XV

¡Por qué extraño contraste cuanto más intensa se muestra la vida á

nuestro alrededor, más se impone á nuestro pensamiento la idea de la

muerte! Y como Jerjes lloraba ante la inmensidad de sus ejércitos,

al pensar como dentro de pocos años toda aquella multitud de hombres

habría dejado de existir sobre la tierra, así nos entristece el mismo

pensamiento cuando el hormiguero humano parece más afanoso por la vida,

en esos pueblos de la vida intensa, en esas grandes ciudades emporios

de la civilización en que las gentes van presurosas siempre, apartando

á empujones al que estorba el paso.

En cambio, esos pueblos petrificados que parecen muertos, de raros

paseantes sin prisa, que van lentos, majestuosos, como quien nada tiene

que hacer en ninguna parte, por su misma quietud nos dan una sensación

de eternidad que aleja la idea de la muerte. Pero estos son los pueblos

atrasados á los que es necesario llevar, á cañonazos si es preciso, esa

vida intensa que llamamos civilización. Vivir ó morir; dormir, no. La

civilización, como Macbeth, ha asesinado el sueño.

Y no obstante, no fué en las calles de la gran capital civilizada

donde nos pareció entrever la silueta de algún hombre dichoso. Fué en

la calleja moruna, sobre una esterilla raída, entre el humo aromado

del café y de la pipa, envuelto en su jaique color de pedrusco, el

moro inmóvil, anulado el pensamiento, sabedor de toda sabiduría; la

inutilidad de todo paso nuestro en la vida cuando todos, lentos ó

presurosos, nos llevan á la muerte.

* * * * *

Nuestros gobernantes, tan dicharacheros y sábelo todo cuando de los

asuntos caseros se trata, tratándose de asuntos internacionales se

tornan graves y silenciosos; y ya se sabe, cuando ellos se encierran

en la mayor reserva, ó no piensan nada ó piensan hacer una tontería.

Desde Felipe II, llamado el Prudente, que no hizo más que cometer

imprudencias, que todavía colean, en toda su vida, debíamos echarnos á

temblar cada vez que en España se invoca la prudencia para algo.

Los pies de plomo no fueron nunca buenos para ir á ninguna parte,

sobre todo donde sería mejor no ir de ningún modo. La frase vulgar

«Con Fulano ni á coger monedas de cinco duros», debía ser un axioma

de política internacional con respecto á Francia. ¡Porque cuidado si

tuvo siempre mala mano para estas andanzas! Dicen sus admiradores

incondicionales que es la única nación que hizo pura política

internacional de corazón y por ideal. Será que estas cosas de la

política estén reñidas con los arranques cardiacos. Si aún para coger

monedas de cinco duros había que tener reparo, ¿qué será por ochavos

morunos, que es todo lo que podemos ganar en la compañía, viniendo muy

bien dadas?

Entre tanto allá vamos, y quiera Dios que no sea la mil y una salida

que hizo ... alguien más loco que Don Quijote; porque Don Quijote, hay

que hacerle justicia, embistió alguna vez con rebaños pensando que

eran ejércitos, pero no se le ocurrió nunca embestir con ejércitos

creyéndolos rebaños.

* * * * *

La competencia de Bombita con Machaquito vuelve á poner sobre el ruedo

la eterna cuestión taurómaca: si es preferible un buen torero á un buen

matador.

Los públicos meridionales siempre han sido más admiradores de los

arabescos con capote y muleta; los públicos del Norte estiman en más la

estocada; la hora de la verdad. Los madrileños en esto nos inclinamos

más al Norte. Los buenos matadores han tenido siempre entre nosotros

mayor partido que los buenos toreros. El madrileño de raza fué gran

frascuelista, como sería hoy machaquista si la espada del valiente

cordobés contrapesara la muleta de Bombita tanto como contrapesó la

espada de Salvador la muleta soberana de Lagartijo.

Por ahora la balanza oscila por días para mayor interés del público,

que en España siempre necesita de estas competencias para sostener sus

admiraciones.

Como el Guerra no tuvo competidor en su tiempo, el público no podía

tolerarlo, y consiguió aburrirle. A lo que esta muy expuesto el Sr.

Maura si continúa toreando sin competencia. En España la admiración se

cansa pronto. La alternativa de solidaridad, que hizo concebir tantas

esperanzas, las defraudó por completo. El espectáculo languidece.

