pruebas y faltara aún aclarar muchas cosas, el juez se iba afirmando en
la opinión de que, negado el suicidio, la sospecha más verosímil debiera
pesar contra la mujer. El arrepentimiento del Príncipe y su vuelta al
lado de la antigua amiga, determinados por la necesidad de dinero o por
un sentimiento más digno, impedían creer que Zakunine hubiera deseado la
muerte de una persona que le era nuevamente cara, y al mismo tiempo
explicaban el odio si no los celos de la estudiante. Si el
revolucionario parecía más capaz de matar, era entretanto verosímil que
su posición en el partido, la fiebre de la propaganda y sus graves
responsabilidades, le hubiesen impedido cometer un delito que lo ponía
en manos de la justicia. En cambio, en la Natzichet, menos seriamente
comprometida, la conciencia de las responsabilidades era ninguna o muy
pequeña; el deber político en ella, mujer, tenía que oponer a la pasión
un obstáculo menor, y si todavía no pesaba sobre ella una condena por
crímenes, los informes de la policía la consideraban capaz de
consumarlos. Esa capacidad para el crimen, la violencia de sus
sentimientos, ¿no estaban desde luego escritos en su fisonomía, en su
mirada? ¿No había en toda su persona, en todas sus palabras algo de
duro, de fiero, una continua provocación, una sorda amenaza, una
rebelión implacable? Su misma actitud ante el cadáver y durante su
prisión predisponían en su contra a Ferpierre. Primero había negado que
fuese la querida de Zakunine; después lo había confesado, y estas y
otras contradicciones, así como la iniciativa que había tomado en el
último interrogatorio al contestar en lugar del Príncipe, revelaban, no
obstante su falsa indiferencia, su secreta ansiedad por salvarse.
Ferpierre se proponía hacer con respecto a este punto nueva
investigación. Si la joven era culpable ¿cómo el Príncipe, al ver que la
acusación pesaba sobre él, no se salvaba revelando la verdad?
Era evidente que esperaba salvarse con ella, valiéndose de todos los
argumentos favorables al suicidio; quería salvarla por amor, por
compasión, o más bien por aquel sentimiento de confraternidad que la
comunidad de ideas debía crear y alimentar. Si el Príncipe hubiese sido
el homicida, ¿no habría animado a la nihilista el mismo sentimiento? Era
de creer. Pero, ¿qué habría acontecido si el inocente, cualquiera de los
dos que fuese, hubiera perdido toda esperanza de salvarse con el
culpable? Si ambos acusados se hubieran visto irremisiblemente perdidos,
¿no era cierto que el inocente habría concluido por sentir flaquear su
heroísmo por salvar al culpable, o que el culpable mismo no hubiera
podido resignarse a la idea de arrastrar consigo al inocente?
Guiado por esta clase de razonamientos, pensó Ferpierre en tentar una
prueba: llamaría sucesivamente a los dos acusados, y a cada uno diría
que todas las sospechas pesaban sobre el otro. La actitud de uno y otro
podía ayudar al descubrimiento de la verdad.
Y una vez más reanudó el interrogatorio de la Natzichet.
Esta continuaba ocupando su tiempo en leer y escribir; su desdeñosa
indiferencia no había cedido ante los nuevos y largos días de prisión.
--Vengo a cumplir--le dijo el magistrado en tono de felicitación,--un
deber muy agradable. La justicia está convencida de la inocencia de
usted. Está usted en libertad. Si usted ha creído que nosotros nos
gozamos en acusar, en sospechar a toda costa, yo desearía que al salir
de aquí se persuadiese usted de su engaño. Nuestro deber es descubrir la
verdad, y por más que este propósito sea el más digno de todos, nosotros
también sufrirnos cuando por apariencias falaces mantenemos en prisión a
un inocente, así como gozamos cuando podemos ayudarlo a librarse. Repito
a usted, pues, que la justicia no tiene en adelante cuentas que pedirle.
