabajos de erudición y crítica

de don Pedro de Madrazo. No hay más antecedentes:

estos son los que todos los biógrafos se ven

obligados a repetir tomándolos unos de otros, sin poder

añadir cosa nueva.

Sobre tales bases han escrito muchos extranjeros y

españoles; pero lo de éstos anda disperso en memorias,

discursos y papeles periódicos, y lo de aquéllos no se

ha traducido: de donde resulta que no hay en España

libro fácilmente asequible que narre la vida y describa

las obras de nuestro gran pintor. Sea este el primero,

pues cuando los grandes no acometen las empresas

preciso es contentarse con la labor de los pequeños.

Otra consideración me ha movido a componerlo. En

lenguas extrañas se han dedicado a Velázquez obras

extensas notabilísimas: en español, trabajos de mérito

singular, pero cortos; así, que la opinión extranjera ha

circulado más que la nuestra, y como nadie consigue

dominar el conocimiento de lo ajeno, y menos en arte,

donde sólo se comprenden ciertas cosas habiendo nacido

entre ellas, sucede que aun los más ilustres y

perspicaces publicistas de otras naciones, han incurrido

en ligerezas o errores. Quién dice que el _Cristo

crucificado_ del Museo del Prado, es imagen teatral y

lúgubre, o que tiene mucha sangre; quién niega que

sean de mano de Velázquez las figuras del cuadro de

la _Vista de Zaragoza_; otros le atribuyen lienzos medianos

en que no puso pincelada; escritor hay que al

hablar de _Las Lanzas_ le supone la ruin malicia de

haber pintado zafios a los holandeses y gallardos a los

españoles; no falta quien acepte por auténticos cuadros

como la pequeña _Reunión de retratos_ del Louvre,

y hasta se ha llegado a echar de menos en Velázquez

cualidades que poseía en alto grado. Bueno es contribuir

a que tales cosas no se crean. Justo es confesar,

sin embargo, que la gloria de Velázquez debe más a la

crítica extranjera que a la española.

Imaginando que así debe hacerse en un trabajo de

vulgarización, me he abstenido casi por completo de

análisis y consideraciones de carácter técnico; procurando,

no la explicación de cómo pintaba, sino el reflejo

de la impresión que producen sus obras.

Vago recuerdo de ellas será lo poco bueno, si hay

algo, que contengan estas humildes páginas. Pronto

a reconocer mis errores, no aspiro a más satisfacción

que la de traer a la memoria una de nuestras glorias

más grandes en estos días tristes, cuando todas parecen

muertas.

Madrid, 1899.

[imagen: MUSEO DEL PRADO

LOS BORRACHOS

_Fotog. M. Moreno_]

I

ANTIGUA CULTURA Y DECADENCIA ESPAÑOLA.

España, desde el tiempo de los Reyes Católicos, hasta que nuestra

cultura murió sofocada por el espíritu centralizador de la monarquía

absoluta y la intolerancia religiosa, fue con relación al estado general

de la época, un pueblo tan civilizado y progresivo como la Inglaterra y

la Alemania de ahora. Italia era más artística, Francia más fastuosa,

ninguna potencia hubo más ilustrada que España. En tanto que el Aretino,

dice despreciativamente, que los pobres son _los insectos de los

hospitales_, Jofre funda en Valencia el primer manicomio que ha existido

en el mundo; y Pedro Ponce de León y Juan Bonet, enseñan a leer y

escribir a los sordo-mudos: mientras la Sorbona de París, llama a la

imprenta _arte maldito_ y manda quemar a Roberto Estienne, por haber

puesto números arábigos a los versículos de la Biblia, nuestro cardenal

de Burgos, dice que _por mucho que escribiera para alabar el arte de

impresión de libros no acabaría nunca_; y poco después el embajador de

España en Roma ruega al rey _que no se deje arrebatar el privilegio de

la creación de imprentas, y que recabe la independencia y libertad del

invento, desde el doble punto de vista de la industria y del derecho_:

