En seguida hablaba de sus males físicos, de la inquietud de su padre por

su salud: la habilidad de éste para curar a los enfermos era mayor que

la de una hermana de caridad.

«Casi deseo sufrir alguna indisposición para verle asentado a mi

cabecera, para oírle narrar las historias con que me distrae, para verle

ir de aquí para allá en el cuarto, preparar la medicinas, acercar la

mesita a mi cama, quitar a Julia todas las cosas de las manos y hacerlo

él mismo todo, ¡mejor que sor Ana!...

»¡Oh, no! ¡Pobre papacito mío, no quiero estar más en la cama; quiero

sentirme siempre bien y tener buen semblante, y hacer mucho ruido en la

casa, para que tú te tranquilices, para que no te aflijas tanto por mi

causa! ¡El otro día, mientras los doctores me examinaban, lo vi en el

espejo: no se imaginaba que yo lo miraba, y se apretaba una mano con la

otra e inclinaba la cabeza hacia nosotros, respirando fatigosamente,

como si la persona que esperaba la sentencia del médico, fuera él

mismo!...

»A veces me parece, cuando me duele la cabeza, o estoy resfriada, o no

como algo porque me desagrada, que mi papacito tuviera mis dolencias y

sintiera mis náuseas: si toso, me parece que a él también le duele el

pecho; si siento frío, que él también lo siente. ¡Qué bueno es quererse

así!»

Era tan alta y su papá todavía tan joven, que quizás los creían

hermanos, y ese error de la gente le causaba inmenso placer. Además en

su opinión el error no era tan grande como parecía:

«¿Podría un hermano hacer más por mí? El hermano de Virginia no la da

más que disgustos a ella y a toda la familia. Los hombres, aun cuando

son buenos, no comprenden tantas cosas, las cosas que no se piden;

mientras que mi papacito...»

Y también de este hecho encontraba una explicación:

«Como quiso tanto a mi pobre mamá, tomó todos sus gustos, sus hábitos,

su modo de pensar y de sentir. Y todo el cariño que ella me tenía cuando

yo estaba en pañales, lo heredó él, y lo supo conservar, y ahora me lo

da. ¡Qué desgracia tan grande, la muerte de mi mamá! Siempre hablamos de

ella, siempre la tenemos presente: ¡Si yo pudiera verla un día! Pero

cuando papá se lamenta de no ser suficiente para atenderme, no tiene

razón, yo doy gracias al Señor de haberme dado un padre como el mío, que

me quiere tanto, que satisface hasta mis menores deseos.»

También ella temía no bastar al contento de su padre, y no era tanto por

sí misma como por él que pensaba que si hubiera tenido una hermana,

entre las dos habrían conseguido mejor hacerlo feliz. Las familias muy

numerosas y unidas le daban envidia.

«Cuando se está entre tantos, cada uno dice algo, cada uno piensa algo,

los caracteres diversos obran los unos sobre los otros y se modifican,

mientras que, una persona sola, ¿puede ser a la vez seria y alegre,

puede pensar en todo, preverlo y hacerlo todo? Cuando me siento mal,

siento con más fuerza la falta que me hace una hermana que contentase a

papá, que le distrajera de sus preocupaciones y cuidados... A él mismo

se lo he dicho; y él dice que está contento conmigo sola, no quisiera

dividir el cariño que me tiene. No, papacito mío, en tal caso el cariño

no se dividiría: se sumaría...»

Pero por más que el cariño hacia su padre la dominara, sentía que en su

corazón había un puesto para un afecto distinto. Confesaba este

sentimiento por primera vez, al hablar de la vergüenza que le causaba la

idea de que su padre pudiese leer aquel diario:

«Papá no sabe que por la noche, antes de acostarme, me pongo de vez en

cuando a escribir en este libro. Anoche, a las once, cuando él me creía

en la cama, cayó una fuerte lluvia; supo que estaba despierta, y vino a

preguntarme si me sentía mal. Fácilmente lo tranquilicé, pero le dije

que estaba tan buena; que me había quedado levantada para poder escribir

en este libro. Hago mal en ocultárselo. A veces formo el propósito de

confiarme a él, de hacerle leer lo que escribo. ¿No es lo mismo que le

digo de palabra todos los días? Pero, no sé: tengo vergüenza y miedo.