Es evidente que el tiempo que ha pasado usted aquí dentro no podrá serle
grato; pero supongo que no habrá dejado de ser fructuoso para sus
estudios sociales.
Sin pronunciar una palabra, sin un movimiento que demostrara su placer,
impasible, inmóvil la nihilista fijaba la mirada en el juez. Parecía que
no hubiera oído el breve sermón y Ferpierre creía que poco faltaba para
que le dijera:--«¿Cuándo habrá usted terminado?...»
--Indudablemente--continuó el magistrado,--habría sido mejor para usted
examinar con libertad nuestro sistema carcelario; pero convenga usted en
que si hemos tenido que detenerla estos días, la culpa en parte ha sido
suya. El sentimiento que la ha guiado a usted es por cierto respetable y
la honra mucho; pero si, por no acusar a su amante, nos ha dejado usted
en la duda, ¿somos nosotros responsables de que su prisión se haya
prolongado?
La Natzichet continuaba mirándole fijamente. Al oír esta última pregunta
cerró por un instante los ojos, y dijo:
--¿Qué quiere usted decir?
--¿No comprende usted?
--No.
--Y sin embargo, no sería difícil... ¿O espera usted todavía que salga
libre junto con usted? La intención de usted era y sería muy laudable,
si no ofendiera a aquella verdad que nosotros estamos tan obligados a
descubrir como ustedes a reconocer...
--¿Qué dice usted?...--interrogó la joven con un movimiento de
indiferencia.
--Yo no digo nada--contestó Ferpierre, encogiéndose de hombros y bajando
la vista a los papeles que estaban en la mesa.--¡El amante de usted ha
confesado ser él mismo el asesino!
Al evitar la mirada de la joven, obedecía el magistrado a dos impulsos
diversos. Era penoso para su rectitud emplear la mentira por descubrir
la verdad. Raras veces había recurrido a ese medio: solamente en los
casos desesperados como aquel que tenía entre manos, lo había hecho, y
siempre venciendo una ingénita repugnancia. Y al mismo tiempo que un
secreto sentimiento, la vergüenza, le hacía apartar la vista, el
instinto y el hábito de la investigación le aconsejaban insistir en su
actitud para que la acusada, no viéndose ya observada, descuidara
contener la impresión verdadera que le causaba aquella revelación.
Aparentando buscar algo entre los papeles, continuó:
--Aquí está su declaración debidamente firmada. ¿Espera usted todavía
salvarlo?
Diciendo esto la miró.
La rusa tenía otra cara. Como si le hubieran arrancado la máscara de
despreciativa y soberbia dureza, sus pálidas mejillas, sus labios
entreabiertos y sus ojos extraviados expresaban el dolor, el miedo, el
remordimiento, un sentimiento que Ferpierre no podía aún precisar, pero
que sin duda era muy penoso.
--¿Lo siente usted?... ¡Debe usted amarlo mucho!
El espectáculo de aquella repentina turbación distrajo al principio al
juez del embarazo que sentía al entrar en un camino que no era el recto.
Pero viendo luego que ya estaba obligado a recorrerlo hasta el fin,
notando la angustia de la joven, sentía crecer su repugnancia. ¿No
estaba infligiendo a esa mujer, por amor a la verdad, una tortura moral?
¿Había gran diferencia entre los horribles instrumentos de la antigua
inquisición y la mentira con que él exploraba el alma de la acusada?
--Comprendo el dolor de usted; pero la suponía preparada a soportarlo.
