de nuestras indagaciones! Esas ideas, el contraste de la ilusión con la
realidad, la lucha del deber con el placer hirieron de muerte a la
desgraciada, haciéndola ver y sentir cuán difícil es la vida. Que quiso
salir de ella es demasiado evidente. Falta sólo demostrar que realmente
puso en práctica su propósito. No hay pruebas directas, pero todas las
presunciones están contra usted. Considere usted fríamente, si se siente
capaz, la suma de circunstancias que tenemos por delante, y verá usted
que tengo razón de pensar así. Usted ha denunciado a las dos personas
que estaban en la casa en el momento de la muerte; pero ¿contra cuál de
las dos hay que dirigir las sospechas y las averiguaciones? ¡Ya sería
hora de decidirse! ¿Es el Príncipe el culpable? ¿Y por qué habría muerto
éste a la infeliz? ¿Por celos? Pero, ante todo, usted deberá acordarme
que ese hombre, al cual no concede usted otras facultades que las del
odio y del mal, había vuelto a amar a la Condesa y sufría al saber que
había perdido su afecto. ¿Pero la Condesa era ya de usted? Correspondía
a la pasión que usted tenía por ella. ¿Querría dejar al Príncipe e irse
con usted? ¡No, al contrario! Hasta el último momento se declara
vinculada al otro, rehúsa escucharle a usted, le conjura a que la deje!
A duras penas, después de insistir empeñosamente, le arranca a usted el
permiso de esperar: una esperanza ambigua, incierta, lejana; un permiso
que puede usted hasta dar por no recibido, que ella no podía negarle,
pero que a nada la compromete. Dado el carácter de la Condesa, la
seriedad de sus escrúpulos, la sinceridad de sus remordimientos, debemos
creer que, apenas usted se marchó, ella comenzó otra vez a acusarse, a
prohibirse el mantenimiento de la esperanza que acababa de conceder y
aceptar. En tal situación, ¿qué motivo tenía el Príncipe para matarla?
Todavía la amaba, o si a usted le place, estaba celoso, tenía celos
brutales, aquellos celos que significan la ofensa al sentimiento de
propiedad y nada más. Pero ¿de qué podía acusarla? ¡No de haberse
entregado a usted! Noticias tenía para estar seguro de que el más leve
esfuerzo suyo para demostrarse bueno, una palabra de amor, una frase
amable, habrían impedido que la Condesa fuera de usted. Quiero creer que
no son los celos, que no es el odio, lo que hace que usted desestime
tanto a ese hombre; admito que los buenos sentimientos no tengan cabida
en el Príncipe y que, en realidad, éste sea capaz de un delito vulgar.
Pero la malignidad más brutal tiene, sin embargo, necesidad de un
pretexto, si no de una razón para armarse y herir. Y yo no veo aquí
razones ni pretextos. ¿Usted supone probablemente que, después de
haberle acordado a usted con tanto trabajo un consentimiento tan
ambiguo, fue su amiga a provocar a Zakunine, a declararle de improviso
que amaba a usted? No cabe duda de que, sin que en ello entre la
voluntad de usted, el amor propio le sugiere tal razonamiento: eso es
lógico. Pero si la Condesa hubiera querido entregarse a la inclinación
que sentía por usted, nadie se lo habría impedido cuando Zakunine estaba
lejos. Y ahora mismo, ¿necesitaba en verdad pedir licencia a ese hombre?
