--¿La verdad? ¡Ahora la conozco!--contestó con severidad el juez.--Usted

no es materialmente culpable, y yo no puedo mantenerle ya aquí...

--¡Ah! Entonces...

--Pero su responsabilidad moral es mucho más grave de la que al

principio confesó usted, y esa impaciencia suya me parece fuera de

lugar, puesto que usted mismo podía, con una sola palabra, haber

disipado mis dudas...

Se detuvo para darle tiempo de contestar, de decir algo; pero el

Príncipe le miraba sin despegar los labios.

--¿Parece, entonces, que la generosidad de que estaba usted animado en

los primeros días, cede, por fin, y ya no le importa a usted tanto

salvar a la reo?

--¿Salvarla?...

--¿Me engaño, entonces? ¿Finge usted asombro o ignorancia?... Ambos

están de más. La amiga de usted ha confesado.

--¿Qué?

El acento de ansioso estupor con que hacía esa pregunta parecía sincero.

--¡Vamos, vamos! ¿Quiere usted todavía hacerme perder más tiempo? ¿Le

duele a usted verla perdida? ¿No sabe usted que esa mujer le ha amado?

¿No se da usted cuenta de que la responsabilidad moral de tanta ruina

pesa sobre usted únicamente? ¿Finge usted estupor después de haber

mentido? Mintió usted cuando reconoció ser el amante de su

correligionaria; pero esa mentira, por lo menos, le fue casi arrancada

por la esperanza de salvarla; mas ¿por qué ocultó usted los sentimientos

que profesaba últimamente a la otra desgraciada?...

El Príncipe temblaba: la Natzichet había dicho la verdad.

--¡E iba usted a hablar de la repentina resurrección de su amor a quien

le amaba; a una cómplice de rebelión, para que los celos y el fanatismo

se despertaran a un tiempo en ella, y la animaran contra aquella

infeliz!... ¿Ahora está usted conmovido, tiembla usted, después de haber

hecho dos víctimas?... ¿Y por qué ha ocultado usted todo eso? ¿No lo

hacía usted, pues, por generosidad para con la reo, sino por un

sentimiento en todo distinto: el miedo de que, si yo hubiera sabido con

qué ímpetu se despertaba en usted esa tardía pasión, habría podido y

debido sospechar de usted con mayor fundamento?

Entonces el Príncipe, alzando resueltamente la cabeza y fijando la

mirada en los ojos del juez, contestó con voz sorda:

--No diré por qué me he callado. Ya sabe usted la verdad, ¿por qué no me

deja usted libre? ¿Qué más quiere usted?

VIII

LA CARTA

Cuando los periódicos publicaron la noticia de que, cerrada la

instrucción, resultaba de las acordes confesiones de la Natzichet y de

Zakunine que la Condesa d'Arda había sido asesinada por la nihilista, y

que la acusación defería a la reo al juicio de los jurados, la

curiosidad del público, que había crecido desmesuradamente en los

últimos días, se aquietó por fin. Los que negaban el suicidio,

triunfaban al ver confirmados los razonamientos que habían opuesto a la

increíble hipótesis: pero en el otro lado no era muy grande el

desencanto, pues a pesar del secreto de la instrucción judicial, se

sabía que Alejandra Natzichet, al matar a la Condesa, no había hecho más

que obedecer al deseo, casi a la intimación de su desesperada víctima.

Esto no mitiga los juicios de que la homicida era objeto. Sólo en parte

se creía en el motivo aducido por ella: que hubiese muerto a la

desgraciada italiana únicamente para devolver la libertad al

correligionario y restituirle al partido, parecía creíble a los que

tenían una alta idea del celo sectario; pero los más reconocían que a

éste se habían unido los celos de la mujer amante para determinar el

delito. Y si la ferocidad de la rebelde inspiraba terror, nadie

perdonaba los celos de la mujer: hasta los más indulgentes para con los

delitos de amor, negaban a la pasión de la nihilista toda buena

cualidad; la juzgaban fría, dura, salvaje.