Hay momentos en que hasta me parece que hago mal con escribir estas

memorias. Camila Sesgondi me hizo venir la primera vez, en el colegio,

esta idea de escribir nuestra vida, pero nunca empezamos. Todas las

noches, al dar gracias al Señor por el día que había pasado con

felicidad, yo pensaba en las cosas que habían sucedido, en lo que había

dicho, en lo que había pensado; pero en cuanto a escribir no sabía por

qué parte comenzar; pues todos los días eran iguales. Entonces esperé a

hallarme en casa; y por fin comencé. Ahora me arrepiento, porque no me

atrevo a confiar esto a papá, y además hay veces, como ahora, en que me

parece inútil escribir estas cosas: no siempre las cosas que se piensan

necesitan ser escritas; y otras, no sé escribirlas o no lo puedo... ¿Por

qué habrá ciertas cosas que no se pueden escribir, ni siquiera decir?

¡Pero si yo tuviera una hermana! ¡A ella se lo diría todo, estoy

segura!...»

Un día, por último, no pudiendo guardar por más tiempo ese secreto con

su padre, le había revelado que escribía su diario. Para fortificar la

memoria solía copiar las poesías que más la agradaban: versos de Patri,

de Aleardi, de Manzoni, de Shelley, de Byron, y ese día, recitando el

papa una poesía de Víctor Hugo, copiada de un periódico, no la recordó

bien y fue a buscar su libro.

«Dije a papá que copio bellas poesías y escribo mis impresiones. Estaba

resuelta a decirle todo, pero esperaba que no manifestara deseos de

leerlo. Cuando me preguntó: ¿Me dejas ver? le di el libro, pero creo

que me ruboricé mucho. Leyó algunas líneas, de dos o tres páginas

solamente, luego cerró el libro y me abrazó estrechamente, besándome en

la frente, él también con los ojos enrojecidos. Entonces me sentí muy

valiente, casi me arrepentí de haber tenido miedo antes, y le rogué que

lo leyera todo; pero él no quiso.

»Tuve que leerlo yo, y así la vergüenza se me ha disipado, y ahora me

siento como librada de un gran peso, y contenta, contenta.»

La primera vez que nombraba al Conde Luis d'Arda lo hacía al hablar de

poesía y de arte, y ese nombre volvía después con más frecuencia,

siempre con motivo de libros y cosas literarias. Íntimo amigo de su

padre, compañero de su juventud, el Conde era una de las rarísimas

personas que frecuentaban la casa Abizzoni. La jovencita emitía a su

respecto juicios muy favorables.

«¡Cuánto se quieren papá y el Conde! Se parece a papá, su amigo; es

bueno como él, y casi tiene su mismo aspecto...

»Hoy me ha mandado el Conde las novelas de Walter Scott... Hoy he

recibido de nuestro buen amigo los dramas de Metastasio...

»Todavía se ejercita el Conde en la esgrima, mientras que papá la ha

dejado desde hace mucho tiempo. Han hablado del asunto con motivo del

duelo que Tasso describe en _Jerusalén libertada_: el Conde ha desafiado

en broma a papá, pero éste ha contestado meneando la cabeza: «Esas no

son ya cosas de nuestra edad!...» ¡Esta respuesta me ha disgustado

tanto! ¿Entonces se cree viejo? ¡Y apenas tiene cuarenta y nueve años!

Esa contestación debe haber desagradado también a su amigo, pues éste no

le ha dicho nada, y se marchó más temprano que de costumbre...

»Nuestro amigo ha mandado hoy a casa tantos libros ingleses, que no sé

dónde ponerlos. Noto que casi siempre somos de la misma manera de

pensar respecto a los libros que escogemos; pero él ha leído y estudiado

tanto, que yo no me arriesgo a decir mi opinión cuando me la pide;

entonces él me dice la suya, y a mí no me queda más que aprobar...

»Ahora comienzo a crear valor y a emitir mis juicios de cuando en

cuando, y él alaba mi gusto...

»¡Todavía libros! Papá ha dicho en broma que el Conde es mi librero.

»Ahora sí que es mi librero: me ha pedido permiso para colocar el escudo

de la casa Albizzoni sobre su librería, y yo se lo he acordado. ¡Cómo se

ha reído!