Si el impedimento hubiera venido de él, ella habría podido rebelarse y
desafiarlo; pero no venía de él, sino de ella misma, de su íntima
conciencia. Por consiguiente, la hipótesis es absurda. Ahora, ¿quiere
usted que haya sido la nihilista? Esta habría muerto a la Condesa porque
amaba al Príncipe y estaba celosa de su rival. Pero en este caso, las
dificultades no son menos que en el otro: ¡al contrario! Antes que todo,
habría que demostrar que los dos rusos son amante y querida, cosa que
ambos niegan, y después, aunque esto llegara a probarse, para que la
Natzichet matara a la Condesa, se necesitaba que ésta fuera un obstáculo
para su amor. ¿En qué forma lo era? ¿Podía, acaso, la infeliz, ni sabía
cómo impedir al Príncipe que se fuera con otras mujeres? ¿De qué modo
hacía sombra esa desgraciada a la nihilista? ¿No tenían los dos rusos
plena libertad para permanecer juntos en Zurich? Y si racionalmente no
se puede imputar el homicidio al uno ni a la otra, ¿podemos suponer que
lo han cometido juntos? ¡El absurdo sería doble! Después, si la amiga de
usted no hubiera tenido razones para huir de la vida, nos encontraríamos
en el caso de acoger la sospecha del asesinato, por poco fundada que
fuera, como lo es. Pero los motivos que pueden haberla impulsado al
suicidio, no sólo no faltan, sino que abundan. Usted tiene, no
obstante, un argumento de su parte, uno solo...
Ferpierre se detuvo un momento para respirar. Roberto Vérod permanecía
en la misma actitud en que desde el principio lo había escuchado: la
cabeza baja, las manos estrechamente apretadas, como quien espera un
golpe mortal.
--Hay cientos y miles de mujeres que en la situación de la Condesa
d'Arda, entre sus escrúpulos y las tentaciones de la pasión, no llegan
al extremo de suicidarse. Esperan, y con el tiempo se acomodan a una
vida que por un momento creyeron insufrible: transigen con sus
escrúpulos; hallan en el ejemplo de los demás una excusa y confianza en
la redención futura. Tal es la conducta de todas, de casi todas. Usted
ha definido bien, desde el primer momento, la importancia de esta razón.
Pero para creer eso, para sostener que la Condesa no ha querido matarse
aun después de su última explicación con usted, ante la visión del mal
inevitable, tiene usted que admitir que su amiga, que esa mujer, cuya
grandeza de alma decanta usted y en que yo realmente creo por estas
confesiones, por las declaraciones de las gentes que la conocieron,
tiene usted que admitir, digo, que en vez de resistir hasta el último,
fuera también capaz, como las otras, de esas cómodas transacciones de
que somos testigos cotidianos. Es positivo que quien se mata no prueba
tener una alma templada, ni muestra una fe indestructible; pero si, por
obra de usted, la infeliz se encontró en la imposibilidad de adoptar un
tercer partido, debo creer que de los dos escogiera el menos malo. ¿Y no
le parece a usted extraño que yo deba sostener, contra usted mismo, la
entereza de conciencia de esa mujer, la delicadeza de su honra?...
Vérod se levantó, y pasándose la mano por la frente, exclamó, vencido,
perdido:--¡No diga usted eso!... Sí, es cierto... Tiene usted razón...
Puede usted tener razón... ¡Pero no diga usted, no lo repita!... ¡Porque
entonces, resulta que yo, yo mismo la he muerto!... ¡Muerta por mí!...
¡Por mí!... Mire usted... esta idea, esta sospecha, me destroza el
corazón. ¡Siento que me vuelvo loco!
VI
LA INVESTIGACIÓN
Cuando el juez se quedó solo, la confianza que lo había sostenido lo
abandonó de improviso. La resistencia de Vérod lo había aguijoneado,
sugiriéndole argumentos cuya fuerza contra la acusación le parecía
grande; pero, al fin, viendo que el otro le daba la razón, en vez de
afirmarse en su opinión, volvió a dudar. Su reconstrucción del drama era
verosímil, pero nadie podía atestiguar que fuese verdadera, y en cuanto
a la posibilidad del asesinato, ¿era en realidad insostenible? Después
de haber desarrollado una de las dos hipótesis, debía examinar la otra,
y a esta tarea se preparaba, con creciente antipatía hacia los acusados.
