El gobierno con las Cortés y los empresarios de género chico con sus
teatros, siempre se proponen lo mismo al empezar el verano: no cerrar ó
cerrar lo más tarde posible.
Los empresarios siquiera procuran refrescar la vista del público
con su golpe de cortinajes blancos y macetas de permanente verdor,
repartidas por el vestíbulo y los pasillos del teatro. Cuentan además
con la fantasía de autores y escenógrafos, para transportar á los
espectadores á una de esas playas de ensueño cómico-lírico en que todas
las bañistas lucen carnes de color de rosa—todos los rosas marítimos,
desde el salmón al coral, sin olvidar el salmonete ni la langosta
cocida,—visten de raso, impermeabilizado sin duda, calzan sandalias
con tacones Luis XV, y no prescinden de corsé, pendientes, sortijas,
colorete, etc. Y no es cosa de lamentar la impropiedad; desde muy
antiguo, los poetas se permitieron con Galatea toda clase de licencias
al presentarla _alegre y bulliciosa por la ribera arenosa_ ...
¿No nos dijo por ella el poeta en sus quintillas clásicas?
¿Qué pasatiempo mejor
orilla al mar puede hallarse
que escuchar al ruiseñor,
coger la olorosa flor
y en clara fuente bañarse?
Pasatiempos algo más difíciles de hallar á orillas del mar que puede
serlo el ver por esas playas á una bañista moderna, más bulliciosa que
Galatea, vestida como una tiple de juguete cómico-lírico veraniego.
¡Así dispusiera el gobierno de estos recursos teatrales para retener
á su público durante el verano! Pero cualquiera detiene á nuestros
legisladores para estudiar y discutir leyes de tanto peso y abrigo, con
billete gratuito por todas las líneas, y, el que más y el que menos,
con dos ó tres sirenas en casa llamándole hacia el mar con voz, ya
acariciadora y mimosa, como de hija, ya terrible y conminadora, como de
mujer ó de suegra, y todas ellas mostrándole, no sólo un nuevo mundo
como á Colón, sino muchos mundos, tal vez viejos, pero llenos de cosas
nuevas que descubrir y que enseñar por esas playas y casinos.
Como hay autores cómicos que no empiezan á escribir una obra hasta
tener apuntado el suficiente número de chistes con que amenizarla, hay
señoras que hasta no contar con buen número de _toilettes_ no empiezan
á planear su viaje; de otro modo, tampoco tendría chiste. Después,
según la ropa, se piensa en un sitio ó en otro.
Yo se de un padre de familia que este año ha decidido dar la vuelta al
mundo con su mujer y sus hijas, según dice, por economía.
—¡Pero, hombre!—le argumentan los amigos.—¿Por economía? Si le
costará á usted un dineral el viaje.
—No lo crean ustedes. Como estaremos poco tiempo en cada sitio y sólo
vamos de _touristas_, mi mujer y mis hijas se contentan con llevar el
preciso equipaje. Y no saben ustedes lo que esto significa. Un verano
me las lleve á Cercedilla con la idea de hacer economías, y como la
misma gente se reune catorce veces al día, y porque no creyeran que
estábamos allí por economizar ... ¡Aquello era una representación de
Frégoli diaria! En fin, tanto cambiaban de vestidos y tan de pies á
cabeza, que yo no entraba una vez en casa que no me las encontrara
en camisa ... ¿Pero por qué os desnudáis tanto? les decía; vais á
resfriaros ...
—Si no nos desnudamos, papá; nos vestimos.
¡Respuesta de una gran filosofía! Porque, en efecto, las mujeres no
se desnudan nunca, se visten siempre; si alguna vez en su vida puede
parecer que sólo se trata de desnudarse, no lo crean ustedes: es por el
gusto de vestirse luego ... y vestirse algo mejor, si es posible.
* * * * *
Lo que más siente el público—¡oh buen público, lector de folletines y
espectador de melodramas!—cuando no parece el autor de un crimen, no
es que éste quedé impune y pueda ser un peligroso ejemplo para animar
á más de cuatro indecisos que no han encontrado todavía su senda por
el mundo; lo que el público siente, es la desilusión de su curiosidad
no satisfecha. Como si un periódico de gran circulación cortara su
gran novela de crímenes en lo más interesante, y los fieles lectores
quedaran sin saber lo que fué de Emma, después de encerrada en el
subterráneo del castillo, ó de la condesa, después de hipnotizada
por el barón, para sugerirle la idea de robar el Banco de Londres, ó
cualquier otra friolera.
