Cuando Enrique III de Francia se vió venir amenazadora aquella famosa
liga dirigida por el duque de Guisa, como no era el un rey para
asustarse por liga más ó menos, se acordó del florentino que llevaba
dentro (¡tal madre tuvo!) y dió con una idea maquiavélica: proclamarse
el mismo como jefe supremo de la liga, que fué como decir á los que
en ella entraban: todo lo que vosotros queréis soy yo el primero en
quererlo, no hay por qué molestar.
No me atrevería yo á comparar á D. Antonio Maura con Enrique III,
aunque en su corte, como en la del último Valois, figuren muy gentiles
_mignons_; pero el también, como Enrique III, se ha visto venir esta
nueva liga de la solidaridad como un peligro más ó menos temible, y ha
querido salirle al encuentro con su proyecto de Administración local;
con el pensaba poco menos que parecer como el primer solidario.
Naturalmente, como la historia es de una gran monotonía, tanto ha
convencido á los solidarios el proyecto como á los partidarios del
duque de Guisa la jefatura de Enrique III.
Hasta aquí la semejanza, y esperemos que de aquí no pase, porque los
sucesos que siguieron en la historia de Francia fueron muy trágicos.
Pero los tiempos no están para tragedias—como deplora D. Valentín
Gómez en su discurso de recepción en la Academia.—La vida, como el
arte, sólo recogen de la historia las pequeñas comedias. La política
moderna, como el teatro moderno, da poco en qué pensar y mucho de qué
reir.
Este proyecto de Administración local, ni una cosa ni otra; es de esas
obras en que el aburrimiento no deja fuerzas para el pateo, en opinión
de los pocos que se han tomado el trabajo de leerlo, tan pocos que,
seguramente á su propio autor podría decírsele sin paradoja, lo que una
dama de la corte de Luis XV contestó á un obispo que le preguntaba si
no había leído sus últimas pastorales.
—No, no las he leído. ¿Y vos, monseñor?
* * * * *
Los que conocemos al doctor Simarro, nunca pudimos imaginar que no
fuera el amado maestro de sus discípulos. Con su cara de amable
filósofo griego, con su indulgente escepticismo, sólo podemos creer que
esa severidad de examinador, que tanto ha soliviantado á sus alumnos,
es sólo bondadosa y fraternal solicitud, mal comprendida por ellos.
Creedlo, jóvenes estudiantes; cuando no se ama la ciencia con toda
verdad y todo desinterés; cuando solo se busca en la indulgencia de un
profesor el portillo de escape para llegar más pronto á la declaración
oficial de sabiduría, el maestro, y mucho más si lo es de Fisiología
psicológica, tiene el deber, no sólo de juzgar por vuestra suficiencia
en el examen, sino hasta por la expresión de vuestra fisonomía, que no
habéis elegido el mejor camino, aunque solo pretendáis de la ciencia un
modo de vivir; pero la Ciencia, como el Arte, sólo dan de vivir al que
les dió toda su vida; hay otras profesiones honrosas y lucrativas en
que la impaciencia por llegar pronto esta justificada.
Los sacerdocios exigen verdadera vocación y la verdadera vocación no es
nunca impaciente.
Muchas veces, por la voz del maestro que nos detiene con un suspenso
en lo mejor de una carrera, habla la voz del destino que nos llama
por nuestra verdadera senda. ¡Hay tantos caminos en la vida! Pero la
Ciencia, que es la verdad, sólo tiene uno: ella misma.
* * * * *
Cada día es una nueva conquista de la libertad; esta del voto
obligatorio es una de las más preciosas. Cuando vivíamos en la creencia
de que ese voto era un derecho que la ley nos concedía graciosamente,
ahora resulta que es un deber ineludible, un deber del que no nos
habían hablado ni el Catecismo ni la Etica. Verdad es que cuando se
escribió el Catecismo y cuando nosotros estudiamos la Etica, era la ley
la que impedía á la mayoría de los ciudadanos el cumplimiento de ese
deber, al que ahora cree que ninguno debe faltar.
Hasta ahora lo mejor de ese derecho, como de casi todos los derechos,
era la facultad de no usarlo; aparte que si es bueno que todo ciudadano
intervenga en la gobernación del Estado, el abstenerse de votar era en
política, como el sueño en cuestiones literarias, una opinión de tanto
peso como cualquiera otra.
Porque veamos qué hace con su voto un ciudadano con ideas propias y
particulares. ¿Votar una de esas candidaturas impresas, de candidatos
encasillados, desconocidos para el, ó demasiado conocidos? ¿Manuscribir
una candidatura de su gusto, con personas de su particular confianza y
aprecio? ¿Y qué adelantará con votarla el solo? Porque, supuesto que
haya otros ciudadanos que tampoco estén conformes con los papelitos
impresos, menos han de estarlo con el manuscrito por cualquier buen
ciudadano con los nombres de amigos muy apreciables para el, pero no
tan apreciables para su vecino.
¡Ay, bien dicen que nunca aprecia uno lo que tiene ni sabe lo que pide!
Pedimos una gracia y nos encontramos con una obligación. De este modo
no sería extraño que el día en que se votara la ley del divorcio,
en vista de que la gente no hacia tampoco gran aprecio de ella, se
impusiera también como obligatorio; porque las libertades se conceden
para eso, para disfrutarlas, ya que tanto les cuesta á los gobiernos
concederlas.
