Pérez Galdós es siempre admirable: terminados sus cuarenta Episodios;
después de haber estudiado para escribirlos, mejor dicho, después
de haber vivido para revivirlos, toda la historia contemporánea de
España con toda su lastimosa política, en lugar de quedar fatigado,
desilusionado y, si se quiere, empachado, con la mayor ilusión del
mundo—¿no se presenta como candidato republicano?—se lanza á la
política activa.
Y es que Galdós, nuestro único gran historiador, al escribir
sus Episodios, ha podido comprender como nadie que, sobre todas
las desventuras de la patria, sobre sus luchas civiles y sus
pronunciamientos, y las intrigas de camarilla y de partido, sobre
Carlos IV, y Godoy, y Fernando VII, y Calomarde, y Espartero, y Narváez
y todas las clases directoras que tan malos pastores fueron de este
pobre rebaño, esta siempre la _masa_, la soberana masa, que dijo el
mismo Galdós, la masa, verdadero héroe de esos cuarenta Episodios
nacionales; y cuando un hombre como Pérez Galdós, después de haber
escrito los cuarenta episodios, hace profesión de fe republicana, es
porque espera mucho de esa masa; porque es de creer que no será en
Salmerón en quien espere.
De todos modos, Pérez Galdós, en lenguaje de empresa teatral, es
una excelente adquisición para el partido republicano; y si no va á
el sólo llevado de su curioso espíritu, á documentarse para futuras
novelas ó comedias, la significación de su nombre glorioso es de gran
importancia. Galdós cuenta con incondicionales adictos á su talento
y á su persona, cuenta con una juventud que le admira y le proclama
maestro; todo eso aporta Galdós á la causa de la República. ¡Ah! Y la
espada de Machaquito. No la tuvo mejor ningún partido español hace
mucho tiempo.
* * * * *
Entre la Fiesta del Sainete, la corrida de la Prensa, la Semana Santa,
para terminar con la corrida de inauguración de temporada, he aquí una
semana bien española. Lo picaresco, lo piadoso, lo emocional y lo
sangriento en pintoresca mezcla: toda la lira, mejor dicho, toda la
guitarra.
Y sobre todo ello y para todo ello, la mantilla, que es tanto como la
bandera española, nunca mejor prendida que en nuestras actrices, de tan
diversos pero tan castizos tipos de belleza española todas ellas.
D. Ramón de la Cruz y Goya se habrán asomado, allá por un barandal de
la gloria—algo como la cúpula de San Antonio de la Florida,—para
sentirse más en sus glorias, y los académicos habrán pensado que con
tan lucido cortejo no es posible negar entrada al plebeyo sainete en la
aristocrática Academia. Los ojos de Rosario Pino bien valen por todo un
Diccionario.
* * * * *
Con el sainete vuelve el baile español, casi perdido ya, degradado
en esos tangos de un orientalismo de Exposición universal; el baile
clásico español, señoril ó popular ó villanesco, pero verdadero baile
de arte, el baile por el baile; no como el baile francés, que es
siempre decente—porque siempre es un pretexto para enseñar,—ni
como el inglés, que, por otros medios, llega á los mismos fines,
más gimnasia que baile.—En Inglaterra el _sport_ lo tapa todo ó
lo descubre todo.—En Francia aparenta malicia lo más inocente; en
Inglaterra aparenta inocencia lo más malicioso.—Sólo el baile español
es baile, en una justa ponderación, como el amor sano, ni todo carne ni
todo espíritu.
¡Boleras gloriosas que inmortalizaron los nombres de Lola
Montes, de la Nena y de Petra Cámara! En la memoria de los viejos se
asocia el recuerdo de aquellos bailes al del toreo de brazos de Montes,
el Chiclanero y Cúchares: ¡Entonces se bailaba, entonces se toreaba!,
dicen estos respetables viejos, y es: ¡Entonces bailábamos, entonces
toreábamos!, lo que quieren decir siempre estos recuerdos.
