acoger tal hipótesis. Si de las declaraciones de Julia Pico resultaba
que recientemente Zakunine había sido bueno con su antigua querida,
también era cierto que había continuado viviendo lejos de ella. Una
visita de pocos días cada dos semanas y hasta cada mes, ¿podía
satisfacer a un corazón enamorado y celoso? ¿Podía Zakunine, si la
amaba, permanecer lejos, cuando sabía que otro quería arrebatarle su
bien? Si el amor, un amor bastante violento para empujarlo al delito,
hubiese renacido en su corazón, era natural que fuera a arrojarse a los
pies de la Condesa, que se mostraba por fin convertido y redimido, y la
indujera a huir con él, a esconderse con él en algún rincón ignorado del
mundo. Apenas el Príncipe hubiera dicho a la Condesa algo parecido, sin
duda ésta se habría sentido fortalecida en su resistencia contra Vérod,
y algo habría dicho de ella en su diario. ¿O había que creer que
consumiéndose de amor y de celos, no había dicho una palabra, por amor
propio, por altivez? Esto no era de creer en un hombre como él, en un
hombre cuyo pensamiento se tornaba rápidamente en acción como el de un
niño. ¿Por qué motivo volvía entonces al lado de su amiga, y la trataba
mejor en sus visitas demasiado breves y raras?
Ferpierre descubrió este motivo cuando leyó, entre otras cartas, algunas
de negocios que el administrador de los bienes de la Condesa d'Arda le
había escrito de Italia; en ellas se hablaba de letras del Príncipe, de
cuentas que tenía que rendir, de sumas que se le habían enviado por
conducto de banqueros. Era evidente que Zakunine, comprometida toda su
fortuna en la obra revolucionaria, necesitado además de mucho dinero
para su vida disipada, había recurrido a su amiga. En los primeros
tiempos, la intimidad de sus relaciones disculpaba, ya que no legitimaba
esos préstamos: más tarde, concluido el amor y comenzados los malos
tratos, no se había encontrado en situación de satisfacer sus
compromisos. Y entretanto, sus necesidades se habían hecho más urgentes.
La última conspiración de Cronstadt le había costado tanto, que después
no había sabido qué hacer: algunas cartas encontradas en Zurich,
contestaciones a otras suyas, demostraban que se había dirigido a
diversas partes insistiendo con apremio para que se le ayudara.
Esta lectura inspiró a Ferpierre una grave duda: ¿Habrían asesinado
Zakunine y la nihilista a la Condesa para apoderarse de su dinero?...
La sospecha no era irrecusable sin examen. En la casa de la muerta se
habían encontrado muchos valores, pero la Condesa era tan rica, que bien
podía haber tenido en su poder el último día una suma mayor. Si el hurto
era el móvil del crimen, los dos rusos podían, exprofeso, no haber
robado todo el dinero; pero en tal caso era difícil explicarse la manera
ruidosa como habían dado muerte a su víctima y el agudo dolor que
Zakunine había demostrado, ni se podía decir cómo y dónde habían
escondido las sumas robadas, en los pocos momentos transcurridos entre
el tiro y la llegada de los criados. ¿Habría que considerar a alguno de
éstos como cómplice? ¿O más bien, los rusos esperaban substraer el
dinero después de haber hecho creer en el suicidio no previendo la
acusación de Vérod?
Ferpierre acordó hacer preguntar a Milán, al contador de la casa d'Arda,
si los valores encontrados en la _villa Cyclamens_ eran exactamente los
que debían existir allí, y al mismo tiempo interrogar a los criados de
la villa para descubrir si alguno de ellos podía, en la confusión del
primer momento, haber visto a los asesinos tomar las sumas que faltasen.
Pero por más que el magistrado creyera que todo era posible en el mundo,
no admitía que Zakunine fuera perverso hasta el punto de matar por
robar. La suposición que se podía, que se debía hacer lógicamente era
otra: Zakunine volvía al lado de la Condesa, no porque sintiese amor
hacia ella, sino por la necesidad de la ayuda que pudiera darle
espontáneamente. Extremadamente rica, habituada a no gastar en sí misma
ni la cuarta parte de sus rentas, podía sacar inmediatamente de apuros a
su antiguo amante. Por eso iba el Príncipe a verla de vez en cuando y se
mostraba más amable con ella. El amor, la pasión que no sufre retardos
ni alejamientos, lo entretenía en otra parte, lo hacía vivir en Zurich,
donde vivía la Natzichet.