»¡Me gusta tanto ver reír a papá y a su amigo! En las personas que

ordinariamente son serias, la risa tiene otro valor, no alegra tanto

cuanto enternece.

»El Conde ha dibujado hoy nuestro escudo, «para ponerlo sobre su

librería:» dibuja muy bien y con una facilidad extraordinaria. Me ha

explicado que el escudo para las señoritas es de forma distinta del de

las señoras y de los caballearos: toda la noche ha hablado de heráldica

y de nobleza, y yo he aprendido una cantidad de cosas que ignoraba.

»Papá, que se ocupa siempre de mis vestidos con tanta escrupulosidad, no

hace lo mismo respecto a los suyos, y yo he tenido que rogar a su amigo

que le persuada de que debe ocuparse algo de sí mismo.

»Conversando entre ellos de las cosas de la moda, papá ha observado, y

yo también, porque es verdad, que su amigo se viste, desde hace algún

tiempo, con una elegancia exquisita. Siempre me dice, ya haciéndome ver

el corte de su «jaquette», ya los pliegues de su corbata: «Esta es la

última palabra de Gironi. Esta es la última palabra de Vassier...»

Gironi es el sastre. Vassier el fabricante de corbatas.

»Hoy tenemos más libros; pero esta vez vienen acompañados de una

tarjeta como las que reparten los negociantes para difundir su

dirección. Arriba está nuestro escudo, dibujado con perfección, y luego

estas palabras: «Librería internacional de Luis d'Arda; proveedor de Su

Gracia la Marquesita Florencia Albizzoni Vivaldi...» ¡Cómo se ha reído

papá! «¡Esperamos la factura!» le ha dicho, siguiendo la broma, y el

Conde, muy serio, ha contestado: «Nuestra casa cobra a fin de año.»

»Ahora, hasta papá me llama «Vuestra Gracia», y cuando hablan de mí

entre ellos dicen siempre: «Su Gracia la Marquesita.» ¡Mi Gracia está

muy agradecida a tanta gracia!...

»El Conde--lo he sabido hoy,--es más joven que papá: tiene cuarenta y

cuatro años. No sé si esto me agrada o me desagrada...»

Una página blanca interrumpía el diario en este punto. El manuscrito

volvía a comenzar después, con otra tinta y hasta con letra algo

modificada:

»Hoy partimos. Hace seis meses que no escribo. ¡Cuántas cosas en este

tiempo! No importa que nada haya escrito en estas páginas: todo está

aquí, en la memoria, en el corazón. Luis ha llorado, papá trataba de

mostrarse fuerte, pero no lograba contener su emoción. Y cuando los he

visto abrazarse, con ojos risueños, y llorosos, entonces he llorado yo

también. Su Gracia la Marquesita Florencia Albizzoni Vivaldi no existe

ya...»

Y el juez Ferpierre, deteniéndose, pues el manuscrito se interrumpía de

nuevo, reconstruía con la imaginación lo que la narradora había callado.

El Conde d'Arda, que había visto nacer a la hija de su amigo y de niña

la había querido como un segundo padre, en presencia de la jovencita

debía haberse sentido dominar por un sentimiento distinto, más dulce y

atormentador. Había tratado primero de resistir, pensando en la gran

desproporción de la edad, sufriendo en secreto y casi avergonzándose

cada vez que su amigo, todavía ignorante de lo que le pasaba, aludía a

la juventud de ambos como cosa lejana; pero el amor había sido el más

fuerte y había impuesto sus persuasivos razonamientos. ¿Podía llamarse

viejo, cuando sólo tenía cuarenta y cuatro años? Si su persona y su

carácter no desagradaban a la jovencita, ¿qué importaba la diferencia de

edad? ¿La experiencia que había adquirido con los años, no hacía de él

un partido más conveniente que tantos otros?... Pero sobre todo, la

amistad que lo unía al padre, ¿no era una garantía de que consagraría

toda su vida a hacer feliz a la hija? Con su asidua e íntima

frecuentación de aquella familia ¿no era ya como si hubiera entrado a

formar parte de ella?...

