usted, porque es así, que yo le sugerí que volviera al lado de la
Condesa para proponer una separación franca y leal. No me arrepiento de
haberle dado ese consejo. Todo es preferible al equívoco. No siendo
posible ya que usted siguiera viviendo con ella, como se lo había
prometido, debía usted devolverla su palabra para que no alimentara
nuevas ilusiones. Si eso la dolió y la impulsó a matarse, tal resultado
es ciertamente desagradable; pero ni a mí ni a usted se nos puede hacer
responsable de él. En circunstancias parecidas haríamos otra vez lo
mismo, y cualquiera en nuestro lugar lo haría.
--Dejemos aparte--dijo Ferpierre,--el juicio sobre la supuesta conducta
de ustedes. Antes de juzgarla importa cerciorarse de ella. Ahora, si
usted aconsejó a su amante que volviera al lado de la Condesa para
después separarse lealmente de ella, lo probable es que él interpretara
mal la insinuación, y que en vez de decir francamente a esa señora que
todo había concluido, se le mostrara más afectuoso que nunca, más
arrepentido y sumiso. Me parece que reanudar un vínculo es un modo muy
extraño de romperlo...
Ferpierre había hablado mirando al Príncipe. Este continuaba mudo y
confuso; pero la joven replicó:
--¿Se asombra usted de que en el momento de dejar para siempre una
persona antes amada, el recuerdo del tiempo que se ha vivido junto con
ella entristezca, conmueva, haga penoso el deber de la franqueza y
retarde su cumplimiento?
--Yo había hablado con él y a él le tocaba contestarme...--observó
Ferpierre con un ambiguo movimiento de cabeza, como si el celo de la
joven le inspirara sospechas.--Pero ya que usted está tan bien informada
de lo que sucedió entre ellos, aunque primero negó usted que se ocupara
de estas cosas, dígame ahora si el señor cumplió por fin ese deber de la
franqueza, pues yo sé por otras declaraciones, que hasta la víspera de
la catástrofe no había devuelto su palabra a la Condesa, lo que hacía
que ésta se creyera más atada que nunca.
--Lo que pasó no sucedió entre ellos solos: yo estaba presente.
--¿Cuándo?
--El día de la muerte, la misma mañana. Puesto que es necesario decirlo
todo, voy a explicar a usted por qué me encontraba en aquella casa. Yo
sabía que la última explicación debía venir y esperaba con impaciencia
que el Príncipe me anunciase su resultado. Pero viendo que no iba a
Zurich, vine yo en su busca. Le encontré vacilante aún; temeroso de
causarle daño. Entonces le indiqué que la escribiera, idea que le
agradó. Estábamos en el escritorio, creíamos que nadie nos oyera, cuando
la Condesa se nos apareció. Se puso a decir frases amargas contra él,
contra mí, hizo que perdiera la paciencia, que olvidara la compasión, la
acusara de espiarlo, y le declarara que iba a partir para no volver. La
Condesa nos dejó, y nosotros nos pusimos a preparar las cosas para el
viaje. Poco rato después oímos el tiro. Esta es la verdad.
--¿Confirma usted lo que dice esta joven?--preguntó Ferpierre a
Zakunine.
El interrogado contestó con una breve inclinación de cabeza.
--¿Cuáles fueron las palabras amargas que la Condesa profirió?
Todavía fue la mujer quien contestó:
--Dijo: «¿Y es usted quien habla de lealtad? ¿Es un escrúpulo de
franqueza el que hace que ustedes se oculten aquí a conspirar en mi
contra? ¿He sido yo hasta ahora un obstáculo para los amores de ustedes?
¿Era necesario que me dieran su espectáculo aquí mismo?»
El magistrado permaneció un instante callado, contemplando a la
narradora, y luego, sin dejar de mirarla, dijo lentamente:
--¿Y usted cree que, después de una explicación tempestuosa, con el
desdén que debía henchir el corazón de aquella mujer, la versión del
suicidio sea verosímil? ¿Cómo no se fija usted en que, con su poco feliz
invención de una escena tan increíble se ha colocado usted en un falso
terreno?