¡Dios mío! ¿No habré yo sido nunca joven? Porque todavía alcancé los
tiempos en que las boleras robadas eran fin de fiesta en el teatro
del Príncipe, y me parece más divertido el tango con molinete; y de
toreros, ví muchas veces á Lagartijo y á Frascuelo, y confieso que no
me divertí en los toros hasta el advenimiento del _Guerra_ con todos
sus modernismos tan censurados.
Por fortuna, dentro de pocos años la Imperio y el _Guerra_ serán tan
clásicos como la Nena y Montes, y con qué desdeñoso gesto diré yo
á mi vez: ¡Como se bailaba entonces, como se toreaba ... y como se
escribía! Porque yo también seré clásico. ¿Por qué no? Comparado con el
cinematógrafo, que será toda la literatura dramática del
porvenir al paso que vamos.
[Ilustración]
V
Las naciones que han convenido en llamarse civilizadas, tienen, como
suele decirse, cosas de á cuarto. Apenas en un pueblo de los llamados
salvajes se atropella de cualquier modo á un súbdito de alguna de las
susodichas naciones, ponen todas el grito en el cielo y el cañonazo
en la tierra, y amenazan con meterse todas como Pedro por su casa
y el Kaiser por la de todos, para hacer un ejemplar escarmiento
en los infelices salvajes, y mientras, en el propio territorio de
esas grandes, fuertes y civilizadas naciones, en sus mismísimas
y civilizadísimas capitales, campan bandidos de toda especie que
asesinan, roban, estafan y atropellan á naturales y á extranjeros; y si
cada vez que esto sucede se hablara de intervenciones, no pasaría día
sin una conflagración mundial, como ahora se dice.
Y al hablar de bandidos, no lo digo por el Pernales, que España en
esto también apenas puede llamarse civilizada, y bandolerismo es
éste de lo más inocente y primitivo, como de jácara ó romance; pero
léase cualquier periódico de París, y como la cosa más natural, sin
comentarios y sin aspavientos, raro es el día que no traen sección
especial dedicada á las proezas de _apaches_, _cambrioleurs_,
_souteneurs_ y demás productos de una civilización admirable. ¿Qué
diríamos si aquí sucediera algo parecido, ó qué dirían los franceses si
los moros menudearan tanto y con tal desahogo sus atropellos? Fuera del
centro de París es más aventurado pasearse á ciertas horas que explorar
por el centro de Africa, y mucho más ciertamente que pasear á cualquier
hora por cualquier lugar de Marruecos.
De Londres no se diga; asustan las recomendaciones y advertencias
que recibe cualquiera que llega á la poderosa Metrópoli, y todas son
pocas para evitar y prevenir emboscadas, atracos al cloroformo y otras
menudencias.
En los Estados Unidos el robo á mano armada, el _chantage_, el timo en
todas sus manifestaciones, han llegado á tan suprema perfección, que ya
no se sabe si clasificarlos entre las ciencias ó entre las bellas artes.
Esos piratas modernistas de que nos habla la prensa, que desalojan
una quinta de todo el ajuar y mobiliario y lo transportan á un barco
especial, con toda comodidad y elegancia, son el último chillido de la
civilización. Y nadie se asusta ni pide urgente remedio.
En cambio, ya verán ustedes correr por toda la prensa europea la
leyenda de nuestro Pernales, y en cuanto á los infelices moros,
¡cuidadito con pisar siquiera á un civilizado! ¡No faltaba más! ¿Es que
no habrá nunca seguridad personal en Marruecos?
Sería preciso saber quien tiene la culpa de que no la haya.
Dice la mamá al niño:—Pepito, no tires del rabo al gato.—Si yo no le
tiro, no he hecho más que agarrarle; el que tira es el, por eso chilla.
Marruecos es siempre el gato; Europa no le tira del rabo, no hace más
que sujetarle, el que tira es el y por eso chilla y alguna vez araña.
