Me entusiasman esas personas que, sea cualquiera el asunto de que
se trata, son siempre de la opinión contraria. No hay que decir si
admiraré á D. Miguel de Unamuno. Por eso no pude por menos de abrazar
al amigo que después de leer las noticias de los últimos atentados de
Barcelona, exclamó con el mayor aplomo, sin dejó alguno de ironía:
—¡Qué agradable debe ser la vida en Barcelona!
Y como advirtió pronto la airada protesta de los otros amigos y mi
conformidad, que debió parecerle todavía más alarmante—no se tiene en
vano la reputación de mefistofélico,—no quiso esperar más para exponer
sus razones.
—Sí, señores; agradable agradabilísima: porque cuando en todas partes
y para todo el mundo y desde muy antiguo, ha sido una de las más
intolerables molestias del trato humano el curioseo y fisgoneo de
toda casta de vecindades, vecinos de barrio, de calle y de casa,
hay que admirar la discreción y poca curiosidad de los vecinos
en Barcelona, cuando es allí posible que por tanto tiempo y tan
continuadamente puedan existir gentes dedicadas á la confección y
colocación de explosivos sin haber tropezado todavía con un vecino
curioso investigador de vidas ajenas. Y esto, cuando todos deben estar
vigilantes como policías, con la indignación y la alarma naturales ante
la repetición de atentados que á todos amenazan. Ó ¿creen ustedes en
cavernas, lugares subterráneos y recónditas guaridas en una ciudad como
Barcelona?
—Luego, ¿usted cree?...
—No creo nada. Sólo pienso que en este caso, como en el de muchos
enfermos crónicos, parece que el enfermo acaba por encariñarse con su
enfermedad que le coloca en una situación interesante. Creo también,
cuando se habla de anarquismo, que por algo es la industrial Cataluña
famosa en imitaciones de todo género de productos, y no estará de más
la sabida advertencia: _Se méfier de contrefaçons_.
—¿Entonces?...
—¿No les parece á ustedes como á mí, que para anarquismo es poco y
para separatismo sería demasiado?
Y hubo un silencio que si no fué de aprobación, fué por lo menos de
_solidaridad_.
* * * * *
Entre los colores que la moda femenina ha impuesto en esta temporada,
hay uno que me seduce sobre todos: el color de humo; el color de humo
es adorable. _Couleur fumé_, digámoslo en francés, que es el lenguaje
de la modistería universal, como lo es de la diplomacia, y ya que en
modistería y en diplomacia de fuera ha de venirnos siempre la moda.
Dos tendencias opuestas dominan en el vestir de las mujeres: el género
sastre, vestimenta práctica para la calle, que es democrática, y tanto
quiere serlo que no se contenta con nivelar las clases, sino que
pretende nivelar los sexos. El gabán con vuelo y pliegue _Watteau_
masculino, y la falda redonda, _troteusse_, femenina, son una verdadera
_entente cordiale_ de sastres y modistos.
Pero en la casa, en los salones, en el teatro, triunfa por contraste
en la _toilette_ de las mujeres, lo dulcemente femenino. Nunca más
delicada, más tenuemente vestidas, ¿vestidas? No es exacto; envueltas
apenas, acariciadas en la suavidad de gasas, tules y encajes y telas
flexibles, ondulantes, de matices descoloridos, esos tonos al pastel,
inconsistentes como pelusilla de alas de mariposa, como el polen de las
azucenas. No son aquellos terciopelos y brocados y rasos que se tenían
de pie, según ponderaban nuestras abuelas; aquellos trajes de aparatoso
señorío que podían transmitirse de madre á hijas en cinco ó seis
generaciones. Estos de ahora son gala de una noche, efímeros como flor
ó mariposa, no admiten reformas ni composturas, sus telas diáfanas, no
se cortan, se cortiquean; no se cosen con aquel fuerte pespunteado de
la clásica costura española, se hilvanan ó se prenden de alfileres. Un
pisotón es bastante para destrozar una de estas envolturas de ensueño
que costó cuatro ó cinco mil francos; su misma fragilidad es la mejor
defensa de otras fragilidades. ¿Qué mujer se dejará acariciar con
pasión con uno de estos trajes? Ya eran nube, espuma, flor y mariposa,
y ahora, con el color de moda, son algo más tenue, más vaporoso, son
humo. ¿No es el color de nuestro tiempo? Humo por todas partes. De
la riqueza de las naciones es señal el humo de sus fábricas, de sus
trasatlánticos, de sus ferrocarriles; de su poderío, el humo de sus
acorazados; con el automóvil triunfa también el humo, porque el
automóvil pasa pero el humo queda. Si el siglo XIX pudo llamarse de las
luces, ¿no puede llamarse este siglo XX el de los humos? Los humos de
aquellas luces que no brillaron tanto como había derecho á esperar.
Yo os digo que hay trajes de mujer que son una verdadera obra de arte;
pero si un traje de estos es además de color de humo, ¡oh! entonces ya
es filosofía.
[Ilustración]