Natzichet aseguraba que en el punto culminante de su explicación con la
Condesa, oyendo la voz conturbada del Príncipe que llamaba, había
disparado el tiro, temerosa de que al aparecer él ya no se le hubiera
presentado otra oportunidad de deshacerse de su rival, el Príncipe
afirmaba, por el contrario, haber acudido al oír el tiro desde lejos.
Puestos nuevamente el uno frente al otro, la Natzichet se había
corregido, declarando que creyó oír su voz, pero sin duda en su
sobreexcitación se había engañado. Otros pequeños pormenores habían
afirmado a Ferpierre en la sospecha de que, como en los anteriores
interrogatorios, en ese también la joven tomaba en cierto modo la
iniciativa de la explicación del drama, e incitaba al Príncipe a
seguirla; pero, con todo, estaba decidido a enviarla ante los jueces
para que el debate público acabara de arrojar la luz sobre aquel
misterio.
Antes, sin embargo, había querido llamar a Vérod para ver si también él
dudaba, para discutir con él sus nuevas sospechas.
--En los primeros días estaba oprimido por el dolor--contestó, después
de haber examinado todo aquello mentalmente una vez más;--pero después
se vio que la prisión le hacía sufrir.
--¿Ve usted?--exclamó Vérod.--Al principio comprendió el error de su
crimen; más tarde, vio que su libertad era segura. ¡El medio ha sido
demasiado fácil!
Así había pensado también Ferpierre. Aquel hombre, en quien se sucedían
repentinamente diversas impulsiones, que no era totalmente incapaz de
practicar el bien, pero que obedecía con mayor prontitud a las
insinuaciones del mal, había estado, sin duda, próximo a confesar; pero
la disposición de su espíritu había cambiado de un momento a otro, y
entonces, ansioso de libertad, no había tenido escrúpulo para aferrarse
a la tabla de salvación.
--Si él es tan infame, ¿quiere decir que la Natzichet posee un corazón
heroico?
--¿Qué le impide a usted admitirlo?
Lejos de negarlo, el magistrado había reconocido expresamente que por el
ardor de su fe, por la tenacidad de sus sentimientos, la joven era capaz
del heroísmo.
--Pero ¿cómo sorprenderla? ¡Su explicación del delito era completa!
Tenía dos razones para cometerlo: el amor y el fanatismo.
--¿Uno y otro no debían aconsejarla que salvara al hombre amado y al
correligionario?
También eso era cierto. Si el Príncipe había muerto a la Condesa, la
joven debía intentar salvarle, tanto por amor al hombre, como por amor
al partido.
--Bien; pero ¿y la prueba?
--¡Ah! ¡la prueba! ¡Hay que encontrarla todavía!
--Pues entonces, y mientras encontramos esa prueba, tanta razón tiene
usted de insistir en su sospecha, como yo en volver a mi primera
opinión.
--¿Por qué?
--¡Porque sí! ¡Yo vuelvo a creer que la Condesa se ha matado!
--¿Después que ellos admiten la existencia del delito?
--¿Y cómo la admiten? ¡Usted no sabe cómo, en qué circunstancias se ha
declarado culpable la Natzichet! ¡Confesó cuando yo la dije que el
Príncipe había confesado! ¡Le vio perdido y quiso salvarle!
--¿Y eso no le demuestra a usted de una manera luminosa que él, sólo él
es el asesino?
--¡Pero él nada ha confesado! ¡Yo fui quien dije eso, como recurso
desesperado!
--¡Y no ve usted que dijo la verdad!--arguyó Vérod.--¡Si esa mujer
hubiera sabido que Zakunine era inocente, se habría reído al oírle a
usted! ¡No lo habría creído! ¡Habría descubierto el ardid! ¿Cómo podría
creer que su amigo había confesado una culpa jamás cometida por él? Si
esa mujer creyó lo que usted la dijo, ello significa que usted dijo
inconscientemente la verdad. ¡Y ha querido salvarle, porque le ha visto
realmente perdido!
Ferpierre no contestó.
Estaba maravillado de no haberse hecho aún esa obvia observación entre
tantas otras. Y sentía todo el peso de la clarísima observación, y veía,
además, que si ésta correspondía a la verdad, él se había extraviado por
un falso camino.
