II

Una querida amiga viene á visitarme después de misa y se convida á

almorzar conmigo. Es una casada joven que no se preocupa para nada del

feminismo, porque hace mucho tiempo que ella se ha conquistado, por sí

y para sí, todos los privilegios femeninos y masculinos. (No hay como

la neutralidad en esta lucha de sexos).

El principal objeto de su visita es preguntarme quien hace los

sombreros á Rosario Pino.

—¿Se los traen de París, como las comedias?

—No lo se. Vivo alejado de los teatros; no se nada de comedias ni de

sombreros.

Mi amiga encuentra deliciosas las comedias francesas y admirables los

sombreros de Rosario Pino.

¡Ah! una mujer no cuidará nunca bastante su sombrero. El vestido puede

engañarnos respecto á la clase y condición social de una mujer, el

sombrero no engaña nunca. Desde que las señoras asisten sin sombrero

á los teatros, es más difícil distinguir de personas. Nos dirían que

tal señora no es la señora sino su cocinera, y lo creeríamos. Con

el sombrero no hay equivocación. Mi amiga se atreve á descubrir en

cualquier reunión de mujeres, sólo por el sombrero, á una «cocotte»

entre cien señoras, y viceversa. (Aunque el orden de factores altera

el producto, no altera la habilidad adivinatoria de mi amiga). Y del

mismo modo se atreve á clasificar á las idealistas, á las de sentido

práctico, á las rebeldes, á las resignadas ... (Esto me hace reparar en

el sombrero de mi amiga, que es, en efecto, un ¡viva la anarquía!).

Hablamos de otras cosas; de la temporada del Real que ha terminado. Le

preguntó si ha oído cantar á Anselmi, y cuando espero oir un elogio del

«bel canto» italiano que hiciera las delicias de Arana como empresario

retrospectivo, me deja atónito con un grito del corazón, vibrante como

un «sí» de la Barrientos ... ¡Qué hombre tan guapo!

—¿Quién?

—Anselmi.

—Canta con mucho gusto—insinúo, para encauzar la conversación, por

respeto al criado que nos sirve.

—¡Guapísimo!—insiste con una valentía irrebatible.

—Dicen que volverán á traérselo á ustedes para el año que viene.

—¿Cree usted que no habrá perdido voz?

—Si dependiera de ustedes, amiga mía. Pero creo que no; esos tenores

se cuidan mucho.

—¡Demasiado!—suspira con ingenuidad.

Procuro informarme de sus aficiones musicales; si comprende á Wagner,

si prefiere las óperas modernas, si ...

—Mire usted—me interrumpe.—La ópera es lo de menos. Anselmi con el

traje de Lohengrín, me haría soportar á Wagner.

—Sí, en efecto. La música entra mucho por los ojos.

Un santo bonito, un rey joven y un artista de buena figura, harán

siempre mucho por la Religión, por la Monarquía y por el Arte.

Cambia el tema.

—¿Qué le parece á usted de la «moción» que las solteras de Dublín han

elevado á la virreina de Irlanda, lamentándose de que las casadas de por

allá se traen un toreo que no deja colocarse en suerte á un soltero?

—Me parece que antes que las solteras, debían haberse querellado los

maridos de las acusadas, y no á la virreina precisamente.

—¿Cree usted que aquí sucede algo semejante, y á eso se deba la

abundancia de solteras sin acomodo?

—¿Aquí? Aquí debíamos ser las casadas las que nos quejáramos de que el

coro de vírgenes no nos deja en paz á los maridos.

Y me refiere unas cuántas historias tan escabrosas, tan escabrosas, que

no puede por menos de creerse que son verdaderas.

—Ahí tiene usted asuntos para unas cuántas comedias.

—¿Para sábados blancos? ¿Le parece á usted? ¿No es el día de las

solteras?

—¿Usted sabe el origen de los sábados blancos?

—No. Cuéntemelo usted. Con usted siempre se aprende.

—Eso me dice todo el mundo. Verá usted. Es muy verosímil.

Una señora distinguidísima, opulenta belleza á lo Rubens, mamá de dos

espirituales «Boticellis», padecía con tanta frecuencia de jaquecas,

que apenas asistía á teatros ni á reuniones, y para no privar de

asistir á sus hijas, las confiaba á la autoridad de una señora de

compañía muy garantizada, á quien tenía muy recomendado que si alguna

vez en el teatro, la comedia representada no era de la más absoluta

moralidad, se llevara á las niñas inmediatamente. Sucedió que una

noche, apenas levantado el telón, la primera actriz anuncio tan

resueltamente la decisión de engañar á su marido, que no había duda de

que así sucedería, á más tardar, en el segundo acto.