Conmovido por el dolor de Vérod, interesado vivamente por la difunta,
desconfiaba más que nunca de los rusos.
Al día siguiente del interrogatorio del joven, recibió, junto con varios
paquetes de cartas, secuestradas en Niza y Zurich, las informaciones
pedidas al jefe del departamento de policía y a la legación de Rusia en
Berna, acerca de ambos nihilistas. Lo que ya sabía de la índole del
Príncipe Alejo Petrovich estaba confirmado y documentado por los
informes extensos y minuciosos de ambas procedencias, llenos de
declaraciones tomadas en anteriores procesos políticos. Pero también
supo cosas que no sospechaba.
Heredero del genio de la raza eslava, movido por sentimientos impetuosos
y demasiado vecinos de los instintos primitivos, Zakunine padecía,
además, de ese histerismo que, según la ciencia moderna de las
enfermedades nerviosas ha comprobado, no es solamente un doloroso
privilegio del sexo femenino. Cosas verdaderamente increíbles se
referían del Príncipe, de su tumultuosa juventud. Huérfano de padre, el
odio que desde pequeño había tenido al segundo marido de su madre, se
había tornado en manía homicida. Constantemente golpeado con crueldad,
castigado con un salvajismo que superaba en mucho a la severidad
merecida por sus faltas, su carácter se había agriado.
Un día--todavía no tenía más de diez años,--paseándose con un camarada
de su misma edad, se acercaba a una estación de ferrocarril. El amigo le
había explicado que los guarda líneas recorren el trayecto de los rieles
que les corresponde vigilar, para cerciorarse que ningún obstáculo
amenazaba la seguridad del tren; entonces él, aprovechando un momento en
que su compañero no le observaba, y sin más móvil que una perversa
curiosidad del mal, había puesto sobre los rieles dos gruesas piedras,
y se había quedado allí cerca hasta la llegada del tren para juzgar del
espectáculo de la catástrofe. Las piedras eran bastante grandes, pero,
por fortuna, poco resistentes, y las ruedas de la máquina las redujeron
a polvo sin desviarse un punto. En ocasión distinta, algunos años más
tarde, la fría insania de aquel ser se había manifestado en otra forma,
contra sí mismo. Recorría sus posesiones en la pequeña Rusia, y un niño,
hijo de un mujik, que le servía de guía, iba explicándole las cualidades
de los árboles y hierbas: al pasar por delante de un verde matorral, el
chico señaló una planta pequeña, de hojas largas y velludas, y le dijo:
«Este es beleño, un veneno tremendo.» Entonces, rápidamente, sin dar a
su guía el tiempo de acercársele, no ya de impedir el acto, arrancó
cuantas hojas pudo coger su mano y las devoró. El guía se había
engañado, esa planta no era beleño; pero durante un día entero, todos
habían creído a Alejo Zakunine envenenado, y estaban entre admirados y
espantados al ver la irónica alegría con que esperaba la muerte y
reprendía a los que se mostraban afligidos.
Su juventud entera había sido una tempestad. Sin dinero, el demonio del
juego le había cogido por los cabellos: una noche, después de haber
perdido una suma que no podía pagar, se había disparado un tiro de
revólver en el corazón, para no sobrevivir a su vergüenza; la bala,
desviándose, le había roto el húmero. Por una cuestión poco limpia había
tenido un duelo, y no había querido reconciliarse con su adversario;
pero más tarde le había salvado de la muerte, con riesgo de su propia
vida, heroicamente.
Hasta los dieciocho años había sido imposible hacerle aprender nada, ni
persuadirlo de que estudiara una sola lección; pero avergonzado una vez
al hablarle en francés una mujer, una niña, creyéndole conocedor de esa
lengua, había cambiado de vida de la noche a la mañana: durante dos,
tres años, nadie volvió a verle: entregado al estudio con el mismo
ímpetu que dedicaba a lo malo, había recuperado rápidamente el tiempo
perdido.