mientras la universidad de Lovaina hace la primera lista de obras

prohibidas, dando a los papas la idea funesta del _Índice_, aquí se

exime a los impresores de toda clase de tributos, y las Cortes declaran

libre la entrada de libros en España. A mediados del siglo XVI tomó tal

vuelo entre nosotros la enseñanza, que en Galicia las Ordenanzas de

Mondoñedo castigaban con tres años de destierro a los padres cuyos niños

no iban a la escuela; se prohibía que pudieran ser alcaldes los que no

sabían leer y escribir; y en Madrid se multaba en dos mil maravedís al

hombre cuyos hijos no iban al estudio municipal, con lo que se procuraba

secularizar la enseñanza, evitando que la juventud acudiese a las

cátedras de los frailes. En la España de aquel tiempo brillaron Alonso

de Córdova, cuyas tablas astronómicas se usaban en Italia; Vasco de

Piña, que calculó las declinaciones del sol para la isla de Santo

Domingo; Luis Vives llamado a Oxford, por el rey de Inglaterra, para que

instruyese a su familia; Alonso de Santa Cruz, descubridor del arte de

trazar mapas, que hoy lleva el nombre de Wright; Fernán Pérez de la

Oliva, que intentó descubrir el telégrafo magnético;[1] Guillén, que

inventó la brújula de variación; Diego de Zúñiga, que defendió el

sistema copernicano cuando lo rechazaba Europa entera; Juan de

Urdaneta, que inquirió la causa de los ciclones; Pedro Núñez, que

construyó el micrómetro llamado _nonius_, apenas perfeccionado en tres

siglos; Rivero, que inventó las bombas de metal para achicar el agua de

las naves; Jerónimo Muñoz, que calculó las trayectorias de los

proyectiles; Juan Pérez de Moya, que vulgarizó el estudio de las

matemáticas; Rojas, cuyo astrolabio usaba Galileo; Juan Escribano, que

inició la aplicación del vapor como fuerza motriz; Rojete, catalán o

gallego, pero de fijo español, que construyó el primer telescopio,

llegando a tener doce, entre ellos uno cuya lente convexa media

veinticuatro pulgadas de diámetro, por lo cual, Sirturo llama a la

construcción de telescopios _arte hispano_; Martín Cortés, que descubrió

el polo magnético antes que Libio Sanuto; Pedro Ciruelo, que redactó el

primer tratado de la ciencia del cálculo; doña Oliva Sabuco, que

escribió la _Filosofía de las pasiones_ antes que Alibert; el admirable

médico Juan Huarte, precursor del moderno positivismo; Andrés Laguna,

que creó un jardín botánico en Aranjuez antes que lo hubiera en

Montpellier y en París; Fernández de Oviedo y José de Acosta,[2] por

quienes Humboldt ha dicho que los españoles fueron los fundadores de la

física del globo. Francia e Inglaterra estuvieron un siglo aprendiendo

de nuestros marinos el arte de navegar; Holanda y Portugal no hicieron

sino seguir nuestras huellas; la gran República de Venecia, única

potencia que estaba en condiciones de hacer tanto como nosotros,

consideró con estrechez de miras el descubrimiento del Nuevo Mundo:

_Mare nostrum_ podían decir todas las naciones latinas contemplando el

Mediterráneo: sólo España se atrevió a exclamar contemplando el Océano,

_¡Plus Ultra!_ Nuestra grandeza no fue como vulgarmente se cree

exclusivamente militar. En ciencias y artes hubo, a pesar de la

Inquisición, hombres eminentes y gozaron algunos tanta libertad, que

Francisco de Villalobos, médico de la Reina Católica, pudo decir sin que

le viniera perjuicio, frases tan arriscadas como esta: _Yo no hablo con

teólogos: y si los filósofos se acogen a ellos harán como los

malhechores que se acogen a la Iglesia_. Puede, en fin, afirmarse, que

desde Fernando V e Isabel I, hasta la muerte de Felipe II, no hubo

problema científico que no se iniciase o hallara eco en España, ni varón

ilustre en materia de ciencias que no estuviese en relación con nuestra

patria[3].

Tras tanta grandeza vino la decadencia, siendo todos culpables de ella,

la monarquía por absorbente, el clero por fanático, la nobleza por

ignorante y el pueblo por holgazán y envilecido. Cuesta gran trabajo

creer los desaciertos, torpezas e indignidades en que incurrían todas

las clases del Estado, durante los reinados de aquella funesta dinastía

que comenzó en una pobre loca y acabó en un desdichado imbécil. Pasó

como un sueño, costosa manía de grandezas, la gloria militar de Carlos

I: tras los males engendrados por la ambición y el despotismo, vinieron

la estéril crueldad de Felipe II por conservar lo adquirido, la devoción

relativamente mansa con que Felipe III imaginaba merecer del cielo lo

que no sabía procurar en la tierra, y subió por fin al trono aquel

Felipe IV a quien sus cortesanos llamaban _Filipo el Grande_, pero de

quien nadie se acordaría hoy si no le hubiese retratado Velázquez.

El amante de María la comedianta y Margarita la monja, sin ser hombre de

mala índole, fue detestable rey: nacido acaso para que en él se mostrase

de qué modo ciertas instituciones tuercen y bastardean la condición

humana; porque así como las alturas de la Naturaleza causan el vértigo,

en las cumbres sociales la tentación triunfa de la voluntad y la lisonja

sofoca la virtud.

Felipe IV, fiándolo todo y descansando de todo en sus privados, a la

mañana iba de caza, a la tarde ponía rejones, y de noche buscaba en los

camarines del Retiro y en las celdas de San Plácido aventuras con que

olvidarse de que los tercios morían de hambre en los Países Bajos y

Portugal se alzaba independiente.

No quedó por entonces en el país manifestación de actividad que no se

debilitara ni sentimiento que no se bastardease. El espíritu religioso

inspirador de _Los nombres de Cristo_ y _El símbolo de la fe_ produjo

libros como la _Ensalada hecha con yerbas del huerto de la Virgen_ y _La

buenaventura que dijo un alma en trage de gitana a Cristo_. Los estudios

relacionados con las ciencias llegaron a mirarse con tal indiferencia

que, así como Felipe III había encomendado a su confesor la presidencia

de una junta solicitada por el general Conde de Villalonga para la

reforma de la artillería, Felipe IV confió a una reunión de teólogos el

proyecto de canalización del Manzanares y el Tajo, los cuales piadosos

varones rechazaron la idea diciendo que, «si Dios hubiera querido que

ambos ríos fueran navegables, con un solo _fiat_ lo hubiese realizado, y

que sería atentatorio a los derechos de la Providencia mejorar lo que

ella, por motivos inescrutables, había querido que quedase imperfecto».

La corrupción e inmoralidad del clero en aquellos días fue aún mayor que

su ignorancia: las _Cartas_ y los _Avisos_ de Pellicer, de Barrionuevo y

de otros curiosos, a quienes se puede considerar como predecesores del

noticierismo moderno, hacen mención de multitud de clérigos presos y

castigados, no sólo por robos, homicidios y asesinatos, sino por ser

actores de pecados nefandos.

Rayaba la credulidad en insensatez: Andrés de Mendoza cuenta en serio

que un día «en San Ginés, un fraile descalzo francisco, de grande

opinión de santidad, se arrebató en éxtasis, en el cual, desde la mitad

de la iglesia, fue hasta el altar por el aire, y en él se estuvo un

cuarto de hora mirando el Santísimo Sacramento a vista de gran pueblo,

que le hizo pedazos el hábito, a que suplió la piedad y grandeza de la

señora duquesa de Nájera».

