--Considere usted que el camino en que se había aventurado no tenía

salida--continuó el juez al cabo de una pausa.--La única esperanza

lícita para ella era que el Príncipe, reconociendo sus propias faltas y

repudiando la obra cruenta a que se había consagrado, correspondiese por

fin al amor y a la confianza que ella había puesto en él. Entonces, ese

habría sido el rescate de su pasión: aunque mala en su origen, habría

durado largo tiempo y producido un efecto bueno. Sin duda ya era tarde,

pero aunque no pudiera seguir amándole, debemos creer que habría vivido

ciertamente tranquila, si no serena. Fuera de eso, no existía el bien

para ella. Cuanto más débil era a los ojos del mundo la palabra que la

unía a aquel hombre, tanto más fuerte debía ser para su conciencia;

puesto que faltaba a esa unión la sanción social y sagrada, más fuerte

tenía que ser la sanción moral. No obstante los desengaños, los dolores,

los ultrajes sufridos por ella, debía permanecer fiel a aquel que había

aceptado como compañero de su vida. ¿Acaso las faltas del marido, por

extremadas que sean, autorizan a la esposa desgraciada a buscar la

felicidad con otros hombres? Si piensa usted en que el sentimiento de

este deber existía en ella reforzado por el empeño de demostrar a ese

incrédulo el poder de los escrúpulos escarnecidos por él, reconocerá que

la muerte debía presentársele de nuevo y fatalmente como el término de

su desventura. Para creer que pudiera consentir en unirse con usted,

debe usted admitir que sus escrúpulos no fueron muy sinceros... que

fuesen, más bien dicho, muy débiles. Yo sé que la pasión razona de

diferente manera; que, según el criterio común, nada debe resistir a la

fuerza de amor; pero si esto puede ser cierto en algún caso, lo será

tratándose de un amor primero, único: la continua renovación de

semejantes triunfos no se efectúa sino a costa de la dignidad, del

respeto, del honor, de una cantidad de otras cosas que importan

muchísimo en sí mismas. La amiga de usted había seguido ya su camino,

extraviada con no prestar oídos más que a la voz del amor, y si en el

fondo de su alma existía el laudable sentimiento del rescate que se

proponía operar, no por eso dejaba de comprender que había errado. El

amor de usted tenía que hacerla ver el abismo ya presentido por ella.

Usted mismo con la confianza y la única esperanza de poderla hacer suya

un día, la empujaba hacia ese abismo. Quería usted hacerla su esposa;

pero ¿era verosímil que, incitados ambos por la pasión y dadas las

condiciones en que ella se encontraba, hubieran sabido esperar? Quería

usted entrar en la vía recta, pero, ¿no habría sucedido que,

infaliblemente, se dirigieran los dos juntos por el camino extraviado?

¿No había ella de prever que le iba a ser imposible resistir?... Usted

es poeta; usted conoce la vida, usted estudia el corazón de los hombres

¿de qué le sirve su arte, si no le hizo ver anticipadamente todo esto?

El juez había hablado con mucha severidad. Roberto Vérod guardaba

silencio, inclinada sobre el pecho la cabeza.

--Pero volvamos a lo que urge por el momento; ¿no me ha dicho usted que

la vio la víspera de su muerte?

--Sí, por la tarde.

--¿En su casa?

--Sí.

--¿Qué le dijo usted?... ¿La habló usted de su amor?

Viendo que Vérod vacilaba en contestar, el magistrado insistió:

--Es necesario, repito, que usted sea sincero. El hecho que parezca

menos importante, una palabra, una nonada, pueden ponernos en el camino

de la verdad. Si la pasión impulsa a usted a castigar a un asesino, la

conciencia debe recordarle que la justicia no reconoce pasiones. ¿La

habló usted de su amor?

--Sí.

Y Roberto Vérod temblaba.

