En el careo les había descubierto algunas contradicciones: mientras la

Natzichet aseguraba que en el punto culminante de su explicación con la

Condesa, oyendo la voz conturbada del Príncipe que llamaba, había

disparado el tiro, temerosa de que al aparecer él ya no se le hubiera

presentado otra oportunidad de deshacerse de su rival, el Príncipe

afirmaba, por el contrario, haber acudido al oír el tiro desde lejos.

Puestos nuevamente el uno frente al otro, la Natzichet se había

corregido, declarando que creyó oír su voz, pero sin duda en su

sobreexcitación se había engañado. Otros pequeños pormenores habían

afirmado a Ferpierre en la sospecha de que, como en los anteriores

interrogatorios, en ese también la joven tomaba en cierto modo la

iniciativa de la explicación del drama, e incitaba al Príncipe a

seguirla; pero, con todo, estaba decidido a enviarla ante los jueces

para que el debate público acabara de arrojar la luz sobre aquel

misterio.

Antes, sin embargo, había querido llamar a Vérod para ver si también él

dudaba, para discutir con él sus nuevas sospechas.

--En los primeros días estaba oprimido por el dolor--contestó, después

de haber examinado todo aquello mentalmente una vez más;--pero después

se vio que la prisión le hacía sufrir.

--¿Ve usted?--exclamó Vérod.--Al principio comprendió el error de su

crimen; más tarde, vio que su libertad era segura. ¡El medio ha sido

demasiado fácil!

Así había pensado también Ferpierre. Aquel hombre, en quien se sucedían

repentinamente diversas impulsiones, que no era totalmente incapaz de

practicar el bien, pero que obedecía con mayor prontitud a las

insinuaciones del mal, había estado, sin duda, próximo a confesar; pero

la disposición de su espíritu había cambiado de un momento a otro, y

entonces, ansioso de libertad, no había tenido escrúpulo para aferrarse

a la tabla de salvación.

--Si él es tan infame, ¿quiere decir que la Natzichet posee un corazón

heroico?

--¿Qué le impide a usted admitirlo?

Lejos de negarlo, el magistrado había reconocido expresamente que por el

ardor de su fe, por la tenacidad de sus sentimientos, la joven era capaz

del heroísmo.

--Pero ¿cómo sorprenderla? ¡Su explicación del delito era completa!

Tenía dos razones para cometerlo: el amor y el fanatismo.

--¿Uno y otro no debían aconsejarla que salvara al hombre amado y al

correligionario?

También eso era cierto. Si el Príncipe había muerto a la Condesa, la

joven debía intentar salvarle, tanto por amor al hombre, como por amor

al partido.

--Bien; pero ¿y la prueba?

--¡Ah! ¡la prueba! ¡Hay que encontrarla todavía!

--Pues entonces, y mientras encontramos esa prueba, tanta razón tiene

usted de insistir en su sospecha, como yo en volver a mi primera

opinión.

--¿Por qué?

--¡Porque sí! ¡Yo vuelvo a creer que la Condesa se ha matado!

--¿Después que ellos admiten la existencia del delito?

--¿Y cómo la admiten? ¡Usted no sabe cómo, en qué circunstancias se ha

declarado culpable la Natzichet! ¡Confesó cuando yo la dije que el

Príncipe había confesado! ¡Le vio perdido y quiso salvarle!

--¿Y eso no le demuestra a usted de una manera luminosa que él, sólo él

es el asesino?

--¡Pero él nada ha confesado! ¡Yo fui quien dije eso, como recurso

desesperado!

--¡Y no ve usted que dijo la verdad!--arguyó Vérod.--¡Si esa mujer

hubiera sabido que Zakunine era inocente, se habría reído al oírle a

usted! ¡No lo habría creído! ¡Habría descubierto el ardid! ¿Cómo podría

creer que su amigo había confesado una culpa jamás cometida por él? Si

esa mujer creyó lo que usted la dijo, ello significa que usted dijo

inconscientemente la verdad. ¡Y ha querido salvarle, porque le ha visto

realmente perdido!

Ferpierre no contestó.

Estaba maravillado de no haberse hecho aún esa obvia observación entre

tantas otras. Y sentía todo el peso de la clarísima observación, y veía,

además, que si ésta correspondía a la verdad, él se había extraviado por

un falso camino.

--¡Hipótesis o presunción como todas las demás!--exclamó bruscamente,

deseoso de negar, por medio de la confusión, la importancia que en su

interior atribuía a las palabras del joven. Lo único que hacemos es

pasar de una hipótesis a otra, ¡Si la Condesa no se ha matado, ha sido

asesinada; si no ha sido asesinada, se ha dado la muerte por su mano! El

delito es obra de la nihilista, si no ha sido cometido por Zakunine; ¡si

la nihilista es inocente, Zakunine es el reo! ¡El apasionamiento de

usted no constituye una prueba! ¡Mientras no me traiga usted una prueba

más válida de sus apasionadas afirmaciones, por muy severos que queramos

ser con los acusados, no podremos hacer otra cosa que absolverlos a

ambos, por falta de indicios!

Y casi bruscamente, le dijo que podía retirarse.

Cuando se quedó solo dio orden de que no se dejara entrar a nadie más.

La gravedad de sus pensamientos en ese instante y la irritación que

sentía contra sí mismo, no le permitían ocuparle de otro asunto.

La observación que le había hecho Vérod era justísima: ¿Cómo negar su

valor? Si tantas dudas había concebido ya él mismo sobre la confesión de

la Natzichet, ¿cómo no admitir aquélla? Era la más considerable de

todas. ¿Así, pues, la pasión del joven servía de algo, mientras que la

sangre fría que él estaba obligado a mostrar de nada servía, puesto que

el joven era quien veía con mayor claridad?

Cierto; sin el ardid que había empleado con la nihilista, el Príncipe y

ella misma habrían continuado negando, escudándose con la verosimilitud

del suicidio. Era también evidente que de los dos, el más cuidadoso de

la salvación común había sido, desde los primeros días, la Natzichet.

En todos los interrogatorios se había esforzado visiblemente por empujar

al Príncipe a la defensa. Había reconocido ser su querida y le había

exigido que confirmara esta declaración, deseosa de impedir que se

descubriera la resurrección de su amor por la Condesa, resurrección que

podía hacer sospechar que la causa del delito fueran los celos. Después,

creyendo que Zakunine se había confesado celoso y reo, había inventado

su propia intervención entre los dos actores del drama. ¿El silencio y

la tristeza de Zakunine, no podían ser, no eran, el remordimiento del

culpable? Como quiera que fuese, el Príncipe se había mostrado, durante

los primeros días, tal vez en fuerza de tanto dolor, indiferente a su

suerte.

Todo esto hacía pensar a Ferpierre que en realidad había cometido un

error al emplear su ardid contra la joven: más bien debía haber dicho al

Príncipe que la Natzichet se confesaba culpable. Y debía haberlo dicho

cuando Zakunine estaba aún bajo el peso del dolor; entonces,

probablemente, no habría tolerado que otra persona sufriera por él, y

habría confesado la verdad.

¡La verdad!... Si esta era la verdad verdadera, ¿cómo saberlo? Puesto

que la Natzichet quería salvar al Príncipe, ¿no habría hecho, después de

que éste se hubiese confesado en realidad culpable, lo mismo que hizo al

oír el relato capcioso del juez? ¡Y entonces, acusándose uno y otro, la

confesión habría sido mayor! O ¡quién sabe si el careo habría sido

fructuoso!

Pero ya los careos eran inútiles. Decidido a aprovechar de la

generosidad de la joven, Zakunine la reconocía culpable, y desde que

ella insistía en su confesión, ¿cómo desmentirlos?

Ferpierre pensó en volver a llamar a la Natzichet y decirla: «¿Usted

cree haberle salvado? ¡Lejos de eso, le ha perdido usted! ¿Por qué ha

confesado usted? ¿Porque yo la dije que él mismo me había confesado

haber muerto a la Condesa? Pues bien: ¡eso no es cierto; él no ha

confesado nada! Yo he dicho una mentira. Pero ahora veo que ésta que yo

creía mentira, es verdad, y usted misma, sin quererlo, o mejor dicho,

queriendo lo contrario, me lo ha probado. Si hubiera sido mentira, usted

se habría reído al oiría. Y, en cambio, ha temblado usted por él, y ha

tratado de salvarle, aunque en vano...»

Pero Ferpierre se detuvo bruscamente, previendo que la joven no se

habría quedado sin contestar: «No me reí de la mentira, porque en vez de

risa tenía que causarme pena. Creyendo que usted me decía la verdad,

pensó que Zakunine se acusaba por salvarme, y como él es inocente y yo

soy la culpable, no me reí, sino que temblé y dije a usted la verdad...»

¿Qué contestar a eso? ¿Y cómo probarla que mentía?... ¿Y si no mentía?

¿Si era realmente culpable? ¿Si su conducta no era la de una heroína

salvadora, sino la de una reo confesa? ¿Cuál era la razón para no

creerla verdaderamente culpable? ¿Era posible que con tanta habilidad

hubiera construido y descripto con tantos colores un falso desenlace del

drama; que hubiera sabido relatar un cúmulo de mentiras con voz tan

turbada, con expresión tan sincera?

Entonces Ferpierre volvía a medir las probabilidades, a ahondar las

presunciones, a rehacer la tarea de todos aquellos días, deteniéndose

ya en una, ya en otra hipótesis, reconociendo una vez más las

inextricables dificultades del caso.

¿Debía renunciar positivamente a toda investigación ulterior? ¿Había que

perder en realidad la esperanza de obtener una prueba incontrovertible?

¿Y cómo concluir el largo y ya vano sumario? ¿Rechazando la acusación,

afirmando que la Condesa se había matado, y que la Natzichet se acusaba

solamente por el temor de ver condenado al Príncipe, aunque era tan

inocente como él, y que por esta razón las versiones de uno y otra no

habían estado de acuerdo?... ¿O volviendo a la hipótesis, ya excluida

como la más improbable, de que ambos fuesen culpables, de que la

Natzichet hubiera ayudado a su amante a ejecutar el asesinato con el

robo por móvil, y tratado después de salvarle, acusándose?

Cada una de estas conclusiones repugnaba al magistrado; pero éste

necesitaba decidirse por alguna, y ya pensaba en hacer una última

tentativa cerca de los dos rusos, cuando, no obstante las órdenes que

había dado, oyó llamar a la puerta. El ujier, pidiendo disculpa por la

contravención, le entregó un pliego del procurador general: dos palabras

subrayadas en un ángulo del sobre, indicaban que la comunicación era

urgente.

Ferpierre rompió distraídamente el sobre, pues nada le parecía urgente

si no era salir de una situación tan ambigua. Dentro había dos papeles:

un telegrama y una nota del procurador general. Este le escribía:

«Transmito a usted inmediatamente el despacho que se acaba de recibir

del cónsul helvético en Edimburgo. Ahora podremos, por fin, saber con

precisión algo sobre el misterio de Ouchy.»

Y con mano que la ansiedad hacía temblar, Ferpierre abrió la otra hoja,

que decía:

«Sor Ana Brighton vive en Stonehaven, Condado de Kincardine, Escocia. Ya

se ha acordado lo necesario con la magistratura inglesa para recibir su

declaración.»

Ya la curiosidad pública se había despertado, más ansiosa que nunca, al

saberse que la instrucción no estaba cerrada aún como se decía primero;

que el magistrado desconfiaba de la confesión de Alejandra Natzichet, y

que todo volvía a quedar sujeto a nuevas dudas en el momento en que el

misterio parecía descubierto. Las discusiones recrudecían, apasionadas e

inútiles, entre los que sostenían la sinceridad de los nihilistas, los

que veían en su conducta una nueva prueba de la culpabilidad del

Príncipe y los que volvían con mayor confianza a la versión del

suicidio, imputando a los métodos inquisitoriales del magistrado la

confesión arrancada a una inocente. Pero los más reconocían que la

justicia se encontraba en presencia de uno de aquellos casos dudosos de

cuya solución hay que desesperar hasta que alguna circunstancia

inesperada viene a aclararlos, y que con mayor frecuencia permanecen

irresolutos para siempre.

La noticia de que por fin se había encontrado a Ana, llevó la curiosa

expectación al grado de la fiebre. Su declaración, la última carta que

le había dirigido la Condesa, pocas horas antes de su muerte, lo iban a

explicar todo.

No era general, sin embargo, esta confianza, y el mismo Ferpierre,

después de su primer movimiento de estupor y de placer al recibir

comunicación del telegrama, temía no poder salir aún de la duda. Si la

muerta hubiera confesado que iba a suicidarse, si había enviado a la

hermana su último adiós, ésta, al recibir la carta, al leer aquel

anuncio, ¿no habría debido acudir, o por lo menos contestar, o tratar de

conseguir otras noticias, de saber si Florencia había puesto en

ejecución su funesto propósito? Y puesto que todos los periódicos del

mundo habían hablado de la catástrofe, de la acusación, de los arrestos

y del sumario, ¿no era para la religiosa un deber de conciencia enviar

la carta a la justicia? Esta nada había recibido; por consiguiente, la

carta no anunciaba el suicidio.