Los toreros viejos cansan al público; entre los novilleros no apunta

ningún astro ... ¡Y es tan aburrido torear sin competidores! ¡Y tan

triste tener que decir, parodiando al Guerra: Después de mí, _naide_;

después de _naide_ ... Rodríguez San Pedro. Ó aquello otro más

expresivo: ¡Qué malos _seis toos_!

* * * * *

No hay que ser escépticos; como dijo nuestro gran dramaturgo: _Algunas

veces aquí_ halla la virtud su recompensa, y no sólo la virtud, sino

también el talento, con ser cosa menos estimable. Gracias á nuestras

sabias instituciones oficiales, podemos lograr de cuando en cuando este

anticipo del reino de Dios sobre la tierra.

La Real Academia de la Historia anuncia un concurso de premios á la

virtud y al talento. A primera vista parece que la virtud y la historia

habían de andar algo reñidas, porque siempre se dijo de la gente escasa

de virtudes que era gente de historia, y por lo general, las personas

virtuosas, como los pueblos felices, no tienen historia.

El premio es de mil pesetas, y bien se advierte la sabia previsión de

los donantes; con esa cantidad es seguro que el favorecido con el,

persevere en la virtud. Con mil pesetas no hay para entregarse á muchos

vicios. También se advierte como quiere alejarse toda idea de cálculo

al aspirar al premio; porque mil pesetillas, cualquier vicio bien

administrado puede dejarlas, más ó menos en limpio, al cabo del año.

Pasemos á las condiciones, y copio textualmente porque no quiero

malograr ningún primor de estilo: Este premio será adjudicado á la

persona de quien se cuenten más actos virtuosos, ya salvando náufragos,

apagando incendios ó exponiendo de otra manera su vida por la humanidad.

Aquí se ve como los señores académicos consideran el valor como virtud;

porque á nadie se le oculta que bien puede uno salvar náufragos,

apagar incendios y exponer de otras mil maneras su vida, sin ser por

eso ejemplar de virtudes. ¿Ven ustedes la incompatibilidad entre ser

bombero espontáneo y emborracharse de cuando en cuando? ¿Ó entre

arrojarse á las olas procelosas para salvar hasta media docena de

náufragos y darle luego en casa una paliza diaria á la parienta?

Tampoco me parece muy bien eso de apreciar como mérito la acumulación

de estas proezas. Creo que para cualquier persona de bien ya es

bastante asistir en su vida á uno de estos casos lastimosos. Yo

desconfiaría del que me dijera haber asistido á seis incendios, diez

naufragios y doce epidemias, con alguna que otra tragedia, aunque

en todo ello hubiera realizado heroicas hazañas. Más que virtud me

parecería ... mala pata. Y perdone la Academia.

Sigamos leyendo, que ahora se entra ya sin equívocos en el verdadero

terreno de la virtud. Copio otra vez: Ó al que luchando con escaseces

y adversidades, se distinga en el silencio del orden doméstico por una

conducta perseverante en el bien, ejemplar por la abnegación y laudable

por el amor á sus semejantes y por el esmero en el cumplimiento de los

deberes con la familia y con la sociedad, llamando apenas la atención

de algunas almas sublimes como la suya.

Tomemos un buen aliento y reflexionemos. Todo esta muy bien; sólo que

á esas almas sublimes capaces de apreciar otra alma sublime ... ¿qué

otra alma sublime las garantiza? ¿Y á usted quien le presenta?, puede

aquí decirse. Y en caso de que esas almas sublimes que garantizan

estén á su vez garantizadas, ¿no será cosa de premiarlas también con

algo, siquiera con el tanto por ciento que suele corresponder á los

denunciadores de la riqueza oculta? ¿Es cosa de premiar á los acusones

de culpas y de dejar sin premio á los descubridores de virtudes? No, no

esta bien, y es más de lamentar cualquier humana injusticia cuando se

trata de anticiparnos algo de justicia divina.

El talento ya es tenido en menos que el valor por los académicos, y

en la convocatoria parece por completo deslindado de la virtud. Eso

sí, en lo material el aprecio es el mismo: mil pesetas; es la cifra:

mil pesetas á la virtud, mil al talento. Sólo que aquí no se exige

la acumulación de méritos; una monografía histórica, y listos. No

es tampoco preciso el concurso de otras almas sublimes, etc ... Los

académicos son modestos; para aquilatar virtudes, necesitan del auxilio

de esas almas sublimes, etc.; para juzgar del talento, ellos solos se

bastan.

