Al pensar en esto se detuvo, lleno el corazón de respeto: tenía que

reconocer que su amiga no se había engañado. Había previsto el

inevitable porvenir; lógica, fatalmente, el resultado tenía que ser

éste: «Día llegará en que usted me juzgue como yo misma me juzgo ahora.»

¿No había sucedido aquello casi en vida de la infeliz? ¿No era verdad

que el día en que por última vez se encontraron, cuando ella le habló

del hombre con quien estaba ligada y quería que siguiera siendo suya, el

ímpetu de su odio contra Zakunine y la insufrible idea de la impotencia

de su propio amor lo habían casi sublevado contra ella?...

«Sea como usted quiera,» la había dicho, «pero ese hombre la dejará a

usted una vez más.» ¿No había ido aún más lejos con el pensamiento? El

temor de ser desdeñado no lo había impulsado a apretarle la mano y a

decirla con dureza: «¿Y por un hombre como aquel me rechaza usted a mí?

¿Y después de haberse perdido usted por él, por él, se niega usted a

rescatarse?...»

Y a la sombría luz de este pensamiento, el joven se dirigía esta otra

pregunta, más ansiosa que las demás:

«¿Entonces ha hecho bien en matarse?»

Si era un germen venenoso su nuevo amor, ¿no era mejor que hubiera

muerto? Si ella había comprendido que, al quererla suya, pensaba

rescatarla, llevar a cabo un acto generoso, ¿habría resistido y se

había dado la muerte, no por fidelidad a Zakunine, sino por la

desesperada certidumbre de una desinteligencia fatal a ese nuevo amor? Y

muerta ya para él, ¿cómo pretendía juzgarla aún? Si creyéndola víctima

de la crueldad del otro, le había dado toda la compasión de que su

corazón era capaz, ¿no debía, cuando ya el voluntario sacrificio la

había rehabilitado, darle una compasión más ardiente aún, la compasión

aliméntala por el remordimiento?

Toda la seguridad de los juicios se volvía entonces en su contra. ¿Quién

era él, que pretendía condenarlo?

¿Y por qué la había condenado, sino porque se le había esquivado? ¿Qué

otra cosa que la pasión egoísta, esa pasión voraz y no satisfecha, le

hacía ser severo para su memoria? Nada que no fuera el sofisma de la

presuntuosa pasión le decía que el compromiso contraído por Florencia no

era válido y que si lo hubiera olvidado para aceptarlo a él habría

estado en lo honrado y lo justo. Él, que la quería perfecta, ¿no tenía

como todos los seres humanos y más que muchos, sus debilidades y sus

culpas?

De estos pensamientos opuestos salía por fin resignado a la realidad

inexorable, dispuesto a reconocer que si la pobre muerta no había sido

tan bella como la amorosa fantasía la había pintado, tampoco había sido

tan mala como él la veía en el rencor del abandono. Pero, no obstante,

se sentía mortificado y dolorido. El tener que renunciar a la perfección

imaginada le hacía mucho daño. Se decía a sí mismo que nadie en el mundo

es perfecto, y, sin embargo, perfecta quería seguir viendo a su hermana

de elección. Y todos sus esfuerzos por glorificar o por lo menos

legitimar el sacrificio voluntario eran vanos.

No era verdad que al darse la muerte se hubiera redimido. La redención

está en la vida, no en la muerte. La muerte no resuelve el problema

moral; lo evita. Si no quería o no podía aceptar el ser suya, como él

había esperado, la quedaba todavía otro camino: huir, desaparecer, pero

sin renunciar a la vida.

¿No era ese el camino?

Vérod se sentía vacilante asaltado por la duda, lleno de ansiedad. La

eficaz virtud del ejemplo había iluminado y dado seguridad a su juicio

respecto a los más graves problemas humanos. Ella había realizado el

prodigio de hacerle salir de la duda, de la incertidumbre en que vivía.