Nada había difícil para su inteligencia tersa y aguda. Su voluntad era
capaz de actos de firmeza férrea, de perseverancias infatigables, pero
no se mantenía siempre igual; con los raptos de esfuerzo tenaz se
alternaban frecuentes crisis de debilidad nerviosa, de relajamiento
enfermizo. Este lado de su constitución moral era menos conocido por la
especie de celoso pudor que ponía en ocultar sus debilidades. Sin
embargo, le habían visto llorar.
Frío y duro con sus semejantes, quería a los animales con cariño humano.
Apasionado por la caza, sus perros eran sus amigos: hablaba con ellos,
los besaba, los miraba fijamente en los ojos, cual si quisiera penetrar
en su obscura alma bruta. Ante aquellos seres ínfimos se volvía humilde;
los servía personalmente, se despreocupaba de sí mismo por cuidar de que
no les faltase nada, y si alguno de ellos se enfermaba, no se daba un
solo momento de reposo. Uno de sus perros murió con la cabeza apoyada en
sus rodillas, mirándolo hasta el último instante con sus ojos apagados y
tristes, y cuando lo vio ya rígido, cuando sintió frío e inerte el
cuerpo antes vibrante bajo sus caricias, cuando hubo comprendido el
misterio de la muerte, el llanto, un llanto mudo y copioso se desbordó
de sus ojos. Con las hembras no había sido tan cariñoso como con los
machos: los latigazos que su mano descargaba en los momentos de ira,
caían únicamente sobre aquéllas; pero un día cesó de establecer esa
diferencia, al ver que una perra, después de haber dado a luz con muchos
sufrimientos media docena de cachorros, se enfermó, pero no consintió,
en que se la quitaran sus hijos, y tan lastimosamente aulló, que, por
fin, se los devolvieron, y expiró con toda su prole prendida del pecho.
De la compañía de las mujeres había huido como por instinto, desde
pequeño; pero a los veinte años, muerta su madre, dueño de una inmensa
fortuna, salió de un golpe, con transformación repentina, de la vida
solitaria del campo, donde alternaba los violentos ejercicios con las
mortificaciones del estudio, para entregarse fría y casi estudiosamente
a los elegantes y malsanos placeres de la gran ciudad. Disipó mucho
dinero y mucha fuerza nerviosa: su constitución ya desequilibrada se
extenuó. El amor, el primer amor del alma, se lo inspiró la hija del
Príncipe Arkof. Por efecto de su anacronismo moral que en aquella
naturaleza distinta de las demás, no tenía por qué asombrar, amó con un
afecto juvenil, ingenuo y tímido cuando para cualquier otro hombre había
pasado ya la época de ese amor. Su adolescencia solitaria y salvaje no
había sido visitada por fantasmas poéticos; pero, por esas leyes de
equilibrio y compensación que parecen extender su imperio del mundo de
la materia al mundo del espíritu, la poesía del corazón, a cuya virtud
parecía haberse substraído, se apoderó de él precisamente cuando se
encontraba sumergido en los más prosaicos y ruines amores. Así como la
vergüenza lo había impulsado una vez a desterrar de su mente el limbo de
la ignorancia, la turbación moral subyugó su alma.
De un día a otro y durante un tiempo no breve, nadie reconocía en él al
mismo hombre y, abandonó las compañías indignas, luego de los
entretenimientos viles; por una reacción que no se había podido prever,
no vivió sino de sueños, de puras contemplaciones, en adoración muda y
discreta; a todo eso no lo animaba otro propósito que el de hacerse
digno de ser amado por medio de una vida ejemplar.
El encanto se rompió y el maleficio volvió a obrar sobre él cuando la
tiranía de los padres de la Princesa Catalina hizo que ésta se casara
con el general Borischof, gobernador de Kiev. Los ímpetus salvajes, las
convulsiones violentas, volvieron entonces a asaltarlo; pero ¡cosa
extraña! no se apoderaron inmediatamente de su alma, cuya capacidad
sentimental pudo probarse y medirse por esto; que supo refrenarse y se
resignó a la idea de que su esposa del corazón estaba en brazos de otro.
