XVII

No puedo negar mi debilidad—verdad que esto de las debilidades no

sirve negarlo, se trasluce siempre:—me encantan la tiranía y la

reacción en los gobiernos. La demasiada libertad debilita y endulza los

caracteres, que nunca afirman con tanta energía en su individualidad

como al rebelarse contra la opresión del medio, ya sea social, política

ó familiar.

Soy enemigo también de las protestas ruidosas y colectivas. ¡Es tan

fácil, sin molestar á nadie, hacer un noventa y tres para nuestro

uso particular! ¿Y puede haber nada más agradable que sentirse

revolucionario á tan poca costa, sólo con buscar un refugio en donde

cenar ó beber después de la una y media á despecho de severas leyes?

¿Y á quien le faltará ese refugio? Donde cien puertas se cierran, una

se abre, suave y misteriosa, detrás de la cual suele aparecer como

apoteosis de la rebelión triunfante, en primer término, algún delegado

de la autoridad como hada protectora del establecimiento. El sésamo que

nos abre el encantado lugar, tiene algo de santo y seña de conjuración,

y todo ello es sabroso como el fruto prohibido.

Siempre fuí de la opinión de aquella gran señora, golosa de helados,

que al saborearlos con fruición, decía á sus amigos: ¡Lástima que no

sea pecado!

¡Agradezcamos á nuestros moralizadores que hayan hecho pecado de

tantas cosas inocentes.

Y no temamos por nuestras malas costumbres. Antes que los gobiernos, el

mismo Dios intentó reformarlas con diluvios, asolamientos de ciudades,

y, por última vez, con su presencia y predicaciones en la tierra, y

nada, la humanidad empecatada sigue lo mismo, los mismos pecados, los

mismos vicios. ¡Hay para rato!

Pero, en fin, los gobiernos están en su papel. Como aquel fatalista

que, creyendo que todo cuanto sucedía no podía por menos de suceder

así, y á pesar de ello, se indignaba cuando sucedía algo que le

desagradaba y al decirle los amigos: ¿Pero se cree usted que todo esta

escrito porque se incomode usted? Porque esta escrito también que yo me

incomode.

Del mismo modo, como son fatales las malas costumbres de los

gobernados, fatal es también la tontería de los gobiernos en querer

reformarlas. Pero no seamos intolerantes. Hay que justificar los

cargos. Si los gobiernos no molestan alguna vez, ¿se notaría que había

gobierno?

* * * * *

A los que no acaba de convencernos la necesidad de dividir las horas en

morales é inmorales, se nos quiere convencer por la materialidad de la

conveniencia higiénica. Y eso sí que es ponerse fuera de la realidad.

En lo sano de los madrugones no es posible que nadie crea.

Salgan ustedes una mañanita tempranito, dénse una vueltecita por esas

calles, suban á un tranvía, entren en una iglesia, y oirán ustedes

toses perrunas y carrasperas y voces catarrosas, y verán ustedes caras

de desenterrados que les pondrán espanto. ¡Son los que madrugan!

Las primeras horas de la mañana son en Madrid las más destempladas y

variables de temperatura; hay un olor á cieno que penetra hasta los

huesos. En cambio á las altas horas de la noche, aún en las más frías

del invierno, parece como que el aire se suspende, hay una limpidez,

una serenidad en la atmósfera. Además, á esas horas el organismo

nutrido por completo (para los que no se nutren todas las horas son

iguales), goza la plena posesión de sus energías; el cerebro funciona

más activo. Entréguense ustedes á cualquier trabajo, sobre todo

intelectual, en las primeras horas de la mañana, con la costumbre

española del desayuno frugal, y verán ustedes primores. Yo creo que el

mal humor de nuestros empleados y oficinistas no tiene otra causa.

Estoy seguro de que si las oficinas del Estado, las particulares,

empezaran á esas horas pecaminosas en que todo ha de cerrarse, sería

aquello un anticipo del teatro poético: tan afables y complacientes se

mostrarían los empleados.

La mañana es la hora del mal humor, de la destemplanza, de las

disputas, de los crímenes. Basta consultar cualquier estadística, para

ver que con ser más propicia la obscuridad de la noche, abundan más los

crímenes matutinos.

La noche es toda amor, afectuosidad. Lo saben los gatos, lo saben las

señoras que dan bailes ... A propósito: ¿en la próxima temporada de

invierno terminarán los bailes de sociedad á la hora en que se cierren

los teatros ó á la hora en que se cierren los cafés? Hay que advertir

que cuando se celebra uno de esos grandes bailes, las molestias del

ruido de coches y de músicas es mayor para los vecinos que las que

puede ocasionar cualquier café abierto hasta la madrugada. Ó se reforma

para todos, ó para ninguno.