¿Era creíble que aquel hombre, a quien la leyenda atribuía tantas
queridas como a don Juan, hubiera permanecido en compañía de la
estudiante, sin que la comunidad de doctrinas y propósitos originase
relaciones más íntimas? Y no faltaban indicios que apoyaran esta
sospecha. Lo mismo que los correligionarios de Rusia, los de Inglaterra
se volvían también en contra del Príncipe, reprochándole que los hubiera
abandonado. «La presencia de usted aquí es necesaria,» le escribían de
Londres; «hace cuatro meses que le esperamos: ¿qué le impide venir?
¡Buen momento para que faltara usted a su palabra!... ¿O alguna nueva
aventura lo retiene por allá?...»
--¿Había tenido el que escribía esa carta algún aviso de los amores con
la joven prófuga?
Entre las cartas de la Natzichet no encontró el juez alguna que le
sirviera. Todas se referían a los estudios de la nihilista, había muchas
escritas sobre las cuestiones sociales más discutidas, borradores de
artículos destinados a la revista americana _The Rebel_, y a otras hojas
españolas y holandesas de las cuales la autora era corresponsal. Por más
que su antipatía por la joven no cediera, el magistrado se veía obligado
a reconocer que ésta poseía una cultura fuera de lo común: escribía
correctamente el español, el inglés y el alemán; enviaba a los
periódicos bibliografías en que daba cuenta de toda clase de
publicaciones científicas y filosóficas. Las informaciones recogidas de
la policía de Zurich eran, por otra parte, favorables a la nihilista.
Tres años antes había salido de Rusia, sola, sin recursos, después de
haber sido deportados su padre y su hermano a Siberia por actos
revolucionarios. En Zurich había comenzado a estudiar medicina, viviendo
de su trabajo, de traducciones de obras científicas hechas por cuenta de
editores alemanes y franceses. Estaba en relaciones con todos los
refugiados políticos, pero no había tomado parte activa en las
conspiraciones: por el contrario, de palabra y por escrito desaprobaba
los continuos e inútiles sacrificios de vidas. Se inclinaba a la
propaganda moral, a la preparación de las conciencias; pero, naturaleza
ardiente y viril, no había vacilado en descender hasta la acción si le
hubiese sido necesaria.
Y aunque de sus relaciones con el Príncipe nada se dijera de preciso, la
sospecha de que fuera su querida se confirmaba. Enamorado de ella, su
compañero constante en Zurich, ¿no habría Zakunine abandonado a los
impacientes agitadores, tanto por la enervante acción del amor cuanto
por la persuasión que directamente ejercía sobre él la joven? ¿No se
habría propuesto ésta hacer que el joven se desengañara, demostrarle la
locura de las carnicerías inútiles?
Estas suposiciones parecían verosímiles a Ferpierre. Y la acusación de
Vérod continuaba apareciendo infundada. Si el joven amaba a la
nihilista, sus relaciones con la Condesa no eran por eso un obstáculo
que lo impulsara a matar a ésta. ¿Podía ese rebelde, para quien la ley
coercitiva no tenía valor, sentirse atado por un escrúpulo enteramente
moral? ¿Y no había, en realidad, dejado otras veces a su querida por
correr en busca de nuevos placeres? ¿Qué le impedía hacer otro tanto,
con mayor libertad que la primera vez? Cierto que había vuelto al lado
de la Condesa y la había tratado con mayores consideraciones; pero si
esto debía demostrar que estaba arrepentido de sus malos procederes de
antes, el mismo arrepentimiento, la presencia de esos escrúpulos en su
mente contradecían la hipótesis del asesinato; mal podía desear la
muerte de un ser, quien se arrepentía de haberle ocasionado dolores.
Si el Príncipe hubiera estado casado con la difunta, y, cansado de ella,
hubiera querido contraer matrimonio con la nihilista y la nihilista
hubiera querido casarse con él, se podría reconstruir racionalmente el
drama en otra forma: fingiendo arrepentimiento, el marido volvía al lado
de su mujer, la persuadía de su conversión, persuadía a los demás, para
disipar toda sospecha, y luego, solo o con la complicidad de su querida,
la mataba para verse libre. Pero Zakunine no estaba unido
indisolublemente a la Condesa, ni se podía creer que quisiera casarse
con su joven compatriota; había que abandonar todas esas suposiciones.