--¡Hipótesis o presunción como todas las demás!--exclamó bruscamente,
deseoso de negar, por medio de la confusión, la importancia que en su
interior atribuía a las palabras del joven. Lo único que hacemos es
pasar de una hipótesis a otra, ¡Si la Condesa no se ha matado, ha sido
asesinada; si no ha sido asesinada, se ha dado la muerte por su mano! El
delito es obra de la nihilista, si no ha sido cometido por Zakunine; ¡si
la nihilista es inocente, Zakunine es el reo! ¡El apasionamiento de
usted no constituye una prueba! ¡Mientras no me traiga usted una prueba
más válida de sus apasionadas afirmaciones, por muy severos que queramos
ser con los acusados, no podremos hacer otra cosa que absolverlos a
ambos, por falta de indicios!
Y casi bruscamente, le dijo que podía retirarse.
Cuando se quedó solo dio orden de que no se dejara entrar a nadie más.
La gravedad de sus pensamientos en ese instante y la irritación que
sentía contra sí mismo, no le permitían ocuparle de otro asunto.
La observación que le había hecho Vérod era justísima: ¿Cómo negar su
valor? Si tantas dudas había concebido ya él mismo sobre la confesión de
la Natzichet, ¿cómo no admitir aquélla? Era la más considerable de
todas. ¿Así, pues, la pasión del joven servía de algo, mientras que la
sangre fría que él estaba obligado a mostrar de nada servía, puesto que
el joven era quien veía con mayor claridad?
Cierto; sin el ardid que había empleado con la nihilista, el Príncipe y
ella misma habrían continuado negando, escudándose con la verosimilitud
del suicidio. Era también evidente que de los dos, el más cuidadoso de
la salvación común había sido, desde los primeros días, la Natzichet.
En todos los interrogatorios se había esforzado visiblemente por empujar
al Príncipe a la defensa. Había reconocido ser su querida y le había
exigido que confirmara esta declaración, deseosa de impedir que se
descubriera la resurrección de su amor por la Condesa, resurrección que
podía hacer sospechar que la causa del delito fueran los celos. Después,
creyendo que Zakunine se había confesado celoso y reo, había inventado
su propia intervención entre los dos actores del drama. ¿El silencio y
la tristeza de Zakunine, no podían ser, no eran, el remordimiento del
culpable? Como quiera que fuese, el Príncipe se había mostrado, durante
los primeros días, tal vez en fuerza de tanto dolor, indiferente a su
suerte.
Todo esto hacía pensar a Ferpierre que en realidad había cometido un
error al emplear su ardid contra la joven: más bien debía haber dicho al
Príncipe que la Natzichet se confesaba culpable. Y debía haberlo dicho
cuando Zakunine estaba aún bajo el peso del dolor; entonces,
probablemente, no habría tolerado que otra persona sufriera por él, y
habría confesado la verdad.
¡La verdad!... Si esta era la verdad verdadera, ¿cómo saberlo? Puesto
que la Natzichet quería salvar al Príncipe, ¿no habría hecho, después de
que éste se hubiese confesado en realidad culpable, lo mismo que hizo al
oír el relato capcioso del juez? ¡Y entonces, acusándose uno y otro, la
confesión habría sido mayor! O ¡quién sabe si el careo habría sido
fructuoso!
Pero ya los careos eran inútiles. Decidido a aprovechar de la
generosidad de la joven, Zakunine la reconocía culpable, y desde que
ella insistía en su confesión, ¿cómo desmentirlos?
Ferpierre pensó en volver a llamar a la Natzichet y decirla: «¿Usted
cree haberle salvado? ¡Lejos de eso, le ha perdido usted! ¿Por qué ha
confesado usted? ¿Porque yo la dije que él mismo me había confesado
haber muerto a la Condesa? Pues bien: ¡eso no es cierto; él no ha
confesado nada! Yo he dicho una mentira. Pero ahora veo que ésta que yo
creía mentira, es verdad, y usted misma, sin quererlo, o mejor dicho,
queriendo lo contrario, me lo ha probado. Si hubiera sido mentira, usted
se habría reído al oiría. Y, en cambio, ha temblado usted por él, y ha
tratado de salvarle, aunque en vano...»
Pero Ferpierre se detuvo bruscamente, previendo que la joven no se
habría quedado sin contestar: «No me reí de la mentira, porque en vez de
risa tenía que causarme pena. Creyendo que usted me decía la verdad,
pensó que Zakunine se acusaba por salvarme, y como él es inocente y yo
soy la culpable, no me reí, sino que temblé y dije a usted la verdad...»
