Cuando creíamos que los norteamericanos estaban como el pez en el agua,
con sus instituciones democráticas—¿nos habrán refregado el morro
con ellas, hablando pronto y claro, nuestros sociólogos de corrillo
intelectual y lata libre?,—ahora salimos con que el pez es rana y el
agua de charca, y de las más corrompidas, y las ranas no se contentan
con pedir un rey para cambio de sus males, sino que piden nada menos
que un emperador. Mejor dicho, es posible que no sean las ranas, sino
el único que no es rana quien lo pide. Como aquel personaje de un
fin de fiesta, interpretado por Mariano Fernández, que, harto de las
molestias que una finca de recreo le produce, se decide á ponerla en
venta, porque dice el: Mal vendida, ya podrán darme cinco mil duritos
por ella. Y al poco rato insiste en su propósito: Nada, nada, yo vendo
esta finca ... ¿Quién me dijo que me daba por ella cinco mil duros?...
¡Ah! Fuí yo mismo. ¿Quién dijo que los norteamericanos necesitaban un
emperador? El mismo, Teodoro Roosevelt, de imperial y sonoro nombre,
ese Napoleón que, más afortunado que el primero, recoge los laureles de
la guerra y cobra en buenas coronas—¡oh, presagios!—la oliva de la paz.
Yo celebraré la realización de esos imperiales sueños, aunque no sea
más que por ver á su alteza Alicia (así la llamaban de antemano) de
alteza imperial efectiva; porque es seguro que habrá de dar mucho juego
en clase de princesa, y á qué estamos los que hemos de agarrarnos al
clavo ardiendo de la actualidad, antes de que se enfríe, para escribir
de cosas, á los que más calienten, muevan y remuevan esa actualidad de
ordinario monótona.
Pero ¡ay! qué difícil es estar á la última moda en nada y como hemos
de vivir aquí siempre retrasados en literatura, en política, en
filosofía ...
En dramaturgia, cuando nos damos á imitar á Ibsen, ya es Maeterlink lo
que se lleva; cuando empezamos con éste, ya es D’Annunzio; y lo mismo
en filosofía: cuando empezamos á sentirnos superhombres con Nietzche,
ya es la filosofía rusa la que se cotiza por el mundo ó ya hemos vuelto
á Platón; como decía aquel señor á quien pretendían pasmar sus amigos
con toda clase de _sicalipsis_ exóticas. Aquí ya hemos vuelto á lo de
siempre. El caso es que siempre hemos de retrasar. He aquí que cuando
todo un D. Benito Pérez Galdós en España, se hace republicano, todo
un pueblo tan adelantado, tan práctico y tan _vivo_ como los Estados
Unidos, declara que la república y la democracia están mandadas á
retirar.
* * * * *
Las buenas hadas de los infantiles cuentos madrinas en todos los
bautizos de príncipes, con sus carrozas voladoras y su cortejo de
elfos y silfos, minúsculos y alados, ya se apresuran para llegar en
torno de la regia cuna á predecir felicidad; y el hada de la Poesía,
la que tiene su reino en un rosal silvestre enrejado de zarzales, la
que ni adula ni miente, sólo te dirá: Príncipe ó princesita; cuando
todas las hadas con su lenguaje cortesano te predicen venturas, yo sólo
te compadezco; te compadezco, por el odio y la envidia que zumbarán
alrededor de tu cuna, sólo por ser regia, cuando todo es amor sobre
cunas humildes; te compadezco por los preceptores que atormentarán tu
inteligencia para cultivarla como flor de invernadero, sabedora de
muchas ciencias, ignorante de la vida; por las adulaciones cortesanas
que interpondrán siempre el velo encantado de Maya entre tus ojos y la
verdad; por tus pasos, siempre vigilados; por tus acciones de todos
sabidas, y cuando no sabidas, calumniadas; por tu corazón, del que
dispondrá la razón de Estado; por toda esa esclavitud de los reyes y
de los príncipes, que os hará sonreir con amargura cuando sepáis que
vuestro pueblo pide libertad. ¡Libertad, que para vosotros quisierais!
