El Pernales ha muerto. ¡Viva el Pernales! No puede extinguirse la
dinastía. Si tarda en surgir un sucesor de carne y hueso, la fantasía
popular sabrá crearle y su espíritu vagará por los campos con todas las
apariencias de la realidad. Será sólo un nombre, pero es preciso que
ese nombre suene. Necesita de el mucha gente. El marido ó el hijo de
familia que se jugó en alguna feria las rentas cobradas, y al regresar,
en una carta de letra temblorosa: El Fulano me salió al paso ... sale
del suyo. El administrador que ha de justificar distracciones, el
pastor á quien se le extravió alguna cabeza de ganado, el cacique que
se vale del temido nombre para amedrentar á enemigos molestos ... No hay
duda, un bandido es siempre de utilidad pública.
A pesar de la indudable identificación del cadáver, es de creer que
sólo ha muerto un fantasma, que volverá muy pronto con otro nombre, con
otra apariencia, pero siempre el mismo. ¡Como que á estas horas habrá
quien le llore como á uno de la familia! ¡Pobrecillo! El algo robo,
pero hay que pensar en lo que le habrán explotado. En España es la
condición, para uno que trabaja hay siempre diez holgazanes que viven á
su costa.
* * * * *
Hay quien al primer accidente entorpecedor, quisiera dar por fracasado
todo invento; al primer tropiezo, declarar inútil y peligroso todo
paso progresivo. ¿Que hubo un choque de trenes ó cualquier otro
siniestro ferroviario? Volvamos á las galeras y diligencias. ¿Que
la luz eléctrica dejó de lucir en unas horas por desperfectos de la
maquinaria? ¡Quiten ustedes allá! ¡Donde esté un buen candil de aceite!
¿Que los obreros de una gran fábrica se declaran en huelga y perturban
por unos días la siesta y la digestión de los señores? ¡Esas pícaras
industrias modernas!
No hay que decir si el motín de los presos en la Cárcel Modelo se habrá
prestado á este género de consideraciones, á cargo de nuestros más
infatigables retrógrados.
Las novísimas—á ellos les parecen novísimas—doctrinas penales son
buenas para el libro, para el gabinete de estudio del hombre de
ciencia, pero peligrosas en la práctica. ¿Qué tal? La bancarrota de la
ciencia. ¿No es eso?
Todos los penalistas, antropólogos, fisiólogos y psicólogos modernos
son unos soñadores utópicos al pretender llevar algo de luz divina y
con ella algo de calor humano á la clásica mazmorra carcelaria, la
del cantarillo, el haz de sucia paja y su buena argolla con su mejor
cadena. Y como procedimientos judiciales, el tormento y la pena de
azotes son insustituibles.
¡Oh, el palo! Donde esté un buen palo, que se quiten Lombroso, Ferri y
toda la escuela italiana antropológica y el modernísimo inglés Bernardo
Shaw, con sus atinadas opiniones sobre el derecho á castigar. Lean
ustedes sus consideraciones sobre el último ruidoso atentado anarquista
en España, y verán ustedes lo que es _demoler_; aquí donde se llama
demoledor á cualquiera. Y no se trata de un escritor populachero, ni
mucho menos. Bernardo Shaw es hoy por hoy el escritor que más se lleva
en la sociedad aristocrática inglesa. ¡Pero cualquiera se atreve á
traducir lo que allí esta impreso y publicado y todo el mundo lee y á
nadie le parece punible! Tampoco tienen desperdicio sus consideraciones
sobre el militarismo. Pero todo teorías de gabinete, utopias, locuras,
como dirán muchos que, por su gusto, hubieran considerado fracasado el
cristianismo el día en que Cristo fué crucificado.
Acaso ignoran los partidarios de toda suavidad penitenciaria que
existe otra novísima escuela penal muy de su gusto, que no se anda con
rodeos y va derecha á la supresión del delincuente como medio el más
expeditivo de defensa social.
Pero aún estos, dentro de su lógica despiadada, hablan de suprimir, no
hablan de apalear, ni de atormentar, ni de todas esas brutalidades,
encanto aquí de muchos que aprovechan cualquier ocasión para destapar
su furia reaccionaria, como si no los tuviéramos bien conocidos.
* * * * *
En otoño es, más que el año nuevo, el verdadero comienzo del año. El
año político, el año teatral, el año social, en fin, tienen en el
principio más determinado que en el día 1.^o de Enero.
Los propósitos de vida nueva son también más decididos en este tiempo.
Todo es planes propósitos para el invierno; casi todos basados en el
espantable desnivel de los presupuestos. ¡Hay que vivir de otra manera!