El arrepentimiento de aquel hombre era sincero, o por mejor decir
creíble, porque tenía una causa: la necesidad de dinero. Fuera de esto,
ninguna razón, por sutil que fuera, podía explicarla.
En su larga y variada experiencia, Ferpierre había estudiado con mucha
atención las pasiones humanas, y sabía que los amantes infieles suelen
sentirse sobrecogidos, en el momento de la traición, por un movimiento
de compasión hacia la persona que traicionan. Conscientes del mal que
hacen, atenúan su culpa acordando a esa persona una conmiseración que
parecería demostrar su bondad de alma, pero que en el hecho es un placer
de egoísta, y, por lo tanto, ofende más a los traicionados. El Príncipe,
que había olvidado y hasta despreciado a su amiga por correr tras de los
placeres, podía haberse sentido inclinado a pagarse de esta presuntuosa
compasión: para mejor gozar de su propia dicha, había ido sin duda a
contemplar el espectáculo de la infelicidad que él mismo había
ocasionado, a consolar hipócritamente a su víctima.
Si esta era la justa explicación de los sentimientos de Zakunine ¿cuál
era el efecto que su acción había producido en el ánimo de la Condesa?
¿Amando como amaba a otro hombre, podía haber estado celosa de la
nihilista, y en la impotencia de los celos haberse dado la muerte? Eso
no se podía creer. Por el contrario, la certidumbre de que el Príncipe
pertenecía a otra, debía haberla servido en cierto modo para creerse
libre, no obstante la seriedad del compromiso que había contraído con su
conciencia: no era improbable que se hubiese dicho que los más la
disculparían si recogía su palabra. Pero contra este acomodamiento
estaban todos sus escrúpulos, y la hipótesis del suicidio parecía bien
natural si la desdichada había ignorado que la compasión del Príncipe
era falsa. Al creerla sincera, ignorando que el Príncipe tenía un nuevo
amor, debía haber visto crecer la dificultad de corresponder a las
esperanzas de Vérod. Pero ¿ignoraba en realidad el nuevo amor del
Príncipe? O mejor dicho, ¿amaba realmente el Príncipe a la nihilista?
Ferpierre comprendía que ante todo debía cerciorarse de esta opinión,
sin duda verosímil, pero aún no probada.
Mientras se encaminaba el juez a la cárcel del Eveché, donde los
acusados estaban detenidos, iba pensando en la manera de iniciar el
interrogatorio de la joven. La actitud desdeñosa asumida por ésta el día
de la catástrofe, le había inspirado el deseo y casi la necesidad de
medirse con aquel altivo espíritu, para doblegarlo y confundirlo.
Mientras que los guardianes iban en busca de la acusada para conducirla
ante el magistrado, el director de la prisión refería a éste que la
actitud de la joven había sido durante sus días de encierro, la de una
persona que no solamente está tranquila, sino que desafía toda sospecha.
Se había quejado de la celda y de los alimentos, había pedido que la
dejasen leer y escribir, y había escrito efectivamente un estudio sobre
la emigración suiza, lleno de cifras y datos estadísticos. Cuando la
hicieron entrar en el gabinete del director, se sentó, a una seña de
Ferpierre, y sosteniendo la mirada interrogadora de éste, se cruzó de
brazos.
--¡Parece que por fin se le ha despertado a usted la memoria!--comenzó
el juez.--¡Y si los datos y cifras que ha consignado usted en este
escrito son exactos, veo que su memoria es además excelente! Por lo
tanto, me permito esperar que no fallará con respecto a lo que por ahora
nos es más útil saber. ¿Cuánto tiempo hace que conoce usted al Príncipe
Alejo Petrovich?
--Muchos años.
--¿Desde Rusia?
--Sí.
--¿Cómo le conoció usted?
--Era amigo de mis hermanos.
--¿Los cuales, naturalmente eran sus correligionarios?... Después que
usted salió de su país ¿dónde lo encontró?
--Aquí, en Lausana.
--¿Estaba solo?
--No.
--¿Con la Condesa?
--Con ella.
--¿Fue usted a buscarle? ¿Cómo se vieron?
--Supo mi llegada, y fue él mismo a buscarme.
--¿Con qué objeto? ¿Para tener noticias de Rusia? ¿Para arrastrarla a
usted a sus conspiraciones?... ¡Conteste usted!
Después de un momento de silencio, la joven contestó:
--Para ayudarme.
--¿De qué modo?
--Yo estaba sola, sin recursos, en país desconocido. Vino a ofrecerme su
apoyo.