Y por todo esto, cuando todas las hadas con su lenguaje más cortesano
te predicen felicidad, el hada de la Poesía, la que tiene su reino
entre los rosales, enrejados de zarzales, el hada libre que ni miente
ni adula, con todo su corazón compadece.
* * * * *
La fiesta de San Isidro es como la poesía lírica eminentemente
subjetiva. Hallar motivo de esparcimiento en un paisaje risueño, á la
sombra de árboles frondosos, sobre prados amenos y por fondo montañas
siempre verdecidas y más lejos otras que azulean, no tiene gracia
alguna: la decoración pone la mejor parte. Lo admirable es hallar
ocasión de regocijo en un erial con cuatro estaquillas hojosas por
toda vegetación, entre sucios tenderetes, mendigos harapientos, y allá
arriba, como aviso supremo de un triunfo final de la muerte, digno
de figurar entre los frescos del Camposanto de Pisa, la vista de los
cementerios.
Sólo un pueblo como el madrileño es capaz de poner alegría sobre todo
esto; esa alegría que tanto desconcierta á los extraños, que quieren
persuadirnos de que no es tal alegría. Bien esta, será humorismo si
ustedes quieren; pero es la misma que ríe del hambre, de la suciedad
y de la truhanería en nuestras novelas picarescas; es la misma que
ríe en los mendigos de Velázquez y de Goya, la misma que se desborda
en la Plaza de Toros entre horrores de sangre y peligros de muerte;
alegría que solo puede comprender el que sienta la espiritualidad de
esos ascetas atormentados de los cuadros del Greco, alegría que no
comprenden los extraños, porque es la alegría del «no importa», ese no
importa que es toda la filosofía del alma castellana.
Somos pobres, nuestra tierra es triste, sabemos que hemos de morir,
después ... nada sabemos; se reza ó se blasfema, según las horas; pero
como no pedimos razón para vivir ni para alegrarnos en la vida, tampoco
la pedimos para morir cuando es preciso; ya supo decirlo el pueblo del
Dos de Mayo; el mismo que acude á la fiesta de San Isidro á divertirse
de su propia alegría, en el erial desolado, entre mendigos harapientos
y á la vista de un Camposanto.
* * * * *
Después del éxito comercial de la exposición de automóviles, en la
que apenas queda coche sin vender, empezamos á ser distinguidas las
personas que nos hemos quedado sin comprar uno. Por llegar tarde, no
por otra cosa, porque según los jaleadores del _democrático sport_, el
que no tiene auto es porque no quiere.
Hay coches baratísimos, el verdadero _carro do povo_, como llaman en
Portugal al tranvía; el sostenimiento insignificante, los _chauffeurs_
de balde, un apostolado por vocación, los neumáticos irrompibles, ¡Y
los encantos del auto! ¡Higiene, cultura, poesía! ¡El aire libre de
campos y montañas, la geografía y la topografía aprendidas del modo
más fácil y práctico!... ¡El amor sano al paso! ¡Y qué paso! Aquí,
sin exagerar, bien puede sentirse en Cádiz repercutir un beso dado en
Cantón.
Pero digan lo que quieran los propagandistas del automóvil como
panacea, no es su ejercicio muy propicio á los amores; desgasta mucha
fuerza nerviosa y absorbe la atención demasiado. El juego, el automóvil
y las corridas de toros, son los más terribles rivales de las mujeres.
Un hombre sentado á una mesa de juego ó con el guía de un 40 H. P. en
la mano ó sentado en una barrera de la plaza, ante una faena de Bombita
ó de Machaquito, es insensible á las seducciones femeninas. Las mujeres
lo saben; por eso, ya que no pueden competir con esas tres grandes
aficiones de los hombres, han decidido compartirlas con ellos; y cuando
una mujer sale jugadora, automovilista ó aficionada á toros, que se
quiten todos los hombres, con la ventaja para las mujeres de que ellas
pueden llevar su pasión al extremo: en el juego, hasta el _croupier_;
hasta el _chauffeur_ en el automóvil, y en los toros hasta el torero.