Y este argumento debía haber persuadido a la niña. Sin duda el Marqués,

asombrado al darse cuenta de lo que su amigo deseaba, había vacilado

antes de apoyar su pretensión, y en todo caso había dejado a su hija

libre de acogerla o refutarla; pero con igual certidumbre se podía

pensar que la idea de confiar la joven a un corazón probado ya como el

de aquel amigo, debía haberle sido grata. La jovencita, leyendo en el

alma de su padre como en la suya propia, comprendiendo su secreta

inclinación, segura del afecto del Conde, debía haber sufrido, por esas

dos personas queridas, y también algo por sí misma, ante la idea de que

su intimidad de tantos años, pudiera concluir un día, y por lo tanto

había aceptado el partido que iba a hacer imperecedera esa relación: no

conocía a otros hombres, todavía no sabía establecer las diferencias

entre un amor y otro amor, y había consentido.

Ferpierre veía confirmadas sus deducciones en las páginas posteriores.

Aunque éstas tampoco tenían fecha, debían haber sido escritas después

del viaje de novios:

»Nada ha cambiado, pues, estamos juntos como antes. Entonces, Luis iba a

nuestra casa: ahora papá viene a vernos. No ha querido que viviéramos

todos en una casa: ¡a mí me habría gustado tanto! Y a Luis también. Todo

lo que me gusta a mí le gusta a Luis: nuestro acuerdo respecto a las

cosas del arte y del pensamiento continua en lo relativo a la vida.

»Papá me pregunta si estoy contenta: yo doy gracias al Señor, de la

felicidad que me acuerda. Que nos acuerda: él no quiere creer en lo que

ha sucedido. La idea de que casándome pudiera sentirme desgraciada, era

su tormento.

»Luis me pregunta si lo amo: yo no sé cómo probárselo.

»Me parece que ambos dudan, el uno de mi felicidad, el otro de mi amor.

Ellos no insisten en pedirme seguridades, pero en sus miradas, leo una

secreta ansiedad, como si creyeran que les oculto algo. ¡Todo eso porque

mi marido tiene cuarenta y cuatro años! ¡Si tuviera treinta y cuatro,

no dudarían!...

»¡Qué placer! ¡qué placer! Por fin he podido persuadir de la verdad a

Luis. Le había dicho, en el viaje, que en este libro tenía escritos mis

recuerdos del día en que salí del colegio, y le había prometido dárselo

para que los leyera. Su deseo era saber sí hablaba de él, qué decía de

su persona, qué opinión me había inspirado. Cuando regresamos del viaje,

no volvió a pedirme el libro, y el otro día, que le habló yo misma de

éste, me contestó que no quería leer mi diario. La razón que me dio no

me pareció buena: decía que lo que yo había confiado al papel no debía

estar muy claro. La verdad es que seguía teniendo miedo de descubrir que

no me había parecido bastante joven, que me había agradado poco.

Entonces le rogué que se sentara a escucharme, y comencé la lectura.

Cuando llegué a las últimas líneas me rogó, con los ojos humedecidos,

que se las explicara. Las últimas líneas, anteriores a nuestro

matrimonio, dicen así:

»El Conde es más joven que papá: tiene cuarenta y cuatro años. Yo no sé

si esto me agrada o me desagrada.

»Yo se las he explicado como mejor he podido. Al saber que era más joven

que papá, sentí pena por mi papacito, pues veía que su vejez se

aproximaba; pero después, pensando en que papá me tenía a mí, mientras

que su amigo era solo, me consolé y hasta me pareció justo que éste

fuese más joven, para que pudiera casarse también y formar familia.

»¡Cómo me ha abrazado Luis! ¡Qué ojos tan risueños! ¡Qué palabras de

amor! ¡Nunca lo he visto tan feliz, ni el día que le di el sí! Ahora no

puede creer que sus cuarenta y cuatro años me parezcan demasiado: ya

está hasta persuadido de que la idea de casarme con él no debió

parecerme tan extravagante como él y papá temían. Lo cierto es que me

pareció bastante natural, y aunque hubo un momento en que me fijé en que

Luis tenía doble edad que yo, después reflexioné que la edad de los

hombres no se cuenta como la de las mujeres. Y además ¿quién calcularía

cuarenta y cuatro años a mi marido? Lo que importa no es la edad, son

las cualidades del alma, y de la bondad de Luis yo tenía esta prueba:

que es amigo de papá. Todo lo que le había oído decir en dos años de

intimidad me demostraba que su manera de asentir era delicada, fina,

exquisita, que su inteligencia era elevada y selecta, que su cultura era

variada y profunda.

