VIII

A estas horas son innumerables los Paturots que andan por esos

distritos en busca de una posición social. Unos, con lucida escolta,

se entran por los pueblos como conquistadores, á cosa hecha, les basta

con pasar. Otros, llegan humildes, desconfiados, prodigan sonrisas,

apretones de manos, prometen, regalan; los buenos aldeanos se muestran

socarrones ...—Tocante á nosotros ...—Por nuestra parte ...

¿Pero qué más tiene un diputado que otro? Eso, lo que tenga.

A dos pesetas, un cigarro y vino á _indiscreción_, el voto ... Después

de todo, un voto no es ninguna primogenitura que no esté bien pagada

con un plato de lentejas.

¿Quién engaña á quien? Nadie se engaña por lo visto; todos están

contentos. El diputado cuenta sus votos y triunfa con su acta; los

buenos aldeanos cuentan unas pesetas y ríen entre ellos ...

Entre tanto se sigue labrando la tierra como debió labrarla Adán á la

salida del Paraíso, y cuando llueve, por el techo de la escuela cae la

lluvia benéfica sobre la cabeza de los chicos; y es la mejor enseñanza

que allí reciben, porque así aprenden que todo han de esperarlo del

cielo, hasta el sencillo acto de lavarse la cara algunas veces.

* * * * *

Uno de los _clous_ del Salón de París en este año es el retrato de

Tomás Hardy, obra de Blanche. Como la aduana francesa es el tránsito

obligatorio para que llegue hasta nosotros todo nombre y toda fama, es

posible que con este motivo descubramos á Hardy.

Entre la balumba abrumadora de novelas inglesas, acaso no sean las

suyas las que tengan más lectores, aún en la misma Inglaterra. Al

francés tampoco creo que haya sido traducida ninguna, y en España,

donde nos extasiamos con D’Annunzio, donde Bourget, Prevost y Hervieu

nos parecen hondos psicológicos, y las _Claudinas_ de Willy nos

interesan como si aquí estuviéramos en el secreto de los chismes del

_boulevard_, que son todo su chiste, Hardy es casi ignorado, como es

ignorado Meredith, el más original estilista entre los novelistas

ingleses, á quien seguramente D’Annunzio ha leído mucho, porque aquí

nos pasamos el tiempo buscando los plagios en los de casa y mientras

los de fuera se despachan á su gusto.

Hardy es un admirable novelista, de esa raza robusta de escritores

que sólo es producto de una sociedad fuerte; no es de los que salen á

conquistar un público con colorines y fanfarrias.

Hay una firme serenidad en los escritores ingleses, una despreocupación

de la _coterie_ literaria de muy buen ejemplo para nuestros escritores

jóvenes, que sólo saben andar en grupitos para la recíproca admiración;

hasta que alguno del grupo sobresale, que apenas eso sucede, ya le

declaran indigno por haber hecho concesiones al público; porque la

condición para formar parte de uno de esos grupos, es la de ser

_genio_, pero sólo para andar por el grupo.

Sucede como en esas pandillas de estudiantes mozalbetes que emprenden

reunidos la conquista de alguna agraciada muchacha, y reunidos la

siguen y reunidos le pasean la calle y entre todos se escribe una

declaración, y cuando la favorecida, naturalmente, desea saber en quien

ha de fijarse, ó concluye aquel amor colectivo como por encanto, ó

se destaca uno más resuelto á terminar por su cuenta la conquista. Y

entonces los demás le llaman mal amigo.

* * * * *

_Baby_ es terrible; tiene unas ocurrencias que dejan parado á

cualquiera; sus padres no saben á quien ha salido. Sus papás son dos

jóvenes, aristócratas de abolengo ilustre, que de sobremesa íntima

tijeretean á los amigos sin preocuparse por la presencia de _Baby_, muy

entretenido en enseñar las estampas de una ilustración extranjera á un

tremendo danés que no parece muy interesado por los sucesos mundiales.

Los papás hablan de unos _parvenus_ con flamantes títulos adquiridos en

Roma, y ríen á su costa.

_Baby_ pregunta muy grave:

—¿Quién es más, el Rey ó el Papa?

El padre se hace el desentendido, esta afiliado á una de las cuarenta y

nueve fracciones liberales.

La madre se cree en el caso de afirmar sus sentimientos católicos, y

contesta sin vacilar:

—El Papa, hijo mío.

—Entonces, ¿por qué os burláis de los títulos pontificios?

Los padres convienen en que delante de los niños no se puede hablar de

nada.

* * * * *

Ecos de las elecciones.

La marquesa de—— tiene á su marido diputado conservador y á su mejor

amigo, liberal. La gente ya la llama: el triunfo de la solidaridad.

* * * * *

A un candidato á la diputación, de quien ya no se cuenta las

desventuras conyugales, como se lamentara de que le habían birlado su

distrito, le aconsejaba un amigo para consolarle:

—Si usted no necesita el distrito para nada. Usted debía presentarse

por acumulación.

* * * * *

En casa del modisto:

La cliente, entusiasmada con un nuevo vestido que favorece mucho su

belleza algo vespertina, le dice al modisto:

—Crea usted que si aquí tuviéramos voto las mujeres, todas las señoras

le votaríamos á usted.

El modisto, confuso y galante:

—¡Oh, muy amable! Pero sería yo el que votaría siempre con ustedes.

De Sobremesa; crónicas, Primera Parte (de 5) · 第 13 / 30 题