Ella había sido su religión, con la luz de sus ideas lo había iluminado,

lo había guiado con mano firme por entre todas las contradicciones,

engaños y errores, le había enseñado lo que debía creer y lo que debía

negar. Y de pronto volvía a caer en sus vacilaciones. ¡Debía vivir!

¡Debía morir! ¡Cómo resolver el tremendo dilema de vivir en el error o

de morir por evitarlo! ¡Tienen los hombres el derecho de disponer de su

existencia! Y si este derecho no les pertenece, ¿quién puede impedirles

que lo ejerzan?... El joven había vuelto confiadamente los ojos al

Cielo, al Cielo que en otra ocasión había encontrado vacío, desierto,

impenetrable: ella también lo miraba así. Y no sabía ya lo que en él

podía ver, o lo que es peor, temía saber demasiado. ¡Florencia se había

dado la muerte! ¡No había tenido miedo del juicio de Dios! No había

pensado en la salvación de su alma, no había creído en su vida futura:

se había matado porque todo acaba en la muerte.

«Entonces, ¿nada existe, nada?...»

La pregunta de la muerta quedaba sin respuesta, desoída.

Por la sola virtud de la vista de su amada, Vérod había mirado, había

oído, comprendido el alma del mundo: voces misteriosas le habían dicho

cosas memorables; todo vivía, palpitaba y relucía. Pero, después el

silencio y la obscuridad volvían a aglomerarse en torno suyo. Lo que

antes tenía un sentido evidente o recóndito permanecía mudo.

Tan profunda y sincera había sido su conversión, que a veces se sentía

iluminado por lampos de la antigua fe; pero luego lo rodeaban nuevamente

las tinieblas más espesas. Y en la alternativa de la duda, encontraba

otra vez con mudo y desesperado terror, a su otro yo, al hombre de

tiempos pasados que creía haber sepultado ya dentro de sí mismo. Como

antes de haber conocido a la Condesa, su pensamiento era obscuro,

confuso, se perdía. La milagrosa florescencia que había brotado de todos

los pliegues de su alma se marchitaba y deshacía. En otros tiempos, su

corazón, cerrado a todos se complacía en su propia avidez; pero una vez

que ya había recibido la simiente, se sentía amargado por un rencor

infinito.

El joven resolvió viajar. Vio otras tierras, otros hombres, esperando

dejar su dolor a lo largo de los caminos del mundo; pero nada fue

suficiente para calmarlo. En Niza, delante de la tumba de su hermana,

lloró ardientes lágrimas que lejos de extinguir el fuego lo reanimaron.

Al lago no había vuelto: un mortal pavor lo invadía al pensar que iba a

ver otra vez los únicos lugares donde pudiera decir que realmente

hubiera vivido. Temía morir ahogado por la pena al ver las playas de

Ouchy, las cuestas de Lausana, la _villa Cyclamens_, el bosque de Comte,

las humildes capillas, el panorama del Leman velado por las nubes y

sonriente a, la luz del sol.

Por fin, un día fue. Encontró esos lugares tal cual los había dejado. La

impasibilidad de la eterna Naturaleza lo lastimó como un insulto: si al

menos algo hubiera sido destruido en la tierra; si al menos hubiera

visto en su derredor los rastros de una devastación parecida a la que él

sentía en su interior.

Los montes seculares, las aguas perennes, voraces sepulcros de seres

vivientes, permanecían inmutables. El joven iba reconociendo cada punto

del camino, cada pormenor de la perspectiva. Tenía la desesperada

certidumbre de que ningún poder habría podido jamás realizar el milagro

de devolverle lo que había perdido, y sin embargo volvía en torno suyo

la mirada, y aguzaba el oído, como si una aparición, una voz, pudieran

de improviso evocar el bien perdido.

Y una tarde que desde una ventana de su cuarto contemplaba las cumbres

del Dôle, detrás de las cuales descendía radiosamente el sol, se

estremeció al oír una voz que hablaba detrás de él.