»Y ahora comprendo que la cuestión es otra. Luis no temía tanto no

parecerme suficientemente joven, como desagradarme como persona, como

cara.

»Pues bien, si algunas veces he considerado estúpida mi costumbre de

escribir estas notas, y, si en cambio, en otras ocasiones las he

aprobado, hoy me parece que ha sido en realidad una fortuna haberlas

escrito, porque he podido, mediante ellas, convencer a Luis de lo que

pensaba de él en ese tiempo. ¡Y ojalá hubiera escrito bien todas mis

precisas impresiones de aquella vez que, desafiando a papá en chanza,

tomó del trofeo un florete y se puso en guardia! Estaba tan bien con el

arma luciente en la mano y la mirada relampagueando como la espada; era

tan fuerte y ágil, que me pareció verdaderamente un ser destacado de una

de esas novelas de Walter Scott que tanto me agradan. No se me había

ocurrido aún que pudiera casarme con él, pero sí pensaba con gusto en

que podía ser la dama por la cual ese caballero descendía a la arena. ¡Y

si supiera qué placer de otro género, no experimentado aún, sentí cuando

me envió aquella tarjeta en que se titulaba en broma: _Proveedor de Su

Gracia la Marquesita Florencia_. En esa tarjeta se hallaban juntos

nuestros nombres, como en un parte nupcial; ¡estaba escrito! Tampoco

entonces pensó con precisión que un día hubiéramos podido unirnos como

estamos ahora; pero noté, sí, que nuestros nombres estaban en el mismo

trozo de cartulina, que él era quien los había juntado, que me había

llamado Su Gracia, y sentí que el corazón me latía con fuerza, con mucha

fuerza...

»¡Ah! Si hubiera escrito todo esto, Luis no dudaría ahora. Poco me ha

faltado para contárselo, pero me he callado, en parte porque él se

encontraba en una de esas horas de duda, en parte porque he creído que

mejor sería escribirlo en este libro, donde él lo leerá algún día.

Puesto que no me cree, no merece que le diga nada: mejor lo confío a

estas páginas, que están destinadas a desengañarlo. El hecho de que lo

escriba más tarde de lo que he pensado no quiere decir que no sea

verdad...»

Y debajo de aquellas palabras, en caracteres más gruesos, más

irregulares, trazados con mano temblorosa, estaba escrito esto:

«¡Ha leído! ¡Ha creído!...»

Así continuaban aquellas memorias, llenas de expresiones de una alegría

íntima, reveladoras de una alma amante, cándida y sincera, de lo que el

juez Ferpierre estaba casi enamorado.

Casada la jovencita en aquellas condiciones, con un hombre que podía ser

su padre, ¿no era de prever que al renunciar a la felicidad ardiente, y

obtener, en la mejor de las hipótesis, una dicha tranquila, se sintiera

tarde o temprano inquieta por la idea de un bien mayor?...

Las confesiones de la muerta destruían esa sospecha. Ferpierre opinaba

que si la narradora no hubiera sido feliz, si hubiera visto que se había

engañado al casarse con el Conde d'Arda, lo habría confesado sincera,

completamente; pero ya una vez había reconocido que sentía algo que no

podía escribir, y sin duda no habría declarado redondamente su engaño,

pudiendo creerse también que, en vez de velarlo habría preferido no

escribir nada: el silencio habría sido entonces más elocuente. Mas,

lejos de callarse, lejos de aludir a su desengaño, insistía tanto en las

manifestaciones de un afecto a la par ingenuo y ardiente, que el juez no

podía dudar de su sinceridad.

Por otra parte, ¿era en realidad increíble aquel amor de una joven de

veinte años por un hombre de más de cuarenta? Ferpierre, para

explicárselo no tenía tanto en cuenta las cualidades morales del esposo,

como las físicas: entre los papeles encontrados en la casa de la difunta

había visto algunas fotografías de parientes y amigos, dos de las

cuales, según declaración de Julia Pico, eran del Conde: la figura de

aquel hombre era hermosa, fuerte y noble, y tenía tanta expresión, que

el amor de la joven esposa estaba justificado. Y en páginas y más

páginas no hablaba más que de él: refería, orgullosa, todas las pruebas

de amor que le daba su marido, transcribía sus palabras enamoradas, se

alegraba al ver que ya creía en su amor, al saber que su padre estaba

seguro de su felicidad.