* * * * *
En la exposición de automóviles:
Un distinguido automovilista á una belleza recién lanzada á la
circulación.
—¿Vienes á ver los automóviles? ¿Quieres comprar alguno?
—Ya lo creo.
—¿Pues sabes quien puede venderte uno?
—No; lo que quiero saber es quien puede comprármelo.
* * * * *
Entre mujeres de hombres políticos:
Una de ellas se queja á su amiga del marcado desvío que viene
observando en su marido, desde algún tiempo. Su amiga, para consolarla:
—Eso es por disciplina política.
—¿ ...?
—Como tu marido es de los liberales, esta en plena abstención.
—Si es que ayer le sorprendí abrazando á la doncella.
—Entonces es que se ha pasado á los demócratas.
* * * * *
Dejemos al Congreso con sus discusiones de actas, dejemos á los
liberales en su abstención y á los carlistas en su incontinencia; de
todo eso se hace la Historia; la Historia, que va por encima, lo mismo
en las naciones que en los individuos; mientras la vida va por dentro,
tan hondo á veces que apenas percibimos sus pulsaciones. Por eso hay
quien, atento sólo á la superficie bullidora, no vacila en declarar:
Aquí se muere algo; pero aún vivimos, por lo menos aún queremos vivir.
La Agricultura, la Industria, el Comercio, alientan en exposiciones y
concursos, á los que debe atenderse con mayor interés que al cubileteo
de actas; esto es la Historia, mejor dicho, la chismografía de la
Historia; lo otro es la vida, en la que debemos esperar salvación.
Si algunas veces he _fustigado_ (según _cliché_) á nuestra
aristocracia, no fué por prevención desfavorable contra ella, sino que
puesto á satirizar y dada la natural y pícara preferencia del público
por reir á costa de alguien, me pareció más piadoso hacer reir á costa
de los que gozan de muchas ventajas en la vida, que á costa de los
humildes que trabajan y padecen escasez de todo. Nunca me ha parecido
que el tener hambre sea cosa de risa, y ya sabemos que en la mitad de
nuestro teatro cómico es el hambriento principal motivo de regocijo.
Pero como nunca me dolieron prendas, soy el primero en reconocer que á
nuestra aristocracia debe en primer lugar la agricultura española sus
mayores progresos y adelantos. Buena prueba es la actual Exposición
agrícola y de ganados.
En la sección de ganadería, hay ejemplares magníficos. Toros dignos de
ser amados por Pasifae; caballos, por Semíramis.
Un toro negro, de dulce y paternal mirada, como un patriarca bíblico,
nos promete dilatada sucesión y con ella pródigas provisiones de
sabrosa leche y suculentos solomillos.
Vacas suizas nos hablan de praderas idílicas, ovejas y corderos de
todas castas, al ser acariciados por manos de marquesas, evocan
pastorales de Versalles.
Allí están nuestros famosos merinos, y la oveja castellana, y la
andaluza, y las inglesas, de cabezota redonda (como los puritanos
de Cromwell) y de lana apretada, que parecen talladas en piedra por
escultores medioevales. Y razas cruzadas, muy dignas de consideración
en estos tiempos. Y el caballo Orlof, digna cabalgadura de un héroe
victorioso, para bracear sobre laureles y rosas. Y caballos andaluces
de jacarandosa estampa, y tantos bellos animales, á los que nunca
amaremos bastante.
Porque no hay animales fieros; si algunos lo parecen, es porque el
hambre ó el hombre (no es juego de palabras) los hostiga. Pero ellos
agradecen nuestros cuidados y nuestras caricias; ellos nos ofrecen
sumisos su fuerza, y al someterse al hombre, parecen someterse á su
natural destino. En su mirada, ó hay alegría ó dulce resignación;
tristeza, sólo cuando su dueño los maltrata.
