Si algún día se escribiera la historia de la tontería, humana, que
sería tanto como escribir la Historia de la Humanidad, uno de sus
capítulos más interesantes sería el de por qué los españoles hemos de
asistir todos los años en fecha fija á las representaciones de «Don
Juan Tenorio».
¿Es que el mérito de la obra la impone á la admiración anual del
público? Bueno sería entonces cualquier día del año. ¿Es por el
cementerio y los aparecidos que en ella figuran por lo que tiene
lugar apropiado al conmemorar la Iglesia á todos sus santos y á todos
sus difuntos? Con la misma razón podría representarse Hamlet, donde
no faltan tampoco apariciones de muertos y camposanto, y donde las
consideraciones sobre la vida y la muerte y la eternidad son más graves
y austeras que en nuestro popular drama, en que más parece tomarse á
broma todo esto ... ¿Pero qué digo? Justamente porque se toma á broma,
es porque no hemos encontrado nada mejor para distraernos de la
seriedad que los días imponen.
¿No es toda la vida española la de Don Juan Tenorio? Fanfarrona,
despreocupada, altas frases, bajas acciones, el sentir y el pensar
afectados, mucha elocuencia, mucha retórica ... y sobre todo esto, la
esperanza en el punto de contrición, gustoso y fácil, y la salvación
final por mano de doña Inés, que por no faltar en nada al simbolismo,
viste hábitos monjiles. Porque ¿como puede salvarse nadie en España sin
intervención de monjío ó _frailío_?
Por algo, con ser tan popular en España la figura de Don Juan Tenorio,
no halló su consagración literaria definitiva hasta que el genio
archiespañol de Zorrilla supo españolizarlo del todo. Los españoles no
podíamos tolerar que Don Juan se condenase de ningún modo, ni con la
música divina de Mozart. Era como condenarnos nosotros mismos.
¿Y no merecía la salvación Don Juan Tenorio mejor que el doctor Fausto,
que es algo también del alma alemana, todo filosofía y pesadez, hasta
cuando enamora y ama?
No, no puede condenarse á estos hombres que son el alma de una raza.
Don Juan Tenorio será siempre el héroe preferido de España, solo por
esto, por salvarse.
Lo hubiera sido Don Quijote, si Cervantes más humano que español, ó
quizás más de su tiempo que español, que humano, en vez de curarle al
morir de todos sus desatinos, para hacerle posible la salvación como
cristiano, le hubiera entrado valientemente en la gloria, de la mano de
Dulcinea, en la suprema exaltación de su locura triunfadora.
* * * * *
Madrid se aburre como nunca, desmintiendo así la afirmación de que bajo
gobiernos reaccionarios fué siempre cuando más se divirtió la gente.
Dígalo Roma en tiempos del poder temporal pontificio, dígalo París en
tiempos de Luis XIV, dígalo, en fin, Madrid mismo en tiempos de los
Austrias.
Madrid se aburre, sin que su aburrimiento logre interesarse por nada,
apenas por la reaparición de Gallito. Y eso que al decir de algunos
aficionados, nunca se vió fenómeno igual. ¡Un pase de muleta en dos
corridas!
Bien puede estar agradecido el susodicho diestro á la afición madrileña
y aún decirle como Marión Delorme al caballero Didier en el drama
de Víctor Hugo: _Ton amour m’á refait une virginité_. ¡Oh afición
madrileña, tu que hiciste temblar á Frascuelo, Lagartijo y Guerra,
entusiasmándote por un pase! Bien dicen que cuando nada interesa es
cuando esta uno en peligro de interesarse por cualquier cosa. Hay cosas
que solo el aburrimiento puede explicarlas.
Nada solícita nuestra atención ni nuestro interés. Política, arte,
vida de sociedad, todo languidece. Por algo nuestro nuevo alcalde
quiere obligarnos á marchar deprisita por esas calles, á ver si con la
celeridad de la circulación nos animamos un poquito.
Si la orden se cumple y los habituales plantones de la Puerta del Sol
se ven obligados á circular, aquello parecerá un Tío Vivo. Hay allí
losas que no mojaron nunca lluvias del cielo ni riegos municipales;
resguardadas de todas las inclemencias por el mismo grupo compacto que
hizo de ellas pedestal de un momento á la vagancia y al arte de residir
en el sitio más céntrico y más caro de Madrid, sin pagar al casero.
