mi corazón, ni un movimiento de mi alma, ni una fibra de mis carnes, que
no sea suya...
Yo alcé el arma. La mirada fulguraba, su voz cantaba:
--En la vida, hasta más allá de la muerte, de él solo...
El tiro partió...
Roberto Vérod había temblado durante el relato, de dolor, de horror, de
compasión, de remordimiento impotente, de odio mal contenido. Al oír la
última palabra dio un paso adelante, y alzando el puño gritó:
--¡Asesino!
El Príncipe sostuvo su mirada, y dijo:
--Pegue usted.
Así permanecieron los dos, frente a frente, durante un tiempo que ni
uno ni otro habría podido después apreciar. Vérod volvió a dejar caer el
brazo, y con voz sorda, trémula, repitió:
--¡Asesino!
--He venido para que usted cumpla justicia. Lo que usted haga será
justo. Pero escúcheme usted todavía un instante. Cuando la vi caer,
cuando vi su sangre brotar de su horrible herida, un rugido se escapó de
mi pecho. Todavía estaba viva. Vivió para decirme sus últimas palabras.
Óigalas usted:
--He mentido, para morir... Yo no podía... Gracias... Perdón...
Esas fueron, sus postreras palabras. Yo quise morir con ella. Tenía en
la mano el arma, y la volví contra mí mismo; pero alguien me apretó en
ese momento el brazo como con una tenaza. Alejandra estaba delante de
mí:
--¡Tú tienes que vivir! ¡Debes vivir! ¡Debes salvarte! ¡Déjame hacer!...
Yo no comprendía.
Alejandra colocaba el arma junto al cadáver, estudiaba la manera de
ponerla, le extrajo una cápsula.
--Se habrá matado, como lo había anunciado: todos lo creerán...
Ya se acercaban las voces, los rumores de pasos:
--Óyeme. Si sospechan, déjame contestar a mí; confirma en todo caso mis
respuestas. ¡Piensa en el deber! ¡Piensa en la causa! ¡Piensa en mí, que
te amo, que te quiero para mí, que sabré hacerte feliz!...
Yo no comprendía. Corrí a pedir socorro, con la esperanza que todavía
estuviera viva. ¿Por qué ocultar la verdad? Decirla fue mi primer
impulso. Si no la dije inmediatamente fue porque todavía no comprendía
nada: no oía las preguntas que me hacían, contestaba a ellas
mecánicamente, como en sueños. Pero después, cuando usted me arrojó a la
cara la acusación, yo me sublevé. Todavía era esa mi condición. Mi
pensamiento, mis sentimientos, obedecían ciegamente a esa clase de
reacciones repentinas. Acusado por usted, me defendí. Dije todo cuanto
podía decir en mi contra, reconocí haber sido yo quien la empujó a la
muerte, pero negué el acto extremo. Varias veces en el curso de los
interrogatorios estuvo por confesar; pero al oír el nombre de usted, al
ver la dureza del juez, me contenía. De la necesidad de destrozarme, de
morir, de expiar mi culpa, que me dominaba en los primeros momentos,
pasé a la ansiedad de la deliberación: como una fiera aprisionada, no
tuve ya otro empeño que el de romper mis cadenas, de correr en campo
abierto, de ser otra vez dueño de mí mismo. Y, sin comprenderlas,
confirmé las declaraciones de Alejandra; y cuando ella se acusó, cuando
por fin la comprendí, cuando vi que se perdía por amor a mí, entonces,
naturalmente, acepté el sacrificio... Ambos fuimos dejados en libertad,
y entonces, en el momento en que me vi libre, en que la mentira
triunfaba, me propuse decir la verdad. Todavía me callé durante algún
tiempo, porque dentro de mí, en la prolongada noche de mi mente, el alba
de un nuevo día aparecía ya. Alejandra creía velar sobre mí porque
estábamos juntos, porque me hablaba. Yo no la veía, no la oía: una alma,
muda e invisible, gobernaba ya mi vida...
Se interrumpió un momento, alzando los ojos al firmamento. El cielo se
había calmado, los amarillos nubarrones habían desaparecido:
coloraciones rosadas, y verdes, purísimas, iluminaban el occidente.
El Príncipe continuó:
--El rencor, el odio, la envidia, la concuspicencia, todas las miserias
que habían formado mi vida, se me aparecieron por fin bajo su luz
sombría. La sangre que yo había hecho derramar nada me había dicho aún:
era necesario que yo mismo derramara la sangre de una víctima, de una
mártir, para comprender la ley del amor. Todas las enseñanzas que ella
me había prodigado, y yo había desdeñado y hecho objeto de risa,
volvieron a mi memoria. La simiente que parecía perdida, fructificó.
¿Cree usted que Florencia haya muerto?
La voz del penitente era tan suave, que Roberto Vérod se sintió
hondamente conmovido.