La joven contestó con dureza arrugando el ceño:
--Dudar es el oficio de usted. Yo he dicho la verdad; tanto peor si se
vuelve en mi contra. ¿Tiene usted algo más que preguntarme?
En vez de esperar que el juez la despidiera, ella era quien lo
despedía.
VII
LA CONFESIÓN
La curiosidad despertada en el público por la tragedia de Ouchy había
ido creciendo de día en día. La calidad de los personajes, lo extraño
del caso que reunía a personas procedentes de tantas partes y tan
distintas por su cuna y por su vida: un revolucionario conocido en toda
Europa por Zakunine; un escritor como Roberto Vérod; una dama de la
nobleza, como la Condesa d'Arda; un ser misterioso como Alejandra
Natzichet habrían excitado el interés general, si para ello no hubiera
bastado la trama judicial.
La noticia del suicidio y la acusación de asesinato se habían esparcido
al mismo tiempo y dividían la opinión en dos campos casi iguales. Sin
duda los que admitían la existencia del delito eran más numerosos, pero
sólo la inclinación natural de los hombres a creer en el mal, y en parte
también la aversión por las ideas políticas del Príncipe y de la
estudiante, inducían a la sospecha, puesto que, al tratarse de demostrar
el fundamento de ésta, nadie sabía presentar razones válidas.
Pero no faltaba quien los defendiera, y con bastante vivacidad. El hecho
de que los revolucionarios no retrocedieran ante el hierro y el fuego
cuando tenían que trabajar en la consecución de su ideal, ¿había de
hacer que se les creyera capaces de un delito común? ¿No había entre las
dos cosas una enorme distancia, y los más feroces sectarios no suelen
ser, en la vida privada, personas de escrupulosa honradez y buenos hasta
la ingenuidad?
Los datos relativos a la vida de Zakunine y de la Natzichet
proporcionaban argumentos, tanto a los acusadores como a los defensores,
para insistir en sus opiniones.
En aquellas complejas naturalezas de esclavos, impetuosos y fríos al
mismo tiempo, ya violentamente arrastrados por el ciego instinto, ya
rígidamente subordinados a la razón más férrea, los unos y los otros
hallaban la capacidad y la incapacidad del delito.
¿Por qué había de asombrar, o mejor dicho, no era natural, que en un
ímpetu de celos, de odio, de rencor, esas personas, que se creían
superiores a todas las leyes, destruyeran una vida después de haberse
dedicado a la destrucción de tantas obras?
Y del lado contrario se objetaba que no era creíble que esas mismas
personas, cuya actividad estaba por entero dirigida a obtener un fin
condenado por los más, pero grande y casi sagrado por eso mismo, se
perdieran en una aventura vulgar, cometiendo un inútil delito. ¿Cómo era
posible que dos personas que habían renegado de la patria, de la
familia, de la amistad, de todos los sentimientos que vinculan entre si
a los hombres, y eso con el solo objeto de trabajar más libremente en
la destrucción del mundo, hubieran traicionado su causa por obedecer a
una pasión mezquina?
Los otros replicaban que esos reivindicadores de las máximas ideales
humanas no eran inaccesibles a las pasiones, sino que por el contrario,
lo eran y mucho--y lo probaban citando las numerosas aventuras del
Príncipe,--y que la razón, que en la generalidad de los hombres cede
bajo el imperio de la pasión, debía ceder en ellos tanto y más aún.
Largas y vivas eran las discusiones sobre la persona que debería en
realidad merecer la acusación. ¿Era el Príncipe el homicida? Y la
nihilista ¿era inocente o cómplice? Las opiniones se dividían en esto
también: según algunos, el hombre había cometido el delito por celos de
Vérod, y, según otros, la mujer lo había cometido por espíritu de
rivalidad.