La buena señora creyó lo más conveniente levantarse y salir del

teatro con el mayor ruido posible, para marcar bien su desagrado.

Las muchachas hubieran querido terminar la noche en cualquier otro

espectáculo, pero la señora rabiaba por hacer presente á la mamá su

escrupuloso celo, y más que aprisa se las llevo á casa ... en mala hora,

porque la mamá, ante tan inesperado retorno, apenas tuvo tiempo de

esconder la verdadera antipirina de sus jaquecas, que era un íntimo

amigo. Y para que no volviera á suceder tal percance, al día siguiente

escribió al director del teatro: Distinguido señor: Como las obras que

se representan en su teatro, no siempre son de una moralidad y una

sana tendencia que puedan inspirar confianza á una madre celosa de no

ofrecer á sus hijas como recreo un espectáculo peligroso, de acuerdo

con otras distinguidas amigas en el mismo caso, ruego á usted fije un

día de abono en que todas, absolutamente todas las obras, puedan ser

vistas por nuestras hijas.

El director, amable, sometió á la censura de las celosas madres la flor

de azahar de su repertorio, las celosas madres aprobaron ... Y ese fué

el origen de los sábados blancos ... en París. Aquí siguieron por moda.

* * * * *

—Una huelga, un albañil muerto ...

—No hablemos de eso. Son cosas inevitables, viejas como el mundo, hoy

recrudecidas por la falta de creencias.

—¿De quien?

—De unos y de otros.

—Diga usted de unos, porque los otros en algo deben creer todavía. Les

han dicho: No matarás, y no matan. Les han dicho: No te matarás, y no

se dejan morir de hambre. Les han dicho: Ganarás el pan con el sudor

de tu frente, y eso es lo que no pueden obedecer, porque trabajar sí

trabajan, pero no ganan el pan, y eso es lo triste.

—Yo creí que ya se había usted curado del sarampión socialista que

todos los escritores y políticos de estos tiempos han padecido con

mayor ó menor intensidad.

—Sí, en efecto. Fué como sarampión. ¡Oh! muy benigno. Escritores y

políticos buscaban en la idea socialista un medio fácil de atraer hacia

ellos el aura popular. Paso la moda; los burgueses fruncieron pronto el

ceño, aterrados por el fantasma anarquista, y escritores y políticos

tornaron hacia el sol que todavía calienta.

El anarquismo, con ser el mayor antagonista del socialismo, proyecta

sobre éste su sombra fatídica, que confunde á los dos para la opinión

vulgar en el mismo espanto.

Si en la región de las ideas todas son admisibles, y acaso las más

avanzadas son las más necesarias, porque impidiendo la «calma chicha»

de los espíritus, agitan, renuevan y fecundan, en el terreno práctico,

una idea extremada es el mayor enemigo de una idea razonable. Por eso

cuando halléis un fanático en un partido, sospechad siempre si estará

de acuerdo con el partido contrario. No dijo ningún disparate el que

dijo que el santo es el mayor enemigo de la religión.

Muchas veces se disfrazan de grandes ideales ideas muy pequeñas. El

anarquismo, no hay duda, quiere un mundo transformado y perfecto, pero

con sus intransigencias estorba el andar reposado del socialismo hacia

ese mundo ideal. Desconfiemos de los grandes ideales y atengámonos á

los pequeños.

Como esos que dicen: Yo no soy español, soy algo más; soy ciudadano del

mundo.

Tened por seguro que en el fondo es un regionalista que solo quiere ser

ciudadano de su pueblo, y si es posible, vecino de su calle.

Por ser ciudadanos del mundo antes que españoles, regionalistas y

anarquistas se confunden á veces, y entre la idea chica y la idea

grande, estorban el andar de la vida, que no tolera empujones hacia

adelante ni tirones hacia atrás de violentos ni de fanáticos, sino que

va, va siempre, segura, majestuosa, al paso reposado y firme de los

hombres de buena voluntad.

De Sobremesa; crónicas, Primera Parte (de 5) · 第 8 / 30 题