--Todavía vive; en todas las cosas bellas, en todas las cosas buenas:
habla dentro de nosotros, y nos aconseja. Ella me ha dicho que venga a
ver a usted, usted que la ha amado, que obtuvo su amor, sabrá lo que ha
de hacer de mí.
Esperó a que Vérod contestase; pero como éste era incapaz de decir una
palabra, el Príncipe continuó:
--Usted no puede matarme, porque recuerdo la ley del perdón que ella
practicaba. Pero ¿debo yo vivir libre todavía? ¿Será suficiente mi
vuelta a la fe; bastará que en todo este tiempo me haya ocupado en
reparar el mal que he hecho? ¿No estoy obligado a dar al mundo una
prueba de mi conversión, de los alcances de ésta? ¿Y no debo expiar para
merecer verdaderamente que se me perdone?... Tengo dos caminos por
delante. Puedo entregarme a la justicia de este país para pagar mi
crimen aquí donde lo cometí, o la justicia de mi patria, ante la cual
soy responsable de otras culpas. ¿Quiere usted decirme cuál le parece el
mejor partido?
Roberto Vérod no contestó. ¿Qué podía aconsejarle? ¿Y con qué
derecho?... El dolor lo embargaba hasta tal punto, que su criterio
estaba completamente obscurecido.
--Pues bien: yo creo no equivocarme al seguir un ejemplo que ha sido
para mí una advertencia: partiré para Rusia. Aquí tal vez se juzgaría
con demasiada indulgencia mi delito, un delito originado por la pasión.
Allá me espera la pena capital. Y luego, yo tengo que confesar al mundo
que me he engañado. Si las leyes que gobiernan las sociedades no hacen
felices a éstas, la culpa no es de los hombres que las dictaron. Otros
hombres tampoco podrían dictar más que leyes humanas, esto es,
defectuosas e ineficaces. Odiarse y combatirse por disciplinar de
diverso modo el dolor a que la humanidad está condenada, es propósito de
locos. Es preciso luchar contra la injusticia y contra el mal; pero
fuera del amor no hay otra arma eficaz. Es necesario armarse,
compadecerse y ayudarse. Yo quiero proclamar mi error en alta voz,
quiero pedir perdón del daño que he infligido a tantos, a tantísimos...
Oculto el rostro entre las manos, se quedó en esa actitud, meditabundo,
y luego, volviendo la mirada hacia Vérod, repuso:
--Y a usted, a quien tanto mal he hecho, quiero pedirle humildemente que
me disculpe. Sin duda todavía es demasiado pronto para que pueda usted
soportar mi vista. Pero yo sé que su corazón está lleno de bondad.
Usted, que ha merecido ser amado por ella, debe ser el mejor de los
hombres. Antes de dejar estos lugares, que ya no volveré a ver nunca,
antes de que la expiación se cumpla, pido a usted como una gracia que me
diga una palabra. Piense usted que voy a morir pronto. La última palabra
pronunciada por ella fue de perdón: me pidió que la perdonara ¡yo, que
la había muerto! Dígame usted que no aborrecerá mi memoria.
Roberto Vérod seguía callado; pero en ese momento no hablaba porque una
emoción violenta se lo impedía.
--Muy doloroso sería para mi corazón el verse perseguido por el odio de
usted. A tal punto llegó usted a ser parte de ella, que una palabra suya
de bondad me sostendría en el cumplimiento del deber que me he
impuesto...
Y tomando una mano del joven, le suplicó:
--Roberto, ¿me perdona usted?
Este hizo con la cabeza un movimiento afirmativo.
Y al ver que de los ojos de Zakunine brotaban las lágrimas, al ver el
llanto de ese hombre de corazón de hierro, concluyó él también por
llorar.
--El alma de Florencia está presente aquí--dijo el Príncipe.
Ya los sollozos no turbaban su voz: su llanto era tranquilo y suave.
Luego agregó:
--Sea por siempre bendita y bendecida.
El llanto de Vérod era tempestuoso.
--Roberto, ¡qué bueno es usted! ¡Gracias!... ¡Adiós!...
Diciendo esto, se inclinó a besar la mano del joven. Pero Roberto Vérod
la retiró y abrió los brazos. Los dos hombres permanecieron un momento
estrechamente abrazados.
El Príncipe preguntó en voz muy baja:
--Hermano, ¿me perdonas?
--Te perdono, hermano.
Desprendiéndose del brazo, se pasó Zakunine una mano por los ojos, y en
seguida se alejó. En el umbral de la puerta, antes de desaparecer entre
las sombras, se volvió una vez más.
--¡Adiós!