Y mientras la nihilista aparecía de ese modo bajo una triste luz, los

detractores de Zakunine, sin desdecirse del todo, reconocían la

inocencia de éste. No podían arrepentirse enteramente de sus juicios,

porque veían que él era el origen de todos los males, y decían que sólo

podía relevársele de la responsabilidad material del delito. Los más

indulgentes le acreditaban sus tentativas de salvar a la asesino; pero

los más severos, por el contrario, le acusaban aún de eso: al correr el

riesgo de ser condenado con ella intentando salvarla,¿ no confirmaba él

mismo, de la manera más evidente, que ambos eran pasibles de idéntica

pena? El sentimiento unánime daba razón, por fin, a Roberto Vérod, que

contra todas las apariencias había insistido en creer en el delito, y

conseguía, por último, vengar a su amada.

Y mientras los curiosos esperaban más tranquilos el momento de ver la

última escena del drama en los debates públicos, Vérod era, sin embargo,

el único que continuaba en la angustia.

Si ante el cadáver de Florencia había sentido desgarrársele el corazón;

si la increíble idea de no verla más le había casi enloquecido; si la

impotencia para vengarla le había roído las entrañas; si el miedo de

haber sido él la causa de su muerte había ido a agravar con atroces

remordimientos su dolor ya harto grave, todo eso podía haberle hecho

creer que ya había llegado al término de una prueba tan cruel; pero un

nuevo sentimiento de horror le asaltaba de pronto. En el momento de

acusar a los dos rusos, había sentido una secreta turbación, una especie

de temor de revelar su amistad por la Condesa; pero el sentimiento de

pudor moral, que le impedía referir esa historia íntima, había sido

ahogado y vencido por el ímpetu de la venganza. Al referirla había

temido que el magistrado no creyera en la pureza de su pasión

desgraciada; pero, aun demostrada esa pureza, le había parecido que, en

cierto modo, la manchaba. ¿Tenía derecho él de revelar el secreto de una

alma? Si esa alma había ocultado no solamente a las otras, sino a sí

misma, su propio secreto, ¿podía él revelarlo? Y él, él que conocía los

escrúpulos del ser adorado, que le había comprendido y respetado,

llegaba a este resultado: que todos le señalaban como un nuevo amante de

la muerta...

Al formular la acusación no había pensado que lo que iba a decir al

magistrado llegaría un día a ser conocido por la multitud; que él mismo

tendría que repetirlo en presencia de un gentío henchido de curiosidad

malsana: que el nombre del ser amado correría de boca en boca, que la

demostración de la inocencia de su amor no obtendría crédito; que

después de haber causado en vida tantas tristezas a su amada,

contribuiría personalmente a envilecer su recuerdo. En la necesidad de

la venganza, en su odio a los dos malhechores, no había previsto esas

consecuencias naturales de su conducta, y al verlas sobrevenir, su

tormento había aumentado más allá de toda medida. ¡La víctima inocente

caía envuelta, en el concepto de muchos, en el mismo desprecio que

pesaba sobre sus victimarios, y algunos iban hasta decir que si la

italiana había sido asesinada, merecía su triste muerte por la

desordenada vida que había llevado!...

¿Y todo eso para que al final no se supiera la verdad? ¿Cómo vindicar la

memoria de la inocente, profanada y envilecida? ¿Debía él, en presencia

de todos, el día de los debates, jurar por la Cruz la inocencia de la

muerta? ¿O debía más bien desear que el proceso no se llevara adelante,

y declarar que se había engañado, y reconocer que la inocente se había

dado muerte ella misma evitando así el verse obligada a revelar ante la

multitud curiosa, el secreto del ser amado?

El contraste de los dos deberes que pesaban sobre su conciencia, el de

vengar a la muerta, insistiendo en la acusación, y el de respetar su

memoria callándose, debía haberse borrado al anunciarse la confesión de

la reo; pero lejos de eso, en aquel mismo punto se agravaba.

La incertidumbre moral de la imposibilidad del suicidio lo había

impulsado a acusar a los dos rusos, aunque sin que por eso pudiera decir

sobre cuál de los dos debía recaer principalmente la sospecha. Pero

cuando oyó decir que la Natzichet asumía la responsabilidad del delito,

semejante resultado le produjo tanto descontento, como el que le habría

causado la confirmación del suicidio. Al ver probada la inocencia de

Zakunine, veía que había lanzado la acusación por odio directo a él,

bajo la inspiración de una voz secreta que le decía que ese era el

asesino: a ese hombre, no a la mujer, tenía que pedir cuentas de la

muerte de la infeliz. Y, por fin, se determinaba la ambigua sospecha:

Vérod reconocía que había cometido un error al no dirigir desde el

principio las investigaciones del magistrado solamente contra el

hombre...

