A estas horas son innumerables los Paturots que andan por esos
distritos en busca de una posición social. Unos, con lucida escolta,
se entran por los pueblos como conquistadores, á cosa hecha, les basta
con pasar. Otros, llegan humildes, desconfiados, prodigan sonrisas,
apretones de manos, prometen, regalan; los buenos aldeanos se muestran
socarrones ...—Tocante á nosotros ...—Por nuestra parte ...
¿Pero qué más tiene un diputado que otro? Eso, lo que tenga.
A dos pesetas, un cigarro y vino á _indiscreción_, el voto ... Después
de todo, un voto no es ninguna primogenitura que no esté bien pagada
con un plato de lentejas.
¿Quién engaña á quien? Nadie se engaña por lo visto; todos están
contentos. El diputado cuenta sus votos y triunfa con su acta; los
buenos aldeanos cuentan unas pesetas y ríen entre ellos ...
Entre tanto se sigue labrando la tierra como debió labrarla Adán á la
salida del Paraíso, y cuando llueve, por el techo de la escuela cae la
lluvia benéfica sobre la cabeza de los chicos; y es la mejor enseñanza
que allí reciben, porque así aprenden que todo han de esperarlo del
cielo, hasta el sencillo acto de lavarse la cara algunas veces.
* * * * *
Uno de los _clous_ del Salón de París en este año es el retrato de
Tomás Hardy, obra de Blanche. Como la aduana francesa es el tránsito
obligatorio para que llegue hasta nosotros todo nombre y toda fama, es
posible que con este motivo descubramos á Hardy.
Entre la balumba abrumadora de novelas inglesas, acaso no sean las
suyas las que tengan más lectores, aún en la misma Inglaterra. Al
francés tampoco creo que haya sido traducida ninguna, y en España,
donde nos extasiamos con D’Annunzio, donde Bourget, Prevost y Hervieu
nos parecen hondos psicológicos, y las _Claudinas_ de Willy nos
interesan como si aquí estuviéramos en el secreto de los chismes del
_boulevard_, que son todo su chiste, Hardy es casi ignorado, como es
ignorado Meredith, el más original estilista entre los novelistas
ingleses, á quien seguramente D’Annunzio ha leído mucho, porque aquí
nos pasamos el tiempo buscando los plagios en los de casa y mientras
los de fuera se despachan á su gusto.
Hardy es un admirable novelista, de esa raza robusta de escritores
que sólo es producto de una sociedad fuerte; no es de los que salen á
conquistar un público con colorines y fanfarrias.
Hay una firme serenidad en los escritores ingleses, una despreocupación
de la _coterie_ literaria de muy buen ejemplo para nuestros escritores
jóvenes, que sólo saben andar en grupitos para la recíproca admiración;
hasta que alguno del grupo sobresale, que apenas eso sucede, ya le
declaran indigno por haber hecho concesiones al público; porque la
condición para formar parte de uno de esos grupos, es la de ser
_genio_, pero sólo para andar por el grupo.
Sucede como en esas pandillas de estudiantes mozalbetes que emprenden
reunidos la conquista de alguna agraciada muchacha, y reunidos la
siguen y reunidos le pasean la calle y entre todos se escribe una
declaración, y cuando la favorecida, naturalmente, desea saber en quien
ha de fijarse, ó concluye aquel amor colectivo como por encanto, ó
se destaca uno más resuelto á terminar por su cuenta la conquista. Y
entonces los demás le llaman mal amigo.
* * * * *
_Baby_ es terrible; tiene unas ocurrencias que dejan parado á
cualquiera; sus padres no saben á quien ha salido. Sus papás son dos
jóvenes, aristócratas de abolengo ilustre, que de sobremesa íntima
tijeretean á los amigos sin preocuparse por la presencia de _Baby_, muy
entretenido en enseñar las estampas de una ilustración extranjera á un
tremendo danés que no parece muy interesado por los sucesos mundiales.
Los papás hablan de unos _parvenus_ con flamantes títulos adquiridos en
Roma, y ríen á su costa.
_Baby_ pregunta muy grave:
—¿Quién es más, el Rey ó el Papa?
El padre se hace el desentendido, esta afiliado á una de las cuarenta y
nueve fracciones liberales.
La madre se cree en el caso de afirmar sus sentimientos católicos, y
contesta sin vacilar:
—El Papa, hijo mío.
—Entonces, ¿por qué os burláis de los títulos pontificios?
Los padres convienen en que delante de los niños no se puede hablar de
nada.
* * * * *
Ecos de las elecciones.
La marquesa de—— tiene á su marido diputado conservador y á su mejor
amigo, liberal. La gente ya la llama: el triunfo de la solidaridad.
* * * * *
A un candidato á la diputación, de quien ya no se cuenta las
desventuras conyugales, como se lamentara de que le habían birlado su
distrito, le aconsejaba un amigo para consolarle:
—Si usted no necesita el distrito para nada. Usted debía presentarse
por acumulación.
* * * * *
En casa del modisto:
La cliente, entusiasmada con un nuevo vestido que favorece mucho su
belleza algo vespertina, le dice al modisto:
—Crea usted que si aquí tuviéramos voto las mujeres, todas las señoras
le votaríamos á usted.
El modisto, confuso y galante:
—¡Oh, muy amable! Pero sería yo el que votaría siempre con ustedes.