Los que creían en el suicidio se apoyaban precisamente en esta
incertidumbre. ¿Cómo acordar crédito a una acusación que no podía
precisarse? Sostener que los dos juntos habían muerto a la Condesa no
parecía posible y sólo algunos acusadores encarnizados en su odio a los
revolucionarios, decían que los dos habían podido ponerse de acuerdo en
el proyecto homicida. Si Alejo Zakunine quería castigar a la Condesa por
el amor que profesaba a Vérod, y si la nihilista quería castigarla del
amor que el Príncipe la profesaba, la complicidad perversa de los dos
quedaba demostrada.
Otros iban más lejos, pues al saber que el Príncipe se encontraba en
dificultades de dinero, sostenían que los dos rusos habían muerto a la
Condesa por robarla. Pero era tanta la maldad que había de admitir en
ambos para sostener esta hipótesis, que pocos creían en ella, y la mayor
parte de los acusadores reconocían que había que dirigir los tiros
contra el uno o contra la otra, no contra ambos. Y como faltaban pruebas
para la acusación o la defensa, cada uno de los partidos no insistía
tanto en demostrar su propia teoría como en combatir la contraria. Los
que culpaban, ya al Príncipe, ya a la nihilista, sostenían la
inverosimilitud del suicidio, y para afirmar la existencia de éste, los
otros aducían la inverosimilitud y la imposibilidad del delito.
El juez Ferpierre estaba atento a todas estas voces para tratar de
orientarse hacia el descubrimiento de la verdad. El último
interrogatorio lo había dejado aún más perplejo. ¿Por qué habían
contestado los acusados de diverso modo a las intimaciones de que
revelaran la naturaleza de sus relaciones? Nada obligaba ciertamente a
la Natzichet a confesarse la querida del Príncipe y era extraña la
insistencia con que ella misma había casi forzado al Príncipe a no
contradecirla. Si hubiera querido negarlo, podía haberlo hecho como él.
No era sólo amor de la verdad lo que la había impulsado a proceder así:
su idea debía ser que esa confesión era provechosa para el Príncipe.
Tampoco era solamente la delicadeza lo que había persuadido al Príncipe
a negar sus relaciones con la joven, sino el temor de que, al decir la
verdad, empeoraría su causa. Mientras más pensaba el magistrado en sus
respuestas, más reconocía que un interés secreto los había colocado a
ambos en direcciones opuestas. Pero todavía quedaba insoluble el
problema: ¿se trataba de dos cómplices que procuraban salvarse, o más
bien de dos inocentes que temían defenderse mal?
Ferpierre volvía a sentirse atormentado por la duda: había momentos en
que se preguntaba si no era su deber ponerlos en libertad; pero después,
una sospecha que no había podido explicarse con claridad, algo de
ambiguo en la conducta de los acusados, y más que en su conducta en sus
expresiones, le aconsejaba esperar y seguir buscando.
Con respecto a la peor de las sospechas, la de un homicidio por hurto,
había recibido el juez noticias de Milán, muy desfavorables para los
acusados. De las declaraciones del cajero de la casa d'Arda, resultaba
que las sumas de dinero que debía tener la Condesa eran mucho mayores
que las encontradas en la villa. Pero Ferpierre tuvo por autos las
pruebas de que el hurto no había sido cometido. Interrogada Julia Pico
acerca de la honradez de los otros criados y de la posibilidad de que
alguno de ellos se hubiera entendido con los rusos, sus respuestas
disiparon toda sospecha. Dijo que su patrona practicaba mucho la
caridad, que daba y enviaba mucho dinero a los pobres y a las
instituciones caritativas de Lausana, de Niza y de Milán, lo que
confirmado por la Baronesa de Börne y por todos los extranjeros
residentes en el Beau Séjour: ¿no estaba allí la explicación de la
diferencia entre las sumas halladas en casa de la muerta y las que
debían haberle encontrado?
Un nuevo registro en la _villa Cyclamens_ más minucioso que el anterior,
excluyó la idea de que hubiera dinero oculto en la casa, y por último,
el interrogatorio de los sirvientes fue igualmente contrario a la
sospecha.