España se cubrió de conventos. En Madrid, por ejemplo, donde los Reyes

Católicos, de cuya piedad no se puede dudar, habían creado sólo tres, y

Carlos I no más de cinco, Felipe II fundó diecisiete, Felipe III catorce

y Felipe IV otros tantos. Lo que sucedía en las comunidades de mujeres

no se puede referir limpiamente. Proceso hubo a consecuencia del cual se

descubrió que las pobres reclusas llamaban al Espíritu Santo _El

Quemón_, porque al arrodillarse ante el confesionario se les encendía la

sangre.

El pueblo, vejado, explotado, oprimido, sin poder creer ni esperar en

nadie, se envilecía en la holganza favorecida por la sopa boba,

formulando luego su indignación y su escepticismo en refranes que

decían: _en larga generación hay un fraile y un ladrón_; _nunca vide

cosa menos que de frailes y obispos buenos_; _a la puerta de hombre

rezador no pongas tu trigo al sol_; _reniega de sermón que acaba en

daca_; _parece tonto y pide para las ánimas_; _fíate en la Virgen y no

corras_.

El Rey, para ocultar sus pecados, hacía que profesasen muchos de sus

hijos bastardos, y los caballeros ricos se arruinaban por cómicas

ingertas en cortesanas, como la María Beson, «_que vino de Francia tan

cargada de escudos como de enfermedades_», o la Antonia Infante, que

usaba en la cama sábanas de tafetán negro.

Y a tal nación, tal corte. Madrid, consumido de pobreza, por cualquier

pretexto ardía en fiestas. En Palacio, tan pronto se gastaban millones

para recibir a un príncipe extranjero, como un bufón había de prestar

dos reales para comprar confites a la reina; los soldados, sin paga, se

acuchillaban en las calles, mientras llegaban las nuevas de que el

francés o el flamenco nos habían derrotado en los campos y el inglés nos

había pirateado en los mares.

Felipe IV se divertía en las solemnidades de la Iglesia, en las

ceremonias de Palacio, en los aposentos del teatro, en los bosquecillos

del Retiro; el vulgo alto y baja gozaba comentando aventuras de grandes

y pequeños, y el clero a todos les absolvía de todo con tal de que no

sufriesen merma sus rentas ni ataque su jurisdicción.

De entre aquel envilecimiento general únicamente solía alzarse de cuando

en cuando la protesta de algún espíritu valiente, magistrado, predicador

o literato que condenaba tanta vergüenza: por ejemplo, la voz honrada y

atrevida del obispo de Granada, don Garcerán Albanel, que osó denunciar

a Felipe IV los abusos del Conde-Duque y la pluma del gran

Quevedo.--«¿Podrá uno--dice éste--ser monarca y tenerlo todo sin

quitárselo a muchos? ¿Podrá ser superior y soberano y subordinarse a

consejo? ¿Podrá ser todopoderoso y no vengar su enojo, no llenar su

codicia y no satisfacer su lujuria?»

Mucho debió de menguar el amor a la monarquía por entonces, pues en

pocos años se descubrieron y castigaron temerosas conspiraciones

fraguadas por poderosos y nobles. Don Carlos Padilla y el Marqués de la

Vega de la Sagra mueren en el patíbulo por intentar rebelarse contra el

Rey; el Duque de Híjar, acusado de querer alzarse con Aragón, sufre

tormento; del gran Duque de Osuna se sospecha que soñó con el trono de

Nápoles, dando ocasión a que Villamediana dijese:

_También Nápoles dirá_

_que Osuna la saqueó:_

_así lo creyera yo_

_si el Duque fuera un bajá;_

_que no porque rico está_

_usurpó bienes ajenos:_

_antes, por respetos buenos,_

_fue tan humilde, que el Rey,_

_le dio oficio de Virrey_

_y aspiró a dos letras menos._

El Marqués de Ayamonte expiró en un cadalso, demostrada su intervención

en aquella trama urdida para hacer a Andalucía república independiente,

y por la cual se dijo:

_Justamente se quería_

_el de Medina-Sidonia_

_alzar con algunas tierras,_

_pues que han de perderse todas._

Por último, en Cataluña, las familias más ilustres, poniéndose de parte

del pueblo, se vuelven contra la Corona; y en Portugal, el Duque de

Braganza, obedeciendo a las instigaciones de su mujer que le decía: «más

quiero ser reina una hora que duquesa toda la vida», se hace soberano

con el nombre de Juan IV. Cuáles no serían los errores del monarca,

cuando Cánovas del Castillo, en sus _Estadios del reinado de Felipe IV_,

dice: «Ningún punto de la historia de España parece tan averiguado como

que únicamente la ociosidad, la ignorancia, el afán de goces de Felipe

IV, juntamente con la ineptitud y tiranía de Olivares, su principal

Ministro, fueron las causas del levantamiento de Portugal en 1640.»

Muertas las Cortes, sofocada la independencia municipal desde Carlos I,

absorbida la vitalidad de las villas y ciudades por el espíritu

centralizador de los privados, y menospreciado el trabajo por la

engañosa abundancia del oro que venía de América, nuestro poderío se

desmoronó hasta quedar convertido en escombros lo que fue soberbio

monumento. De aquellas tres palabras que simbolizaron la antigua

grandeza española, _Dios_ no era comprendido, el _Rey_ estaba endiosado

y la _Patria_ estaba moribunda.

Mas a modo de consuelo para tanta vergüenza, como en resarcimiento de

reinos arrebatados y humillaciones sufridas, quedaron en nuestra

historia intelectual dos manifestaciones gloriosas del genio español: la

riqueza extraordinaria de la producción literaria y el florecimiento de

la pintura. Lope y Cervantes, Velázquez y Murillo, recuperaron para la

Patria en los dominios de la belleza aquella estimación y supremacía que

perdimos en lo político y material por la ineptitud y bajeza de los

altos poderes del Estado.