--¿Le dio dinero?
--Me lo ofreció, pero yo lo rehusé.
--Entonces, ¿cómo la ayudó a usted?
--Me recomendó a varias personas conocidas suyas, me consiguió lecciones
de ruso, me proporcionó la ocasión de escribir en los diarios y
revistas.
--¿Cuánto tiempo estuvieron juntos?
--Un día.
--¿Usted se fue, o él?
--Yo.
--¿Se fue usted a Zurich?... ¿Se escribieron?... ¿Y cuándo se volvieron
a ver?
--Un año después, en Lugano.
--¿Estaba solo?
--Sí.
--¿No sabe usted por qué? ¿Comprendió usted que ya no amaba a la
Condesa?
--No me ocupé de esas cosas.
--¿Por qué fue usted a Lugano? ¿Qué hacía él allí?
La joven no contestó.
--¿No quiere usted decirlo?
--No puedo.
--¿Le ayudaba a usted el partido?
Otra vez se quedó muda.
--¿Cuánto tiempo estuvo usted en Lugano?
--Tres días.
--¿Y después?
--Volví a Zurich.
--¿Cuándo partió él?
--En abril.
--¿Para hacer qué?
Como la joven siguiera callada, Ferpierre continuó lentamente:
--¿Tampoco ahora quiere usted contestar?... Comprendo esa reserva. No
puede usted o no debe revelar los secretos de su asociación. Y con su
silencio querría usted significar que el Príncipe vino a Zurich
expresamente para trabajar en la propaganda, para conspirar, por una
razón política en definitiva. Pero advierto a usted que antes de creer
en esto hay que aclarar algunos puntos obscuros. Durante el tiempo en
que, según usted, estuvo el Príncipe en Zurich por motivos políticos, le
escribían de Rusia, de Inglaterra, de todas partes, cartas en que lo
llamaban, le reprochaban que descuidara la causa, lo acusaban de tibieza
y casi de infamia. Tenemos una porción de esas cartas que son muy claras
al respecto. ¿Cómo se explica usted esas contradicciones?
La joven movió la cabeza sin pronunciar una sílaba.
--¿Persiste usted en no querer contestar?... ¿Y cómo explica usted que
cuando Zakunine sale de Zurich y viene aquí a Ouchy, usted, que antes no
le había buscado, corre a verle, repetidas veces, en una casa que no era
suya, y con él la encontramos allí mismo el día de la catástrofe?
¿Tampoco contesta usted ahora? Pues entonces, voy a decirle algo más:
entre estas cartas, en las cuales casi se le acusa de traición, hay una
de un amigo que lo conjura a no caer nuevamente en una debilidad que
parece serle habitual: la de dejarse seducir por las mujeres, de
dedicar una parte demasiado grande de su tiempo, a la galantería... Ese
amigo que lo escribe como si ya supiera que en realidad una nueva
aventura con otra mujer lo distrae del cumplimiento de su deber para con
sus compañeros... ¿Por qué evita usted ahora mis miradas? Si yo la
preguntara quién es esa mujer, ¿qué me contestaría usted?
La rusa respondió con firmeza, fijando sus ojos en los del juez.
--Soy yo.
--¡Ah! ¿confiesa usted?--exclamó Ferpierre.--¡El otro día se ofendía
usted de mis sospechas!... ¡Bien! Ahora dígame: ¿cuándo se efectuó ese
cambio de relaciones entre ustedes?
--Cuando él vino a Zurich.
--¿Vino expresamente por usted?
--No.
--¿Por qué entonces?
--Por motivos políticos.
--Explíqueme usted cómo se realizó ese cambio de relaciones. En dos
años no se habían visto ustedes más que dos veces. ¿La dijo a usted en
una u otra alguna palabra de amor?
--Ninguna.
--¿Y usted?
--Yo le amé desde el primer día que acudió a socorrerme.
Por más que la joven trataba de dominarse, su voz revelaba una secreta
turbación.
--Entonces, ¿fue usted la primera en hablar?
--No.
--¿Fue él quien se declaró, así, de improviso, después de no haber
pensado en usted durante dos años?
--Permaneció varios meses en Zurich y nos veíamos todos los días.
--¿No supo usted que, después de haber abandonado a la Condesa, vino
precisamente de Zurich a buscarla?
--No.
--¿Cómo es posible? Hace un momento me contestó usted también al
preguntarle si conocía las relaciones de Zakunine con la italiana, que
usted no se ocupaba de esas cosas. Si le amaba usted realmente ¿cómo no
sentía usted el deseo ardiente de verlo libre?