No quedaba, por lo tanto, más que la hipótesis de la intención del
hurto, y Ferpierre no creía en ella. Su opinión era que, si en realidad
existía el delito, la pasión lo había determinado. Por eso importaba
cerciorarse de la naturaleza de las relaciones de los dos rusos; pero
ninguna luz arrojaron sobre ese punto las declaraciones tomadas en
Zurich entre las personas que conocían a Zakunine y a la Natzichet:
nadie sabía si en realidad eran amante y querida; algunos lo
sospechaban, otros rechazaban la idea, y hasta sobre si eran o no
capaces de haber cometido el delito, los pareceres eran también en esa
ciudad muy diversos.
La carta dirigida por la Condesa a sor Ana Brighton habría revelado el
misterio; pero no era posible encontrar a sor Ana. Ya no estaba en Nueva
Orleans, donde había fechado sus últimas cartas halladas en casa de la
difunta, y nadie sabía a qué país se había marchado. Ferpierre esperaba,
sin embargo, que un día u otro ella misma hiciera llegar a manos de la
justicia el deseado documento. Todos los diarios del mundo hablaban del
drama de Ouchy y decían que solamente la última carta de la Condesa
d'Arda podía aclararlo, confundiendo a los acusados si no anunciaba el
inminente suicidio, o salvando a dos inocentes si contenía la confesión
de este propósito extremo. Parecía imposible que a la larga no tuviera
sor Ana noticia de la ansiosa expectación con que se esperaba esa carta,
y no comprendiera su deber de entregarla a la justicia.
Mientras tanto, Ferpierre no podía ocuparse más que en el drama de
Ouchy y de sus autores. Después de haber conocido la vida de los dos
rusos, no negaba que las almas de uno y otro tuvieran sus lados buenos,
bondad disminuida y ofuscada por la dureza, por la violencia, por la
ferocidad. ¿Acaso, tratados de otro modo, puestos en mejores condiciones
de vida, habrían sido mejores? Pero el amor humilde, abnegado,
suplicante, de la Condesa Florencia, no había servido para redimir a
Zakunine, y al pensar en el martirio de la infeliz, el magistrado se
negaba a toda indulgencia, reconocía que así como aquel hombre violento
había querido la mortificación de ese pobre ser delicado, también podía
haber querido su muerte.
En cuanto a la nihilista, su vida no estaba, como la de Zakunine, llena
de atrocidad, y la dureza de la suerte que la había dejado sola a la
edad de veinte años, la profundidad de sus estudios y la altura de su
inteligencia, hablaban en su favor; pero el juez no perdonaba a una
mujer, a una niña, el sangriento ideal de la destrucción, y si en algún
momento se inclinaba a excusarlo, ese vínculo con el Príncipe le parecía
sin excusa.
¿Cómo era posible que la joven se hubiera echado en brazos de un hombre
que jamás había sido firme en sus afectos? Desconocer las leyes, las
convenciones, las preocupaciones sociales era demasiado natural, en
ciertas condiciones del espíritu, bajo la influencia de ciertos
ejemplos, por la eficacia de una prédica asidua. Ferpierre admitía,
pues, que la joven fuera partidaria del amor libre, pero, sin embargo,
este amor debía ser correspondido, debía fundarse sobre una sinceridad,
sobre una fidelidad, siquiera temporal, de que Zakunine era incapaz,
como lo demostraba su pasado. De allí deducía Ferpierre que esos dos
seres se habían unido sin la menor delicadeza de sentimientos, por mero
impulso instintivo, solamente por el ansia del placer, y de tan indigna
unión podía haber germinado el delito.
La confesión de sus relaciones hecha por la joven y confirmada por el
Príncipe, ¿agravaba realmente, o mejoraba las condiciones de uno y otro?