¿Era una alucinación? ¿No soñaba despierto?

El Príncipe Alejo Zakunine estaba en su presencia.

--Roberto Vérod--decía la voz--¿no me reconoce usted?

Una especie de escalofrío le sacudió los nervios: creía estar viendo un

espectro.

¿Qué quería con él ese hombre? ¿Por qué iba a buscarle?

--¿Sabe usted quién soy? ¡Pero no me esperaba usted! He venido a verle

porque tengo algo que decirle.

Hablaba con la cabeza baja, humildemente. Vista de arriba, desde la

frente en extremo espaciosa hasta la punta de la barba, la cara parecía

toda surcada de profundas arrugas. Los cabellos, ya muy raros, estaban

blancos junto a las sienes. Toda su persona llevaba impresa las señales

de una rápida decadencia.

Vérod le contemplaba como fascinado, incapaz de contestarle una sola

palabra, de ver claro en el tumulto de sentimientos que se

desencadenaban en su alma.

--Tengo que decir a usted una cosa. Quería decirla al juez Ferpierre;

pero he pensado que mejor era dirigirme primero a usted...

Y después de una pausa, añadió:

--Óigame usted, Vérod: Florencia d'Arda no se mató. Yo la asesiné.

El joven se pasó una mano por la frente, por los ojos. Otra vez, más aún

que en el primer instante, estaba inseguro de hallarse despierto.

--¿No me cree, usted? ¡Y, sin embargo, usted estuvo tan cerca de la

verdad! Yo sé que usted la afirmó contra todo y todos, y poco faltó para

que consiguiera demostrarla. Cierto es que muchas circunstancias, una

principalmente, estuvieron, en contra de usted. La carta de sor Ana,

parecía decir la última palabra sobre la suerte de la Condesa. Lo que

engañó a la justicia fue que cuando yo la maté se hallaba verdaderamente

decidida a darse la muerte. Voy a decir a usted cómo la maté...

Vérod temblaba como sacudido por la fiebre.

--Voy a referir a usted mi infamia: éste será el principio del castigo.

Nunca conocí lo que valía. Jamás, mientras vivió, comprendí la hermosura

de su alma. Ninguna belleza era comprensible para mí: el mundo y la vida

me parecían desprovistos de esa cualidad. Tenía dentro de mí un

infierno, nada podía apagar la llama que me devoraba. Todo cuanto yo

tocaba quedaba reducido a cenizas. Ella me amó por compasión: el

instinto, la necesidad, la voluptuosidad del sacrificio me la

entregaron. Y aunque no la comprendí, por un momento me sentí

deslumbrado por su luz. No pude soportar su claridad, y aparté la vista.

Y me burlé de ella y la ofendí.

Se calló un momento, la vista fija delante de sí, cual si estuviera

ciego, y luego prosiguió:

--Óigame usted. Cuando le haya dicho todo, comprenderá usted que mis

palabras merecen fe. En los primeros tiempos de mi dicha me sentí otro.

La Naturaleza y la vida habían hecho que fuera condición mía el pasar de

un sentimiento al otro con fulmínea violencia. Los que saben lo que yo

he hecho en el mundo podrán pensar que a veces me guió quizá la voz del

bien. Pero yo no tenía conciencia. Si dentro de mí juzgaba mis acciones

y las de los demás, todo se reducía a un mecanismo, a un juego de

impulsos ciegos y fatales. Yo no podía, por lo tanto, creer en el cambio

que se había operado en mí por su virtud. No me burlé solamente de ella,

también me reí de mí mismo...

Debería decir a usted cual fue, día por día, hora, por hora, mi obra

espantosa; cómo, a su constante, infatigable, divina prédica de amor y

su bondad opuse el desprecio, el insulto, la traición. Pero usted sabe

todo esto. Y luego, y luego...