¡Como nos enseñan á vivir y á morir los buenos animales; algo hermanos
nuestros porque son hijos también de la Tierra, madre de todos!
* * * * *
Si el príncipe Hamlet, prototipo de la duda aunque, como todos los
escépticos, creyó en lo más dudoso, la eficacia de las representaciones
teatrales para descubrir secretos,—aseguraba que hay algo en cielo y
tierra á que no alcanza nuestra filosofía, ¿por qué no hemos de creer
en ese algo? Si toda fe nos falta, tengamos fe en la fe.
Próximo el centenario de los Sitios de Zaragoza, aquel milagro de
heroísmo sobrehumano, en que todos pudieron admirar á un pueblo más
tullido que todos los tullidos, sin creencia y sin esperanzas en lo
humano, levantarse y andar y estremecer con su empuje al mayor imperio
moderno, ¿por qué hemos de sonreir y burlarnos escépticos de un humilde
milagro?
Bien se que las burlas de los descreídos hubieran sido más
irrespetuosas si de otra imagen se tratara. El Pilar es algo muy
respetable, y mal aconsejado estaría el que á estas fechas quisiera
milagrear á su costa, sin un hecho, todo lo maravilloso que se quiera,
pero hecho al fin indudable, que después cada uno puede explicarse á
su manera: desde el milagro divino hasta la sugestión hipnótica ó el
histerismo, hay explicaciones para todos los gustos. Hay cosas que
parecen sobrenaturales y son las más naturales del mundo.
Tengamos fe en la fe, no sonriamos demasiado pronto. ¿Quién sabe si aún
no veremos mayores milagros?
Si algún día, un imperio absorbente ó un disolvente anarquismo,
hubieran conseguido borrar las fronteras de todos los pueblos, el
último patriota que sucumbiría sería un aragonés sobre la última piedra
que marcaría una frontera: el Pilar de Zaragoza.
[Ilustración]
X
Si la felicidad se consiguiera por leyes, decretos, reales órdenes,
ordenanzas, bandos y demás literatura oficial, España sería la nación
bienaventurada entre todas; pero si el infierno, según dicen, esta
todo el empedrado de buenas intenciones, es posible que también esté
empapelado de leyes españolas.
Esta novísima de la colonización interior es otro bello trozo de
literatura, y por si no pasará de serlo, ¿por qué no añadirle algunos
comentarios poéticos?
Esa colonización interior sería una gran empresa si para ella no se
contara sólo con las naturales gentes del campo. La trasfusión de
sangre es de tanto interés para el organismo físico como para los
organismos sociales. Colonizar el campo con gente de la ciudad sería
verdadera y meritoria colonización.
La tierra en España es sólo un lujo de ricos ó una esclavitud de
pobres. Grandes propiedades mal atendidas por sus dueños y otras tan
reducidas que apenas ofrecen la porción de tierra que basta, como
suele decirse, para tener donde caerse muerto, no digamos de qué vivir
mientras se muere.
Hay en las ciudades un proletariado burgués, el que más padece y menos
grita, que se consideraría dichoso con poseer un pedazo de tierra en el
campo. Es un gran error creer que el habitante de la ciudad no ama el
campo. Ofrecedle facilidades para llegar á el, dádselas para poseerlo
y veréis con cuánto más amor lo cultiva y hace suyo que quien vivió
siempre en el y ya lo mira como indiferente ó enemigo.
Sean donaciones de tierras el premio de los buenos servidores del
Estado, el pago de muchas de esas clases pasivas que acaso llevan vida
inútil y vergonzosa en las ciudades. Ellos llevarán al campo cultura
social y el campo les dará en cambio salud y alegría. La tierra no
pide sólo brazos fuertes que la trabajen con dureza, como quien golpea
ó hiere, pide también quien la mire con amor; y nadie la amaría tanto
como esos proletarios que vivieron siempre en vivienda alquilada, muy
tasado el terreno, y el sol y el aire aún más tasados. Esos que en un
día de fiesta en Madrid, van en bandadas como peregrinos del sol, hacia
el Retiro, hacia la Moncloa, hacia los Cuatro Caminos, á emborracharse
de luz para muchos días, ¡como serían felices sobre un pedazo de
tierra suyo, donde el sol es el buen padre de la tierra que á su calor
fructifica y florece, no el astro avergonzador de la gente pobre con su
luz indiscreta que descubre el brillo de la ropa usada y las grietas
del calzado viejo!