II

RÁPIDA RECORDACIÓN DE NUESTRA PINTURA HASTA FINES DEL SIGLO XVI.

El examen de lo que fue en España la pintura hasta fines del siglo XVI

no cabe aquí, ni aun hecho someramente; porque es materia que sólo para

recopilar y ordenar lo que se ha escrito exigiría muchas páginas. Basta

a nuestro propósito decir que según iban los reyes ganando tierras en la

reconquista, a medida que magnates, nobles, abades y prelados se

enriquecían, despertaba en ellos el amor del lujo, una de cuyas primeras

consecuencias es el desarrollo y florecimiento de las artes: y claro

está que entonces, como siempre, lo que unos hicieron por vanidad y

ostentación, otros lo harían por buen gusto y delicadeza de

sentimientos.

Gracias a escrituras, privilegios, donaciones, contratos y otros papeles

que los investigadores laboriosos han encontrado en los archivos, se

sabe que en plena Edad Media hubo aquí artistas notables cuyas obras se

han perdido; abundan las referencias, o descripciones de lo que

hicieron, y aun en algunos casos constan las cantidades que se les

dieron en pago: pero la verdad es que desde don Lázaro Díaz del Valle y

Cean Bermúdez hasta hoy, cuantos escritores han tratado de poner en

claro los orígenes de nuestra pintura no han hecho, porque no podían

hacer otra cosa, más que barajar unos cientos de nombres y repetir las

mismas noticias. Muchas son las que permiten asegurar que hubo por

aquellos tiempos artistas habilísimos aunque se ignora dónde

aprendieron, cómo empezaron a formarse, y en qué diversas tendencias o

ideales se inspiraban. Lo único indudable es que en los siglos XIII y

XIV monarcas, municipios y cabildos les empleaban a su servicio

remunerándoles espléndidamente; prueba de que gustaban sus obras. Hasta

en los más vulgares compendios de la historia del arte se cuenta que

Julián Pérez trabajó para Alfonso el Sabio, y Rodrigo Esteban para

Sancho IV; que Raymundo Torrent y Miguel Fort pintaron en Zaragoza a la

manera italiana y que Juan Cesiles ajustó con una iglesia de Reus un

retablo en más de trescientos florines.

Desde los comienzos del siglo XV aparecen ya artistas de cuyas obras se

tiene más conocimiento, y algunas se conservan, aunque sea dificilísimo

precisar el nombre de sus autores. Se sabe también que los reyes se

complacían en atraer a sus cortes a excelentes pintores extranjeros: don

Juan I de Castilla protege a Gerardo Starnina, florentino; don Juan II a

Dello; en 1428 viene Juan Van-Eyck; Jorge Inglés trabaja para el Marqués

de Santillana, y cuantos autores han estudiado tan interesante materia,

hablan de Juan de Borgoña, y citan como envuelta en dudas la misteriosa

figura de un Juan Flamenco cuya personalidad nadie ha logrado poner en

claro, pues al paso que unos pretenden ver en él al mayor de los

Van-Eyck, quieren otros que sea Memling. Muy apreciada debía de estar

aquí la buena pintura cuando el papa Martín V mandó a don Juan II como

gran obsequio un pequeño tríptico de Rogerio Van der Weyden.

Lo más interesante para nosotros es que junto a estos nombres

extranjeros comienzan luego a sonar apellidos españoles como Juan de

Segovia, Gumiel, Zamora, Gallegos, Aponte, Berruguete, lo cual demuestra

que simultáneamente a la producción de los venidos de tierra extraña,

comenzaban a desarrollarse y brillar las facultades de los que aquí les

tomaron por maestros. Las causas que promovieron y facilitaron esta

enseñanza fueron de diversa índole: en primer lugar, con relación a

época más remota, la venida y permanencia larga de aquellas cuadrillas

de artistas, artífices y obreros que construyeron las catedrales, debió

de influir mucho en nuestra cultura: y luego las relaciones frecuentes y

comunicación diplomática de nuestros reyes con los soberanos extranjeros

contribuirían también, por el cambio de regalos, a que la gente rica se

fuese aficionando a la pintura que ya en Flandes y en Italia era

principal ornato de templos y palacios. Ello es de suerte que el siglo

XV nos ha legado gran número de tablas pintadas por diferentes artistas

que forman lo que vulgarmente se llama antigua escuela de Castilla,

creada por la doble y coetánea imitación de lo que aquí hacían o nos

enviaban los flamencos e italianos.

Determinar claramente la parte de ideas y hasta de procedimientos que a

cada una de esas maestrías corresponde, sería punto menos que imposible.

Es también aventurado asegurar, como han pretendido algunos críticos y

aficionados, que en Cataluña y Aragón imperase sólo la influencia

flamenca, y en Castilla y Andalucía la italiana: aquélla se inició

antes, mas luego la acción de ambas fue casi simultánea, por lo cual en

las obras de algunos pintores españoles de entonces se observa que

buscaban, por ejemplo, al mismo tiempo el carácter y personalidad de las

figuras a semejanza de las escuelas de Colonia y de Brujas, y la

impresión de color al modo de las escuelas de Siena y de Florencia.

Esta fase de la pintura nacional, primera que se puede estudiar con

algún fundamento, corresponde en su más alto grado de desarrollo al

reinado de los Reyes Católicos, bajo cuyo gobierno, según el Cura de los

Palacios, _se vio España más triunfante y más sublimada, poderosa,

temida y honrada que nunca fue_[4].

Menéndez Pelayo, a quien es tan grato como forzoso consultar en todo lo

que se refiere a la historia de la cultura española, sintetiza en estas

palabras la significación de los artistas de aquel período.

