No puedo negar mi debilidad—verdad que esto de las debilidades no
sirve negarlo, se trasluce siempre:—me encantan la tiranía y la
reacción en los gobiernos. La demasiada libertad debilita y endulza los
caracteres, que nunca afirman con tanta energía en su individualidad
como al rebelarse contra la opresión del medio, ya sea social, política
ó familiar.
Soy enemigo también de las protestas ruidosas y colectivas. ¡Es tan
fácil, sin molestar á nadie, hacer un noventa y tres para nuestro
uso particular! ¿Y puede haber nada más agradable que sentirse
revolucionario á tan poca costa, sólo con buscar un refugio en donde
cenar ó beber después de la una y media á despecho de severas leyes?
¿Y á quien le faltará ese refugio? Donde cien puertas se cierran, una
se abre, suave y misteriosa, detrás de la cual suele aparecer como
apoteosis de la rebelión triunfante, en primer término, algún delegado
de la autoridad como hada protectora del establecimiento. El sésamo que
nos abre el encantado lugar, tiene algo de santo y seña de conjuración,
y todo ello es sabroso como el fruto prohibido.
Siempre fuí de la opinión de aquella gran señora, golosa de helados,
que al saborearlos con fruición, decía á sus amigos: ¡Lástima que no
sea pecado!
¡Agradezcamos á nuestros moralizadores que hayan hecho pecado de
tantas cosas inocentes.
Y no temamos por nuestras malas costumbres. Antes que los gobiernos, el
mismo Dios intentó reformarlas con diluvios, asolamientos de ciudades,
y, por última vez, con su presencia y predicaciones en la tierra, y
nada, la humanidad empecatada sigue lo mismo, los mismos pecados, los
mismos vicios. ¡Hay para rato!
Pero, en fin, los gobiernos están en su papel. Como aquel fatalista
que, creyendo que todo cuanto sucedía no podía por menos de suceder
así, y á pesar de ello, se indignaba cuando sucedía algo que le
desagradaba y al decirle los amigos: ¿Pero se cree usted que todo esta
escrito porque se incomode usted? Porque esta escrito también que yo me
incomode.
Del mismo modo, como son fatales las malas costumbres de los
gobernados, fatal es también la tontería de los gobiernos en querer
reformarlas. Pero no seamos intolerantes. Hay que justificar los
cargos. Si los gobiernos no molestan alguna vez, ¿se notaría que había
gobierno?
* * * * *
A los que no acaba de convencernos la necesidad de dividir las horas en
morales é inmorales, se nos quiere convencer por la materialidad de la
conveniencia higiénica. Y eso sí que es ponerse fuera de la realidad.
En lo sano de los madrugones no es posible que nadie crea.
Salgan ustedes una mañanita tempranito, dénse una vueltecita por esas
calles, suban á un tranvía, entren en una iglesia, y oirán ustedes
toses perrunas y carrasperas y voces catarrosas, y verán ustedes caras
de desenterrados que les pondrán espanto. ¡Son los que madrugan!
Las primeras horas de la mañana son en Madrid las más destempladas y
variables de temperatura; hay un olor á cieno que penetra hasta los
huesos. En cambio á las altas horas de la noche, aún en las más frías
del invierno, parece como que el aire se suspende, hay una limpidez,
una serenidad en la atmósfera. Además, á esas horas el organismo
nutrido por completo (para los que no se nutren todas las horas son
iguales), goza la plena posesión de sus energías; el cerebro funciona
más activo. Entréguense ustedes á cualquier trabajo, sobre todo
intelectual, en las primeras horas de la mañana, con la costumbre
española del desayuno frugal, y verán ustedes primores. Yo creo que el
mal humor de nuestros empleados y oficinistas no tiene otra causa.
Estoy seguro de que si las oficinas del Estado, las particulares,
empezaran á esas horas pecaminosas en que todo ha de cerrarse, sería
aquello un anticipo del teatro poético: tan afables y complacientes se
mostrarían los empleados.
La mañana es la hora del mal humor, de la destemplanza, de las
disputas, de los crímenes. Basta consultar cualquier estadística, para
ver que con ser más propicia la obscuridad de la noche, abundan más los
crímenes matutinos.
La noche es toda amor, afectuosidad. Lo saben los gatos, lo saben las
señoras que dan bailes ... A propósito: ¿en la próxima temporada de
invierno terminarán los bailes de sociedad á la hora en que se cierren
los teatros ó á la hora en que se cierren los cafés? Hay que advertir
que cuando se celebra uno de esos grandes bailes, las molestias del
ruido de coches y de músicas es mayor para los vecinos que las que
puede ocasionar cualquier café abierto hasta la madrugada. Ó se reforma
para todos, ó para ninguno.