Todo cuanto sugería a usted su odio hacia mí era demasiado poco: lo que

yo le hice es increíble. A veces, cuando con palabras envenenadas y

corrosivas profanaba, vilipendiaba, destruía su fe; cuando le demostraba

que nada existe fuera del mal; que los únicos remedios son el hierro, el

fuego, la muerte; cuando la incitaba a dejarme, a traicionarme, a

perderse, sentía operarse en mi interior una reacción violenta, y el

llanto me acudía a los ojos. Pero yo ocultaba mis lágrimas.

Cuando usted la conoció, cuando comprendí que ella comenzaba a amarle,

mi pecho se dilató de gozo. Ver que su decantada eternidad de

sentimientos flaqueaba; prever que iba a caer como caen todas; poder

decirla:--¿Ya ves? ¿Dónde están tus leyes morales? ¡Tú también haces

como las demás, lo que te place!--era algo que me colmaba de júbilo...

Mientras tanto yo me entregaba completamente, había incitado a la acción

a los pusilánimes, a en mi país y en los demás. La última tentativa me

parecía destinada a prosperar; ya saboreaba el triunfo. Todo lo había

preparado detenidamente, había incitado a la acción a los pusilánimes, a

los vacilantes, a los miedosos, y entregado casi todo cuanto quedaba de

mis bienes sin pensar en las dificultades que encontraría más tarde.

Mi deber era entrar yo también en acción, y hube de partir con ese

objeto, pero me vi obligado a quedarme a preparar una nueva acción para

el caso de un revés. Y un día supe que mis hermanos habían sido muertos,

pendían de las horcas que caían en los caminos que conducen a los

destierros, bajo la férula de los esbirros; supe que las mujeres, que

las niños subían al patíbulo; que tantos inocentes sufrían en mi lugar;

que el temor reinaba sobre toda la gente de mi raza...

Ese día me encontré, en presencia de tanta ruina, con el temor de haber

equivocado el camino, solo y casi pobre. Entonces, de improviso, surgió

dentro de mi corazón algo como una necesidad, como una ansia, como una

sed ardiente de socorro; entonces llegué casi a extender la mano para

encontrar a mi lado un apoyo, casi me prosterné a escuchar una palabra

de consuelo...

El ser que podía consolarme existía: no habría tenido otra cosa que

hacer que ir en su busca, que abrirle mi corazón. Quizás habría sido aún

tiempo. O quizás no: ya era demasiado tarde...

¡Demasiado tarde! ¿Sabe usted lo que estas palabras significan?... Un

impulso de soberbia me detuvo. ¿Habría yo de suplicar? Y, sin embargo,

me daba cuenta de que nada en aquella crisis de mi vida habría podido

curarme como el amor de una criatura como esa.

Volví a su lado, pero nada le dije. Mi actitud debía demostrar, sin

embargo, lo que ocurría en mi interior. ¡Demasiado tarde!... Podemos

sufrir y aceptar el sufrimiento; podemos desesperar y vivir en la

desesperación, pero ante la idea de que la felicidad hubiera sido para

nosotros; de que la fortuna ha pasado a nuestro lado; de que para

obtenerla sólo teníamos que extender la mano, que decir una palabra, y

que hemos retirado la mano, y proferido--¡demasiado tarde!--la palabra;

ante esa idea el corazón cesó de latir...

Ya ella no era mía: era de usted, y cuando adquirí esta certidumbre,

comencé nuevamente a reír y a burlarme. Huí de ella, pero tuve que

volver a su lado; aun cuando me mostraba arrepentido y convertido, no me

pesaba la sujeción: lejos de ella no podía vivir. Así transcurrieron los

últimos meses, alternando mis huidas con breves regresos. A Zurich iba

para hablar de ella a otra infeliz, a Alejandra. Alejandra Natzichet ha

muerto...