¿Podría reparar aún el mal? Si, por alguna razón secreta, por salvar a

su correligionario, la nihilista se había confesado autora de un delito

que no había cometido ¿no debería insistir él, Vérod, en la acusación

contra Zakunine?

Pero ¿cómo, cuando la justicia y la opinión públicas ya se calmaban,

viendo lógicamente explicado el misterio, podía surgir él otra vez para

refutar esa explicación y denunciar el supuesto heroísmo de la joven, la

supuesta infamia del asesino que por salvarse dejaba sufrir a una

inocente?... Al hacer tal cosa, habría dado la razón a los que le creían

amante afortunado de la muerta y celoso rival del Príncipe! Cuanto mayor

fuera el celo que desplegara al acusar a éste, cuando su inocencia

parecía ya demostrada, tanto más naturalmente se habría creído que sólo

un odio ciego lo animaba, y su amor por la Condesa habría sido la

explicación de ese odio, de su deseo de venganza! ¡La confesión de la

Natzichet había hecho olvidar su pasión y le permitía hasta evitar el

mencionarla de nuevo; pero para proclamar mentida aquella confesión,

debía intervenir aún más activamente que antes, insistir en el

sentimiento que lo había unido a la Condesa, exponerlo a las sospechas

profanadoras!... ¡Sí; mas, para evitar tan intolerable daño, debía

calladamente admitir la inocencia de Zakunine!... ¡Y ante esa idea se

sublevaba todo su ser: ¡no! si había un culpable era él! ¡Nadie más que

él podía serlo!...

¡Si había un culpable!... Efectivamente: suponiendo que Vérod denunciara

al juez la mentira de la Natzichet, ¿cómo podría convencerle de la

culpabilidad de Zakunine? Si la inocente se acusaba por salvar al reo,

¿cómo inducir al reo a confesar? A falta de testimonios, solamente la

confesión de uno de los dos acusados podía excluir la idea del suicidio;

¡negado el valor de la declaración de la nihilista, y no pudiendo

obligar a su compañero a inculparse, el resultado inevitable sería que

el juez volviera a afirmarse en la opinión de la muerte voluntaria!

Así, a cualquier lado que el joven se volviera, cualquiera que fuese el

partido que pensara tomar, el daño era cierto. Que el instinto lo

engañara, que solamente el odio lo lanzara contra Zakunine, eran cosas

que Vérod se negaba a sí mismo: si hubiera podido inspirar al juez una

certidumbre tan firme como la suya, la condena de aquel hombre habría

sido segura. Demasiado grave, demasiado triste era que el homicida se

fuera impugne; pero más triste y más grave era que otra persona pagara

su crimen.

Aquel amor a la justicia, aquella sed de verdad que había animado a la

víctima, ¿no se sentirían descontentos y ofendidos por el triunfo de la

mentira? ¿No era, por consiguiente, deber suyo confundir esa mentira? Y

aunque no hubiera idolatrado en vida a la víctima y ansiado después

vengarla, ¿no debían incitarle a salvar a la inocente y desenmascarar al

culpable ese amor a la justicia y esa sed de verdad que la difunta le

había inspirado?...

Entonces, de lo más profundo del corazón, de los íntimos repliegues de

su alma, surgía otro recuerdo débil, pero no por eso menos claro: la

víctima se había inspirado siempre, no solamente en la verdad y en la

justicia, sino en otros sentimientos más fuertes, más poderosos; los

sentimientos cristianos del perdón y la compasión... Y la ansiedad del

joven seguía aumentando, crecía continuamente.

