había acogido ¡era el hombre, no la mujer! Las últimas palabras: «No soy
sincera, no lo digo todo...» ¿significaban acaso que no acusaba a su
marido, porque tampoco ella, por su parte, se sentía limpia de pecado?
Por más que el juez con su experiencia creyera pocas cosas imposibles,
por más que hubiera previsto ya el día en que el tranquilo afecto de un
marido demasiado viejo no bastaría a la esposa demasiado joven, la idea
de que la Condesa hubiera podido caer le repugnaba. Había cobrado
Ferpierre tal afecto a la persona de la difunta al leer su historia, la
veía tan noble y pura, sentía en todas las páginas de aquella confesión
una sinceridad tan ingenua, que el sentido de la reticencia aparecía
naturalmente justificado. «Tenía miedo de pensar. No soy sincera, no lo
digo todo...» ¿No pensaría, en el momento de escribir esas palabras, que
la traición del marido a quien ella había dedicado todo su amor, la
traición de quien había dudado de su amor creyéndole indigno de
poseerlo, de quien había prometido dedicar toda su vida a merecerlo, a
conservarlo, era en él una grave culpa, y para ella un castigo
inmerecido? ¿No pensaba que aquel hombre había mentido o se había
vanagloriado de una fuerza que le faltaba? Si también sobre ella habían
obrado turbadoras seducciones, y había sabido domarlas y alejarlas,
ella, que a juicio del mundo habría sido más excusable al acogerlas, ¿no
era natural que juzgara severamente la debilidad de ese hombre? Todo el
dolor que el desengaño, que la ciencia del mal hasta aquel día
inesperado iban despertando en el alma de la esposa, se expresaba en
aquella frase: «Tenía miedo de pensar...» y Ferpierre, leyéndola otra
vez, se afirmaba en su explicación, reconocía que la imprevista solución
era lógica: ilógico, o por lo menos poco atento a los antecedentes,
había estado él mismo al prever un desenlace contrario.
¿Era acaso muy natural que el Conde d'Arda, después de haber llevado
hasta los cuarenta y cuatro años la vida necesariamente disipada del
soltero rico, sin sentir más temprano la necesidad de un afecto
legítimo, se redujera permanentemente a la existencia del marido
ejemplar y se contentara con el ingenuo amor de aquella jovencita? ¿Y
era inadmisible, inverosímil, que la esposa enamorada, ignorante del
mundo, circunscribiera todo el gozo de la vida a su nuevo estado?
Los pormenores del drama escapaban a Ferpierre, pero éste los
reconstruía con la imaginación. Otra mujer, una mujer en todo distinta
de la Condesa, había seducido a Luis d'Arda: éste había tratado de
resistir, persuadido de que cometería una infamia traicionando a la
jovencita, dándole el ejemplo del mal, él, a quien no sólo el deber sino
también el interés, aconsejaban seguir por el recto camino que al
principio se había trazado; pero la tentación lo había vencido. ¿Qué se
debía pensar de la sospecha de la Condesa, de que él mismo se había dado
la muerte? ¿Que su alma elevada atribuía al esposo la decisión de
castigarse, ya que había sido incapaz de evitar el error? ¿O más bien la
imaginación romántica de la joven veía un suicidio donde no había más
que un desgraciado accidente? Misterio en el misterio; pero éste debía
permanecer impenetrable, puesto que el sello de la muerte había cerrado
ya los labios de los dos autores del drama. La tentadora, si vivía aún,
era la única que hubiera podido aclararlo; pero en verdad poco importaba
ya, que el Conde, sucumbiendo a la culpa mal de su grado, hubiese
querido castigarse con la muerte, y evitarse un peor castigo, como
habría sido el de ver en vida la caída de la esposa a quien había
enseñado el camino del mal, o que aun pensando en todo esto, su muerte
hubiera sido obra de la casualidad. Ferpierre continuaba con redoblada
curiosidad la lectura de las memorias, en busca de lo que más urgía.