¿Qué contestar a eso? ¿Y cómo probarla que mentía?... ¿Y si no mentía?
¿Si era realmente culpable? ¿Si su conducta no era la de una heroína
salvadora, sino la de una reo confesa? ¿Cuál era la razón para no
creerla verdaderamente culpable? ¿Era posible que con tanta habilidad
hubiera construido y descripto con tantos colores un falso desenlace del
drama; que hubiera sabido relatar un cúmulo de mentiras con voz tan
turbada, con expresión tan sincera?
Entonces Ferpierre volvía a medir las probabilidades, a ahondar las
presunciones, a rehacer la tarea de todos aquellos días, deteniéndose
ya en una, ya en otra hipótesis, reconociendo una vez más las
inextricables dificultades del caso.
¿Debía renunciar positivamente a toda investigación ulterior? ¿Había que
perder en realidad la esperanza de obtener una prueba incontrovertible?
¿Y cómo concluir el largo y ya vano sumario? ¿Rechazando la acusación,
afirmando que la Condesa se había matado, y que la Natzichet se acusaba
solamente por el temor de ver condenado al Príncipe, aunque era tan
inocente como él, y que por esta razón las versiones de uno y otra no
habían estado de acuerdo?... ¿O volviendo a la hipótesis, ya excluida
como la más improbable, de que ambos fuesen culpables, de que la
Natzichet hubiera ayudado a su amante a ejecutar el asesinato con el
robo por móvil, y tratado después de salvarle, acusándose?
Cada una de estas conclusiones repugnaba al magistrado; pero éste
necesitaba decidirse por alguna, y ya pensaba en hacer una última
tentativa cerca de los dos rusos, cuando, no obstante las órdenes que
había dado, oyó llamar a la puerta. El ujier, pidiendo disculpa por la
contravención, le entregó un pliego del procurador general: dos palabras
subrayadas en un ángulo del sobre, indicaban que la comunicación era
urgente.
Ferpierre rompió distraídamente el sobre, pues nada le parecía urgente
si no era salir de una situación tan ambigua. Dentro había dos papeles:
un telegrama y una nota del procurador general. Este le escribía:
«Transmito a usted inmediatamente el despacho que se acaba de recibir
del cónsul helvético en Edimburgo. Ahora podremos, por fin, saber con
precisión algo sobre el misterio de Ouchy.»
Y con mano que la ansiedad hacía temblar, Ferpierre abrió la otra hoja,
que decía:
«Sor Ana Brighton vive en Stonehaven, Condado de Kincardine, Escocia. Ya
se ha acordado lo necesario con la magistratura inglesa para recibir su
declaración.»
Ya la curiosidad pública se había despertado, más ansiosa que nunca, al
saberse que la instrucción no estaba cerrada aún como se decía primero;
que el magistrado desconfiaba de la confesión de Alejandra Natzichet, y
que todo volvía a quedar sujeto a nuevas dudas en el momento en que el
misterio parecía descubierto. Las discusiones recrudecían, apasionadas e
inútiles, entre los que sostenían la sinceridad de los nihilistas, los
que veían en su conducta una nueva prueba de la culpabilidad del
Príncipe y los que volvían con mayor confianza a la versión del
suicidio, imputando a los métodos inquisitoriales del magistrado la
confesión arrancada a una inocente. Pero los más reconocían que la
justicia se encontraba en presencia de uno de aquellos casos dudosos de
cuya solución hay que desesperar hasta que alguna circunstancia
inesperada viene a aclararlos, y que con mayor frecuencia permanecen
irresolutos para siempre.
La noticia de que por fin se había encontrado a Ana, llevó la curiosa
expectación al grado de la fiebre. Su declaración, la última carta que
le había dirigido la Condesa, pocas horas antes de su muerte, lo iban a
explicar todo.
No era general, sin embargo, esta confianza, y el mismo Ferpierre,
después de su primer movimiento de estupor y de placer al recibir
comunicación del telegrama, temía no poder salir aún de la duda. Si la
muerta hubiera confesado que iba a suicidarse, si había enviado a la
hermana su último adiós, ésta, al recibir la carta, al leer aquel
anuncio, ¿no habría debido acudir, o por lo menos contestar, o tratar de
conseguir otras noticias, de saber si Florencia había puesto en
ejecución su funesto propósito? Y puesto que todos los periódicos del
mundo habían hablado de la catástrofe, de la acusación, de los arrestos
y del sumario, ¿no era para la religiosa un deber de conciencia enviar
la carta a la justicia? Esta nada había recibido; por consiguiente, la
carta no anunciaba el suicidio.