Bien muestra el nuevo alcalde su procedencia automovilista, y por las
trazas su ideal es ponernos á los madrileños en cuarta velocidad. No
será malo, si lo consigue, porque en Madrid, donde moralmente, el que
no corre vuela, materialmente no se sabe andar por la calle.
Hay quien á más de ir á paso de procesión, serpentea graciosamente para
estorbar el paso al que viene detrás. Hay señor que lleva el bastón ó
el paraguas á guisa de pica, y al andar va marcando puyazos á cuántos
le preceden. Hay quien juguetea con dichos artefactos, como _jongleur_
de circo, y lo mismo le derriba á uno el sombrero que le salta un
ojo. Hay quien se emboza á todo vuelo, envolviendo amorosamente al
transeúnte más próximo. Hay quien es capaz de leer un drama á un amigo
en la acera más transitada, entre un coche parado y un escaparate
llamativo. Hay señoras que reciben á sus relaciones en una esquina y
allí se constituyen en sesión permanente.
Y es que en Madrid, cuando se anda, nadie va á ninguna parte; hace
tiempo para ir á ella y se sale siempre demasiado temprano para ir á un
sitio al que siempre se llega demasiado tarde.
Cosa que también puede suceder al señor Maura en sus concesiones á los
solidarios. Salir á buscarlos; perder el tiempo y llegar tarde.
* * * * *
Cuentan del gran Víctor Hugo, que cuando se hallaba en alguna reunión
de escritores, valíase de una inocente estratagema para descubrir
cuáles de entre ellos abrigaban la ilusión y la esperanza de ser
académicos. Para ello, soltaba alguna tremenda irreverencia contra la
Academia ó contra algún grupo ó individuo de ella. Los que francamente
reían á coro con el, era señal de que estaban limpios de toda ambición.
Pero si alguno permanecía serio ó reía para dentro, entonces Víctor
Hugo, sonriente, advertía pronto: Fulano no se ha reído. Quiere ser
académico. Y así descubrió á más de un futuro candidato.
A prueba semejante asistimos á cada paso, cuando algún crimen de
resonancia es preocupación general en todos los círculos sociales.
Hay quien no puede ó no sabe ocultar sus simpatías y su admiración. Se
habla, por ejemplo, de la estafa al Banco de España:
—¿Ha visto usted qué bien combinado todo? Y ya verá usted como al
verdadero autor no se le descubre. Y se extiende en todo género de
admiraciones á la habilidad y serenidad de los falsificadores, y cada
fracaso de las autoridades en descubrirlos lo considera como un triunfo
personal. ¡No los cogen, no; ya lo verán ustedes!
Parece como si se animara á sí propio con la impunidad.
Se habla del crimen del «Hojalata», y el que no se atreve á aclamarle
por su crimen le admira por su muerte. ¿Han visto ustedes? ¡Qué valor!
¡Vaya un tío! La verdad es que ha conseguido imponerse el respeto de la
gente. El hombre que hace eso no es un criminal cualquiera ...
Lectores, desconfiad de estos panegiristas y cuando oigáis á algunos
expresarse así, como Víctor Hugo decía: Fulano quiere ser académico,
pensad vosotros: Fulano va para criminal. A cuatro delitos que queden
impunes, se lanza.
* * * * *
Todos hemos asistido alguna vez al estreno de una obra dramática de
interesantísima acción, situaciones de gran efecto, «cuajada» de
pensamientos deslumbradores y frases relampagueantes; todos nos hemos
interesado, emocionado; hemos aplaudido, aclamado, y al salir del
teatro, apenas el aire de la noche ha refrescado nuestra frente, al
pretender recoger nuestra emoción, pensamos y no tardamos en descubrir
que la emoción desaparece. Aquella hermosa situación, recordamos ...
pero verdad es que era muy falsa, porque si el personaje aquel llega
antes con la carta ... Y lo natural era que hubiera llegado. ¿Y aquella
frase?... Sí, pero la verdad es que lo mismo puede significar lo
contrario ... Y así ante el análisis reposado, pronto nos damos cuenta
de que nos habían robado la emoción, habíamos sido víctimas de un
atraco violento, más ó menos artístico, pero atraco, al fin.
Una cosa parecida nos ha sucedido con la memorable sesión que
pudiéramos llamar patriótica. El entusiasmo de la representación no ha
resistido el frío de la calle. La obra ha sido de las efectistas.