Después de las rápidas alusiones a la catástrofe, el magistrado no
encontró más que descripciones de países. La joven viuda llevaba su
luto de lugar en lugar, por el Rhin, en Holanda, en Escocia, y sólo en
este último país tenían fecha las memorias. Parecía que, así como la
experiencia la había dado una madurez prematura, su pensamiento y su
estilo se hubieran fortalecido en igual proporción: algunos paisajes
estaban pintados con toques sobrios, pero vigorosos, las imágenes eran
nítidas y evidentes. Aquí y allá, entre las descripciones, había esbozos
a pluma y a lápiz, vistas de parajes, reproducciones de tipos; la mano
de la dibujante era al mismo tiempo agraciada y firme. De trecho en
trecho aparecían algunas sentencias morales sin relación aparente con
las notas vecinas, y demostraban que detrás de la tranquilidad exterior
una inquietud secreta atormentaba a la autora. Así, por ejemplo, decía:
«No basta saber regular nuestras acciones externas: sería necesario
poder guiar el pensamiento íntimo.»
¿Quería decir con estas palabras que, libre y sola, se sentía, a su
pesar, asediada por persuasiones tentadoras a las cuales sin embargo
sabía resistir? ¿Y no era harto natural que así fuera?
«La ley del perdón es necesaria, porque el mal es universal, y sin ella
nadie podría tener esperanzas de salvación.»
¿Se derivaba esta idea de una persuasión abstracta, o más bien de la
conciencia de alguna culpa personal suya?
Poco a poco iban entrando en juego otros temas: en algunas páginas no se
leían más que disquisiciones acerca de los problemas de la vida.
«La injusticia es grande en el mundo: nadie es más digno de encomio que
el que se propone repararla.
»Hay dos especies de leyes, las de la Naturaleza y las del alma, y
muchas veces la ley ideal consiste en operar contra las impresiones
materiales. Hubo un tiempo en que esto me asombraba; ahora no. Librarse
de las leyes naturales es la más elevada de las necesidades y el más
noble de los esfuerzos: el mérito consiste en superar las dificultades.
»No muchas veces, sino siempre, hay oposición entre las dos especies de
leyes, y en esta vida no es posible suprimirla, porque sin el esfuerzo
nada existiría. Esta es la mayor de las pruebas.
»Los que dicen que es una tontería predicar la igualdad de los hombres
porque éstos son naturalmente desiguales, no saben que dicen una heregía
moral. Tanto valdría decir que es tonto predicar el sacrificio porque el
egoísmo es ley de la Naturaleza. Si el amor hacia nosotros mismos es
nuestra primer necesidad real, reprimirlo y posponerlo al amor por los
otros debe ser la primera necesidad ideal. Los hombres son diversos
desde su nacimiento, y esta verdad ingrata sugiere la idea de la
igualización. Ideas son éstas que me parecen sencillas: pero él las
califica de raras.»
La atención del juez aumentó en ese punto. Ese «él» ¿no sería el
Príncipe Alejo Petrow? ¿No databan esos razonamientos respecto al
problema social, del tiempo en que los dos amantes se habían conocido?
La narradora parecía contestar a la pregunta que Ferpierre se hacía
mentalmente, pues el tema de las memorias variaba de una página a otra
y de las especulaciones abstractas pasaba a confesiones más íntimas.
«No; yo no había experimentado todavía una turbación semejante. Quisiera
negarlo, pero no puedo. Esta ansiedad, esta fiebre, me eran
desconocidas.
»Una vez leí que el amor no es uno solo, y me pareció que el escritor
mentía o se equivocaba, pues yo creía que no hubiese más que un modo de
amar. No: el escritor tenía razón. El efecto de entonces no se parece al
tumulto de hoy: Luis, que tenía más experiencia que yo, lo sabía y no se
contentaba con lo que yo le daba. Dudaba de mi amor porque no lo veía
impetuoso y vehemente. Por eso, también, mi padre dudaba de mi
felicidad. ¿Dudo yo también ahora?
»Las nubes avanzan sobre las cimas de los montes, toman formas
caprichosas, se entrelazan como cintas, se extienden como velos: un lado
del lago ha desaparecido detrás de ellas, las aguas no tienen ya límite,
forman como un golfo abierto en un océano misterioso. Todavía oigo su
voz. Soy feliz...
»Soy feliz. La llama se propaga de un alma a otra, como de un rostro a
otro. Sus palabras son como el hálito de un fuego interno. ¿Podría
ocultarle mi pensamiento? ¿Y si hubiese querido callarlo, no lo habría
leído él en mis ojos?
»Cuando creemos en una cosa negamos todas las otras: cuando
experimentamos un sentimiento, desconocemos los sentimientos opuestos o
simplemente diversos. Tal es el primer instinto. Me parece que no hace
más de un mes que comencé a vivir. La razón amonesta, el corazón
recuerda. Eso es otra cosa...