Por lo menos, los escotes de las señoras sí deben cerrarse: A las doce

y media, si se consideran como espectáculo; á la una y media, si se

consideran como _restaurant_.

* * * * *

Todavía hay ancianos que nos hablan de la aparatosa presentación de

Listz en escena, seguido de un lacayo, al que arrojaba desdeñosamente

los guantes, antes de sentarse al piano.

Hoy, ningún concertista de reputación se dignaría presentarse con

un vulgar lacayo. Para firmar contratos ventajosos, es preciso ir

acompañado de una princesa, por lo menos.

Dado el número de altezas reales é imperiales que en estos últimos años

han lanzado su corona _par dessus les moulins_, pronto veremos como

hasta en los circos no hay _jongleur_ que no lleve consigo una princesa

para alargarle los chirimbolos. Cuando en los carteles de algún teatro

aparezca el anuncio: Asistirán sus majestades y altezas, ya sabrá el

público que no será en los palcos regios, sino en el escenario.

¡Oh locas princesas! ¿No sabéis que en los cuentos de hadas el amor

hace príncipes á los pastores, pero nunca pastores á los príncipes?

¿Tan poco puede la magia del amor en estos tiempos? ¿No pensáis que

algún día el pianista más enamorado podrá recriminaros por vuestra

ligereza? Me has estropeado la carrera, os dirá. Si no hubieras dejado

de ser princesa, á estas horas podía yo ser músico de cámara, director

del Conservatorio y acaso ministro de Bellas Artes.

Y tendrá razón. ¡Pobre Catalina de Rusia, si la primera vez que se

enamoró de un soldado, en vez de ascenderle á general, hubiera ella

dejado de ser emperatriz para hacerse cantinera del regimiento! ¡No

hubieran sido bofetadas! ¡Oh locas princesas! ¿No sabéis que aún en las

más vulgares aventuras callejeras, el amor, por fin, dice: ¡Sube! nunca

dice: ¡Bajo!

Creedlo, bueno esta que perdáis todos los tornillos de la cabeza, pero

no el que sujeta la corona. El amor es gran revolucionario, pero por

eso mismo, si admira á los príncipes que saben morir, desprecia á los

que solo saben abdicar.

* * * * *

Sarah Bernard pública el primer volumen de sus memorias. Esta mujer

extraordinaria, que será sin duda una de las figuras representativas

del siglo XIX—no comprendemos como Don Miguel de Unamuno no

la ha tomado ya ojeriza—al relatarnos su vida pone el mismo encanto de

su vida toda. Ese encanto prestigioso de una vida armoniosa, afirmación

de su arrogante divisa: _Quand même_.

Y no obstante, para curarnos de vanidades, ¡como en esta vida en que

todo parece fuerza de voluntad se muestra más claramente el trazo

señalado á nuestros destinos por una voluntad sobrehumana!

Todo, hasta lo que más parece desviar de la senda marcada, es

solo rodeo para llegar más pronto y con más brío. Y sobre las

luchas, los obstáculos, los desfallecimientos, siempre esa alegría

íntima, patrimonio del verdadero artista, que puede tener horas de

desesperación en su vida, pero nunca una vida desesperada, porque hay

algo en el que se sobrepone á todo, la seguridad en sí mismo. Pero

los que crean que el camino es fácil, lean la historia de los penosos

comienzos de la artista, que ella recuerda con sonrisa indulgente de

triunfadora.

¡Las mezquindades de la envidia, la malevolencia de los compañeros, las

injusticias de la crítica, las veleidades del público, tornadizo en sus

admiraciones, deseoso siempre, como niño, de destrozar y de cambiar sus

juguetes!

Cuando se triunfa de todo esto, á pesar de todo—_Quand même_—es

preciso creer en la predestinación, y debemos agradecer á los grandes

elegidos de la gloria que nos cuenten su vida, porque si en ellos puede

haber orgullo al contarla, al leerla nosotros aprenderemos humildad. No

triunfa el que quiere, sino el que puede. Y si el querer es humano, el

poder es divino.

De otro modo, ¿quien triunfaría nunca de la envidia, de la calumnia,

de tanta y tanta miseria?... que esas ¡ay! sí son humanas, demasiado

humanas.

* * * * *

Uno que no quiere aburrirse, ó por lo menos cree que no se aburrirá

de ese modo, es un señor que anuncia en la cuarta plana de un popular

periódico lo siguiente: _Deseo conocer á escritores de verdadero

talento._ Y debajo: _Deseo amistad con mujer inteligente_.

Así, poca cosa. Como poseedor de talismán en comedia de magia, que

no cesa de pedir gollerías, seguro de que el genio protector ha de

concedérselo todo.