¡Hay que cambiar de vida! Y en el reposo de los días otoñales creemos,
en efecto, que empezaremos otra vida.
Pero el invierno se aproxima, los teatros anuncian sus abonos y sus
estrenos, los salones sus fiestas, vuelven los rezagados con las
últimas modas y los últimos automóviles, la política, la Bolsa, la
literatura recobran su animación, y el torbellino de la vida, se
lleva los buenos propósitos como las hojas secas del otoño ... Y es un
invierno más como el pasado, como tantos otros, porque la vida es tan
igual que sólo de tantos en tantos años podemos fijar una fecha que
diferencie un año de muchos en nuestro recuerdo.
Y esa fecha señalada en nuestra memoria y en nuestro corazón, lleva
casi siempre una cruz encima, como las lápidas mortuorias.
* * * * *
Imponentes son en verdad los programas de oposiciones para ingresar
en los cuerpos de policía y de correos. Pocos ministros y directores
de los respectivos ramos serían capaces de contestar sin un punto á
un cuestionario de tantas y tan varias materias. Ya dijo Beaumarchais
por boca de Fígaro, que con las virtudes que exigimos á los servidores
habría pocos amos que pudieran ser criados.
¡Y todo por mil quinientas ó dos mil pesetas al año! No hay duda que
menos cuesta hacer oposiciones á ministro. Todo se reduce á declararse
adicto á un gran personaje, jefe de partido, y durante algunas
temporadas políticas hacer comedor ó biblioteca en su casa, según
las aficiones del conspicuo, hasta que le llegue el día de formar
gabinete, en una de esas crisis difíciles en que todos los ilustres
del partido promueven dificultades, y el gran señor en un arranque de
despecho exclama:—¡Ea, voy á demostrarles que no los necesito para
nada! ¿A quien haría yo ministro? ¡Hombre! A Fulano. Fulano es leal
por lo menos. Y Fulano, que en aquel momento presenta respetuoso una
cerilla con la punta doblada, para que el jefe encienda una breva ó un
águila imperial, escucha con la mayor emoción estas palabras:—¡Hombre!
Va usted á ser ministro. Voy á demostrar que se puede gobernar con
cualquiera.
Ya ven ustedes si estas oposiciones son fáciles, sin saber derecho
penal, ni idiomas, ni geografía. ¡Ni logaritmos!
* * * * *
Nuestra municipalidad, haciendo una vez más de la aseada de Burguillos,
no ha querido que los puestos de libros viejos afrentaran la suntuosa
fachada del ministerio de Instrucción Pública. Y los pobres libros,
más traídos y llevados que leídos, han estado á punto de no asolearse
este año y seguir en el fondo de las obscuras tiendas, á donde sólo el
parroquiano fiel acude á visitarlos de cuando en cuando.
Después tratóse de llevarlos camino del Este, camino que llevaría
siempre por gusto de la grey conservadora todo lo que fuera letra y
espíritu. Por fin han ido á caer frente á unos cuarteles, para que
armas y letras fraternicen una vez más.
Allí volveremos á ver en las estanterías á nuestros buenos amigos de
todos los años: la «Historia Natural», de Buffon; el «Teatro crítico»,
del Padre Feijóo; la «Historia de los trovadores», de D. Víctor
Balaguer ... Y en el montón del baratillo, huesa común de los humildes,
muchos libros, unos de las más raras materias, pero con una misma
historia triste todo: la del autor que los compuso. Penosa historia
que lo mismo dice el viejo libro erudito aforrado en pergamino, que
el flamante volumen de limpia impresión y vistosa cubierta, con sus
páginas sin abrir, virginales, sólo arrancada la primera, donde tal
vez campeaba la dedicatoria aduladora al crítico que le pronosticó
gloriosos destinos en una de sus más brillantes crónicas; «Este libro
es de los que quedan ...» Y en efecto, ha quedado.
Pero en la feria de cada año, al sentirse hojeado por algún curioso, es
una ilusión de inmortalidad para el triste libro, como para una mujer
fea es una ilusión de amor la mirada más indiferente.
Y para los que sabemos comprender estas tristezas calladas hay en estos
libros olvidados, como en las mujeres nunca amadas, un lamento que
parece decir: ¡Quién sabe! ¡Si alguien me leyera! ¡Si alguien me amara!
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No han de ser conferencias de la paz, ni acuerdos internacionales de
los socialistas lo que ha de concluir con las guerras. Las guerras
acabaran ... por artículo de lujo.
En unos doce millones de francos, sin contar indemnizaciones ni otras
menudencias, se calcula, muy por encima, lo que lleva gastado Francia
en su expedición á Casablanca. Millones que tardará en cobrarse, dada
la habilidad de los moros en el arte de no pagar al casero.