«Al lado de la enérgica vitalidad que en aquel fin de siglo mostraba la

escultura, produciendo obras que antes ni después han sido igualadas en

nuestro suelo, parecen pobre cosa los primeros conatos de la pintura,

oscilante entre los ejemplos del arte germánico y los del italiano, y

más floreciente en la corona de Aragón que en la de Castilla, como lo

prueba la famosa _Virgen de los Conselleres_, de Luis Dalmau, memorable

ensayo de imitación del primitivo naturalismo flamenco. Pero fuera de

esta y alguna otra excepción muy señalada, las tablas que nos quedan del

siglo XV, interesantísimas para el estudio del arqueólogo, y no bien

clasificadas aún, dicen poco al puro sentimiento estético, y los nombres

de sus obscuros autores Fernando Gallegos, Juan Sánchez de Castro, Juan

Núñez, Antonio del Rincón, Pedro de Aponte, no despiertan eco ninguno de

gloria. Sin embargo, el progreso de unos a otros es evidente: ya Alejo

Fernández rompe la rigidez hierática y realiza un notable progreso en la

técnica. Y por otra parte, la pintura mural y decorativa tiene alta

representación en las obras de Juan de Borgoña. El arte pictórico

español, propiamente dicho, el único que tiene caracteres propios y

refleja el alma naturalista de la raza, no ha nacido aún: tardará

todavía un siglo en nacer, un siglo de tímida y sabia imitación italiana

que cubre y disimula el volcán próximo a estallar»[5]. Ciertamente las

obras a que se refieren estas observaciones atinadísimas, _dicen poco al

puro sentimiento estético_, porque están basadas en la imitación, y sus

autores, aunque más o menos hábiles, carecieron de espíritu propio: mas

en cambio, se puede afirmar que por su misma simplicidad y candor

satisfacían perfectamente al fervor religioso que las inspiraba. Las

composiciones de estas pinturas no eran verdaderos cuadros hechos sólo

para ornato y gala permanente de habitaciones, sino pequeños oratorios

portátiles, dípticos o trípticos, _tablas encharneladas_, como se les

nombra en el lenguaje de la época, y estaban todas fundadas en asuntos

devotos. Los reyes, capitanes y grandes señores las llevaban a las

guerras, y en sus viajes sufriendo las consiguientes vicisitudes: lo que

hoy estaba en un campamento, mañana se veía en un castillo, y de la

ignorancia o cultura del vencedor dependería siempre su suerte. Este

linaje de pinturas debió de generalizarse extraordinariamente.

En las cámaras y tarbeas de los palacios, alcázares y casas que Isabel I

tenía en Aranjuez, Granada, Sevilla, Toledo, Toro, Tordesillas, Segovia

y Medina del Campo, hubo, según consta del inventario formado a su

muerte, al pie de cuatrocientos sesenta cuadros, casi todos de devoción;

y doña Juana la Loca dejó treinta y seis, sobre los que heredó de su

madre. La prueba de que no sólo los monarcas poseían obras de esta

índole, está en que muchas de ellas les eran regaladas, y sus autores

debían de ser bien pagados cuando se sabe que Fernando V mandó dar a

_Michel Flamenco, pintor que fue de la reina nuestra señora que haya

santa gloria, la suma de 116.666 maravedises_, por todo el tiempo que

había servido a la reina desde principios del año 1492 hasta que S. A.

finó[6].

[imagen: GALERÍA NACIONAL DE LONDRES

CRISTO ATADO A LA COLUMNA

_Fotog. Braun, Clement y Cª_]

Carlos I llegó a tener más de seiscientos cuadros: conocido su poder,

fácil es colegir los tesoros que acumularía en los palacios de los

Países Bajos, de Italia y de España; sólo su tía doña Margarita de

Austria, le legó más de cien pinturas: ni Francisco I de Francia, ni

Enrique VIII de Inglaterra, llegaron a poseer riqueza parecida. Mas este

tesoro ya no se componía exclusivamente de obras religiosas. El

Renacimiento estaba en su apogeo; las auras paganas despertando el amor

a la Naturaleza habían ingerido al arte savia nueva, y a los artistas

creyentes que representaron con placido y sincero misticismo los relatos

de los evangelistas, habían sucedido otros que, inspirándose en los

cantos de los poetas gentiles, ponían su genio al servicio del

sensualismo clásico, fingiendo en sus obras, con maravillosa potencia

imaginativa, fábulas eróticas, hazañas de héroes, pasiones de dioses,

desnudeces de mujeres, pero estos pintores, al poner el entendimiento y

la mano en la tragedia del Calvario ni aun con la grandiosidad de la

composición y la pompa del color, lograban suplir aquella honda y

sincera emoción que agitó el alma de los fundadores de las escuelas

primitivas. El Renacimiento fundado en el estudio de la antigüedad, fue

revolución provechosísima al arte, porque le enseñó a amar la belleza

sin cuidarse de su origen: pero haciendo que prevaleciese la fantasía

sobre la piedad, le robó en general y en particular a la pintura ese

algo misterioso e ingenuo independiente de toda condición externa que

seduce y cautiva aun a los adoradores de la forma.

La pintura que durante más de dos siglos había tenido su exclusivo

asiento en las iglesias, se enseñoreó también de los alcázares, varió de

índole y hasta cuando decoró templos, los adornó como si fueran

palacios.

No lo permite la extensión de este modesto trabajo, pero conviene

fijarse en la acogida que aquí tuvieron las obras del Renacimiento para

observar luego cómo varió su carácter y se modificaron sus tendencias.