Usted ha hecho lo posible para desviar nuestras sospechas, y no puede
sentirse atormentada por el remordimiento de haber perjudicado al
Príncipe. Pero por oculta que esté la verdad a la larga sale a luz. Y
este es el momento de advertir a usted que bien habría podido ser un
poco más hábil. ¿Cómo ha podido usted esperar nunca que yo creyera en
esa fábula de la última explicación entre los tres? ¿Y era tampoco
creíble que el Príncipe, que había vuelto al lado de la Condesa, según
usted quería darme a entender, para separarse de ella definitivamente,
tardara tanto en hacerle esa declaración? Si demoró tanto fue porque
había cambiado de propósito; porque, cuando ya iba a abandonarla, notó
que ella tampoco pensaba en él, y entonces su amor propio herido lo
apartó de su primera intención. Entonces se dijo que esa mujer no debía
ser de otro, quiso que volviera a ser suya como antes, y se mostró
arrepentido, suplicante. A usted le ocultó ese cambio, lo que era
natural; pero ¿cómo no lo sospechó usted al ver sus tergiversaciones?
Usted no podía dejar de fijarse en que tardaba demasiado en cumplir lo
que le había prometido, y si él decía que la compasión le impedía dar un
golpe mortal a esa mujer, a usted debió advertirle su corazón de amante
que la vuelta del Príncipe al lado de la Condesa, era peligrosa, que la
pasión, cuando parece muerta y ya sepultada, surge de improviso, más
gallarda que antes. Cuando usted sabía que su amante iba a verla, y se
quedaba con ella, no una sino muchas veces, ¿no sospechaba usted que los
recuerdos del pasado, la seducción de esa mujer, casi nueva para él
después de un largo abandono, lo habían de vencer una vez más... sí;
usted tuvo esa intuición; su doloroso silencio me lo dice ahora; pero ha
callado usted por el amor que le tiene, porque comprende que si la
justicia hubiera sabido que Zakunine amaba aún a la Condesa, que estaba
celoso, la verdad habría lucido pronto y con gran brillo. Pero esa
precaución no podía tener el resultado que usted deseaba. Cuando yo
pregunté a su amante el por qué de su presencia al lado de la difunta,
usted misma le sugirió que adujera la compasión: ¡él no había sabido
encontrar ni este pretexto para ocultar la verdadera razón, que era el
amor y los celos! ¿Y creía usted que yo no notaría su intervención y la
turbación de su amigo, y no llegaría por fin a descubrir su causa?
En el ardor de la investigación, comprendiendo que se hallaba muy cerca
de la verdad, Ferpierre olvidaba sus remordimientos. El silencio de la
joven, el creciente desconsuelo de sus miradas, el temblor de sus manos,
la ansiedad que agitaba su seno, demostraban más y más al magistrado que
había tocado la nota precisa; que verdaderamente Zakunine se había
sentido otra vez presa del amor de la Condesa, que la nihilista había
sufrido de los celos, que allí era necesario encontrar la razón del
misterio. El juez había adivinado antes todo eso, pero otros
razonamientos y la falta de pruebas lo habían distraído y extraviado
después. En ese momento acumulaba todas las presunciones, se imaginaba
las que le faltaban, para que sus concluyentes aseveraciones sirviesen
como una especie de reactivo moral en el corazón de la joven, abriendo
brecha en él y dejando ver su interior.
--¡El amor que le tiene usted debe ser muy profundo cuando ha aceptado
usted ese papel, ocultando los celos que la torturaban, fingiendo
ignorancia e indiferencia! ¡Y cuán mal correspondida ha sido usted! Ni
por un instante ha podido usted forjarse ilusiones: es evidente que
usted ha visto lo que sobrevenía, que ha previsto lo que debía
acontecer, porque Zakunine, empeñado en disputar una mujer a su rival
con la vehemencia que pone en sus pasiones, no había de vacilar ante el
delito. Usted vino en su busca temiendo que la catástrofe hubiera
ocurrido ya, y llegó demasiado tarde para impedirla. ¿No es verdad?
La joven se estremeció al oír esa pregunta: se apretó fuertemente las
sienes con ambas manos, como si la tempestad desencadenada en su
cerebro por las palabras del juez, amenazara con hacerlo estallar:
después respiró fuertemente, hasta el punto de que el aire silbara por
entre sus dientes, apretados, y por fin exclamó, con la expresión de
repugnancia dolorosa y de impotente desdén de quien se siente maltratar
y oprimir:
--¿Ha concluido usted? ¿Quiere usted seguir divirtiéndose en
atormentarme? Goza usted de un placer muy grande, sin duda. ¡Basta, por
último!