Por lo menos, los escotes de las señoras sí deben cerrarse: A las doce
y media, si se consideran como espectáculo; á la una y media, si se
consideran como _restaurant_.
* * * * *
Todavía hay ancianos que nos hablan de la aparatosa presentación de
Listz en escena, seguido de un lacayo, al que arrojaba desdeñosamente
los guantes, antes de sentarse al piano.
Hoy, ningún concertista de reputación se dignaría presentarse con
un vulgar lacayo. Para firmar contratos ventajosos, es preciso ir
acompañado de una princesa, por lo menos.
Dado el número de altezas reales é imperiales que en estos últimos años
han lanzado su corona _par dessus les moulins_, pronto veremos como
hasta en los circos no hay _jongleur_ que no lleve consigo una princesa
para alargarle los chirimbolos. Cuando en los carteles de algún teatro
aparezca el anuncio: Asistirán sus majestades y altezas, ya sabrá el
público que no será en los palcos regios, sino en el escenario.
¡Oh locas princesas! ¿No sabéis que en los cuentos de hadas el amor
hace príncipes á los pastores, pero nunca pastores á los príncipes?
¿Tan poco puede la magia del amor en estos tiempos? ¿No pensáis que
algún día el pianista más enamorado podrá recriminaros por vuestra
ligereza? Me has estropeado la carrera, os dirá. Si no hubieras dejado
de ser princesa, á estas horas podía yo ser músico de cámara, director
del Conservatorio y acaso ministro de Bellas Artes.
Y tendrá razón. ¡Pobre Catalina de Rusia, si la primera vez que se
enamoró de un soldado, en vez de ascenderle á general, hubiera ella
dejado de ser emperatriz para hacerse cantinera del regimiento! ¡No
hubieran sido bofetadas! ¡Oh locas princesas! ¿No sabéis que aún en las
más vulgares aventuras callejeras, el amor, por fin, dice: ¡Sube! nunca
dice: ¡Bajo!
Creedlo, bueno esta que perdáis todos los tornillos de la cabeza, pero
no el que sujeta la corona. El amor es gran revolucionario, pero por
eso mismo, si admira á los príncipes que saben morir, desprecia á los
que solo saben abdicar.
* * * * *
Sarah Bernard pública el primer volumen de sus memorias. Esta mujer
extraordinaria, que será sin duda una de las figuras representativas
del siglo XIX—no comprendemos como Don Miguel de Unamuno no
la ha tomado ya ojeriza—al relatarnos su vida pone el mismo encanto de
su vida toda. Ese encanto prestigioso de una vida armoniosa, afirmación
de su arrogante divisa: _Quand même_.
Y no obstante, para curarnos de vanidades, ¡como en esta vida en que
todo parece fuerza de voluntad se muestra más claramente el trazo
señalado á nuestros destinos por una voluntad sobrehumana!
Todo, hasta lo que más parece desviar de la senda marcada, es
solo rodeo para llegar más pronto y con más brío. Y sobre las
luchas, los obstáculos, los desfallecimientos, siempre esa alegría
íntima, patrimonio del verdadero artista, que puede tener horas de
desesperación en su vida, pero nunca una vida desesperada, porque hay
algo en el que se sobrepone á todo, la seguridad en sí mismo. Pero
los que crean que el camino es fácil, lean la historia de los penosos
comienzos de la artista, que ella recuerda con sonrisa indulgente de
triunfadora.
¡Las mezquindades de la envidia, la malevolencia de los compañeros, las
injusticias de la crítica, las veleidades del público, tornadizo en sus
admiraciones, deseoso siempre, como niño, de destrozar y de cambiar sus
juguetes!
Cuando se triunfa de todo esto, á pesar de todo—_Quand même_—es
preciso creer en la predestinación, y debemos agradecer á los grandes
elegidos de la gloria que nos cuenten su vida, porque si en ellos puede
haber orgullo al contarla, al leerla nosotros aprenderemos humildad. No
triunfa el que quiere, sino el que puede. Y si el querer es humano, el
poder es divino.
De otro modo, ¿quien triunfaría nunca de la envidia, de la calumnia,
de tanta y tanta miseria?... que esas ¡ay! sí son humanas, demasiado
humanas.
* * * * *
Uno que no quiere aburrirse, ó por lo menos cree que no se aburrirá
de ese modo, es un señor que anuncia en la cuarta plana de un popular
periódico lo siguiente: _Deseo conocer á escritores de verdadero
talento._ Y debajo: _Deseo amistad con mujer inteligente_.
Así, poca cosa. Como poseedor de talismán en comedia de magia, que
no cesa de pedir gollerías, seguro de que el genio protector ha de
concedérselo todo.