»Sí hay varios modos de amar, ¿existe uno mejor, más deseable, más
verdadero? ¿Es preciso que la voz de la razón no sea ya oída, que todos
los recuerdos sean olvidados, que una sola idea venza a todas las otras
y una sola necesidad rompa todos los obstáculos?...
»Su risa de hoy me ha hecho daño. No habría querido que se riera al oír
el relato de un acto heroico. Tan grande como es su confianza, es
profundo y amargo su escepticismo... ¿Quién lo ha hecho así? La vida,
dice él.
»Mayor es la pena que he tenido al oírle reírse de sí mismo. Cuando se
ríe con esa risa falsa, me parece que hubiera algo de desgarrado en su
voz, en su pecho...
»Si es cierto que nuestros sentimientos viven uno por uno y si nosotros
mismos negamos los que ya han muerto, el sentimiento que está vivo tiene
necesidad de creerse eterno. Aquí está el error. La felicidad que yo
sentía hace días me parecía indestructible. Hoy no está destruida, pero
sí turbada...
»¡Qué dolor! ¡Qué dolor! ¡Jamás habría sospechado tantas miserias,
tantos dolores! ¡Esta es la primera vez que los confío a alguien! ¡Y
todavía se ríe! No quiero...
»Su carta de hoy me ha hecho palpitar de contento inefable. ¡Si fuera
cierto! ¡Si yo tuviera ese poder!...»
Con aquella expresión de duda volvía a quedar interrumpido el diario,
como si la narradora hubiese querido, antes de continuarlo, hacer algún
experimento. Pero en las páginas posteriores no había más orden en las
confesiones.
«La vida es más difícil de lo que yo creía.»
Esta reflexión era lo único que se leía en una página, y más lejos,
todavía otra duda:
«¿Será entonces presunción creer que se tiene razón?»
Después algunas frases de sentido obscuro.
«De ningún modo, pero agrada esperar...
»No es debilidad, no es sorpresa: he pensado detenidamente, la confianza
me sonríe, veo la meta...
»Ahora me faltan las palabras...»
Debajo de una fecha: «18 de junio, 1890» estaba escrito esto:
«Ante Dios, para siempre.»
Y Ferpierre trataba de desentrañar el sentido de aquellas palabras,
relacionándolas de modo de reconstruir la historia íntima.
Lo que Vérod había dicho se confirmaba: la idea de hacer bien al alma
enferma de Zakunine aparecía dominante en el pensamiento de la Condesa:
con su suavidad y dulzura, por ley de atracción entre contrarios, debía
sujetar la fuerza impetuosa, la fogosidad indomable del rebelde, como se
recogen las riquezas brutas de las cuales se puede extraer un valor
puro. Cierto era que algo más simple, el amor solamente, bastaba a
explicar la relación estrecha que se había formado entre los dos, y ella
daba una prueba elocuente de su amor cuando confesaba que comprendía las
dudas de su marido y de su padre acerca de su felicidad en otros
tiempos. El afecto del marido la había bastado: no había hecho un
sacrificio al aceptarlo como marido, no obstante la gran diferencia de
edades, y por más que la posibilidad del matrimonio se le hubiese
aparecido tarde, era positivo que había sido verdaderamente feliz: la
duda era póstuma, pero demostraba con gran evidencia, cuánto más fuerte
y excitante era el nuevo sentimiento. Y también la emoción por los males
que trabajaban al Príncipe, la esperanza y casi el deber de auxiliarle,
habían debido determinarla y secundar su afecto.
«¡Si fuera cierto! ¡Si yo tuviera ese poder!...»
Estaba de manifiesto que el Príncipe le había dicho que su amor era para
él un consuelo, la alegría, su salvación, y ya fuese sincero, ya
fingiese contando con el efecto de aquellas palabras, lo cierto era que
ese efecto no podía fallar, tratándose de una alma amorosa. Libres los
dos, nada hubiera impedido que se unieran legítimamente, si aquel
rebelde no hubiera desconocido y odiado las leyes y hasta dirigido todos
sus esfuerzos a destruirlas. Casándose con ella, la habría dado la mayor
prueba de su conversión, pero probablemente no era sincero al decir que
se había convertido. Lo más verosímil era que no hubieran hecho alusión
alguna al porvenir: ni el Príncipe había prometido explícitamente
convertirse al matrimonio, ni la Condesa le había impuesto rigurosamente
que se pusiera en regla con el mundo. Ambos debían haberse amado
castamente durante un cierto tiempo, ella en la esperanza de apaciguar y
redimir al negador, él sin duda sonriendo de tal esperanza, y un día, la
complicidad de las circunstancias, la dulce influencia de la hora, la
debilidad de la mujer, la prepotencia del hombre habían cambiado
repentinamente la naturaleza de sus relaciones. Ella había sufrido
íntimamente al ver que la pureza de las intenciones no bastaba, pero no
había expresado su propio dolor, cierta de haber contraído un compromiso
ante Dios hasta la muerte, y confiada en hacerle reconocer tarde o
temprano, aun siendo el hombre que era, la santidad del deber.
