III

Se de una linda marquesa, por blasón de su hermosura, rayos de sol en

campo de rosas, de pura elegancia española—única elegancia femenina á

la que sientan bien todas las elegancias, lo mismo las de Van-Dyck que

las de Watteau, que las de Gainsborough que las de nuestro Goya—que al

salir del estreno de «Daniel» decía á sus amigos:

—Esta obra sólo puede gustar á los que no tienen una peseta ó no

tienen vergüenza.

¿Una peseta ó vergüenza? ¡Pícara peseta! En qué poco ha estado que la

obra no gustara por completo á cierto público.

¡Oh gentil marquesa, como aquellas de Versalles, más inconscientes ó

más atrevidas al representar con su reina y en la misma corte, «Las

Bodas de Fígaro», como si las burlas no fueran también amenazas; el

autor de «Daniel» no tuvo consideración con vosotras. Ha recargado de

negrura su obra, ¿verdad? Esas cosas no pasan en la vida ó por lo menos

pasan de tarde en tarde. ¿No es eso? Los ricos no son tan malos ni los

pobres tan desgraciados. Lo dices tu, lo dice la crítica. Sí, Dicenta

ha recargado los colores.

Suaves tintas de acuarela son las de ese embarque de emigrantes de que

pocos días después supimos. La realidad ha sido el mejor crítico de la

obra de Dicenta.

¡Oh, qué lindo _embarquement pour Cythere_, como aquel de Watteau, el

de ese barco de miseria, de dolor y de muerte! ¡Oh, qué propio asunto

para ser cantado en rimas ricas y metros dislocados por algún exquisito

poeta de los del Arte por el Arte y caiga el que caiga!

¡Heliópolis! ¿Puede darse más bello nombre para un barco florido,

bogador siempre por mares azules hacia tierras de sol y de alegría?

Dice un crítico, que desde Edipo no se ha presentado en el teatro un

personaje sobre el que tantas desdichas se acumulen como sobre Daniel.

Sí, son muchas desdichas para un solo hombre si fuera un hombre solo.

Pero Daniel es algo más: no es un hombre, son muchos, son muchas

generaciones; sus desdichas no son las que caben en unas horas de

representación teatral: son las de muchos siglos, las de muchas vidas.

Y lo mismo la crueldad, la fuerza y la indiferencia de los otros.

La visión amplia, abarcadora de Dicenta concentra lo esparcido. ¿No es

un derecho del artista? La gentil marquesa estaba también en su derecho

al distraer cuanto podía su atención de la obra y á juzgarla con frase

ligera y desdeñosa. Pero la crítica, no; la crítica ante la obra de

Arte tiene otros deberes que las lindas marquesas.

* * * * *

Los artistas lamentan de continuo la falta de ambiente artístico,

increpan al filisteo y al beocio, que no sienten ni admiran, como los

artistas quisieran, la artística belleza, y cuando ellos tratan de

glorificar á otro artista no se les ocurre sino vulgaridades del más

prosaico burguesismo: el insustituible banquete á siete cincuenta,

la abominable estatua á cincuenta mil pesetas, la velada teatral ó

académica. ¿No habrá un poco de fantasía, señores artistas? ¡A ver si

_pué_ ser!—como dicen los chulos.

La escultura conmemorativa moderna, aplicada á políticos, escritores

y demás señores civiles, es francamente horrible. Si el escultor se

atiene á la realidad, un señor de levita ó gabán parecerá siempre

una figura de cera sin colores; si mezcla lo real con lo ideal, la

mezcolanza no es menos detestable: el buen señor rodeado de ninfas ó

genios desnudos hace la más triste figura. Recuerdo la estatua del gran

Eça de Queiroz en Lisboa, bailando un vals _renversée_ con la Verdad

desnuda entre sus brazos; todo ello como interpretación escultórica del

lema literario del escritor: Sobre la fuerte desnudez de la verdad el

velo diáfano de la fantasía.

No sospechaba artista de tan delicado gusto como Eça de Queiroz, que

tan al pie de la letra iban á tomarse sus palabras como esculturales.

Quédese la estatua para perpetuar cuerpos bellos y bellas actitudes, y

de los grandes hombres que triunfaron por el espíritu, perpetúese el

espíritu en copiosas y artísticas ediciones de sus obras. De este modo

llegará su espíritu á todas partes y será la inmortalidad mejor que una

estatua ridícula ante la cual el hombre del vulgo preguntará ignorante:

¿Quién será este? Para que su mujer le responda: ¿No lo ves? Un tío muy

feo.

* * * * *

Bombita regresa triunfador de Méjico, Madrid y Sevilla le reciben con

aclamaciones.

Los hombres graves exclaman una vez más: ¡Qué país este! Y otros

hombres que no parecen graves, porque nada les parece tan antipático

como las jeremiadas de esos que no encuentran mejor forma de

patriotismo que abominar por todo de su patria, decimos y creemos: Que

por muchos años vayan nuestros toreros á Méjico y por muchos años sean

allí aplaudidos, que peor señal de los tiempos sería para España si una

ley en idioma extranjero hubiera prohibido las corridas de toros en

aquellas tierras.

[Ilustración]

De Sobremesa; crónicas, Primera Parte (de 5) · 第 9 / 30 题