Carlos I debió de ser gran admirador de sus creaciones, aun de aquellas

donde más resplandecía la libre sensualidad del paganismo, pues si bien

es cierto que al retirarse a Yuste llevó consigo gran número de cuadros

de devoción, años atrás, según refiere Jusepe Martínez, había mandado

pintar a Ticiano, además de un retrato, _unos cuadros de unas poesías,

que a no ser tan humanas, las tuviera por divinas, ¡lastima grande para

nuestra religión!_

Felipe II, que cuando escribía al mismo Ticiano le llamaba _amado

nuestro_, le encargaba para sus palacios cuadros como los de _Antiope_,

_Venus y Adonis_, y _Diana y Calixto_, de lo cual se infiere que no era

mojigato en materia de arte; y Felipe III y Felipe IV, siguieron

reuniendo obras análogas en Madrid y el Pardo.

Durante este largo período, que abarca todo el siglo XVI, domina ya en

España el gusto italiano en lo referente a los elementos de expresión

que animan la obra pictórica: los más ilustres holandeses, Antonio Moro

por ejemplo, sólo son buscados y seguidos como retratistas. En Valencia,

pintan Juan de Juanes y Ribalta; en Andalucía, Luis de Vargas, Alejo

Fernández y _el divino_ Morales. Tomamos de Italia, la escrupulosidad en

el estudio de los miembros del cuerpo, la manera de concebir y disponer

el cuadro, el manejo de la luz, los contrastes y armonías del color,

hasta los estilos y procedimientos de la ejecución, pero la tendencia

del Renacimiento a que el arte fuese, ante todo, realización de belleza,

ya nacida de los ideales de la mente, ya contemplada en las obras de la

Naturaleza, el criterio amplio y libre hasta la audacia que florentinos,

romanos y venecianos desplegaron en sus frescos y sus lienzos, halló

pocos prosélitos en España.

Los monarcas, a quienes la Iglesia no entorpecía sus gustos personales

por pecaminosos que fuesen, seguían adornando los palacios y casas de

recreo con profanidades y mitologías: algunos grandes señores, hacían lo

propio, según se desprende de lo que refieren varios escritores de aquel

tiempo[7]; mas para la mayoría de la nación, el arte fue un mero

auxiliar del sentimiento religioso.

Inútil es que haya quien se obstine en negarlo alegando que además de

cuadros devotos, también se pintaban muchos de otros asuntos. Para

persuadirse de lo infundado de esta afirmación, basta considerar que

entre los miles de lienzos del siglo XVII, que se conservan en España,

son poquísimos los que representan episodios históricos o escenas de

costumbres, y en cambio es incalculable el número de los inspirados en

el Viejo o el Nuevo Testamento, y en las vidas de los santos: hasta los

_floreros_ se solían disponer de modo que sirvieran de marco a alguna

imagen sagrada: retratos se hicieron en abundancia, pues siempre sobra

lo que radica en la vanidad humana, y no escasean los bodegones, porque

muchos artistas tomaban este género por vía de estudio: de lo que apenas

hay rastro, es de la pintura que pudiéramos decir doméstica y familiar.

Conocemos la vida de aquel siglo, por los viajes de los extranjeros, que

solían exagerar o mentir; por los documentos de los archivos, que hablan

con seca y desabrida elocuencia; por el teatro, en que la imaginación es

señora; por la novela picaresca, que sólo resucita tipos de una clase

social; por los escritores, que siempre con sentido especialmente

devoto, se complacían en censurar las costumbres, describiéndolas de

paso; pero los pinceles tercos en esquivar toda representación de cosa

vulgar y profana, nos dejaron poquísimos datos referentes a la manera de

vivir, los trabajos, oficios, diversiones, casas, habitaciones, muebles

y ropas de aquellos caballeros y soldados, clérigos y estudiantes,

mercaderes y mendigos, damas y aventureras, cómicas y beatas, dueñas y

criadas, cuyo abigarrado conjunto conocemos sólo moralmente, gracias a

Cervantes y Quevedo, Tirso y Lope, Zabaleta y Salas Barbadillo, porque

los pintores limitados a la representación convencional de lo sagrado

despreciaban lo profano.

Indudablemente sentían amor intenso a la belleza real, lo que se prueba

observando cómo daban a las figuras santas tal aspecto de verdad, que lo

que perdían en alteza, lo ganaban en verosimilitud, mas no era posible

que nada de lo que les rodeaba a diario les pareciese objeto digno de

emplear en ello su observación y sus pinceles, cuando la voz de la

Iglesia, tan temida y respetada entonces, les decía que la vida terrena

y transitoria, es cosa baja y despreciable en comparación de la

celestial eterna. Tal es, en mi humilde entender, la causa, de que la

pintura española de aquella época no sirva, como sirve la de los países

del Norte, para completar el estadio de la Patria, reflejando las

costumbres que es un modo de reflejar el alma de la nacionalidad.

En Italia, tampoco logró la pintura de costumbres gran importancia,

porque allí el arte, gracias a la cultura del Papado, adquirió carácter

eminentemente monumental: mas a falta y con ventaja de no poder

representar escenas humanas y vulgares dispusieron los artistas del

campo hermoso e ilimitado de la Mitología, donde no hay belleza que no

se contenga, pues en sus admirables fábulas, los dioses pecando por amor

se igualan a los hombres, y los hombres llegando a héroes por el

esfuerzo, casi se confunden con los dioses.