--Yo sabía que era libre.
--¿Quiere usted decir que su compromiso con la Condesa no era válido
para él?
--Quiero decir que ya no la amaba.
--¿Pero no sabía usted que ella sí le amaba?
--Últimamente tampoco lo amaba.
--Entonces ¿por qué volvió a su lado?
--Tenían intereses comunes.
--¿Llama usted intereses comunes a esos préstamos en que él es el
deudor?... ¡Pero si ella no la amaba ya, no podía estar celosa de usted!
--No.
--Entonces ¿por qué se habría dado la muerte?
--No sé. A causa de sus escrúpulos, probablemente.
--¿Porque quería a otro y no podía ser suya?
--No sé. Tal vez. El suicidio, aunque parezca largamente meditado, se
realiza siempre por un impulso momentáneo o imprevisto. Basta con un
motivo de dolor. Ella tenía muchos.
--¡Razona usted muy bien!... ¿Sabía el Príncipe que la Condesa amaba a
otro?
--No lo creo.
--¿Nunca habló con usted de eso?
--Nunca.
--Ahora vamos a interrogar al Príncipe.
La joven salió, y el juez ordenó que se introdujera en el despacho a
Zakunine.
La actitud de éste en la prisión había sido completamente distinta de la
observada por su presunta cómplice. Nada había pedido para sí, ni
alimentos, especiales, ni libros, ni papel; de nada se había quejado;
casi no había hablado una palabra: los guardianes contaban que pasaba el
tiempo acostado en su cama inmóvil, como si durmiese. En su aspecto
general, en sus ojeras profundas, era visible el trabajo que se
efectuaba en su interior; pero, ¿qué era lo que lo mortificaba? ¿La
injusticia de la acusación, o el remordimiento del delito? Cuando
Ferpierre le preguntó si persistía en sus declaraciones, si nada tenía
que añadir para justificarse, contestó con voz ahogada:
--No.
--El otro día reconoció usted sus faltas, confesó que no había
correspondido al afecto que le profesaba la Condesa. Si ya no la amaba
usted ¿por qué no la dejó que siguiera su destino?
--Ella quería que yo siguiera siendo suyo.
--¿Aun a sabiendas de que su persona era ya para usted indiferente?
--Creía haberse unido a mí para siempre.
--¿Y usted sentía a veces, entre una y otra correría, algo así como la
obligación de volver por un tiempo a su lado? ¡Ese sentimiento lo honra
mucho a usted!
El Príncipe miró la cara de Ferpierre, casi en actitud de replicar la
ironía de la observación; pero luego inclinó la cabeza y en voz baja,
con acento de amargura, dijo:
--¡Ese sentimiento fue en extremo fatal!... Efectivamente, ¡cuando ya
podía creerse libre de mí y pensar en disponer de su vida en otra forma,
yo vine a recordarle su antiguo compromiso, el error que debía pesar
irreparablemente sobre ella!
¿Hablaba así porque esa era la verdad, o porque, culpable, comprendía la
eficacia de la defensa en tal forma?
--¿Y también tenía usted que recurrir a ella por dinero?
Zakunine alzó la frente al oír esa pregunta, y fijó bruscamente la
mirada en los ojos del magistrado; pero en seguida los bajó otra vez,
confuso.
--¿Qué le ha retenido a usted en Zurich durante todo este verano?
--La propaganda.
--No es cierto. Las cartas dirigidas a usted por sus correligionarios de
Rusia y de Inglaterra lo acusan de haberlos traicionado.
Por tercera vez fijó el acusado su mirada en la cara del juez, y se
estremeció.
--Tenía que ayudar a otros. ¿Cree usted que yo le voy a revelar secretos
que no son míos? ¿Quiere usted aprovechar mi prisión para instruir un
proceso político?
--¡No, no! Estoy dispuesto a admitir que usted dejaba sin respuesta las
cartas de algunos de sus compañeros, no por falta de celo, sino por
ayudar a otros. Alejandra Natzichet, por ejemplo, le ocupaba a usted
mucho...
La mirada del Príncipe relampagueó.
--No hable usted así,--dijo sordamente.