--¿Cómo me habla usted?
--Como debo. ¡No quiero, ¿entiende usted? que sus inicuos artificios
arrastren al abismo a quien no es culpable! ¿Usted ama la verdad sobre
todas las cosas? ¿Es un sagrado deber de usted el descubrir la verdad?
¿Usted es el delegado de la sociedad para hacer justicia? ¡Pues bien,
diga usted a esa sociedad--y el tono de su voz se alzó casi hasta el
grito,--dígale usted que yo he muerto a esa mujer! Dé usted curso a su
justicia; pero sepa usted que yo la desconozco, que la desprecio;
conserve usted en su mente que yo reivindico la responsabilidad de ese
acto, no para merecer castigo, sino para obtener alabanzas.
La impresión que aquellas palabras produjeron en el ánimo del juez, fue
enorme. El asombro y placer por el pronto triunfo de su artificio; la
satisfacción de ver confirmadas sus sospechas; un nuevo sentimiento de
curiosidad causado por la soberbia jactancia de la reo; un sentimiento
de compasión que secretamente y casi mal de su grado lo inclinaba a la
indulgencia en el momento en que la confesión y la jactancia habrían
debido hacerle más severo, embargaban a la vez su espíritu.
--¡Ah! ¡Confiesa usted!...--fue lo único que pudo decir en el primer
momento de confusión, sin poner mientes en la oportunidad de la
pregunta; pero en seguida, dominándose:--¿Usted también
confiesa?--repitió, manteniendo el artificio que tan buen resultado le
había producido.--¿A quién debo creer ahora? ¿Compiten los dos en
generosidad hasta ese punto? ¿Cada uno se acusa para salvar al otro?
¡Noble competencia!
La joven replicó con dureza:
--¿No es usted capaz de distinguir la verdad de la mentira?
--¡No siempre! ¡Cuando otros trabajan por ocultarla!... Bueno: si usted
quiere que yo crea lo que me dice, lo creeré. Pero más difícil me es
comprender el tono de vanagloria con que se acusa usted a sí misma. Sé
que usted desconoce las leyes; ¿pero entonces, en la sociedad ideal por
cuyo advenimiento trabaja usted, se matará impunemente y hasta será un
timbre de gloria haber destruido una vida, así, por placer?
--No por placer.
--¡Cómo! ¿Será probablemente un deber para todo amante celoso apartar
del medio el objeto de sus celos?
--Usted no sabe.
--¡No sé, efectivamente! ¿Es cierto, sí o no, que el Príncipe no podía
decidirse a renunciar a la Condesa porque la amaba otra vez?
--Es cierto.
--¿Y usted no estaba celosa?
La joven contestó con voz glacial, haciendo que las palabras se
destacaron sonoras, una después de otra:
--Mis sentimientos personales no importan: ningún sentimiento, ningún
deber, nada importa cuando se ha llegado a comprender el deber. La vida
de los demás, nuestra propia vida, el honor, los afectos, todas las
cosas vanas deben ceder ante él. Esta es mi norma, y debía ser también
la suya. ¡Pero él la olvidó!...
Ferpierre comenzaba a comprender.
--¿Quiere usted decir que no era por el amor de usted que había dejado
de contribuir al triunfo de la causa, sino por la Condesa?
--Sí.
--¿Por qué estaba entonces en Zurich, junto con usted, y no con ella?
--Por que sabía que la era odioso, pero quería hablar de ella con
alguien.
--¿Y hablaba de ella con usted?
--¡Antes me ha declarado usted que no le había dicho una palabra de eso!
Pero si hablaba con usted de la otra ¿no la amaba a usted?
--Nunca me ha amado.