Pero el fundamento de las fábulas mitológicas, en cuanto ofrecen asunto

para las artes, es el desnudo, y en España, para los que regían las

conciencias, desnudez y deshonestidad eran una misma cosa. Quien desee

convencerse de ello lea unos cuantos libros de aquellos grandes

escritores místicos que para hacer codiciable la gloria y posible la

salvación, presentaban no sólo la belleza, sino aun la mera forma

corporal, como cebo y acicate del pecado. El autor, por cierto admirable

prosista cuyo nombre ha sido olvidado injustamente en las historias de

nuestra literatura, que con más claridad y energía supo expresar esta

hostilidad al desnudo, aunque exagerando como era natural sus peligros,

fue el carmelita Fray José de Jesús María.--«El sentido de la

vista--dice--es más eficaz que el del oído, y sus objetos arrebatan el

animo con mayor violencia; y así es más vehemente la moción que

despierta la deshonestidad con las pinturas lascivas, que con las

palabras; y tienen menos reparo las especies y memorias que entran por

los ojos que las que se perciben por los oídos; porque las palabras

pintan una cosa ausente o ya pasada, pero las pinturas la figuran

presente... Y así los pintores cuando hacen figuras fabulosas y lascivas

cooperan con el demonio, granjeándole tributarios y aumentando el reino

del infierno. Esta introducción pestilencial y venenosa fue obra y traza

del demonio particularmente en estos reinos porque (como queda

referido), por vengarse en la tierra, de la cristiandad, de haberle

destruido los templos y los ídolos donde era adorado en las Indias,

introdujo en Europa las figuras deshonestas de mujeres desnudas»[8].

Poniendo en duda o atenuando la fuerza de esta manera de pensar, se dirá

que después de escritos tales párrafos, acaso en aquellos mismos años,

los monarcas adornaban sus palacios con obras de Veronés y de Ticiano,

tales que según la intransigencia de los místicos podían calificarse de

pecaminosas, y aun que el mismo Velázquez trajo varias de Italia para

Felipe IV; mas esos lienzos no eran imitados por nuestros pintores.

Los tratadistas de las bellas artes participaban de las mismas ideas;

pues si bien los del siglo XVI, unos como Francisco de Holanda, se

postraban ante el genio de los italianos, y otros, como don Felipe de

Guevara, preferían a todo los restos del arte pagano, en cambio los del

siglo XVII sin dejar de entusiasmarse con Rafael y el Vinci, declaran

categóricamente que el objeto principal de la pintura es la

glorificación de la fe. Carducho, entre otras afirmaciones parecidas

aceptando la opinión de un monje griego llamado Ignacio, dice que _los

pintores son ministros del Verbo, atributo suficiente de apóstoles_; y

apoyándose en San Gregorio, San Juan Damasceno y el venerable Beda,

añade que _el Espíritu Santo socorrió la flaqueza humana con el

milagroso medio de la pintura y que las pinturas de las imágenes son

como historia y escritura para los que ignoran_.

Pacheco, movido por igual fervor, escribe que _el fin de la pintura será

mediante la imitación representar la cosa con la valentía y propiedad

posible... y estando en gracia alcanzar la bienaventuranza, porque el

cristiano criado para cosas santas, no se contenta en sus operaciones

con mirar tan bajamente... de modo que la pintura que tenía por fin

parecerse sólo a lo imitado ahora como acto de virtud, toma nueva y rica

sobreveste, y demás de asemejarse, se levanta a un fin supremo, mirando

a la eterna gloria_.

Menéndez Pelayo, que ha tratado magistralmente cuanto se refiere a

nuestros escritores didácticos de bellas artes, dice, después de copiar

más extensamente aquellos párrafos: «Este profundo sentido religioso, o

más bien ascético que hace de Pacheco en la teoría un predecesor del

espiritualismo de Owerbeck, le mueve a quitar todo valor propio a la

pintura considerándola sólo como una manera de oratoria que se encamina

a persuadir al pueblo... y llévalo a abrazar alguna cosa conveniente a

la religión».

D. Juan de Butrón[9], en un libro de insufrible culteranismo sienta

también el principio de que el _gusto de una pintura, si con cordura lo

recibiésemos, debía levantarnos al conocimiento del amor de Dios y

enseñarnos el principio de que procedemos_.

Aun el preceptista de aquel tiempo menos especulativo y más practico,

que fue Jusepe Martínez[10], gran admirador de los italianos, aconseja

al pintor católico que _la elección de las pinturas que se deben hacer

para ser veneradas no sean hechas con extravagantes posturas y

movimientos extraordinarios, que mueven más a indecencia que a

veneración_; y en otro lugar añade que _en las pinturas religiosas antes

se atienda a la devoción y decoro que a lo imitado_: llegando a decir

que _el fin de estas profesiones de escultura y pintura no se ha

introducido para otra cosa sino para adoración y veneración a sus

santos; por cuyo medio Su Divina Majestad ha obrado infinitos milagros_.

Tal era el concepto que de la pintura tenían los escritores sagrados y

los tratadistas especiales. Estas doctrinas arraigaron con tal fuerza

que un siglo más tarde todavía se revelan en rasgos de superstición y

fanatismo. Hombre tan serio como Palomino habla de un religioso de una

santa cartuja a quien hubieron de quitar de la celda una imagen de

María Santísima, de suma perfección, porque su mucha hermosura le

provocaba a deshonestidad; y el P. Interian de Ayala exclama indignado:

«Porque ¿a qué viene el pintar a la Virgen, maestra y dechado de todas

las vírgenes, descubierta la cabeza? ¿A qué el cabello rubio esparcido y

tendido por el blanco cuello? ¿A qué sin tapar decentemente aquellos

pechos que mamó el Criador del mundo? ¿A qué, finalmente el pintar sus

pies o totalmente desnudos o cubiertos con poca decencia?»[11]. De modo

que hasta la _Concepción_ de Murillo, acaso la expresión más poética del

arte católico, vino a ser sospechosa.

A propio intento me he detenido algo en lo que precede, aunque sin

insistir lo que la materia permite, porque tales ideas fueron la causa

de que la pintura de aquel tiempo, exceptuando el retrato, esté limitada

al género religioso. Sin incurrir en el absurdo de rechazar esta fase

del espíritu nacional, séame permitido lamentar que su exclusivismo nos

privara de otras manifestaciones artísticas.