Vérod estaba aturdido. No, no soñaba; pero la realidad tenía todos los

caracteres del sueño. El hombre que hablaba en su presencia se parecía a

aquel orgulloso revolucionario como las pálidas imágenes de una

pesadilla se parecen a las personas vivas. ¿Muerta la Natzichet? ¿Cómo,

por qué había muerto? Hasta la hora y la luz eran poco naturales: el

amarillento crepúsculo alumbraba de manera extraña la habitación, las

cosas, el rostro escuálido del Príncipe.

--Confiaba mi tormento a Alejandra, ¡y Alejandra me amaba, sin que yo lo

notara siquiera! La vida lo ha querido así: ¡que nuestras almas, que

estos cuatro seres se hayan encontrado para sufrir un dolor inefable, y

que ninguno supiera lo que el otro sufría, o lo supiera siempre

demasiado tarde! Yo profesaba a Alejandra un afecto fraternal: la

soledad en que se encontraba sumida, su entereza, que la hacía capaz de

soportar y vencer las dificultades de la vida, me inclinaron a

protegerla, a sostenerla como a una hermana, como a una hija; ¡pero ella

me quiso con un afecto más ardiente! Y aunque yo me hubiera dado cuenta

de su amor, ¿habría podido hacerla feliz? ¡Sólo a ella podía confiar mi

pasión por la otra!...

Alejandra trató de curarme llamándome al deber de servir la causa: quise

escucharla, pero en vano. La idea de reconquistar el amor que antes

desdeñara, embargaba y dirigía mi vida entera. Después de haberlo

desdeñado, atribuía a ese amor un precio inestimable. ¡Era justo!...

Nada de esto decía a Florencia: las veces que venía a verla, me pasaba

los días temblando de descubrir que, así como había dejado de ser mía en

el alma, se hubiera entregado ya a usted. Para no creer en esa horrible

cosa, me decía: «¡Piensa con tanta elevación, que nunca lo hará!» Y una

voz interior me contestaba: «¿Ahora crees en aquella altura moral de que

antes te reías?» Sí, antes me reía. ¡Y todavía no creía en ella!

Mi confianza en que no me traicionara no se fundaba tanto en la estima

en que tenía su carácter, cuanto en la imposibilidad de creer que todo

hubiera terminado irremediablemente entre nosotros. Veía que mi vuelta y

mi arrepentimiento la producían una ansiedad mortal, y me halagaba la

esperanza de recuperarla...

¡Estar a su lado y no poder tomarle la mano! ¡Recordar lo pasado y

desesperar de vivir otra vez una sola de sus horas!... ¡Tanto como

pasaba por mí, y nada podía decir! La soberbia me contenía aún y también

otro motivo menos mezquino. Yo me encontraba ya en la pobreza, ella era

rica: ¿hablarle de mi amor, no podía ser una mentira sugerida por el

cálculo?...

Un día hablé. La dije:

--Te he perdido, he querido perderte: siento que mi culpa es

irreparable. ¡Pero si tú supieras lo que pasa dentro de mí! Te pido por

favor que no me abandones en este momento en que todo se derrumba en

torno mío. Más tarde harás lo que quieras...

Ese mismo día, el día de la tempestad había hablado usted también.

Estrechada entre nuestras dos pasiones, resolvió morir. La respuesta que

me dio fue:

--Nunca le abandonaré porque soy su esposa; pero acuérdese usted de que

nuestro amor ha muerto.

Su acento era frío, su mirada evitaba encontrarse con la mía.

Cuando comprendí que también usted había hablado, se me ocurrió que no

era sincera, pensé que me ocultaba algo. Pero lo que temía era que

hubiera resuelto huir; no creía que tuviera la decisión de morir: ¡aun

no la conocía!...

Pasé una noche tremenda. Ella también la pasó en vela. Cien veces, mil,

quise ir a buscarla, pero su puerta me estaba vedada. Por la mañana vino

Alejandra a buscarme, a llamarme, con la intuición de una catástrofe. La

prometí partir, pero antes quise ver por última vez a Florencia.