En el público las opiniones continuaban dividiéndose: Si la Condesa,
perdido su amor por Zakunine, había esperado, sin embargo, permanecer
con él, respetada y protegida, el tener que renunciar a esa última
ilusión podía haber colmado la medida y determinado el suicidio. Pero
contra esta suposición estaba su nuevo amor, el amor por Vérod: si ella
por su parte amaba ya a otro ¿no debía alegrarse del nuevo afecto del
Príncipe? Eso parecía tanto más cierto, cuanto que la amistad de la
Condesa con Vérod no había podido, según los más, ser inocente. Muy
pocos creían en la pureza de sus intenciones: el joven tenía que haber
sido amante feliz de la dama italiana, pues si no ¿qué interés podía
haberlo impulsado a formular la acusación? ¿Era creíble que, amándose y
con la libertad de que ambos gozaban, se hubieran contentado con
suspirarse mutuamente? ¿Cómo se podía creer que el joven se conformara
con un afecto fraternal? ¿Y qué habría podido obligar a la Condesa a
resistirle? Puesto que ya había pasado una vez sobre las leyes, fatal
era que continuase olvidándolas. ¿Podía tampoco detenerla el temor o el
respeto por Zakunine, que no se ocupaba de ella, o mejor dicho, que la
descuidaba en todas las formas?...
Estas presunciones, al pasar de boca en boca, se convertían en otras
tantas pruebas irrecusables: ya no se dudaba de que Vérod hubiera sido
últimamente el amante de la difunta. Y en esa certidumbre, al mismo
tiempo que en sus propias antipatías contra los nihilistas, encontraban
muchos una prueba del homicidio: la amiga de Vérod había debido de
pensar, no en matarse, sino por el contrario, en gozar cuanto fuese
posible de su nuevo amor: el Príncipe y la Natzichet la habían
asesinado.
Pero las disquisiciones volvían a comenzar pronto, pues si entre el
ginebrino y la italiana no había existido una amistad sencilla y
honesta, tanto menos, sencilla y honesta se debía creer la amistad de
los dos nihilistas: por consiguiente, si el Príncipe y la estudiante
eran amante y querido, ninguno de los dos podía pensar en dolerse del
amor de la Condesa, por Vérod, ni en querer el mal de la una ni del
otro: ambos debían, por el contrario, alegrarse, porque ese amor los
dejaba libres de hacer lo que más les agradara. La muerte violenta de
Florencia d'Arda, fuera por suicidio o por asesinato, era inexplicable
sin una disidencia, sin una discordia, sin un drama: la hipótesis del
acuerdo de las dos parejas era inadmisible en presencia del
ensangrentado cadáver.
Pocos estaban tan impuestos de la lucha íntima sostenida por la Condesa,
como el mismo Ferpierre. Siempre que se imaginaba el estado de la
conciencia de la infeliz en la víspera de la catástrofe, reconocía la
posibilidad del suicidio y hasta se decía que debía haberse suicidado.
Pero, además de la acusación de Vérod, las sospechas, de la opinión
pública, la actitud de los acusados, una especie de secreto instinto y
su propia conciencia de magistrado le impedían confirmarse
definitivamente en esa opinión. Su larga experiencia de juez de
instrucción le decía que la verosimilitud de una hipótesis ante un hecho
obscuro, no excluye otra posibilidad; el amor de su profesión se
excitaba con la idea de que el caso que tenía entre manos era muy
intrincado y difícil. Y realmente no recordaba haberse encontrado en
presencia de una dificultad mayor.
Fuera del drama íntimo que se había desarrollado en el alma de la
Condesa ¿qué otra lucha de sentimientos, de la parte de los acusados,
podía explicar la catástrofe? Forzoso era admitir nuevamente que, al
amar a la Natzichet, o mejor dicho, al entrar en relaciones con ella
para alargar la lista de sus triunfos galantes, el Príncipe no había
olvidado del todo a la Condesa, o que en el momento de verla próxima a
caer en brazos de otro, había sentido despertarse su amor por ella. La
segura posesión de un bien ocasiona un cansancio que hace pronto mirarlo
con poco aprecio, y ¿no sucede a veces, que para que vuelva a sernos
caro, basta con la amenaza de perderlo? Con frecuencia es suficiente que
alguien aprecie lo que nosotros tratamos con desdén, para que, cambiando
de improviso de opinión, reconozcamos su valor. Necesario era, para
sostener la teoría del asesinato de Florencia d'Arda, que en el Príncipe
se hubiera efectuado ese cambio: entonces solamente podía explicarse que
él la hubiera muerto, al saber que pertenecía de corazón a Vérod, o que
la nihilista la hubiera muerto al saber que Zakunine volvía a amarla.