Pero si en lo que se refiere a la elección de asuntos, venció el amor a

lo sobrenatural, en lo tocante a la manera de tratarlos y a la

representación de la figura humana, prevaleció un sentido esencialmente

realista. La pintura de entonces, no crea más que Cristos, Vírgenes y

Santos, pero no les da forma con rasgos de perfección soñada, sino

mediante la más brava imitación del modelo; su belleza no es un

engendro de la mente, no nacen de la _corta idea_ rafaelesca, sino de la

propia naturaleza humana. Los tipos de apóstoles, mártires y ermitaños,

están tomados del campo y de la hampa o son soldados viejos de Flandes y

de Italia: el artista sin cuidarse de ennoblecerlos ni siquiera

limpiarlos, los coloca en los altares y allí son reverenciados y

adorados: persuaden al animo y seducen a la imaginación meridional

porque tienen vida: la pintura española esta creada.

III

JUVENTUD DE VELÁZQUEZ.

Don Diego Rodríguez de Silva y Velázquez nació en Sevilla, según

tradición falta de pruebas, en la calle de Gorgoja: fue su padre Juan

Rodríguez de Silva, oriundo de Portugal, pero nacido y avecindado en

Sevilla, y su madre D.ª Jerónima Velázquez[12]: se le bautizó en la

parroquia de San Pedro el 6 de Junio de 1599.

De la infancia del gran pintor nada se sabe: es de suponer que estudiase

algunos años con cualquier profesor de humanidades de los muchos que por

aquel tiempo había en Sevilla, mas no debió de ser muy largo este

aprendizaje literario. Cean Bermúdez dice: que notando sus padres una

inclinación decidida en el muchacho a la pintura, porque siempre estaba

dibujando en los libros y cartapacios, tuvieron por más acertado

ponerle en la escuela de Francisco de Herrera _El viejo_, tan conocido

por su facilidad en pintar como por la aspereza de su genio. Era éste de

condición tan desabrida y dura que su hija por no aguantarle se metió

monja y su hijo le robó y huyó a Italia. Sus cuadros reflejaban su

carácter: pintaba con extraordinario vigor, sin imitar a los que

habiendo estado en Italia volvían entusiasmados con la gracia y la

elegancia de las escuelas romana y florentina. Si esta intransigencia

era resultado de ideales artísticos más o menos combatidos o mera

consecuencia de su carácter, nadie puede saberlo: lo cierto es que los

discípulos le sufrían de mala gana y paraban poco a su lado. El hombre

debía de hacer intolerable al maestro. Velázquez, acaso por deseo propio

o, pensando mejor, por iniciativa de sus padres, pues aún no había

cumplido catorce años, abandonó el taller de Herrera y pasó al de

Francisco Pacheco. La figura de éste es interesantísima, tanto por el

propio valer, cuanto por la influencia que ejerció en el porvenir de

Velázquez. No se sabe de cierto si nació en Sevilla ni si viajó por

Italia: de lo que no cabe duda es de que fue hombre de singular cultura

y gran prestigio; pintor, preceptista y poeta. Si no hubiese escrito más

que versos nadie se acordaría de él porque los hacía dañados de

conceptismo, desaliñados y fríos, sin conseguir acercarse a sus modelos

Herrera y Rioja; y de Góngora que fue su amigo sólo se asimiló lo

censurable. Como pintor rindió culto al gusto italiano y aunque nada

suyo se conserva de mérito sobresaliente, fue muy apreciado en su

tiempo, influyendo tal vez en esta estimación antes las prendas

personales que las facultades artísticas: sus cuadros son más correctos

pero tan fríos como sus sonetos. Trató al Greco en Toledo año de 1612

sin asimilarse ninguna de sus buenas cualidades. Ha pasado a la

posteridad, gracias a lo que escribió. Compuso en prosa entreverada de

versos la _Apacible conversación entre un tomista y un congregado,

acerca del misterio de la Purísima Concepción, nuestra señora_, y un

opúsculo _En defensa del compatronato de Santa Teresa_, en el cual alegó

razones contra la opinión de Quevedo que, como es sabido, defendía el

patronato exclusivo de Santiago. Pero compuso dos obras porque merece

ser más estimado. La primera es el[13] _Arte de la pintura, su

antigüedad y grandezas_. En lo que se refiere a las relaciones del arte

con la religión esta fundada en la doctrina y consejos de los amigos

jesuitas que le ayudaron en su trabajo, y en lo que toca a la practica

es un reflejo de las ideas de los tratadistas neoplatónicos de

Florencia. El _Libro de descripción de verdaderos retratos_ es una

colección de ellos, hechos a dos lápices, en que figuran desde el Rey

Felipe II hasta artífices que entonces gozaban popularidad y hoy están

olvidados: los más del natural, otros valiéndose de copias, todos

interesantísimos ya por la calidad de las personas ya por la excelencia

de la mano, y algunos tan sobria y magistralmente trabajados que antes

que de Pacheco pudieran ser de Velázquez.

No faltó, sin embargo, en Sevilla por aquellos años poeta que viendo un

Cristo crucificado, de Pacheco, en que la ejecución quedaba muy por bajo

del pensamiento, dijese:

_¿Quién os puso así Señor_

_tan descarnado y tan seco?_

_Vos me diréis que el amor,_

_mas yo digo que Pacheco._

A pesar de lo cual, la personalidad artística y social del maestro debió

de merecer tal respeto a sus conciudadanos que llegó a ser alcalde y

veedor del oficio de pintores, y el Santo Oficio _teniendo atención a su

cordura y prudencia le encargó que tuviese particular cuidado de mirar y

visitar las pinturas de cosas sagradas que estuviesen en sitios

públicos_, dándole para ello comisión, _cual se requiere de derecho_.

Vida y obras de don Diego Velázquez · 第 1 / 12 段