Su placer y su orgullo habían sido pensar, creer, proceder como el ser

amado pensaba, creía y procedía. Lo único que le importaba, sobre todas

las cosas, era su aprobación. Su pensamiento había sido su guardia y su

tutela. Y muerta ella, ¿no debía todavía y siempre inspirarse en su

memoria y seguir sus enseñanzas? ¿No era ese el modo de hacerla

revivir?... Y ¿cuál habría sido su consejo, si él hubiera podido

pedírselo y ella hubiera podido dárselo? ¿Cómo habría obrado ella en una

situación semejante a la que él se encontraba?

Sí: el odio le animaba, le inspiraba el ansia de la venganza. Ante la

idea de no poder oír la voz de su amada, de tener que contentarse con un

recuerdo invisible, el odio contra el hombre que se la había arrebatado

lo dominaba hasta ahogar la voz de todos los demás sentimientos. Si ella

no podía inculcarle la idea del perdón, si su recuerdo era ineficaz, la

culpa era enteramente de ese hombre.

En los primeros días, Vérod no se había siquiera planteado el problema

moral que en ese momento acrecentaba su tormento. Pero cuando el primer

ímpetu del dolor comenzó naturalmente a calmarse, como él tenía que

habituarse de manera fatal a la idea de la muerte; como todas las

fuerzas de su alma se concentraban a recoger, a custodiar, a

inmortalizar la memoria del ser que se había alejado para no volver, en

su mente comenzó a apuntar la reflexión de si la muerte no se

compadecería de aquel odio ciego y de su deseo de venganza. En el

instante en que la bala homicida le atravesaba las carnes, en que sus

ojos se cerraban a la luz, ¿había aparecido en su cerebro la sombra de

un reproche? ¿Podría haber sido reprochable el último pensamiento de su

vida?

Cuando Vérod se hacía estas preguntas, la respuesta no era para él

dudosa: la difunta había perdonado. Y él ¿debía, a su vez, perdonar? Si

quería ser digno de ella, ¿no debía seguir su ejemplo?...

A veces cerraba los ojos e inclinaba la frente, invadido por los

recuerdos de sus buenas enseñanzas, casi avergonzado de haberlas

olvidado un momento. Otras veces se rebelaba: ¡la vida no puede ser

enteramente de amor! Si al mal se opone el perdón, ¿cuál será el premio

del bien?... Pero en seguida acudían a su memoria las palabras de su

amada: «Si no se concede perdón al mal, si se le opone también el mal,

¿dónde está el bien cuando se le aplica?» Ella decía también que hay

que amar la justicia, pero que esta sola no basta en la vida. Puesto que

las criaturas humanas son demasiado débiles y pecan aún cuando tienen la

presciencia de sus pecados, es necesario ser indulgente para con la suma

demasiado grande de sus errores. «¡La justicia indulgente no es

justa!...» había replicado él; y ella: «La justicia estricta es

impotente: sólo la bondad puede vencer al mal.»

Y él había asentido. ¿Por qué había asentido? ¿No había sido sincero en

ese momento? Y si la había dado sinceramente la razón; si había acogido

sin segunda intención su precepto, ¿no debía perdonar en ese trance? Al

no perdonar era porque entonces no había sido sincero: ¡había fingido

para ganársela, para vencerla! ¿De qué debía acusarse: de la pasada

hipocresía o de la debilidad presente?

De esa duda salía pensando que la verdad no es siempre la misma, que los

contrastes de la vida ponen al hombre en oposición consigo mismo sin que

se les pueda imputar mala fe. No, no había mentido al reconocer que la

bondad es necesaria: ¿no demostraba, solamente con recordar su prédica

del perdón, que la había comprendido? Pero ¿cómo acogerla cuando su

razón, su pasión, todo su ser quería y debía necesariamente querer el

castigo? Entonces oía estas otras palabras, con tanta claridad y tan

firmes, como cuando ella las había proferido: «La verdad es una: el

reconocerla en absoluto vale poco, y en ello no hay mérito si no lo

afirmamos contra nuestros propios intereses...»

Una noche la vio: le salía al encuentro con los brazos extendidos, las

manos abiertas, el rostro alzado al cielo, y profirió esta palabra:

«Perdona.» La ilusión fue tan intensa, que el joven se despertó con los

ojos bañados en lágrimas.