El último coloquio con su amiga, el más apasionado, el más íntimo, aquel

coloquio después del cual había esperado con nuevo fervor, era para él

la prueba de más peso contra los asesinos. ¿Podía pensar jamás en la

muerte de la mujer que lo había dejado hablar de un porvenir mejor? Pero

Vérod comprendía que, según las inducciones del magistrado, el valor de

aquella prueba resultaba invertido; que la contemplación de una próxima

felicidad, en la que creía, pero que sentía no poder alcanzar, era

justamente lo que la había determinado a dar el último paso. Y si el

magistrado tenía razón, la severidad de sus palabras estaba justificada;

pero más aún que la severidad de aquel hombre, lo confundía de manera

indecible la íntima conciencia del mal causado al ser por quien él debía

y había querido velar con todas sus fuerzas. Ya no gritaba de dolor,

como la víspera; pero sentía una mano de hierro que le oprimía, le

estrujaba y retorcía el corazón: se ahogaba, las palabras expiraban en

sus labios, pues tenía que decir la verdad y comprendía que ésta se iba

a volver en su contra.

--Sí, la hablé de mi amor... Hablamos de la nueva estación, del frío que

pronto nos ahuyentaría de aquí... Yo quería saber adonde pensaba ir,

dónde y cuando podría verla otra vez. Ella me dijo: «No sé todavía

adonde iré: tal vez a Niza, tal vez a Biarritz. ¿No será mejor

ignorarlo, por usted y por mí?...»

--¿Ve usted?... ¿Y después?

--Yo la dije: «Sea como usted quiera. De lejos, de cerca, piense usted

en que mi vida es suya...» Ella cerró los ojos. Yo continué: «Es la

verdal. ¿Debería ocultarla? ¿No me ha enseñado usted a decir siempre la

verdad? Por otra parte, ¿no la sabe usted ya?...» Ambos nos callamos. El

cielo se había obscurecido: ella miraba los vapores grises que subían

por las cuestas de las montañas y envolvían la vegetación: miraba el

lago gris y encrespado, que parecía de plomo; los árboles se doblegaban

al impulso del viento, perdían sus primeras hojas. Yo la acompañaba

mentalmente en su pensamiento elegíaco delante de la visión otoñal. Le

dije: «El color que parece del cielo está en nuestros ojos: el azul es

negro en la tristeza; en la alegría, el gris es celeste.» Una nube

azulina cruzaba por entre los vapores que rodeaban la montaña y parecía

un trozo de cielo. Ella contestó: «Sí, pero ese es un engaño: el cielo

está cerrado.» Yo repliqué: «Pronto se abrirá.» Poco a poco se fue

cubriendo todo el paisaje, todos los colores habían desaparecido, no se

veían otros tonos que el del blanco y el del negro: las montañas negras,

el agua plomiza, la espuma plateada; las nubes cenicientas, albas

nubecillas, nubecillas pálidas, nubes de color de hierro. Ella dijo:

«¿No parece una acuarela?» Yo aprobé, y luego añadí: «En esto hay tanta

belleza como cuando el sol resplandece.» Seguí hablando. Agregué que una

luz interior iluminaba mi vida entera, que mis ojos no veían ya por

todas partes más que formas de la belleza. Su pálida hermosura era en

este momento maravillosa, parecía reflejar toda la palidez de la

Naturaleza que nos rodeaba. La tomé de una mano. Un calor de vida se

transmitía de esa mano a todo mi cuerpo. Ella la retiró, palideciendo

más. Yo no dije nada, pero el llanto se me agolpó a los ojos. Ella me

dijo: «Comprenda usted que tenemos que separarnos.» Mi respuesta fue:

«Su voluntad será cumplida siempre. Si usted quiere, mañana partiré.

Esperaré desde lejos. Y si usted quiere que no espere, que no alimente

más esperanzas, trataré de olvidarla. Difícil ha de ser destruir la

esperanza que rige nuestra vida; y piense usted que mi placer, mi

orgullo, mi vanidad, consisten en ser tal como usted desea...» Todo

había desaparecido de nuestra vista: la blancura de las nubes, la

negrura de los montes se borraban y se confundían en un gris uniforme.

La lluvia comenzaba a caer. Ella se estremeció. Yo volví a tornar su

mano. Quería decirla que ese era el último saludo, que podía dejar su

mano en la mía por última vez. No pude hablar. Ella no retiraba la mano,

y yo seguía sin pronunciar una sílaba: un tumulto de ideas me

confundían...

--¿No notaba usted la terrible lucha que ella sentía en su interior?

Al oír esta interrupción, Vérod movió vivamente la cabeza.

--No sé, no sé... Demasiados pensamientos me asaltaban, y querían salir

a un tiempo, pero una idea me preocupaba sobre todas las demás: «Si

hablo va a retirar su mano.» El velo de niebla se iba evaporando ya, y

cuando el lago aparecía, las olas espumosas que se alzaban y se

deshacían en seguida, producían la misma impresión que dejan las

ascensiones rápidas, aturdidoras. Un trozo de cielo se mostró, como una

sonrisa. Yo la dije: «¿Ve usted el firmamento azul?...» Ella se levantó.

--¿Y después?--preguntó el juez al ver que el narrador se callaba.

Lo que el joven tenía que decir debía ser más grave, tenía que ser

contrario a la acusación, para que lo hiciera interrumpir así su relato.

--¿Y después? ¡Diga usted todo; es preciso decirlo todo!

--Ella habló del otro. Yo sabía que ya no era el amor, sino el deber lo

que la ligaba a él. Al levantarse me dijo estas palabras: «Yo no merezco

el amor de usted. La sinceridad que aplaudo y exijo a otros me ha

faltado a mi. Usted sabe, y yo le he dicho, que no soy libre... Pero el

hombre con quien estaba unida me había dejado, usted no le veía a mi

lado, ambos podíamos creer que no volvería más. Ahora... está aquí. Si

usted quiere que yo continúe estimándole, no me diga más nada...»

--¿Ve usted? ¿Ve usted?

--Yo la contesté: «Sea como usted quiera; pero ese hombre le va a dejar

a usted otra vez...»

--¿Ve usted? ¿Ve usted?--repitió el magistrado.--Si usted la dijo esas

palabras con el duro acento que usted me las refiere, ¿no pensó usted

que el odio que usted manifestaba tener a Zakunine debía inspirarle

miedo?... ¿No era natural que se dijese que, a pesar del respeto que

usted la tenía, su afecto por ella disminuiría ante la idea de que en el

hecho pertenecía al Príncipe? ¿Y qué contestó?...

Vérod había inclinado la frente. Bajando mucho la voz, dijo:

--Ocultó su rostro entre las manos.

--¿Y no se dijo usted en ese momento que ella tenía razón; que entre

usted y ella el amor estaba condenado a una triste vida? ¿No comprendió

usted que era necesario dejar a aquella mujer entregada a su destino, a

fin de evitar uno peor?

--¡No diga usted eso!--prorrumpió Vérod, fijando una mirada entre

humilde y ardiente en el rostro del magistrado.--¡No diga usted eso!...

Yo no sé, no puedo decir a usted lo que sentí... Sí, tal vez, esa idea,

y otras menos definibles, ocupaban mi mente: pero yo la amaba, veía que

ella pensaba en mí, que sufría por mí, y huir, dejarla sola, no decirla

el ímpetu de mi gratitud, de mi ternura, de mi compasión; no decirla que

temblaba por ella, que quería morir por ella, no mezclar mis lágrimas

con las suyas, ¡eso era imposible!

--¿Y la dijo usted eso?

--Debía decírselo. Ella me oyó. El temporal había terminado, el sol

resplandecía sobre la lozana verdura. La dije que la tempestad de su

vida se tenía que calmar algún día, y que ese día yo sería aún suyo.

Ella suspiró: «¡Si nos hubiéramos conocido antes!...» Yo seguí hablando.

Nada la pedía, pero deseaba y debía decirla que en el mundo nada hay

irreparable; que esta vida sería verdaderamente demasiado amarga si la

esperanza no la hiciera soportable. Otra cosa más cierta la dije, una

cosa muy triste: que hay más gozo en la expectación que en la obtención;

que por eso la esperanza es el mayor bien. La pregunté: «¿No cree usted

que es así?» Y ella me contestó: «Sí.» Esta palabra, la palabra del

asentimiento, fue la última que me dijo.

Ferpierre dejó que el eco de aquella voz apasionada se perdiera. Y

cruzando los brazos sobre el pecho, habló lentamente, después de un

breve silencio:

--Resumamos. Todavía no tenemos testimonios que nos iluminen con la

verdad, pero quiero creer que de un momento a otro se podrá hallar la

prueba irrecusable de la acusación formulada por usted. Quiero conceder

que cuando hayamos leído la carta dirigida a sor Ana Brighton, en esa

hoja escrita por la Condesa dos horas antes de su muerte, encontraremos

que no solamente no hablaba de morir, sino que, por el contrario,

expresaba su certidumbre de una felicidad inmediata. Pero hoy por hoy,

si la lógica ha de valer algo, tenemos que creer en el suicidio.

Como Vérod no contestara y siguiera mirándole tímidamente, el juez

continuó:

--Ese último coloquio, cuya importancia no quiere usted reconocer, es

suficiente para explicar la catástrofe. Yo presentía que entre ustedes

debía haber ocurrido algo que a los ojos de ella fuera un obstáculo que

se cruzaba en su camino. Si la desgraciada se había forjado ilusiones

sobre la posibilidad de una amistad pura, las últimas palabras de usted

debieron desengañarla. Todos los argumentos que usted la adujo, son

sofismas consuetudinarios de la pasión. Usted nada la pedía: lo mismo

había dicho el hombre por quien ella se perdió. La lógica de la vida

era, en realidad, la que éste le había revelado con crudeza: «Quien

tiene hambre debe saciarla.» Si es verdad que la esperanza es el mayor

bien, no gozamos de él sino mientras creemos seguir el objeto: nadie en

el mundo se consuela imaginándose un bien que jamás obtendrá.

Lógicamente, necesariamente, la Condesa debía caer en un nuevo error. Y

digo error, aunque también podría decir culpa. Yo no dudo de la honradez

de las intenciones de usted; pero su debilidad y la de ella, habrían

hecho que, llegado el momento, cayeran en el olvido. El ardor del deseo

impulsaba a usted a contraer un compromiso del que forzosamente se

habría arrepentido después. Y aun sin la previsión del arrepentimiento

de usted, ella veía cerrado a su paso el camino que conducía al nuevo

gozo. Todas estas ideas que la desgraciada había examinado

detenidamente, debían presentársele con mayor urgencia, más

impertinentes, más funestas después de lo que usted la dijo. ¿Qué

momento escogió usted para hablar? El más grave. El hombre con quien

estaba ligada volvía a su lado, y se había reformado: tenemos la

declaración de Julia Pico, de la que resulta que el Príncipe comenzaba a

portarse mejor con ella. Si, pues, la Condesa había podido pensar antes

que sus vínculos con el Príncipe se habían desatado con el abandono en

que éste la había dejado, ya en ese momento no podía considerarse libre.

El deber de continuar con el hombre a quien se había entregado para

siempre, y que demostraba por fin saber apreciar su amor, ese deber

tenía que surgir de nuevo más imperioso. Al dejar a un hombre que la

traicionaba, podía haber encontrado alguna justificación, y, además,

éste no había de echarle en cara la instabilidad de aquella fe a que

había querido convertirle: por otra parte, en el caso de que hubiera

querido dirigirla algún reproche, ella habría sabido cómo contestarle,

dadas las circunstancias. Pero abandonándole cuando él volvía en su

busca, habría sido doblemente culpable. Y seguir con él era cosa que no

podía hacer, pues ya no le amaba; su amor era para usted. Y en los ojos

de usted, en su voz, donde al principio, cuando estaba sola, había leído

únicamente el amor y la compasión hacia ella, vio de improviso palpitar

el odio contra el hombre que se presentaba a impedir la felicidad

ambicionada. Entonces, no sólo pensó en que iba a perder en la estima de

usted, sino que temió también ser causa de otros males al empujar a dos

hombres a odiarse, probablemente a matarse. Pocas horas después de

semejante tempestad moral, aquella mujer, que además se halla

incurablemente enferma, cuyo pecho está atacado de un mal sin remedio,

que no tiene a nadie en el mundo, ni padre, ni hermano, aleja con un

pretexto a la compañera que siempre ha velado por ella, y en seguida la

encontramos muerta, con una arma al lado, el arma que la pertenecía,

que ella misma guardaba el arma con que ya había pensado buscar el

último reposo: ¡yo tengo que decir, usted tiene que reconocer que esa

mujer se ha matado!

Ferpierre había hablado con mayor dureza aún, cual si el hombre que se

hallaba en su presencia fuera el acusado, no el acusador. Y la actitud

de Roberto Vérod era la de un culpable: inclinada la frente, una mano en

el pecho, parecía doblegarse bajo el peso de la reprobación de los

demás, de su propio remordimiento.

--¿Nada dice usted? ¿No reconoce usted la justicia de mis razonamientos?

--¡No!--prorrumpió el joven, levantándose de un salto y casi en actitud

de desafío.--¡No es así! ¡Yo no puedo creerlo, jamás lo creeré!... Esas

fueron sus ideas, cierto; pero sobre sus ideas de muerte, más alto, más

potente, debía estar y estuvo, el pensamiento de la vida y del amor. A

mí tampoco me habría costado nada darme la muerte antes de conocerla. Yo

tenía razones para odiar la existencia...

--¿Las mismas razones que se la hacían odiar a los veinte años?

Perpierre dijo estas palabras casi movido por un ímpetu inconsciente.

Aunque la severidad de su cargo debía impedirle recordar sus antiguas

relaciones con el acusador, una instintiva curiosidad por saber si el

joven se acordaba todavía de él, lo hacía invocar lo pasado.

--Las mismas--contestó Vérod, mirándole en los ojos;--pero más urgentes,

más desconsoladoras que las que usted recuerda. Usted me conoce, ¿no es

cierto? Yo también lo he reconocido en el acto. Usted sabe que yo vi

demasiado temprano la miseria, el vacío, el horror de la vida.

--¿Por qué causas? ¿Es usted pobre? ¿Ha sufrido usted injusticias de los

hombres o del destino? ¡Sí, me acuerdo de usted; pero no sé, ni cómo iba

a saber lo que le han hecho!

El magistrado experimentaba una especie de placer en hostigar al

pesimista, en obligarle a reconocer su error.

--Nada me han hecho. Pero yo lloraba por todo. Estaba enfermo, sí, no

cabe duda: pero enfermo del alma, no del cuerpo. Ella fue mi salvación.

Después de haberla visto me sentí renacer. Tal es el poder del amor: la

sola existencia de un ser amado es una razón, la más poderosa razón para

vivir.

--¿Y eso es verdad, tratándose de cualquier amor?

--¡No me hable usted de los obstáculos! Sí; yo odio, yo execro, yo

querría, como ya he querido, matar al hombre que me la arrebató, y el

odio transpira en mis palabras. Sí; ella me dijo lo que usted ha

pensado, todo lo que el razonamiento ha hecho a usted descubrir, y

comprendiendo que la existencia de ese hombre era un obstáculo para

nuestra felicidad, la hablé de mi odio. El amor, el amor recíproco crece

en presencia de los obstáculos, trata de apartarlos, no cede. El amor

aguarda, mantiene esperanzas. Es verdad: ella tembló cuando me oyó

hablar así, pero eso no le impidió reconocer que podía, que debía

esperar. Todavía no he dicho a usted todo lo que medió entre nosotros.

Dos días antes de nuestra última entrevista, la acompañé al monte

Chesand; bebimos en una fuente; yo después que ella hubo bebido, apuré

de su copa el agua que había dejado: me pareció que oprimía sus labios

con los míos. Ayer cuando me autorizó a esperar, la tomé una vez más la

mano, y se la besé con avidez. Ella se estremeció, pero no la retiró. Yo

conocí que ya era mía, que me habría sido fácil coger otro beso en la

flor de sus labios. ¿Y al día siguiente, pocas horas después, se habría

de dar la muerte?

--¡Pues sí! ¡Pues sí!--replicó prontamente el juez, viendo que en el

calor de la defensa Vérod se descubría.--¡Pues sí, pocas horas después!

Porque ¿sabe usted cuál es el amor que sugería a usted esa moderación

que usted cree inspirada por el amor respetuoso y obediente? ¡El amor

dominante, egoísta! ¡Porque, esos placeres, de que usted gozaba, que le

hacían prever otros mayores, debían a ella aterrarla!... Ella era

también de carne y hueso, y al verse junto a usted se sintió sin fuerzas

para resistir a la pasión exigente: ¡después, a solas con su propia

conciencia, oyó su voz imperiosa! Toda la última parte de su diario está

llena de la idea de la muerte. ¿Se asombra usted de que, viéndose en un

camino sin salida, pusiera esa idea en práctica?

--Lo dijo, lo escribió; pero, en el momento de ejecutar el acto, la idea

de Dios debió detener su mano.

--¡La idea de Dios le detuvo muchas veces la mano; pero llegó un momento

de dolor intolerable, y se mató!

--¿Sin dejarme una palabra? Ella que sabía que me había devuelto a la

vida, ¿habría destruido de un golpe el efecto de sus enseñanzas? Usted

dice que, matándose, ha querido substraerse al mal; pero ¿cree usted que

al hacerlo ha hecho bien?

El magistrado a su vez se quedó sin responder, y Vérod, comprendiendo

que por fin había obtenido en aquella lucha una ventaja, continuó:

--Ella pensaba y escribió que en algunos casos se puede huir de la vida

sin merecer reproche; pero podrá darse muerte el que está solo, no aquel

de quien depende otro. ¿No acaba usted de leer sus palabras? «Hay en el

amor algo grave: que cada amante no es solamente responsable de sus

propias acciones, sino también de aquellas a que impulsa a su amado.» ¿Y

ella me habría dado el ejemplo de la muerte?... Yo creo en la hermosura

de su alma; en otra cosa no creo. Y la certidumbre que tengo de que no

se ha matado, aumenta mi culto por ella.

--¿De modo que el deber de no dejar a un hombre con quien se había

desposado con el corazón, era un pretexto?

--No se había desposado realmente con él.

--¿Nada significaban entonces aquel vínculo, puesto que la ley no lo

había sancionado?

--¿Usted cree en la bondad de las leyes humanas, en su perfección? ¿Cree

usted que la salvación consista en observarlas fielmente?

--¿Lo duda usted? ¿Y esos son los principios que usted propaga con sus

libros? ¿Y profesando esos principios tiene usted tanta aversión al

nihilista? ¿No sabe usted que ustedes los negadores, los pesimistas, son

los maestros, los incitadores de todos esos espíritus audaces a quienes

no bastan las especulaciones abstractas, sino que traducen en actos,

lógicamente, los razonamientos que ustedes predican?

--Yo no niego las leyes: lo que digo es que éstas no resuelven las

dificultades dentro de las cuales estamos condenados a movernos; las

agitan y nada más. Y aunque hubiera estado legalmente unida a ese

hombre...

--¿Usted habría tenido el derecho de seducirla, de quitársela? ¿Podía

ella haber faltado a su palabra?

--No se puede jurar un amor eterno...

--¿Y usted se lo juraba a ella?

--No se puede amar a quien no ama.

--¿Diría usted lo mismo si fuera usted el abandonado?

Y como ante esta sólida argumentación el joven permanecía mudo y

confuso, el juez repuso en tono diferente:

Espasmo · 第 8 / 16 段