Es posible que á estas horas ya tenga en su poder buen número de
ofertas y aún es posible, si es hombre de buen humor, que con todas
ellas publique un curioso libro, como hizo un norteamericano, quien
también anuncio en los periódicos que deseaba correspondencia con
señorita distinguida, inteligente y bella, y después con los miles
de cartas recibidas, publicó un libro, con el agradecido título de
_Mujeres anormales que contestan á los anuncios_.
En este caso más que las ofertas de las mujeres inteligentes tendrán
que leer las de los escritores de talento.
También es posible que el anunciante desee lo contrario de lo que pide,
y no hay duda que es el mejor medio para conseguirlo. Porque bien
puede asegurarse que si no logra su deseo de conocer á escritores de
verdadero talento y á una mujer inteligente, conocerá en cambio á mucho
majadero y á muchísima loca.
Lo que no quiere decir que deba dar por mal empleado el dinero que le
costó el anuncio. ¡Puede uno divertirse tanto con un majadero! Y con
una mujer loca, ¡no se diga! Desde la más remota antigüedad son las que
vienen dando mejor resultado.
Y las únicas capaces de amar con desinterés. Por eso son locas. Las
mujeres inteligentes solo aman al que puede ofrecerlas mucho dinero.
Por eso son inteligentes.
* * * * *
El paso de Mercurio ha servido, según nos dicen, para descubrir y
demostrar una ley astronómica, que era ya verdad demostrada en las
esferas sociales de este bajo mundo. Que los satélites son los que
determinan el movimiento de los planetas y no lo contrario, como se
creía.
Con toda su luz, el planeta es un juguete de los satélites, que le
traen y le llevan, le acercan ó le alejan de un punto determinado.
¡Pobres planetas! ¡Pensar que si alguno de ellos nos desmenuzara en
partículas por el espacio infinito, el se llevaría la culpa con nuestra
última maldición, cuando toda lo sería de los satélites.
¡Oh, los grandes planetas políticos, orgullosos por contar con una
mayoría compacta, los planetas del arte, ufanos con sus admiradores,
los planetas taurinos _moñudos_ con sus aficionados ... ¡Satélites,
satélites son todos que os marcarán el rumbo á pesar vuestro!
El planeta político se esta quietecito en casa, comprendiendo cuánto le
conviene el reposo para reponer averías, pero los satélites imperan.
¡Hay que volver á la lucha! ¡Hay que aceptar el poder! Y allá va el
planeta ...
El planeta del arte duerme sosegado sobre sus laureles, pero los
satélites le despiertan y sacuden ... ¡Algo nuevo, más, más!... Y el
planeta se lanza por donde no pensaba.
El planeta taurino no quiere competencias, pero los satélites le
vociferan: ¡A ver eso! ¡Que le pisan á usted el terreno! ¡Que se lo
comen!... Y el planeta taurino va á la enfermería.
¡Dichosos los planetas que no tienen satélites, así en la tierra como
en el cielo!
* * * * *
Mientras se discute el presupuesto de enseñanza y el señor ministro
de Instrucción Pública se permite finísimas ironías á propósito de
la nueva asociación de cultura, yo evoco una vez más el recuerdo
de aquella escuela de aldea que avergonzaría en el último aduar de
Marruecos.
Lóbrega, sucia, desmantelada; lo único que allí puede aprenderse—y
esto las niñas, que tienen su escuela en el piso alto—es gimnasia,
para trepar por una escalera derrumbada, que es, por lo menos, una
tentativa de infanticidio en cada peldaño.
Y allí preside, bajo un dosel pingajoso, un Cristo lúgubre,
inquisitorial; ese Cristo á quien todos los días crucifica la maldad,
la ignorancia y la indiferencia de los hombres, ese Cristo que dijo:
Dejad á los niños que se acerquen á mí; y allí parece decir, con más
verdadero amor: No, no los dejéis que se acerquen aquí, no los traigáis
á esta mazmorra ...
Y recuerdo los versos de indignación, de santa ira, con que el ilustre
Guerra-Junqueiro maldijo de las escuelas portuguesas.
¡Y aún se discute y se regatea en el presupuesto de enseñanza! Sí, es
verdad, no debe pensarse en pensiones para estudios en el extranjero,
en grandes centros de enseñanza superior, mientras exista una, una sola
de esas escuelas de pueblo, que darían ganas de llorar si no las dieran
de matar ... ¿A quien? ¿Donde puede hallarse el verdadero responsable
de ese crimen tan nacional, tan de todos? El único castigo sería el
de obligar á muchos á llevar á sus hijos, á otros á ser maestros en
ellas, á todos ... ¡Ah! Ese castigo ya se realiza, el de respirar en un
ambiente de incultura, de atraso, en que solo viven y prosperan los que
saben explotarlo en provecho propio.
[Ilustración]