* * * * *
No me atrevería yo á censurar la prohibición de las capeas en nombre
de las sacrosantas costumbres nacionales, pero á trueque de incurrir
en el enojo de Mariano de Cávia, me atrevo á censurarla por exceso
de sensiblería mía, no de la orden, que á primera vista parece bien
intencionada.
Pero considerando que en esas capeas tomaban la más activa parte los
más brutos de cada pueblo; considerando que en la mayoría de los casos
había cornadas providenciales; considerando que todo ello era indulto
de infelices mujeres, condenadas de por vida á marido bruto, alivio
para el Estado de candidatos al ingreso, aumentando sus cargas, en
establecimientos penitenciarios, considerando que, llegado el día de
la fiesta, habrá sus motines y algaradas que darán lugar á mayores
barbaridades, pues es casi seguro que en muchos pueblos no admitirán
á la Sociedad de Conciertos, como festejo digno de sustituir al toro,
considerando que las escuelas de casi todos los pueblos y aldeas de
España no tienen mejor uso que servir con sus ventanas de palcos y
talanqueras para presenciar con relativa seguridad la gallarda fiesta;
considerando que si damos en lavarnos la cara no van á conocernos,
vengo en opinar que la orden sería más efectiva, plausible y meritoria,
de haber ido precedida de otra: la ley de Instrucción obligatoria;
porque los lugareños son gente maliciosa, y como sólo les llegan del
poder central órdenes prohibitorias, no será extraño que algún día se
cansen y digan: ¡Todo es prohibir, prohibir! ¿Y qué nos dais en cambio?
Que nos manden siquiera un cinematógrafo.
* * * * *
Todas las mujeres tienen una edad para parecer más hermosas ó menos
feas. No siempre es la juventud, como puede creerse. Hay géneros de
belleza que se acomodan mejor con la madurez y hasta con la ancianidad.
Cuántas veces la que conocimos francamente fea de joven, nos sorprende
á su declinar con un agradable aspecto.
Hay también bellezas por horas, á las que favorece más ó la mañana ó
la tarde ó la noche, sea por la luz, sea por los trajes propios de
aquellas horas.
Para ser hermosa á toda edad, á todas horas y á todas luces, es preciso
ser la forma de Arte que nunca pasa, como dijo Leonardo de Vinci.
A las ciudades les sucede lo mismo que á las mujeres. Hay de ellas que
sólo parecen bien en invierno, otras que entonan mejor con la suavidad
otoñal, otras que sólo son bellas en verano.
A París, por ejemplo, le sientan bien las estaciones crepusculares;
primavera y otoño, como belleza cansada que se defiende de la luz cruel
con velos y pantallas. A las viejas ciudades flamencas y castellanas
les dice bien la lluvia, bajo un cielo como de cristal esmerilado.
Granada y Córdoba, á pesar de su oriental carácter, entonan mejor en el
invierno. Sevilla, en cambio, sólo se concibe inundada de luz.
Madrid también es hijo predilecto del sol y necesita de toda su luz
para parecer algo. En los días de invierno, con sus tejados parduzcos
y la pobreza de su caserío, visto á lo lejos, parece de un color de
puchero viejo, y bajo la lluvia como lamentable trapo de mil remiendos
desteñido al mojarse.
Pero al sol es como prisma que rompe la luz en destellos de pedrería.
Ya sus remiendos parecen labores de tapiz oriental, los revoques
desconchados de sus fachadas reflejan el oro y el rosa como granitos
y mármoles preciosos. Su gente también parece engalanada: la mayor
baratura de las telas veraniegas pone en las calles la alegría de sus
colores claros.