Es posible que á estas horas ya tenga en su poder buen número de

ofertas y aún es posible, si es hombre de buen humor, que con todas

ellas publique un curioso libro, como hizo un norteamericano, quien

también anuncio en los periódicos que deseaba correspondencia con

señorita distinguida, inteligente y bella, y después con los miles

de cartas recibidas, publicó un libro, con el agradecido título de

_Mujeres anormales que contestan á los anuncios_.

En este caso más que las ofertas de las mujeres inteligentes tendrán

que leer las de los escritores de talento.

También es posible que el anunciante desee lo contrario de lo que pide,

y no hay duda que es el mejor medio para conseguirlo. Porque bien

puede asegurarse que si no logra su deseo de conocer á escritores de

verdadero talento y á una mujer inteligente, conocerá en cambio á mucho

majadero y á muchísima loca.

Lo que no quiere decir que deba dar por mal empleado el dinero que le

costó el anuncio. ¡Puede uno divertirse tanto con un majadero! Y con

una mujer loca, ¡no se diga! Desde la más remota antigüedad son las que

vienen dando mejor resultado.

Y las únicas capaces de amar con desinterés. Por eso son locas. Las

mujeres inteligentes solo aman al que puede ofrecerlas mucho dinero.

Por eso son inteligentes.

* * * * *

El paso de Mercurio ha servido, según nos dicen, para descubrir y

demostrar una ley astronómica, que era ya verdad demostrada en las

esferas sociales de este bajo mundo. Que los satélites son los que

determinan el movimiento de los planetas y no lo contrario, como se

creía.

Con toda su luz, el planeta es un juguete de los satélites, que le

traen y le llevan, le acercan ó le alejan de un punto determinado.

¡Pobres planetas! ¡Pensar que si alguno de ellos nos desmenuzara en

partículas por el espacio infinito, el se llevaría la culpa con nuestra

última maldición, cuando toda lo sería de los satélites.

¡Oh, los grandes planetas políticos, orgullosos por contar con una

mayoría compacta, los planetas del arte, ufanos con sus admiradores,

los planetas taurinos _moñudos_ con sus aficionados ... ¡Satélites,

satélites son todos que os marcarán el rumbo á pesar vuestro!

El planeta político se esta quietecito en casa, comprendiendo cuánto le

conviene el reposo para reponer averías, pero los satélites imperan.

¡Hay que volver á la lucha! ¡Hay que aceptar el poder! Y allá va el

planeta ...

El planeta del arte duerme sosegado sobre sus laureles, pero los

satélites le despiertan y sacuden ... ¡Algo nuevo, más, más!... Y el

planeta se lanza por donde no pensaba.

El planeta taurino no quiere competencias, pero los satélites le

vociferan: ¡A ver eso! ¡Que le pisan á usted el terreno! ¡Que se lo

comen!... Y el planeta taurino va á la enfermería.

¡Dichosos los planetas que no tienen satélites, así en la tierra como

en el cielo!

* * * * *

Mientras se discute el presupuesto de enseñanza y el señor ministro

de Instrucción Pública se permite finísimas ironías á propósito de

la nueva asociación de cultura, yo evoco una vez más el recuerdo

de aquella escuela de aldea que avergonzaría en el último aduar de

Marruecos.

Lóbrega, sucia, desmantelada; lo único que allí puede aprenderse—y

esto las niñas, que tienen su escuela en el piso alto—es gimnasia,

para trepar por una escalera derrumbada, que es, por lo menos, una

tentativa de infanticidio en cada peldaño.

Y allí preside, bajo un dosel pingajoso, un Cristo lúgubre,

inquisitorial; ese Cristo á quien todos los días crucifica la maldad,

la ignorancia y la indiferencia de los hombres, ese Cristo que dijo:

Dejad á los niños que se acerquen á mí; y allí parece decir, con más

verdadero amor: No, no los dejéis que se acerquen aquí, no los traigáis

á esta mazmorra ...

Y recuerdo los versos de indignación, de santa ira, con que el ilustre

Guerra-Junqueiro maldijo de las escuelas portuguesas.

¡Y aún se discute y se regatea en el presupuesto de enseñanza! Sí, es

verdad, no debe pensarse en pensiones para estudios en el extranjero,

en grandes centros de enseñanza superior, mientras exista una, una sola

de esas escuelas de pueblo, que darían ganas de llorar si no las dieran

de matar ... ¿A quien? ¿Donde puede hallarse el verdadero responsable

de ese crimen tan nacional, tan de todos? El único castigo sería el

de obligar á muchos á llevar á sus hijos, á otros á ser maestros en

ellas, á todos ... ¡Ah! Ese castigo ya se realiza, el de respirar en un

ambiente de incultura, de atraso, en que solo viven y prosperan los que

saben explotarlo en provecho propio.

[Ilustración]

De Sobremesa; crónicas, Primera Parte (de 5) · 第 20 / 30 题