¡Héroes, santos y sabios! ¡Vayan, vayan llegando ... ¡Mil pesetas á la

virtud, mil pesetas al talento! ¡Ocasión única! El premio no compromete

á nada. Una vez cobrado, puede uno dejar de ser virtuoso ó puede uno

dejar de tener talento. En el primer caso, tendrá abiertas todas las

puertas, y en el segundo ... de par en par _las de la Academia_.

* * * * *

Lo de hacer su Agosto, no debía decirse tanto por los labradores como

por los toreros. Nadie como ellos en España hace su verdadero Agosto.

Aunque en el preside el signo del Zodiaco más contrario á los cuernos,

Agosto es el mes taurino por excelencia. No hay capital, villa ni

lugarejo que no arda en fiestas en su coso, con grandes corridas,

novilladas, ó, de no poder más, capeas. La sangre torera hierve al sol

canicular.

Y no es sólo en España; Europa entera asiste emocionada á esa

interesante corrida que en el ruedo _mundial_ se juega. En ella,

Francia y España, con entusiasmo de principiantes, se las entienden

con un ganado de mucho peso y de mucho sentido. En localidad de

preferencia, Eduardo VII preside sonriente, y entre barreras Guillermo

II hace números: el arrastre y la contrata de la carne van por su

cuenta.

* * * * *

Así como así, la crónica del veraneo ha sido en este año de lo más

precario. Los pequeños escándalos de siempre á cargo de las mismas de

siempre, vestales _au rebours_ del fuego sagrado de la murmuración.

Sin embargo, la buena sociedad, mostrándose con ellas muy

desagradecida, parece ser que por parte de algunas distinguidas

señoras, se ha permitido este verano sus pinitos de _boycottage_,

creemos que como ensayo de un nuevo _sport_ inglés que no puede

prosperar en nuestras costumbres.

Esos alardes de severidad sólo pueden estar justificados por el

deseo de hacer economías; porque si las señoras dan en seleccionar

sus relaciones, sus comidas de más aparato quedarán reducidas á seis

cubiertos y sus bailes más concurridos á unas veinte personas.

Sin contar con que si los invitados dan también en escrupulizar, habrá

señora que coma sola todos los días del año y tenga que bailar el

rigodón de honor con su portero, si es hombre despreocupado.

¡Cuánto mejor, para evitar complicaciones y comparaciones, es atenerse

á la evangélica indulgencia, sin la cual no sería posible en sociedad

ni tener una mala partida de tresillo!

* * * * *

Los reyes, como todo el que hace un regular papel en la mundanal

comedia, no pueden tener vida privada; y me parece muy justa

compensación, ya que ellos suelen privarse de menos cosas en su vida

que el resto de los insignificantes mortales.

Por ejemplo: vida menos privada, en todos los sentidos y extensión de

la palabra, que la del rey Eduardo ...

Según noticias, que hoy son chismografía y mañana serán historia, su

graciosa majestad no se ha aburrido nada durante su permanencia en

Marienbad.

Aparte la interesante aventura de la dama del velo, todos los

periódicos franceses nos han dado cuenta, unos en su sección de

teatros, otros en su sección política—según la procedencia del

reclamo,—de su afectuosa despedida á Lina Cavalieri, próxima á

emprender una gran _tournée_ por los Estados Unidos.

Esa despedida significa para la celebrada intérprete de Tais, tanto

como llevar la bendición paternal de la Vieja á la Nueva Inglaterra.

¡Bendición que caerá también en lluvia de dollars sobre la ondulada

cabecita de la gentil plenipotenciaria!

¡Los millonarios norteamericanos, cuando quieren ennoblecerse, buscan

con tanto afán un antecesor entre los reyes de Inglaterra!

Nadie como la Cavalieri puede ofrecerles ahora ese lujo en las mejores

condiciones de autenticidad.

Y no hay que discutir esa forma de ennoblecerse. De menos hizo una

voluntad soberana la más preciada orden caballeresca de Inglaterra.

[Ilustración]

De Sobremesa; crónicas, Primera Parte (de 5) · 第 18 / 30 题