Otra página blanca interrumpía de nuevo el diario bruscamente; y en la

que seguía no había más que este escrito:

«¡Padre, padre mío, vive! ¡Vive para mí!...»

Y nada más.. A Ferpierre le parecía oír el grito del desesperado ruego

que desde la cabecera del padre agonizante, exhalaba el pecho de la hija

amorosa. Pero en vano: en la página siguiente había un mechón de

cabellos grises, sujeto por medio de dos cortes, en la hoja, y en el

margen una fecha: _3 de junio de 1886_. Después, el libro estaba llenos

de recuerdos del muerto: la Condesa confiaba a aquellas páginas sus más

caros recuerdos de hija, con un dolor tan acerbo, pero al mismo tiempo

consolado por la esperanza cristiana, que en ciertos párrafos parecía

hablar aún del padre vivo, como al principio del libro. Pero el juez

recorría rápidamente esas páginas, impaciente por llegar al drama que

presentía ineludible.

¿No era fatal que con el tiempo, con la vejez del marido, la calma feliz

de esa mujer tuviera un fin? ¿Cómo haría para hablar de la tentación?

No hablaba de ella. Había, sin embargo, en el diario, una laguna más

grande que las precedentes, la letra aparecía, después de una

interrogación, todavía más modificada, y el sentido de las nuevas

anotaciones resultaba incomprensible.

«...Ahora estoy segura de ello. Todas sus palabras me vuelven a la

memoria. Entonces yo sonreía, me ensoberbecía al oírlas: hoy pago mi

soberbia. Pero hay momentos en que temo que la culpa sea mía. ¿Qué

habría hecho otra en mi lugar? La culpa la tiene ciertamente mi

ignorancia, mi inexperiencia...

»¿No quería o no podía hablar? Sin duda no quería ni podía. Una sola vez

le pregunté: ¿Pero cómo? ¿Cómo ha sido?... Todavía lo oigo contestarme,

desviando la mirada: «Otro día...»

«En su opinión, el matarse no era un mal imperdonable. Matarse por no

poder vivir era una vileza; pero en otros casos la muerte voluntaria no

era para él condenable. Muchas veces discutimos este problema, y él me

demostró que el mundo honra justamente a quien se substrae con la muerte

a la servidumbre, a la vergüenza, al deshonor; a quien, con matarse,

salva o ayuda a sus semejantes. Matarse para castigarse--decía

también,--es un acto de justicia...»

La incertidumbre de Ferpierre sobre el significado de estas palabras

duró poco: el pensamiento de la narradora se iba precisando de página en

página. Creía la Condesa que su marido no había muerto por casualidad

sino deliberadamente; que al hallar una muerte tremenda bajo las ruedas

de un tren él la había buscado.

«Las personas que estuvieron presentes decían, y dicen todavía, que no

comprendían cómo no había oído los gritos que todas ellas lanzaban, ni

visto sus ademanes desesperados. Uno de esos vértigos que sufría en el

último año, sería la explicación de lo sucedido, si yo no supiera...

»Lo embargaba una mortal tristeza. Cuando le preguntaba el motivo de

ésta, me miraba tan dolorosamente como si temiera perderme en seguida.

Un día, muy lejano ya, cuando por primera vez me habló de su vida de

soltero, ¡había tanto desdén en sus palabras! Y la convicción de haberse

apartado por fin del error, de la culpa, ¡lo reconfortaba tanto!...

»No obstante su bondad, era severo y casi implacable para los extravíos

de las pasiones. La ruina de un amigo suyo que había abandonado a su

familia le parecía merecida, y ni su muerte en la soledad y en la

pobreza lo inclinaban a ser indulgente para con él...

»Yo me daba cuenta de lo que pasaba, pero no hablé. Tenía miedo, tenía

miedo hasta de pensar.

»No soy sincera, no lo digo todo...»

Y Ferpierre, viendo que ya en las páginas siguientes no hablaba del

drama, se detuvo una vez más, para meditar lo que había leído.

Espasmo · 第 5 / 16 段