Como casi no la había hablado e ignoraba sus sentimientos, habiéndose
contentado con suspirar por ella de lejos, creyó, al verla aceptar la
mano del general, que lo amaba, que iba a ser feliz con él. Y
sangrándole el corazón, consumiéndose de pena, calló, se apartó a fin de
no ser un obstáculo para su dicha; mas cuando supo que su afortunado
rival no merecía la fortuna que había alcanzado; que no solamente no
hacía feliz, sino que injuriaba, maltrataba y mortificaba al ser a quien
él habría querido ahorrar, no sólo el dolor, sino hasta la menor idea
incómoda, un furor en que había ira, remordimientos y desdén, lo arrojó
al campo de los nihilistas que se preparaban a matar al terrible
gobernador. Descubierta la conspiración, su alto rango y más que el
rango, el motivo enteramente moral que lo guiaba, le salvaron de la
pena cruel infligida a sus compañeros; pero esa política, a la que había
sido indiferente hasta aquel día, lo inflamó de improviso.
En la frecuentación de los revolucionarios durante los preparativos del
complot no había podido, dominado como estaba por otra idea, poner
mientes en las razones que los armaban: el amor a la libertad, el odio a
la tiranía, la sed de justicia, el ideal de fraternidad eran
incomprensibles para el enamorado vengador; pero, cuando arrestado y
enjuiciado, conoció el trato brutal de la policía, la inconsciencia de
los jueces, el heroísmo de los conjurados; cuando se vio desterrado de
la patria; cuando observó, recorriendo el mundo, con la muerte en el
alma, el doloroso contraste de las grandezas soberbias y de las miserias
incurables, un nuevo ideal lució repentinamente ante sus ojos: la
redención humana.
Pero, como era de prever, tampoco esa vez supo guardar mesura. En
Francia, en Holanda, en Alemania, en Inglaterra buscó a los jefes del
partido nihilista y anarquista, dio cuanto pudo de sus fuerzas y toda su
actividad personal a la propaganda, se mezcló en nuevas conjuraciones
que produjeron sangrientos efectos, y fue nuevamente procesado y
condenado a muerte. Con increíble temeridad volvió varias veces a Rusia,
en secreto, a ver a sus correligionarios, para alentarlos y dirigirlos:
en peligro de caer en manos de la justicia, se salvó milagrosamente, y
continuó después conspirando en el extranjero, siempre soñando y
preparando el cataclismo social que le había de abrir las puertas de su
país ya regenerado.
Viva impresión produjo en el juez Ferpierre la lectura de estos
documentos. La instintiva aversión que sentía por el rebelde se había
ido atemperando secretamente con un sentimiento de compasión. Aquella
alma convulsa no era tan mala: puesta en otro camino y bien guiada,
habría podido dar al mundo luminosos ejemplos del bien. ¿Por qué no lo
había curado el amor de un ser como la Condesa d'Arda?...
Los informes de la policía decían algo de la influencia que este amor
había ejercido sobre el Príncipe. Cinco años antes, en la época en que
conoció a la italiana, la actividad política de Zakunine casi había
cesado. Parecía que el revolucionario hubiera olvidado sus antiguos
ideales, a sus cómplices y todo, para vivir junto a su amiga. El cambio
era tanto más notable, cuanto no era solamente en la política sino hasta
en las costumbres. Las exuberantes e insaciables aptitudes de aquel
hombre no se conformaban con tener por tarea la persecución de las
reformas sociales: entre conspiración y conspiración, se daba tiempo
para pasar de un amor a otro. Sus aventuras galantes eran innumerables:
como por virtud de una fascinación, todas las mujeres que había hecho
objeto de sus deseos habían sido suyas. Y de esa vida había salido por
obra de la Condesa Florencia.
El juez tuvo noticias más precisas con respecto a los sentimientos que
había experimentado en ese tiempo, leyendo los papeles encontrados en el
domicilio de la difunta, en Niza. Entre aquellas cartas, la mayor parte
insignificantes o reveladoras de cosas ya conocidas de Ferpierre, había
algunas que el Príncipe había escrito a su amiga en los preliminares de
su amor. Eran tan apasionadas y fervorosas, que casi se exhalaba de
ellas un hálito ardiente: las palabras suspiraban, cantaban, ardían con
llama viva.
«Luz del mundo, vida del alma, sonrisa de la gracia, puerto de salvación
¿queréis oír lo que jamás ser viviente oyó? Nunca ha sabido nadie lo que
yo soy. No he tenido madre, no he tenido hermana. De ello no me lamento;
por el contrario, estoy orgulloso, porque ahora puedo revelaros mi
corazón a vos sola...»
Y se confesaba con ella, cándidamente: la decía que era un enfermo, un
niño, un loco necesitado de cuidados y de amor; que su aparente valor
ocultaba un miedo infantil; que su soberbia era humilde; que odiando
amaba; que cuando vertía lágrimas de compasión, la sonrisa del escarnio
las contenía; que pasaba de un extremo a otro con dolorosa inquietud,
con ansia atormentadora, con la necesidad nostálgica de una inmutable
serenidad.
«Vuestro amor será para mí la salvación, la paz, el puerto, la tierra
prometida, el paraíso perdido y vuelto a encontrar. Amadme como yo
necesito ser amado, como se ama a los niños y a los animales, como un
amor que sea todo indulgencia, compasión, consuelo, alivio y socorro...»
Si la Condesa d'Arda no había triunfado en esa obra ¿era suya la culpa?
Recordando el diario de la muerta y las mismas confesiones del Príncipe,
debía convenir Ferpierre en que la culpable no era la Condesa sino el
mismo Zakunine. Sin duda, si lo hubiera conocido antes, cuando el mal no
había echado aún raíces tan profundas en él, le habría curado; pero el
encuentro había ocurrido tarde, y si el Príncipe había olvidado durante
un corto tiempo sus inveterados hábitos de vida y pensamiento, muy
pronto había vuelto a ellos. Y cuando las continuas relaciones de su
espíritu crecieron en violencia, hizo que la Condesa sufriera hasta
ultrajes, por haber creído en sus promesas de arrepentimiento.
Creyendo en esas promesas, la Condesa le había conducido a Italia, a
Milán, a los lagos lombardos, a los lugares familiares para ella, a las
casas donde había vivido, esperando que estando lejos de sus
correligionarios y por virtud del benéfico clima moral, la curación
fuese más pronta. Lejos de eso, el desengaño había sido más rápido.
Zakunine se hizo expulsar de Italia y la aventura produjo mucho ruido en
la península: por más que el solo nombre de un revolucionario como aquel
pudiese justificar la medida adoptada por la policía italiana, el
ministro Francalanza fue acusado de haberla dictado por razones íntimas,
porque había de por medio una gran dama: vivas interpelaciones hubo con
ese motivo en el Parlamento. El escándalo hirió dolorosamente a la
Condesa; pero, sin embargo, ésta siguió al desterrado, aceptando para
ella también el destierro.
Fuera de Italia, el Príncipe se había dado nuevamente en cuerpo y alma a
las conspiraciones y a los amoríos. Hacía menos de un año que poco había
faltado para que triunfara una tentativa de revolución en Rusia, ideada
y dirigida por él. La nave que debía transportar al Zar de San
Petersburgo a Cronstadt saltaba por los aires; en Moscú se sublevaban
dos regimientos; una columna de ciudadanos de Siberia marchaba, armada,
hacia los Urales y un puñado de expatriados desembarcaba en Crimea y
ponía a sangre y fuego las provincias meridionales del Imperio, todo al
mismo tiempo. Si el autócrata se hubiera encontrado en el buque volado,
su muerte, en el instante preciso en que los audaces revolucionarios se
alzaban en armas por tantas partes a la vez, habría sido probablemente
el principio del fin; pero por causa de un imprevisto cambio, la corte
había tomado la vía terrestre, y entonces las revueltas parciales fueron
ahogadas en sangre: de los cabecillas, el único que sobrevivía era
Zakunine, que se había mantenido lejos.