Natural era, pues, considerar como singularmente empeorada la condición
de los acusados. Si faltaba en la carta una explícita alusión al
desesperado propósito de su autora, tenía que parecer menos probable que
nunca el que, una hora después, ésta se hubiera matado; pero ¿a cuál de
los dos acusados se debía imputar el delito? ¿Se podía abrigar la
esperanza de que la Condesa hubiera expresado en la carta el temor
suscitado en ella por la amenazadora actitud de uno u otra? ¿No era más
probable que la carta no fuese explícita en sentido alguno, y que, aun
confirmando la angustia que embargaba a la infeliz, no anunciara la
intención de ésta de morir? En tal caso, la ambigüedad iba a subsistir.
Una primera noticia, dada por los diarios ingleses que anunciaban el
descubrimiento del paradero de sor Ana Brighton, destruyó las dudas del
magistrado. La religiosa, decían esas hojas, estaba atacada de una grave
parálisis, había perdido el uso del cuerpo y de la palabra.
Un telegrama de Londres para el _Journal de Genève_ precisó, al día
siguiente, que la enfermedad databa de un mes, y que el ataque
apoplético, según la declaración de la prima de sor Ana, su única
parienta, la había sobrevenido al leer una noticia funesta.
Y cuando una semana después, recibió Ferpierre con la confirmación de
estos rumores el expediente formado por el magistrado escocés, vio que
una vez más se había equivocado en sus previsiones. Sor Ana no había
podido contestar a la Condesa ni iluminar a la justicia porque al leer
la carta de su antigua alumna predilecta había caído como muerta.
Aquella carta, hallada a su lado y unida al informe junto con otras que
no tenían importancia, decía:
«Sor Ana, ruegue usted por mí. Ruegue usted mucho, con todo el fervor de
su buena alma, porque tengo necesidad de mucho perdón.
»Esta es la última carta mía que usted recibe. Si un día sabe usted lo
que he hecho, recuerde usted el nombre que siempre desde la primera vez
que gocé de sus caricias quiso darme: recuerde usted que me ha llamado
hija suya y como a tal me ha amado: para su hija siempre será usted
indulgente.
»Dios lee en mi corazón. A usted no puedo ni quiero decir qué tempestad
me destroza. ¡Bendita usted que no conoce el error! ¿Para qué hablarle
de aquello con que yo lucho? Piense usted solamente esto: que si he
pecado mucho, ahora quiero huir de otras culpas. Me encuentro reducida a
una condición tal, que todo es para mí culpa y error. Sólo la muerte
puede librarme: yo debería esperarla, porque no tardará; pero el mal no
espera, no.
»Si la apeno, perdóneme usted. Piense usted que no tengo a nadie más en
el mundo a quien decir estas cosas en esta hora extrema. Todavía
quisiera dirigir a usted otro ruego: acepte usted mis memorias, que dejo
para usted. Estoy segura de que las conservará usted con el amor que
siempre me ha tenido.
»Sor Ana, ruegue usted por mí.»
IX
ESPASMO
Pasaron los años, y la Condesa Florencia d'Arda, el Príncipe Alejo
Zakunine y Alejandra Natzichet se fueron borrando poco a poco de la
memoria de los hombres. Los propietarios de la _villa Cyclamens_ habían
pensado primero en cambiar el nombre de la villa, temerosos de que aquel
triste recuerdo impidiera que otros quisieran vivir en ella; pero en la
próxima estación la solicitó expresamente un inglés movido por la
curiosidad despertada en él por el drama de Ouchy. Dos años después fue
alquilada por una familia americana que nada sabía de la muerte ni del
proceso, y así quedó la casa con su antiguo nombre.
La Baronesa de Börne, frecuentadora asidua de la Casa de Salud, refería
a todos los recién llegados la historia, con gran acopio de detalles, y
ellos se quedaban escuchándola, indiferentes a esas cosas pasadas, de
las que no habían sido espectadores, y hasta fastidiados con tan
monótono relato. Y pronto llegó el día en que la misma Baronesa olvidó
el asunto.