--¿Y por qué no quiere usted que hable? De todas partes se le acusa a
usted de haber dejado enfriar su entusiasmo y hasta de tener miedo;
usted deja a los jefes de su partido reunirse en Londres y no va a
verlos, y eso lo hace usted por no moverse de Zurich, donde vive la
mujer que el día de la tragedia encontramos a su lado, en una casa que
no es la de usted... ¿no quiere usted que atribuyamos ese cambio a la
frecuentación de esa mujer, a su amistad?
--No hubo cambio alguno. Repito que los planes que nosotros seguimos son
múltiples, que son muy numerosos. Es cierto que no fui a Londres, pero
hice otras cosas, no menos útiles.
--Usted no quiere decir cuáles son esas cosas, y hace bien, porque así
insinúa usted la idea del deber sectario. Pero otro deber, que con más
facilidad se comprende, le impide a usted confesar sus relaciones con la
Natzichet. Mas le advierto que su delicadeza es superflua, porque ella
misma ha confesado.
--¿Qué?--exclamó el Príncipe, con acento de profundo estupor.
--Que usted es su amante.
--¿Ella ha dicho eso?--dijo con otra exclamación el acusado, expresando
con la voz y con la mirada la imposibilidad de creer en semejante
revelación.
Ferpierre guardó un momento silencio, ocupado en observarle.
El asombro de aquel hombre parecía sincero. ¿Había mentido, pues, la
nihilista? ¿Y por qué? ¿Qué motivo podía haberla impulsado a confesar
una cosa que tenía que ser perjudicial para su reputación? Y aun en el
caso de que, rebelde a todas las preocupaciones, no le importara lo que
se dijera de ella, era necesario, para que mintiera así, que persiguiese
algún propósito. Pero, ¿no era más probable que hubiera dicho la verdad
y el Príncipe fingiera ese asombro porque conocía el daño que semejante
confesión tenía que causar a ambos?
--¡Ella misma lo había dicho!--repitió el magistrado.--¿Se asombra
usted?
--¡Eso es falso!--replicó el Príncipe.
--¿Cuánto tiempo hace que la conoce usted?
--Tres años.
--¿Cómo la conoció?
--Era amigo de sus hermanos.
--Cuando emigró a Suiza ¿vino usted a buscarla? ¿La socorrió usted?...
¡Ya ve usted que estoy bien informado! Ella misma me lo ha referido
todo. Primero la veía usted raras veces; pero desde abril, desde que se
quedó usted en Zurich, han estado juntos. ¿Quiere usted reconocer, sí o
no, que es usted su amante?
La impaciente dureza de esta pregunta hizo que el acusado mirara al juez
en los ojos: las venas de sus sienes se hincharon, sus dientes crujían,
todo revelaba su ira.
--Hace usted mal en no contestar. Me obliga usted a carearle con ella.
Y Ferpierre ordenó que volvieran a llamar a la rusa.
A la sorda ira del Príncipe iba sucediendo una visible inquietud:
parecía que el acusado se considerara en ese momento amenazado, que
tuviera miedo, que no supiera por qué lado escapar. Cuando la joven
llegó, fijó en sus ojos una ardiente mirada.
--La he hecho llamar a usted otra vez--dijo el juez--para que repita
usted en presencia de este señor, lo que me dijo antes a mí. ¿Es usted
su querida?
El Príncipe se inclinaba hacia ella, como si estuviera ansioso por oír
la respuesta, o por sugerírsela él mismo.
--Sí--contestó con firmeza la joven.
--¿Sabe usted--repuso Ferpierre señalando al Príncipe--que él aparenta
no creer que usted me lo haya dicho?
--Comprendo el motivo que puede aconsejarle ocultar la verdad. Pero esto
se llegaría a saber de todos modos, y, además, no me ofende.
La nihilista contestaba al juez sin mirar a su cómplice. Sólo cuando el
juez se dirigió a éste para preguntarle si todavía negaba, volvió la
cabeza y clavó en él la vista.
--¿Es o no su querida?--repitió Ferpierre mientras los dos se miraban
fijamente, la mujer con serenidad dominadora, el Príncipe titubeante y
turbado.
Por último, el joven inclinó la cabeza como si confesara.
--Entonces ¿usted volvió al lado de la Condesa y se mostró arrepentido
de sus faltas para con ella, únicamente porque necesitaba usted dinero?
--¿Qué dice usted?--profirió Zakunine desdeñosamente.
--Y entonces ¿por qué?--insistió el juez.
--Yo le sugerí que volviera al lado de la Condesa--dijo la joven.
Y como el Príncipe hiciera un nuevo movimiento de protesta, agregó: