vivo fruto de sus entrañas, a la mejor parte de su ser!
»La desgracia de la vida consiste en la idea de la felicidad.
»La persona que sigue a la tumba a un ser adorado ¿será pasible de
castigo? ¿Es un delito en un hijo, en un esposo, morir con el padre o
con la esposa? ¿Un acto tan hermoso es condenable? ¡Si yo hubiese muerto
con mi padre!
»Rogar a Dios que nos envíe la muerte, esperarla como una salvación,
desearla como una recompensa, ¿no es casi como dársela? ¿Es acaso tan
grande la distancia que separa la vocación ardorosa del acto? Si el
acto es una culpa ¿cómo podrá ser consentida la intención suplicante?...
»No tendré que esperar mucho; la obra de destrucción está ya adelantada:
el dolor muerde mi pecho con mayor saña. Pero cada día, cada hora que
pasa, me hacen mucho daño.
»Hay coincidencias que parecen, advertencias, consejos, complicidades,
del destino. ¿Por qué ha venido esa arma a mis manos, precisamente
cuando sentía su falta?...»
Todos estos párrafos en que la infeliz discutía consigo misma el
problema del suicidio, demostraban que ya no tenía más esperanza que la
de la muerte. Más allá transcribía una sentencia que había leído en un
libro:
«Cuando vivo bajo las leyes, tengo la obligación de cumplirlas; pero,
¿pueden aún obligarme cuando estoy fuera de ellas?» (Montesquieu.)
Este juicio había debido parecerle singularmente adaptable a su propia
situación. No obstante todos sus razonamientos contrarios, debía ver que
el suicidio es un mal, y que la ley moral ordena soportar pacientemente
la vida hasta el último día; pero este mandamiento podía valer para
quien había obedecido a todos los otros; ella, que había infringido ya
uno mucho más grave, debía sentirse desligada de esta obligación, y
además, cuando pensaba en matarse, quería imponerse un castigo.
«¿Sería tiempo?» se preguntaba en otro párrafo. Cierto; cuando vea que
todos los otros remedios son imposibles, cuando la esperanza haya muerto
del todo, podré ejecutar este acto; pero ¿soy yo buen juez de la
oportunidad del momento? ¿No parece con frecuencia que un cuerpo
viviente está próximo a disolverse bajo la acción de un mal implacable,
y después la Naturaleza encuentra en sí misma la fuerza necesaria para
hacerlo revivir? La vida, tan abundante y fecunda ¿no puede resolver de
un modo inesperado una situación al parecer sin salida? ¿No debería la
esperanza ser la última en morir? ¿Me toca entonces esperar?...»
Persuadida de la conveniencia de hacerlo había esperado; pero ¿qué había
conseguido con ello?
Después de algunas páginas en blanco, el juez halló este pensamiento que
le llamó la atención:
«El gozo no tiene tanta virtud para hacer olvidar el dolor, como un
nuevo dolor.--_La noche del 12 de Agosto_.»
Entre las dos hojas había algunas flores secas, rígidas y descoloridas,
a guisa de señal.
Esas flores y la fecha puesta debajo de aquellas palabras, hicieron
pensar a Ferpierre que se trataba de algún suceso más digno de atención,
al cual la Condesa atribuía especial importancia. Continuó leyendo y
encontró otro párrafo en el que se detuvo mayor tiempo. La difunta no
expresaba su propio pensamiento: copiaba otra vez algo de un libro:
«Nada contribuye tanto a hacer desagradable la vida, como un segundo
amor. El carácter de eternidad, de la infinidad que lleva consigo el
amor y lo levanta sobre todas las cosas, se ha desvanecido ya: el amor
parece efímero como todo lo que comienza de nuevo.» (Goethe.)
Ferpierre recordaba muy bien este juicio del poeta alemán: ¿podía la
difunta haberlo citado sin aplicárselo a sí misma? Y la duda que había
expresado a Vérod comenzaba a tomar consistencia. ¡Sí la Condesa había
copiado esa desconsolada sentencia después de haber conocido a Vérod
cuando se encontraba turbada por una simpatía aun inconsciente, era
necesario creer que no esperara hallar en el segundo amor una
compensación sino un motivo de pena! Después de haber esperado, después
de haber querido esperar en la vida ¿qué obtenía de esto? ¡No una ayuda,
sino el último desastre!
La sentencia del poeta significaba que el segundo amor está condenado
irremisiblemente, porque alucinarse con la profundidad del nuevo afecto
no es posible para el corazón que ya ha visto la muerte del primero. Los
salvajes de América creían inmortales a los primeros europeos que
llegaron a conquistar el nuevo mundo, y por eso los juzgaban
omnipotentes, hasta que al ver sucumbir el primer español reconocieron
el engaño y cesaron de venerarlos...
Pero la certidumbre expresada por Goethe y afirmada después por la
Condesa d'Arda ¿qué podía valer contra las persuasiones del instinto
vital? ¿A cuántos impide amar nuevamente el saber que el nuevo amor
terminará como el primero? La certidumbre de morir que se tiene ¿es
acaso una razón para suicidarse? Aquel que concibe la triste verdad vive
mal, pero sin embargo vive, porque los instintos son más persuasivos que
las concesiones abstractas... la capacidad de refrenarlos consiste
solamente en la sanción moral.
La condición en que se hallaba la Condesa, la falta de alguna obligación
escrita que la vinculara indisolublemente al Príncipe, el ejemplo que le
daba su indigno amante, tenía natural, humanamente, que impulsarla a
buscar en el nuevo amor un consuelo y un goce cuya caducidad, común a
todas las cosas humanas, no podía ni debía detenerla. Lo que ocurría
consistía en que mientras era libre ante los hombres, se había vinculado
ante su propia conciencia, sin el auxilio del rito, pero con sinceridad
completa. Cierto que se había puesto fuera de las leyes, pero con el fin
de hacer que volviera a ellas quien las había abandonado y desconocido,
y si había recibido de éste el ejemplo del mal, había sido por darle el
del bien. Alimentar ese nuevo amor no era, por lo tanto, posible, sin
renunciar a las atenuaciones que, en la ambigüedad de su estado, la
substraían a la condena o la permitían por lo menos, abrigar la
esperanza de que podría evitar su rigor. «Esta idea me convenció: que
para las almas, fuertes no se necesita que la ley esté escrita en un
libro: basta comprenderla.» ¿Era posible que hubiera olvidado sus
propias palabras, el sentimiento que se las había dictado? Si aquel
sentimiento era sincero y sano; si el alma de aquella mujer fuera tan
elevada y fuerte como aparecía en las declaraciones de los testigos y en
las páginas del libro, no sólo era posible que se hubiese dado la
muerte, sino que el suceso debía haber sido casi previsto.
Antes de haber encontrado a Vérod, su corazón estaba oprimido, su vida
llena de amargura, todos sus esfuerzos habían fracasado; pero, sin
embargo, aun podía respetarse. En la amargara del desengaño había
podido, sí, censurarse y declararse vil, afirmando que se había unido
con el Príncipe Alejo, no por cumplir un noble propósito, animada de un
sentimiento purísimo, sino sencillamente por satisfacer su propia
concupiscencia, y hasta debía decirse que ese su propio fallo era
atenuado. Una segunda caída no solamente no tenía excusa alguna, sino
que además habría confirmado ni escéptico juicio que se había formado de
ella su primer amante:
«Tu sacrificio te duele; quieres obtener una compensación y la buscarás
en otro amor: no lo dudes, alguien te lo ofrecerá...» Estas palabras de
Zakunine que la habían humillado y ofendido cuando no eran más que una
escéptica previsión, habrían sido confirmadas por el hecho, expresado la
realidad, si ella hubiera cedido al amor de Vérod: entonces el
escéptico, el negador, el blasfemador hubiera tenido razón; la fe en que
la creyente se sostenía contra él se había reducido como él quería
reducirla, a una mentira, a una hipocresía.
Ferpierre se repetía a sí mismo que el suicidio, en tales condiciones,
no era solamente posible, sino hasta casi necesario. Ya por otras
razones había reconocido su verosimilitud en una naturaleza melancólica
y contemplativa como aquélla, en una alma habituada a mirar asiduamente
dentro de sí misma, a estudiar sin miedo, y más bien con una especie de
complacencia los problemas de la vida. Y a la luz de estas deducciones
hallaba nuevos indicios en las últimas notas del diario, allí mismo
donde por la mañana el juez de paz había buscado, sin encontrar, la
confesión de la muerte voluntaria. La desgraciada no confesaba que se
mataba; pero el significado de las últimas palabras parecía en ese
momento más claro a Ferpierre:
«Es preciso que la fe sea muy robusta y busque y halle un modo de
afirmarse contra la duda triunfante...
»La mayor tristeza consiste en tener que renunciar a la esperanza.
»La última esperanza...»
«...Al dilema pavoroso: vivir pecando, o...»
Estas eran las últimas palabras. ¿No debía completarse la frase de esta
manera: «o morir para evitar el pecado?»
V
DUELO
La lectura de las memorias había demostrado al juez Ferpierre que la
Condesa d'Arda se encontraba en situación de tener que pensar en la
muerte como el único término de su desventura. Pero esto no impedía al
magistrado comprender que debía considerar el otro aspecto del problema
y profundizar los argumentos aducidos por Vérod contra la hipótesis del
suicidio. En ese nuevo amor que la Condesa combatía con la previsión de
la caducidad y más aún con la conciencia del mal, había grandes
perspectivas de gozo, la mayor incitación a vivir; el mismo empeño con
que ella se imponía su privación, demostraba su fuerza y además no
existía una explícita confesión del intento del suicidio, y, por lo
tanto, quedaba siempre la posibilidad de que, no habiéndose matado al
principio, en el largo tiempo transcurrido desde que había conocido a
Vérod, tampoco se hubiera dado la muerte al último, sino que hubiera
sido asesinada por uno de los rusos: el asesino aprovechaba así la
verosimilitud del suicidio y escaparía a la acusación.
Para aclarar el misterio, convenía conocer con precisión las relaciones
que habían mediado en los últimos tiempos entre la Condesa y el joven,
cuáles habían sido las instancias de él, cuáles las promesas de ella.
Las cartas escritas por Vérod a la Condesa, dos o tres por todo, nada
decían de notable: expresaban solamente la gratitud del joven por la
visita al sepulcro de su hermana, y el deseó y la esperanza de verla de
nuevo. Ninguno de los otros papeles de la difunta arrojaba la menor luz:
los más importantes eran un legajo de cartas de aquella sor Ana a quien
la Condesa había escrito la mañana misma de la catástrofe.
Sor Ana la trataba verdaderamente como a hija, y en sus palabras de
consuelo, en sus llamamientos a la fe cristiana, se comprendía que
contestaba a algunas cartas en que la muerta le hablaba de sus dolores y
de su desesperación.
Ferpierre había dispuesto ya, por intermedio de la legación inglesa en
Berna, que se buscara a la hermana Brighton en Nueva Orleans, donde
estaban fechadas sus cartas, para saber por ella lo que su antigua
discípula la había escrito el día de su muerte. También había ordenado
que el domicilio de la difunta en Niza y el del nihilista en Zurich
fuesen registrados, y había pedido informaciones sobre Zakunine a la
legación de Rusia.
Mientras tanto, hizo el magistrado llamar a Vérod, para que le explicara
con precisión cuál había sido su situación tocante a la Condesa. El
acusador había dicho, en el primer interrogatorio, que la víspera de la
tragedia se había encontrado con ella y que nada le había hecho
sospechar lo que iba a suceder al día siguiente: el juez consideraba
urgente saber lo que se habían dicho en este último coloquio.
Cuando Vérod se le presentó, Ferpierre se sintió impresionado por su
palidez cadavérica, por el abatimiento que toda su persona revelaba.
Aquella noche de angustia había pasado por sobre el joven como una
década entera: se había envejecido diez años.
--¿Sigue usted todavía--comenzó a preguntarle el juez--en la misma
opinión de ayer? ¿Cree usted todavía que su amiga ha sido asesinada?
--¡Lo creo!--contestó Vérod con energía, estremeciéndose como el herido
que siente el hierro revolverse en la llaga.
--¿Y ha encontrado usted otras pruebas o argumentos que confirmen su
acusación?
--Todavía no.
--Pues bien: conversemos un momento. Sí no encontramos alguna
demostración material de la verdad, lo que parece demasiado probable,
resulta que estamos empeñados en un proceso indicador, cuya solución
depende de un problema psicológico. Lo que importa ante todo, es conocer
el estado de espíritu de la Condesa en los últimos días. Pero dígame
usted primero: ¿se acuerda usted bien de todo lo que aconteció entre
usted y ella desde que la conoció?
--De todo. Cada una de sus palabras está impresa en mi memoria de una
manera indeleble, y nada podrá hacerme olvidar jamás una sola de ellas.
--¿Qué día la conoció usted?
--El 13 de julio del año pasado.
--¿Recuerda usted alguna fecha saliente en la historia de su amistad con
ella? ¿Sucedió algo entre ustedes el 12 de agosto?
Roberto Vérod se pasó una mano por los ojos antes de contestar, y luego
dijo en voz baja:
--Sí. Estuvimos juntos. La acompañé a la montaña.
--¿Qué le dijo usted?
--Nada. Había otras personas con nosotros. Yo hablé poco, y además, si
hubiéramos estado solos, no le habría dicho nada. Esto no quiere decir
que yo no experimentara el deseo de decirle cuáles eran mis
sentimientos, pero las palabras eran ese día más superfinas que de
costumbre. En el bosque de Comte, bajo la luz verde, entre las altas
columnas de los árboles, se me aparecía como una prodigiosa flor
animada, su belleza florecía como la flor de la vida. El aire estaba
lleno de perfumes. Yo cogí muchas, muchas flores para ella, y sólo éstas
podían decirla mi pensamiento, cuando se las ofreció mi mano temblorosa,
después de haberlas cogido en las faldas de los montes. Pronto tuvo la
cintura enteramente florida, y en su mirada florecía también una
sonrisa...
--Pues bien; mire usted, lea...
Ferpierre tomó el diario, lo abrió en la página en que había encontrado
las flores y lo pasó al joven.
«El gozo no tiene tanta virtud para hacer olvidar el dolor, como un
nuevo dolor.--La noche del 12 de agosto.»
Roberto Vérod contemplaba las flores muertas, y releía con los ojos
enjutos aquel mortal pensamiento. Ya no podía llorar.
--¿Comprende usted, el significado de estas palabras?--repuso
Ferpierre.--Me parece que es demasiado evidente. Mientras se encontraba
junto a usted, ante el homenaje que usted le rendía, al descubrir el
amor que usted le profesaba, se sentía aliviada de su larga opresión y
pensaba por virtud de su nuevo gozo olvidar el dolor; pero más tarde, en
la noche, reflexionando a solas sobre su condición, reconocía que no
podría corresponder a la pasión de usted, que tenía que renunciar a la
felicidad tan esperada, y que, si su antiguo dolor se desvanecía, esto
no era obra del gozo, sino muy al contrario la de un dolor más grande.
La tristeza de este pensamiento es en verdad mortal, y ella ha sabido
expresarla en una forma incisiva que daría envidia a cualquier escritor
de profesión.
Ya al leerlo había sospechado que se refiriese a sus relaciones con
usted, y ahora, después de lo que usted me ha referido, la verdad me
parece evidente. Vea usted, pues, que el nuevo amor no era para la
desgraciada señora un motivo de esperanza, sino de desesperación
extrema.
Vérod había escuchado inmóvil, teniendo todavía apretado entre las manos
el diario de la difunta, y no pudo contestar de otro modo que
balbuceando, confuso, y casi despavorido:
--¿Usted cree?...
--¿Cómo dudarlo? Lea usted las páginas siguientes.
Mientras el joven leía mentalmente, el juez trataba, en vano, de
descubrir en su rostro el efecto de la lectura. Tal era la alteración de
las facciones, tan torva la mirada, las ojeras tan profundas, los labios
habían tomado una expresión tan dolorosa que la tristeza no podía ya
extraer una lágrima de los ojos ni trazar una nueva arruga en el rostro.
--Ya ve usted que mis inducciones de ayer resultan confirmadas por estas
confesiones. Su amor acrecentó la pena de esa pobre mujer, lejos de
consolarla. ¿Usted no sospechó nunca esto?
Vérod dejó el libro, apoyó la frente en la mano, y contestó lentamente,
como hablando consigo mismo:
--Yo esperaba, y creía que ella también mantuviera esperanzas.
Precisamente de las esperanzas, hablamos un día y yo dije que no todas
tenían la misma fuerza. Las hay tan firmes como la certidumbre más
cabal: éstas se pierden en el dolor, en la miseria. Pero hay también una
esperanza lejana, tenue, frágil, que mantenemos siempre oculta porque un
soplo la desvanecería: esa es la esperanza que jamás muere, que nada
impide abrigar. Esto la dije yo. Ella asintió. Y al asentir ¿no
participó de mi secreta idea, de que para nosotros lucía aún una
esperanza como aquélla?
--Usted me dijo ayer que, aparentemente libre, la Condesa había
contraído consigo misma un compromiso irrevocable, en el cual encontraba
el obstáculo para su nuevo amor. Tal era, en el hecho, su sentimiento y
en muchos párrafos de este diario se encuentra su evidencia. Pero la
fuerza del escrúpulo era en ella mucho mayor de lo que sin duda usted
creía. Si no, oiga usted...
Y Ferpierre leyó en voz alta las páginas de la memoria más
significativas. El sentido de las confesiones le parecía esa segunda vez
más claro, la lucha de aquella conciencia más grave. Para demostrar a
Vérod la sinceridad de la narradora, leyó todavía otros párrafos,
aquellos en que estaban descriptas las ingenuas impresiones de la
adolescente y de la esposa. Poco a poco iba reconstruyendo para Vérod la
historia completa de aquella alma, como la había reconstruido para sí
durante la primera lectura.
--Hay que creer lo que ella misma escribió aquí. Si a usted no le dijo
estas cosas, si usted pudo comprender que no desesperaba, eso se explica
humanamente. Ni la mente ni el corazón se mantienen siempre en una sola
idea, en un solo sentimiento, sin mutación: la fuerza moral crece y
disminuye de un momento a otro. En presencia de usted la Condesa podía
sentirse menos armada contra las ilusiones: pero a solas, cara a cara
con su conciencia, volvía a hallar la fuerza de resistir. Fíjese usted
también en esta circunstancia: ella, que consignaba en las páginas de su
diario todas sus impresiones, no habla directamente de su amor por
usted: a no ser por las palabras escritas la noche del 12 de agosto y el
juicio copiado de _Verdad y Poesía_, no sabríamos, guiándonos por este
libro, lo que había agravado su condición. Eso demuestra con claridad
que tenía miedo de esta pasión...
--¿Y no demuestra también la fuerza de la misma pasión?
--Sí, es cierto; pero para saber por que partido debía por fin
decidirse, es preciso que yo le exhorte a usted a ser sincero: ¿qué fue
lo que le pidió usted, y hasta qué punto llevó usted sus demandas?
Antes de poder contestar, tuvo Vérod que oprimirse la frente con ambas
manos. Mientras el juez le leía el libro, él iba penetrando los secretos
del ser amado, casi reviviendo su vida, y se sentía invadir por un
amargo encanto. Su adoración por la belleza de aquella mujer, su
compasión por sus sufrimientos aumentaban y le embargaban hasta el punto
de olvidar cualquier otro sentimiento: poco faltaba para que olvidara
que estaba muerta. Al oír otra vez la acusación de haber sido él quien
la había muerto, se despertó bruscamente de su ensueño.
--¿Qué podía pedirla? ¿Se imagina usted que yo fuera exigente con ella,
yo que huí de su presencia apenas temí que mis miradas me vendieran?
¿Cree usted que yo intentara violentarla, y que se haya muerto por
substraerse a mi violencia?
Esa era, efectivamente, la sospecha del juez. La condición en que la
Condesa y Vérod se encontraban podía durar, por más que fuera bastante
ambigua, siempre que nada interviniera de la parte del joven para
alterarla. Y al juez no le parecía increíble que Vérod, sintiéndose
amado, se satisficiera con sólo la amistad pura: si el artista había
puesto en juego el sutil expediente de la poesía para seducir a aquella
mujer, si había ennoblecido con la magia de la expresión literaria su
descontento y sus deseos, la Condesa d'Arda había podido, despertándose
del sueño de un afecto paternal, encontrándose inevitablemente en el
terrible dilema de vivir pecando o de morir para evitar la culpa,
aferrarse al más desesperado, pero menos indigno de los extremos.
--No quiero decir que usted haya sido violento con ella, ni tampoco
tratándose de un espíritu como el de su amiga, con la dolorosa
sensibilidad que la aquejaba, la violencia habría tenido eficacia para
dominarla. Con sólo la natural vivacidad de la pasión, con una de
aquellas ardientes palabras que el amor inventa y a ustedes los poetas
no les cuesta mucho emplear, debía bastar para arrancarla de la ilusión
que la seducía, para demostrarle que era inevitable la transformación de
la amistad que la ligaba con usted, y a darle, con la previsión del mal,
la idea de substraerse finalmente a una vida demasiado afligida por el
dolor. Eso no habría hecho que usted descendiera en su concepto: ella
debía pensar que en usted, como hombre, era natural la impaciencia del
deseo, que el error había sido suyo, por no haberlo previsto.
--Tiene usted razón--contestó Vérod, meneando lentamente la cabeza.--Eso
era natural. Usted no puede creer que una cosa natural no hubiera
llegado a realizarse. Usted no creerá que huí de ella, que la respeté,
que la obedecí. Usted no sabe la transformación que por la virtud de esa
mujer se ha operado en mí.
--Hábleme usted de eso.
--Es difícil. Porque yo tengo la costumbre de dar forma literaria al
pensamiento, usted encuentra probablemente en mis palabras la
exageración del artista. ¿No ha sospechado usted ya que he recurrido a
los artificios del arte para expresarle mis sentimientos?
Era verdad. Por más que Ferpierre se inclinara a compadecerse
sinceramente del dolor de Vérod, desconfiaba de él. Aquel hombre parecía
mejor que sus obras, pero su arte era demasiado amargo y desesperado.
Del más noble y eficaz instrumento, de la palabra, se servía para una
obra disolvente. ¿Cómo creer en su bondad?
--No digo--contestó el juez, sorprendido, mal de su grado, por el
clarovidente temor del joven,--no digo que, deliberadamente, con
estudio, se hubiera usted dedicado a seducirla. Pero todos los
hombres...
--No crea usted que yo sea un hombre distinto de los demás--interrumpió
Vérod.--La naturaleza de cada uno de nosotros es doble, y las fuerzas
morales están latentes hasta en los espíritus incultos: para que puedan
obrar se necesita que sean educados y guiados por otros espíritus
naturalmente mejores y más fuertes. Aquel ser me reveló cosas que yo
ignoraba. Si usted cree en la verdad, la verdad es ésta...
Y con voz trémula, fija la vista en el suelo, le refirió la historia de
su amistad con la Condesa. El magistrado le escuchaba con atención más
indulgente; pero todavía le quedaba el temor de que por vengar a la
muerta y perder al rival, el acusador callara alguna circunstancia y se
exhibiera mejor de lo que era en realidad.
--Usted abrigaba, pues, una esperanza, por débil y remota que fuera.
Pero ¿cómo no pensó usted que para ella era motivo de temor lo que para
usted era motivo de esperanza? Un nuevo vínculo amoroso tenía que
envilecerla.
Roberto Vérod miró a su interrogador cara a cara.
--Yo quería hacerla mi mujer ante Dios y los hombres.
Ferpierre hizo un movimiento de cabeza con el que parecía indicar que en
tal caso retiraba su observación.
--Pero--repuso,--ella quería ser digna del respeto de usted y no podía
esperar conseguirlo sin la aprobación de su propia, conciencia. Note
usted que lo que atenuaba la ilegalidad de sus relaciones con el
Príncipe, era precisamente la idea, la certidumbre de estar unida con él
irrevocablemente. Y al dejarlo, aun cuando fuera para contraer una
unión legítima, ¿no había de ver que contrariaba esa idea y destruía
aquella certidumbre? El obstáculo, si usted cree en la rectitud del alma
de la Condesa, debió parecerle enorme. ¿No es cierto?
Vérod no contestó. Francisco Ferpierre vio que había acertado el golpe.