Natural era, pues, considerar como singularmente empeorada la condición

de los acusados. Si faltaba en la carta una explícita alusión al

desesperado propósito de su autora, tenía que parecer menos probable que

nunca el que, una hora después, ésta se hubiera matado; pero ¿a cuál de

los dos acusados se debía imputar el delito? ¿Se podía abrigar la

esperanza de que la Condesa hubiera expresado en la carta el temor

suscitado en ella por la amenazadora actitud de uno u otra? ¿No era más

probable que la carta no fuese explícita en sentido alguno, y que, aun

confirmando la angustia que embargaba a la infeliz, no anunciara la

intención de ésta de morir? En tal caso, la ambigüedad iba a subsistir.

Una primera noticia, dada por los diarios ingleses que anunciaban el

descubrimiento del paradero de sor Ana Brighton, destruyó las dudas del

magistrado. La religiosa, decían esas hojas, estaba atacada de una grave

parálisis, había perdido el uso del cuerpo y de la palabra.

Un telegrama de Londres para el _Journal de Genève_ precisó, al día

siguiente, que la enfermedad databa de un mes, y que el ataque

apoplético, según la declaración de la prima de sor Ana, su única

parienta, la había sobrevenido al leer una noticia funesta.

Y cuando una semana después, recibió Ferpierre con la confirmación de

estos rumores el expediente formado por el magistrado escocés, vio que

una vez más se había equivocado en sus previsiones. Sor Ana no había

podido contestar a la Condesa ni iluminar a la justicia porque al leer

la carta de su antigua alumna predilecta había caído como muerta.

Aquella carta, hallada a su lado y unida al informe junto con otras que

no tenían importancia, decía:

«Sor Ana, ruegue usted por mí. Ruegue usted mucho, con todo el fervor de

su buena alma, porque tengo necesidad de mucho perdón.

»Esta es la última carta mía que usted recibe. Si un día sabe usted lo

que he hecho, recuerde usted el nombre que siempre desde la primera vez

que gocé de sus caricias quiso darme: recuerde usted que me ha llamado

hija suya y como a tal me ha amado: para su hija siempre será usted

indulgente.

»Dios lee en mi corazón. A usted no puedo ni quiero decir qué tempestad

me destroza. ¡Bendita usted que no conoce el error! ¿Para qué hablarle

de aquello con que yo lucho? Piense usted solamente esto: que si he

pecado mucho, ahora quiero huir de otras culpas. Me encuentro reducida a

una condición tal, que todo es para mí culpa y error. Sólo la muerte

puede librarme: yo debería esperarla, porque no tardará; pero el mal no

espera, no.

»Si la apeno, perdóneme usted. Piense usted que no tengo a nadie más en

el mundo a quien decir estas cosas en esta hora extrema. Todavía

quisiera dirigir a usted otro ruego: acepte usted mis memorias, que dejo

para usted. Estoy segura de que las conservará usted con el amor que

siempre me ha tenido.

»Sor Ana, ruegue usted por mí.»

IX

ESPASMO

Pasaron los años, y la Condesa Florencia d'Arda, el Príncipe Alejo

Zakunine y Alejandra Natzichet se fueron borrando poco a poco de la

memoria de los hombres. Los propietarios de la _villa Cyclamens_ habían

pensado primero en cambiar el nombre de la villa, temerosos de que aquel

triste recuerdo impidiera que otros quisieran vivir en ella; pero en la

próxima estación la solicitó expresamente un inglés movido por la

curiosidad despertada en él por el drama de Ouchy. Dos años después fue

alquilada por una familia americana que nada sabía de la muerte ni del

proceso, y así quedó la casa con su antiguo nombre.

La Baronesa de Börne, frecuentadora asidua de la Casa de Salud, refería

a todos los recién llegados la historia, con gran acopio de detalles, y

ellos se quedaban escuchándola, indiferentes a esas cosas pasadas, de

las que no habían sido espectadores, y hasta fastidiados con tan

monótono relato. Y pronto llegó el día en que la misma Baronesa olvidó

el asunto.