Tal era el hombre que Roberto Vérod acusaba de haber muerto a la Condesa
d'Arda.
--¿Será este hombre capaz de haber cometido el asesinato?--se preguntaba
Ferpierre, y contra la opinión de Julia Pico, se contestaba:--¡Sí, es
capaz!
Pero ¿había realmente dado muerte a la desgraciada Condesa? La capacidad
de distinguir, por sí sola, no valía nada. Cierto que Florencia d'Arda
había consignado en el diario, esta amenaza suya: «Si tú me abandonas
cuando ya no te ame, te lo agradeceré; si me traicionas cuando todavía
te ame, te mataré.» Pero, como el juez había demostrado a Vérod, no era
verdad que la Condesa hubiera traicionado al Príncipe: si se hubiera
visto amada todavía por él, habría encontrado mayores dificultades para
dejarlo, y la idea de permanecer a su lado por deber, esa idea que
parecía dominar en su pensamiento, habría sido reforzada por el
presentimiento del dolor que le había infligido dejándolo. Y antes que
todo, había que probar que en realidad el Príncipe hubiera vuelto a
amarla.
¿Qué había hecho en los últimos tiempos? Era necesario creer que tuviese
en algún lugar secreto los documentos relativos a su acción
revolucionaria, pues en su domicilio de Zurich se habían hallado muy
pocos, aunque estos mismos no dejaban de tener importancia. Algunas
cartas de correligionarios, con fechas recientes, estaban llenas de
sordas acusaciones. Sus compañeros de Rusia se quejaban a una voz de su
silencio, de su tibieza; le reprochaban que no mantuviese ciertas
promesas con las que ellos contaban, y casi le acusaban de traición. Los
nihilistas habían acordado otra tentativa inmediatamente después del
último desastre, tentativa desesperada e inútil, pero que, sin embargo,
habría demostrado que ni el rigor de la más furiosa reacción apagaría su
ardor ni disiparía sus esfuerzos. Y escribían a Zakunine: «¿Mientras
«nosotros estamos aquí dispuestos a rendir la vida, mientras no
esperamos más que una palabra, tú nos abandonas? ¿Acaso se te agotó el
valor en Cronstadt? ¡Y eso que allí no arriesgaste gran cosa! ¡Estabas
lejos, bien seguro, mientras que aquí otros morían!...»
¿Cómo era posible que Zakunine se dejara dirigir tales reproches? ¿Sus
correligionarios le acusaban sin razón, o en realidad su celo se había
entibiado? ¿Y en tal caso, cómo y por qué aquel obstinado rebelde había
podido apartarse del propósito de su vida?
Pensando que ya en ocasión anterior, en los comienzos de su amistad con
la Condesa d'Arda, el Príncipe había casi abandonado la propaganda,
considerando también que antes de haber concebido el ideal político el
joven se había transformado por amor a la Princesa Arkof, el juez creía
poder sospechar que el amor fuera otra vez la razón de aquel cambio. ¿Se
trataba de la antigua pasión por la Condesa, resucitada de improviso, o
más bien de alguna nueva aventura? Ferpierre no podía rechazar _a
priori_ la idea de que Zakunine había vuelto a amar a Florencia d'Arda,
aun después de haberla infligido tantos tormentos: en un espíritu como
el suyo, inclinado a los extremos, obediente a solicitaciones
contrarias, esa renovación sentimental era posible, especialmente desde
que la Condesa amaba a Vérod.