Pero despierto, pensando que en lo sucesivo tenía que conformarse

únicamente con las vanas visitas de los sueños, volvió a sentirse

sublevado por el ímpetu de la pasión vengadora. Vagando por los lugares

donde había estado con ella, buscando aún algo de ella bajo el cielo,

volvía a oír aquella voz que le decía muy quedo: «Perdona.»

Y él se decía: «No puedo.»

No podía. Perdonar sinceramente, con el corazón, no podía, no había

podido jamás. Pero ¿dejaría que la justicia procediera a su modo, se

abstendría de intervenir? O seguro como estaba del nuevo engaño, ¿no

debía revelarlo?

El temor de profanar la memoria de su amor lo detenía. Mas, ¿no lo había

dejado ya profanar? ¿No quería escuchar la voz del perdón, no tenía

necesidad de que la muerta le perdonase?... Para sostener la acusación

contra Zakunine le era menester explicar que éste había estado celoso de

él y había creído fundados sus celos. Eso no era posible. ¿Qué hacer?

«Perdona,» seguía diciendo la voz.

Y él oía, y no ya en secreto, no ya en sueño, sino con toda claridad, en

plena luz. Un día, errando por la misma montaña donde había servido de

guía a su nueva hermana, se encontró delante de la capillita que ella

no había podido abrir con su débil mano. La puerta estaba cerrada, como

entonces. El joven se detuvo tembloroso; sus pestañas se agitaban sobre

los ardientes ojos. En esa tosca llave mohosa se había posado su blanca

mano. Quiso abrir, y luego se contuvo, temeroso de borrar las trazas de

aquella mano. Pero su brazo se extendió otra vez, y la puerta gimió

sobre sus goznes. Su temblor aumentó. Allí, en la capilla la veía

delante de él, arrodillada, la cabeza baja, las manos juntas, vuelta

hacia el altar, cubierta con un vestido color de fuego...

Vérod cayó de rodillas, rompiendo a llorar. Y en medio de su llanto oyó

claramente la voz que le decía: «Perdona...»

Al día siguiente le llamó el juez. Era la primera vez que se encontraba

ante el magistrado desde el día en que éste, después de triunfar sobre

sus argumentos, le había dicho que creyera en el suicidio. La confusión

del joven era extrema, pues no sabía qué podían querer de él todavía.

--Necesitaba, ante todo--le dijo Ferpierre,--reconocer mi error y decir

a usted que tenía razón. Ha sido providencial que usted insistiera en la

acusación, a despecho de la evidencia, porque sin la insistencia de

usted, sin la confianza de que le vi animado, yo habría probablemente

dejado de mano las indagaciones ulteriores que me han conducido al

descubrimiento de la verdad. Sin duda a estas horas usted sabe ya lo que

ha pasado; pero yo he querido confirmarle personalmente que su amiga ha

sido asesinada. La Natzichet ha confesado su delito, y el Príncipe, que

se había callado en la esperanza de poder salvarla, ha confirmado su

confesión.

Roberto Vérod permanecía mudo y confuso.

--¿Está usted contento ahora?

El joven no contestó.

--Ha prestado usted un servicio a la justicia. Sin usted, el asesinato

habría quedado impune, o lo que es peor, un inocente habría pagado la

culpa ajena. Había un culpable y el instinto que se lo advertía a usted

no le engañaba: la única diferencia es que las acusaciones de usted

contra el Príncipe han resultado infundadas.

Ferpierre se calló otra vez un momento para dar a Vérod tiempo para

decir algo, y luego, como éste siguiera silencioso, continuó:

--El Príncipe no podía querer la muerte de la Condesa cuando volvía a

amarla, con un amor vehemente y tímido a la vez, que obligaba, a un

rebelde como él, a desistir de su propaganda revolucionaria, a renegar

de su pasado, de su fe política, de sus cómplices. Y eso era porque

sabía que usted estimaba y había obtenido el afecto de la Condesa, aquel

afecto antes desdeñado por él. ¡Así razona el corazón humano!...

Entonces su cómplice le vio perdido, no solamente para el partido sino

aun para ella misma, porque le amaba y sufría al pensar en que era de

otra, al verse confidente de aquel amor resucitado. Y fue en busca de la

rival, a imponerla que le dejara, y tuvo con ella una tempestuosa

explicación que terminó con el delito. Todo lo ha confesado.