¡Pobre gato! Todavía recuerdo que fué león en algún tiempo; pero ya
si la piel de león no le alcanza, no le queda siquiera el recurso que
aconsejaba el sabio, de empalmarla con la de zorro, porque su piel
la han agotado entre todas las naciones civilizadas para su
diplomacia.
* * * * *
Desde que paso la moda—pícara moda que tanto se detiene en las
frivolidades y tan de ligero pasa por las cosas serias—de asistir á
los conciertos del antiguo Príncipe Alfonso, en cuántas restauraciones
se ha intentado en Madrid de aquellas fiestas musicales, con excelente
propósito todas y éstas de ahora, dirigidas por el maestro Arbós,
con entusiasmo y constancia dignos de todo estímulo y aplauso, se ha
notado siempre el _absentismo_ de la clase más distinguida de nuestra
sociedad. Y digo yo: para esas familias fundadoras de sábados blancos
¿qué espectáculo menos peligroso y de mejores garantías que éste?
¿Ó creen ustedes, como el conde Tolstoï, que hay música pecaminosa y
una sinfonía de Beethoven ó una fantasía de Berlioz pueden turbar la
limpidez lacustre de las almas cándidas?
¿Ó es que teméis á los verdaderos aficionados, que estorbarían con sus
protestas vuestra bulliciosa cháchara?
¿Ó es que la música, sin gorjeos de tiple ó arrullos de tenor, os
aburre?
De cualquier modo, vuestra ausencia de los conciertos no marca un buen
punto en vuestra cultura ni en vuestro interés por el arte nacional.
Claro es que vuestras razones tendréis para no asistir; pero si la
decisiva fuera la del aburrimiento—aburrirse con Beethoven ya es una
distinción como otra cualquiera,—hay un medio de conciliarlo todo.
Podéis pagar vuestro abono y regalarlo después á familias modestas
que, sin duda, agradecerían el regalo. ¿Que sería una primada? No lo
niego; pero yo os hablo en nombre de la distinción, y eso es lo que
hacen en otras partes las personas distinguidas cuando se creen en el
caso de proteger el arte de su patria: pagan, y cuando el espectáculo
les agrada, asisten, y cuando no, regalan su localidad ó se quedan en
casa, pero no _chinchorrean_ á empresas y á autores exigiendo obras
especiales y cambios de función por no perder un solo día y sacarle
el jugó al abonito. Y no cuidarse del dinero ni del cartel, eso es lo
_chic_.
El dinero ya se que no os importa, ni el cartel tampoco debe
importaros, porque si no, debiera parecéroslo de ignominia que sobre la
taquilla del Circo aparezca todos los jueves de moda el cartel de: «No
hay palcos ni sillas», y en la de los conciertos del Real: «Sólo quedan
palcos y butacas».
* * * * *
Por lo demás, toda mi simpatía—toda mi admiración están con el Circo.
Mucho ha perdido de su encanto con la intromisión de números más
propios de _Music-hall_ que del circo clásico, el de los caballitos, el
de los volatines, el de los payasos, como le amábamos de niños.
¡Qué efímera gloria la de sus artistas! Su cuerpo es toda el alma de su
arte. Para ellos, como para las mariposas en el año, sólo hay una edad
en la vida. Su arte y su gloria van unidos á la juventud, á la fuerza,
á la agilidad, y cuando acaban, aunque viva el cuerpo, su arte no puede
sobrevivirles.
No se da un salto mortal como se escribe un libro ó se pinta un cuadro
ó se compone una ópera, con recursos de la experiencia cuando faltan
alientos de la juventud.
¡Ah, si para todo arte y toda gloria suya existiera ese momento fatal
y preciso que advirtiera llegado el fin de los saltos mortales! Pero
el espíritu se cree siempre joven, y mientras aletee ya le basta para
creer que vuela.
¡Felices los acróbatas del circo que sólo tienen la juventud para su
arte, aunque muchas veces sólo tengan el hospital para la vejez!
[Ilustración]