Muchos millones, mucho patriotismo, hermosas frases, pero muy poca
escuadra. Todo ha sido decirnos: Tengamos marina y lo demás se nos dará
por añadidura; el común sentir dice más bien: Tengamos lo demás y la
marina se nos dará por añadidura.
Nos dicen que de otro modo no podemos salir de casa, y hay que asomarse
al mundo. ¡Ay! Esto me hace pensar en esas gentes cursis que viven
de mala manera, y cuando se encuentran á algún conocido que ofrece
visitarlas se apresuran á decir: No se moleste usted, nosotros iremos á
verle á usted, no faltaba más. Todo porque no les descubran la modesta
vivienda donde falta toda comodidad y todo lujo. ¿Será por esto nuestro
afán de salir á Europa, como los cursis que con cuatro trapitos hacen
su papel por esas calles y paseos, aunque en casa no coman? ¿Y no sería
mejor que ponernos en facha de salir á visitar el mundo, ponernos en
condiciones de que el mundo pudiera venir á visitarnos?
* * * * *
¡El invierno se presenta terrible para los ricos! Ha subido el precio
del pan de lujo. Sólo falta que suba también el precio de la gasolina y
la vida será imposible para las clases acomodadas.
Por fortuna, ahora es la última moda en comidas aristocráticas probar
apenas una cortecita de pan. La delgadez es el ideal estético y casi
todo el mundo esta á régimen. Los anfitriones están de enhorabuena.
Suprimidos los vinos «matusalenes» y las marcas de precio; con buen
surtido de aguas medicinales se sale del paso. Apolinaris, Vichy,
Mondariz ... Los comensales se juntan por afinidades curativas.
—¡Usted es Vichy, verdad, marqués? Siéntese usted aquí con la condesa.
—No, querida amiga. Ahora he cambiado. Vichy no me iba nada ... Ahora
soy Apolinaris.
—Entonces á mi lado.
—Es lo que yo quería.
—¿Cuántos kilos ha perdido usted este mes? Yo, kilo y medio.
—Yo he aumentado en tres.
—¡Qué disparate!
—Pero no estoy seguro, porque me pesé con gabán de pieles y después de
oir «María di Rohan».
—Yo tengo báscula en mi cuarto y me peso con la menor ropa posible.
—Avíseme usted.
—¿Y usted, marquesa? ¿Como va con su régimen?
—Ya me ve usted. Ya no tengo nada que perder.
No hay duda, de los tres enemigos del alma, la carne es el más
combatido entre las personas distinguidas, y la subida del pan, que
tanto contribuye á aumentarlas, no puede afectarlas grandemente.
En cuanto á las clases menesterosas, ¿cuando no han estado á régimen en
España? Ahora, por lo menos, tienen el consuelo de pensar que están á
la última, siempre suena mejor que en las últimas.
* * * * *
La verdadera solidaridad española se muestra como nunca en estos días
anteriores á la gran lotería de Navidad. Hay número que, como Don
Juan Tenorio, recorre toda la escala social. Del ministro al último
ordenanza del Ministerio, de la gran señora al carbonero, de la primera
actriz al tramoyista. ¡Todos unidos en una misma aspiración y una misma
esperanza! Hay quien no puede ver un número sin pedir participación, y
por lograrla es capaz de todo. En estos días se descubre como nunca el
carácter de las personas. El egoistón que compra su billete ó su
décimo, según los posibles, con el mayor sigilo, á nadie dice palabra,
y así previene las peticiones de participación antes y las de dinero
después si logra un premio. El altruísta que quisiera compartir su
suerte con todo el mundo y acaba por quedarse con veinticinco céntimos
en cada número y aún piensa fundar un asilo benéfico si le tocara
el gordo. Y el supersticioso que coloca el papelito bajo una imagen
devota ó un amuleto diabólico, según sus inclinaciones agoreras, y el
pendolista que goza sobre todo con extender los recibos de su puño
y letra con arabescos y tintas de colores y toda clase de primores
caligráficos, y el matemático que luce toda su ciencia calculista
repentizando operaciones al tanto de lo que corresponde por fracción
y por premio ... todos, todos descubren su carácter en estos días de
ilusiones, de esperanzas, en que toda preocupación desaparece envuelta
en ilusiones ... ¡Admirable institución esta de la lotería! ¿No es acaso
la única felicidad positiva que debemos á nuestros gobiernos?
[Ilustración]