¡Ah! si la conciencia pública se manifestara con sinceridad, cuántas
veces en casos de crimen misterioso se votaría con general satisfacción
un plebiscito concediendo, no sólo el perdón, sino hasta una pension
vitalicia y algunas condecoraciones, al criminal, con la única
condición de presentarse á descifrarnos la charada y no dejarnos en la
duda de como y porqué fué el crimen.
No faltarían personas distinguidas que le invitaran á sus comidas y
_soirées_ para oírselo referir de viva voz. ¡Esta pícara hipocresía
social nos priva de los mayores placeres y hasta de algunas buenas
obras! Porque, ¿quien sabe si un criminal, por empedernido que fuera,
al verse así halagado y considerado por las gentes, no acabaría por ser
el hombre más sociable y más _adaptado_ del mundo? Acaso acabaría en
filántropo. No sería el primer caso que conocemos, y no de criminales
misteriosos precisamente, sino muy notorios, aunque impunes.
¡Los altos designios de la impunidad son tan respetables! ¡Cuántas
veces una condena prematura por un _crimencito_ de tres al cuarto,
puede privar á la humanidad de un gran bienhechor, á la sociedad de un
hombre agradable!
* * * * *
Cuando llegan de algunas provincias tristes lamentaciones por los
perdidos fueros y andan esos regionalistas—como ciertas mujeres que
culpan siempre de todas sus desgracias al que las perdió, como ellas
dicen—maldiciendo todavía del señor rey Don Felipe II ó Don Carlos
II ó Don Felipe V—según regiones,—que fueron también la causa de su
perdición primera con quitarles sus fueros y privilegios, bueno sería
que los madrileños, tan despreocupados de nuestra historia, indagásemos
si en algún tiempo tuvimos también algún fuero ó siquiera fuerillo
ó ventajilla de que ampararnos ahora ante el nuevo impuesto que nos
amenaza, digno de los mejores tiempos feudales.
Nuestro alcalde quiere ejercer con los madrileños algo así como el
llamado por los franceses, con más delicadeza de frase que entre
nosotros, _le droit du seigneur_. ¡Y cuánto más seguras que en el
antiguo derecho de pernada, serán las primicias de la verdadera flor de
azahar, tratándose de que en Madrid trabajemos todos! ¡Cuántos brazos
vírgenes de toda faena!
Pero como los madrileños, no en balde gatos, somos de natural rebeldes
á imposiciones, tendrá que ver de lo que seremos capaces antes de
someternos á esa prestación personal. Los sablistas y pedigüeños ya
tienen un motivo oratorio más con qué conmovernos: «¡Dos días sin comer
y mañana al tajo; tengan compasión!» No faltarán tampoco funciones
teatrales con el objeto de redimir á un padre de familia, del azadón,
del pico, y ¡qué se yo! Habrá quien sea capaz ... hasta de trabajar por
primera vez en su vida sólo por reunir la cuota necesaria á redimirse
del trabajo.
Pero no hay que alarmarse demasiado; si ello llegase á ser ordenanza
municipal, ya sabemos á lo que todo quedará reducido: á que los días de
elecciones vayan á trabajar al tajo todos los electores de oposición.
* * * * *
Entre la infinidad de compras, precursoras del viaje veraniego, las
mujeres no olvidan los libros. En Madrid no hay vagar para la lectura:
el periódico, la revista ilustrada, lo que basta para saber lo que pasa
por el mundo. Pero en estos días la librería á la moda se anima con el
charloteo femenino:—¿Qué novedades hay? ¿Qué novelas pueden leer estas
niñas? Algún libro de versos ...
Ya es la gran dama que presume de intelectual y consulta catálogos y
elige por sí misma, y en el mismo paquete une á Nietzsche con Bourget,
y á Tolstoï con D’Annunzio, sin olvidar algún estudio histórico sobre
algún personaje del siglo XVIII, con preferencia alguna favorita del
Rey Sol ó del Bien Amado. Hay que documentarse, nadie sabe lo que
puede ocurrir en este mundo. Ya es la madre de severos principios que
lleva de antemano anotados los libros que recomienda ó permite el
Padre Dulce, de la Compañía. Ya es la institutriz que elige ante todo
los libros de su gusto, muy convencida de que las señoritas no han de
leerlos, y para ella todos serán pocos en muchas ocasiones cuando para
una institutriz de buen tono no hay libro bastante interesante si ha
de absorber su atención por completo ni bastante voluminoso si ha de
ocultarla discretamente todo lo que sucede á su alrededor.