¡Cuánto debía haberla amargado el desengaño al descubrir la inutilidad
de su entrega! Sin duda, el engaño no se le había presentado evidente de
improviso: mientras el Príncipe había continuado amándola, ella había
seguido esperando: creyéndolo, sintiéndolo su esposo en el alma, en la
sinceridad de la conciencia, había esperado por largo tiempo, llena de
esperanza. Y la desconfianza moral ¿había precedido, o seguido a la
desilusión sentimental? Seguramente, ambas habían nacido a un tiempo.
En la letra, en la tinta, se notaba que las memorias habían sido
interrumpidas otra vez. Y el esfuerzo en no creer la ingrata realidad,
aparecía evidente en las nuevas confesiones. La narradora escribía:
«Es preciso creer. Es preciso esperar... Las más de las veces no nos
conocemos, necesitamos que se nos revele a nosotros mismos lo que
somos...»
Esta idea se refería sin duda al hombre que estaba cerca de ella, a su
obstinada insistencia en la obra de destrucción, a la esperanza aun
viviente de doblegarlo, de hacer que volviera a tener creencias, pues la
Condesa proseguía, horrorizada:
«¡Todavía el odio, la sangre, el fuego! ¡No, jamás; jamás será ese el
camino!... ¿Cómo es posible que un alma amante hable así? Dice él que el
amor se paga con amor, el odio con odio; esto será justo, pero no es
generoso. Y aquellos a quienes combate ¿odian verdaderamente? ¿No
sufren, ellos también, de tener que recurrir a la violencia?...»
Parecía, pues, que la discordia entre el instinto de rebelión del
Príncipe y la predicación de la paz por la Condesa había precedido al
desengaño fundamental; pero en el momento de reconocer la inutilidad de
sus propios esfuerzos, ¿no debía haber ella sospechado que aquel hombre
no había sido sincero al asegurarla que por su amor había vuelto a
creer? ¿Y semejante sospecha no debía herirla, no solamente en sus
creencias, sino aun en sus esperanzas?
Ella no hablaba del destino reservado a su amor. ¿Guardaba eso silencio
porque más le urgía apaciguar al rebelde que asegurar su propia
felicidad? O por el contrario, ¿volvía su atención a la desilusión moral
para distraerla de una visión más, pavorosa, de un desengaño que le
habría sido mucho más funesto? Si el amor de ese hombre era mentira, ¿no
fallaba la íntima sanción que la conciencia había dado a un vínculo
contraído fuera de la ley? Para la cristiana a quien la culpa había
parecido, si no excusada, por lo menos atenuada por la sinceridad del
amor, por la honradez del acuerdo, por la pureza del compromiso ¿no
debía implicar una condenación grave la falta repentina de esas
condiciones?
Ferpierre veía que estas ideas debían haber preocupado a la difunta en
aquel tiempo, casi lo leía entre las líneas. Y así como durante la
audición de una frase musical se prevé el desenvolvimiento y la cadencia
de la melodía, sus lógicas previsiones resultaban confirmadas por los
siguientes párrafos de las memorias:
«No he tenido valor, pero es preciso que lo tenga. Ya otra vez tuve
miedo de descender a mi interior para realizar un examen de conciencia,
este deber que siempre me ha sido fácil, y agradable. Pero el miedo de
entonces nada tenía que pudiera parangonarse con el de hoy.
»¿Me engaño a mí misma? ¿Y cómo pretender que los demás sean sinceros?
¿Me impide la soberbia confesarme que he podido engañarme? Pero Dios,
que lee en mi corazón, sabe que yo he creído en el bien. Y todavía lo
creo.