No obstante la impasible frialdad de ese rostro de estatua, había en las
últimas palabras de la joven un eco doloroso que hizo pensar a
Ferpierre: «¡No miente!»
--Y usted sí le amaba; ¿le ama aún?
--¿Qué le importa a usted eso?--respondió la nihilista, volviendo a
hablar con una dureza que pareció fingida a Ferpierre. ¿Puede importar a
usted lo que no me importa a mí misma? Si yo quisiera encontrar una
atenuación para el acto que he cometido; si quisiera excusarme ante
usted, ante la sociedad, diría que le amaba, que a ella la mató por
celos. Vuestra sociedad excusa, glorifica esta debilidad, este egoísmo.
Al amante que para evitarse a sí mismo un dolor, para asegurarse la
posesión del placer mata a su rival, se le perdona; se va hasta juzgar
hermoso, grande, admirable ese amor ciego y leal. En cambio, se condena
el amor que a nosotros nos guía, nuestro sacrificio consciente, la obra
de salvación a que nos dedicamos.
--¡Extraña obra que, por lo pronto, ejecutan ustedes derramando sangre!
--¿Usted cree que una, diez, cien vidas importan cuando están en juego
los destinos de todos? Ustedes que tienen miedo a la sangre, la derraman
a torrentes en las guerras; tan grande es su horror a la sangre, que la
suprema preocupación de los gobernantes consiste en armar a los pueblos.
Aquí en este país de libertad, ¿no es el ejercicio de la fuerza, con un
propósito cruento, el más honrado de todos? ¡Y no me conteste usted que
la sola idea que rige esos actos es defenderse contra ambiciones de
dominio, pues todos dicen lo mismo! ¿Quién confiesa que practica el mal?
El bien está en los labios de todos, de los asaltantes y de los
atacados. Tontas ambiciones, intereses bajos y mezquinos, llevan a los
pueblos a la guerra. ¿Y acaso en la guerra no es un precepto, siempre
obedecido, el sacrificar a un soldado, a una patrulla, a una avanzada en
bien de los demás soldados? Nosotros haremos otra guerra, más justa, la
única guerra justa y santa: la guerra por la redención de los hombres,
contra todas las iniquidades y todas las vilezas, contra el hambre,
contra la ignorancia, contra el abuso del poder, contra esa misma guerra
que ustedes practican. Cuando encontramos un obstáculo, lo destruimos:
una, diez, mil vidas ¿qué importan?
La rusa había hablado con mal contenida violencia; la rigidez de su
actitud había desaparecido y su brazo extendido hacía el ademán de
quien hiere y derriba.
Cuando se calló, el juez, que la había oído asombrado y casi intimidado,
dijo a su vez, con acento frío y severo:
--No vamos a discutir ahora sobre la moralidad de los principios que
usted profesa. ¿No sería mejor que me dijera de qué modo era la Condesa
un obstáculo para usted? ¿Qué podía usted temer seriamente de ella?
Y al ver que tardaba en contestar:
--¿Querría usted darme a entender que tal vez pensaba en denunciar a
usted, en revelar sus planes de conspiración?
--Yo no quiero dar a entender nada. Alejo Petrovich se perdía por esa
mujer.
--¿De qué modo?
--Por su amor, por su deseo de volver a poseerla había olvidado el
deber. Comprendía que ella no le amaba ya, que amaba a otro; pero se
decía que todavía le quedaba un medio de tenerla consigo, de substraerla
a ese otro: ella decía que se la había entregado no tanto por amor como
por apartarle de nosotros, por redimirle, y él se mostró redimido, la
hizo ver que ella era su redención; que, abandonado por ella, recaería
en el error. El único medio de mantenerla consigo era éste: decirla y
probarla su arrepentimiento. Entonces, aunque ya no le amaba, sólo por
no permitir que volviera a nuestra compañía, la Condesa resistía al
otro. Yo le eché en cara muchas veces su locura, la indignidad que
cometía al sacrificar a una mujer el ideal de toda su vida: él no me
oía, estaba ofuscado. Iba a buscarme para llorar en mi presencia porque
la había perdido, porque la había perdido por su propia culpa, y quería
que yo, yo, le ayudase...