Sor Ana Brighton debía haber muerto en Stonehaven; el nombre de la
Condesa se borraba de la cruz en el cementerio de Sallaz. En cuanto al
Príncipe y a la joven nihilista, nadie supo más de ellos después que
salieron en libertad: habían vuelto seguramente a su propaganda. ¿Y
también a sus amores? Era probable: después de su heroica tentativa de
salvarle, Alejandra Natzichet debía haber visto a Zakunine corresponder
al amor que ella le tenía. Los diarios, en un tiempo llenos de noticias
relativas a la acusación que amenazaba a ambos, no hablaban más de
ellos: otras historias de otras pasiones ocupaban el lugar concedido
antes al drama de Ouchy.
El juez Ferpierre, no, obstante los nuevos procesos y los nuevos
misterios sometidos a su averiguación, fue entre todos el que más
conservó el recuerdo: demasiado graves habían sido sus preocupaciones,
demasiado penoso su despecho de no haber sabido ver claro en aquel
enredo. Tratando de justificarse a sus propios ojos, pensaba que,
después de la lectura de las memorias de la Condesa y el interrogatorio
de Vérod, había visto y firmado la verdad; pero el recuerdo de sus
vacilaciones, de sus sospechas, de sus tentativas ambiguas y
desgraciadas lo confundía. ¿Cómo no se había mantenido en la opinión de
que la acusación era obra enteramente del odio de Vérod? Una especie de
sordo y pertinaz remordimiento lo había acompañado durante largo tiempo,
ante la idea de haber empujado a una inocente a un sacrificio terrible:
después ese error suyo fue a confundirse con otros, y le dio libertad
para decirse que su culpa había consistido únicamente en un celo
excesivo por encontrar el fundamento de la acusación, y así fue
perdiéndose por fin hasta de su mente el recuerdo de aquellos hechos.
Roberto Vérod se decía que él también llegaría a olvidar, pero el tiempo
tardaba en concederle ese ambicionado bien.
En ciertas ocasiones, cuando un nuevo pensamiento le distraía de tan
doloroso recuerdo, el joven temblaba, porque ese nuevo pensamiento era
infinitamente más grave. Ante la evidencia había tenido que reconocer su
falta, que admitir la injusticia de su acusación y convenir en que
solamente el odio se la había sugerido. Vista la prueba había tenido que
dar la razón al severo juicio del magistrado; comprendía que él mismo
había contribuido a la muerte de la infeliz, y el remordimiento que en
un tiempo le había parecido atroz, le parecía ya casi leve. No solamente
no trataba de disculparse, sino que insistía con encarnizado empeño en
confesar su error, se acusaba acerbamente, aumentaba el peso de su
propia responsabilidad para tratar de substraerse a un pensamiento
muchísimo más mortificante. Era en vano. Quería pensar en que su amor
había muerto a esa mujer, para no creer que ella no había sido
merecedora de su amor.
Todas las razones incurables aducidas por él contra la hipótesis del
suicidio estaban grabadas en su mente. ¿Era creíble que la Condesa se
hubiera matado sin dejarle su último adiós? Dada su fe en Dios, ¿podía
matarse? Cualquiera que fuese la angustia que se había apoderado de
ella, no obstante sus propósitos de muerte, ¿no le habría temblado la
mano en el momento de ponerlos en ejecución? ¿No se le habría caído
inerte el brazo ante la idea de dejarle un triste ejemplo, a él, que
había sido reconciliado por ella con la vida? Al matarse, ¿no lo mataba
a él?
«Esto es particularmente grave en el amor: que cada uno de los amantes
no sólo es responsable de sus propios actos, sino también de aquellos a
que induce a la persona amada.»
Esas eran las palabras. Para matarse había tenido que olvidarlas. ¡Y las
había olvidado! ¡Su fe en Dios no era tan firme como parecía, puesto que
la había dejado darse la muerte! ¡Se había matado pensando en una
extraña, sin dejarle a él una palabra de despedida, arrojándolo en
cambio al escepticismo de que había querido sacarlo!
Era esa la realidad: él había sido víctima de una ilusión del eterno
engaño del amor, al atribuir a aquella mujer sublimes virtudes que no
poseía, al exagerar la hermosura de aquella alma hasta concederla una
perfección sobrehumana.