Esas pobres y simpáticas cursis, tan mal pergeñadas en invierno con
sus abriguillos de sutil pañete, que á nadie engañan, y al frío mucho
menos, con sus boas de pluma de pavo casero y sus manguitos ó sus
estolas de piel, en que aún palpita el último maullido de la víctima,
con sus caritas anémicas amoratadas y sus narices arreboladas y sus
ojillos lacrimosos por el frío, esas pobres cursis que tanto deben
odiar el invierno, con ellas más que con nadie despiadado, ahora son
reinas de calles y paseos, ahora lucen con valentía batistas y gasas y
muselinas y arrogantes sombreros de paja con sus flores vistosas ó su
golpe de guindas entre verde hojarasca que la lluvia y el sol no han
descolorido todavía.
Madrid es suyo en este tiempo. Son las mariposas de su primavera. Pero
como dijo el poeta: ¿Es que los pájaros se esconden para morir? Digamos
también: ¿Dónde se esconderá en invierno tanta pobre cursi? Porque
todas estas que véis ahora no las volveréis á ver hasta otra primavera
y otro verano, aunque las busquéis en el paraíso del teatro Real,
en las galerías de Palacio en los días de capilla pública ó en las
funciones de sociedades de aficionados.
* * * * *
En Copenhague, un actor y marido ha disparado unos tiros sobre su dos
veces compañera, en la vida y en el teatro, al terminar ella de bailar
con otro actor un vals que, por lo visto, se las traía. ¡Para que se
fíen ustedes del teatro del Norte!
Se atribuye á los celos el arrebato del marido; pero como da la
casualidad de que el valsecito había entusiasmado al público, vaya
usted á saber si no serían los aplausos los que pusieron al actor,
antes que marido, en el disparadero. ¡La psicología de los actores es
tan complicada!
De cualquier modo, los matrimonios siempre son ocasión de disgustos en
el teatro; sólo sirven para dificultar el buen reparto de las obras y
para desilusionar al público.
Cuántas veces oye uno durante una representación:—Me parece que la
fulana (el nombre de una actriz) engaña á su marido.
—No lo crea usted; si es un matrimonio modelo.
—Si digo en la comedia.
—¡Ah!
Y otras veces lo contrario.
—¡Qué buena es esta mujer para su marido!
—¿Pero usted no sabe ...?
—Ya lo se; si digo en este papel ...
Y con esta confusión de la vida doméstica con la artística se embrolla
á cada paso el asunto de las comedias. Los actores no debían tener vida
privada y las actrices mucho menos. A lo mejor hay aquello de:
—¿Ve usted aquellos cinco niños tan monos que están en aquel palco?...
Son de la que hace de Doña Inés de Ulloa.
Y, en efecto, al llegar la escena del rapto, los chiquitines lloran que
se las pelan porque se llevan á su mamita, y las buenas mamás que están
en el teatro cuchichean unas con otras ... ¡Pobrecitos! ¡Qué ricos!
¡Lloran porque ven que se llevan á su mamá ...!
Y á un espectador que no esta en el secreto y los manda á la Inclusa
desde el paraíso, le advierte uno de la _claque_, con muy malos modos:
—¡No sea usted bruto! ¿No ve usted que son los niños de doña Fulana?
Y con todo esto, al llegar la escena del sofá, ya el público sólo se
interesa porque los niños van á volver á llorar más desesperados,
temiendo que con los arrumacos de Don Juan les van á traer otro
hermanito de París ... ó de Nápoles, rico vergel, que es de donde se los
traerían á Don Juan ...
En fin, que en el teatro como en la política cuando la vida privada
no casa con la pública, no hay modo de convencer á nadie, aunque los
versos sean de Zorrilla y los discursos de Demóstenes.
* * * * *
Un libro de versos—_Alma-Museo-Cantares_—simpático como su autor,
Manolo Machado; un moro andaluz que, por no saber adónde iba, se perdió
en Montmartre y se encontró en Madrid, y en el fué bien hallado, porque
su espíritu es de chispero, aunque al cantar su serenata á la luna,
su blancura parece envolverle unas veces en el blanco alquicel de los
árabes, otras en la túnica blanca de Pierrot.