¡Pensar que toda la _mise en scene_ de la «Iliada», con sus carros
de guerra, escudos, lanzas y hasta la maquinaria final del pérfido
caballo, supone cuatro cuartos si se compara con lo gastado en
cualquiera de estas epopeyas modernas!
Hasta para cantarlas, comparen el gasto de corresponsales literarios y
gráficos con lo que costó á Grecia el poema de Homero. Lo que basta,
como suele decirse, para hacer cantar á un ciego.
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Los tigres del Gran Teatro están presentados con mucho arte. Si no
fueran tigres, habría que convenir en que eran grandes actores. Tal vez
un poco exagerados. Más feroces que el natural. Pero el teatro no es
siempre copia de la realidad.
Como en los conflictos de muchos dramas, no puede uno por menos de
pensar: Si los personajes, en vez de esto, hicieran esto otro, no
habría drama ó el drama sería otro; con los tigres pensamos: Si uno
solo de los zarpazos con que amenazan al domador lo aplicaran á la
débil jaula que los encierra ..., el drama sería otro.
Pero, sin duda, los tigres saben que la fácil libertad les duraría
poco, porque detrás de los hierros no esta la selva, sino la fuerza
armada, por eso se contentan con bufar y enseñar los dientes al opresor
visible, que es el domador.
Los tigres no saben que el verdadero amo es el de fuera, el público.
Por eso se revuelven contra el domador, no contra la jaula.
Eso suelen hacer los pueblos oprimidos cuando se revuelven. Por eso
todas las revoluciones quedan reducidas á lo mismo, á un cambio de
domador.
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Si la virtud esta en un buen medio, no es de lo alto ciertamente
de donde nos llega á los mortales el mejor ejemplo de esa virtud
templada de los términos medios. Sabido es que aún no hemos terminado
lamentaciones, preces y rogativas para impetrar una benéfica lluvia
que remedie en algo los efectos de una pertinaz sequía, cuando hay
que empezar á lamentarse; implorar y _rogativear_ para que cesen
inundaciones, tormentas y desbordamientos de todas aguas, amenazadoras
de un nuevo diluvio que, por no ser universal, es más desagradable. De
donde pudiera deducirse que, ó los mortales no sabemos lo que pedimos,
ó los dioses inmortales no entienden lo que se les pide.
Tengo además notado que las casas en que hay algún individuo muy
devoto, sin otra ocupación que la de implorar el favor divino para toda
la familia, suelen ser las más castigadas de enfermedades, quebrantos
de fortuna, matrimonios desgraciados, etc.
En los pueblos se advierte lo mismo; cuanta más gente hay en ellos
dedicada á implorar por su salud y bienestar, más desdichas les afligen
de continuo. Favor señalado y no castigo es esto, que de este modo
nos fortificamos en el desprecio de lo terrenal, y lo que perdemos en
cosechas de frutos materiales, lo ganamos en cosecha espiritual.
Sin esta creencia sería para desesperar del todo ver que en un pueblo
como el nuestro, donde tantos son á rezar, hasta desatender toda otra
ocupación, sea siempre de los más azotados, mientras á otros pueblos de
herejes y descreídos todo se les vuelve prosperidad y bienandanza.
¡Y como estas calamidades despiertan los más nobles sentimientos!
Podemos leer con indiferencia la noticia de que en tal parte han
empezado los trabajos para canalizar tal ó cual río, y leer á poco
que las obras se estancaron por falta de fondos ... ¿Pero quien no se
conmueve al leer que apenas ocurrió la inevitable inundación, todo el
mundo inicia suscripciones para remediarla y todo el mundo se apresura
á ofrecer su dinero? ¡Oh dinero español, siempre pronto para toda
calamidad! Ese dinero que siempre llega para tus hombres eminentes, á
la hora del entierro; para tus soldados, á la hora del desastre; para
tus pueblos, á la hora de la epidemia ó de la inundación.
A nuestro yermo nacional, como al de los santos penitentes, siempre ha
de venir el pan de vida en el pico de los cuervos, agoreros de muerte.
* * * * *
La memoria de las mujeres.—Entre dos amigas:
—No se de quien me hablas.
—Sí, tienes que acordarte ... La mujer de aquel ingeniero, primo de mi
marido, que te estuvo hablando de tus hermanos y de tu madre.
—Pues no recuerdo.
—Que llevaba un traje heliotropo con adornos de terciopelo negro y un
sombrero negro también con una amazona del mismo color del vestido.
—¡Ah! Ya se quien dices.
[Ilustración]