Al oírme entrar en su cuarto escondió precipitadamente algo. Vi que era

el arma.

Al tal punto se sentía oprimida entre nuestras dos pasiones, que quería

morir para libertarse... Comprendí que yo no tenía derecho de hablar, de

haberme introducido en su habitación; que debía dejarla entregada a su

destino, a la libertad, a la muerte, pero no podía. La idea de que entre

dos seres que habían sido el uno del otro no existiera ya nada, nada; de

que yo era peor que un extraño para ella, no encontraba cabida en mi

mente. Y la voz secreta me decía: «Antes, tú creías que el amor fuera el

encuentro fugaz de dos caprichos, antes te reías de los lazos

indisolubles...»

Yo no podía admitir que perteneciera a otro, aun cuando no fuera más

que con el pensamiento. Yo, que la había traicionado, no podía admitir

el ser traicionado a mi vez. Mi soberbia era ilimitada, no toleraba que

alguien valiese más que yo. Y como comprendía que usted habría sabido

hacerla feliz, la soberbia, el amor, los celos, todas las pasiones,

todos los instintos de mi raza, de mi naturaleza, se sublevaban

amenazadores.

--¡Tú me prometiste ayer--la dije con acento amargo--que no me dejarías,

porque eres mi esposa, y ahora quieres matarte!...

Ella no lo negó.

--Déjame morir--fue su respuesta;--eso será mejor para todos.

En su voz había algo que no conocía: su amor por usted, el rencor de

tener que abandonar la felicidad que se prometía con usted.

--¿De modo que ya no puedes tolerar mi vista? ¿Tanto te horrorizo?

La dije estas palabras, y muchas, muchas otras.

Ella me respondió únicamente:.

--¿De quién es la culpa?

--Óigame usted: este era el primer reproche que me dirigía después de

tantos meses de dolor.

--Pues bien--la repliqué,--yo desapareceré: partiré hoy mismo, dentro de

un momento y nunca volverás a verme. ¿Quieres morir, sin embargo?

--Sí--me dijo.

Tuve miedo de comprender, pero, no obstante, la pregunté:

--¿Por qué?

Sus palabras, nada me dijeron que yo no supiera ya.

--Porque si vivo seré suya.

¡_Suya_, de usted, de otro!...

Una llamarada me subió a los ojos y a la frente.

--¡Eso no es posible, no sucederá!...

Ella movió la cabeza.

--¡No digas que no!--insistí.--¡No digas que no!... Ya sé que no me

amas, que me odias, que me execras; pero no me digas, que amas a otro,

porque... porque...

--Le amo--dijo.

Entonces la supliqué, hasta lloré. Ella repitió:

--Le amo. No se debe mentir. Yo no sé fingir. Le amo; y porque este amor

me está vedado, muero.

Yo me eché entonces a reír, la escarnecí:

--¡La persona que quiere morir no lo dice!... ¡Bien desempeñas tu

papel!...

Todavía creo ver su mirada asombrada.

--¿No me cree usted? ¿No cree cuando ya me he despedido de la única

persona que me llorará sinceramente?...

--¿De él?...--exclamé.

A sor Ana era a quien había escrito; pero no manifestó indignación de mi

sospecha, del tono de ironía con que la expresé. Se limitó a corregirme:

--De sor Ana.

Yo repuse siempre en tono de burla:

--¿Y la salud del alma?

Al oír estas palabras se ocultó el rostro entre las manos. Yo se las

tomé de repente, y traté de atraerla hacia mi pecho.

--¡No, no morirás; tú vivirás para mí, conmigo...

Ella se levantó de un salto y se echó para atrás:

--¡No me toque usted!

Yo sentí que mi inmenso amor chocaba contra un odio implacable.