Como todo se andará al paso que vamos, la instrucción obligatoria,
el servicio obligatorio, la vacuna obligatoria, el matrimonio y el
divorcio obligatorios, el voto obligatorio, prohibida la emigración
y el suicidio muy perseguido, no será ningún contrasentido que las
futuras revoluciones liberales se hagan al grito de: ¡Abajo la
libertad! ¡No más libertades!
* * * * *
El actual verano se presenta en Madrid como los más clásicos de feliz
memoria; mucho calor, crimen misterioso, y para que no le faltará su
poquito de epidemia, hemos padecido una de oratoria, más alarmante por
haber sido los casos más fulminantes justamente entre los encargados de
inocularnos el virus preservativo de la enfermedad.
Se conoce que por ahora su sistema de curación es la homeopatía; no por
las pequeñas dosis, sino por lo de _similia_, etc., el mismo que ya
recomendó Cervantes en su entremés de _Los dos habladores_.
Como era de esperar, en el concurso de gorros solidarios: frigio,
barretina y boina, ha sobresalido la última; de modo que ya sabemos por
dónde viene esa España viva dispuesta á luchar con la España muerta.
Con eso y con dividirnos, subdividirnos y desmenuzarnos en castas, cada
una con sus fueros particulares, según su aplicación y comportamiento,
pero siempre bajo la hegemonía de Atenas, ya estamos arreglados para ir
tirando otros cuántos siglos por esos andurriales de la historia.
¡Buenos están los tiempos para jugar á los estaditos! En Alemania—que
es hoy por hoy la verdadera portería—darán razón; y en la Haya, las
mejores referencias.
* * * * *
Muy del tiempo y de los tiempos también, ese juez que entrega al
fuego purificador la biblioteca de Vicenta Verdier. Todo cuestión de
forma literaria; porque si esos libros los hubieran firmado Bourget,
D’Annunzio, Willy y Felipe Trigo, á estas horas la Vicenta figuraría en
el libro de oro de nuestros intelectuales.
¡Y qué reclamo para los autores! Como lo será, sin duda, para los
vendedores furtivos de esas amenidades galantes, el susurrar al
ofrecernos su mercancía: ¡Un librito alegre! ¡De la biblioteca de la
Vicenta! ¡El último que me queda!... ¡Qué idea! El reclamo moderno
no se detiene por nada. ¿Será esta una nueva pista del crimen? Si
estuviéramos en los Estados Unidos, no habría que dudarlo; aquí los
crímenes son de una vulgaridad tal, que lo único que puede darles un
poco de poesía es el misterio.
Después de un crimen de estos ¿quien no comprende la emoción que deben
sentir esas mujeres para quien el amor es un constante juego de azar al
encuentro, cuando piensen ante el desconocido de cada día: ¿Será éste
el que mató?
¡Oh suprema voluptuosidad que no saboreó el marqués de Sade y que
tantas mujeres desgraciadas pueden saborear cada día, para envidia de
esas mundanas aburridas que, ansiosas de emociones, se despeñan en un
automóvil á 80 kilómetros por hora!
Las conveniencias sociales nos obligan á buscar derivativos confesables
á nuestras energías más íntimas. ¡Asusta pensar lo que sería de algunas
elegantes automovilistas que conocemos si aplicaran al amor esas
velocidades y ese desprecio á los peligros!
* * * * *
Rafael Calvo y Antonio Vico fueron los dos intérpretes brillantes de
ese teatro tan nuestro, sin sinuosidades psicológicas, rotundo como
un imperativo, todo altivez, todo arrogancias; con impertinencia de
bravucón á veces, sombrío acaso, nunca obscuro, en que la imprecación
es razonamiento y el rugido llanto. Ese teatro fué tan de Rafael Calvo
y de Antonio Vico, que bien puede dudarse si ellos fueron por el ó el
fué por ellos.
Hoy es otro teatro; el llamado de ideas, donde se refugian como
novedades las ideas ya viejas en el libro y en el pensamiento. Y otras
obras de chistes ingeniosos, de chismorreo malicioso; hay quien las
dispensa el favor de llamarlas satíricas y hasta quien las considera
demoledoras; nos asustamos por poco, quizás porque lo tememos todo.
Los buenos burgueses no quieren que los autores de comedias asustemos á
sus mujeres y á sus hijas: es un monopolio que quieren conservarlas.
Yo lo encuentro muy natural; tan cuidadosos como ellos de que sus hijas
no oigan algunas de mis comedias, lo sería yo si tuviera hijas de que
no oyeran las conversaciones de las suyas. ¡Porque si uno se limitara á
copiar lo que oye, sin atenuaciones!
Y no es sólo en las clases altas; no cometeré yo tal injusticia. En
la primitiva aldea en que paso algunas temporadas, oí un día de estos
á una sencilla zagala que le decía al autor de sus días con la mayor
ingenuidad: ¡Pero cuando reventará usted, padre! ¡Para lo que sirve
usted en el mundo!
No digo que quedé consternado, porque hace tiempo me sometí á un
tratamiento muy enérgico para curarme de la consternación á que era muy
propenso desde pequeñito, pero sí pensé que tampoco queda el recurso de
refugiarse en la sencillez de los campos para llevar algo de realidad
al teatro sin miedo á escandalizar. Habrá que buscar asuntos de pura
imaginación. ¡Pero hay que ver como esta la imaginación muchas veces,
sobre todo con estos calores!
[Ilustración]