Sor Ana Brighton debía haber muerto en Stonehaven; el nombre de la

Condesa se borraba de la cruz en el cementerio de Sallaz. En cuanto al

Príncipe y a la joven nihilista, nadie supo más de ellos después que

salieron en libertad: habían vuelto seguramente a su propaganda. ¿Y

también a sus amores? Era probable: después de su heroica tentativa de

salvarle, Alejandra Natzichet debía haber visto a Zakunine corresponder

al amor que ella le tenía. Los diarios, en un tiempo llenos de noticias

relativas a la acusación que amenazaba a ambos, no hablaban más de

ellos: otras historias de otras pasiones ocupaban el lugar concedido

antes al drama de Ouchy.

El juez Ferpierre, no, obstante los nuevos procesos y los nuevos

misterios sometidos a su averiguación, fue entre todos el que más

conservó el recuerdo: demasiado graves habían sido sus preocupaciones,

demasiado penoso su despecho de no haber sabido ver claro en aquel

enredo. Tratando de justificarse a sus propios ojos, pensaba que,

después de la lectura de las memorias de la Condesa y el interrogatorio

de Vérod, había visto y firmado la verdad; pero el recuerdo de sus

vacilaciones, de sus sospechas, de sus tentativas ambiguas y

desgraciadas lo confundía. ¿Cómo no se había mantenido en la opinión de

que la acusación era obra enteramente del odio de Vérod? Una especie de

sordo y pertinaz remordimiento lo había acompañado durante largo tiempo,

ante la idea de haber empujado a una inocente a un sacrificio terrible:

después ese error suyo fue a confundirse con otros, y le dio libertad

para decirse que su culpa había consistido únicamente en un celo

excesivo por encontrar el fundamento de la acusación, y así fue

perdiéndose por fin hasta de su mente el recuerdo de aquellos hechos.

Roberto Vérod se decía que él también llegaría a olvidar, pero el tiempo

tardaba en concederle ese ambicionado bien.

En ciertas ocasiones, cuando un nuevo pensamiento le distraía de tan

doloroso recuerdo, el joven temblaba, porque ese nuevo pensamiento era

infinitamente más grave. Ante la evidencia había tenido que reconocer su

falta, que admitir la injusticia de su acusación y convenir en que

solamente el odio se la había sugerido. Vista la prueba había tenido que

dar la razón al severo juicio del magistrado; comprendía que él mismo

había contribuido a la muerte de la infeliz, y el remordimiento que en

un tiempo le había parecido atroz, le parecía ya casi leve. No solamente

no trataba de disculparse, sino que insistía con encarnizado empeño en

confesar su error, se acusaba acerbamente, aumentaba el peso de su

propia responsabilidad para tratar de substraerse a un pensamiento

muchísimo más mortificante. Era en vano. Quería pensar en que su amor

había muerto a esa mujer, para no creer que ella no había sido

merecedora de su amor.

Todas las razones incurables aducidas por él contra la hipótesis del

suicidio estaban grabadas en su mente. ¿Era creíble que la Condesa se

hubiera matado sin dejarle su último adiós? Dada su fe en Dios, ¿podía

matarse? Cualquiera que fuese la angustia que se había apoderado de

ella, no obstante sus propósitos de muerte, ¿no le habría temblado la

mano en el momento de ponerlos en ejecución? ¿No se le habría caído

inerte el brazo ante la idea de dejarle un triste ejemplo, a él, que

había sido reconciliado por ella con la vida? Al matarse, ¿no lo mataba

a él?

«Esto es particularmente grave en el amor: que cada uno de los amantes

no sólo es responsable de sus propios actos, sino también de aquellos a

que induce a la persona amada.»

Esas eran las palabras. Para matarse había tenido que olvidarlas. ¡Y las

había olvidado! ¡Su fe en Dios no era tan firme como parecía, puesto que

la había dejado darse la muerte! ¡Se había matado pensando en una

extraña, sin dejarle a él una palabra de despedida, arrojándolo en

cambio al escepticismo de que había querido sacarlo!

Era esa la realidad: él había sido víctima de una ilusión del eterno

engaño del amor, al atribuir a aquella mujer sublimes virtudes que no

poseía, al exagerar la hermosura de aquella alma hasta concederla una

perfección sobrehumana.