Hubo una nueva pausa del juez, a la que Vérod opuso todavía silencio.

--¿Está usted contento?--le preguntó el juez.

--¿Por qué me lo pregunta usted?

Y los dos hombres se miraron fijamente.

--Debería usted estar contento, me parece, de haber vengado la memoria

de su amiga, confundiendo a la reo y obteniendo el triunfo de la verdad

y de la justicia.

Ambos volvieron a mirarse en silencio.

--¿Y usted no está contento?...--dijo por fin Vérod.

En la pregunta del juez había visto una especie de incitación, casi una

provocación a decir por entero su secreto pensamiento, como si su

pensamiento secreto fuera el mismo del juez.

--Yo no tengo pasiones que satisfacer--respondió éste.--Un solo amor me

guía: el amor de la justicia...

--Si se ha hecho justicia...

--¿Lo duda usted?

--A mí no me tocar dudar...

--¿Quiere usted decir, entonces, que yo debo dudar? ¿Y por qué?... Usted

ha denunciado un crimen: el crimen está probado. Usted no ha sabido

decir cuál de los dos posibles autores del delito fuese realmente

culpable, toda vez que ambos eran capaces de delinquir: ¡la culpable se

acusa a sí misma!... ¿Querría usted decir quizás que la sola confesión

no basta? ¡Yo lo sé! Pero eso es cuando no está comprobada. Un loco

puede declararse autor de un delito, mas no podrá dar las razones de su

acto, ni explicar sus circunstancias. Pero aquí ¿no está explicado todo?

¿La declaración del otro no la confirma?... ¿O niega usted fe a esta

prueba?

--Sí--prorrumpió Vérod, cuyas dudas habían ido creciendo hasta

manifestarse con precisión, robustecidas por las curiosas preguntas del

juez.--Sí; le niego fe, como usted también se la niega, porque esa

declaración no es desinteresada, desde que el que la dio tenía en mira

su propia libertad; porque no solamente un loco puede declararse autor

de un delito que no ha cometido, sino también aquel que quiere

sacrificarse...

--¿Entonces, usted sostiene?...

--Sostengo--añadió el joven rápidamente, como si quisiera no darse el

tiempo de pensar en lo que decía, y para hablar se venciera a sí

mismo:--sostengo que esa mujer se sacrifica por amor, por celo sectario;

que el asesino aprovecha de su sacrificio para asegurarse la impunidad.

Digo que el asesino es él, que no puede ser otro que él...

Sí; Vérod tenía que decir eso. La voz del perdón se callaba; esa voz

jamás había hablado. Aquello había sido un sueño, una alucinación. La

verdad era otra: el ser amado yacía bajo tierra, las manchas de su

sangre no se habían borrado aún; la sangre pedía venganza, y él debía

obtenerla.

--¿Por qué no lo dijo usted antes? ¿Por qué vaciló al principio?

--Porque aún no sabía, porque no había reflexionado lo bastante; porque

usted no creía en el delito y todas mis fuerzas se concretaban a negar

el suicidio.

--¿De modo que no sólo ese hombre habría matado, sino que llevaría su

infamia hasta dejar condenar a una inocente?

--¿Se asombra usted? ¿No es natural que ese individuo esté lleno de

júbilo?

--¡Esa idea es horrible! Comprendo que el odio lo ciegue a usted, pero

yo no soy ciego. Ese hombre no es tan perverso como usted cree: en su

vida hay actos de valor, y su actitud en presencia del cadáver y en los

primeros días de la prisión no ha sido de júbilo.

--En los primeros días... ¿Y en los demás?

Al oír aquella pregunta, el juez reflexionó un momento antes de

contestar.

Era verdad. Cuando la nihilista confesó, él había prestado crédito

inmediato a su confesión; pero la duda comenzaba ya a asaltarlo de

nuevo. Si la joven se sacrificaba, ¿qué valor debía acordar a su

confesión y a la confirmación de ésta por el Príncipe?... No obstante,

él había interrogado de nuevo a uno y a otro, separadamente y juntos, y

ambos se habían mantenido firmes en sus declaraciones.

Espasmo · 第 13 / 16 段