Pero si la resurrección del amor del Príncipe era indispensable para
explicar el delito, el asesino, dada esa resurrección, no podía ser él.
Sus celos no habrían sido efectivamente muy fundados, toda vez que la
Condesa le había sido fiel hasta el último momento, y por fidelidad a la
palabra empeñada se había esquivado de Vérod. ¿Podía suponerse que la
sola certidumbre de haber perdido el corazón de su querida y la
convicción de que no podría recuperarlo, lo hubiera impulsado al delito?
Tal vez aquello no era del todo increíble, dada la violencia de su
naturaleza; pero, para admitirlo, se necesitaba todavía que entre él y
la difunta hubieran mediado explicaciones, provocaciones, amenazas. Si
él la hubiera suplicado que lo siguiera amando, que no le abandonara, y
si ella le hubiera contestado que no quería seguir siendo suya, se
explicaba el asesinato; pero ¿era creíble que la Condesa, que había
seguido siéndole fiel y sumisa a pesar de su mal trato, se hubiera
rebelado al verle penitente y culpable? Teniendo en cuenta el carácter
de la difunta, había que creer, por el contrario, que la resurrección
del amor del Príncipe y sus insistentes ruegos hubieran aumentado su
turbación, extremado su angustia, reforzado sus escrúpulos, multiplicado
los dolores y dificultades entre los cuales se agitaba la infeliz.
Ferpierre llegaba así por una parte, a la confirmación de los
razonamientos que se había hecho ya; pero, por la otra, se sentía
inducido a considerar agravada y en mucho la condición de la Natzichet.
Al ver que Zakunine no era enteramente suyo, que por amor, o por
compasión, o por respeto, o por interés, pertenecía aún a la Condesa,
podía la rusa haber odiado a ésta última. No era imposible que hubiera
mediado una explicación entre las dos mujeres, provocada sin duda por la
nihilista, cuya presencia en la _villa Cyclamens_ no se explicaba muy
bien: aunque incapaz de desear el mal de nadie, la italiana había
probablemente herido a la joven sublevándose ante sus amenazas, no
pudiendo tolerar que, después de haber apartado de ella al Príncipe,
fuera a llevárselo de su propia casa: el resultado de esa explicación
podía haber sido cruento. Pero ¿cómo el Príncipe, que debía hallarse, si
no presente en esa escena, por lo menos cerca, no había acudido a
impedir el delito? Y ¿cómo la nihilista, que nunca entrara en el cuarto
de la Condesa, había sabido hallar el arma que ésta tenía guardada?
Estas dificultades no inquietaban mucho al magistrado. Probablemente
Zakunine no se había interpuesto porque no podía suponer que el coloquio
terminara en tragedia, y en cuanto al arma, tal vez ese día no estaba
guardada, o la joven sabía dónde podría encontrarla.
Otra dificultad había, enteramente moral y más grave, la misma ante la
cual se había detenido Ferpierre muchas veces: si la nihilista tenía
conocimiento del amor de Florencia d'Arda por Vérod ¿cómo podía desear
su mal? La rivalidad se explicaba en el caso de que la difunta hubiera
tratado de detener al Príncipe a su lado: eso no había existido. Pero
era de creer que la Natzichet no supiese que la Condesa amaba a Vérod:
esa pasión que la muerte había ahogado, que el joven había contenido,
podía haber permanecido ignorada al no revelarla algún hecho exterior,
algún acto.