«Yo debía saber» se decía a sí mismo, tratando de vencer la tristeza del

desengaño, «que la perfección está fuera de lo humano; que los hombres

pueden pensar en ella y buscarla, pero jamás la alcanzarán. Esta

certidumbre me había impedido exaltar más allá de lo debido a aquel ser;

y esta persuasión debe ahora atemperar mi desconfianza e impedirme

envilecer más de lo debido su memoria.»

Porque, efectivamente, cambiada ya la disposición de su espíritu, Vérod

acusaba a la muerta no solamente de debilidad sino de mentira y casi de

indignidad. Antes de matarse, le había dicho que le amaba, y era

evidente que al decírselo había mentido. ¿Quién aseguraba, entonces, que

no hubiera mentido otras veces?... Así como todos los humores acres

latentes en una sangre corrompida se despiertan a la más leve herida y

la exacerban y la gangrenan, así el desengaño del joven encontraba

alimento y fuerzas en una multitud de ideas roedoras de las cuales antes

no había tenido conciencia. Casi llegaba al punto de despreciarse y

escarnecerse por haber erigido en ideal de perfección a una mujer que

vivía fuera de la ley.

¿No había vivido fuera de la ley? ¿No eran indignas sus relaciones con

el Príncipe? ¿Qué valor se podía dar al compromiso que sostenía haber

contraído secretamente consigo misma? ¿Se podía creer que hubiera sido

sincera al contraerlo, o no habría tratado con su aserción de rescate a

los ojos de los demás y a los suyos propios, después de haber medido la

gravedad de su culpa? ¿Era increíble que se hubiera dado a otro hombre

por ejercer el gratuito oficio de redentora? ¡Si por lo menos, sin la

quimera de la redención, sin la fe en la duración de su pacto, hubiese

amado a ese hombre con amor puro!

Pero Vérod negaba hasta eso mismo, porque para él no era concebible que

un hombre como Zakunine inspirara una pasión sincera. Sanguinario y

tiránico al mismo tiempo que predicaba la paz y la libertad; resuelto a

gozar ávidamente mientras decía que los sufrimientos de los demás le

hacían gemir; codicioso, disipador, infiel, mentiroso, ese hombre no

podía ser objeto de un amor noble; sólo podía ejercer una fascinación

perversa, una curiosidad malsana, deseos serviles. Malsana, servil,

perversa había sido la pasión de aquella mujer.

Los celos impotentes, su amor humillado hacían que Vérod acogiera estas

ideas. Cuando Florencia d'Arda vivía, no los había concebido: mientras

había podido ver en su muerte la obra de un asesino; mientras se le

aparecía rodeada de la aureola del martirio, ninguna sospecha había

podido contaminarla; mientras se había visto amado por ella, la había

correspondido con un amor puro y confiado. Pero de pronto descubría que

su amor no había sido veraz. Si realmente le hubiera amado, ¿habría

podido dejarle en esa forma? Para que encontrara en su vínculo con

Zakunine un obstáculo tan grave para su felicidad, ¿no debía sentir en

realidad algún afecto por éste? ¡Había muerto para no serle infiel!

¿Puede la noción de lo abstracto tener tanta fuerza, si no concuerda con

un sentimiento concreto, con un interés enteramente personal y presente?

El mentido arrepentimiento de Zakunine, la falsa resurrección de un amor

que jamás, había sido creíble, habían despertado en ella la servil

pasión de otros tiempos: ¡entonces, comprendiendo la vileza de su propio

servilismo, pero no pudiendo vencerla, se había dado muerte!...

Así veía el joven corromperse y poco a poco disolverse en podredumbre la

figura antes colocada por él sobre un altar. Y luego volvían fielmente a

su memoria las proféticas palabras de un día lejano:

«Demasiado tiempo he vivido fuera de la ley para que pueda esperar ahora

volver a ella. Usted no quiere creerlo ahora, y es sincero; pero más

tarde lo creerá usted, y será igualmente sincero. El sentimiento

indeleble de mi decadencia debe hacerme consagrar mi vida a la religión;

esto es, por ahora, sólo en mi concepto, más tarde lo será también en el

de usted...»

Y Vérod se sentía sobrecogido de un inmenso estupor angustioso viendo

por fin realizarse la profecía; comprendiendo que ya no tenía el derecho

de retirar su estima a la muerta, puesto que ella misma, humilde y

dolorosamente, combatiendo la férvida confianza que él demostraba, había

reconocido su propia indignidad.

Espasmo · 第 14 / 16 段