ȃl no se conoce. Obedece a tantas y tan variadas impulsaciones. Su
pensamiento es tan complejo, su experiencia ha sido tan vasta, que él
mismo no sabe cuál es su verdadera naturaleza y por eso no la libra de
pasajeros impulsos, no se hace distinto de sí mismo. Yo esperaba
conseguir ponerlo otra vez en el camino de la verdad, pero la obra es
más difícil y requiere más tiempo del que me había figurado. Sin
embargo, todavía me mantienen la esperanza, la confianza que me animaban
antes.
»Hay momentos en que dudo. Dudo, más que de él, de mi misma. Pienso que
esta esperanza es falaz, que esta confianza no es sincera, que yo me
sirvo de ambos para ocultar algo menos digno, para secundar un deseo
menos puro.
»¿No es este el juicio que todos pronunciarían? ¿Se sirve acaso de
medios ambiguos quien quiere alcanzar un fin recto? ¿Debía yo seguir
vías tortuosas para ponerlo a él en el camino real? Yo, que debo darle
el ejemplo de la virtud en que él no cree, le he dado más bien otra
prueba de aquella debilidad acomodaticia que antes condenaba...
»No puedo siquiera decir que he sido sorprendida, que no he previsto lo
que iba a suceder. ¡Cuántos sofismas! ¡Previendo la caída, me decía a mí
misma que él no podía querer ni envilecimiento, pensaba confiarme a él
para no practicar un acto de soberbia atribuyéndome exclusivamente la
capacidad de regular nuestro amor!
»Y no habría habido tal soberbia. Esta capacidad es nuestra, nosotras,
mujeres somos responsables del bien y del mal. Nuestra resistencia debe
dictar la ley a la energía exuberante y prepotente de los hombres. Pero
otra idea me doblegó: la de que para las almas fuertes no hay ley
escrita en un libro; basta comprenderla. El que las desconoce todas, me
dice que por mí ha comprendido la ley del amor: la fidelidad. Ahora yo
no puedo, no debo, no quiero sospechar que se haya burlado hasta de esa
ley. Y sin embargo, ¿de qué me sirve pensar estas cosas, decirlas en
alta voz, escribirlas, si la duda me embarga y me atormenta?
»Poco a poco, pero con claridad perfecta, la he visto surgir, crecer,
agigantarse. La duda angustiosa se convierte en ciertos momentos en
desesperada certidumbre. Entonces pienso que todavía me quedará una
fuerza para ejercer, la fuerza extrema: el perdón. Presiento que no me
costará hacerlo, y eso es malo, pues si me costara, habría en ello mayor
mérito. Pero él puede hacer de mí lo que quiera, con tal de que no
niegue todo y siempre...
»¡Ah, esa risa...!»
¿Era de esperar que Zakunine hubiera cumplido la única condición
impuesta por la desventurada?... Al reconstruir con la ayuda de esas
confesiones el carácter del acusado, veía Ferpierre que el juicio
adverso a ese hombre, formulado por Roberto Vérod, no era fruto de la
pasión. Detrás de su profesión de fe humanitaria, de su predicación de
la justicia, de la igualdad, del amor, debía ocultar un egoísmo
escéptico, bajos apetitos, intenciones malsanas, puesto que había sido
capaz de reducir a semejante tormento a un ser que se le había rendido a
discreción. Si la ilusión de inducirlo a una persecución más tranquila
de la reforma social había fracasado ¿había respondido él por lo menos
con actos de bondad, a esas demostraciones de amor?
Ferpierre volvió con mayor interés a la lectura del diario:
«Hoy me ha dicho estas mismas palabras que copio, sin cambiar nada en
ellas:
«¿De modo que tú crees que el amor es inmortal? ¿No comprendes que un día
cesarás de amarme, que ya no me amas como antes? Tú me juzgas indigno
del amor: piensas que te has sacrificado; el sacrificio te duele, y
quieres obtener su compensación: en otro amor lo buscarás, no lo dudes:
alguno te lo ofrecerá... Al principio dirás que la culpa ha sido mía;
más tarde reconocerás que yo no soy el culpable. Dentro de ti, dentro de
mí, en los nervios, en la carne, en la sangre de nosotros todos, hay un
fermento que nada ni nadie podrá calmar: cuando tengas hambre, te
cebarás; una vez que hayas comido, te sentirás saciada. Fuera de esta
verdad no hay otra. Es preciso decirla, repetirla, honrarla, y reconocer
que tus leyes, tus mandamientos, tus escrúpulos, son mentira e
hipocresía que debemos desenmascarar y confundir. Tus grandes nombres,
el Amor, el Deber, el Derecho, tienen un sentido, pero no el mismo que
tú crees. Nuestro deber y nuestro derecho se reducen a obtener y
mantener el placer, que es la razón, el origen, el fin de la vida;
mientras tu placer está en el mío, nos amamos; cuando ya no bastamos el
uno para el otro, el amor termina. Tú pronuncias otra sonora palabra: el
Honor. ¿ Dónde lo sitúas? Mi honor consiste en decir lo que pienso, en
poner de acuerdo mis acciones con mis ideas. Todo el mundo está lleno de
preocupaciones inicuas; pero más estúpidas que inicuas. La ciencia, que
no miente, se ha apoderado de la verdadera, la única ley que hay en el
cúmulo de las mentiras seculares: la ley de la lucha por la existencia.