Es muy convencional la división de géneros en poesía; porque si la
poesía lírica es sincera, tiene siempre mucho de dramática; en un solo
monólogo nos dice el drama interior del poeta.
Los sonetos ¿no son una tragedia más de Shakespeare? En las poesías
de Manuel Machado también podemos seguir los pasos de una interesante
acción dramática, por fortuna no trágica. En este caso, ó yo no se
leer, ó todo acabará en boda, y la voluntad del poeta, su voluntad, que
_murió en una noche luna, en que era muy hermoso no pensar ni querer_,
resucitará á la luz de otra luna ... de miel. ¿No es eso? Y el poeta nos
dirá entonces: que es muy hermoso pensar, pensar intensamente ... cuando
se piensa en lo que se quiere.
* * * * *
Una madre con cinco hijas en cuenta corriente, esto es, en espera de
colocación, me decía: ¿Ha visto qué idea la de ese joven mejicano?
¡Distinguido, millonario y dedicarse á torero! ¡Mire usted que si le
cogiera un toro!
—¡Qué envidia!, digo, ¡qué lástima!, contesto distraído, pensando en
las cinco hijas.
Lo cierto es que la gente de dinero es la que arriesga la vida con
mayor facilidad y por puro capricho.
¿Es aburrimiento de todo lo que el dinero puede proporcionar, lo que
les lleva á buscar emociones en peligros contra los que nada puede el
dinero? ¿Es la confianza que da el haber triunfado de todo en la vida
por el dinero, la que acaso les hace considerarse inmunes á todo
peligro? ¿Ó es, como dice una amiga mía, que el dinero por sí solo es
seco como un sustantivo y los que lo poseen buscan á toda costa un
adjetivo que lo califique y lo decore?
¡La conquista del adjetivo! No basta tener dinero, hay que llamarse
distinguido, intrépido, inteligente; cuando no se puede otra
cosa, _sportsman_. No saben que una vez encasillados en un adjetivo, no
hay mayor esclavitud que la de sostenerlo y justificarlo.
—¿Usted sabe, me dice esta amiga mía, la venganza que tomó un cronista
de salones de una señora muy distinguida, que en cierta ocasión le hizo
un pequeño desaire? Muy sencillo. En una de sus crónicas de sociedad
escribió:
«La elegantísima señora de——, que cada vez que se presenta en
sociedad luce una nueva _toilette_ ...» Bastó con esto; la elegante
señora, que como cada hija de vecino, tenía sus cuatro ó cinco trajes
de luces para todas las _soirées_ de una temporada, se creyó desde
entonces comprometida á sostener su reputación, y á fuerza de exhibir
_toilettes_, se arruinó en un par de años bonitamente. ¿Qué le parece á
usted?
—Que no debe uno preocuparse por adquirir adjetivos ni por sostenerlos.
—Es mi opinión. Por eso verá usted que yo no vivo para la galería;
no me verá usted nunca danzar en fiestas de sociedad, ni en funciones
benéficas, ni en juntas piadosas ni feministas ... Renuncio á todos los
adjetivos.
—¿Se atiene usted al sustantivo?
—Al verbo, amigo mío, al verbo, que es el fundamento de la oración y
de la vida ... ¡Vivir, poseer, querer ... gozar ...!
—¡Basta, basta amiga mía! Temo que va usted á traspasar los límites
del Diccionario en un rapto lírico.
—¿Pero no esta usted de acuerdo conmigo?
—¡Ya lo creo! Yo tampoco me he preocupado nunca por los adjetivos. Y
sobre todo, ya sabe usted lo que dice el _Génesis_: En principio era
el Verbo ... El adjetivo fué después del Paraíso perdido ... ¡Y cuántas,
cuántas veces puede perderse el estado de inocencia del Paraíso por
querer saber del bien y del mal de un adjetivo!
[Ilustración]