La voz de la joven expresaba no solamente desdén, sino una secreta
angustia: no solamente se sentía en ella el dolor por el extravío del
correligionario, sino también más profundo y escondido, el tormento de
haber sido tomada por confidente por el hombre amado, que ni siquiera
había sospechado su amor.
--¿Y usted?
--Yo vi que todo era inútil. No podía tener la esperanza de curarle,
porque le conozco: cuando una idea lo inflama, nada es capaz de
detenerlo; ya no razona ni ve. Sin embargo, esperaba que la crisis se
resolviera de algún modo. Un día, de improviso, vi que había un nuevo
peligro: Zakunine había visto al ginebrino, y al hablarme de él, le
temblaban las manos, sus ojos despedían llamaradas. Comprendí que iba a
matarle, que se iba a perder sin remedio. Por eso, las últimas veces que
vino acá le seguí, previendo una catástrofe. Y como él me pidiera que le
ayudara, lo ayudé.
--¿Matando a la mujer amada por el?
--Devolviéndole la libertad.
--¿Y ha asesinado usted a esa criatura así, a sangre fría,
deliberadamente?
--Vine a verla. Vine el último día para hablar con ella. Una vez que
todos los otros medios habían sido vanos, ya que él no oía la voz del
deber, ella era la única que podía salvarle. La dije que le abandonara,
que huyera: que desapareciera. Ella no quiso. Yo insistí: «Usted ama a
otro: váyase lejos con su nuevo amante.» Ella me prohibió que la hablara
en esa forma, y quiso saber quién era yo. La contesté: «¡Una que la odia
a usted!» Y la odiaba porque desde el primer instante la había notado
distinta de mí; había visto que era de otra casta, de otra raza, de otra
alma, porque todas sus ideas, todos sus sentimientos eran opuestos a los
míos; porque me disputaba aquel hombre. Yo no quería, no, conseguir para
mí el amor de Alejo Zakunine, sino devolver su esfuerzo a la obra común.
La odiaba, y, sin embargo, rogué. Pero hasta los ruegos fueron inútiles.
Entonces la declaré: «¿Sabe usted por qué no quiere usted huir? No es
por él, es por usted misma. Teme usted que él crea que usted se ha
escapado con su nuevo amante. Quiere usted mostrarle una fidelidad que
en realidad no siente; quiere usted alcanzar, con la observancia de un
pretendido deber, la fama de mujer constante y fiel. Después de haber
sido su querida, desea usted imponérsele como esposa, por más que ya no
le ame usted. Al ver cuán buena la juzga él a usted, yo he querido ver
en qué consiste esa decantada bondad. Y ahora sé que usted es hipócrita,
falsa, egoísta, peor que todas las demás...» Ella me dejaba hablar: vano
era mi intento de sublevarla, de hacer que se sintiera ofendida: «Pero
un día acabará usted misma por romper esa su hipócrita fidelidad,»
agregué, «para caer en brazos de su nuevo amante... si acaso no se ha
entregado usted ya a él...» Estas palabras fueron igualmente inútiles. Y
solamente la vi estremecerse cuando la dije: «¡No! Eso no sucederá. ¡Su
nuevo amante morirá pronto: él le matará! ¿Oye usted? ¡Le matará! Usted
será responsable de ese asesinato. Usted lo habrá querido, lo quiere:
cada día, cada hora, cada minuto que pasa lo prepara, lo apresura,
inevitablemente...» Entonces ella exclamó: «¡Ah, morir! ¡Yo debo,
quiero morir!...» El desdén, el desprecio invadieron mi corazón ¿quién
dice esas cosas cuando en realidad las siente? Si hubiera sido cierto
que quería morir, se habría muerto ya. Y la expresé mi desdén, mi
desprecio: «¡No es cierto! ¡Tiene usted miedo! ¡Es usted cobarde!...»