Ahora son unas muchachas bullangueras, de esas que quisieran á cada
momento, sólo con pasar, exteriorizarse todas, y hablan y ríen,
pensando tanto en que las oyen, que apenas piensan lo que dicen. A
la rebatiña de palabras unas con otras, no suben á tranvía, ni hacen
corro en la calle con amigos, ni entran en tienda sin dar noticia de su
nombre, y parentescos, y relaciones, y gustos y disgustos ...
—Yo, como no puedo resistir á los hombres tontos ...
—Yo, como me vuelvo loca por la horchata de chufas ...
—Yo, como no soy como Fulanita ...
Y á propósito, traje cortado, hilvanado y cortado á la medida de
Fulanita en menos tiempo que un luto.
Estas revuelven la librería, con un comentario para todos los libros,
sin desatender por eso, desde la vidriera, á cuántos pasan por la calle.
—Mira ... Becquer. ¡Qué preciosidad! ¡Es mi poeta!
—Y el mío.
—¿Has leído esto?
—Es muy aburrido, una lata ... ¡Pero como va esa criatura! ¿Habéis
visto?
—¿Quién, quien?
—Juanita.
—¡A ver, á ver!
Se precipitan á la puerta. Risas. Comentarios al traje de Juanita; del
traje pasan á la piel. Vuelven á los libros.
—¿Habéis elegido ya?
—¿Qué decidís?
—Yo, éste.
—Yo, estos dos.
En un aparte furtivo, una de ellas señala un libro.
—¡Fijaos!
—¡Qué horror!
Es un libro de que oyeron hablar, como de tantas cosas; un libro que
ellas sólo pueden conocer así, por el forro, como tantas cosas. Pero
sus ojos acarician el libro cerrado y por su frente pasan adivinaciones
que se traslucen en un reir nervioso.
—¡Qué tonta! ¿De que te ríes ahora?
—¿Y tu?
—Me acuerdo de Juanita.
Entra un criado de casa grande, entrega á un dependiente una larga
lista de libros. El dependiente busca, reune; entre ellos va el libro.
Sale el criado. Ellas, casi á coro:
—¿Para quien son esos libros, sabe usted?
—Para la duquesa de——.
—¡Fulanita!
Lanzan el nombre propio y familiar, para que se entere el dependiente
de que la duquesa es cosa muy suya. A continuación, traje de corte y
gran gala para la duquesa y algunos allegados.
Es un rato muy divertido el que puede pasarse en la librería á la
moda, en estos días en que tantas bellas y graciosas mujeres acuden á
proveerse de literatura.
Yo las deseo á todas que el primer libro abierto ruede días y días por
mesas y sillas y mecedoras de terrazas de hotel ó de balneario, con
un pico doblado, nunca más allá de las veinte primeras páginas. Será
la mejor señal de que el veraneo ha sido agradable para ellas. Que la
lectura sea el refugio de vuestras institutrices y señoras de compañía.
Cuando hayáis leído todos los libros del mundo, no seréis más bonitas
y acaso seréis tan ignorantes. Los libros no enseñan nada cuando, al
leerlos, aún podemos preguntar: ¿Será verdad esto? ¿Será así?
Y cuando podemos decir, al leerlos: ¡Qué verdad es esto! ¡Así es!, ya
es tarde; la vida nos ha enseñado más que todos los libros, y tampoco
pueden ya aprovecharnos de nada.
* * * * *
Las autoridades de algunas regiones de Francia infestadas de lobos,
acordaron en una ocasión conceder á los cazadores una cantidad,
bastante apetitosa, por cada lobo presentado. Y sucedió ... ¿Que todo
el mundo se dió á cazar lobos en aquellas regiones?, dirán ustedes. De
ningún modo; á lo que se dieron fué á criarlos como á hijos y á cuidar
por todos los medios de que no acabara la casta, para ir cobrando;
hasta que las autoridades, más que paternales, maritales siempre, en
esto de ser las últimas en enterarse, cayeron en la cuenta de que no
es el mejor modo de acabar con los lobos el convertirlos en fuente de
ingresos saneados para mucha gente.
He aquí un sucedido que debieran tener en cuenta esas autoridades que
se sirven de confidentes, delatores y todo linaje de soplones, para
descubrir y cazar malhechores de cualquier especie. Por natural ley
económica, la demanda crea la oferta. Paguen ustedes por descubrir
anarquistas y los anarquistas no se acabaran nunca y las confidencias
se irán complicando como novelas por entregas, y con todo esto les
sucede á las autoridades celosas lo que á esos maridos, celosos
también, que acuden á una agencia de informaciones para que le
averigüen si su mujer le engaña, y al cabo de gastarse muy buenos
cuartos, confidencia va, confidencia viene, acaba por enterarse de que
precisamente el que trata de pegársela con su mujer es el director de
la agencia.
[Ilustración]