»Ocultadla, echad al fuego los libros que la enseñan, si queréis que
todavía se crea en vuestras mentiras. Pero una vez que la reconocéis
¿cómo podéis permanecer serios, oyendo repetir esas mentidas cantinelas?
Hay que escoger entre la muerte y la vida: renunciar a la vida es
preferible, pero vosotros no lo queréis, y ya que tengo que vivir,
extermino a todo el género humano para procurarme aquello que a ti te
parece la más fútil de las satisfacciones! Tú querías que formáramos una
familia indisoluble. Pero ¿no estás contenta ahora de ser libre, no te
parece bien estar en aptitudes de poder abandonarme si, habiéndome visto
tal como soy, sientes que te inspiro horror? ¡Deja que los hijos ignoren
lo que son sus padres, si no quieres que maldigan a los que les han dado
vida! ¿Por qué deseabas que nos ligáramos indisolublemente, cuando cada
uno de nosotros es autónomo, cuando nada impide--antes por el contrario
todo concurre a ello,--que cada uno de los dos pueda amar a otro ser y
un día llegue a hacerlo? Si tú me abandonas cuando yo no te ame ya, te
lo agradeceré; si me traicionas cuando todavía te ame, te mataré. Tú haz
otro tanto. Mi derecho es igual al tuyo. Así proceden todos los hombres,
a despecho de los códigos imbéciles y de las hipócritas predicaciones.
La anarquía que nosotros queremos establecer existe ya en las
costumbres, pero todavía no es más que una anarquía en el sentido que
vosotros la dais, es decir, el desconocimiento y la lesión de las leyes.
Lo que se necesita en vez de aquello, es una anarquía que se conforme a
las leyes naturales, la uniformación consciente del instinto vital:
fuera de eso no hay nada.»
«No he omitido la menor cosa: estas fueron sus propias palabras. Tiene
razón. Fuera de eso, no hay nada...»
Y Ferpierre, a pesar de estar acostumbrado desde hacía largo tiempo al
espectáculo del dolor, se sentía conmovido al pensar cuán amarga debía
haber sido la pena de esa creyente. Para que transcribiera semejantes
palabras, cada una de las cuales debía ofenderla como un insulto y
espantarla como una blasfemia; para que reconociera que Zakunine tenía
razón, era preciso que la infeliz se condenara sin ninguna excusa, que
se juzgase perdida sin la menor esperanza. Debía haber reconocido, por
fin, que la ilusión de redimir una alma y el deseo de hacer el bien
habían sido simples pretextos, que en su amor, que en todos los amores,
que en toda la vida, no oímos más voz que la de los instintos ínfimos. Y
ese era el resultado: ella, que quería hacer que su amante volviera a
tener creencias, ella que quería atraerle a su propia fe, se veía
empujada a la duda, a la negación. ¡En vez de curar al enfermo, éste la
había contagiado su mal; en vez de purificar al réprobo, se encontraba
contaminada por su contacto!
Pero ¿podría, en realidad, renegar por largo tiempo las creencias de
toda su vida? En esa frase en que daba la razón al negador ¿hasta qué
punto intervenía la ironía? Mientras ella le hablaba de su amor, él
aducía argumentos escépticos, cínicos y casi preveía que iba a ser
traicionado; esto era suficiente para que la desgraciada se escarneciera
a sí misma; pero ¿qué pensaba de la posibilidad de la traición?
¿Reconocía que, por una lógica fatal, a su primer error debía seguir un
segundo y un tercero, o por el contrario, se rebelaba contra esta
lógica? Allí estaba el problema moral, cuya solución habría aclarado el
misterio judicial.
Y la curiosidad de Ferpierre crecía, la atención que prestaba a las
confesiones de la muerta se redoblaba.