«Yo debía saber» se decía a sí mismo, tratando de vencer la tristeza del
desengaño, «que la perfección está fuera de lo humano; que los hombres
pueden pensar en ella y buscarla, pero jamás la alcanzarán. Esta
certidumbre me había impedido exaltar más allá de lo debido a aquel ser;
y esta persuasión debe ahora atemperar mi desconfianza e impedirme
envilecer más de lo debido su memoria.»
Porque, efectivamente, cambiada ya la disposición de su espíritu, Vérod
acusaba a la muerta no solamente de debilidad sino de mentira y casi de
indignidad. Antes de matarse, le había dicho que le amaba, y era
evidente que al decírselo había mentido. ¿Quién aseguraba, entonces, que
no hubiera mentido otras veces?... Así como todos los humores acres
latentes en una sangre corrompida se despiertan a la más leve herida y
la exacerban y la gangrenan, así el desengaño del joven encontraba
alimento y fuerzas en una multitud de ideas roedoras de las cuales antes
no había tenido conciencia. Casi llegaba al punto de despreciarse y
escarnecerse por haber erigido en ideal de perfección a una mujer que
vivía fuera de la ley.
¿No había vivido fuera de la ley? ¿No eran indignas sus relaciones con
el Príncipe? ¿Qué valor se podía dar al compromiso que sostenía haber
contraído secretamente consigo misma? ¿Se podía creer que hubiera sido
sincera al contraerlo, o no habría tratado con su aserción de rescate a
los ojos de los demás y a los suyos propios, después de haber medido la
gravedad de su culpa? ¿Era increíble que se hubiera dado a otro hombre
por ejercer el gratuito oficio de redentora? ¡Si por lo menos, sin la
quimera de la redención, sin la fe en la duración de su pacto, hubiese
amado a ese hombre con amor puro!
Pero Vérod negaba hasta eso mismo, porque para él no era concebible que
un hombre como Zakunine inspirara una pasión sincera. Sanguinario y
tiránico al mismo tiempo que predicaba la paz y la libertad; resuelto a
gozar ávidamente mientras decía que los sufrimientos de los demás le
hacían gemir; codicioso, disipador, infiel, mentiroso, ese hombre no
podía ser objeto de un amor noble; sólo podía ejercer una fascinación
perversa, una curiosidad malsana, deseos serviles. Malsana, servil,
perversa había sido la pasión de aquella mujer.
Los celos impotentes, su amor humillado hacían que Vérod acogiera estas
ideas. Cuando Florencia d'Arda vivía, no los había concebido: mientras
había podido ver en su muerte la obra de un asesino; mientras se le
aparecía rodeada de la aureola del martirio, ninguna sospecha había
podido contaminarla; mientras se había visto amado por ella, la había
correspondido con un amor puro y confiado. Pero de pronto descubría que
su amor no había sido veraz. Si realmente le hubiera amado, ¿habría
podido dejarle en esa forma? Para que encontrara en su vínculo con
Zakunine un obstáculo tan grave para su felicidad, ¿no debía sentir en
realidad algún afecto por éste? ¡Había muerto para no serle infiel!
¿Puede la noción de lo abstracto tener tanta fuerza, si no concuerda con
un sentimiento concreto, con un interés enteramente personal y presente?
El mentido arrepentimiento de Zakunine, la falsa resurrección de un amor
que jamás, había sido creíble, habían despertado en ella la servil
pasión de otros tiempos: ¡entonces, comprendiendo la vileza de su propio
servilismo, pero no pudiendo vencerla, se había dado muerte!...
Así veía el joven corromperse y poco a poco disolverse en podredumbre la
figura antes colocada por él sobre un altar. Y luego volvían fielmente a
su memoria las proféticas palabras de un día lejano:
«Demasiado tiempo he vivido fuera de la ley para que pueda esperar ahora
volver a ella. Usted no quiere creerlo ahora, y es sincero; pero más
tarde lo creerá usted, y será igualmente sincero. El sentimiento
indeleble de mi decadencia debe hacerme consagrar mi vida a la religión;
esto es, por ahora, sólo en mi concepto, más tarde lo será también en el
de usted...»
Y Vérod se sentía sobrecogido de un inmenso estupor angustioso viendo
por fin realizarse la profecía; comprendiendo que ya no tenía el derecho
de retirar su estima a la muerta, puesto que ella misma, humilde y
dolorosamente, combatiendo la férvida confianza que él demostraba, había
reconocido su propia indignidad.