Al cabo de un mes, las hojas de publicidad estaban llenas del relato de
un caso extraordinario: el Príncipe Alejo Petrovich Zakunine, el
nihilista feroz, el revolucionario implacable de quien nadie había
tenido noticias durante tanto tiempo, había vuelto a Rusia, a Odesa, por
la vía marítima: a bordo del vapor se había descubierto a los agentes de
la policía para que le entregaran a la justicia. Además de haber
confesado sus delitos políticos, de los cuales se arrepentía
solemnemente, había revelado su crimen pasional de Suiza. Esta nueva
versión del drama de Ouchy excitó enormemente la curiosidad pública, y
mayor fue aún el interés cuando se supo que, por más que sobre la cabeza
del Príncipe pesara la pena de muerte, una voluntad soberana,
impresionada por la conversión del rebelde y del descreído, había
conmutado esa sentencia por la relegación perpetua en Siberia.
Roberto Vérod continuaba en Lausana, en los lugares de los cuales no se
podía ya apartar. Un día, después de haber leído esta noticia, se
encontró con el juez Ferpierre. Desde el momento del proceso no había
vuelto a verle y apenas lo distinguió se le acercó, agitado y ansioso,
como a la única persona con quien podía hablar aún de la muerta, del
culpable y de sí mismo.
Ferpierre, que lo había sabido todo por los diarios, le dijo:
--Tengo gusto en encontrar a usted. Su corazón no le engañaba: lo que
usted sostuvo hasta lo último era verdad. Usted no tenía más auxiliar
que su pasión, pero ésta le hizo ver con claridad completa. Florencia
d'Arda no podía matarse, no podía morir voluntariamente dejándole tan
triste ejemplo, sin una palabra de consuelo. Por grande que fuera la
angustia de su alma, por más, que ella hubiera decidido quitarse la vida
y lo hubiera anunciado, la cristiana tenía que detenerse en el último
instante. Pero como tampoco podía ya vivir, dados los celos furiosos de
aquel desgraciado, provocó a este mismo para que la libertara. Las
apariencias me engañaron. ¡Qué cosas tan extrañas suceden en la vida!...
Todos vosotros podías haber sido felices, si la casualidad no os hubiera
hecho encontraros para haceros sufrir inefablemente: la Condesa,
colocada entre el respeto de sí misma, de su palabra, de su fe, y el
amor de usted. Usted, desesperadamente enamorado de ella y celoso de
Zakunine; Zakunine, perdido por los celos que usted le inspiraba, por su
tardío amor hacia ella, por su estéril remordimiento; la Natzichet,
amante, taciturna, desconocida, desdeñada... ¿Qué será de ella?
Entonces Vérod se acordó de las palabras del Príncipe.
--Ha muerto.
Pero, ¿cómo, dónde y cuándo? Zakunine no lo había explicado, ni él había
pensado en preguntárselo. ¿Había fallecido de muerte natural, o
violentamente? ¿Se había matado, o como Alejo Petrovich, y antes que él,
había vuelto a Rusia con el objeto de hacerse condenar allí? ¿Había
aludido a ella el Príncipe al decir que quería seguir un ejemplo que
para él era una advertencia? Nadie podía decirlo, y seguramente jamás
llegaría a saberse.
--¡De qué manera tan misteriosa ha pasado por la vida!--dijo el
magistrado.--Y tenía un gran corazón.
--Sí--ratificó Vérod.
--Tampoco aquel desgraciado era perverso. El Emperador ha hecho bien en
conmutarle la pena: la muerte debe quedar en las manos de Dios. Viviendo
el asesino, se puede esperar su redención.
--Está redimido.
Y como el juez lo interrogara con la mirada, Roberto Vérod le refirió su
coloquio con Zakunine.
--Yo lo he perdonado. Conocí que la muerta quería que lo hiciera. Ella,
que lo convirtió, que al morir de su mano realizó la obra de salvación a
que se había consagrado cuando se unió a él, no podía querer que yo le
guardara rencor. Esa alma soberbia y feroz ama ahora y se prosterna. Yo
mismo, que después de haber creído, había caído nuevamente en la duda,
vuelvo finalmente a la fe que ella me inspiró. Es cierto; y usted tuvo
razón al maravillarse un día de mi aversión hacia él. Nuestras
naturalezas eran diversas, pero ambos estábamos de acuerdo en la
desesperanza de la vida. Ambos veíamos en el mundo un mecanismo
inconsciente, un vago fuego de fuerzas ciegas y desbordantes. Ella nos
unió en el sentimiento del bien, nos reveló el amor y la fraternidad
humana. Después... nos hemos abrazado como hermanos. Su conducta, su
aceptación del castigo servirán de ejemplo al mundo. Y yo estoy
convencido de que debo renegar de mis desesperadas ideas de un tiempo;
que debo proclamar las buenas enseñanzas que ella me inculcó...
Habían bajado hasta Ouchy. Ambos continuaron silenciosos durante un buen
trecho, por la orilla del lago terso y azul, que parecía un pedazo del
cielo, caído sobre la tierra.
Después habló Ferpierre:
--Hay seres como ese, venidos al mundo para convertirnos a aquello de
que la vida nos hace dudar demasiado. Su corazón es como una fuente de
salvación. ¡Feliz usted que la conoció, que la amó, que custodia
celosamente su imperecedero recuerdo!
FIN