Ella asintió: «Sí; soy cobarde: el arma está allí, la mano me tiembla.»
Yo tomó el arma, se la alcancé: «Llame usted a su valor, si todavía lo
tiene, si jamás lo ha tenido.» Ella juntó las manos suplicante: «¡Máteme
usted, líbreme usted!...» Mi desdén aumentaba ante tanta cobardía. Y con
voz sorda, el arma en la mano, la prometí: «Si no le dejas, te mataré.»
Ella volvió a juntar las manos, siempre suplicante: «¡Máteme!...»--«¿No
quieres dejarle?»--«¡Máteme!...»--«¿No?» oí los pasos de Zakunine, su
voz que llamaba. ¡La maté!
Jadeante, se calló.
--¿Y no se arrepiente usted?
--No me arrepiento. Esa mujer era una vencida de la vida; quería y debía
morir, y él necesitaba estar libre para atender a la obra. He dado la
libertad a ambos.
Ferpierre hallaba por fin la verdad que había sospechado.
Todo se aclaraba ya, todo se encadenaba lógicamente. La reo no quería
convenir en que no sólo el celo sectario, sino también los celos la
habían armado, y ostensiblemente recusaba la atenuación de su crimen,
para gloriarse de ser inaccesible a los intereses personales. En ese
renunciamiento había una sombría grandeza que daba la medida de la
fuerza de aquella alma; pero no cabía duda de que también su amor
ignorado la había lanzado contra la italiana. El arrepentimiento del
Príncipe, su conducta ambigua durante los últimos meses, su dolor
después de la catástrofe, todo se explicaba. Al negar que era amante de
la nihilista, había dicho la verdad. Después la había admitido forzado
por ella, por secundarla, por salvarla, cuando la rusa creía aún
salvarse por ese medio. Y hasta las últimas palabras de la Condesa,
aquella invocación a la muerte liberatriz, aquella incitación tenaz a la
rival amenazante eran la natural solución del contraste entre su
capacidad de matarse y la necesidad real de morir, que realmente la
oprimía. ¿No tenía razón la reo? ¿Aquel asesinato de que la justicia
tenía, sin embargo, que pedirle cuentas, no se confundía así con el
suicidio libertador?
De ese modo se aclaraba el misterio. Pero todavía faltaba que Ferpierre
llamara a Zakunine. Al anunciar a la nihilista que el Príncipe se había
acusado, el juez había mentido en su empeño de llegar a la verdad; pero
una duda asaltaba su mente en ese instante: si la joven al oír decir que
Zakunine se declaraba culpable, había hecho por su parte otro tanto,
¿qué diría el Príncipe cuando conociera la confesión de su amiga? ¿Iban
ambos a declararse culpables?
La conducta del Príncipe, según lo que decía el director del Eveché,
había cambiado radicalmente desde el último interrogatario. Ya no pasaba
el tiempo inmóvil y silencioso, indiferente a todo: el aburrimiento de
la prisión excitaba su cólera. Había pedido que se le dejara hablar con
un abogado, y como no se lo concedieran, se había desahogado con
palabras duras contra la justicia. Varias veces al día llamaba a sus
guardianes para preguntarles si no había llegado aún la orden de su
excarcelación, y, al oír las respuestas negativas, arrugaba el ceño y
se estremecía de ira. Se paseaba constantemente en su celda, las manos
cruzadas por detrás, la cabeza baja, la mirada fija y dura. Esperaba con
impaciencia la hora de la salida cotidiana al patio, y volvía de ella
más sombrío que antes. Pedía libros, rechazaba los alimentos de la
prisión, hacía que le llevaran otros de fuera.
Apenas se encontró delante de Ferpierre, le dijo con mal reprimida
impaciencia:
--¿Más interrogatorios? ¿No quiere usted por fin reconocer la verdad?