--¡Bueno! ¿La causo horror?--la dije.--¡Y lo ama usted a él! Y aun

cuando en realidad quisiera usted matarse, no lo haría, porque teme el

juicio de su Dios. Yo quiero librarla a usted de esa pena!...

Y antes de que siquiera tuviese el tiempo de sospechar mi intención, me

apoderé del arma, que tenía oculta entre varios libros.

--Ahora no se matará usted, no afrontará la ira de Dios, y podrá usted

también correr en busca de nuevas caricias.

Desde ese momento ya no la reconocí. Miró en su derredor, como si se

sintiera presa de una gran congoja, como si se creyera perdida, como si

se viera envuelta en una tromba voraz y absorbente.

Luego me miró: sus ojos estaban iluminados por un fulgor de gozo, por

una sonrisa burlona.

--¡Ah! ¿Cree usted?... ¿Hasta usted cree que yo quiero morir?... ¿Cómo

lo ha creído usted?... ¡Llévese esa arma! No es la muerte la que me

espera, sino la vida y el placer... ¡Váyase usted: déjeme sola: él va a

venir ahora!...

Yo también miré entonces en torno mío, desconcertado: mi mano armada

temblaba. Y como en mi mirada había una pregunta, ella la comprendió:

--¡Va a venir: soy suya!...

La roja llamarada me subió otra vez, más furiosa, a los ojos y a la

frente.

--¡Cállese usted!--la grité.

--¡No, no quiero callarme! ¡No puedo!... ¡Le amo, soy suya!

--¡Cállese!--la ordené una vez más.

--¡No, no quiero callarme! ¡Le amo, y a ti te odio y te desprecio! ¡Tú

me has hecho tanto mal, que tengo derecho de desquitarme por fin! ¡Nadie

puede condenarme!...

--¡Cállate!...--la intimé por tercera vez.

--¡No, no puedo callarme! Aunque me condenen, ¿qué me importa? Todo mi

ser necesita respirar la felicidad de que por fin se siente saturado.

¡Quiero gritar a todos, a todos quiero hacer ver la felicidad que me

inunda el alma!...

--¡Estás loca!--grité.

--¡Sí, desde que soy tuya!

No; eso no era posible. Si hubiera sido cierto, si yo hubiera debido

creerlo, yo también me hubiera vuelto loco.

--¡No es cierto! ¡No te creo!--exclamé.

Ella me contestó, atónita, riéndose:

--¿No lo crees? ¿Cómo te lo haré creer?... Escucha: si no fuera verdad,

¿yo habría querido morir? Tú me has encontrado con el arma en la mano;

he escrito ya una carta de postrer adiós; iba a escribir mi testamento:

después le habría escrito a él. ¿Crees que yo habría querido, habría

podido dejarlo de esa manera? Sin el remordimiento de la culpa, ¿habría

pensado en la muerte? ¡A no haber sido mi caída, habría continuado

viviendo como hasta ahora! Deseaba morir, porque creía haber pecado;

¡pero ahora ya no, ya no, ya no!...

--¿Tú has hecho eso?

--Lo he hecho y lo volveré a hacer. Le amo, es mío, para siempre.

¿Quieres saber desde cuándo? ¿Quieres saber cómo?

--¡Cállate! ¡No me provoques!

--No, no te provoco. ¿Qué me importas tú? ¿Quién eres tú? ¿Qué haces

aquí? ¿Quién te ha dado el derecho de entrar aquí? ¡Vete, déjame! Él me

espera, te lo repito... ¿Quieres darme miedo?... ¡Ah, ah!...

Mis miradas debían ser espantosas: ¡y ella se reía e insistía!

--¡No te temo! ¿Qué puedes hacerme?

Yo prorrumpí:

--¡Matarte!

Ella abrió los brazos, alzó la cabeza, presentó el pecho.

--¡Mátame! ¡Seré suya hasta la tumba!

--¡Cállate, o te mato!

Espasmo · 第 15 / 16 段